MIRZA MENDOZA

«Me mudaré pronto de este lugar. Si sigo viviendo en esta interminable soledad, acabaré llamando a Flor para suplicarle regresar», fue la determinación que tomé al mes de la devastadora ruptura. Decidí cambiar de trabajo a pocos días de que ella rompiera conmigo, dejándome solo. Hallé un departamento más acorde a mi economía. Un lugar cómodo para sobrellevar el exilio auto impuesto. Al empacar deseché todo lo que ella me regaló. Arrojé al tacho esas asfixiantes corbatas que únicamente compré para contentarla porque adoraba ver ese brillo de satisfacción en sus ojos. Me iría de ese lugar que me gritaba su nombre por doquier. Consulté la cifra de mis ahorros y me convencí de que tenía un buen fondo para sobrevivir un par de meses mientras encontraba trabajo.

Tuve todo listo y empacado, solo me faltaba tomar decisión sobre un objeto. Cerca de la puerta había una mochila de emergencia que era “nuestra” mochila de emergencia. Durante los tres años de relación no tuvimos la dicha o la desdicha de usarla. Si percibíamos algún temblorcito nos quedábamos quietos esperando a que pase. No se nos ocurría salir a la calle. Pasado el movimiento, nos dábamos un beso y proseguíamos con nuestras actividades. Bromeábamos diciendo que si un sismo fuerte sucediera en nuestra ciudad, jamás de los jamases nos acordaríamos de la dichosa mochila.

Dudé mucho en tomarla en mis manos para llevarla conmigo. Días antes de separarnos reemplazamos algunos productos por lo que dejarla sería un desperdicio de dinero. Sin embargo, me recordaba tanto a Flor, que por ello estaba inseguro de traerla a mi nuevo hogar.

Fue idea de ella comprar y llenar la mochila de emergencia. Cada producto dentro fue escogido con detalle; embalado y guardado por nosotros. Recuerdo cada cosa que adquirimos. Dentro estaba la lista que marcábamos cuando teníamos un producto más. El día del llenado me dijo, luego de tomar una toalla y besarla antes de ingresarla a la mochila:

—Si muero en el terremoto, sabes que aquí, en esta toalla, hay un beso mío guardado para ti.

—Eso nunca pasará porque viviremos juntos hasta viejitos—le contesté.

Cuando Flor se marchó mi primer impulso fue quemar esa toalla, pero al recordar que era costosa por ser 100% algodón, medité y mis ansias pirómanas menguaron.

Llamé al camión de mudanza, para despejar de mi mente tantos recuerdos que doblegaban mi corazón y me hacían flaquear al punto de querer llorar.

“¿Cómo pude caer en este mundo de ilusión y fantasía, el cual siempre rechacé desde joven?, ¿En qué momento cambié?” me repetía. Me caracterizaba por ser el anti romántico del grupo de amigos.

Llegó el camión de mudanza y mientras bajaban mis cosas, aún no decidía qué hacer con la mochila. “Mejor se la obsequio a la vecina de al lado”, me dije sintiéndome un genio. Toqué el timbre, “rayos y centellas”, no estaba. Colgué la mochila en mi hombro y fue como si llevara a Flor cargada igual a cuando acostumbrábamos jugar y terminaba levantándola en vilo entre risas. Sentí quebrarme por dentro. Así cargando la mochila que era como una cruz, salí. Vi como subían las últimas cajas llenas de todas mis pertenencias al vehículo. Me despedí del conserje, titubeé en darle la mochila, pero no me pareció correcto, más que nada por su apatía diaria en cumplir sus funciones. Respiré hondo y miré por última vez el balconcito donde solíamos hacer carne a parrilla los domingos. “Dime en que fallé Flor”, dije en voz baja sabiendo que nunca obtendría una respuesta.

Subí al carro, me senté al lado del chofer mientras en la radio sonaba: “Otro día más sin verte” de Jon Secada. Traté de disimular mi tristeza y abracé la mochila.

El chofer, arrancó y cambió de emisora. “¿Habrá notado que me puse melancólico con la canción?” me cuestioné y apreté aún más el objeto que momentos antes quise regalar.

Me quedé dormido y al despertar, noté que había babeado mi ropa. El sonido del motor me acunaba, cuando no sentí su ronronear me espabilé. Estaba al otro lado de la ciudad. Cuando eché un vistazo a los alrededores estuve conforme.

Los ayudantes del chofer que estaban escondidos en la tolva del camión salieron bostezando y estirando sus brazos. Llamé a mi nuevo casero para avisarle mi llegada. Vino a mi encuentro y me entregó las llaves de mi nuevo hogar solitario. Un pequeño departamento con una sola habitación.

—No hagas travesuras muchacho, nada de hacer fiestas bulliciosas de amanecida, ni fumar marihuana. Tus vecinos son personas mayores y son bastante quisquillosos. Compórtate por favor—habló entre serio y aburrido.

—¡Señor, sí Señor!—contesté llevando mi mano a la frente a modo de saludo militar.

El propietario no era de bromas y solo hizo una mueca que no logré definir.

Me sorprendió la forma en que los ayudantes de mudanza subieron mis cosas, muy contrario a como las bajaron de mi anterior residencia. Subían a tropezones y se jaloneaban las cajas jugando. En ese momento me sentí serio como el casero. No me causaba gracia que trabajen así. Cuando reuní valor para decirles algo habían terminado de subir mis cajas y los pocos muebles que tenía.

Masticando mi rabia le pagué al chofer y sus secuaces. Los vi alejarse sudorosos y contentos.  Yo seguía cargando la mochila. Me había olvidado de ella por completo. Era ya de tarde y el ajetreo me dio sed. Parado en la acera, me dispuse a buscar una tienda con la mirada, la cual encontré a pocos pasos. Entré y por divisar un producto que estaba en alto retrocedí y mi mochila chocó con una joven que estaba a punto de tomar una gaseosa. Cuando me di cuenta de lo que hice ella ya estaba empapada. Me saqué la mochila y ahí estaba la toalla que tenía el beso de Flor y se la di presuroso. La joven no me miró, solo se secó y esta al final quedó húmeda.

—¡Le prometí a mi abuela que no tomaría gaseosa, pero gracias a ti ahora se dará cuenta! — dijo enfadada.

—Disculpa, te compraré otra botella e iré donde tu abuela a explicarle cómo me estrellé contigo rociándote “mi” gaseosa. Le diré que soy muy torpe.

La joven me miró de reojo y secándose con la toalla no dijo palabra.

Pedí dos bebidas, las cuales tomamos con prisa a modo de tácita competencia.

—Bueno vamos, estoy listo para recibir un par de cachetadas— dije cruzando los dedos esperando que la joven sonriera.

—Mi abuela tiene un bate de béisbol— dijo, riendo ampliamente.

—Espero que me dé justo en la mochila— refuté y sonreímos ambos.

Oh sorpresa, la abuela vivía en el mismo piso del edificio donde viviría yo. La joven en el camino me dio su nombre y me reveló que estaba de visita.

Tocamos la puerta. Su abuela salió y me atendió sorprendida. Por su forma de mirarme y sus ademanes noté que era cascarrabias y no lo disimulaba. Por otro lado, existía una buena razón para prohibirle a la nieta que bebiera gaseosas. Me resondró como a un nieto más, luego me preguntó qué llevaba en la mochila. Le expliqué que era una mochila de emergencia. Le pareció inusual que la tuviese puesta sin que haya una emergencia real en ese momento. Intentando ganar confianza con la abuela, bromeé diciendo que estaba en pleno simulacro.

Buen muchacho— sonrió palmoteando mi mejilla. Cambió de gesto a uno adusto y dirigiendo su vista al pasillo, agregó —lo mejor de las visitas es cuando se van.

—Hasta luego—dije y me volví a disculpar.

Busqué a la joven con la mirada tratando de ver por el espacio abierto de la puerta, pero no apareció desde que su abuela la conminó a buscar una prenda que le pueda servir para cambiarse.

Salí del lugar casi saltando de lo contento que estaba por redimirme de mi traspié. Llegué a mi departamento que parecía arrasado por un huracán. Uno ordenado porque todo había quedado en cajas bien embaladas y apiladas. Busqué mi colchón y me eché para dormir. Estando al nivel del suelo mis pensamientos se deslizaron recordándome a aquella joven. Me percaté que no me devolvió la toalla. Advertí también que su nombre calzaba con el mío. Ella se llamaba Génesis y yo Moisés. Nombres bíblicos, puestos por probables padres cristianos que criaron tal vez a dos probables ateos o agnósticos, quien sabe; y con ese pensamiento me sumergí en un pesado sueño.

Ese amanecer no lo olvidaré jamás en la vida. El remesón fue terrible. Las noticias luego comunicaron que el movimiento telúrico empezó a las 4:07 de la mañana de un sábado prometedor. El sacudón me despertó y sin pensarlo bien cargué la mochila que había dejado por costumbre cerca de la puerta y salí. Llantos, lamentos y sollozos colmaban el lugar. En la calle el tumulto de gente se acrecentaba. Yo agradecí que mis padres y hermanos estén en el extranjero para que no pasen por tremendo trauma. Me sorprendí cuando me percaté que estaba buscando con la mirada a Génesis y que mi pensamiento no me llevó a preocuparme en primera estancia por Flor.

El paso del terremoto fue desolador, mas yo estaba entero, aunque temblando de pies a cabeza. Escuché lejanos sonidos como pitidos, balazos y el ulular de sirenas. Empecé a gritar: ¡Génesis, Génesis! Otros vociferaban otros nombres buscando a sus seres queridos entre las nubes de polvo que salían de algunos escombros. Busqué a Génesis y a su abuela. Quería verlas para cerciorarme que estaban bien. Pasaron largos minutos. El llanto de un bebé me distrajo. La madre lo amamantaba sentada en el suelo, habían salido sin mantas. Me saqué la mochila y les di la manta térmica de las dos que tenía y seguí caminando entre la muchedumbre. Hasta que las ubiqué, estaban abrazadas. Génesis lloraba mucho y su abuela se sostenía de su bastón. Les di una botella de agua. Génesis se calmó al verme y me agradeció, mientras su abuela tiritaba. Le di la segunda manta que tenía. Cerca de ellas, vi a un par de hombres retirando las ruinas de lo que había sido una casa, al parecer alguien estaba atrapado y la oscuridad no les ayudaba en sus esfuerzos. Saqué la linterna que tenía en la mochila. Flor y yo compramos una grande y de mucha luminosidad. Mis manos temblaron al colocar las pilas. La encendí y en seguida los hombres renovaron sus fuerzas, como si la luz les provocara un subidón de energía. Hicieron más esfuerzos en seguir retirando los pedazos de ladrillos y cemento que los separaban, probablemente un familiar, quien clamaba auxilio. Luego de unos minutos lo vi salir con vida tosiendo. Dispuse todo lo que tenía a mano para que se estabilice.

Regresé a donde estaban Génesis y su abuela. Las encontré más tranquilas. Pasó una mujer preguntándome si tenía algo que pueda ayudar a su hijo que no paraba de sollozar. Les di unas golosinas que tenía en la mochila. Así, poco a poco, se fueron pasando la voz y venían a pedir alguna cosa que les pueda servir de auxilio en ese momento. Mi mochila quedó vacía. Me sorprendió que los demás no tengan sus mochilas de emergencia. Recordé que yo no quería comprarla. Flor fue la impulsora de que tengamos una en casa.

Una hora después arribaron las ambulancias y carros militares. Cuando los vi acercarse lloré mucho, en nuestro grupo de gente contábamos con tres fallecidos.

Ya no pude con la tensión de ver tanta gente sintiéndose mal y me quebré. Génesis se acercó a mí para consolarme, me dio un poco de vergüenza, sin embargo en una situación así todos tenemos el derecho y el deber de llorar.

Ha pasado un año desde ese aciago día. Génesis es mi mejor amiga. Su abuela me mostró su bate de béisbol. Además, me dijo que me compre uno, yo le he jurado que lo haré mas no pienso hacerlo.

Cada vez que conozco a alguien nuevo le pregunto: “¿Tienes una mochila de emergencia en tu casa?”.

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