ESRUZA   

No sé por qué la lluvia ejerce cierto magnetismo en mí,

tal vez sea porque me recuerda las lágrimas que yo

no puedo ni debo llorar, estas se secaron hace

mucho tiempo. Se las llevaron, las secaron,

parecían algo incómodo; no le gustaban y las sequé.

Mejor hubiera sido que las enjugara con amor,

ternura, y algo de comprensión, pero la comprensión

existe sólo cuando hay amor verdadero.

Por otra parte, la venganza es dulce para quien la inflige,

-se dice por ahí-

pero, a la vez, deja cierta amargura en quien tiene

sensibilidad y conciencia, y creo que las tiene.

No quiero pensar que la venganza sea dulce,

es una falacia; deja amargura, dolor, y éstos aparecen

de vez en cuando, al recordar lo vivido, cuando 

de sentimientos se trata.

Yo no tomaría venganza jamás, tampoco sé odiar;

y menos a quien se ha amado tanto, 

aunque nunca haya comprendido el sentimiento;

o por cansancio de quejas, reclamos, cosas que

se dicen bajo el influjo del momento.

Aprendí a amar, pero no a olvidar, así que guardo

el sentimiento para mí, aunque sea una locura,

porque el corazón no se debe entregar por completo.

El Nayar es algo así como un símbolo, que nunca se borrará,

pero me estrellé contra una pared de hielo,

se volatilizó, ya no existe, sólo queda dolor, amargura,

y una inmensa soledad, junto con culpabilidad. 

Ese símbolo fue soltado como el niño suelta un juguete,

porque ya no le causa emoción jugar con él.

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