LEANDRO PUNTIN

Cuando miré, desde la cama, me encontré a Karen aplastando las tetas desnudas contra la ventana del dormitorio. Me sacaba la lengua, como si fuera una simple travesura.

Fue lo último que me imaginé cuando, dos segundos atrás, me pidió por Telegram que mirara por la ventana. Y eso que ya me había salido con cosas locas, incluso más locas que esta. Pero durante esas otras locuras mi mujer no dormía al lado mío, como ahora. Esta travesura enferma, en cambio, me ponía a un abrir de ojos de divorciarme.

Casi grito, pero me lo tragué.

La yegua de Karen lamía el vidrio con la misma angurria con la que me lamía la tapita de aluminio del Nutella. Y con un guiño de ojo me indicó que me acercara. La luna brillaba limpia en el cielo limpio. Brillaba sobre la cabeza de Karen, como una aureola.

Una aureola, justo ella.

Con muchísimo cuidado, saqué una pierna del cubertón, y después la otra. Me senté al borde del somier, mirando por sobre el hombro: si Claudia se despertaba, todo se iba a la mierda.

—¿Estás loca, vos? —le dije a Karen. Pero no con palabras, sino con señas. Me golpeteé la sien con la punta del índice y todo.

Karen se rio, también en silencio. Se puso a refregar los pezones por el vidrio, arriba y abajo, abajo y arriba.

Me levanté rápido, para cerrar las cortinas de la ventana y acallar esas tetas; el parqué crujió a cada paso y los frascos de Dior y las botellas de desodorante tintinearon en el chifonier. Todo amplificado por la quietud de la madrugada. Llegué a cerrar las cortinas antes de oír la voz nasal y esforzada de Claudia:

—¿Amor, qué hacés? —Mientras yo la miraba, congelado, ella metía manotazos a la  mesita de luz. Hasta que embocó el celular. La pantalla le tiñó las ojeras y las arrugas de un ocre enfermizo—. Son las tres y pico de la mañana.

—Nada, gorda, tenía frío y me vine a cerrar la ventana.

—¿Y qué mierda hacía la ventana abierta? ¿Vos la abriste? —Se sobresaltó, y la voz le salió clara y firme, como si hubiera llevado horas precalentado las puteadas—: ¡Yo la cerré bien antes de acostarnos!

Iba a responderle, pero el vidrio a mis espaldas, oculto por esa horrible cortina de poliéster beige que nos regaló mi cuñada, tembló como si intentaran abrirlo.

Claudia puteó al aire y de un salto salió de la cama. Prendió la luz y se apretó contra la pared, entre el placard de ébano y la puerta del baño. El resplandor de la araña de cristal me escoció los ojos.

—¡Mariano, alguien habrá trepado otra vez por la enredadera! —Vio que yo no me movía—. ¡Correte de ahí, salame, mirá si esta vez tiene un chumbo, o algún cuchillo!

Debí mostrarme alarmado, lo sé. O, en todo caso, debía sentirme verdaderamente alarmado, y no por la trepada a la enredadera. Pero, la verdad, no me salía. Tenía sueño, estaba exhausto. Y por más que las tetas de Karen fueran las de Moria Casán en sus inicios, no valían ni una pizca más de mi esfuerzo. Ya empezaba a volarme los pelos esta pendeja. Por otro lado: desde que la conocí que quería divorciarme de Claudia. Digo, ella tampoco valía el esfuerzo, no a esta altura de mi vida. Valga aclarar que Karen tampoco era la razón por la que deseaba dejar a Claudia: mi matrimonio había muerto hacía eones, y ya quería deshacerme de ese muerto, no reemplazarlo. Y si reemplazar a Claudia hubiese sido mi meta, no habría elegido a una putita que levanté atrás de la terminal de colectivos y que, sin que yo entendiera cómo, a pesar de los polvos insulsos que nos echamos, se me había enamorado como una colegiala.

Pensé que lo mejor sería arrancar la curita de un saque. ¿Por qué no? Esta noche, el universo me había alineado los planetas para eso. Bah, la loca de Karen me los había alineado. ¿Qué pretendía acaso? ¿Que cogiéramos en el balcón, bajo la luz de la luna, mientras Claudia roncaba a dos metros de nosotros? Le daba algunos puntos por el morbo, pero lo cierto es que yo ya no tenía la edad —ni el estado físico— para semejantes aventuras.

El forcejeo en la ventana se hizo más notorio. Giré para manotear las cortinas.

—¿¡Estás loco, Mariano!? ¿¡Qué hacés!?

Pobre Claudia: una vez que viera esas tetas perfectas en el vidrio, sabría exactamente lo que yo hacía y por qué lo hacía. Y, superada la sorpresa inicial, si no le daba un bobazo o algo por el estilo, entendería que esas tetas eran la acolchada tumba de nuestro matrimonio. Y si no entendía, se lo explicaría con gusto, puede que con las tetas todavía de fondo. Total, pedirle el divorcio a Claudia era como pegarle un tiro a un muerto.

Abrí las cortinas y, todavía de espaldas a la ventana, le señalé a Claudia ese magnífico par de gomas. Se lo señalé como quien señala la obviedad más grande del mundo.

De golpe, sentí que la ventana estallaba. Claudia pegó un grito desaforado.

Pedazos enormes de vidrio se me clavaron en la espalda, y, al principio, pensé que habían sido solo eso, vidrios, pero pronto me di cuenta de la saña y de la velocidad con que esos «vidrios» entraban y salían de mi cuerpo.

Claudia siguió gritando, cada vez más fuerte, al tiempo que yo descubría con horror lo que me estaba pasando. No sé cuántas puñaladas recibí, pero me acuerdo que, antes de desmayarme y después de ver cómo la punta roja del cuchillo me sobresalía por el ombligo, oí que Karen le gritaba a alguien:

—¡Pará, Roco! ¡Te lo dije mil veces: me lo cogí por la guita nomás! ¡Solo te amo a vos! ¡A vos, tontito!

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