JOSÉ MANUEL CIDRE

Casi podía contar sus huesos. A cada movimiento, sentía dolor en alguna parte distinta del cuerpo. Suspiraba profundamente cuando veía de nuevo el establo. Significaba que les esperaba algo de descanso, magullado descanso. Pero sobre todo, la vista del establo quería decir que no iban a ver a aquel energúmeno, al menos, hasta el día siguiente. Por fin sin azotes, sin latigazos, sin yugos y sin gritos.

Los cinco burros entraban pesadamente. Sus ojos tristes, las grandes orejas gachas y el invencible silencio extendían una sombra sobre el lugar.

-Déjame que te alivie un poco, Don. Sintió como su amiga Ansy le lamía las heridas. Desde que ambos eran pequeños habían estado juntos. Ella y él estabulados uno al lado del otro. Siempre se habían apoyado, compartido, compenetrado. En medio de aquel mar de humillaciones no podían hacer gran cosa. Pero sabían que sus gestos, sus miradas, les unían cada vez más.

Se miraron y se sonrieron mientras el granjero cerraba la puerta secamente tras colgar el látigo en la pared, y un suspiro de sosiego recorrió el establo.

El chasquido de la puerta y el sonido de los goznes comenzaron a dejar entrar la nueva luz de la mañana. Don miró a sus compañeros. Ansy le sonrió, como siempre, dándole los buenos días. Los pobres burros se despertaban siempre entre la inquietud, la resignación y las magulladuras del día anterior. Los días de arado eran aterradores.

Súbitamente, Don notó una mano humana cerca de su hocico. Le daba suaves pasadas. El granjero nunca antes le habia hecho algo así. Se sentía paralizado ¿Qué era aquello? ¿Por dónde vendría el palo? ¿Desde donde le azotarían esta vez? ¿Ese hombre no se cansaba de inventar nuevas formas de tortura?

No vino ningún azote, ni latigazo. Aquellas pasadas eran inquietantes, pero a la vez, reconfortantes. Don nunca había conocido las caricias. Acto seguido, un saco de alfalfa delante del morro. Embargado por la sorpresa se puso a comer desaforadamente. Cuando paró a respirar miró a Ansy; también tenía la cabeza metida en un saco de forraje. Todos los burros engullían sin freno de forma que en pocos minutos los sacos estaban vacíos.

A continuación, notó que le colocaron unas orejeras negras que le impedían mirar hacia los lados. Lo desplazaron dentro de cajones metálicos. Don estaba muerto de miedo. Notó como le ponían y le ataban una especie de cinchas en el lomo y de repente, una lustrosa y flamante zanahoria aparecía colgada ante sus ojos, que a poco se le salen de las órbitas.

Con las mismas ansias que antes devoró la alfalfa, estiraba el cuello para alcanzar la zanahoria. El primer bocado le maravilló. Movía también sus patas para acercarse al manjar. No recordaba cuando había experimentado antes una sensación parecida de frescor y jugosidad. Se puso a tirar y tirar sin contemplaciones.

Nada más terminar la zanahoria, apareció otra igual de bella y apetitosa a la que no le quedaba más remedio que abalanzarse. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Después de horas así. De nuevo se vió dentro de los cajones metálicos. Le retiraron las orejeras y al fin pudo ver a Ansy, a sus compañeros y, de nuevo, unos estupendos sacos de alfalfa en el lugar de cada uno. Todos resoplaban y relinchaban. La algarabía se desparramaba por el establo mientras comían.

Eeeeyyy! Que maravilla.

Esto ha sido fantástico.

Ojalá fuese así todos los días.

-Jaaaajajaja.

Don. Estas muy callado chaval . Inquirió el viejo Len.

-Si. ¿Qué te pasa? Insistió Ansy.

-No. Nada. No me pasa nada. Es que aún no me lo creo. Este cambio así tan repentino. Además, también estoy cansado, muy cansado. Aunque, quizá…de otra manera.

-¡¿Qué cansancio ni que ocho cuartos?! Espetó Len sin perder el humor. -Esto no es un esfuerzo. Me he puesto hasta arriba de zanahorias.

Con unos pocos comentarios y risas más se dejaron llevar por el sueño. Un sueño que, por fin, parecía que iba a ser reparador.

En los días siguientes no hubo cambios reseñables. Despertar con caricias, alfalfa, los cajones, las cinchas, las fantásticas y sabrosas zanahorias, y de vuelta al establo, alfalfa y alegría. Hasta que una noche Don mostraba un semblante claramente apesadumbrado. Ninguno se lo explicaba.

Mirad. Todos estos días he disfrutado de la alfalfa y las zanahorias. Me he alegrado con vosotros. Pero creo que ninguno hemos olvidado de donde venimos.

Calla. No nos lo recuerdes. Interrumpió Len.

Claro. continuó Don. -Yo tampoco quiero volver a aquello. Pero me preguntaba, ¿A qué este cambio? Así de repentino ¿A cuento de qué?

-Como te calientas la cabeza. Comentó Ansy.

-Bueno. Os cuento lo que he hecho. Lo de las orejeras era lo que más me extrañaba; así que cuando me metieron en esos cajones metálicos empecé a golpear la cabeza contra uno de los lados hasta que conseguí desplazar la orejera lo suficiente como para tener un poco más de campo de visión. ¿Qué diréis que vi?

Todos permanecieron en silencio.

Los cajones nos conducen a los campos de la finca y en cuanto llegamos. ¡Zas! Las cinchas que nos sujetan a los arados y zanahorias al canto.

Ninguno comía y miraban fijamente a Don.

-¿Cuanto tiempo diréis que ha pasado desde que nos tratan de esta nueva forma?

-No sé. Una o dos semanas. Respondió Len.

-Pues bien. ¿Cuántas parcelas aradas pensáis que pude ver? ¡Al menos tres! Y ya digo, esas eran las que yo pude ver. ¿Recordáis que antes tardábamos al menos un mes en una parcela? ¿No recordáis los gritos del granjero quejándose de lo lentos que éramos?

Bien sabes que lo recordamos. Respondieron todos.

-Pues lo peor no es eso. Después de varias horas zanahoria va, zanahoria viene. ¿Sabes lo que ví? Len.

¿Qué? preguntó mirándolo sin pestañear.

-Nos llevaron a los dos y nos pusieron a tirar de otro artilugio. Al principio no tenía manera de ver exactamente qué sucedía, hasta que me las arreglé para mirar un poco hacia atrás, sin que se dieran cuenta.

-Sin que se dieran cuenta ¿Quiénes? Volvió a inquirir Len.

Don respiró profundamente y respondió; -Era un carro, amigos. Y los que iban encima eran la nuera y los tres nietos del granjero. ¡Es el hijo de aquél tirano el que con buenas formas está sacando de nosotros más aún de lo que conseguía su padre a base de salvajismo! Tanto para arar como para que les transportemos.

Todos se le quedaron mirando callados y serios hasta que de nuevo, Len tomó la palabra;

-¿Y qué? ¿Qué propones? ¿Es que quieres volver a aquello?

-No, Len. No y mil veces no. Mirad, buenas noticias. A la vuelta al establo he podido ver una abertura lo suficientemente grande en la verja como para poder salir. Si unimos fuerzas, seguro que mañana mismo podremos zafarnos, irnos. Amigos. Es lo mismo de antes pero con cara buena. Con zanahorias en vez de latigazos.

Sus compañeros se miraban estupefactos.

-¿Irnos?

-¿Adónde?

Ansy añadió. -Ahí fuera lo que hay es un bosque. Tendríamos que buscarnos nosotros la comida, el agua. Protegernos de enfermedades ¿Quién sabe lo que podríamos encontrar? Aquí tenemos alfalfa, agua, las zanahorias…

-¿Que nos están utilizando dices? Objetó Len ¿Que el hijo del granjero está haciendo lo mismo que su padre pero con buenas formas? ¿Y a mi qué? Yo nunca he estado tan bien.

Volvió el silencio a adueñarse del establo. Pensativos, todos se dispusieron a dormir.

Poco antes de cerrar los ojos, Ansy le preguntó a Don. -¿De verdad te vas a ir? ¿De verdad piensas que te merece la pena?

GÉNERO: FANTÁSTICO

https://habitantedelanoche.wordpress.com/

Un comentario sobre “Los burros

  1. Me encantó este relato, al menos mejoraron la forma de tratar a esos nobles e inocentes animales. Cada vez que veo un burro no puede dejar de recordarme aquel libro titulado: PLATERO Y YO…de Juan Ramón Jiménez, creo que lo he leído tres veces, y siempre me hizo llorar. Gracias por compartir tus letras. Te invito cordialmente a visitar mi reciente publicación, cuyo enlace te dejo más abajo.
    https://tualmaylamia703616232.wordpress.com/2022/12/13/somos-dos-en-un-solo-corazon/ Un saludo en la distancia.

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