JOSÉ MANUEL CIDRE

Markel, escúchame. Me tienes francamente preocupada. Muy preocupada.

La gravedad en la voz de Nayra trataba de incidir de alguna forma en la actitud de su amigo. Hacía varios meses que no se veían. Había intentado quedar con él en muchas ocasiones sin éxito. El desasosiego se había extendido entre su círculo de amistades. Finalmente se decidió a ir a su casa. La expresión en el rostro del joven escritor al verla, no fue precisamente de alborozo. Nayra tenía la incómoda impresión de que la invitación a entrar y aquél café desabrido obedecían más a la vergüenza y al cumplimiento, que al calor de la amistad.

El olor a cerrado colaboraba con la humedad y el café para crear una atmósfera desapacible.

A Nayra siempre le había llamado la atención el archipiélago de montones de papeles y libros que caracterizaba el apartamento de Markel. Se asemejaban a primitivas construcciones en algún desértico paisaje. Pero casi diría que, en aquella ocasión, se habían multiplicado e incluso habían aumentado de tamaño.

-Markel. Escúchame por favor. Siempre aquí metido, y lo que es peor. Hace meses que no publicas, ni en revistas, ni en periódicos. La primera edición de tu último libro va ya para cinco años. ¿Qué te pasa? ¿Te vas a volver ermitaño?

-Nada Nayra. No pasa nada. Respondía el escritor con; una mirada perdida, una barba de varios días y un cabello despeinado que contradecían su afirmación. El pijama celeste y la ajada bata de cuadros, aunque se justificaban como ropa «de casa» tampoco mejoraban su aspecto lo más mínimo.

-Es verdad que no estoy publicando, pero…Es que no puedo.

-¿Cómo que no puedes? ¿Qué te pasa? Respondió Nayra. Aquella afirmación la había apenado.

-Es que quiero respetar a todo el mundo. No quiero ofender a nadie.

La tristeza cada vez más, iba dando paso a una creciente sorpresa.

-¿Ofender?…Explícate por favor. Porque no te entiendo. La cara de la joven emitía claros signos de estupefacción.

-Mira, aquí al lado precisamente tengo el borrador de la última comedia. Pero no puedo seguir. El protagonista es un cocinero ridículo, caricaturesco. ¿Te imaginas que los cocineros se ofenden y se querellan contra mí?

-¿Los cocineros?

-Si. Ahora o en el futuro. ¿Cuántas obras literarias o musicales del pasado resultan hoy día machistas, o racistas?

Aquello ya sí. Aquello consiguió dejar a Nayra sin palabras.

-¿Ves el montón que está en aquel extremo del sofá?

La joven miró y no pudo más que asentir con la cabeza.

-Es una novela. Está casi acabada. Y uno de los personajes principales es un panadero torpe. Imagínate Nayra. ¡Un panadero! Con lo importantes que son para nuestro día a día como sociedad. El día en que sean socialmente valorados como se merecen, me pondrán verde. Todo el mundo me pondrá verde por no respetar a los panaderos.

-A ver, a ver, a ver. La chica intentaba reaccionar de alguna forma. -Siempre has sido un comediógrafo afamado. La gente se parte con tus obras. Nunca has sufrido de ninguna polémica de ese tipo. Markel, no entiendo qué te pasa. ¿A qué viene esto?

El joven autor se pasaba una y otra vez las manos por el cabello despeinado. Como si su ansiedad fuera aumentando.

-Entiéndelo Nayra. Tú has escuchado que hay cuentos machistas, que hay creaciones racistas, intolerantes…

Escúchame. Nayra interrumpió. -A ese panadero por ejemplo. ¿Tú le insultas? Quiero decir ¿Insultas directamente a los panaderos?

-Bueno, insultar directamente. Se quedó pensativo. Su amiga no pudo aguantar.

-Que si les has mentado la madre, Markel. ¡Hijo! Que si les has llamado perros judíos. Estaba sobrepasada.

Merkel se la quedó mirando y respondió acomodándose las gafas.

-Nayra.

-¿Qué?

-No sabía que fueses antisemita.

La joven tuvo que levantarse. Bajó el tono aposta para contrarrestar las ganas de alzar la voz.

-Es una expresión en desuso. No conozco a ninguna persona hebrea.

-Pero imagínate si hay alguien de esa etnia en el vecindario y te escucha.

Nayra se tapó la cara con ambas manos.

-Mira, tengo un borrador en que a una mujer le gustan mucho los días de lluvia. Es una característica importante del personaje y en la trama.

A la chica le daba miedo preguntar.

-¿Y que pasa con esa mujer? ¿Cuál es el problema?

-Nayra, por Dios, imagina por un momento lo que pensarán las víctimas de las inundaciones, o de los tsunamis. No puedo publicar Nayra. No puedo. La voz de Merkel estaba a punto de quebrarse.

La joven se echó hacia atrás su melena corta ondulada, sin cuidado, como queriendo acabar pronto.

-Mira. Vamos a hacer una cosa. Voy a hablar con Antonio y Leila. Vamos a ser tus prelectores.

-Pero…

-Déjame terminar. Seremos, digo, tus lectores beta y te diremos, antes de publicar, si tus trabajos tienen riesgo de ofender a alguien ¿Te parece? ¿Te fías de nuestras opiniones?

-Pero Nayra. ¿Y el futuro? ¿Y si dentro de cincuenta años mi obra falta el respeto a alguien?

-Mira ya veremos. Se levantó y cogió el borrador que había a su lado. -De momento me llevo este del cocinero. Puso la mano en el hombro de su amigo que aún la miraba con inseguridad.

Ya en la puerta del apartamento se fundieron en un abrazo.

-Y tranquilo. Terminó la muchacha mientras frotaba el brazo del amedrentado escritor que la miraba sin decir nada.

Nayra volvía a su casa repitiéndose para sus adentros. -Qué mal está, pobrecito, como si fuera tan fácil ofender a la gente.

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