ISABEL GZ

8

“ «¿Cómo la chuparía ella?» y sobre todo, lo más importante y lo que más me ponía a cien, «¿Cómo se la chuparía a mi marido?»”

Miércoles. Cuarta mamada.

No puedo decir que hasta ahora me lo hubiera pasado mal chupándole la polla a mi marido. Pero no lo disfrutaba plenamente. Después de haber experimentado la cornudez ya no podía pasar sin la intensidad que me aportaba la infidelidad de mi esposo.

Admito también que el hecho de que me lo hubiera mandado Nila hacía que mereciera la pena. Era la primera tarea que me había puesto mi corneadora pero eso sólo me ayudaba a no perder el interés para no defraudarla. Quería ese plus —ese toque especial— que hacía que mi cuerpo se estremeciera hasta lo más profundo y desde mi sesión son Nila no lo había conseguido plenamente. Chupársela a tu marido en unos probadores mientras él supuestamente está pensando en una dependienta no tiene la misma intensidad que ver el cuerpo de Nila siendo perforado por mi Alonso.

Lo bueno es que aquella sensación de insatisfacción me mantenía, de alguna forma extraña, encendida. Es curioso como funciona nuestro cuerpo. Las ganas de saciar el deseo hacía que el deseo mismo fuera más placentero. Buscaba más el orgasmo del alma que del cuerpo. Me corro mejor si antes se corre mi mente que si sólo lo hacen mis músculos.

Aquella tarde del miércoles había llegado pronto del ensayo con mi grupo. El sábado teníamos el bolo en el Strada, por lo que no probamos melodías ni arreglos nuevos —que es en lo que más perdemos el tiempo— sino que repasamos nuestro repertorio y punto. Kata tendría que aguantarme allí antes de tiempo.

Katarzyna era nuestra asistenta doméstica. De origen polaco, su madre y ella trabajaron aquí en las campañas de recolección de fresas durante varios años yendo y viniendo del país hasta que la madre de Kata cameló a un español y se casó con él. No le he preguntado por su padre ni falta que me hace. Una de los objetivos que me propuse al contratar a Kata es no dármela de “la Señora”. Ya había vivido el maltrato al servicio en casa de mi familia y no quería repetir lo mismo. De hecho, si hubiera sido por mí no le habría tenido uniforme pero Kata insistió al ser más cómodo para ella.

—Así no ensucio ni desgasto mi ropa.— Me insistió.

Fue ella la que eligió el uniforme: una casaca azul con las solapas y las mangas en negro y unos pantalones amplios estilo sanitario del mismo color. Como buena fanática de los zuecos que soy, en lo único que insistí fue en los zuecos de trabajo blancos. Eso sí, de piel y no esos clocs de plástico asqueroso que son un atentado contra el buen gusto.

— Kata, vamos a aprovechar que he llegado pronto para ordenar las cosas de Alonso.

Musitó algo en polaco, seguramente acordándose de mi santa estirpe y dejó lo que estaba haciendo.

—Lore, estoy limpiando la vitrocerámica. Estaba fatal.— Su español era perfecto y apenas se le notaba acento.

—Sí, se me derramó una sopa que me preparé ayer y dejé el estropicio.

—Yo me voy dentro de media hora, ¿nos dará tiempo?

—Y nos sobra. Deja eso que ya acabo yo de limpiarlo y ayúdame con los cedés.

Alonso tenía toda una estantería en el salón llena de CDs y CD-ROMs.

—Esto Alonso ya no los utiliza y está aquí muerto de risa ocupando espacio tontamente. Al final siempre escucha la música en el móvil o en el ordenador. Vamos a meterlo en cajas y llevarlo al trastero.

—¿En qué cajas?

—En las que utiliza Alonso para guardar sus papeles. Ayer compró un paquete nuevo. Vienen plegadas listas para su uso. Las montamos y metemos los CDs.

Y eso hicimos diligentemente. Yo le fui dando los discos a Kata y ella los iba colocando en las cajas. Al final juntamos cinco grandes cajas repletas que llevamos al trastero.

—Te lo dije, no hemos llegado a la media hora.

Kata se despidió, dejó su ropa en el trastero de la limpieza que tenemos a la entrada y se fue en su patinete eléctrico.

Mi mente perversa había pensado sustituir los CDs de Alonso por mi colección de minerales. Quería ponerme a ello pero me entretuve acabando de limpiar la vitrocerámica. Kata casi había terminado ya el trabajo, así que no tardé mucho. Lo justo para que llegara Alonso, quien ya en el garaje se percató de mi presencia.

—¡Cari! ¿Ya has acabado el ensayo?

—Sí, hoy ha sido rápido.— Y mientras enjuagaba la esponja se me ocurrió la idea para la mamada reglamentaria que debía hacerle.

—¡No salgas del garaje hasta que te lo diga!

—¿Pasa algo?

—No, nada. Tú espera.

Me dirigí al trastero de la limpieza y busqué el uniforme de Kata. Ella es más menuda que yo, puro nervio y hueso. «Dios mío, que me quede bien, que me quede bien». Kata tiene dos equipos. Cuando se va deja uno usado junto a otro limpio. Así, al día siguiente, cuando lava la ropa, lava el que utilizó el día anterior y lleva puesto el limpio.

Ni os tengo que decir que me probé el que estaba usado. Parte de la excitación es sentir los olores de Kata, meterme en su piel. «¿Cómo la chuparía ella?» y sobre todo, lo más importante y lo que más me ponía a cien, «¿Cómo se la chuparía a mi marido?»

No fue fácil pero al final conseguí abrocharme la casaca. Me quedaba como una faja mancándome cada curva de mi cuerpo. Me pareció más sensual no llevar pantalones. Los zuecos sí que me los puse. Embutida de aquella manera salí al pasillo.

—Ya puede entrar, Don Alonso.

¿Don Alonso? Mi marido pensó que ya andaba con alguna de mis locuras. Lo confirmó al verme allí en el pasillo enseñando muslo con una pierna arqueada y el pie de puntilla para resultar más sensual.

—¿Ha tenido buen día hoy, Don Alonso?— Pregunté descaradamente amanerada.

—Los he tenido mejores. Nos han notificado la sentencia de…

—Shsshshshs, cállese Don Alonso.— Le indiqué sensualmente.— ¿Quiere que lo relaje?

—Lo que quiero es que me comas la polla.

¡Bingo! Alonso ha entrado en el juego. Me gusta que no tenga que explicarle las cosas. Ahora está siendo él quien me sorprende. Me pone una mano en el hombro y me jala para abajo haciendo que me arrodille. Ya voy teniendo práctica en esto por lo que flexiono bien la rodilla para no tener que clavar la rótula en el suelo. Mientras bajo noto como la tela me va apretando cada vez más aprisionando mis carnes. Tenía la sensación de ser un morcón ibérico. Rezo para que no estalle y no tenga que darle explicaciones a Kata. Por lo menos, llevar el traje tan ajustado tiene sus ventajas: se me han levantado las tetas y parecen más grandes.

Antes de que yo pueda hacer nada Alonso ya se ha bajado la cremallera. Este nuevo Alonso que toma la iniciativa me excita y me preocupa al mismo tiempo.

—Venga criada, gánate el sueldo.

Me agarra de la nuca y me atrae hacia su polla. Abro la boca como una buena chica. Ya la tengo dentro. Al cerrar mis labios noto perfectamente que ya está llena de sangre, completamente erecta. Sé lo que tengo que hacer y mi cuello comienza a moverse. Apoyo mis manos en sus glúteos para no caerme de espalda y comienzo a chupar. Cada día lo hago mejor. Esta vez soy eficiente. Movimientos precisos, profundos. Creo que cada vez consigo que me entre más y mejor en la boca. Muevo la cabeza con soltura y decisión. Aunque Alonso tiene la mano apoyada en mi nuca soy yo la que se mueve a su gusto deslizando mi boca por todo el tronco hasta llegar al capullo y volver de nuevo a introducirla buscando darle todo el placer que pueda. Con la lengua siento su sudor, el sudor de un día de trabajo en el despacho. Huelo también el perfume de Kata en la ropa que llevo puesta. Estoy muy excitada. Me imagino que otra le está comiendo el rabo a mi marido. Ya he visto cómo lo hacía Nila y yo quiero ser tan buena como ella. Quiero demostrar a mi marido que puedo chupársela tan bien como Nila. «Seré cornuda, pero con dignidad» se me viene a la mente. Y en ese momento baja mi excitación. Al parecer necesito la humillación para que mi cuerpo se estremezca. Alonso lanza bufidos de placer mientras sigo mamando. Miro hacia arriba, quiero que mis ojos contacten con los suyos. Cuando por fin lo hacen Alonso me dice «Sigue chupando, sigue chupando». Entonces caigo en que aquello tiene poco de digno. Estoy disfrazada y arrodillada succionando la polla de mi marido infiel intentando cumplir con los deseos de la prostituta a la que se folla. Vuelvo a excitarme y muevo la cabeza más fuerte. Quiero que se corra. Con tantas babas la polla de Alonso ha perdido ya su sabor. Muevo la boca cada vez más deprisa, mi cuello trabaja cada vez más rápido y por fin la polla de mi marido palpita y su grumo llena mi boca. Se ha corrido dando un gran grito «Síiiii» como si confirmara lo puta que me siento.

Escupo la corrida en el suelo. Alonso me toma de nuevo por los hombros y me levanta.

—La chupa usted muy bien señorita. Tendrá que limpiarme el sable más a menudo.

Vaya, al parecer está hoy poeta.

—Lo que usted mande, Don Alonso.— Continúo el juego viendo en los ojos de mi cari todavía sigue en el papel.

—Ahora tendré que darte tu sueldo.

Con una mano me agarró de la cintura y la otra se desplazó entre los pliegues que el traje ajustado dibujaba en mi vientre. Me acercó más a él y me besó el preciso momento en el que su mano ya estaba debajo de mis bragas. Estoy mojada y receptiva. Los dedos de Alonso lo notan rápidamente. Las yemas del dedo medio y el anular se posan sobre el capuchón de mi clítoris y comienzan a moverse. Primero despacio, lentamente, como si tuvieran miedo de tocarme. Rozándome en círculos. Luego, presionan con más fuerza e inician movimientos circulares cada vez más fuertes. Cada vez estoy más excitada. Noto como el fuego se va desplazando de la entrepierna a mi abdomen y desde allí inunda el resto de partes de mi cuerpo. Alonso continúa masturbándome. Me tiene de pie y a su merced. Quiero cerrar los ojos para concentrarme en mi placer pero cuando lo hago se produce otra sorpresa.

—¡Mírame!.— Me ordena.— Quiero que se corras para mí. ¿Lo entiende, señorita? Mi esposa es una frígida que no me la chupa también como usted. ¡Córrase!

Lo sigo mirando tan fijamente que puedo ver mi rostro reflejado en sus ojos. Tengo la boca abierta y jadeo de placer mientras la mano de Alonso continúa avivando el fuego. De pronto llega el estertor del orgasmo, me corro bien corrida; las piernas me tiemblan y casi pierdo el equilibrio si no es porque Alonso me sostiene. No he gritado esta vez. Sólo un pequeño silbido de placer. Me ha gustado mucho.

Tras unos minutos recreándonos en silencio en lo que acaba de suceder, salimos de nuestros papeles.

—Será mejor que recojamos esto.— Me dice Alonso.— Voy a por una fregona.

Miro al suelo y no sólo está su corrida con mis babas sino gotas que se han escapado de mi entrepierna.

—Vale cari, voy a dejar el vestido.— Ya en el trastero revisé que no tuviera nada roto y lo dejé tal y como estaba e igual hice con los zuecos. Desde allí escucho perfectamente el grito de Alonso. Algunos tonos ya los conozco y este es el grito de rabia cuando le hago alguna putada.

—¡Joder, Loreto! ¡¿Dónde coño están mis cedés?!

Jueves, quinta mamada.

El jueves ya me imaginaba que, con suerte, se la iba a chupar por la noche en la cama. Aquel día estuvimos hasta los topes de trabajo y las obligaciones sexuales deberían esperar hasta que los dos estuviéramos bien arropaditos en la cama viendo nuestras series con el portátil. Tenía interés en una pequeña charla con Alonso sobre lo que nos estaba sucediendo.

—Cari, ¿puedo preguntarte algo?— Indiqué con voz humilde mientras navegábamos buscando qué nuevas series habían subido a la plataforma.

—Me lo vas a preguntar de todos modos.

—No te lo tomes a broma.

—No me lo tomo a broma, ya lo sabes. ¿Qué te ocurre?

—Ayer, cuando te la chupé al llegar, actuaste raro. Como si no fueras tú.— Abrazada a él lo miraba seriamente indicándole que aquello me lo tomaba en serio.

—Es que no era yo.— Odio cuando Alonso se pone filosófico. —¿No se trataba de que los dos nos metiéramos en nuestros personajes? Tú la sirvienta golfilla y yo el señorito dominante.

—Sí, pero nunca creí que fueras capaz.

—Ahora sí que me tomas el pelo.

—No, en serio Alonso. Te he visto tantas veces tan dulce, cariñoso, no sé, tan recto en todo. Y verte adoptar ese rol me dejó en shock.

—¿Y por qué no dijiste la palabra de control si no te gustaba?— Gran pregunta de mi marido a la que yo no respondía.

Apoyé la cabeza en su pecho y continué mirando el portátil a ver si alguna serie me llamaba la atención aunque mi mente estaba en otro lugar.

—Loreto, respóndeme por favor, ¿por qué no dijiste la palabra, me hubieras parado en ese instante?

Me volví hacia él y le confesé mis temores.

—Porque me gustaba, cari. Me gustó mucho y me da miedo. Por una parte me excita y por otra temo perder a mi antiguo Alonso. Me pregunto si no habré hecho mal en haberte metido en esto.

—Necesariamente estamos cambiando. Tenemos que aceptarlo o parar. De lo contrario vamos a volvernos locos. A mi también me asusta un poco la nueva Lore. ¿Crees que alguna vez pensé que ibas a recibirme de esa manera al llegar del trabajo? Creía que esas cosas sólo pasaban en las películas porno.

Me incorporé y le dí un beso.

—Hoy no he cumplido con mi obligación.

—No lo llames así que parece que verdaderamente te obligan o que no quieres hacerlo. Podemos parar en cualquier momento.

—Ya, pero quiero que sea un reto. Eso es lo que me gusta de este juego.

—¿Lo que te gusta o te excita?

—Lo que me gusta. Lo que me excita ya sabes lo que es.— Los dos sabíamos ya a esas alturas que era su infidelidad la que tocaba un hilo sexual que nada más tocaba.

—De todas las novias que tuviste antes que yo, ¿quién te la chupaba mejor?

—Lo dices como si hubiera tenido un curriculum de quinientas novias. Sólo estuve con tres antes de tí.

—Déjate de rollos y contesta.

—Paqui.

—¿La Paqui?— Francisca era hoy día profesora de Derecho mercantil en la Facultad. No es un dato que supiera, lo tuve que buscar luego en Google.

—¿Tú la llegaste a conocer?— Me preguntó sorprendido.

—Cuando estábamos saliendo. Nos la encontramos en el Sónar, vino a saludarte muy efusiva.

—Sí.

—¿La tienes en el Facebook, no?

—Eres peor que un fiscal, cari. La tengo agregada, sí.

—Búscala.

Alonso se metió en la red y buscó a su ex. Por fin la encontró. Su último estado era una publicación sobre política de la Unión Europea que no le interesaba a nadie salvo a ella.

—¿Qué tramas?— Me dijo Alonso mientra yo tomaba control del portátil— ¿A tí que te parece? Quiero mamártela mientras ves alguna foto suya. Si no ya no me caliento lo suficiente.

Busqué entre las fotos. Algún meme de política, otros muchos sobre el derecho, fotos de un cocido que había comido en casa de su madre —la gente sube cada cosa— , un montón de fotos ñoñas de ella mirando al horizonte junto a frases de autoayuda («Lo peor de tí nunca es tuyo» y chorraditas de este tipo hasta que por fin encuentro unas fotos de una fiesta. Allí está ella posando en diversas formas con sus amigas en plan putilla recatada. Ya sabéis, enseñando demasiado para ser decente pero ocultando demasiado como para ser una golfa. En una hasta se agarraba la falda poniendo morritos de pato y subiendo una pierna enseñando más muslo de la cuenta pero sin mucho zorrerío. El comentario que había escrito era un poco penoso: «Dándole una patada a las dificultades de la vida ♥☺». Vamos a ver tía; si quieres enseñar carne, enseña carne pero no te me inventes excusas de niñata de secundaria, que ya tienes una edad.

—Sírvase usted mismo la foto que desee.— Dije a Alonso mientras lanzaba el edredón y la sábana para atrás. Me arrastro por la cama colocándome bocabajo entre sus piernas con la cabeza a la altura de sus calzoncillos. Se lo bajo y su juguete ya está casi erecto.

—Vaya, parece ser que las piernas de esa zorrita te gustan.— Le digo.

Noto como el rostro de Alonso se vuelve a transformar para que yo pueda gozar.

—Porque son mejores que las tuyas. Comienza a chupar y calla.

Conozco ya mis obligaciones. Esta vez abro bien la boca y procuro no tocarla con los labios mientras me entra hasta que el capullo toca mi paladar. Entonces cierro los labios y succiono, voy babeando y ensalivando. Conozco el dulzor de su carne, conozco la orografía de su polla: me sé cada bulto, cada vena y cada pliegue. Me encanta la sensación de tenerlo tan cerca entre mis labios. Paro unos segundos para pedirle a Alonso lo que estoy deseando.

—Dame lo que quiero.

—¿Cómo se piden las cosas?— Su mirada es ya una orden para mí.

—Por favor, deme lo que quiero, Señor Alonso.

—Así se piden las cosas. Siga chupando y no diga nada más. Ya hablaré yo.

Fui diligente y volví a chupar a buen ritmo. Mi cabeza se movía al tiempo que mis ojos miraban a mi marido esperando lo que quiero.

—Mira qué piernas tiene. Que elegante, qué buena que está la zorra. Ella tiene estudios, no dice palabrotas, sabe comportarse, no como la chupapollas, oh, sí.— La chupapollas se suponía que era yo y, efectivamente, estaba allí comiéndome su rabo y a la vez poniéndome como una moto. Cuando me hablaba así pasaba a otro nivel y el cuerpo no sólo entraba en calor sino que parecía contraerse de placer sólo con la imaginación.

—¡Qué labios tiene Paqui, por Dios! No como los tuyos. Qué cuerpo, qué tetas. Joder, qué tetas, todavía recuerdo cuando dejaba que se las tocara en mi habitación. Cómo me gustaría que ahora fuera ella la que estuviera chupándomela y no tú. Oh,oh, seguro que ella se lo tragaría. Oh, sí, sigue. Sigue.

Yo seguía mamando pero ahora con una de mis manos metida en mi entrepierna. Busco un pliegue en la cama. Cuando lo consigo comienzo a mover mis caderas restregando mi coño para encender mi clítoris. El placer que estoy dando con la boca retorna a mí multiplicado entre las sábanas. Pienso en esa Paquí y cómo se la debía chupar a mi marido. No me importaría compartir esta carne que tengo en mis mofletes con ella. Hay carne para las dos. Sigo moviendo la cabeza y Alonso ya sólo llega a decir «Chupa, chupa, chupaaa». Acelero y es el momento en el que sus huevos eclosionan y el esperma inunda mi boca. Tengo todavía su abundante pomada en la boca cuando acelero el ritmo de mi frotación y alcanzo otro orgasmo pleno, completo. Escupo la corrida en mi mano y me levanto rápidamente para tirarla al lavabo.

Vuelvo a la cama. Alonso ya ha buscado una serie que puede gustarme. Me la enseña y asiento con la cabeza. Nos acurrucamos juntos y continuamos como si no hubiera pasado nada. Pero no podía dejar de pensar mientras veía la serie que yo estaba transformando poco a poco a Alonso en alguien que temía y me excitaba al mismo tiempo. ¡Upss! Y además me había saltado la regla de Nila. Me había masturbado mientras se la comía. Pero bueno, aunque ya no tuviera el sobresaliente, un notable alto también me valía. Sobre todo si suponía correrme de aquella manera.

—o—

Teo se encontraba aquella noche dentro de su automóvil en el parking del Smolyan. A pesar de los intentos de que pareciera elegante, el Smolyan no podía ocultar lo que era en el fondo: un puticlub. Puede que más caro que otros burdeles, pero puticlub al fin y al cabo. Entre su oferta se incluía el mejor servicio de escorts de la ciudad. A los ricos no le gusta decir que se van de putas. Y lo de prostituta tampoco acaba de gustarles mucho. Ellos son más finos y necesitan diferenciarse, así que las escorts del Smolyan solo eran prostitutas caras camufladas de elegancia y clase para poder venderse a gente con dinero. Teo no es que fuera rico pero era un prestigioso penalista que al estar soltero y no tener más vicio que las entrepiernas femeninas podía permitirse ese lujo.

Estar allí aparcado esperando no le hacía ninguna gracia. Odiaba el lugar, sus luces azules, sus vidrieras, su fachada negra. Y sobre todo el tipo de gente que entraba y salía de allí. Teo se creía diferente a aquella gente. En algunos sentidos lo era pero en otros no dejaba de ser un cliente cuyo acto fomentaba una y otra vez aquella prostitución. La moralidad de Teo se debatía internamente y era en aquel lugar —en el que no podía fingir como en un hotel normal— donde la conciencia le atormentaba un poco.

Estaba esperando a Lua, una escorts que había contratado. Generalmente quedaban en un hotel caro del centro pero aquel día Lua le había pedido que la recogiera en el Smolyan porque tenía su coche en el taller. Le hubiera gustado estar con Nila pero últimamente era difícil conseguir que estuviera disponible.

Mientras esperaba, un Mercedes clase S de un precioso gris metálico entró en el recinto y aparcó a la entrada del Smolyan. Nadie normal aparcaría allí, así que debería ser alguien especial. Y lo era. Se trataba de Petko, el búlgaro jefe de aquel lupanar y lugarteniente de otros búlgaros con más poder. La sorpresa no fue ver la gran figura de Petko bajar de aquel cochazo sino que detrás de él bajaba, con unos taconazos y un vestido entallado Charo Sánchez, la mujer maltratada que estaba defendiendo por haber envenenado a su marido. Había conseguido sacarla de prisión provisional y ahora estaba preparando su defensa. Es cierto que en un momento de debilidad también se había acostado con ella pero todos somos humanos. Charo se veía diferente, se había arreglado el pelo, llevaba joyas caras, y sobre todo, los hombres de Petko la trataban con el respeto de una primera dama.

¿Qué hacía Charo con Petko? ¿Qué tendría que ver con el hecho de que su marido asesinado, Tolo, perteneciera al clan de los Cotrina, enemigo de los búlgaros?

No se hizo más preguntas porque Lua aporreaba el cristal pidiendo entrar. Le abre el coche y ella entra toda emperifollada y radiante oliendo a Chanel.

—Hola Teo, perdona, pero es que no tengo coche. Lo he dejado en el taller y he tenido que estar aquí hasta ahora.

—No te preocupes.— Encendió el auto— Hoy te traigo de los que te gustan.

Lua se giró y en el asiento de atrás abrió la bolsa. Había varios pasteles de crema de Boston que le encantaban. Se los traía Teo de su despacho, el bufete de abogados mejor servido de catering de toda la ciudad. Y Lua era una fanática de los dulces. Se tiraba todo el día sin comer sólo para poder comerse algún dulce que le gustaba. Y aquellos tan especiales que le traía Teo le encantaban. Por desgracia en la bolsa había también una caja de condones y, lo peor, una caja de lubricante especial. Su presencia siempre significaba que aquella noche Teo le follaría el culo.

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