LAURA CAMUS

BETO BROM


El cielo lo anunció ya desde hora temprana, todos se prepararon para recibirla.

Los mayores revisaron puertas y ventanas… los chicos juntaron los juguetes esparcidos por el patio.

Era la época de las tormentas, y la de ese año fue pronosticada como la más intensa de las conocidas, calcularon que los vientos alcanzarían tal vez más de los 150 km p/hora.

Fueron reforzados los postes eléctricos de todo el pueblo, como también los que soportaban los tanques de agua de reserva.

Los criadores de animales trataron de conservar bien cerrados los portones donde se agolpaban sus rebaños.

Promediaba octubre en Lanesboro y, pese a la inminente llegada del temporal, los más pequeños no perdían el entusiasmo que año tras año les generaba la proximidad del Halloween.

Mientras sus padres procuraban salvaguardar viviendas y demás bienes materiales de las inclemencias del tiempo, los niños planificaban cuál sería su disfraz más apropiado para la ocasión.

Debido a la emergencia climática, muchos negocios habían decidido cerrar sus puertas más temprano que de costumbre, confiando que una vez superada la tormenta, todo volvería a la normalidad.

Era un otoño como tantos otros en aquel pueblito de Minnesota.

En medio de la noche empezó el vendaval, por suerte la gran mayoría de los habitantes estaban protegidos y resguardados en sus casas.

En cuestión de minutos el viento tomó énfasis y aumentó su fuerza.

Cierta cantidad de precarios galpones fueron simples juegos para las fuertes ráfagas, que alcanzaron una velocidad cercana a los 200km, según las mediciones registradas.

Las horas pasaban y lo que empezó como un vendaval se transformó, en forma vertiginosa, en un tornado serio y amenazador, fenómeno imposible de pronosticar. Cayeron muchos postes, que no lograron mantenerse en pie, y en consecuencia una amplia zona quedó sin corriente eléctrica, lo cual trajo aparejado un sin fin de problemas.

Resultaba imposible salir de las casas en el amanecer, la incomunicación fue uno de los factores que influyeron para convertir aquello en una catástrofe… vivencia que se recordaría por mucho tiempo, pues nunca habían ocurrido casos semejantes.

Los chicos habían sido presa del miedo durante la noche, algunos buscaron refugio en los brazos de sus padres y corrieron hacia sus dormitorios para acurrucarse a su lado entre las cobijas, esperando que aquello terminara. Otros prefirieron contemplar el espectáculo proporcionado por el viento desde sus ventanas; tal es el caso de Tony, el hijo menor de la familia Miller.

Tony tendría mucho para contar a sus amigos cuando se restablecieran las comunicaciones…

En la noche del temporal el niño fue el espectador de escalofriantes sucesos, que lo mantuvieron inmóvil y con los ojos bien abiertos junto a la ventana.

A pocos metros de la vivienda de los Miller se hallaba la huerta de los Harris, una gran extensión de tierra donde solían cultivar todo tipo de vegetales. La venta de esos cultivos, junto con la producción de su granja era la principal fuente de ingresos de la familia. Por ese motivo debían protegerse de eventuales ataques de insectos y aves.

Y Tony vio volar un espantapájaros… lo vio agitarse por efecto del fuerte viento y aterrizar en el jardín de su casa.

Eso no fue todo… también observó el fugaz vuelo de una sábana blanca, que con seguridad fue arrebatada del ténder de alguna vecina descuidada.

Cuando Tony logró sobreponerse de tales visiones corrió hacia el dormitorio de sus padres gritando: ¡Mamá, papá… el Halloween se adelantó!…

Los padres trataron de calmar al pequeño, pero el susto era tal que inclusive todo su cuerpecito temblaba. Su madre lo acurrucó a su lado en la cama, creyendo que así conseguiría amenguar el mal pasar.

-¡Ustedes no me creen! (balbuceó Tony), no es invento mío, hay un monstruo en nuestro jardín, seguro entrará a la casa, deben impedirlo antes de que lo logre… ¡hagan algo, por favor!

Tom, el padre del niño, se levantó, y para convencerlo le dijo que iría hasta el comedor y miraría por la ventana para así cerciorarse de que era la simple imaginación de su hijo.

En esos instantes se escucharon unos fuertes golpes en la puerta de entrada de la casa y Tony empezó a gritar:

-¡¡¡Les dije, les dije!!! Ustedes nunca me creen

El niño saltó de la cama, se escondió debajo y empezó a llorar… la madre intentó que regresara junto a ella, pero fue en vano, el chico estaba en un ataque de nervios.

A todo esto el padre llegó hasta la puerta y, pese a sus esfuerzos, no pudo abrirla. Desde afuera se reiteraron los golpes.

-¿QUIÉN GOLPEA? – Gritó a toda voz el ya desaforado Tom…

El viento no cesaba de causar estragos y el corte de suministro energético convertía el panorama en algo más caótico aún, ya que la oscuridad era casi total, menguada apenas por los intermitentes relámpagos.

Y en uno de esos breves resplandores Tom divisó algo desde la ventana, que lo dejó perplejo. Le pareció ver la silueta de una serpiente agitándose frente a la puerta y golpeando impetuosamente contra esta. De inmediato pensó: ¿Qué hacía ese animal allí en medio de la tempestad… y por qué arremetía contra su puerta? ¿Sería ése el monstruo del que hablaba su hijo?… Ciertamente no pensaba salir para averiguarlo, en pocos segundos su coraje se había desmoronado.

Tom debía regresar al dormitorio con una respuesta que tranquilizara a su familia sobre lo que estaba ocurriendo, no podía presentarse ante ellos mencionando a la serpiente sin causar estupor. Él mismo no hallaba explicación para semejante aparición… y entonces se le ocurrió decirles que los golpes en la puerta habían sido provocados por las ramas de un árbol, que se desprendieron del tronco y volaron hasta su puerta por efecto del viento.

No obstante, todo lo ocurrido durante esa fatídica noche pudo ser aclarado a la mañana siguiente, cuando el temporal hubo llegado a su fin.

Los Miller descubrieron lo que quedaba del espantapájaros de los Harris a un costado del jardín; el supuesto fantasma que tanto había asustado a Tony, y que solo se trataba de una “sábana errante”, yacía sobre el techo del galpón donde Tom guardaba sus herramientas y los objetos que habían entrado en desuso. Y la atemorizante serpiente nocturna no era otra cosa que la manguera, que Tom había olvidado enroscar y poner a resguardo antes de la tormenta.

Hubo necesidad de realizar algunas reparaciones en una parte del techo de la casa de los Miller, como también en el galpón de las herramientas.

Los Harris lamentaron la pérdida de sus cultivos, conjuntamente con la destrucción de su espantapájaros, debido al temporal, y resolvieron que en adelante solo contarían con la producción de su granja como fuente de ingreso familiar.

En cada hogar del pueblo fue necesario poner el hombro ante las pérdidas ocasionadas por la tempestad.

Los negocios también se vieron muy afectados, por lo que algunos de ellos mantuvieron sus puertas cerradas durante semanas. Como consecuencia de ello, los niños deberían esperar hasta el siguiente año para poder festejar su tan querido Halloween.

Lentamente todo volvió a la normalidad en Lanesboro y lo sucedido aquella noche pronto pasó a ser un recuerdo.

          

Un comentario sobre “Octubre sin calabazas

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