SYLKE & FRAN

CAPÍTULO 7 – LA FIESTA

Mi mayoría de edad se vio recompensada con miles de experiencias en el mundo del sexo, totalmente desconocidas para mí, primero descubrir cómo se masturbaban mi hermana o mi madre, mientras las espiaba escondido, luego Celia y mamá ayudándome a practicar, demostrándome su belleza y sus artes, además de abrirme las puertas del paraíso de una forma increíble, por no hablar de lo que pasó con Lucía, que no solo no me denunció por haber olido sus bragas, sino que me hizo disfrutar de su buen hacer, ni el propio Fermín, que tampoco me abrió el expediente y me admitió en el equipo de natación, gracias a la intervención de mamá y luego para colmo, mi hermana, por la que comenzó todo… la que nunca había chupado una polla, lo hizo conmigo y bien que le salió, además de parecer disfrutarlo de lo lindo por su parte.

Durante el desayuno, hubo miradas cómplices entre mi hermana y yo. No hacía falta decir mucho, pero estaba claro que no olvidábamos lo que había ocurrido durante la noche y en mi cabeza aún persistían las imágenes de Sandra chupando mi polla, lo que me obligaba a pensar en otra cosa para no volver otra vez a revolucionarme.

En un momento dado que mi madre y Celia salieron de la cocina, me senté junto a mi hermana para decirle en bajito el tremendo error que habíamos cometido y que de algún modo todo era culpa mía y me sentía fatal por lo que acabamos haciendo.

–          Sandra yo… – empecé a hablar en susurros.

–          Yo también. – dijo poniendo su mano sobre la mía.

–          ¿Tú también? – pregunté confuso.

–          Si, bobo, yo también tengo ganas de chupártela otra vez, pero quiero tragármelo todo, esta vez, a ver qué se siente.

–          ¿Qué?

Ni qué decir tiene que mi polla despertó de su letargo bajo la mesa y cuando me proponía a pronunciar mi frase tras ese shock con la respuesta inesperada de Sandra, entraron de nuevo Celia y mi madre y mi hermana disimuló levantándose a exprimir unas naranjas, pero haciendo que su culo se meneara de forma atrayente bajo ese pijama que se le metía en sus perfectos glúteos. ¿Qué le estaba pasando a toda mi familia?

Al rato, mi padre, tras unas llamadas de rigor desde su despacho, bajó a la cocina y se despidió de todos nosotros con un beso a las chicas y el consiguiente abrazo a mí, acompañado de unas cosquillas y nos deseó que lo pasáramos estupendamente durante la fiesta que íbamos a celebrar ese mismo día.

–          Te quedas de hombre de la casa… cuida de las chicas, ¿eh? – me dijo cuando se volvió desde la puerta, como si leyera mi mente, pero evidentemente, desconociendo todo lo sucedido.

Me sentí de nuevo mal por papá, porque era ajeno a lo sucedido, precisamente con las tres mujeres de la casa. Si se hubiese enterado mínimamente, ahora yo estaría desterrado. Todo lo que yo había cometido con Celia, con Sandra y con mi propia madre no tenía nombre, pero además de ser un pecado, era inaceptable, sucio y no sé cuántas cosas más. Además de todo, me sentía como un traidor frente a mi padre.

La mañana la pasamos todos haciendo los preparativos de la fiesta, colocando banderolas, globos, sillas, mesas y platos, para todos los invitados, de forma exagerada, como le gusta a mamá que siempre quiere quedar bien como anfitriona y lo cierto es que tiene mucho gusto en ese tipo de cosas y la casa y el jardín parecían otros.

–          ¿Qué tal con Lucía, hijo? – me preguntó mientras colocábamos unos manteles.

–          Bien… no podrá venir a comer, pero me dijo que si podía se venía por la tarde noche.

–          Genial, es una chica muy maja y me cae genial. Verás cómo pronto tú y ella…

Mamá hizo un gesto con los dedos demasiado evidente, sobre todo viniendo de ella, metiendo un dedo en su puño.

–          ¡Mamá! – le dije, aunque no pude evitar pensar en lo sucedido con mi compañera en los baños.

–          Lo sé, a veces voy muy lanzada y, por cierto, lo del otro día…

–          Ya, mamá, sé que fue algo muy puntual, para rebajar la tensión. – dije para que se sintiera mejor.

–          ¡Y vaya si se rebajó! – dijo ella riendo, con total naturalidad, algo que volvió a sorprenderme.

Los dos echamos a reír, pero me gustó ver a mamá mucho más relajada en ese asunto y de paso sentirme menos culpable, incluso me hizo intuir, que antes de cometer otra locura como en el vestuario de chicas, ella podría buscar la manera de ayudarme otra vez. Alucinaba con mamá y esa predisposición a ayudar a una oveja descarriada como yo, aunque claro, ella desconocía mis cosas con Celia y mucho menos las sucedidas con Sandra.

Ese día hacía muchísimo calor y entre medias nos íbamos dando unos chapuzones en la piscina para aliviar la alta temperatura, excepto Celia que no salió de la cocina preparando o calentando la comida que le iba llegando del catering, más algunas cosas que ella misma elabora y que son su especialidad.

–          ¿Te echo una mano Celia? – dije entrando en la cocina y agarrando su estrecha cintura.

–          Ya sé dónde te gustaría echar esa mano. – me dijo en voz baja.

–          Celia yo…

–          No, tonto, que no es culpa tuya. Recuerda que quise echarte un cable con ese tema y, por cierto, espero que no se te vayan los ojos hoy ni con tu madre ni con tu hermana. Tendrás un montón de invitadas en las que fijarte, incluida una tal Lucía, que tiene unas braguitas muy monas. – comentó soltando una risa floja.

–          ¡Joder, que rápido corren las noticias! – me quejé.

–          No te preocupes, cariño, tu madre me lo ha explicado y es normal.

–          Pero ella no sabe nada de que tú y yo…

–          Naturalmente que no, Marcos. Ni debe saberlo y lo dicho, ni un ojito para ellas, son de tu familia, recuerda eso.

En ese momento, precisamente, Sandra y mamá estaban en la piscina chapoteando, mi hermana con un bikini de color rosa con un tanga a juego que hacía resaltar su culo y mamá con un bañador de cuerpo entero de color blanco que hacía más grandes sus tetas. Creo que ambas, al no estar papá, se habían puesto más sexys o eso me pareció y es que estaban guapísimas.

–          ¿Me oyes, Marcos? – me insistió Celia dándome un codazo al verme ensimismado.

–          Si, sí. – dije apurado, pero con mi polla medio despertando de nuevo bajo el bañador.

–          Recuerda, si te portas bien y no se te van los ojos donde no debes, mamá Celia te hará un regalito. – y al decir eso se pasó la lengua por esos labios gruesos.

–          Hola, ¿de qué habláis? – dijo mi madre entrando en la cocina en ese momento.

Ella se secaba el pelo de forma muy sensual con una toalla y ese bañador le hacía parecer más juvenil, con sus caderas bien marcadas y sus pezones puntiagudos bajo la tela.

–          Ya le dije a su hijo que se porte bien y haga de buen anfitrión que hoy hay invitados – intervino Celia disimulando, pero mirándome de reojo.

A mediodía, llegó el tontaina del novio de mi hermana, Mario, con sus gafas de sol, y su camiseta marcando músculo. El tío no hacía más que tontear con mi hermana en la piscina, y no paraban de reír y besuquearse. Me caía bastante mal y cada vez que le veía meter mano a Sandra yo me sentía celoso… era absurdo, lo sé, pero no podía evitar que las manos de ese chulo manoseasen a mi hermana. ¿Y si ahora, que ella le había cogido el tranquillo a lo de mamar una polla, le haría ese regalo a su chico? Sólo de pensarlo me sentí mal.

–          ¿Mamá, puedo invitar a Miguel a la fiesta? Es que si no me voy a aburrir – le dije a mi madre mirando a mi hermana y su novio jugando en la piscina.

Mi madre levantó las cejas y al final me dijo.

–          No me cae muy bien el tarambana de tu amigo, la verdad, pero puede venir, claro que sí. – dijo mi madre con un poco de resignación, colocando unos vasos en otra de las mesas.

Poco después sonó el timbre de la puerta principal de entrada al chalet y me dirigí rápidamente a abrir. Nada más hacerlo, apareció mi profesor de gimnasia y entrenador de natación, Fermín, el de la famosa “pillada” en los vestuarios…  Me miró unos segundos, pero no dijo nada, como si todo hubiese quedado zanjado. Pero lo curioso es que, tras él, accedió su impresionante esposa y yo me quedé de piedra, casi sin poder saludar por la impresión, porque su mujer era ni más ni menos que Dª Aurora, mi profesora de Química.

–          ¡Joder, no puede ser! – pensé para mí al verla.

Cuando le oí hablar en su despacho sobre su mujer, “Aurora”, no imaginaba por lo más remoto que fuera ella. Vaya secreto que tenía guardado el bueno de Fermín, su querida esposa era la mujer más admirada de toda la universidad.

–          Hola Marcos, ¡Qué sorpresa! – me dijo Dª Aurora con una sonrisa casi desconocida en ella, dándome dos besos.

Creo que era la primera vez en mi vida, que tenía tan cerca a esa mujer de impresionantes tetas pegadas a mi cuerpo y que me plantaba dos besos de forma mucho más cordial que de costumbre, bueno de hecho, nunca me dio dos besos y nunca me regaló una sonrisa.

–          Sorpresa… sorpresa la mía, doña Aurora, no sabía que era usted la mujer de Fermín- le espeté tartamudeando, haciéndole de paso una radiografía instantánea de arriba abajo.

–          Bueno, si no te importa, hoy prefiero que me llames Aurora a secas, me hace mayor, bueno, siempre y cuando en clase me sigas llamando como siempre.

Fermín sonrió tras ella, porque debía de ver mi cara de sorpresa.

–          Sí, es un secreto, Marcos, nadie en la universidad lo sabe y espero que sigan sin saberlo. – me dijo mi entrenador al oído advirtiéndome para que no se me fuera la lengua.

–          Claro. Mis labios están sellados.

–          ¡Hola, pareja, adelante y bienvenidos! – intervino la voz de mamá apareciendo detrás de mí, con una sonrisa total, pero fijándose más en Fermín que en su mujer.

No me dio tiempo a replicar nada y lo cierto es que así, vestida informal, doña Aurora no parecía ni tan mayor, al contrario, estaba guapísima y ese vestido suelto de color azul claro, le quedaba de miedo, pero desde luego dejaba entrever esos pechos magníficos y grandes imposible de ocultar que muchas veces en clase me turbaban. Ahora parecía mucho más joven, porque, además, en clase llevaba casi siempre su melena pelirroja recogida en una coleta, pero en esta ocasión lo llevaba suelto. Había que reconocer que estaba explosiva.

Mi madre les fue enseñando el jardín y las dependencias de la casa a la pareja, mientras Fermín iba tras el culo de ese bañador blanco de mamá, que ella movía de forma que vi hasta exagerada, sabiendo sobre todo que el otro iba detrás embobado. No era extraño que mamá despertase tanto interés en los hombres y a Fermín especialmente y eso que él no podía quejarse con semejante esposa.

En ese momento me vino a la cabeza el cómo llegué yo a entrar en esa universidad tan selecta, no por el dinero, siendo privada, eso no era ningún problema para mi familia, sino porque hay una gran lista de espera para poder acceder a ella, como le pasó a Miguel, que estuvo a punto de no entrar, pero gracias a su padre que es político y claro, eso ayudó bastante, pero en mi caso, no tenía ningún “padrino”, aunque ahora viendo la cordialidad de mamá y Fermín, casado nada menos que con la rectora, entendí que eso ayudó a que yo pudiese incorporarme o al menos me parecía bastante evidente.

Unos minutos después volvió a sonar el timbre de la puerta. Era mi amigo Miguel que traía un juego para la consola, tal y cómo me había prometido, el último de “SuperBikes”.

–          ¡Joder, cómo mola, Miguel! – le dije al ver ese novedoso juego.

–          ¡Te voy a destrozar! – dijo dándome una palmada en el hombro, pues es un crack con los videojuegos – y gracias por invitarme.

–          Tío, ¿sabes que está aquí doña Aurora? – le dije eufórico.

–          ¡Venga, ya!

–          Te lo juro.

–          ¿Y qué hace aquí?

–          Ostras, colega, no sabía que era la mujer de Fermín- le dije a Miguel con cara de asombro.

–          ¿En serio?  ¿Aurora está casada con Fermín? ¡joder! – me dijo Miguel con los ojos abiertos como platos y parecía tan sorprendido como yo.

Antes de la comida, nos fuimos dando todos unos baños por turnos en la piscina, pues apetecía, bueno, claro, para eso era la inauguración, pero además ese día era especialmente caluroso. Mi amigo y yo fuimos comentando las invitadas que tenían previsto llegar por la tarde y por la noche para la fiesta, tanto vecinas que teníamos bien fichadas, como alguna de las amigas de mi madre, pues a ambos nos gustan más las mamis o alguna de las hijas con buena delantera y eso nos fue calentando por momentos, pero de momento teníamos la comida con el bueno de Fermín y lo mejor, con su preciosa esposa, Aurora. Ni que decir tiene que tanto Miguel como yo nos quedamos boquiabiertos con su cuerpazo, cuando la vimos aparecer con un bañador negro que le realzaba una figura espléndida para los 50 años que tiene, rotunda en sus formas, un culo respingón, unas piernas que no demostraban gordura ni flaqueza. Estaba imponente.

–          ¡Joder, qué polvazo tiene la profe! ¡Ufff!- me soltó Miguel agarrándose el bulto bajo su bañador.

–          Tío, pórtate, ¿vale?, no empieces ya – le recriminé, aunque con la boca pequeña, sabiendo que llevaba absolutamente toda la razón porque a mí también me estaba empezando la polla a revivir.

Miguel no paraba de mirar a nuestra profesora, pero lógicamente también a mi hermana y a mi madre…. Incluso a Celia, que era la más vestida de todas cada vez que salía con una fuente de comida. Por un momento pensé que a lo mejor llevaba razón mi madre con lo de poner reticencia a que viniera Miguel.

–          ¿Qué pasa tío? – le dije en una de esas viéndole con la boca abierta viendo a Sandra subir las escalerillas de la piscina.

–          Perdona colega, pero es que lo que tienes en casa no es normal. – añadió mientras yo también seguía con la mirada a mi hermana saliendo de la piscina con ese tanga rosa mostrando su culo redondo.

En cierto modo me sentía orgulloso, pero le puse cara de enfado para que se cortase, aunque Miguel no se cortaba casi nunca y no le faltaba razón, no le podía reprochar eso, porque mi hermana era una diosa, ni que él me dijera que era la musa de sus pajas, porque también había pasado a ser la mía, pero mucho más que eso, aunque claro esa parte no podía confesarla.

Entre baño y baño, como buen observador que soy, me senté en una hamaca y me estuve dando cuenta de que Mario, el novio de Sandra, no dejaba de mirar a Dª Aurora y que incluso a veces disimuladamente, le ofrecía alguna sonrisa que era correspondida por mi profe. ¡Será cabrón! – fue lo que pensé, pues yo llevaba años admirando a esa mujer y él parecía vacilar con ella desde el primer momento. Volví a sentir celos de que ese chulo fuese tan rápido y joder, no se cortaba con mi hermana cerca. Doña Aurora, además, parecía seguirle el rollo, con lo discreta y seria que era siempre, viéndole tontear con Mario, parecía otra.

Mirando hacia el otro lado, Miguel vacilaba con mi hermana, aunque ella parecía pasar de él olímpicamente, pero siempre le ha gustado tener a los tíos tras ella, es muy presumida, pero lo que más me llamaba la atención eran las risas y bromas que se gastaban mi madre y mi entrenador, con esa confianza excesiva para mi gusto, estaba claro que se conocían muy bien incluso mamá debía conocer ese secreto de que Fermín y Aurora fueran matrimonio. Mamá reía como una chiquilla, cada vez que el otro le decía algo al oído, no parecía echar mucho de menos a mi padre, incluso cuando Fermín dijo en voz alta.

–          ¡Qué pena que no esté aquí Ramón! Me hubiese gustado charlar con él. – lo dijo con toda la ironía, porque debía ser todo lo contrario, pero bueno, quise quitarle importancia y entendía que mi madre le pusiera tanto a mi profe.

Doña Aurora, se levantó de su tumbona y se dirigió a la piscina, mostrando al caminar el bamboleo de sus tetas aprisionadas bajo ese bañador negro. Estaba impresionante y tanto Miguel como yo, parecíamos estar babeando viendo ese cuerpo escandaloso en movimiento.

–          Creo que yo me voy a meter al agua – me dijo Miguel en el momento que vio como la profe se zambullía en la piscina.

–          Ya, ya te veo venir, eres incorregible – le dije riendo al ver sus intenciones.

–          Vamos, venga anímate- me dijo con un ligero golpe en el brazo – creo que nunca vas a estar más cerca de esa MILF.

Me convenció y nos metimos con nuestra profesora en el agua a la vez que disimuladamente nos acercábamos cada vez más a ella. Su respiración hacía que sus enormes tetas parecieran más grandes y que iban a reventar el bañador con sus pezones marcados en el centro de esos pechos. Ella nos miraba con recelo, viendo que dos de sus alumnos la rodeaban continuamente, pero de algún modo quería aparentar seguridad, al fin y al cabo, era la rectora de nuestra universidad, pero además su comportamiento era bien distinto al que mostraba en el campus. Parecía estar luciéndose y disfrutando al mismo tiempo, enseñándonos sus mejores atributos, cada vez que daba una brazada o salía del agua, sacando fuera ese pecho imponente. Sin duda, le gustaba provocar eso.

–          ¡Está buena! -dijo Miguel con doble intención.

–          ¡Si, mucho! Pero calla que nos va a oír. – dije yo y en ese momento ella sonrió, aunque no sé si llegó a escucharnos.

Doña Aurora nos miraba de reojo, viendo a esos dos lobos hambrientos devorando con la vista su cuerpo lleno de curvas. Miguel, chapoteó a su alrededor y yo hice lo mismo, hasta que, en un momento dado, sin querer, rocé su cuerpo y vaya sensación que me recorrió de la cabeza a los pies, creo que era la primera vez que rozaba ese culo en mi vida y no pude evitar la polla se me pusiera morcillona, pero peor era Miguel que disimuladamente, intentando ajustarse el bañador, se tocaba su miembro.

–          Vaya, vaya, aquí me encuentro a mis dos alumnos… deberíais estar estudiando pues la verdad estáis muy verdes con la química

–          Doña Aurora, que no estamos en clase. – dijo Miguel vacilando un poco.

–          Hoy, prefiero que me llaméis Aurora, mejor… y aunque tienes razón, como no espabiléis no aprobáis este último examen.

En ese momento Aurora, como ella nos pedía que le llamáramos, abriendo los brazos se apoyó sobre el borde la piscina mostrándonos su pecho y su escote con cierto descaro. No sé, pero me pareció que era una especie de exhibicionismo.

–          Esperamos el examen más fácil que la última vez. – dijo Miguel acercándose poniéndose casi pegado a ella.

–          Eso, no nos lo ponga muy difícil y sea buena con nosotros – le dije sin perder de vista esos enormes melones ocultos por el bañador, aunque yo no era tan descarado como mi amigo y guardaba cierta distancia.

–          Bueno, hoy podéis tutearme, pero nos paséis. – dijo pasando su dedo por el contorno de su pecho y mirando a Miguel que estaba excesivamente cerca de su cuerpo.

Una sonrisa surgió de los labios de la profesora al notar mi embobamiento ante esa maravilla.

–          Alguna pista sobre el examen. – dijo mi amigo acercándose a ella, rozando su brazo con su pecho.

–          Bueno, las leyes de la física son básicas para entrar de lleno en la química y ahí seguís estando verdes… ¡los dos muy verdes! – enfatizó ella levantando ambos pechos con sus manos.

Miguel y yo nos miramos sorprendidos por ese descaro de doña Aurora y más cuando dijo:

–          Alguna clase particular os recomendaría, si de verdad queréis aprobar el examen. De otro modo os veo con suspensos a los dos – nos dijo dejándonos confusos e inmediatamente salió por la escalerilla de la piscina para tumbarse sobre la hamaca junto a mi hermana y su novio abriendo ligeramente las piernas ante nosotros.

Ante nuestra vista afloró una perspectiva fantástica de la entrepierna abultada de Dª Aurora, marcando la línea central de su coño a través del bañador. Estábamos flipados.

–          ¿Tú has oído lo que ha dicho? – me dijo mi amigo en un susurro.

–          Sí, no sé a qué se refería.

–          Pues está claro, colega, nos quiere dar una clase particular a ti y a mí, ya me entiendes – dijo moviendo su pelvis obscenamente – estoy seguro que a esta madurita le gustan los chavales muy jóvenes.

–          ¿Qué dices macho? Siempre estás flipando.

–          Te lo aseguro, esta tía quiere montárselo con nosotros dos, lo que yo te diga.

–          ¿Tú crees? Para mí que ves cosas que no son. – dije, aunque menos convencido cada vez, porque doña Aurora no había dejado de insinuarse y además esa frase daba pie al menos a la confusión.

–          Te aseguro que estas mujeres a su edad son todo un volcán. Está pidiendo a gritos un buen revolcón. ¿Tú no te la follarías o qué?

Yo negaba con la cabeza, porque mi amigo era fantasioso y quería meterme cosas en la cabeza, pero en realidad me hizo pensar y todo lo que contaba, no era tan descabellado, tenía bastante sentido y era verdad eso de que las mujeres maduras parecían más ardientes, como queriendo recuperar el tiempo perdido, de hecho, mi madre me sorprendió bastante en ese sentido, desde luego y lo que nos había dicho doña Aurora, no parecía dejar tantas dudas, al menos no se podía interpretar de otro modo.

Nuestra profesora hablaba con mi hermana y con Mario, riendo, pero o bien se había distraído o sencillamente abría sus piernas mostrando el abultamiento de su vulva con descaro a apenas un metro de nosotros.

–          ¿Ves cómo nos ofrece la mercancía? – dijo Miguel.

–          ¡Joder! – dije, pero tenía que reconocer que era cierto, doña Aurora estaba provocándonos.

–          Juraría que no lo tiene depilado – me dijo Miguel, intentando ajustarse el bañador, aunque lo que estaba haciendo era tocarse la polla disimuladamente bajo el agua.

–          ¿Tú crees? – le pregunté con una excitación ya en aumento.

–          Me la ha puesto muy dura, con esa conversación, Marcos, me imagino sus tetas sobre mi boca y no te digo el coño que debe tener…y encima tu hermana ahí tumbada al lado, con las piernas abiertas tomando el sol, uff, vaya panorama…

Me fijé en Sandra y efectivamente su tanguita apenas cubría la forma de su vulva y dejaba a la vista sus ingles, aunque parecía medio dormida. Estaba realmente impresionante, con su piel morena y brillante.

–          Tío, tengo que salirme, no puedo más- me dijo Miguel susurrándome absorto con esas vistas que teníamos enfrente.

Yo alucinaba con Miguel por lo decidido que era en su comportamiento y a la hora de decir las cosas no se cohibía por nada, aunque claro, si supiera lo que he vivido yo en los últimos días, ni se lo creería y diría que me estaba burlando de él.

Yo me quedé en la piscina para seguir observando y los tres que tenía enfrente empezaron a conversar. Mario no dejaba de decir tonterías de las suyas, pero ellas dos se reían un montón, sobre todo mi profesora y más aún, cuando en un momento dado mi hermana se levantó en dirección a la casa y se quedaron ellos dos hablando, no entendía lo que decían, pero lo que está claro es que Mario recorría con la mirada a mi profe y parecía decirle cosas subidas de tono, a tenor de sus risas y los manotazos que le daba esta al novio de mi hermana, seguramente, debido a sus descaros.

En ese momento Celia nos avisó de que la comida estaba preparada, sacando los últimos platos calientes y todos fueron acudiendo a la gran mesa que estaba preparada junto al porche de la casa. Cuando yo me disponía a hacerlo, mi madre, me llamó aparte de forma urgente.

–          ¡Marcos, ven aquí! – me dijo con aire claramente enfadado

–          ¿Qué pasa mamá? – le dije con aire extrañado y al principio pensé que me había podido ver extasiado con el cuerpo de Aurora.

–          Ven conmigo – me dijo para que la siguiese.

Fui tras ella dentro de casa y entró en el baño que tenemos en el piso de abajo.

–          Marcos, ¿Me puedes explicar esto? – me dijo mostrándome una toalla azul totalmente manchada de un líquido blanco y viscoso que parecía muy reciente.

No entendía nada.

–          Mama yo… – traté de excusarme de algo, aunque no sabía de qué iba el tema, mientras mi cabeza empezaba a dar vueltas de lo que podría haber sucedido.

–          Cariño, entiendo tus deseos de calmarte, ya lo hemos hablado, pero hijo, tenemos invitados y ¿te imaginas, si entra alguien y ve esto? – me dijo mi madre con la vista fija en la lechada desparramada sobre la toalla.

Estaba claro que no había sido yo, pero mi mamá volvió a mostrarme la gran mancha que era considerable, una buena corrida. De pronto al verme tan cortado, dijo.

–          Bueno, aunque hay que reconocer, que mi niño se ha descargado bastante- quiso quitar importancia cambiando el semblante de su cara con una sonrisa para que yo no creyese que todo eso era “culpa mía”.

No sabía que decir, aunque me imaginaba lo que había pasado, Miguel se había metido en el baño a masturbarse unos segundos antes ya que Mario seguía en el jardín tonteando con mi profesora, así que me quedaba claro que había sido mi amigo, por lo que pensé: “¡pedazo guarro!”.

Mamá entonces hizo algo que me dejó atónito, pasando dos dedos por esa corrida, aun húmeda, los llevó a su nariz y luego a su boca, logrando depositar una parte de ese semen a su lengua y luego tragándolo.

–          Hay que reconocer, hijo, que tu leche está muy rica. – dijo metiendo en el cesto de la ropa sucia esa toalla- pero debes tener más cuidado.

Tras dejarme flipado una vez más, a continuación, salimos a sentarnos en la mesa donde ya estaban todos esperándonos. Yo me senté al lado de Miguel a mi derecha y doña Aurora a mi izquierda. Fermín no perdió oportunidad de sentarse junto a mamá que se había puesto un pareo sobre su bañador.

–          ¡Miguel, eres un cerdo, tío!, ¿Qué has estado haciendo en el baño? – le dije a mi amigo susurrando junto a su oído.

–          Joder no pude aguantarme mi cabeza empezó a hacerse una película y, lo siento, colega, soy un guarro y perdóname, pero entre la visión de tu madre, luego doña Aurora y tu hermana con ese tanga, joder… – me dijo con un leve aire de culpabilidad ya que no podía ocultar su fechoría

–          Película te voy a dar a ti- le dije mosqueado, por haberlo hecho, aunque por suerte, al final mi madre creyó que todo aquello era mío.

La comida transcurrió con cierta normalidad y veía que Aurora charlaba de vez en cuando con Mario a su lado, con esa confianza que se habían cogido. Enfrente, las tetas de mamá y de Sandra, tampoco pasaban desapercibidas para mí, ni por supuesto las de Celia cada vez que traía un plato me plantaba las suyas en la nuca, con toda la mala intención, así como su traviesa sonrisa. De vez en cuando notaba que mamá y Fermín, parecían estar haciendo algo bajo la mesa, aunque realmente no podía verlo, pero por suerte Aurora andaba muy distraída con Mario. Yo intentaba adivinar qué pasaba en cada frente, lo veía demasiado evidente pero seguramente eran imaginaciones mías y no pasaba realmente nada.

Después de la comida y entre charla y risas, como ya hacía mucho calor, mi hermana dijo que se iba a echar una siesta. Aurora, mi madre y Fermín se sentaron en el sofá charlando y viendo la tele, Mario, el presumido, se fue a ponerse más moreno al sol y Miguel y yo nos subimos a mi cuarto a jugar a la consola. Volví a abroncarle esta vez en voz alta sin que nadie pudiera oírnos.

–          Te podías haber corrido en otro lado y no en la toalla, macho, ya te vale.

–          Ya tío, se me fue la pinza…

–          Ha sido muy fuerte. Mi madre lo ha visto – le espeté mientras actuábamos sobre los mandos de la consola con ese nuevo juego de motos.

–          ¡Coño!, ¿lo ha visto? Tío es que estaba muy salido y no pude aguantar y fue lo primero que pillé…….¿Y que ha dicho tu madre? – me dijo medio sonriendo.

–          Pues pensaba que había sido yo, y me ha echado la bronca del siglo- le dije.

Desde luego, le oculté que mi madre se había llevado a la boca un poco de su lefa.

–          Gracias colega, te debo una y gorda por cubrirme. – me dijo dándome una de sus palmadas.

Allí seguimos jugando enfrascados en su última adquisición y a pesar del calor que reinaba en la calle, con la ventana abierta se estaba más o menos fresquito, pero tanto Miguel como yo llevábamos únicamente unas bermudas.

Perdí la tercera partida seguida y de repente se hizo un silencio y Miguel detuvo el juego para ponerlo en pausa y es que empezamos a oír a lo lejos un ruido fino constante…como el motor de una maquinilla o algo parecido.

–          ¿No oyes ese ruido? – me preguntó mi amigo.

–          ¿Qué ruido? – yo también lo oía y casi podía detectar que al estar las ventanas abiertas provenía del cuarto de Sandra.

–          Escucha, ¿No oyes un runruneo constante? Parece que viene de fuera, – me dijo Miguel levantándose y acercándose a la ventana.

–          No oigo nada – mentí.

–          Yo diría que es de la habitación de tu hermana.

Una especie de calor me invadió y hasta creo me puse colorado, pues sabía que eso no era otra cosa que el famoso consolador rojo a la máxima potencia.

–          No sé, estará con el secador del pelo, ya sabes cómo son de coquetas las chicas- le dije, sabiendo que no era precisamente eso.

–          Venga ya, eso no es un secador.

Empecé a imaginarme a mi hermana desahogándose y el morbo me excitó, pero tenía que disimularlo pues Miguel estaba ahí y no debía enterarse de lo que de verdad podía estar ocurriendo. Aunque quise arrancar el juego, Miguel seguía atento al ruido.

–          ¿No será que tu hermana se está recortando los pelos del chichi? – me dijo riendo.

–          ¡Anda ya!, siéntate y seguimos jugando – le dije antes de que ella soltara algún gemido.

–          ¿Lo llevará felpudito o recortado? ¿Tú que crees? – me preguntó sonriente el cerdo de mi amigo.

–          ¿Yo qué cojones sé? No seas cerdo. – le respondí airoso, arrebatándole el mando.

Sabía de muy buena mano y además buena boca, cómo tenía el coño Sandra, precioso, completamente afeitado, pero queriendo parar esa conversación, arranqué el juego de nuevo y enseguida el sonido de la música y el motor de las SuperBikes inundaron la habitación.

Quité importancia al asunto, concentrándome en el juego, aunque de vez en cuando Miguel, mosqueado, no dejaba de mirar a la ventana y eso me permitió ganarle una mano al juego.

Fue pasando la tarde y fueron llegando los invitados a la fiesta, algunos vecinos y amigos a tomar algo, ya que mi madre invitó a un montón de gente y las copas empezaron a correr y la gente también se empezó a animar mucho más. Me puse una camisa y cuando bajé al jardín, casi no daba abasto de reconocer al montón de gente que pululaba por él. Me fijé que mamá se había puesto guapísima con una camiseta blanca de tirantes, con un pantalón vaquero corto, que yo creo que era de Sandra y le quedaba espectacular, además, resaltado con unos tacones, alzando su culo. Mi hermana también se había cambiado un vestido corto blanco, resaltando sus piernas morenas, con el pelo recogido y unas sandalias de medio tacón. Miguel me volvió a recordar lo buena que estaba Sandra, aunque eso lo sabía yo y bastante bien. Era inevitable no fijarse en sus piernas y en esa boca que me había prometido volver a comerme la polla.

Muy entrada la tarde llegó Lucía junto a otras compañeras de clase y no quiso despertar sospechas con nadie saludándome como una más, pero eso sí, sus besos quedaron demasiado cerca de mis labios. Por suerte, sus amigas se fueron a una zona de juegos que había organizado mamá para los invitados, pero me fijé en las piernas de Lucia con una faldita de colegiala, estaba deslumbrante y ella antes de irse con ellas, tras morderse el labio, me dijo.

–          ¿Hoy quieres que te regale mis braguitas? – y se fue riendo, mientras yo me quedé de piedra, como lo estaba mi polla en ese momento.

Entre tanto bullicio, la noche fue llegando y mi madre me pidió que acompañase a Celia para traer más cervezas pues se agotaron demasiado rápido con ese calor y había que ponerlas a enfriar cuanto antes.

Avisé a Celia y nos encaminamos al garaje. La luz de la luna se reflejaba en su rostro de color ébano haciéndolo más brillante. Celia es una mujer preciosa, que también se cambió de indumentaria para la ocasión, esa noche, llevando un top rojo y unos leggings negros, que marcaban su culazo de forma espectacular, por eso es que me quedé mirando tras ella.

–          ¿Qué pasa, no te tienes bastante con tu novia? – me preguntó volviéndose de repente refiriéndose claramente a Lucía.

–          No es mi novia, es solo una compañera.

–          Huy, esas miradas las conozco bien, a mí no me engañas. – añadió sonriente y seguimos avanzando.

Al llegar al garaje un ruido procedente del interior, nos hizo detener los pasos y escuchar. 

–          Hay alguien dentro -me dijo Celia en voz baja y con cara de sorpresa pues la oscuridad no nos permitía ver lo que pasaba dentro.

Unos murmullos y risas salían del interior, abrimos con sigilo la puerta, estaba todo en penumbra, tan solo alumbrado por el reflejo de la luna que entraba por uno de los ventanales del garaje.

Me asomé, pero Celia permanecía detrás de mí, cuando mi vista se adaptó un poco a la oscuridad, me quedé de piedra, una espalda musculosa que supuse era la del novio de mi hermana, la estaba aprisionando literalmente contra el fondo del garaje y ella de espaldas con su cara pegada a la pared, gemía incesantemente. Me dio rabia de nuevo de que ese tipo se estuviera follando a mi hermana en el garaje. ¿De nuevo celos?

Mario estaba totalmente desnudo sujetando por las caderas a Sandra, mientras no dejaba de besar su cuello y su espalda, sus manos se deslizaron hacia las tetas de mi hermana estrujándolas, la falda la tenía subida y el culo lo echaba hacia atrás para notar más las embestidas que ese cuerpo musculoso le estaba dando.

–          ¿Qué pasa? – me preguntó Celia sin ver lo que pasaba dentro.

–          Es mi hermana y su novio. – dije susurrando.

–          ¿Están…?

–          Follando, sí. – dije casi enfadado.

–          Pues vámonos, no deberías de estar viendo eso.

–          No me voy a asustar, Celia.

–          Ya lo sé, pero es tu hermana, ¿recuerdas? – me hizo rememorar la promesa de no ver lo que no debía.

Los gemidos aumentaron de volumen y la pareja parecía totalmente ajena a nuestra presencia, así que Celia, tan curiosa como yo, quiso ver más y no dejaba de preguntarme lo que veía, hasta que poniéndose a mi lado pudimos compartir juntos el espectáculo que teníamos al fondo, agazapados tras el coche de mamá, viendo la espalda fornida de Mario desnudo clavándosela por detrás a Sandra. La cara de Celia fue de sorpresa total, supongo que, como la mía, viendo esa forma de follar de la pareja y una exclamación iba a salir de su garganta.

–          ¡Shhhhhhhhh, no hagas ruido! – le dije a Celia en un leve susurro, poniendo mi mano sobre su preciosa boca.

En un momento determinado, mi hermana se dio la vuelta, se despojó de la poca ropa que le quedaba, lanzándola sin miramientos, seguramente con intención de besar a su novio y me quedé alucinado cuando la luz del ventanal iluminó su cara para descubrir que no era precisamente mi hermana Sandra, ¡sino doña Aurora!

Continuará…

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