TANATOS 12

CAPÍTULO 20

Begoña quiso ser discreta. A veces, por su juventud o forma de ser, podría parecer un poco imprudente o impetuosa, pero realmente casi siempre mostraba una madurez y un saber estar tremendamente plausible.

No fue hasta pasados unos minutos que acabó surgiendo el tema de lo leído en mi teléfono, y terminé por decirle que realmente no había nada allí especialmente relevante. Y esa era la sensación que yo tenía, si bien diferenciaba claramente dos elementos, uno positivo: que María me defendía y me situaba a su lado y colocaba a Edu como a un elemento externo. Y uno negativo: aquel poso autoritario de él, que la acababa llevando a que ella le complaciera y hasta obedeciera.

Abandonamos finalmente la mesa y la acompañé a su coche, que según ella había aparcado cerca. Una vez allí, se subió las gafas de sol hasta sujetarlas en el pelo, nos dimos dos castos besos y, frente a frente, me dijo:

—Siempre que me despido de ti parece que va a ser la última vez que te vea.

Tras decir eso sonrió radiante y dijo riendo:

—Uf, esto me ha quedado un poco peliculero.

—Sí… Bueno. Yo también tengo esa sensación —respondí sonriendo.

—En fin. Pero eso. Que creo que esta vez sí que es verdad. Porque vamos, no voy a ser yo ahora la que me meta en tu relación con María, en fin, que ya me he metido, sin querer, claro. Pero vamos, que me lío. Que hoy vuelves a casa… y mira, ya te digo como chica, que lo primero que te va a decir es “chao Begoña” y con razón, y que vamos, que tú ni vas a dudar, solo faltaba, porque no somos nada ni nada.

Yo la escuchaba cautivado y la veía gesticular y enredarse. Guapísima. Junto a aquel coche que le pegaba completamente hasta casi caricaturizarla. Y solo podía pensar que era una chica espectacular, pero que no le faltaba un ápice de razón en todo lo que estaba diciendo.

—Y nada, eso —proseguía— que… te deseo suerte con ese… triunvirato que habéis montado, que de verdad creo que falta te va a hacer. Y yo seguiré viendo a María en el curro. Que la… iba a decir cabrona, perdón, que… eso, que lo disimula bien. Bueno, realmente nuestro trato es de “hola-hola”, pero en fin.

Ella dio por terminada su exposición y nos quedamos en silencio, muy cerca el uno del otro, muy cerca sus ojos de los míos, muy cerca sus labios de los míos. Sus ojos grandes me encandilaban, sus pechos medianos se le marcaban sutilmente y sus pendientes de perlas y toda ella la hacían una niña bien increíblemente deseable, que despertaba a veces el deseo más puro y limpio, y a veces el contrario, precisamente por su candidez. Y ella se acercó, y yo sabía que aquello no estaba bien, y la olí, y me recordó otra vez a aquel espléndido y sentido sexo con ella, y se acercó más… y me dio un beso, en la mejilla, y el beso sonó, y se retiró, un poco apresurada, y me guiñó el ojo, y se metía en el coche.

—Eso también te ha quedado un poco peliculero —le dije.

—¿El qué?

—Lo del guiño.

—Ah, ya. Es mi guiño de… “que la fuerza, o la suerte, te acompañe”.

—¿Tan mal lo ves? —le decía, y ella ya hablaba desde dentro del coche con la ventanilla bajada.

—Lo veo… Que no lo veo… Pero en fin…

—Venga… chao… —le dije, y me arrepentí al instante de mi forma abrupta de cortar la conversación, y sí sentí que no la volvería a ver, o al menos no en aquellos términos, y ella pronunció la misma palabra de despedida y arrancó el coche.

Fui al apartamento, me cité con el propietario, hablé un rato con él, hice la maleta, comí sin demasiadas ganas, y comencé a pensar, cada vez más lleno de razón, que María debería escribirme algo. Y es que no dejaba de ser… morboso sí, pero también un poco macabro, que se escribiera con Edu todo aquello, sabiendo que yo lo leería, y que no tuviera después el detalle, o la sensibilidad, de escribirme a mí, aunque solo fuera para algo banal, o incluso logístico sobre mi vuelta.

Para variar fui yo el que, a media tarde y a punto de salir para nuestra casa, le escribí:

—Tengo muchas ganas de verte.

Su contestación llegaba en seguida, y yo me alegraba enormemente. Y leí:

—Y yo.

—De vernos solos, quiero decir.

—Claro —respondió ella, y en seguida dejaba de estar en línea, y a mí me sabía a poquísimo.

Después le escribí preguntándole a qué hora volvería y si seguía con su prima, pero terminé por borrarlo antes de enviarlo, y es que me dolía un poco, o bastante, que hubiera sido tan seca.

Hice tiempo a propósito, pues mi intención era llegar a casa cuando ella ya estuviera, y llegué pasadas las ocho, y ella aún no había llegado.

Dejé las cosas en mi armario, eché ropa a lavar, guardé la maleta, y me fui al salón, y una vez allí hice una especie de ensayo general de todo lo que quería decirle. Siendo consciente, eso sí, que de la conversación que yo tuviera preparada, a la que podría darse, podrían haber importantes diferencias.

Allí, sentado en nuestro sofá, viendo nada en la televisión, no tardé demasiado tiempo en escuchar el ascensor, y después sus tacones, como tantas y tantas veces. Me puse en pie, ciertamente tenso, pues no sabía cómo reaccionaría al verla… por fin a solas en nuestra casa, y ella apareció, y me sorprendió en seguida. Y es que esperaba una María informal, de estar con su prima y tomando unos cafés, y me encontré a una María algo pintada, en zapatos de tacón negros, con una falda de cuero y con una camisa sedosa de color granate.

Y no sé por qué no fui capaz de guardarme aquella sorpresa y la primera frase que le dije fue:

—Caray, qué arreglada.

—¿Ni un hola primero? —dijo ella, seria. Pero inmediatamente después sonrió. Como siempre, matándome y resucitándome en fracciones de segundo.

—¿Has cenado? —preguntó, allí, de pie, frente a mí.

—No, ¿tú? ¿Te puedo dar un beso? —dije sin pensar e inmediatamente. Atropellado e inseguro.

María sonrió entonces y se acercó… y, completamente pegados, susurró:

—¿Vas a pedir permiso ahora? ¿Cada vez?

Y no supe qué responder, y nos dimos un pequeño pico en los labios, y yo hice porque aquel beso desembocara en un abrazo, y lo conseguí, y sentí su cuerpo, su tacto, el olor de su melena… de ella… y me sentí en casa.

Pero la paz no duró, no duró nada, pues un sonido me sobresaltó cerca de nosotros, a la vez que se escuchó que algo vibraba en la mesa de centro. Ella se separó entonces, y yo maldije para mí que ella priorizada su teléfono a nuestro abrazo, y rebuscó en su bolso y yo fui hacia la mesa.

Edu nos había escrito. Le había escrito a ella:—¿Ya en casa con Pablito? Oye, te tengo que llamar. Será solo un momento.

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