DEVA NANDINY

—¡Mira! ¿Te gusta? —preguntó Marta mostrando su muñeca.

—Me encanta, es precioso, —respondió Clara, observando un elegante reloj dorado.

—Me lo regaló anoche tu padre, cuando me acercó en su coche a casa, —expresó con orgullo. —La verdad, es que es un encanto de hombre. Me ha dicho que, dentro de dos fines de semana, le dirá a tu madre que tiene que irse a Madrid por trabajo, pero en realidad nos iremos juntos de viaje a París.

—¡Qué bien! —Indicó Clara, simulando un entusiasmo que para nada sentía—. ¿Y qué les dirás a tus padres?

—No lo sé, aún no lo he pensado. Pero creo que les soltaré el rollo de siempre, pondré la excusa de que pasaré el fin de semana contigo aquí, en tu casa ¿Te imaginas? Tu padre y yo paseando por los Campos Elíseos y visitando la Torre Eiffel, abrazados en plan romántico. Ya sabes: Paris est la ville de l’amour —Terminó su exposición, utilizando un francés con exagerado acento.

Clara se los imaginó paseando de esa forma, y la novelesca escena de su padre, con su mejor amiga, casi la hicieron vomitar.

Era cierto que ella había colaborado para que su padre pudiera cumplir la fantasía de acostarse con Marta, pero lo que nunca hubiera sospechado, es que tras ese primer encuentro que ambos mantuvieron en el garaje de casa, comenzaría una especie de relación.

La chica sabía por boca de su amiga, que ambos mantenían encuentros casi a diario. Quedaban todas las tardes, en un céntrico apartamento del centro que David había alquilado. Los Fines de semana, con la disculpa de que ambas chicas eran amigas, Marta los pasaba en casa de Clara. Pero lo peor, era cuando su madre salía o no estaba en casa, entonces la chica tenía que soportar como su padre y su amiga subían al dormitorio muy acaramelados. Clara podía escuchar los gemidos que Marta emitía desde la habitación de sus padres, cuando la chica alcanzaba el orgasmo.

Por el contrario, David se mostraba cada día más esquivo con su hija. Desde que Marta y su padre eran amantes, él no había vuelto a tocarla. Ella podría haber tolerado compartirlo, pero no estaba dispuesta a perderlo.

Si para Clara todo habían sido inconvenientes, su padre se mostraba más feliz que nunca. Era como si hubiera rejuvenecido al menos veinte años. Estaba plenamente convencido de que lo que sentía por la amiga de su hija, iba mucho más allá de lo puramente físico.

Rosa, la secretaria de contabilidad con la que David llevaba meses liado, se había dado cuenta, rápidamente, del distanciamiento que las últimas semanas demostraba hacia ella.

—¿Quieres venir este viernes a mi casa? Rubén está de viaje.

David la miró de arriba abajo, un par de semanas antes, no se le hubiera ocurrido mejor plan. Pero ahora era Marta la que ocupaba todas sus fantasías. Sin embargo, él era un hombre bastante pragmático y no quería cerrar del todo la puerta.

—Lo siento, el viernes no puedo.

La chica se levantó del asiento y se subió la falda, como de costumbre, no llevaba bragas. Un instante más tarde, abrió tentadoramente sus piernas, y David pudo observar la oscura y densa mata de vello púbico, que tanto le había llamado la atención. Rosa cogió la mano de él y la posó en su entrepierna.

—Estoy muy cachonda ¿No quieres follarme? —preguntó, sintiendo como los dedos de su jefe, rozaban su vulva.

David sintió el calor y la humedad de su ardiente sexo, y movió los dedos buscando el orificio de entrada. Ella sonrió, intuyendo que lo había convencido. «Es como darle un dulce caramelito a un niño», pensó satisfecha. A continuación, apartando la mano de él, se bajó el vestido y volvió a sentarse simulando seguir trabajando. David permaneció un instante quieto, como queriendo observar su próximo movimiento.

—¿Entonces…? —Preguntó haciendo una pequeña pausa, levantando la vista por encima de sus gafas—. ¿Vendrás a follarme el viernes?

—No insistas, Rosa. Tendrás que recurrir a otro de tus numerosos amantes, ya te he dicho que yo no puedo, —respondió con tono un tanto desdeñoso, alejándose de ella.

En ese momento, Rosa supo que lo había perdido para siempre, o por lo menos, que había mermado la obsesión y el influjo que su jefe sentía por ella.

Desde hacía semanas, David abandonaba la oficina mucho antes de lo que tenía acostumbrado. Se pasaba las tardes deseando que llegaran las seis para poder marcharse. Su único deseo era estar con Marta, a la que colmaba de regalos y de atenciones. Con Carmen, no había vuelto a mantener relaciones, aunque era cierto que su esposa también se mostraba indiferente.

En muchas ocasiones pensaba en Clara, en la estrecha relación que había llegado a mantener con su propia hija, ahora le parecía totalmente asquerosa y enfermiza. Tenía pleno convencimiento, que tanto ella como su esposa eran las verdaderas culpables de todo. La apatía de Carmen siempre le había ofrecido un sexo deficiente, y su hija, había sabido aprovechado de ello.

Marta vivía la relación con David de un modo muy intenso, para ella, era su novio. Odiaba en secreto a Carmen, a la que consideraba que usurpaba realmente su sitio, por acostarse todas las noches a su lado. No podía evitar sentirse celosa e insegura. A veces, después de hacer el amor con él, le preguntaba si mantenía aún relaciones afectivas con su esposa, David siempre negaba con la cabeza: —Solo tengo deseos hacia ti, —le comentaba volviendo a besarla.

Seguía siendo el mismo hombre apasionado que la había follado la primera noche en el capó del coche. A ella le fascinaba la facilidad con la que demostraba su desdoblamiento de personalidad: en la cama se comportaba como un auténtico cerdo, un sátiro que le decía y le proponía toda clase de vejaciones y pervertidos vicios. Le hablaba a menudo de su madre, de cuanto le hubiera gustado follársela.

A Marta, al principio de su relación con David, la obsesión que él mostraba por su madre, la hacían sentirse muy mal. Pero fue adaptándose y cediendo cada día un poco más, como parte de un estímulo o un juego sexual. Incluso llegó un día, en el que ella le mostró fotos de ambas en bikini en la playa.

—Te gustaría follártela, ¿verdad? —le preguntaba ella para ponerlo al límite.

El sexo era tórrido y salvaje. Pero después, cuando él se corría, pasaba a comportarse como un hombre dulce y generoso. Ella adoraba esa transformación en ambas direcciones. En la cama, se dejaba follar por ese déspota autoritario que la hacía tocar el cielo con las manos. Pero luego, ella era la que llevaba el control de la relación, y él pasaba a mostrarse como ese corderito dócil y obediente, con el único propósito de complacerla y agradarla en todo.

—El día que me separe por fin de Carmen, tú y yo podremos vivir juntos. Entonces te trataré como a una reina. Ya nunca tendrás que preocuparte de nada.

Cuando la chica lo escuchaba hablar del futuro de ambos, lo besaba con pasión. Jurándole, una y otra vez, que ella nunca volvería a estar con ningún otro hombre.

David y Clara estaba esa noche viendo solos la televisión. A pesar de ser un miércoles, Carmen había salido a dar una vuelta. Desde el día del intercambio en el club liberal, se veía a muy a menudo con Fran. Como siempre, había puesto a su mejor amiga de coartada, alegando que iba a cenar con Elena.

—No vendré tarde, —aseguró despidiéndose de su esposo y de su hija, mientras ambos veían aburridos una película.

Clara miraba a su padre, con el que no se había cruzado una sola palabra desde que su madre se había marchado. Ella estaba a su lado, vestida con una camiseta de tirantes, en la que sus enormes pechos asomaban obscenamente por los laterales. Por el simple hecho de estar allí con él, estaba excitada. Por el contrario, su padre parecía sentirse incómodo. A pesar de ello, Clara se levantó un poco más la camiseta, para mostrar generosamente sus muslos. Pero David parecía despistado y no hizo ningún comentario al respecto.

—Marta me ha enseñado el reloj que le has regalado, es muy bonito.

—Gracias, solo ha sido un pequeño detalle —indicó, tratando de quitar al hecho importancia, sin levantar la vista de la televisión.

A David le molestaba que Marta le diera esas explicaciones a su hija, pero en el fondo, seguían necesitando a Clara muchas veces como coartada.

—Últimamente, mamá sale muy a menudo, ¿verdad? Antes jamás salía entre semana.

Desde hacía días, Clara desconfiaba del comportamiento de su madre. Sospechaba que, al igual que su padre, se habría echado un amante.

—A Elena y a ella les gusta pasar tiempo juntas, —respondió por fin David, con pereza—. Creo que me voy a ir a la cama, mañana tengo que coger un avión temprano para ir a ver a un cliente, —añadió incorporándose del sofá.

—¿Quieres que vaya a darte un masaje? Podríamos hablar un rato —ofreció ella, complacientemente

Antes de abandonar la sala, la miró de arriba abajo, censurando con ese gesto su comentario.

Clara se quedó sola en el salón, Víctor le había enviado algunos mensajes intentando mantener una charla caliente. A veces intercambiaban fotos, pero esa noche, ella le había puesto la excusa de que tenía que estudiar.

Instintivamente, llevó la mano hacia su entrepierna, entonces tocó su minúsculo tanga, que estaba húmedo y totalmente enterrado entre los labios de su vagina. Nadie conseguía ponerla tan cachonda como su padre, incluso cuando él la ignoraba.

—¡Ah…! —dejó escapar cuando sintió como dos de sus dedos apartaban la tela y comenzaban a penetrarla, al tiempo que imaginaba que era su padre, el que la tocaba.

Estaba tan excitada que se quitó las bragas, dejándolas tiradas en el suelo en mitad del salón. A continuación, abriéndose completamente de piernas, apoyó los talones sobre la mesita que había frente al sofá, y prosiguió follándose con los dedos. Tuvo que contenerse y parar, en un par de ocasiones, ya que no quería correrse aún, deseaba disfrutar de ese momento. Era como si aún percibiese, de alguna forma, la presencia de su padre. Entonces cogió el teléfono móvil, y sin pensárselo dos veces, se sacó una foto en la que salían sus dedos, penetrando su húmeda vagina. Tan solo tuvo que esperar unos segundos para obtener respuesta.

Victor — 23:25

—Mi pequeña putita… tienes un chochito precioso.

—¿Cuándo vas a dejar que me lo coma?

—Mira como me la has puesto solo con verlo. (Carita sonrojada)

—(Imagen).

La chica abrió la foto sin dejar de tocarse, pudiendo ver la verga de Víctor, totalmente empalmada.

Clara —23:26

—¡Eres un cabrón!

—Deseas metérmela, ¿verdad?

—¿Cómo te gustaría hacerlo?

Víctor — 23:27

—Me encantaría que te pusieras encima de mí

—Tiene que ser un espectáculo, ver esas tetas tan grandes que tienes en movimiento.

—Mándame una foto de tus tetazas.

Clara cada vez estaba más caliente. Se imaginaba a su padre llamándola, estando tumbado en la cama, completamente desnudo. La fantasía fue tan estimulante, que se olvidó completamente de Víctor, sacó los dedos de su coño y se los llevó a la boca. Le encantaba el sabor de su propio sexo.

Un instante después, salió del salón y subió las escaleras que dan acceso a la planta superior. Intentó, por todos los medios, que los peldaños de madera, no crujieran con el peso de su cuerpo. Cuando llegó al piso de arriba, distinguió que salían una tenue luz del dormitorio de sus padres, acercándose sibilinamente hasta allí.

Efectivamente, David tenía encendida la pequeña luz de cortesía de su mesilla. Clara asomó la cabeza por el marco de la puerta, necesitaba verlo antes de acostarse en su cama y rematar, lo que había iniciado en el salón. Pero necesitaba llevarse esa última imagen de su padre. Sentía sus muslos pegajosos, a consecuencia de las secreciones que emanaban de su sexo. «Me he dejado las bragas olvidadas en el salón», recordó, volviendo a olvidarse un segundo más tarde.

Su padre estaba tendido en la cama completamente desnudo, su polla estaba totalmente erecta, mientras miraba atentamente algo en el móvil. Clara observó como una de las manos de su padre, se posaba sobre su gruesa polla y comenzaba a masturbarse. Ella, inconscientemente, debió de hacer algún tipo de ruido, porque en ese momento David levantó la mirada del móvil y se chocó con los ojos de su hija. El semblante de él pasó en un instante por tres estados diferentes: de mostrarse concentrado con lo que estaba mirando por la pantalla del teléfono móvil, pasó a reflejar una expresión de sorpresa, al pillar a su hija vigilándolo. Un segundo más tarde, se percibía enojado.

—¿Qué estás haciendo ahí? —preguntó elevando el tono—. ¿Es que ya no puede uno estar tranquilo ni en su propia casa?

—Lo siento, —expresó ella avergonzada. Intentando encontrar una disculpa, pero lo único que halló fue un reproche—. Desde que estás con ella, ya ni siquiera me hablas.

David miró a su hija, lo había pillado masturbándose viendo unas fotos que Marta le estaba enviado.

—Tienes razón, puede que me muestre demasiado distante contigo. Pero eso no te da derecho a espiarme.

—Antes eras tú, el que entrabas a mi dormitorio cuando te venía en gana, —indicó Clara, casi a punto de llegar a las lágrimas

—Lo que hacíamos no estaba bien, y me da lo mismo que te pongas a llorar.

—Ahora lo entiendo… Y supongo que te has dado cuenta de ello desde que te follas a la que era mi mejor amiga, ¿verdad? No quiero volver a ver a esa puta. Dile de mi parte, que voy a bloquearla tanto en el teléfono móvil, como en las redes sociales, —indicó chillando.

—Cálmate, Clara, —manifestó David, alzando la voz por encima de la de la muchacha.

Él necesitaba que ellas dos siguieran siendo amigas, precisamente su hija, era la coarta y la excusa para que ellos pudieran verse todos los fines de semana.

—Me has utilizado, —expuso enojada—. Ambos lo hacéis.

—¡No digas sandeces! —La interrumpió, mostrándose enfadado—. Precisamente, tú eres la principal culpable de todo. Fuiste la que lo iniciaste, la que intentabas provocarme en la piscina. Siempre insinuándote y tratando de excitarme. Hasta que tú comenzaste con todas esas obscenidades y aberraciones, yo era un marido fiel. Únicamente preocupado en trabajar y ofreceros una vida más cómoda. ¿Crees que no me duele engañar a tu madre? —mintió David con total descaro.

Clara abrió los ojos como platos, estaba tan dolida por las palabras de David, que no pensaba darle el gusto de ponerse a llorar como cuando era niña, a pesar de ello, la imagen de su padre completamente desnudo con su miembro empalmado, la mantenía excitada. Se acercó hasta la cama sin dejar de mirarlo, él ni siquiera trato de cubrirse cuando ella se sentó a su lado.

—Papá, recuerda que lo planeamos juntos. Tú mismo me confesaste que estabas obsesionado con Cristina. ¿También es culpa mía que te masturbaras pensando siempre en la madre de mi mejor amiga?

—Yo… —Titubeó, incapaz de añadir nada más.

—Quizás en Marta hayas podido vivir el deseo que sentías por su madre.

—Eso no es cierto. Lo que siento por Marta es algo diferente, pero ni tú ni nadie nunca podréis entenderlo, —soltó a bocajarro—. Si un día llego a separarme de tu madre, tal vez ella y yo podamos estar juntos.

—¿Me estás diciendo que estás enamorado de mi mejor amiga? —preguntó Clara alzando la voz, exteriorizando una sarcástica carcajada—. Te das cuenta de lo ridículo que eres, ¿verdad? ¿Crees que ella va a estar esperándote a que te separes de mamá? Pronto conocerá a un chico y se olvidará de ti. Entonces comenzará a verte como lo que eres, un viejo verde.

—¡No te consiento que me hables así! Recuerda que todavía a pesar de todo soy tu padre, y en lo que vivas en mi casa, me merezco un respeto —Bramó dolido por las proféticas palabras de Clara. En el fondo, David vivía atemorizado de que Marta conociera a un chico de su edad y se enamorara de él.

—Aquel sábado que nos fuiste a buscar con el coche cuando salimos de fiesta, vi cómo te la follabas sobre el capó del coche de mamá.

—No puede ser, tú no estabas allí. Te dije que subieras para arriba. ¿Nos viste? —preguntó David confuso.

—Sí, permanecí escondida en la escalera, observándolo todo. Escuché como hacías jadear a esa puta.

—¿Qué sentiste, cuando viste a tu padre follando con tu mejor amiga? —preguntó, más por  de morbo, que por curiosidad. —¿Te tocaste?

—Me masturbé imaginándome que me lo hacías a mí

—Clara, tú y yo no podemos llegar tan lejos. Lo entiendes, ¿verdad, hija?

Ella no respondió, se quedó mirando el duro cipote de su padre, que seguía apuntando al techo, manteniendo la misma verticalidad que momentos antes, a que ella se hubiera sentado a su lado.

—¿Ya no te acuerdas cuando tú me pedías que te hiciera esto? —indicó la chica, agarrando su dura verga y comenzando a masturbarlo.

—No hija, por favor. No hagas eso. ¡Ah…! Suéltamela, —protestaba sin demasiado convencimiento. Dejando que la mano de ella, acariciara su duro miembro.

—Papá, déjame que te haga una paja. Ni mamá, ni Marta están aquí, y tú la tienes muy dura. ¿Qué hay de malo que una hija quiera complacer a su padre?

—Clara, he tratado por todos los medios de que esto no volviera a pasar, —comentó cerrando los ojos.

La chica se quitó la camiseta quedándose completamente desnuda. Pensó que ese no era precisamente el lugar, que ella hubiera escogido para estar con su padre. Le daba cierto reparo estar allí desnuda, compartiendo las mismas sábanas en las que su madre dormía junto a él.

La mano de su padre comenzó a manosear los muslos de su pequeña, ella abrió instantáneamente sus piernas, permitiendo así que los dedos de él, accedieran verticalmente por sus rollizas piernas, hasta rozar los labios de su sexo.

—¡Ah, papá! ¡Qué ganas tenía que me tocaras el chochito!

—Te gusta que te trate como a una puta, ¿verdad? —preguntó David recorriendo toda su vulva—. Tu madre y yo, sin saberlo, hemos criado a una verdadera perra.

—Eso es papá, eso es precisamente lo que soy. Tu caliente perrita, —manifestó ella sonriendo, empleado un tono infantil—.  Aunque algún día llegué a casarme y tenga hijos, seguiré siendo solo tuya, papá.

—¡Qué coño más húmedo tienes! Como manches las sábanas, voy a tener que castigarte —advirtió David, introduciendo la yema de sus dedos, en el caliente conejito de su hija.

—¡Ah…! —Gimió ella al sentir el calor de los dedos de su padre. —¿Cómo lo harías, papá? ¿Cómo me castigarías? —preguntó con dificultad, a consecuencia de su agitada respiración.

—Te pondría en aquel rincón, mirando contra la pared. Luego te azotarías las nalgas con mi cinturón, hasta quedártelas rojas como un tomate. Te gustaría que hiciera eso contigo, ¿verdad, putita?

Ella se relamió de gusto solo con contemplarlo. Haciendo un gutural y obsceno sonido.

—Entonces, a partir de mañana seré muy mala para que puedas castigarme, papá —respondió riéndose. —Crees que soy más puta que Marta, ¿verdad? —Añadió cada vez más caliente.

—Ella no es una zorra como tú, cariño. Marta es una chica dulce y enamoradiza. Por eso me la voy a llevar a París un fin de semana. Deseo poder ir con ella de la mano y llevarla a cenar en un buen restaurante. Marta está muy ilusionada.

Clara fingió no saberlo. No quería que David supiera que ella le contaba casi todos los detalles, de la extraña relación que ambos mantenían.

—Qué suerte tiene Marta contigo, papá… —Indicó, inclinándose para poder comenzar a chupar la polla de su padre.

—Prométeme, que nunca le dirás nada de esto, —exigió antes de dejarla seguir. Pensando que un día su hija, llevada por los celos, pudiera contarle la relación incestuosa que ambos mantenían. Estaba seguro de que Marta, lo contemplaría como una enfermiza aberración y terminaría dejándolo. Entonces saltaría el escándalo. Sabía que, a los ojos de todo el mundo, él sería el monstruo y su hija una víctima—. Si algún día le cuentas algo de lo que hacemos, te juro que no volveré a hablarte en mi vida. ¿Has entendido, Clara?

Ella movió la cabeza con signo afirmativo, sabía que el miedo que su padre sentía, era en realidad su mejor arma. «Te tengo agarrado por los huevos», pesó sonriendo.  

—Papá, cada una de las dos podemos tener un sitio en tu cama. Eres mucho hombre para tener que conformarte solo con una.

—¿Qué quieres decir? —preguntó David confuso, sin llegar a entenderla.

—Puedes hacernos felices a las dos. Te prometo que ella siempre ignorará que tú y yo somos amantes, —manifestó, al mismo tiempo que se ponía de rodillas sobre la cama, colocándose a horcajadas encima de su padre.

—¿Qué vas a hacer? ¿Estás loca? —Preguntó David alarmado—. Clara, no se te ocurrirá… —Añadió asustado y excitado a partes iguales. Deseaba acostarse con su hija, pero sabía que ese era un punto de no retorno.

—¿No quieres que sea tuya? —preguntó ella agarrando su verga, pasando su glande por toda su hinchada vulva. ¿Deseas que me deje caer sobre tu polla, papá? ¿Quieres follarme?

—Sí, —chilló, totalmente extasiado.

—Eso me parecía a mí… —Contestó la chica sonriendo, al tiempo que buscaba su orificio con la punta de la verga de su padre. A continuación, descendió sobre ella, insertándosela hasta el fondo. «Ya no hay vuelta atrás», pensó, sintiendo como su vagina se adaptaba al grosor.

—¡Puta! —exclamó David, casi en trance. No recordando haber estado nunca tan excitado.

—¡Ah…! ¡Joder, qué gorda la tienes! —Bramó ella al sentirse embuchada y llena de polla—. Papá, papá… —Repetía la chica implorándolo, sin dejar de mirarlo a los ojos—. Me gusta, me gusta mucho, papá —añadió al tiempo que comenzaba a moverse sobre él.

David se apoderó en ese momento de sus enormes pechos, que se movían danzando incontroladamente, botando de arriba abajo. Pellizcó sus oscuros y grandes pezones, casi idénticos a los de su esposa.

—¡Qué chocho más caliente tienes, perra! Me moría de ganas de probar el coñito de mi princesita.

Clara cabalgaba con saña sobre él. Le encantaba notar las manos de su padre, acariciándola y recorriendo todo su cuerpo. No sentía las mismas sensaciones a cuando la había tocado alguno de los chicos con los que había estado, ni siquiera cuando hacía el amor con su exnovio.

En ese momento pensó, que nunca volvería a percibir algo tan intenso. Era como si supiera que el resto de los hombres, no pudieran colmarla de tanto gozo.

—¡Me corro, papá! ¡Me corro! ¡Ah, sí…!

La chica arqueó la espalda, intentando, con ese gesto, percibir aún más el enorme cipote de su padre, que permanecía clavado hasta el fondo de su vagina. El orgasmo fue brutal, totalmente proporcionado al enorme estímulo que le producía follar con su propio padre. David miró la cara de su hija, nunca hasta ese instante había visto a una mujer tan hermosa. Su rostro estaba sofocado y contraído, sus gritos indicaban estar disfrutando enormemente de él. Sintiéndose, en ese momento, el hombre más afortunado del mundo por tener una hija como ella. «Mi pequeña, mi dulce princesita es toda una mujer», pensaba orgulloso.

Clara se mantuvo unos segundos quieta, intentando recuperarse del orgasmo tan intenso, que había experimentado. Pensó en su madre, en cuantas veces se habría corrido en aquella cama que ahora compartía con su padre.

—Levántate y ponte a cuatro patas. Hija, te voy a joder como la perra que eres.

A ella se le iluminó la cara, a pesar de haberse corrido, la excitación que percibía era tan fuerte, que tenía con ganas de más. Por lo tanto, obedeció al instante. Ofreciéndose y entregándole sus partes traseras, giró la cabeza y lo miró a los ojos.

—Métemela, papá —pidió con ansia.

David descargó entonces un brutal azote sobre una de sus nalgas, resonando como un latigazo por toda la habitación. Clara se tomó el gesto como un castigo, por la forma tan obscena de hablarle a su padre. Recordó cuando a ella se le escapaba algún taco hablando en casa, y él la reprendía.

Su padre la agarró por sus redondos cachetes, y separándolos soezmente, introdujo su verga en medio de ellos, rozando así el ano de su hija.

—Otro día, papá te reventará este culazo de puta que tienes. Hoy es tarde y no tenemos tiempo. Te has empeñado en ser la zorra de papá, pues a partir de ahora te atendrás a las consecuencias.

—¿De verdad quieres follarme el culito? —preguntó, moviéndolo con gracia—. No sé si me entrará, papá.

—A ti incluso te gustará. Eres mucha más zorra y más hembra que ellas, —indicó, haciendo referencia a su madre y a Marta.

Escuchar hablar así a su padre, hizo que ella sintiera un escalofrío que recorrió todo su cuerpo. La verga de David recorrió la raja de su culo de arriba abajo unas cuantas veces más, hasta que al final, sin previo aviso, la volvió a embutir en el húmedo coño de su hija.

Las embestidas eran tan brutales y tan fuertes, que ella tenía que clavar sus manos a las sábanas, para mantenerse firme. Recordó que David no estaba usando preservativo, esta semana iría sin falta al ginecólogo, para que le recetara un método anticonceptivo.

—¡Ah…! ¡Más, dame más! —Gritaba ella al borde de un nuevo orgasmo.

—¿Es esto lo que venías a buscando? ¡Este por ser tan puta! —Exclamaba David, fuera de sí, cada vez que volvía a sacudirle un fuerte azote en el culo— ¡Toma, perra!

—Sí, como me gusta que me pegues… —Aullaba ella como un animal salvaje—. Me corro, papá. Me corro otra vez. ¡Ah…!

—Date la vuelta —Indicó David, sacando la polla del coño de su hija, después de que ella volviera a experimentar un nuevo orgasmo.

Entonces ella, se giró por completo hacia él, ofreciendo su boca y sacando la lengua. Esperando así ansiosa la caliente leche de su padre.

—¡Ah, toma zorra! ¡Tómala toda, cariño! —Expresó acelerando el ritmo de su muñeca, al tiempo que lanzaba toda clase de improperios, mezclándolos con palabras cariñosas hacia su hija. Descargando una enorme corrida sobre la boca y la cara de Clara.

Después de que ambos se asearan en el baño, se acostaron juntos y comenzaron a besarse. La chica estaba feliz. Sentía, que estar allí desnuda, tumbada y abrazada a su padre, era el lugar que le pertenecía ocupar por derecho propio.

—¿Puedo dormir contigo, papá? —preguntó ella con tono dulce y mimoso.

—Cariño, puedes acostarte conmigo siempre que tu madre no esté en casa, —manifestó David, besándola con ternura—. Quédate hasta que mamá regrese. Yo estaré pendiente, y cuando oiga que abre la puerta del garaje, te despertaré para que te marches a tu habitación.

Clara se quedó dormida unos minutos más tarde, recordando la agradable sensación de cuando era niña y los domingos por las mañanas, cuando se despertaba, iba hasta la cama de sus padres acostándose un rato con ellos.

Antes de que Clara entrara en la habitación y lo hubiera pillado masturbándose, David había estado chateando e intercambiando fotos calientes con Marta. Era consciente, de que la chica estaría extrañada, porque que él llevara tanto rato sin responder. Durante el tiempo que había permanecido follándose a su hija, su teléfono no había dejado de vibrar. Pero estaba tan a gusto, que le dio pereza mirar el móvil. Por lo tanto, se quedó quieto observando el desnudo cuerpo de su hija, que permanecía acurrucado junto a él. Poco a poco su verga estaba comenzando a despertar de nuevo. Incluso, estuvo tentado a echarse sobre Clara y penetrarla de nuevo. La deseaba, pero pensó que sería peligroso, ya que Carmen podía llegar en cualquier momento. Extrañamente, no sintió ningún tipo de remordimiento.

—Princesa, —la llamó, como cuando de pequeña trataba de despertarla para que acudiera al colegio—. Tienes que irte a tu cama. Mamá está guardando ya el coche en el garaje.

La chica abrió los ojos y le dio un tierno beso en los labios.

—Te quiero, papá —expresó incorporándose.

—Y yo a ti también, mi vida —respondió él, observando las encarnadas nalgas de su hija, cuando salía de su dormitorio.

Justo cuando Clara se metió en su cama, escuchó los pasos de su madre subiendo las escaleras de madera. En ese momento recordó, horrorizada, que se había olvidado las bragas en el salón de abajo. «Ya las recogeré mañana antes de que mamá se despierte», se dijo, quedándose nuevamente dormida casi al instante.

Un rato más tarde, después de desmaquillarse y desnudarse. Carmen se metió en la cama junto a su esposo. A pesar de que no pudo en toda la noche dormir, fingió en todo momento hacerlo.

Ella cerró los ojos, y entonces las imágenes de lo que había acontecido un rato antes regresaron a su cabeza. Había pasado la noche con Fran y con su esposa en su casa. «Ha sido algo maravilloso». Se dijo sonriendo.

María había cocinado y habían cenado los tres en el salón. El momento álgido llegó después de la segunda copa. Fran puso música y María y ella comenzaron a bailar sensualmente agarradas, mientras él las observaba sentado en el sofá de enfrente.

Los labios de María comenzaron a besarla en el cuello, mientras sus manos la agarraban por el culo, al tiempo que sus cuerpos se rozaban al ritmo de la música. Por un momento, ella se sintió algo incómoda. Carmen jamás había estado en una actitud parecida con otra mujer.

—Tranquila, cariño. Déjate llevar y disfruta. Eres realmente hermosa, —escuchó la susurrante voz de María, rozando sutilmente con los labios, el lóbulo de su oreja.

Decidió hacerle caso y cerrar los ojos. No hizo nada cuando las manos de ella bajaron lentamente los tirantes por sus brazos, ni cuando percibió que estaba bajando la cremallera a su espalda. Entonces, el vestido calló pesadamente hasta sus pies.

Siguió bailando así, vestida únicamente con unas medias con blonda de encaje negras y unas bragas a juego. El vestido permanecía enganchado bajo sus altos tacones, pero le dio igual pisarlo.

Fue maravilloso sentir el ansia y deseo de otra mujer, besándole sus oscuros y erguidos pezones. Después, recibió con la boca entreabierta el beso de ella. Fue lento y pausado. Esperado y húmedo.

Las sensaciones fueron creciendo, cuando percibió desde atrás, como unas hábiles manos bajaban sus bragas. Era Fran, que ya no aguantaba más la visión de ese sensual baile.

—Vamos a la habitación, estaremos más cómodos los tres.

Con esa imagen, con ella en medio del matrimonio, se quedó Carmen dormida. Ignorando que aún se percibía en las sábanas con las que se tapaba, el calor del cuerpo de su amada hija.

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