TANATOS 12

CAPÍTULO 19

Resoplé. Suspiré. Cogí aire. Y, con el teléfono en la mano, me asusté, y no de lo que podría haber allí, sino de lo rápido que sucedía todo. Y es que al contarle aquel resumen a Begoña me había dado cuenta de que apenas 15 horas antes estábamos en playa… y un crío se follaba a mi novia… Y que treinta horas antes lo hacía con María en presencia de Edu… Y que lo sucedido en aquel aparcamiento, con Carlos y Edu, parecía que había sucedido seis meses atrás, pero tan solo habían pasado dos semanas.

Me asustaba por la deriva, por la vorágine imparable. Y sentía que María había sido el dique, pero que dicho dique parecía estar ahora desbordándose. Y yo quería seguir, sentía que quería seguir, pero no por ello no era consciente de que nuestra locura corría el riesgo de descontrolarse, sino lo había hecho ya.

Por fin me decidí a revisar aquella conversación, la cual hacía unos minutos que había terminado. Subía hacia arriba con mi dedo y veía que Edu había escrito más que María, hasta que llegué hasta el punto en que se iniciaba todo, y vi preguntas explícitas de él y evasivas de ella. Edu parecía el vulgar y provocador de otras veces, no el comedido y hasta afable y dulce que besaba la espalda de ella en la playa.

Después de varias fintas de María Edu le preguntaba por Rubén y ella reconocía que sí que se escribían, pero no se extendía en el qué ni en si había planes de verse. Después la conversación volvía a la playa y descubrí que yo había estado en lo cierto, pues María confesaba que, en el mar, aquel chico le había pedido que se desnudara por completo, ya que no tenía, además ella, y según las palabras del chico, de qué avergonzarse.

Edu le decía a María después que la chica de ojos verdes había mostrado más tablas y experiencia que el chico, y que tampoco le había dado la impresión de que la pareja tuviera mucha confianza o mucho pasado. Y María le preguntaba qué habían hablado al final y Edu, mofándose del chico, había escrito:

—Tenías que haberlo visto al despedirnos.

—¿Por? —preguntaba ella.

—Joder, la chiquilla ya vistiéndose y él con la polla colgándole aún lefa, diciéndome “venimos casi todos los sábados”. Me lo dijo como tres veces. Le dejaste con ganas de repetir —se burlaba Edu.

Después comenzó a vanagloriarse de la paja que le había hecho la chica y de que él apenas la había tocado.

—Te juro que me daba mal rollo su coño. Menuda pelambrera tenía la cabrona —escribía él, y María no le daba mucha bola, y en cierto modo eso me reconfortaba, hasta que en un momento dado Edu escribió:

—Tuvo que venir Pablito para que te soltaras y me la chuparas bien. Qué haríamos sin él.

Me sobresalté al leer aquello. Siempre lo hacía cuando se refería a mí en aquellos términos. Y María le respondió:

—No, perdona. Será al revés.

—¿Cómo que al revés? —había escrito él.

—Que… aquí… el que viene a “ayudar” —entrecomillaba ella— eres tú, no él. Él está y tú apareces, quiero decir. No al revés.

—Pues yo juraría que estábamos los dos y apareció él.

—Me has entendido perfectamente —había respondido ella.

Resoplé otra vez. Estaba sudando. Aún quedaba texto por leer. Miré a mi alrededor y todo el mundo era ajeno a aquella conversación que yo leía nerviosísimo en mi teléfono. Alcé la vista para atisbar si aparecía Begoña, pero no la vi.

Entonces seguí leyendo y Edu aceptaba su réplica, María le decía que se tenía que arreglar para salir y Edu le soltaba entonces un intimidante:

—Con el calentón no me dejas.

—¿Y qué quieres que haga? —preguntaba María.

—Pues, dime unas frases. Con lo que quieras. De lo que pasó o lo que quieras. Que no has contado una mierda.

—Está bien —respondía ella, y, un par de minutos más tarde, como si hubiera dudado, había escrito:

—No voy a negar que… me gustó… chupártela… sabiendo que nos estaban mirando.

—Otra —decía Edu.

—¿Otra frase?

—Sí.

—Pues que… me hubiera gustado que me follaras… de hecho lo llegué a pensar en aquel momento… subirme en tu pollón y que me vieran cómo me follas —había escrito María, sucumbiendo, confesando, abriéndose a aquel cabrón, y a mí me dolía, pero a la vez me excitaba.

—Otra. Más.

—Pues que… te juro que no sé si me habían comido el coño alguna vez como lo hizo el crío ese.

—Otra.

—Ya van unas cuantas —protestaba ella.

—La última.

—Está bien… A ver… Pues que… me… chafó un poco que no me escribieras ayer por la noche.

—¿Por qué?

—No sé. Esperaba algo.

—Llegaste calentita… Y esperabas algo.

—Puede ser… —confesaba María y yo temblaba.

—¿Qué esperabas?

En ese momento llegó una camarera y comenzó a recoger unas tablas y unas tazas, y yo miré al cielo, infartado y agobiado, deseando con todas mis fuerzas que se marchara cuanto antes.

Me interrumpía y me preguntaba si quería la cuenta y yo le decía que ya había ido una chica a pagar dentro, y yo no sabía cómo sacármela de encima. Tanto que volví a leer en su presencia.

—¿Que qué esperaba? —preguntaba María—. Pues no sé, alguna de tus locuras.

Edu no había respondido a eso, y, dos minutos más tarde, María había vuelto a escribir.

—Alguna de tus locuras quiero decir… como cuando me dices cómo me tengo que tocar… y pensando en qué. Que tengo que reconocer que me toco y pienso justo en lo que me dices.

—Ya sé que no mientes y que lo haces como te digo —había plasmado Edu, ciertamente chulesco.

—Pues eso —había respondido María.

Y ya no había más texto, y yo volví al mundo real, y me sudaban las axilas, y sentía una erección palpitante, y veía cómo Begoña se sentaba de nuevo frente a mí.

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