JOSÉ MANUEL CIDRE

-Tania… Tania, hija, no estás sonriendo.

La niña abrió mucho los ojos mientras metía inconscientemente la cabeza entre los hombros, esforzándose en reconstruir la sonrisa. La habían pillado.

Ya eres mayor para que se te olviden esas cosas, pequeña. Recuérdalo.

Su padre siempre estaba atento a aquellos detalles. Mientras se acababa el desayuno mantenía la sonrisa en su sitio.

Todos recogieron en silencio los restos, la madre conectó la megapantalla.

-Vamos niñas, que empieza la clase.

Una señorita sonriente, morena, con el pelo muy corto y engominado se dirigía con calidez a su público.

Bienvenidos al cole virtual queridos niños de Primaria. Hoy daremos clase de Matemáticas, expresión verbal y mantenimiento de la felicidad.

Sandro y Lena salieron en silencio mientras sus pequeñas permanecían sentadas. Con una sonrisa serena caminaron cruzando el pasillo que les separaba de las oficinas, dejando a un lado las escaleras interiores del edificio. Ante unas puertas metálicas y brillantes colocaron las manos con el fin de identificarse biométricamente. Su rostro sonriente presidía cada una de sus fichas cuando aparecieron en el monitor y las puertas se abrieron de modo automático.

Al entrar en la gran sala, Lena se agachó a recoger un bolígrafo de su maletín, olvidando algo al volver a erguirse:

Lena… -Ella miró sorprendida, Glenda, la compañera de la segunda mesa de su fila, se había dado cuenta. –Sonríe.

Ah, perdón. Lena, un tanto azorada rehizo su gesto.

Era una gran sala repleta de mesas. En cada mesa, una persona con gafas de conexión inalámbrica, sentada frente a un monitor, escribía en un teclado con una mano, mientras con la otra manejaba un teléfono móvil. A primera vista, llamaba la atención que hombres y mujeres estaban distribuidos de forma intercalada.

Sonó la megafonía: -Aperitivo de media mañana.

Todos abrieron sus maletines y salieron al pasillo con una pieza de fruta. Mientras comían, algunos deambulaban, otros miraban sus teléfonos, y otros, los menos entrecruzaban algunas palabras.

-¿Está bueno?

-Exquisito, gracias.

-Gran momento, el del aperitivo.

Se esforzaban en mantener la sonrisa aún masticando.

La mañana de trabajo continuó. El monótono tecleo era la música de fondo.

Una hora después, de nuevo los megáfonos: -Momento de satisfacción sexual.

En fila de nuevo fueron entrando en los servicios. Sandro paseaba su mirada por todos lados. No le dio importancia cuando observó a Bran acercarse a la ventana.

Minutos más tarde, al salir del servicio, Bran seguía en el mismo lugar. Sandro se acercó, vio que su compañero estaba serio. -Bran, sonríe. Las palabras salieron casi inconscientemente de sus labios.

-No me da la gana.

Sandro se quedó bloqueado.

-¿Qué?

-Sandro, se que puedo confiar en ti. Estoy harto.

Sandro empezó a mirar frenéticamente a su alrededor. -¿Qué dices? Baja la voz. Sentía pánico de que alguien más le escuchara.

-¿No te das cuenta? Estamos comidos, follados…. Como los animales de granja. Trabajando todo el día y con las necesidades fisiológicas satisfechas… Callados y vigilándonos unos a otros para que todo el mundo sonría. Todo el mundo tiene que sonreír por fuerza. Como si las cosas fuesen sobre ruedas. Pues ya te digo, no me da la gana. Cada vez que llaman al momento de satisfacción sexual vengo a esta ventana y simplemente miro el paisaje.

Bran. A Sandro le costaba horrores mantener la sonrisa. –Quizá deberías pedir unas vacaciones. Estás mal. Me preocupa lo que dices. No aprovechas el momento de satisfacción sexual.

-Es que tengo derecho a estar mal. A no follar. A no sonreír. ¿O qué crees? ¿Que todas esas criaturas están bien porque sonríen? Te diré una cosa. Algo que tú sabes bien. Sonreímos porque nos vigilamos. Sino no sonreiría nadie. Las sonrisas son meramente externas. ¿No has oído lo que dicen de todos esos que faltan al trabajo y al final no vienen más?

Sandro cerró los ojos y se tapó los oídos. Demasiado bien conocía aquellos rumores.

La versión oficial es que están enfermos. –siguió Bran. -¡Qué estupidez! Si están enfermos ¿por qué no vuelven? ¿No se cura ninguno? Yo sí creo lo que dicen los rumores.

Sandro le cogió por el brazo. -Venga vamos.

-Una última cosa y entramos. Profirió Bran zafándose de la mano de su compañero. -Sé que en el fondo piensas lo mismo. Si quieres, te espero mañana en la ventana.

Entraron en la sala. Sandro escuchó la voz de su esposa.

-Sandro cariño. Sonríe.

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