MOISÉS ESTÉVEZ

Ismael era un chico icástico, de naturaleza sencilla y personalidad
transparente. Consciente de que llevarse bien con todo el mundo era
imposible, lo intentaba y le hacía sentirse bien. Eso sí, a los que no le querían
bien, prefería no tenerlos cerca.
Tenía pocos amigos, sin embargo presumía de ellos y profesaba un gran
cariño por cada uno. Era una sensación agradable.
Esbozaba una sonrisa cuando le venía al pensamiento el recuerdo de su
infancia. Con apenas nueve años, jugaba a las canicas en su antiguo barrio,
por entonces sin asfalto ni acerados, inundado de casas desiguales y a medio
construir.
Las calles de un albero amarillento estaban repletas de agujeros y
piedras, por donde se formaban grandes surcos cuando llovía por los que el
agua corría cual manantial de primavera.
Era con Pablo con quien más tiempo pasó en esa etapa, con quien
compartió los primeros secretos, los primeros desengaños amorosos con las
chicas, las primeras cervezas, los primeros suspensos, los primeros cigarrillos
robados y fumados a escondidas…
Hoy en día, esa amistad todavía perdura, le ayuda a superar malos
momentos, le hace reír, consigue que no pierda la memoria, anima su futuro, le
transporta a esa adorable infancia encadenada a la pubertad y después a la
adolescencia, con unos eslabones fuertes y resistentes forjados en una fragua
rebosante de sinceridad, respeto y amor…

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