TANATOS 12

CAPÍTULO 17

Intentaba disimular, pero mi sonrojo tenía que ser evidente. Begoña, con las gafas de sol sobre la mesa y sus ojos grandes apuntándome, no me dejó sumirme en el estrés de lo que se gestaba en mi teléfono:

—Bueno… cuéntame qué tal ¿no? Qué tal estas semanas después de la… noche de autos, nunca mejor dicho.

Yo me aclaré la voz, y quise fingir seguridad:

—No, no, cuéntame tú…

—¿Empiezo yo?

—Sí, sí, empieza tú… que llevas… desde el viernes por la noche acosándome —dije, repentinamente distendido, mimetizándome súbitamente con su forma de ser.

—Acosándome, dice… —sonrió—. Siento decepcionarte, pero el viernes por la noche tiré de la jugada del perro abandonado… Que estaba de cena con unas amigas y yo veía que aquello pintaba cena y listo, y yo quería seguir… y me dije… a ver si el de las orgías anda desamparado por ahí.

Yo le devolví la sonrisa y le insistí en que empezara ella.

—Vale, vale, pues yo disparo ya, eh, y después a ver cómo me paras.

—Dispara. Dispara —dije, siendo consciente de que siempre me hacía sonreír con aquella especie de terminología pijo juvenil.

—Pues… A ver… Lo primero que quiero… aclarar, ¿vale? Es que yo no soy como vosotros. O sea. Yo lo saco. No me lo puedo guardar dentro. Que no soy una bocas, de estas de andar por ahí diciendo siempre lo que opino, porque no, porque vivimos en sociedad, ¿sabes? Bueno, me refiero a que sí que saco las cosas cuando procede. ¿Me sigues?

—Sí. Intuyo que procede, entonces.

—Sí. A ver. Me refiero a… A ver. Primero, a lo que iba, es que… —dijo bajando el tono, tanto que comenzó a hacerse difícil escucharla por el murmullo de las otras mesas— a lo que voy es a que yo no lo ando haciendo por ahí, ¿vale? Vamos, que no soy… eso… pues una fulana. Que no estoy llamando fulana a María, eso, pero para entendernos. Y eso, que si hice eso… pues contigo… fue por algo. ¿Vale?

—Vale —respondí, tras escuchar cómo susurraba todo a gran velocidad, pero con una dicción clara, sin atropellarse.

—Y… bueno. Dos. Punto dos. Que… a ver… Eduardo el otro día me escribió y tal. Que yo dije… este quiere follar, yo qué sé, pero empezamos a hablar de no sé qué y está claro que él sabe que tú y yo tenemos algún tipo de trato, no sé hasta qué punto… Hasta que… me dice que tal y que María echó a su novio de casa y que está en un apartamento. Y yo en plan “ah, vale, genial, qué curioso, y yo sin saberlo”, cuando en realidad era “qué me estás contando y por qué”, ¿sabes? Y la cosa quedó ahí, más o menos. Más. Tercero. Tercer punto… que… hay un chico con el que tenía algo en la universidad… pues que encontró trabajo aquí y tal. O sea, nunca hemos hecho nada ni nada, pero en fin, que vamos a quedar y que igual no pasa nada y ahora me escucho y no sé para qué te lo cuento, pero vale. Te toca.

Ella se echaba hacia atrás, hasta que su espalda topaba con el respaldo de la silla, y cruzaba los brazos y jugaba con una pierna montada sobre la otra, con un mocasín a medio sacar de su pie. La verdad es que estaba guapísima, y sentí una especie de orgullo por haberlo hecho con ella, y por aquello que decía de mí, de que había pasado por algo. Y tardaba en digerir todo aquello, por su velocidad y por sus rodeos, y, además, la mitad de mí seguía temblando por lo que quizás seguiría sucediendo en mi teléfono.

—Venga, ¿arrancas? —inquirió.

—Mmm… sí. A ver. Pues… me parece muy bien lo del chico ese que cuentas… y, bueno, obviamente yo tampoco ando por ahí haciendo nada… excepto eso contigo, digo. Y… de María, pues sí, bueno, no me echó, me fui, o sea me fui yo. Y ella estaba cabreada porque considera que lo que hice contigo fueron cuernos y lo que ella hace, o hizo, no.

—Bueno, no le falta razón —interrumpió, colocándose el pelo y escudriñándome.

—Ya… pues eso… y…

—¿Pero estás con ella o no? —dijo rápidamente.

—Sí, sí. Esta noche vuelvo a casa.

—¿Por navidad? —rio— perdón, perdón. No te interrumpo.

Me quedé otro instante en silencio. En aquel momento no sabía si contarle absolutamente todo o no contarle absolutamente nada. Entendía que su confesión no tenía mucho recorrido, que solo me quería decir que no era una que se acostase con cualquiera y lo que suponía que Edu sabía, que no estaba nada claro. Y lo de aquel chico de la universidad que me sonó raro, hasta como un tanteo para ver si a mí me importaba.

Vino entonces una bandeja con un montón de cosas, casi todas para ella, y estuve tentado de aprovechar el momento para rescatar mi teléfono, pero me contuve. Y me fijé en ella, con su camisa blanca, blanquísima, perfectamente planchada, y bajo ella dos montañas firmes, medianas, que moldeaban la tela, y que yo sabía no constituían, ni sus pechos ni ella misma, la sexualidad de María, pero sí era atractiva, muy atractiva de hecho, y lo había vivido en mis carnes, y ya mi mente se perdía y comenzaba a recordarlo, cuando ella, revolviendo una especie de batido verde, dijo:

—Sigue. A ver.

—¿Con qué sigo?

—Pues eso… con tus semanas… post mí —sonrió—. Seguro que quietos y tranquilos no habéis estado.

—No, la verdad es que no… De hecho… ayer… Ayer y anteayer sí que hicimos algo… los tres —dije, sorprendido de mi súbita confesión.

—Cuando dices “algo”, tú y yo sabemos que te refieres bacanales de las vuestras con terceros y cuartos…

—Pues… algo así… y…  —decía yo y sentía que comenzaba a contar cosas que no debería, incluso antes de soltarla — …pues que yo creo que María ya está que ve a Edu ya ahí, con nosotros, en el juego.

—Que lo quiere en plantilla, vamos.

—¿Qué? —pregunté.

—Que lo quiere hacer indefinido…. Que tenía contrato de obra y ahora está indefinido.

Sonreí, no podía evitarlo, a pesar de la gravedad del asunto y de que seguía tentado de sacar mi móvil y leer. Y dije:

—Bueno, diría que indefinido y hasta socio.

—Ya… ¿y tú eso cómo lo ves? —preguntaba ella mientras cortaba una especie de donut con tropecientas cosas dentro.

—Pues mira… después de que fui yo quién lo empezó todo… y además que es verdad que lo que hice contigo estuvo mal. Bueno, estuvo mal y bien. Mal para ella seguro. O sea mal. Pues mira… si te digo la verdad yo preferiría a otro… otro del que me pudiera fiar quiero decir… por ejemplo el otro día estuvimos con un tal Rubén…

—Madre mía… —interrumpió ella.

—¿Qué? ¿Le conoces?

—No, no. Bueno. No sé. Digo madre mía por ese casting de American Idol que andáis haciendo, que me parece mortal.

—¿Cómo? No te entiendo.

—Nada. Eso. Sigue. Lo de buscar candidatos o eso que hacéis. Sigue.

—Bueno. A ver. No sé si fue a propósito. En fin. Que el tal Rubén parece que fue camarero dónde tomáis café los del despacho a media mañana.

—Mmmm. No sé… no sé los nombres.

—Bueno, es igual. Quizás cuando entraste a trabajar en ese despacho él ya se había ido. El caso es que yo qué sé, que quizás con alguien así más…

—Menos loco —interrumpió otra vez.

—No sé si loco es la palabra. Como mínimo más fiable.

—Pero María solo quiere a su indefinido… Socio… Cachondo maduro pene grande.

—Bueno, ¿no tan maduro, no? —decía yo al tiempo que me daba cuenta de que para ella, considerablemente más joven que yo, Edu sí podría entrar en esa categoría.

—Maduro buenorro, palabras textuales de mis amigas —dijo ella y después sorbió de su pajita y aquel líquido verde iba desapareciendo, y después expuso, más para ella que para mí:

—La verdad es que Edu engancha.

—¿Sí?

—Hombre… y si te digo las cosas que hacíamos… A ver…  yo qué sé. Yo sé por ejemplo que las cosas que hacía con él no las haré con nadie.

—¿Cuáles? —inquirí.

—No te las voy a contar… y menos aquí… Que, por cierto, deduzco que lo de quedar en mi casa esta mañana era para que no nos viera nadie, ¿no? Que somos forajidos ahora mismo —sonrió, posando el zumo en la mesa y volviendo a su donut, o lo que fuera aquello, gigante.

—Sí, supongo que sí. Bueno, que sí. Que lo que me faltaba ahora es que me viera una amiga de María, vamos.

—Ya. Bueno. Cero dramas. Y, oye. ¿Qué vas hacer?

—¿Hacer de qué?

—Pues, hombre, con eso de que… quieres seguir con vuestra trama barra vorágine barra locura sexual, pero que Eduardo no te chista.

—Es complicado. Porque además Edu no es que sea Edu, es que su juego es… meter a más gente.

—¿Y María traga con eso? Perdón por el verbo —dijo, abriendo mucho los ojos, sorprendida por su propia ocurrencia.

—No te pases.

—Perdón. Perdón.

—Pues sí y no —dije.

—Vamos. Que lleváis racha buena.

Yo le di a entender con la mirada que sí. Y no aguanté más. Y aproveché el silencio y que ella echaba azúcar moreno a su café… y bajé mi mano a mi bolsillo, saqué el teléfono, y vi en seguida que había en aquel grupo setenta y ocho mensajes.

Mis manos me temblaban y llegué a temer que ella lo notase. Guardé el móvil de nuevo en mi bolsillo e iba a coger mi taza de café pero dudé si temblaría, así que opté por retrasar aquel sorbo y por cambiar de tema, si bien el tema no se desviaba mucho de lo que, o quién, me ponía nervioso.

—Venga… cuéntame esas cosas de Edu contigo, quiero saber a lo que me enfrento —dije, sin pensar demasiado y me soné extraño.

—Sabes de sobra a lo que te enfrentas —sonrió con su boca amplia.

—Venga. Dime.

—A ver… Te cuento… Acércate. Te cuento en voz baja, ¿vale? Pero solo una, la primera… o sea… cuando lo conocí de verdad…

—Perfecto —respondí, acercándome un poco a la mesa, posando los codos en la madera, y escuchando un jaleo, un zumbido de fondo de otras conversaciones, que sabía encubriría su confesión.

—¿Voy? —preguntó.

—Sí, sí. Adelante.

—Pero no te me pongas palote, eh —rio.

—Vale, vale.

—¿Pero con una condición?

—¿Cual?

—¿Que desarrolles tú también?

—¿El qué?

—Pues eso que… eso a lo que le has llamado… “hacer algo ayer y anteayer los tres”, o algo así.

—¿Por qué? ¿Te ponen esas historias o qué? —pregunté, con involuntaria indiscreción.

—Mejor que poner… Es que me flipa. Alucino en colores con vosotros. Es que si vieras a María en el despacho… vamos.

—¿Qué?

—Pues que dices, esta… misionero los sábados y con cita previa.

Se hizo otro silencio. Lo cierto era que no me sentaba demasiado bien cómo hablaba a veces de María. Y finalmente dije:

—No sé si debería contarte pormenores de cosas de ella. No sé. Quiero decir, una cosa es contarte en general…

—Sí, sí, perdona —me interrumpió—. Totalmente. Mira, es tu novia. Solo faltaba. Mira, hacemos una cosa, yo te cuento, ya que me lo has preguntado… y tú de tus… últimas movidas… de sodoma y gomorra… me cuentas si quieres y lo que quieras… ¿vale?

—Vale. Perfecto.

Ella se remangó entonces su camisa, ya bastante remangada, posó sus codos también en la mesa, casi mostrando un canalillo sugerente, y se disponía a comenzar su narración.

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