ISA HDEZ

Todas las almas se engalanaban para celebrar su fiesta,

como cada año ese día bailaban a coro en todo el recinto;

ella acababa de llegar y sentía su áurea vacía e inquieta,

presentía que su amor la esperaba escondido detrás del jacinto.

Las lucecitas se encendían y apagaban con intermitencia,

mientras sonaban violines, guitarras y cánticos celestiales;

envuelta en mil tules como una princesa con sutil luminiscencia,

rebuscaba a su amado entre las ánimas y calaveras de los pedestales.

Se habían prometido estar juntas en la nueva dimensión,

él le aseguró que la amaría y la esperaría toda la eternidad,

y, se pintó la sonrisa de marfil con el impulso de su inspiración,

todos los fantasmas con sus musas acudieron y alabaron su beldad.

Ella distinguió entre los arbustos la luz de su mirada enamorada,

dos luceros brillantes como las estrellas que la traspasaban,

se movía la calavera al son de los tambores y, los brazos la abanaban,

el viento mecía las vestimentas holgadas en la noche helada.

Él, deslumbrado y envuelto en la túnica blanca se estremecía,

temblaba, corría y saltaba entre las ánimas para llegar hasta su amada,

por fin se unirían de nuevo hasta el final etéreo de la existencia,

se encontraron, se abrazaron y celebraron su amor hasta la madrugada.

© Isa Hdez.

Todos los derechos de autor reservados

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