DEVA NANDINY

Mientras Don Ramón hablaba con el recepcionista, estuve tremendamente tentada en abrir el bolso y comprobar si tenía algún mensaje de mi esposo, al final decidí no hacerlo. En cierta forma, él había forzado la situación y me había entregado a su propio jefe. Por lo tanto, no iba a darle el gusto de saber dónde estaba y como me encontraba.

Coincidimos en el ascensor con una pareja de unos cincuenta años, Don Ramón, me llevaba sujeta por la cintura mientras no paraba de darme besos en el cuello y susurrarme lo buena que estaba. Percibí en la mirada del hombre cierto interés y deseo hacia mí, por el contrario, la mujer me miró de arriba abajo torciendo el gesto, seguramente creyendo que era una vulgar prostituta, acompañando a un viejo ricachón al hotel. «¿Por qué siempre somos las propias mujeres las que más nos censuramos entre nosotras?», pensé, con cierta rabia. Devolviéndole al mismo tiempo una sarcástica y fría sonrisa.

Intuía que nada más entrar en la habitación, Don Ramón me tiraría contra la cama y me follaría del mismo modo, que haría con Carmen. Seguramente, todo terminaría tan pronto, que cuando me quisiera dar cuenta estaría de regreso en casa. Incluso, por una vez, probablemente llegaría antes que Enrique. Sin embargo, fue todo lo contrario. Una vez que abrió la puerta de la habitación se mostró en todo momento tan calmado y sereno, que llegué a sospechar que su erección, o las ganas que había mostrado tener en el restaurante, se habían relajado.

—¿Qué quieres tomar?

—Champán, por favor. Indiqué señalando a una cubitera.

—Al contrario que Carmen, tienes buen gusto, —Indicó abriendo una botella de Moet & Chandon, que él mismo había pedido en recepción, justo antes de hacer la reserva.

—Gracias —expresé al coger la copa. A continuación, abrí la puerta de la terraza y salí para fuera, hacía muy buena noche y me estaba ahogando allí dentro.

Maldije que el viejo odiara las alturas y hubiera elegido un piso intermedio. Pese a ello, desde allí, se podía observar perfectamente las luces de la ciudad. Pegué un sorbo a la copa disfrutando de ese momento de paz. Recuerdo que iba a regresar dentro, justo cuando sentí su presencia detrás de mí.

Sibilinamente, levantó mi vestido desde atrás, yo iba a protestar y pedirle que entráramos dentro. Lo último que me apetecía, era que cualquier imbécil pudiera grabar la escena con su teléfono móvil desde cualquier ventana cercana al edificio. Unos años antes, disfrutaba enormemente con ese tipo de juegos, me encantaba practicar sexo en lugares expuestos o públicos: playas nudistas, un parque, una terraza o descampados repletos de voyeurs. Pero desde la proliferación de los móviles con cámara, y sobre todo debido a la maldita costumbre que tienen ciertos idiotas, en grabarlo todo, me vi obligada a renunciar a esa morbosa práctica.

—Tienes un culo tremendamente hermoso —comentó, al tiempo que tiraba del hilo de mi tanga, oculto y enterrado entra mis blancas y redondas nalgas.

Iba a girarme con la intención de que nos marcháramos a la habitación. Sin embargo, Don Ramón me agarró con enorme decisión por mi corta melena rubia, empujándome contra la barandilla de la terraza. Sin duda, el viejo tenía mucha más fuerza de la que nunca me hubiera imaginado.

—Vamos dentro, por favor, —indiqué algo angustiada.

—¿Tienes miedo? ¿Temes a que un conocido pueda verte usada por un viejo? ¿Qué crees que dirían tus hijos o tus amigos, si supieran lo zorra que puedes llegar a ser? —Me preguntó, bajándome las bragas de un tirón hasta las rodillas. —Lo dicho, tienes un culo realmente delicioso y apetecible.

—En la habitación podrás hacerme lo que quieras, te lo prometo, —supliqué, intentando convencerlo para que entráramos dentro

—Hace dos días le pedí a Enrique que me presentara a tus padres. Tienen una casa preciosa. Los conocí el día de vuestra boda, pero no había vuelto a verlos y no me acordaba de cómo eran. Supongo que ese día yo solo tenía ojos para ti… A las putas, os sienta siempre fenomenalmente el inmaculado vestido de novia, —expresó riéndose—. El caso, es que me apetecía volver a ponerles rostro, ¿no te lo ha comentado tu esposo? —Me preguntó, al tiempo que comenzaba a manosearme el culo.

Yo me quedé muerta. Eso es lo último que me hubiera esperado de Enrique. Odiaba que mi marido tuviera ese tipo de misterios conmigo, me sentía traicionada por él. «¿Le habría contado al viejo algunos de mis más oscuros secretos?».

—Me haces daño, —intenté protestar, cuando descargó un tremendo azote sobre una de mis nalgas.

—Cuando saludé el miércoles a tu madre, comprendí de quien habías heredado todos tus encantos —comentó, golpeándome la otra nalga, seguramente haciéndomela enrojecer al instante.

—¡Ah…! —Chillé, cada vez más excitada.

Entonces volvió a sujetarme del pelo y tirando con fuerza me obligó a girar la cabeza hacia él. Don Ramón se pegó a mí, estaba completamente desnudo, me di cuenta en ese momento. Incluso, pude percibir sus genitales, presionándome y restregándose contra mi culo.

—Sin duda tu padre es un hombre muy inteligente. Tengo entendido que ha sido un gran abogado, —indicó pegando sus labios a los míos. Intenté rechazarlo, pero me tenía bien sometida por los cabellos. Había aceptado interiormente irme a la cama con él, pero me negaba a besarlo, solo imaginarme su boca junto a la mía, me hacía sentir repulsión. —¿Te imaginas que siguiendo mis instrucciones, tu padre estuviera oculto detrás de una de esas ventanas? Estaría observando con atención cada uno de tus gestos y de tus movimientos. ¿Te gustaría? —Me preguntó rozando sus labios con los míos.

Solo con imaginarme algo así, mi cuerpo comenzó irremediablemente a temblar.

—Sí, —respondí escuetamente. Incapaz de ocultar en esos momentos, mis más oscuros deseos.

—Estoy seguro de que si pudiera verte así no aguantaría, y tendría que machacársela. ¿Eso te gustaría, zorra? Intuyo que has intentado ponerlo cachondo en más de una ocasión. Enrique me ha contado, que te gusta simular que tomas el sol y te tumbas frente a él, en una hamaca de la piscina. ¿Fantaseas, que se masturba pensando en su preciosa niña? —Interpeló alzando la voz. Sacando a continuación la lengua soezmente, para chuparme los labios—. ¿Te gustaría ver como se corre cuando piensa en ti? Intuyo que en el fondo sabe que su nenita es una auténtica zorra, los padres intuimos esas cosas. —Comentó, intentando besarme. En un principio me resistí y cerré con fuerza la boca, pero al final me rendí y nos fundimos en un apasionado beso. —¿Te lo follarías? ¿Si ahora mismo entrará tu padre por esa puerta, te abrirías de piernas para él? —me preguntó, mirándome seriamente a los ojos, como si tratara de desnudar completamente mi alma.

Tal era mi estado excitación, que llegué a temer y a desear al mismo tiempo, que todo fuera cierto. Por un momento pensé, que tal vez papá estaba oculto entre las sombras, observándome.

—No. Él nunca haría eso, —grité—. Papá no es ningún depravado—añadí, en cierta medida decepcionada, con la realidad de las cosas.

Don Ramón estalló entonces en una fuerte carcajada.

—Amor mío, una zorra como tú, debería de saber que todos los hombres encierran un degenerado dentro. Únicamente hay que saber cómo alimentar ese monstruo, y conseguir que salga. ¿Acaso piensas que tu padre es una excepción? Cariño, esa idea es demasiado infantil e inocente para alguien como tú.

En ese instante, sentí como uno de sus dedos presionaban mi esfínter. El muy cabrón, trataba de metérmelo dentro, sin molestarse en intentar dilatarlo o lubricarlo un poco.

—¡Ay! ¡Ah…! —exclamé sintiendo una mezcla de placer y de dolor al mismo tiempo. Intenté relajar el esfínter. Tenía la suficiente experiencia para saber, que eso es lo que se debe de hacer en estos casos. Poco a poco su dedo se fue introduciendo en mi zona más íntima.

—Te gustaría dárselo a él, ¿verdad, zorra? ¡Vamos, guarra! Quiero oírtelo decir, no seas tímida conmigo, —me gritó perforando mi ano, al tiempo que me lanzaba toda clase de improperios.

—Sí, haría todo lo que él me pidiera.

—Abre la boca, puta —Me ordenó, volviendo a cogerme por el pelo, al tiempo que me clavaba el dedo en su totalidad.

Obedecí, llevada más por el deseo de sentirme sumisa y doblegada, que por ansiar en realidad ese beso. Al abrirla, noté sus labios posarse sobre los míos, reabsorbiéndolos dentro de su boca, al tiempo que su lengua jugueteaba con la mía.

—Vamos dentro y fóllame. Hazlo de una puta vez, —le pedí.

Entonces Don Ramón me soltó por fin el pelo, al tiempo que sacaba su dedo de mi culo. De malos modos, bajó los tirantes de mi vestido, dejando que mis grandes pechos cayeran rebotando y expuestos hacia abajo.

—¡Joder…! ¡Qué buena estás! Me dan igual mis zorras, puedo intercambiarlas. Pero nunca entenderé que un hombre acceda a compartir a su propia esposa. Me parece antinatural lo que tu esposo te permite hacer. Un macho de cualquier especie, pelea incluso a muerte con los de su mismo género, para ser únicamente él, el que pueda copular con la hembra. Está en nuestro A.D.N. Si yo fuera el cabrón de tu marido, no consentiría que te tocara ni el aire. No entiendo que ese puto cornudo permita que otros hombres profanen tu cuerpo.

En parte, me gustó oírlo hablar de forma tan denigrante hacia mi esposo, ya que estaba realmente indignada con él. Cuando lo tuviera de frente en casa, tenía pendiente una seria charla. Le reprocharía que se hubiera atrevido a llevar a su jefe, a casa de mis padres. Ellos no pintaban nada en todo este insano juego.

No obstante, el discurso etológico de Don Ramón, no había por donde cogerlo. Su planteamiento me pareció totalmente incoherente y absurdo. Cuando, precisamente él, no dudaba en entregar a su propia hija a otros hombres.

—Es usted un auténtico cerdo, un disoluto y un retrógrado cavernícola. —Le expresé, al tiempo que me daba la vuelta.

—Supongo que lo dices por mi hija. ¿Dejar que otros disfruten de Olga me convierte en un depravado? —preguntó riéndose—. Vamos, arrodíllate y chúpamela.

Miré su polla de reojo y comprobé decepcionada, que había perdido gran parte de la consistencia, que una hora antes había percibido en el reservado del restaurante. Luego lo miré a los ojos expresando cierta mueca de burla, pero mi gesto no consiguió en ningún momento hacer mella en él, ya que fue incapaz de borrar su grotesca sonrisa.

—¿Qué le ha pasado? ¿Se te le ha ido la fuerza por la boca? —Me mofé—. ¿Va a ser usted capaz de follarme con esa colita tan laxa? —Pregunté apuntando su pene.

—No te dejes engañar por su aspecto, estoy muy cachondo. Aunque es verdad que, a determinada edad, cuesta mantener la erección demasiado tiempo seguido.

Entonces agarré su polla y comencé a masturbarlo. Su verga se mantenía en una semi erección constante, percibiéndose mucho más blanda, casi como si fuera de goma o de plastilina. En ese estado, no iba a poder metérmela.

Algo decepcionada, dejé la copa de champán en el suelo, subiendo a continuación de nuevo mis bragas, que las había mantenido bajadas hasta medio muslo, mientras ambos conversábamos. Luego me puse de cuclillas, miré su viscosa y oscura polla y comencé a lamer su punta.

El sabor me pareció un tanto desagradable, estaba realmente amarga. Por lo tanto, cogí la copa de champán del suelo y le di un pequeño sorbo, antes de volver a llevármela a la boca. Me encantó la combinación de sabores, aunque seguramente el Moet & Chandon, no estaba pensado para una combinación tan dispar.

Poco a poco noté que el pene iba reviviendo, bajé chupando todo su falo hasta alcanzar sus testículos, que en ese momento me parecieron vacíos y algo más grandes de lo normal. Recuerdo que comencé a besarlos y a chuparlos. Juro que en cada lamida que le profería en sus partes, él lanzaba un gemido de placer, al mismo tiempo que no dejé de menearle la verga en ningún momento.

—Esto parece que va cobrando vida, —indiqué orgullosa por mis habilidades amatorias.

Él me tendió la mano y me ayudó a levantar, ya que tenía las rodillas algo entumecidas por la incómoda postura.

—Es hora de que te quites el vestido. Deseo que lo hagas desde que te vi entrar al restaurante de la mano de tu esposo, —manifestó en un tono que no admitía ninguna réplica.

Miré en todas las direcciones, intentando comprobar si había alguien observando el espectáculo que estábamos regalando en la pequeña terraza. A continuación, atenta a todas sus expresiones, me quité el vestido dejándolo caer lentamente al suelo. Cuando me mostré desnuda, él se tiró a besarme por todo el cuerpo.

—¿Me quito también las bragas? —le pregunté, deseosa de complacerlo ya en todo.

Él asintió con la cabeza. No queriendo perderse ni un solo detalle de ese momento. Yo me desnudé con gracia, intentando colmar sus expectativas. Quería que estuviera orgulloso de la hembra que iba a follarse esa noche. Cuando por fin me saqué el tanga, lo giré en el aire dando círculos con él en la mano. Seguramente, Don Ramón intuyó que iba a regalárselo como un souvenir. Suelo hacerlo con casi todos mis amantes, es mi firma personal.

Sin embargo, esa noche me apeteció hacer algo diferente. Me acerqué hasta la barandilla y asomándome a la calle, estando ya completamente desnuda, arrojé mi pequeño tanga al vacío. Perdiéndose en medio de la avenida. Luego me puse a dar vueltas, para que él pudiera observarme desde todos los ángulos.

Don Ramón me tendió entonces la mano galantemente y me llevó dentro. Pensé que me tumbaría por fin en la confortable cama y me haría suya de una vez. Sin embargo, el viejo tenía otra idea sobre como quería follarme. Nada más traspasar la puerta, me volvió a coger del pelo y me lanzó con violencia, encima de un escritorio de nogal que había frente a la cama.

—Ábrete de piernas. Voy a follarte como la perra que eres.

Obedecí, agachando hacia abajo un poco mis caderas, para facilitarle la maniobra, ya que mi cuerpo es más alto y grande que el suyo. Entonces me propinó un par de azotes en las nalgas, tan exageradamente fuertes, que en mis ojos asomaron un par de lágrimas. Sin embargo, aguanté estoicamente sin protestar, y no dije nada.

Él se pegó a mí por detrás, y en ese momento pude percibir como la palma de la mano del viejo, recorría mi coño, palpándolo y apretándolo hasta casi hacerme daño.

—¡Qué pedazo de chocho tienes, cacho guarra!

Era cierto, los prominentes y carnosos labios de mi vagina, siempre han llamado la atención de los hombres. Me abrí de piernas aún más, esperando ansiosa mi premio. Fue agradable sentir por fin la punta de su polla, rozando la entrada de mi vagina. Ni siquiera se molestó en ponerse un preservativo, y yo, estaba tan entregada a él, que confieso que tampoco se lo exigí.

—¡Ah…! —grité al notar su dura verga, introduciéndose de un solo empujón, dentro de mi coño. Tal y como siempre me gusta que me hagan.

—Toma puta, ya te advertí hace semanas, que acabaría metiéndotela, —gritó con énfasis. Con la misma emoción incontenida del que acaba de conseguir un gran reto.

No dije nada, se merecía ese momento de júbilo. Pero estaba segura de que gran parte de ese triunfo, se lo debía al cornudo de mi esposo. Sin su inestimable complicidad, un viejo como él, nunca me habría tentado para que le abriera mis piernas. Enrique era el verdadero culpable de que yo me estuviera dejando follar por su jefe. Estaba claro, que mi marido le había explicado perfectamente como me gusta que me traten los hombres, la rudeza en el modo de hablarme, de tocarme, de follarme… La atracción que sentía por él, era puramente psicológica y nada física.

Cuando se cansó de hacérmelo en esa postura, me tiró contra la cama.  Noté como se situaba detrás de mí. Su boca no dejaba de besarme, más bien de chuparme el cuello y la espalda. Poco a poco fue bajando por mi cuerpo, sin dejar un solo centímetro sin lamer y besar, hasta que se detuvo finalmente en mis glúteos. En ese momento supe lo que venía, lo deseaba con tanto fervor, que incluso me anticipé y lancé un hondo suspiro. Pero el verdadero placer llegó cuando me agarró de las nalgas y las separó, dejando mi agujero más íntimo expuesto para él, entonces comenzó a chupar y a besar mi ano.

—¡Ah…! —chillé sin poder contenerme. Aseguro que la sensación de gozo era tan intensa, que incluso la percibía casi inaguantable. Fue justo en ese instante, cuando llevé mi mano incontenidamente hasta mi coño, y comencé aliviar mi hinchado y durísimo clítoris. Me bastaron solo unos cuantos segundos, para comenzar a correrme como una verdadera posesa.

—¡Sigue, cariño! ¡Me corro, me corro…! ¡Ah…! ¡Joder, como me gusta! ¡Cómeme el culo, viejo sátiro!

Él no paró en ningún momento en seguir estimulando mi sensible y vicioso esfínter anal. Hasta que notó que mi respiración volvía a relajarse, no separó su cara de mis nalgas

—Vamos, gírate —me instó.

—¿Vas a follarme? — Pregunté ansiosa. Dándome la vuelta en la cama y abriéndome de piernas para él. Mi cuerpo era suyo en esos momentos, se lo había entregado y podía joderme y hacerme lo que le apeteciera. No siento esa necesidad mía en regalar mi cuerpo a un hombre, como un acto de generosidad por mi parte, mi propio placer se acrecienta cuando me entrego completamente a alguien. Por lo tanto, mostrarme complaciente o sumisa, es totalmente un acto interesado por mi parte.

Pese a haberme corrido, mi grado de excitación era enorme. Quería más, estaba sedienta de hombre. Pero su avanzada edad, me hacía dudar que pudiera ofrecerme lo que una hembra tan ardiente y cachonda como yo, necesita en un encuentro de ese tipo.

Don Ramón me quitó los zapatos y los lazó al suelo. No quería dejar ni una sola zona de mi cuerpo sin explorar. Luego con enorme suavidad me bajó las medias.

—¡Has meado la cama, pedazo de guarra! Ya me avisó tu esposo como te pones de viciosa, cuando te comen así el culo. —Expresó, tocando las sábanas que había debajo de mi cuerpo.

Actualmente, muchos hombres consideran que la eyaculación femenina es algo positivo. En mi caso, puedo asegurar que lo vivo como una especie de maldición. Incluso a día de hoy, no puedo evitar sentir cierta vergüenza cuando me ocurre, sobre todo cuando me sucede en ciertos lugares, como el asiento de un coche o la cama de alguien.

—Lo siento, —traté de disculparme mirando para otro sitio—, en ocasiones, cuando me corro, no puedo evitar hacerlo.

—Nunca lo había presenciado, por lo menos de una forma tan desmesurada, —indicó suavizando el tono—. Me gusta tu piel, es sumamente blanca y suave. Siempre me ha llamado la atención, —añadió acariciando mis muslos, ahora sin las medias puestas.

—Físicamente, he heredado la genética de mi madre, su familia procede de Dinamarca. Tengo unas primas en Copenhague, muy parecidas a mí: altas, rubias, con la piel y los ojos claros.

Entonces cogió una de mis piernas y la levantó hacia él, luego doblándola por la rodilla, acercó el pie a su boca y comenzó a besarlo. Sentí como su lengua comenzaba a deslizarse entre los pliegues de mis dedos, succionándolos y besándolos con verdadero deleite. Adoro que me hagan eso. Cuando se cansó de ellos, metió su cabeza entre mis piernas y comenzó a besar mi sexo.

—Es precioso. Me encantan los coños grandes y bonitos.

Pese a estar tan excitada, recuerdo que no pude evitar reírme.

—¿Hay algún tipo de chocho que no te guste? —pregunté de forma soez.

—Tienes unos labios enormes y muy abultados, eso me vuelve loco, —indicó succionándolos en su boca— Aunque me gustaría más, si te dejaras crecer pelitos rubios, —balbuceó sin dejar de comérmelo. Sus palabras me hicieron recordar que Olga, tenía una espesa y negra mata de vello, que me había llamado poderosamente la atención en el reservado. Ahora entendía la razón por la dejadez que percibí en la estética de su sexo.

—¡Joder, cabrón! ¡Qué bien sabes comerte un coño! ¡Ah…! ¿Se lo comes también así a ella? —pregunté llena de morbo, casi a punto de llegar otra vez al clímax

—Sí, —gritó con la cabeza sumergida entre mis muslos—. A Carmen a veces le cuesta correrse y hay que tener paciencia.

«¿Carmen?». En esos momentos yo ni siquiera me acordaba de Carmen.

—No… ¡Ah…! Me refiero a ella. ¡Joder…! ¿Se lo comes así a Olga? —Interpelé casi sin poder ya hablar.

Él levantó la cabeza unos centímetros de mi sexo.

—Te gustaría verlo, ¿verdad? Para ti debe de ser toda una fantasía poder observar como un padre folla con su propia hija. Es mi relación con Olga la que te interesa de mí. ¿No es cierto?

Yo lo miré a los ojos, sin atreverme a reconocerlo.

—Sigue por favor, estoy casi a punto de correrme, —respondí con dificultad y la respiración de nuevo agitada.

—¡Vamos, zorra! ¡Córrete de una puta vez! —Me gritó sumergiéndose de nuevo entre mis piernas.

Entonces estallé en un brutal orgasmo, algo más corto que el anterior, pero mucho más intenso.

—¡Me corro…! ¡Me corro…! ¡Qué bien, que bien…! ¡Ah…!

Como siempre me sucede, mis piernas comenzaron a temblar como si estuviera recibiendo una descarga eléctrica, sacudidas por una especie de convulsión muscular.

Cuando llego a ese estado, si un hombre continúa estimulando mi sexo, puedo enlazar numerosos orgasmos, cada vez más cortos pero muy potentes. Tan seguidos en el tiempo, que no llego a distinguir realmente, donde comienza uno y termina otro. Por eso, cuando a veces mi esposo me pregunta en casa, cuantas veces me han hecho correr, la mayoría de las veces soy incapaz de responderle.

Llega un momento que estoy tan exhausta, que incluso llegan a dolerme los músculos de mi cuerpo, y tengo que suplicar que paren. Algo parecido a cuando de pequeña jugando, me sujetaban inocentemente para hacerme cosquillas y quedaba exhausta. Llegando a percibirse algo tan agradable, como una agotadora tortura.

En ese momento Don Ramón puso su frágil cuerpo encima del mío y comenzó a follarme. No pude evitar pensar si aún mantendría relaciones con Marga, su esposa. Enseguida percibí por los gestos de su cara, que no tardaría en llegar al final. Buscó mi boca y comenzó a chuparme soezmente los labios.

—Saca la lengua, puta. Sácala, —me dijo con la mirada llena de vicio.

—Córrete, quiero que te corras para mí —lo insté, intentando estimularlo al máximo. Obedeciendo su requerimiento, sin demasiada apetencia, sintiendo incluso bastante repulsión, cuando su lengua comenzó a lamer la mía.  

—Olivia. Olivia…—comenzó a repetir mi nombre hasta el infinito—. Me corro, Olivia…

Entonces su delgado cuerpo se tensó y comenzó a descargar su leche en lo más profundo de mi coño. Una vez que terminó de eyacular en mi interior, se dejó caer agotado sobre mí.

Pensé, que ese sería el broche final de esa extraña noche. Llevaba visualizando ese instante, desde antes de llegar al hotel. Tenía bastante claro, que una vez que terminara de follarme, yo pediría un taxi por teléfono y me largaría a mi casa. Allí me ducharía e intentaría no pensar en lo que había sucedido. Por lo menos no pensaba hacerlo hasta la mañana siguiente.

Sin embargo, me sentí tan a gusto a su lado… Él mantuvo su flácida picha dentro de mi enlechado coño. Unos segundos después, totalmente calmados y en paz con nuestros cuerpos, comenzamos a besarnos de nuevo. Permaneciendo así, abrazados durante bastante tiempo, hasta que nos quedamos profundamente dormidos.

Cuando desperté unas horas más tarde, Don Ramón me observaba con detenimiento, como si tratara de memorizar esa imagen para siempre.

—¿Valió la pena todo el esfuerzo que empleaste para acostarte conmigo? —Pregunté, refiriéndome a todo el tiempo y artimañas, que tanto él como mi esposo habían invertido.

—Ha sido incluso mejor de lo que me esperaba, y eso que Enrique ya me había advertido la clase de mujer que eres.

Yo comencé a besar y a acariciar sus pectorales, jugando con su blanco y abundante vello.

—Sabes que yo no soy Carmen, ¿verdad?

Él me miró a los ojos con cierta ternura.

—¿Estás tratando ya de dejarme?

Yo me reí, a pesar de que me sentía sorprendentemente a gusto allí, encamada con él. Pero debía de regresar a casa, había llegado la hora de volver. Aún no había mirado el móvil, pero conociendo a mi esposo, intuía que tendría mil llamadas y mensajes.

—Hay billetes de ida y vuelta, —traté de explicarle—. Reconozco que ha estado muy bien, mucho mejor de lo que nunca me hubiera imaginado. Pero no me voy a convertir en tu amante. Quiero que tengas eso claro. Me consta que eres lo suficientemente inteligente, para comprenderlo. —Le expliqué, al mismo tiempo que me incorporaba de la cama, dirigiéndome al servicio a hacer pis.

Cuando salí a la terraza el sol golpeaba ya con fuerza, ni siquiera tenía tiempo para una ducha. Una de las manías que tengo y que nunca he podido evitar, es que necesito llegar a casa, antes de que mis hijos se despierten. Por suerte, ellos suelen levantarse tarde los fines de semana.

Cogí el vestido que permanecía tirado en el suelo, arrugado como un trapo y me vestí con rapidez. Comprobando, al mismo tiempo, que no había nadie asomado en las ventanas. Don Ramón seguía tumbado en la cama, permaneciendo completamente desnudo. Observé un segundo su cuerpo, pareciéndome en ese momento mucho más frágil y nada deseable. Aproveché ese momento para recoger mis medias perdidas entre las sábanas y las guardé en el bolso. Necesitaba escapar de allí cuanto antes.

—¿Ni siquiera me vas a dar un beso de despedida? —me pidió cuando me alejaba para marcharme.

Con cierta pereza, regresé sobre mis pasos, y agachándome al borde de la cama, me acerqué hasta él y le di un corto y casto beso en los labios.

Pero el viejo, debía de haber recuperado parte de su fuerza, porque entonces noté como su mano intentaba colarse de nuevo bajo mi vestido, con la intención de sobarme. Tan solo llegó a rozarme sutilmente los labios de mi coño, pues amagué hacia atrás justo a tiempo.

—Tengo que irme ya, —indiqué saliendo por la puerta, sin volver a girarme.                                                                   

                                                                                                                               Fin

Deva Nandiny

*Nota de la autora: Si te gustan mis relatos, atrévete ahora con mis novelas: «Seducida por el amigo de mi hijo» y «Primeras Experiencias» en Amazon.

Prologo.

Entré en casa sin hacer ruido, temía que alguno de mis hijos se levantara y me viera llegar a esas horas y de esa forma vestida, sin la compañía de mi esposo. Aún no me había atrevido a encender el móvil.

Fui hasta la habitación, Enrique estaba allí y dormía. Pese a estar molesta con él, al verlo en nuestra cama respiré aliviada. Una parte de mí, había temido que hubiera pasado toda la noche con Olga.

Me quité el vestido y me acosté a su lado completamente desnuda. Lo abracé, él abrió los ojos y sonrió al verme.

—¿Ya estás aquí? —Preguntó dándome un tierno beso en los labios, algo hinchados por la cantidad de besos que había intercambiado con Don Ramón. —¿Qué tal ha ido todo, amor?

—Supongo que lo que quieres saber, es si al final me dejado follar por el viejo, —pregunté, sin ocultar una sonrisa.

—Por las horas que han pasado desde que te marchaste del restaurante, eso lo doy por hecho. Una lástima que no me hayas permitido verlo, —me indicó con cierta pena.

—No se puede tener todo, eso ya deberías saberlo. Tú te has follado a esa zorra, y yo… —respondí sin poder terminar la frase. Aún se me hacía incomprensible que finalmente lo hubiera hecho.

—Si no recuerdo mal, fuiste tú la que me lo pediste. Me aseguraste que para que tú continuaras jugando, yo tenía que follarme a Carmen.

—No hablo de Carmen, me refiero a la otra puta.

Enrique soltó una carcajada.

—Entiendo, joderme a Olga hubiera sido demasiado premio para un cornudo.

—¿Te la follaste? —pregunté directamente, sin ocultar mis celos hacia ella.

—Cuando Carmen se dio cuenta de que os habíais marchado Ramón y tú juntos, comenzó a llorar. Yo acababa de correrme. Te aseguro que esa mujer está como una puta cabra. Solo hacía que insultarte, insinuando que le habías robado a su hombre. Incluso entre sollozos llegó a lamentar que ya nunca viajaría a Roma… Fue casi surrealista, incluso Olga intentó consolarla. Al final tuvimos que acercarla a su casa con el coche.

—Ya… Pero supongo que aprovecharías el estar a solas con tu ex. Lo entiendo. Aún no me he duchado, quería llegar a casa antes de que los niños se levantaran, —Indiqué haciendo el amago de incorporarme, con la intención de ir al baño.

—Olga y yo no pudimos esperar. Nada más bajarse Carmen comenzamos a besarnos allí, dentro del coche. Pero al final, decidimos no hacerlo, mi cabeza estaba en otro lugar. Acababa de correrme con Carmen y yo solo pensaba en que estarías haciendo. Por lo tanto, la acerqué de nuevo al restaurante para que cogiera su coche. Estuvimos hablando de ti y de su padre, y nos despedimos con un beso.

Conocía a mi esposo, sabía que la obsesión por follarme a su jefe era mucho más fuerte que cualquier otro estímulo, incluso el de volver a follar con Olga. Por lo tanto, no me sorprendió demasiado.

—Estarás contento, al final has conseguido que tu jefe se folle a tu esposa.

—¿Dónde se corrió? — Preguntó cada vez más ansioso.

—En mi coño, dentro.

La lengua de mi esposo comenzó en ese momento a lamer mis pechos, y luego fue bajando hasta alcanzar mi sexo. Me fijé en su verga, estaba totalmente empalmado.

—¿Disfrutaste?

—¿Acaso te importa eso?

—Sabes que sí, si tú no disfrutas nada de esto tendría sentido.

—Si me estás preguntando si me he corrido, te diré que pese a su falta de vigor ha sabido complacerme. Pero quiero que te quede claro que yo no soy Carmen, ya se lo he dicho a él esta mañana. No voy a convertirme en una de sus putas.

Él me miró un tanto decepcionado, como si no se esperase algo así.

—¿Me he perdido algo? Noto como si estuvieras molesta conmigo.

En ese momento recordé el motivo de mi enojo con Enrique. Con la intención de que al viejo le fuera más fácil seducirme, le había explicado algunos de mis más oscuros secretos, algo que hasta ese momento yo únicamente le había confiado a mi esposo. También estaba el detalle de que hubiera ido con él, a casa de mis padres. Sin embargo, preferí quedarme callada. «En el pecado lleva la penitencia. Me he follado a su jefe y no ha podido verlo», pensé.

Estaba psicológicamente agotada y no me apetecía discutir. Ya hablaría con él, cuando todo estuviera más calmado.

Mientras me sentaba en el retrete para hacer pis, abrí el bolso con la intención de coger el móvil. Junto al teléfono, encontré un extraño sobre. Con una caligrafía bastante cuidada, escrita con tinta negra, se podía leer: «Cómprate algo bonito en mi nombre».

Entonces abrí el sobre, había varios billetes que no conté en ese instante. En un primer momento, pensé en devolvérselo al día siguiente. «¿Pero por quién me había tomado ese imbécil? Yo no soy como Carmen».

Ya dentro de la ducha, disfrutando con la sensación del agua sobre mi cuerpo, vi todo con otra perspectiva más abierta. Entonces sonreí visualizando un precioso bolso de marca, que había visto ese mediodía en un escaparate del centro. «El lunes me iré de compras, me lo he ganado». En ese momento se abrió la mampara de la ducha, era mi esposo que se acercó con la intención de abrazarme. Me encantó sentir el calor de su cuerpo, fundiéndonos en un apasionado beso bajo el agua.

Nota de la autora:

Considero que es necesario que aclaré con mis lectores algunos puntos de la trama.

Después de aquella noche he mantenido otros encuentros con Ramón, y en el momento de escribir estas líneas, sigo estando abierta a mantenerlos.

A pesar de ello, quiero aclarar que no considero al jefe de mi marido, como uno de mis amantes. Ya que esos escasos encuentros que he mantenido y los que probablemente vendrán, son siempre de forma intermitente y esporádica.

No hay nada que me una a él, solo el morbo que desprenden para mí sus juegos. Por lo tanto, únicamente lo considero un mero instrumento para cumplir alguna de mis fantasías, más indecentes e irrealizables.

En todo este tiempo no he desarrollado por Ramón ningún tipo de sentimiento afectivo, como en cambio, si me suele suceder con otros hombres, con los que sí mantengo una relación de amantes estables.

Considero, que una vez que se ha cumplido el profético título que da nombre a esta saga de relatos, con la que he tratado de contaros mi experiencia con el jefe de mi marido, es el momento idóneo de poner ese punto y final.  Ya que una vez que caí en la tentación de acostarme con él, ya no tiene sentido el seguir prolongando este relato indefinidamente. Sería repetir las mismas cosas hasta el infinito, y yo respeto demasiado a mis lectores.

Si alguna vez decido contar alguna de las experiencias que he tenido, o que pueda llegar a tener, tanto con Don Ramón como con su hija. Lo haré de forma independiente a esta saga. En un único relato.

Solo me queda agradeceros, a los que habéis llegado hasta el final, vuestra paciencia conmigo. Ya que he mantenido al lector demasiado tiempo entre capítulos. Con el peligro que eso conlleva, a una pérdida de interés por el mismo.

Un beso, Olivia.

Un comentario sobre “Entregada al jefe de mi marido (9)

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