ECONOMISTA

31

Salí del trabajo un poco antes para recoger a las niñas del cole. Por fin era viernes, contaba las horas, los minutos y los segundos para la nueva cita el sábado en casa de Mariola. Todavía tenía en la retina la anterior vez que habíamos quedado con ella. Me había dejado en estado de shock.

Fue increíble ver a Claudia besándose con Mariola desnudas en su cama. Pero lo que más morbo me dio fue cuando mi mujer se puso detrás de su amiga y le chupó el culo hasta hacer que se corriera. Me encantó la lujuria con la que Claudia sacó la lengua para pasarla suavemente sobre el ano de Mariola, que se abría ella misma los cachetes facilitándole el trabajo a mi mujer. Fue una noche inolvidable, donde pude sobar unos segundos el culo de Mariola, hasta que me retiró la mano, y después tuve la suerte de contemplar cómo Mariola se follaba a Claudia con un arnés.

Por si fuera poco, terminaron enganchando sus piernas y frotándose el coño la una contra la otra. El ruido de sus vaginas solapadas haciendo fricción es de los que se te quedan metidos en la cabeza para siempre. Sus coños, completamente empapados, se deslizaron entre sí de manera muy fluida hasta que las dos terminaron corriéndose.

Me hubiera gustado participar más, aunque Mariola sí que me dejó hacer alguna cosilla, como chupar el arnés antes de follarse a mi mujer o hacer de mamporrero sujetando la polla de goma para meterla dentro de Claudia.

Supuse que el encuentro del sábado sería parecido a la anterior vez, ya había visto todo el repertorio de juegos que tenían, pero me daba igual. Podría ver aquello mil veces seguidas y en todas ellas me seguiría corriendo encima sin tan siquiera tocarme.

Como decía, aquella mañana salí un poco antes del trabajo para recoger a las niñas del colegio, Claudia tenía comida con Basilio en un pueblo por ahí perdido de la mano de Dios. Esa era otra, el jefe de mi mujer. Estaba al corriente de todo lo que estaba pasando entre ellos.

Según Claudia, ahora era ella la que mandaba, primero se había presentado en su habitación y había restregado su culo contra el paquete de Basilio haciendo que se corriera patéticamente en los calzones y no solo había pasado eso, incluso en el trabajo le había provocado, jugando con él, hasta masturbarle con los pies sobre el pantalón.

Pero ahora cada viaje que hacía con Basilio no hacía más que darle vueltas a lo que podría pasar entre ellos. Claudia me había asegurado que no iba a volver a acostarse con él, pero ya no lo tenía tan claro, pues seguía viendo a mi mujer con muchas ganas de sexo. Cada vez más.

Y ahí es donde entraba Toni, el sexo con Mariola estaba muy bien y era muy excitante, pero Claudia lo que quería era disfrutar de una buena polla. En los últimos días, por fin, ya había convencido a Claudia para quedar con Toni.

Solo nos faltaba decírselo oficialmente y concertar una fecha y sitio para la cita.

Yo tampoco es que estuviera muy calmado, cualquier cosa me ponía cachondo, es lo que tenía el llevar varios días sin correrme, como solíamos hacer cuando teníamos una cita con una tercera persona, Claudia me había prohibido tocarme durante toda la semana y ella me aseguró que iba a hacer lo mismo. El sábado en casa de su amiga quería estar lo más caliente posible para brindarme otro gran espectáculo.

El día estaba siendo muy tranquilo, era la calma que precedía a la tormenta. Las dos siguientes semanas iban a ser una locura de actos, mítines electorales y reuniones, esta tan solo habían quedado en dos pueblos con los alcaldes respectivos, el miércoles y el viernes.

A media mañana había pasado a buscarlos Modou por la Consejería. El senegalés se sentía intimidado por Claudia, aquella mujer le imponía mucho, y desde el sábado no hacía más que darle vueltas a lo que había pasado con ella y su amiga. Se había corrido todos los días oliendo el tanguita que Claudia le había regalado y que llevaba guardado en una bolsita de tela bajo del asiento.

Ahora Claudia parecía una mujer lista, culta, elegante, educada y honorable. El sábado con ese vestido blanco, las botas negras altas por encima de las rodillas y con unas copas encima, no era más que una puta de lujo.

Se dejó agarrar por la cintura cuando se bajaron del taxi, cuando Basilio ponía su mano allí ella movía descaradamente las caderas al andar, haciendo que su jefe siempre terminara con una buena erección bajo los pantalones. Además, sabía del gusto de Basilio por los zapatos y por los pies, esto es una cosa que había descubriendo poco a poco y cuando iban montados en el taxi cruzó las piernas de tal forma que sus zapatos quedaron a la vista de él, incluso le rozó disimuladamente las piernas con los tacones y notó como Basilio se puso muy tenso.

No quiso forzar ningún encuentro con su jefe durante toda la semana. Quería jugar con él y tenerle desconcertado con su comportamiento. Le recordaba mucho a lo que había hecho con Don Pedro, unos días era una zorra sutil que le provocaba y otras veces se hacía la dura sin darle pie a ningún tipo de acercamiento.

Esos dos días, que tuvieron las citas en los pueblos, lo único que le dejó fue que le pusiera la mano en la cintura y poco más, y en el taxi enseñarle los zapatos y rozarle con los tacones el muslo hasta hacer que se le pusiera dura.

Cuando volvieron el viernes por la tarde, Modou les dejó en la Consejería a los dos, pues ambos tenían el coche en el parking. No era muy tarde, sobre las seis, y Basilio le dijo a Claudia que iba a entrar al edificio.

―Quiero pegarle un repaso a la programación de la semana que viene, no quiero que se nos escape ningún detalle de la campaña… ―dijo Basilio.

Entonces Claudia se dio cuenta de que en el parking solo había seis o siete coches y que a esa hora en la Consejería no quedaba casi nadie de los funcionarios que trabajaban allí. Y vio una nueva oportunidad de jugar con él.

―Espera que te acompaño, así terminamos antes, si te parece bien… ―le dijo Claudia.

―Claro, estupendo.

El edificio estaba casi vacío, en cuanto entraron saludaron al de seguridad y le dijeron que iban a estar un rato trabajando. Luego subieron en el ascensor hasta la planta donde Basilio tenía su despacho.

―Qué raro se me hace que haya tan poca gente ―dijo Basilio.

―Sí, es extraño.

Estaban las luces medio apagadas, pues no había nadie trabajando, y Basilio agarró a Claudia por la cintura hasta su despacho, no se cortó un pelo en llevarla así mientras pasaban andando entre las mesas vacías de su planta.

Aunque era viernes Claudia había decidido que ese día no iba a ir a la clase de pádel, quería evitar la tentación de un nuevo encuentro con Lucas en su coche, le había prometido a su marido que iba a estar toda la semana sin correrse, cuando ella estaba acostumbrada a un orgasmo diario, si no eran dos, y ya estando a viernes el cuerpo le pedía a gritos una buena corrida.

Antes de entrar en el despacho de Basilio se quedó fuera unos segundos, liberándose disimuladamente del abrazo de su jefe y llamó a su marido.

―Hola, David, nada que llegaré un poco más tarde, ya estamos aquí, pero estoy trabajando en la oficina, con Basilio, tenemos que revisar unas cosillas que tenemos pendientes…

A su marido le costó asimilar toda la información que estaba recibiendo. ¿Con su jefe en su despacho? ¿A solas una tarde de viernes? Cuando Claudia colgó la llamada, la cabecita del cornudo ya estaba en completa ebullición.

Esa había sido su intención, llamar al pobre David para provocarle y tenerle todavía más cachondo para la cita del día siguiente con Mariola.

Pasó decidida al despacho de Basilio, se quitó la cazadora dejándola sobre la silla y se sentó a su lado. Estaba muy guapa con una camisa blanca sencilla sin cuello y unos vaqueros oscuros. En los pies llevaba unos botines bajos con mucho tacón que habían vuelto loco a Basilio en el taxi hasta llegar a la Consejería. Le había rozado el muslo varias veces e incluso le llegó a clavar un poco el tacón.

―Me he preparado un par de discursos para los mítines, y me gustaría que tú también lo hicieras.

―¿Yo? ―le preguntó Claudia―. No me habías dicho nada.

―Lo sé, pero estaría bien que subieras algún día, tienes que empezar a darte a conocer, se lo dije al Consejero y le pareció buena idea.

―Vale, no hay problema, pero espero que me ayudes a preparar un discurso, no sé ni qué decir.

―Nada tranquila, eso lo solucionamos sin problemas, por cierto, y cambiando de tema, ya está casi confirmado que el Consejero no va a continuar.

―Algo había oído.

Por cómo lo decía, estaba claro que Basilio esperaba que ese puesto fuera para él. Si hacía caso a los sondeos iban a ganar las elecciones y él había hecho los suficientes contactos y relaciones durante muchos años para llegar, por fin, al puesto que tanto deseaba.

―Espero poder seguir contando contigo, Claudia. Te quiero siempre en mi equipo.

―Muchas gracias ―dijo Claudia cruzando las piernas prácticamente poniendo uno de sus botines sobre el muslo de Basilio.

―Bueno, vamos a organizar un poco la agenda de estas dos semanas, ahora es cuando hay que apretar, Claudia, tenemos que visitar varios sitios…

―Sí, ya había visto la agenda.

―El viernes, dos días antes de las elecciones, hemos preparado una buena para el acto final de campaña, va a venir hasta el Secretario General Nacional del partido, ese día nos han pedido que uno de la Consejería suba a hablar y me ha pedido el Consejero que sea yo, y me gustaría que esta vez me ayudaras a preparar el discurso.

―Vale, sin problemas…

―De todas formas, iban a intentar buscar otro hueco, puede que tengamos que ser dos los que subamos, así que si quieres tú también puedes hacerlo.

―Ese día prefiero que no, delante de todos, ¡menuda presión!, prefiero en un sitio más tranquilo…

―¡Lo vas a hacer genial!, pero si tú no te pones nerviosa nunca.

―No te creas, los nervios van por dentro.

Estuvieron repasando la agenda de esas dos semanas de campaña electoral y luego hicieron un pequeño esquema de sus discursos, ayudándose mutuamente hasta dejar un boceto más o menos desarrollado. Basilio dictaba y Claudia iba escribiendo en el ordenador de su jefe. Al final se les hizo un poco tarde. Estuvieron trabajando más de dos horas y media.

―Creo que me voy a ir ya, ufffff, ¡qué ganas tengo de llegar a casa y quitarme los zapatos! ―dijo Claudia moviendo el pie delante de Basilio.

―Sí, sí normal, con ese tacón… tienes que estar molida…

―Todo el día por ahí, tengo los pies, ¿te importa? ―dijo bajando la cremallera de uno de sus botines y masajéandose un poco los dedos ante la incrédula mirada de Basilio.

―No, no claro.

―Ahggggg, ¡qué gusto!, por favor, en cuanto llegue a casa los meto en agua caliente… tú no darás buenos masajes de pies, ¿no?

―Ehhh, nooo… bueno no sé, creo que los daba bien, hace tiempo que…

Sin dejarle terminar la frase, Claudia extendió la pierna apoyando sus pies sobre el regazo de Basilio que se encontró con ese regalo inesperado. Inmediatamente, se le puso dura bajo el pantalón del traje.

Con las dos manos apretó la planta del pie derecho de Claudia y esta se mordió los labios.

―Ummmmm, ¡¡qué bueno!!

Aquellas palabras encendieron más a Basilio que miró fuera de su despacho para asegurarse que seguían solos. Iba a tener que dar muchas explicaciones si alguien entraba allí y le encontraba masajeando el pie de su ayudante.

Claudia se recostó en la silla, cerrando los ojos, y dejó que Basilio, hipnotizado por esos pies, siguiera un buen rato haciéndole un estupendo masaje. Aunque llevaba medias oscuras a Basilio le daba igual, le encantaba el olor de las medias, mezclado con piel de zapato y el sudor de Claudia. Tenía los pies pequeñitos, como ella y lo dejó apoyado sobre su muslo para poder tocarle mejor.

El pie de Claudia empezaba a estar peligrosamente cerca de su paquete.

Y a ella le encantaba provocar a Basilio, sabía que con esos jueguecitos le estaba poniendo a mil, y ese día era francamente peligroso, pues si él se encendía se encontraban solos y podía verse en una situación peligrosa. Además, ya conocía a Basilio, era de los que no se andaban por las ramas, aunque últimamente le tenía sumiso a lo que ella quería.

―Bueno, creo que ya va siendo hora de que me vaya… ―dijo Claudia bajando la pierna de su regazo.

―¿Y el otro pie?, ¿no quieres que te lo masajee? ―preguntó Basilio esperando con sus manos listas para continuar.

―¿Te apetece?

―Claro, sin problema.

Muy despacio Claudia se agachó y fue bajando la cremallera del otro botín, hasta quitárselo y luego subió el otro pie sobre el muslo de Basilio.

―Mmmmmm, ¡¡qué bien!!, estoy a punto de quedarme dormida, eres muy bueno… ―le dijo Claudia con voz sensual en cuanto él apretó la planta.

Basilio abrió las piernas y se acercó a Claudia, si dejaba caer su pierna ella le pondría el pie encima del paquete. Es lo que estaba buscando. Que ella, al menos, volviera a hacerle otra paja por encima del pantalón, como la anterior vez.

―Ahora sí, Basilio, me voy a ir… ―dijo Claudia leyendo las intenciones de su jefe.

―No, por favor ―le suplicó él sin soltarle el pie.

Al momento pareció darse cuenta de lo que estaba haciendo y avergonzado soltó a Claudia dejando que bajara la pierna. Claudia sonrió al ver la tremenda erección que tenía Basilio bajo los pantalones. Era demasiado evidente.

Se incorporó sujetando la chaqueta con la mano y Basilio hizo lo mismo mostrándole la salida con un brazo mientras con el otro rodeaba la cintura de Claudia. No pudo resistirse cuando ella dio dos pasos moviendo descaradamente la cadera para provocarle más y antes de salir Basilio se detuvo, sujetando a Claudia por el brazo.

―Espera un momento…

―¿Qué pasa, Basilio?

Y se lanzó desesperado intentando besar a Claudia que le esquivó apartando la cara.

―¡¡Pero, ¿qué haces?!!

―No te vayas ahora, por favor… ―dijo Basilio agarrándola por la cintura rodeando su cuerpo.

―Para, Basilio, te lo digo en serio.

Pero él no podía pensar bien con la empalmada que llevaba. Claudia se resistía como podía, en el fondo sentía que tenía controlada la situación, aunque había jugado con fuego. Por si acaso le soltó un sonoro bofetón que hizo que su jefe se apartara inmediatamente hacia atrás, poniéndose la mano en la cara y mirando a Claudia horrorizado.

Ella avanzó dos pasos con firmeza y le agarró el paquete con fuerza por encima del pantalón.

―Si te digo que pares, es que pares… ¿me has oído?

Ahora fue Basilio el que intentó zafarse de la mano que le estrujaba las pelotas, pero Claudia le tenía bien sujeto. Le soltó bruscamente empujándole contra la mesa y antes de salir por la puerta volvió dónde estaba él y le desabrochó el pantalón.

Basilio no sabía lo que estaba pasando. Aquella mujer estaba loca de atar, primero le daba un bofetón y ahora le abría la bragueta. En cuanto sintió la mano de Claudia agarrando su pito le temblaron las piernas.

―¡¡No, no me toques!! ―dijo Basilio intentando manosear las tetas de ella.

Pero ahora mandaba Claudia y le puso el antebrazo sobre el pecho apartándole hacia atrás. Con la otra mano había comenzado a pajearle y Basilio se movía forcejeando con ella.

―¡No me toques!, ahhhhhhh… ―gimoteó él.

Se resistía todo lo que podía, intentando, sin suerte, tocar el cuerpo de Claudia, pero ella le apartaba las manos y para demostrarle quien mandaba le volvió a pegar otra cachetada en la cara. Esta vez Basilio se quedó inmóvil, pues no se lo esperaba. Y dejó de resistirse, apoyando el culo contra la mesa, derrotado, mientras Claudia le seguía masturbando.

La polla de Basilio no tenía nada que ver con la Víctor, pero tampoco estaba nada mal, le gustaba que tuviera el pelo púbico salvaje, y además se le había puesto muy dura. Mirándole a los ojos incrementó el ritmo de la paja haciendo más presión con la mano y en apenas un minuto su jefe comenzó a correrse allí de pie, en medio de su despacho.

―Ahgggggg, ahhhgggggg, no me toqueesssss, no me toquesssss!!! ―jadeó mientras liberaba la excitación acumulada del viaje, manchando de semen su propia camisa.

Claudia le exprimió hasta la última gota y luego subió la mano restregándosela por la cara hasta rozar sus labios, dejándole una marca de lefa cruzando su mejilla.

―¡Buen chico! ―dijo Claudia dándole unas palmaditas en el pecho, como si fuera un perro que acabara de domesticar.

Luego recogió la chaqueta y se dio la vuelta andando despacio hacia la puerta para que Basilio pudiera contemplar su pequeño y redondo culo embutido en los vaqueros. Y se fue dejando a Basilio confundido y avergonzado ante lo que acababa de pasar.

¿De dónde diablos había salido esa mujer?

Sobre las nueve de la noche llegó Claudia a casa. Yo estaba muy nervioso esperándola, sabiendo que acababa de estar a solas con su jefe en el trabajo. Había fantaseado tantas veces con una escena de ese tipo que en cuanto subió a la habitación, después de saludar a las niñas, me fui detrás de ella.

Claudia estaba sentada en la cama, quitándose la ropa. Se desnudó por completo antes de meterse en la ducha. Yo no decía nada y ella tampoco. No hacía falta. Su cara estaba encendida y yo conocía perfectamente a mi mujer y sabía cuándo estaba cachonda. Y en ese momento lo estaba.

Me quedé mirándola desde fuera como se duchaba, como enjabonaba su cuerpo, como se tocaba las tetas, con la espuma resbalando por su espalda perdiéndose entre sus glúteos. Después se aclaró el pelo y me vio allí de pie, parado. Observándola detenidamente.

Salió de la ducha y se puso una toalla en el pelo y otra envolviendo su cuerpo.

―¿Estás bien, Claudia?, ¿ha pasado alg…?

―Acabo de hacerle una paja en su despacho ―dijo sin dejarme terminar la pregunta.

―¿Una paja?, ¿a Basilio?…

―Claro, ¿a quién va a ser?

―¿Y se ha corrido?

―Sí.

―¿Y él a ti te ha tocado o te ha hecho algo?

―No, y que ni se le ocurra… ―me contestó Claudia con una extraña cara de satisfacción y empoderamiento.

―Joder, Claudia, ¿me lo quieres contar? ―dije yo visiblemente emocionado y erecto ante la confesión que mi mujer me acababa de soltar.

―¿Para qué?, ¿para que te corras en los pantalones?… de eso nada, mañana te quiero bien caliente.

―Uffff, llevo todo el día pensando en eso.

―Yo también.

―¿Tienes ganas? ―dije acercándome a ella para abrazar su cuerpo desnudo.

Claudia se quitó la toalla que envolvía su pelo y pegó la cabeza en mi pecho.

―Muchas, ni te imaginas cómo estoy, llevo demasiados días sin correrme, va ser un día muy especial… ―dijo Claudia haciendo que mi polla temblara―. Pero relájate un poco o no vas a llegar a mañana ―y me rozó con las uñas recorriendo mi miembro suavemente por encima del pijama.

Luego se dio la vuelta y comenzó a vestirse. Me dejó ver cómo se ponía las braguitas y el sujetador con sensualidad y cuando terminó me echó de la habitación.

―Ya has tenido suficiente por hoy, cornudo… ya te puedes ir… y mañana espero que estés a la altura en casa de Mariola y no me dejes en evidencia… como siempre…

32

La vida de Víctor se había vuelto rutinaria. Estaba agotado y eso que apenas llevaba diez días desde que había nacido su hija María. Se levantaba prontito, desayunaba en la preciosa terraza de su nuevo apartamento y luego se iba a casa de Coral a pasar el día con ella.

Prácticamente hacían vida de pareja, estaba en su casa muchas horas, cambiaba el pañal a su hija, comían juntos, iban a dar paseos con el carrito, le hacía la compra. Y así hasta que llegaba la noche y le hacía el relevo la madre de Coral.

Muchas tardes además tenía que aguantar las visitas de sus amigos, y ese día se acercaron Luz y su marido a ver a la peque. La situación entre ellos era más bien tensa, Luz intentó disimular todo lo que pudo para que Marc no notara nada raro entre ellos. Salieron juntos a dar un paseo y Víctor le preguntó a Luz cómo estaba lo de la firma de su apartamento.

―Ya está casi preparado, a finales de semana o a principio de la que viene ya tienes la escritura y el apartamento será tuyo…

―Bueno, más bien del banco, de momento, jajajaja, luego cuando quieras puedes empezar a trabajar en lo de la decoración, si te parece bien.

―Sí, sí, ahora tengo un par de cosillas pendientes y luego llega el verano, a ver si me puedo organizar, ya te comentaré algo… ―dijo Luz dándole largas a Víctor.

Estaba claro que Luz no quería volver por allí. Se encontraba rara paseando con su marido, su mejor amiga y el tío que era padre de su hija que iba empujando el carrito del bebé. Había cometido una de las mayores estupideces de su vida al acostarse con aquel cabronazo y no quería volver a repetirlo.

Víctor no le quitaba ojo de encima a la pelirroja, recordando lo que había pasado. Mientras Coral rompía aguas él se corría dentro de su mejor amiga. Luz llevaba unos vaqueros que le marcaban un culazo muy bonito, iba por delante de él hablando con Coral y Marc iba a su lado contándole algo aburrido de su trabajo. No soportaba a aquel fanfarrón disfrazado de intelectual.

―Te queda genial el carrito ―dijo Marc con su vozarrón mientras le daba unos golpecitos en la espalda.

Cuando terminó el paseo ya no quisieron subir al piso con ellos y se despidieron abajo.

―Esta semana te llamo y te digo algo del tema de la decoración… ―le dijo Luz a Víctor al darle dos besos.

Un rato más tarde apareció la madre de Coral a relevarle. Ya era casi de noche. Antes de volver a su casa solía pasarse por el hotel de Fermín y Marisa, donde tantas veces se había hospedado y cenaba allí. Aquella noche estaba Arancha con su hijo, estuvieron hablando un rato, estaba más calmada que la anterior vez que se vieron, cuando ella, a punto de dar a luz, bajó a su habitación embarazada de nueve meses buscando sexo desesperadamente. El ser madre le había sentado muy bien, incluso estaba más guapa, con su pelo rizado y la piel súper bronceada, como siempre.

Aquella noche se la hubiera follado otra vez. Sin dudarlo. Habían pasado más de diez días desde la última vez que había tenido sexo con Luz y Víctor tenía muchas ganas de echar un polvo. Era un auténtico cabronazo, pero no lo podía remediar, le gustaba demasiado follar.

Mientras hablaba con ella solo podía pensar en acostarse con ella, no respetaba nada, era la hija del entrañable matrimonio que siempre le había tratado de maravilla en su hotel, pero le daba igual. Era un cerdo sin escrúpulos. Si lo había intentado hasta con Paloma, la mujer de su mejor amigo. La lista de mujeres que habían sido infieles a sus parejas con él era interminable: Claudia, Paloma, Luz, Arancha, Judith, Teresa… y más, muchas más.

La hija de los dueños del hotel no le dio una mínima oportunidad, así que cuando terminó de cenar se fue a dar una vuelta y se metió en un bar él solo a tomar algo. No tardó en divisar un objetivo. Había un grupo de tres chicas tomándose una caña, debían tener sobre cuarenta años.

Ellas se percataron del atractivo hombre que había entrado al bar. Llevaba una camisa blanca con tres botones desabrochados y se pidió un cóctel. Enseguida se dio cuenta de que las mujeres le miraban y las saludó con la mano poniendo su sonrisa de seductor. Al más puro estilo de las películas americanas le dijo al camarero.

―Pon a aquellas chicas otra ronda de lo que estén tomando, invito yo…

Y el camarero se acercó a ellas y les dijo algo mientras los cuatro miraban hacia Víctor. Las chicas inmediatamente fueron donde estaba él y se presentaron.

Raquel, Isa y Mónica.

Eran tres hermanas que habían hecho una pequeña escapada a la isla, previa a la despedida de soltera de Mónica que se iba a casar en un par de meses. Mónica era la hermana pequeña y las otras dos estaban casadas también. Víctor les contó un poco su historia y estuvieron charlando casi una hora.

―Bueno, nosotras nos vamos a ir ya, mañana tenemos que madrugar para coger un vuelo ―dijo la mayor.

―¿Tan pronto?, quedaros un poco más…

―Sí, nos podíamos quedar un poco más, todavía no son ni las doce ―dijo Isa que era la que parecía que tenía más ganas de fiesta.

―Yo estoy muy cansada.

―Y yo también…

―Pues quédate tú ―le dijo Víctor a Isa―. Prometo llevarte al hotel sana y salva.

―Venga nos tomamos una más…

―Nosotras nos vamos ya, vamos, Isa, que siempre haces lo mismo.

―¿Dónde tenéis el hotel? ―preguntó Víctor.

―Está aquí al lado.

―No vamos a dejarte sola con un desconocido ―dijo Raquel ejerciendo de hermana mayor―. No te ofendas eh, eres muy guapo, pero mi hermana no se va a quedar contigo.

―Ya soy mayorcita para decidir eso, ¿no? ―contestó Isa indignada.

―Tranquilas, chicas, no quiero una pelea de hermanas, mirad, vamos a hacer una cosa, os acompaño hasta el hotel y allí me tomo la copa con Isa, ¿os parece bien?

―Por mí perfecto ―dijo Isa.

Como les había dicho Víctor se fue con las tres hermanas hasta el hotel que tenía una pequeña terraza que estaba vacía, era una noche de abril fresquita y no apetecía mucho sentarse allí a tomar algo, pero finalmente Isa se despidió de las hermanas y les dijo que no tardaría en subir a la habitación que compartían las tres.

Se quedaron solos Isa y Víctor, el médico le invitó a otra copa, se notaba que a ella le gustaba beber y estaba más animada de lo normal. Isa le estuvo contando un poco su vida, estaba en el paro, tenía dos hijos, cosas de esas, 39 años, pelo castaño, era alta y delgada, con las piernas muy largas, no tenía nada especial, un culito plano y dos tetas normales, pero tenía su atractivo.

―Creo que voy a irme ya, mis hermanas me estarán echando de menos…

―Llámalas y les dices que estás bien, para que no se preocupen…

―Es un poco tarde, a ver si van a estar dormidas y se van a cabrear conmigo.

―Pues mándales un WhastApp para que se queden tranquilas.

Isa les mandó un mensaje a sus hermanas y luego le dijo a Víctor que ya se tenía que ir.

―¿Te puedo preguntar por qué te has quedado conmigo sola a tomar una copa?

―Pues no lo sé, me pareces muy guapo, y bueno, mi vida es muy aburrida, solo hago tareas de casa, ir a buscar a los niños al cole, más tareas de casa, ayudarles con los deberes, así salgo un poco de la monotonía, tampoco creo que esté haciendo ninguna locura…

―¿Cuántos años llevas casada?

―Diez.

―Es una pena que nos hayamos conocido en estas circunstancias y tengas tanta prisa, me hubiera gustado estar más tiempo contigo…

―A mí también…

―Y todavía estás a tiempo de hacer una locura ―dijo Víctor bajando la mano y tocando la rodilla de Isa por debajo de la mesa.

―Esa época creo que ya ha pasado.

―¿Qué época?

―La de hacer locuras.

―¿Por qué?, todavía eres joven y muy guapa.

―Eso se lo dirás a todas, menuda pinta de mujeriego que tienes…

―Sí, eso me lo dicen mucho últimamente, no sé por qué será…

―Pues por algo te lo dirán…

―Entonces, ¿te animas a hacer esa locura? ―dijo Víctor volviendo a tocar la rodilla de Isa.

―Uy, no, quita, quita, además seguro que mis hermanas me lo notarían enseguida, me muero de la vergüenza ―dijo Isa retirándole la mano.

―¿Y que lo mismo te da lo que piensen tus hermanas?, por lo que veo eres el patito feo, ¿verdad?

―¿El patito feo? ¿A qué te refieres?

―Mira, he estado un rato con las tres y me he dado cuenta en unos minutos, cuando digo patito feo no me refiero a que seas fea, de hecho me pareces la más guapa de las tres, pero Raquel es la mayor, la dominante, la protectora, y Mónica la hermana pequeña, la mimada de la familia, la consentida y tú… bueno, tú te has quedado un poco en tierra de nadie, suele pasar con los medianos, sientes que te juzgan cuando bebes una copa de más, eres siempre la nota discordante, te has quedado sin un papel claro, por así decirlo.

―Sí, puede ser ―dijo Isa moviendo los hielos de su copa y apurándola con un último trago.

―¿Cómo quieres recordar este viaje?, un aburrido viaje con tus hermanas o la última vez que hiciste algo atrevido, piénsalo… luego puedes volver a tu vida familiar…

―Menuda labia tienes tú… no te gusta que te digan que no, eh…

―No, si veo que ella está deseando hacerlo…

―Lo he pasado muy bien contigo, pero…

―Podemos hacerlo como quieras, puedo alquilar una habitación en este mismo hotel o… mira, allí hay unos baños en el hotel, no hay nadie por aquí, vamos ―dijo Víctor metiendo la mano bajo la mesa y ahora acariciándole el muslo.

―Para, tío, me voy a ir…

―¿Y por qué ahora no me retiras la mano? ―dijo Víctor subiéndola por su pierna hasta llegar a su falda.

―No, no, para… uffff, para.

―Vamos, te mueres por hacerlo y yo estoy deseando follarte, ¿dónde quieres que lo hagamos?, me parece que la idea de esos baños solitarios te ha gustado…

Isa miró a los lados, no había nadie por allí, tan solo el camarero que estaba dentro del restaurante.

―No, me voy a la habitación, lo siento, de verdad que no puedo hacer esto…

―Está bien, no pasa nada, pero deja que al menos te acompañe hasta la entrada.

Víctor retiró la mano que tenía bajo la mesa, el rostro de Isa de repente se suavizó liberando la tensión de los momentos previos, ella no quería ponerle los cuernos a su marido y tirar por la borda su acomodada vida familiar. Fueron andando hasta la entrada del hotel pasando al lado de los baños que estaban junto al restaurante.

Entonces, Víctor le cogió de la mano a Isa y tiró despacio de ella.

―No hay nadie por aquí, vamos…

Ella volvió a dudar mirando hacia todos los lados y Víctor viendo su indecisión le agarró la mano más fuerte hasta que llegaron a la puerta de los baños, les abrió con rapidez y pasaron dentro. Eran grandes y estaban muy limpios, en cuanto entraron se encendió una luz automática y Víctor abrazó a Isa por la cintura e intentó besarla. Ella se resistió un poco más.

―Va a ser rápido, me gustas mucho…

―No, Víctor, tú también me gustas, pero…

―Shhhhh, solo déjate llevar ―dijo él lanzándose a su boca.

Esta vez Isa le correspondió el beso con un pico rápido, pero luego le apartó la cara.

―No, Víctor, noooooo…

Pero las manos de él ya se habían metido bajo su vestido y le estaba sobando el culo por encima de las medias. Luego la besó por el cuello e Isa negó con la cabeza, pero su cuerpo le había traicionado. Ya estaba a merced de las garras de ese seductor. Cuando Víctor volvió a la carga esta vez sí le correspondió el beso empezando a morrearse con él, antes de entrar al reservado de las chicas.

Isa le fue desabrochando el pantalón mientras él le bajaba las medias y las bragas y cuando metió la mano por su bragueta se sorprendió de la enorme polla de Víctor. No tenía nada que ver con la de su marido. Eso todavía le dio más morbo, miró hacia abajo para poder vérsela bien, pensaba que esas pollas solo existían en las películas porno.

Aquel tío tenía una verga grande y perfecta y ella se la acarició despacio antes de cerrar la mano sobre su tronco, se dio cuenta de que no se la llegaba a abarcar con sus dedos y lo que más le gustó fue lo dura que estaba. Pensando en su polla no se había percatado de que Víctor ya le estaba manoseando el coño atacándola por detrás.

―¿Tienes condones? ―preguntó ella.

Es verdad que a Víctor no le gustaba nada usarlos, pero sabía que la ocasión podía surgir en cualquier momento así que siempre llevaba alguno disimuladamente escondido en su cartera. Lo sacó y se lo dio a Isa.

―Pónmelo tú…

Ella estaba tan nerviosa que apenas atinaba a poderlo abrir, mientras Víctor seguía tocándole el coño y apretando con ganas su culo. Cuando lo tuvo listo lo puso sobre su polla que apuntaba hacia arriba y se lo fue desenroscando poco a poco por todo el tronco. Luego se dio la vuelta dándole la espalda y se subió el vestido.

―¿Quieres que te la meta ya? ―dijo Víctor triunfal, restregándosela entre los labios vaginales.

Era lo que más le gustaba. Esos momentos cuando ellas ya se desinhibían por completo y se ofrecían a él para ser folladas y ponerles a sus parejas unos buenos cuernos. Algunas eran más duras de convencer, otras menos, pero esos segundos antes de penetrarlas eran majestuosos.

―¡Sí, hazlo, mmmmmmm!

Se acercó despacio metiéndosela lentamente, ella echó el culo más hacia atrás hasta que se sintió llena por completo. Después Víctor se la sacó dejándola apoyada a la entrada de su coño. Isa suspiró y le buscó moviendo sus caderas para que volviera a penetrarla.

―¡¡Métemela, métemela!!, no la saques, vamos, fóllame… ―le suplicó Isa.

Ella misma se la puso a la entrada y se lanzó hacia atrás disfrutando de esa sensación de verse otra vez empalada. Entonces Víctor la agarró por la cintura y se dejó de contemplaciones comenzando a follársela bien duro. La embestía con ganas e Isa apoyó las manos en los azulejos dejándose follar al ritmo que él ponía.

Se giró un poco buscando su boca y Víctor se inclinó sobre su espalda para morrearse unos segundos con ella antes de empujarla de nuevo hacia delante y follársela todavía más fuerte. El ritmo de sus acometidas era muy salvaje e Isa se abandonó al placer gimiendo y llegando al orgasmo, sin importarle que alguien pudiera escucharlos desde fuera. Así hasta que Víctor ni tan siquiera la avisó cuando comenzó a correrse dentro de ella.

Se quedó parado unos segundos y le sacó la polla de su interior. Isa se dio la vuelta totalmente acalorada. Hacía tiempo que su marido no se la follaba con esa violencia. Víctor se pegó a ella volviendo a besarla, esta vez con ternura.

―Ufff, me ha encantado follarte, Isa…

―A mí me ha gustado también, pero debería irme ya… ―dijo ella avergonzada comenzando a subirse las medias y sus braguitas.

Antes de despedirse dentro del baño, le dio un pequeño beso en la boca y le dejó allí plantado, todavía con el condón puesto.

Estaban sentados en el sofá abrazados, Luz estaba hecha un pequeño ovillo dentro del enorme cuerpo de su marido que le manoseaba el trasero desde hacía unos minutos.

―Anda, que vaya estampa, el tal Víctor empujando el carrito del bebé, ¿ahora qué se cree, el padre del año?, jajajaja, menuda le ha caído a Coral con ese…

―Bueno, por lo menos está con ella, y no se ha desentendido de la niña.

―Ya, eso sí, y encima Coral, como siempre, ya se ha encoñado de ese tío, se nota a distancia, joder con tu amiga… le pasa igual con todos, bueno con este todavía ha ido más lejos que ha dejado que la preñe… en fin… ¿te ha comentado algo?, le gusta, ¿verdad?

―Sí, ya sabes cómo es.

―Es que no aprende, pues ya es mayorcita para…

―Bueno, deja el tema, que no me apetece hablar ahora de eso.

―Es que me cae muy mal el tal Víctor, no lo puedo remediar, vale, vale… ya me callo, vamos a cambiar de tema ―dijo Marc metiendo su manaza en el trasero de Luz―. Hoy no estaría mal…

Cuando llegó con los dedos a su coño ella se retiró hacia un lado, no le apetecía nada tener sexo con su marido. Últimamente cada vez tenía menos ganas de acostarse con él, y desde que había follado con Víctor no le había dejado penetrarla, pues se sentía sucia y muy mal consigo misma.

―No me apetece, de verdad.

―Joder, Luz, no sé qué te pasa, llevamos tiempo sin hacer nada de nada…

―Perdona, sí, es que estoy cansada, estos días estoy teniendo mucho trabajo…

Para que su marido no se pusiera tan pesado e insistente y sobre todo, para que no empezara a mosquearse por su comportamiento y pudiera sospechar algo de su affair con Víctor, le sacó la polla del pantalón y comenzó a masturbarle.

Le hizo una paja normalita sentados frente a la tele hasta que su marido gruñó como un cerdo antes de correrse echándoselo todo encima.

Después Luz se fue a la cama intentando no pensar en Víctor, pero tarde o temprano iba a tener que enfrentarse con él. Se había comprometido a decorarle el interior de su apartamento y ese trabajo era lo que más le gustaba en esta vida. Además, ¡aquella casa tenía tantas posibilidades!, hacía tiempo que no estaba tan ilusionada con un proyecto así y el trabajo de decoradora escaseaba en la pequeña isla, se había tenido que ir buscando la vida colaborando con alguna inmobiliaria, pero ella no era vendedora de pisos.

El único pero era Víctor. Le daba miedo tener que trabajar en su casa tantas semanas después de haberse acostado con él. Sabía que el médico iba a volver a insistir, pero ella tenía que ser fuerte. Lo que pasó con Víctor fue un error del que estaba muy arrepentida.

No podía tener una aventura con el padre de la hija de su mejor amiga. No podía hacer eso nunca más.

33

Sin tiempo de asimilar lo que había pasado el día anterior entre Claudia y su jefe, dejamos a las niñas en casa de mis suegros. Teníamos una nueva cita con Mariola. Mientras íbamos en el coche mi mujer intentaba transmitir tranquilad, parecía relajada dentro de lo que cabe, aunque yo la conocía bien.

Ese rictus en la cara solo se le ponía cuando estaba excitada. Y aquella noche de sábado Claudia lo estaba. Lo mismo que yo, que llevaba el corazón acelerado y tenía la misma sensación de nervios y hormigueo en el estómago que cuando quedábamos con Víctor en Madrid. Estaba tan sobrepasado por la situación que iba ser un juguete en manos de aquellas dos MILF. Me daba mucho miedo de lo que pudieran hacer conmigo.

Claudia llevaba una falda larga de color salmón y un polo azul clarito de Lacoste. Pija, pero elegante con unas sandalias de cuña. Llegamos a casa de Mariola con una botella de vino blanco y la amiga de mi mujer salió a recibirnos dándonos dos besos.

Mariola iba vestida en plan hippie-casual, estaba descalza, llevaba una falda larga también con dibujitos rojos y una camiseta gris de estas amplias. Me gustó mucho el detalle de las pulseritas, muy al estilo de Marina, y sobre todo que se hubiera pintado de rojo las uñas de los pies y de las manos.

Estaba claro que se había puesto de acuerdo con mi mujer, porque Claudia también llevaba sus uñas pintadas y ninguna de las dos apenas se habían maquillado la cara, por lo que lucían un aspecto muy natural.

Le dimos la botella de vino y Mariola nos sentó a la mesa donde ya tenía preparada una cena en plan picoteo. Un plato de jamón, hummus de aguacate, chips de berenjena, piruletas de queso, chupito de gazpacho, champiñones rellenos y unas mini pizzas. Todo tenía una pinta estupenda. Como siempre.

―Voy a abrir el vino blanco que habéis traído… ―dijo Mariola, aunque como buena anfitriona ya tenía preparada otra botella en la mesa.

Le encantaba preparar este tipo de cenas, tenía cuidado hasta el más mínimo detalle, de fondo se escuchaba música española, la iluminación no estaba muy alta, las servilletas cuidadosamente dobladas, los cubiertos y los vasos puesto perfectamente en la mesa. Todo estaba de diez.

Comenzó la cena en plan tranquilo, estuvimos hablando los tres de cómo nos había ido la semana, pero se notaba que Mariola estaba inquieta, se levantaba constantemente a coger alguna cosa y luego se sentó de lado en la silla, cruzando las piernas y enseñándome medio muslo.

―Así que ha habido novedades con Basilio, ¿eh?, ya te dije yo que volverías a caer con ese tío ―le soltó de repente a Claudia como si yo no estuviera delante.

―Sí, algo ha pasado estas semanas, aunque no tanto como él quisiera, jajajaja, estoy jugando con él como quiero… ―dijo mi mujer orgullosa.

―¡Qué cabrona!, por qué será que no tengo ninguna duda de eso…

―Jajaja.

―¿Y piensas volver a acostarte con él?, bueno si a David le parece bien claro… ―preguntó Mariola mirándome con cara picarona.

―Por David no hay problema ―dijo Claudia estirando la mano para acariciarme en un gesto cariñoso―. Pero no creo que vuelva a hacer eso, si te digo la verdad, estoy deseando que acabe la campaña electoral, se me está haciendo muy pesada y ahora quedan las dos semanas decisivas…

―Tanto tiempo juntos es lógico, al final pasó lo que tenía que pasar, y volverás a follar con él, eso seguro, tenéis que liberar la tensión de las elecciones… ¿verdad, David?

Me quedé sin saber qué contestar, escuchar hablar así a Mariola hizo que se me pusiera dura casi de inmediato. Me gustaba cómo comentaban sus cosas delante de mí, se contaban esas intimidades sin ningún rubor y yo debía tener ya cara de cornudo mientras Mariola me miraba esperando mi respuesta.

―Por cierto, te voy a matar, ya sé dónde dejaste mi tanguita el otro día… ―dijo Claudia, sacándome del apuro.

Joder, esto se ponía más interesante de lo que había pensado.

―¿Y cómo te has enterado? ―volvió a preguntar Mariola.

―Me lo quiso devolver el pobre Modou cuando me llevó a casa, estaba muerto de vergüenza…

―Pensé que le gustaría el regalo, lo vi en el bolso cuando fui a pagar y…

―Prefiero no preguntar cómo llegó tu tanga hasta el bolso de Mariola… ―intervine yo.

―Mejor, no preguntes ―dijo Mariola dando un trago a su copa de vino―. ¿Y qué pasó con Modou?, ¿te dijo algo?…

―Sí, pasó un mal rato… lo llevaba guardado debajo del asiento…

―¡Joder! ―exclamé yo.

―¿Has dicho que te lo intentó devolver?

―Sí, bueno yo también fui un poco mala ―dijo Claudia.

―¿Qué hiciste?, ¡¡no me jodas que te follaste al negrito!!

―Nooooo, solo le hice un regalo, le dejé el tanguita en el asiento delantero, le dije que se lo podía quedar…

―¡Qué cabrona!, ¿qué pasa?, ¿le querías poner cachondo al senegalés?, ojalá hubiera subido con nosotras el sábado por la noche cuando se lo pedí.

Puse cara de sorpresa, no entendía de qué estaban hablando.

―Sí ―me dijo Mariola, dándome una explicación que no había pedido―. El sábado pasado cuando nos trajo por la noche después de salir, le pregunté si quería subir con nosotras a mi casa, yo creo que tu mujer lo estaba deseando y él ni te cuento… se le salían los ojos de las órbitas cuando le dejé el tanguita de Claudia en el asiento delantero.

―Nooooo, yo no quería que subiera, ya te lo dije ―protestó Claudia.

―Sí, claro, tú tenías las mismas ganas que yo, pero tranquila, ya habrá más días, es muy mono el Modou ese, me pone bastante, si no te lo follas me lo pienso tirar yo, aunque me da a mí que quien de verdad le gustas eres tú… está muy contenta tu mujer con su chófer… y estamos deseando probar una buena polla negra ―sonrió Mariola maliciosamente mientras le daba otro trago a su copa de vino.

―¡Mariola!, no seas soez…

―Perdón, quería decir, que Claudia y yo estamos deseando hacer el amor con una persona de color, tenemos curiosidad por probar un pene de tono oscuro y saber si es cierto lo que dicen de su tamaño, ¿así mejor?

―Jajajaja, ¡serás idiota! ―dijo Claudia.

―Tenía muchas ganas de estar con ese tío el sábado, aunque me alegré de que Modou no subiera finalmente con nosotras, ufffff… ―suspiró mirando hacia donde estaba yo―. Lo pasamos de miedo tu mujercita y yo, lo sabes, ¿no?

―Algo me han contado ―intervine.

―Seguro que no todo lo que pasó… ―contestó Mariola mirando lascivamente a mi mujer.

―¿Y qué tendría que saber? ―pregunté yo.

―Nada, nada, cosas nuestras, bueno, ¿y vosotros, qué tal?, contadme algo, ¿os habéis conectado algún día con ese de la cam?

―No, esta semana no ―respondió Claudia.

―Me gustaría que algún día nos viera a las dos juntas, ¿no te daría morbo? ―le preguntó Mariola a Claudia.

Se levantó a abrir otra botella de vino, pues la que habíamos llevado ya nos la habíamos bebido entre los tres. Luego trajo el postre, una tarta de chocolate con un poco de helado, que estaba increíble.

―No me has contestado, me gustaría practicar cibersexo como hacéis con ese tío…

―Por mí no hay problema ―dijo Claudia tan tranquila.

―Quiero comprobar si el tal Toni tiene la polla tan grande como me has dicho.

―Jajajajaja.

―Con ese quieres quedar tú, ¿verdad, David?

―Sí, no me importaría.

―Pues si la tiene tan grande como dice Claudia no os vais a aburrir… ¿y cuándo va a ser eso? ―me preguntó Mariola.

―No lo sé, cuando quiera Claudia, no tenemos prisa…

―¡Joder, tía!, tienes que probar con ese tío, cuanto antes, mejor…

―Nos lo queremos tomar con calma ―dijo Claudia.

―Tonterías, tú estás deseando quedar con él y tu marido también.

―Hemos esperado mucho tiempo, por unos meses más no hay problema ―dije yo.

―En cuanto pasen las elecciones buscad un fin de semana para Toni… no os vais a arrepentir…

―Ya veremos ―intervino Claudia.

―Bueno, lo he intentado ―me dijo Mariola intentado establecer un poco de complicidad conmigo.

Ya estábamos terminando el postre. Quedaban pocos minutos para un nuevo encuentro con Mariola y la tensión sexual iba subiendo poco a poco. Yo no podía evitar mirar hacia abajo cada vez que la amiga de mi mujer cruzaba las piernas. Estaba obsesionado con los muslos de Mariola. Esos que me habían rodeado mientras me hacía una paja.

―¿Qué tal está la tarta? ― le preguntó Mariola a mi mujer estirando la mano para entrelazar los dedos en el aire con los suyos.

―Está muy buena, exquisita, dulce, pero no empalagosa… uffffff…

―Tú sí que estás buena ―dijo Mariola acercándose a Claudia para darle un pequeño beso que Claudia correspondió―. Me encanta cuando tienes la boca llena de chocolate, ni te imaginas el morbo que me da.

Avergonzada, Claudia se tapó con una servilleta y Mariola sonrió mientras nos volvía a llenar las copas de vino.

―Por nosotros…

Después de brindar recogimos un poco la mesa y llevamos los platos sucios a la cocina. No tardó Mariola en dejar el salón perfectamente recogido en unos pocos minutos. Luego Claudia y yo nos sentamos solos en el sofá a esperar que volviera la anfitriona.

Había llegado el momento.

―¿Qué tal estás? ―me preguntó Claudia.

―Yo bien, ¿y tú?

―Un poquito nerviosa, no puedo evitar estarlo, sobre todo cuando estás tú delante…

―A mí me pasa lo mismo, creo que no me voy a acostumbrar en la vida a verte follar con otro, siempre tengo esos nervios en el estómago que me vuelven loco.

―Shhhhhh, tranquilo y pórtate bien, ehhh, tú solo tienes que hacer lo que nosotras te digamos y ni se te ocurra tocar a Mariola, que ya veo que te gusta mucho, has estado toda la cena mirándole las piernas, ¿o te crees que no me he dado cuenta, cornudo?

―Es que cuando las cruza con esa falda larga y se le abre enseñando muslo, joder… no lo puedo evitar…

―¿Y mis piernas no te gustan? ―me preguntó Claudia buscando la apertura de su falda para enseñarme un poco de piel.

―Las tuyas me gustan más…

―Sí, ahora intenta arreglarlo… ya hablaremos… ―bromeó Claudia justo cuando aparecía Mariola con una nueva botella de vino.

―Yo creo que por hoy es suficiente vino ―dije yo.

―Yo también estoy servida ―y Claudia levantó la copa que aun estaba por la mitad.

―Entonces, ¿nos vamos ya a la habitación? ―le preguntó Mariola a mi mujer mientras le ofrecía la mano para ayudarla a levantarse del sofá.

Claudia no contestó y aceptando la ayuda de su amiga se puso de pie. Luego se fueron agarradas a la habitación de Mariola.

―No te muevas, ahora venimos… ―me susurró Claudia.

Me quedé solo en el sofá, apurando la copa de vino. Me encantaban esos momentos previos, los nervios, la excitación, no saber qué es lo que iba a ver exactamente. Por suerte, tampoco tuve mucho tiempo.

En menos de cinco minutos aparecieron por el salón Mariola y Claudia. Venían juntas de la mano, descalzas y tan solo llevaban puesta la ropa interior. Como había imaginado ya lo tenían todo hablado e iban perfectamente conjuntadas. Llevaban braguitas y sujetador de color blanco, el conjunto de Mariola era muy simple, sin dibujos ni nada, unas pequeñas braguitas de color blanco que apenas podían ocultar sus generosos y potentes glúteos y un sujetador a juego realzando sus pechos. Claudia había elegido el mismo color, pero sus braguitas eran mucho más sofisticadas, con unos preciosos encajes y unas finas tiras que unían la parte delantera con la trasera y el sujetador del mismo conjunto.

Sus cuerpos no tenían nada que ver, Claudia tenía mucho más pecho, aquellas tetazas amenazaban con rebosar por ambos lados del sujetador, era más bajita y su pequeño culo redondito y duro era lo contrapuesto al de Mariola, un trasero esculpido a base de sentadillas y ejercicios de glúteos en el gimnasio.

Se plantaron delante de mí, esperando mi veredicto.

―¿Vienes con nosotras, cornudo? ―me preguntó Mariola con voz de zorra.

Y se dieron la vuelta volviendo a su habitación agarradas por la cintura. Yo salí detrás de ellas mirando cómo se les movía el culo al caminar.

Cuando entré en su habitación ya se estaban besando, se lamían las bocas, jugaban con sus lenguas y después pasaban a morrearse duro haciendo presión en sus labios, que no podían estar más pegados.

Me quede mirándolas fijamente, la habitación estaba en silencio y solo se escuchaba el morboso ruido de sus besos. Las manos de Mariola bajaron a tocar el culo de mi mujer y esta le correspondió empezando a sobarle el trasero también. Se tocaban con lujuria. Era evidente las ganas que se tenían.

Y yo seguía de pie sin decir nada, solo disfrutando de una de las visiones más eróticas que había visto en mi vida. Entonces Claudia reparó en que estaba allí y me ordenó.

―¡Acércate y desnúdame para ella!

Esa era una de las cosas que más le excitaban a mi mujer cuando estábamos conectados con Toni, que yo la desnudara lentamente delante de la cam para nuestro amante y ahora iba a hacerlo para Mariola.

Me acerqué a ellas tembloroso, tengo que reconocer que Claudia y Mariola me intimidaban mucho en ropa interior. A pesar de mi presencia no dejaron de besarse en ningún momento y titubeando le desabroché el sujetador a mi mujer quitándoselo suavemente para molestarlas lo menos posible. En cuanto aparecieron sus tetazas desnudas Mariola se las acarició con las dos manos, apretándoselas fuerte hacia arriba de una manera vulgar.

Luego me agaché detrás de Claudia y estuve unos segundos mirando los dedos de Mariola disfrutar del tacto de los glúteos de mi mujer, hasta que me decidí y lentamente metí las manos por los laterales de sus braguitas y fui tirando hacia abajo muy despacio, descubriendo su culo. Cuando llegué a la zona de su coñito observé un pequeño hilo de flujo que se quedó pegado a la tela. Claudia estaba muy cachonda ya y me facilitó la tarea subiendo primero un pie y luego el otro para poder sacarle las braguitas.

Con su prenda íntima en la mano me retiré hacia atrás y me senté en el pequeño sofá que Mariola había puesto en su dormitorio para mí, aunque no me dejaron tranquilo mucho tiempo. Claudia se dejó hacer un par de minutos permitiendo que su amiga manoseara todos los rincones de su desnudo cuerpo a la vez que le comía el cuello, pero ella también quería acariciar a su amiga.

―¿Quién te ha dicho que te sientes? ―jadeó Claudia intentando disimular su placer―. ¡Desnuda a Mariola!

¡Hostia!, eso sí que no me lo esperaba, ya me lo habían dejado bien claro muchas veces, yo apenas iba a tener contacto con Mariola, aunque es verdad que en la anterior cita terminé tocando su culo y corriéndome sobre ellas, pero pensé que esta noche lo tenía prohibido.

Me puse de pie decidido y me acerqué a Mariola por su espalda, me dio muchísimo morbo desabrochar su sujetador y sacárselo poco a poco hasta dejarla desnuda de cintura para arriba, pero todavía me quedaba lo mejor. Tenía delante ese majestuoso culo para bajarle las braguitas.

Como hice con Claudia, me quedé unos segundos agachado detrás de Mariola, mirando bien de cerca su trasero. Intenté calmar el temblor de mis manos cuando las acerqué a sus braguitas de color blanco y las fui deslizando hacia sus pies lo más lento que pude.

Mientras le iba bajando las braguitas dejé su culo al descubierto, lo tenía a veinte centímetros escasos de mi cara, podía ver con claridad los poros de su piel, su forma, su volumen, incluso aspiré con fuerza intentando averiguar cómo olía. Me dieron unas ganas locas de besar y morder aquellos glúteos tan apetitosos.

Era como tener una deliciosa tarta en el plato delante de tus narices y tener prohibido comerla.

Al igual que con Claudia, le pude ver los labios vaginales desde atrás, estaban hinchados y también muy mojados. No me pude resistir y puse una mano sobre sus glúteos, sin acariciarla, mientras con la otra le sacaba las braguitas. Mariola me dejó hacer, yo no movía los dedos, solo había puesto allí la mano para disfrutar del tacto de aquellas nalgas. Tiré un poco hacia fuera descubriendo el ano que estaba tapado por sus dos glúteos y acerqué la cara para verlo bien de cerca.

Me hubiera encantado chuparlo, lamérselo, meter la lengua bien dentro. Tenía que ser uno de los mayores placeres de esta vida comerse el ojete de aquella zorra. Pero aquella delicatessen no era para mí.

Estaba reservada para mi mujer.

En cuanto vio a Mariola desnuda le puso las dos manos en el culo y se lo agarró con fuerza, clavando las uñas en su piel, dejándole una pequeña marca. Se seguían besando con deseo, sus bocas se habían llenado de saliva y la respiración de ambas se había acelerado.

Yo estaba agachado a sus pies, sujetando las braguitas de Mariola con la mano, en una imagen demasiado sumisa, hasta para mí. Me incorporé con el trozo de tela blanco entre los dedos y volví a sentarme en el sillón de la esquina. Después de haber desnudado a las dos, pegaron sus cuerpos y se acariciaron los pechos, Mariola flexionó un poco las piernas para que coincidieran sus tetas con las de mi mujer y se las agarró como si fuera a exprimirlas, restregando sus pezones contra los de Claudia, frotándolos arriba y abajo.

Aquello encendió a mi mujer que también se sujetó las tetas imitando a su amiga. Mi polla palpitó cuando se miraron fijamente, con lujuria, a la vez que se rozaban los pezones, ya duros como piedras.

Ni me había acordado de mi propio placer, hasta que mi polla me reclamó bajo los calzones. Tiré de los botones del pantalón hacia fuera y luego la saqué agarrándomela con la mano. La visión de Claudia y Mariola morreándose de pie en medio de la habitación, completamente desnudas y rozándose las tetas era una imagen demasiado potente para mí.

Me recosté en el sofá con la polla en la mano, no me la podía ya ni tocar, quería retrasar el máximo tiempo mi primer orgasmo, porque tenía claro que aquella noche iba a correrme unas cuantas veces, pero no quería quedar como un cornudito delante de esas dos fieras, eyaculando a las primeras de cambio.

Aunque mi mujer y Mariola no es que estuvieran muy pendientes de mí, ellas seguían a lo suyo, entonces Claudia le cogió por el pelo con fuerza a su amiga, parecía que mi mujer había tomado la iniciativa y llevó a Mariola hasta la cama.

―¡Súbete y ponte a cuatro patas! ―le ordenó Claudia con voz autoritaria, luego se giró hacia mí―. ¡Y tú guárdate eso y ven aquí!

Me puse de pie, y cada vez más nervioso me acerqué hasta su posición, Mariola se estaba acabando de acomodar como le había pedido Claudia y nos mostraba su imponente culo. Se metió la mano entre las piernas acariciándose el coño unos segundos y nos miró expectante.

―¿Crees que no me he dado cuenta cómo le has tocado el culo antes? ―me preguntó Claudia―. Se nota mucho que te gusta, cornudo, pero vete olvidando de hacer nada con ella, este culo es solo para mí, ¿has escuchado bien? ―dijo soltando un pequeño azote en sus nalgas.

―Sí.

―Ahora acércate y míraselo bien, quiero ponerte los dientes largos…

Apoyé las rodillas en el suelo y fui gateando hasta ponerme detrás de Mariola, la amiga de mi mujer se reía después del comentario de Claudia y me mostraba su culo moviéndolo de lado a lado.

―¿Te gusta, cornudo? ―me preguntó Mariola abriéndose uno de sus glúteos con la mano.

―Pues claro… ―respondió Claudia―. ¿Cómo no le va a gustar este culo? ―dijo mi mujer acercándose y soltando otro sonoro azote en su nalga derecha que tensó el cuerpo de Mariola.

Aquel carnoso culo estaba duro como una piedra y se quedó marcada la mano de Claudia. Incluso se notaban los dedos en su piel. Yo me acerqué un poco más, era una tentación tremenda para cualquiera y era muy difícil poder aguantarme, con aquellos dos agujeros abiertos, expuestos, pidiendo una polla a gritos. Mariola además no dejaba de provocarme meneando el culo delante de mi cara.

―¡Dale un buen azote! ―me ordenó Claudia.

―¿Yo?

―Claro, ¿o es que hay alguien más en la habitación?

―¿Estás segura, Claudia?

―¿Qué pasa?, ¿no sabes ni hacer eso? ―me retó mi mujer.

Entonces, con la mano derecha solté una cachetada suave al glúteo de Mariola, justo donde tenía la piel enrojecida por el golpe anterior de Claudia.

―¡¡¿Pero, qué coño haces?!!, así no joder, ¡¡pégale en condiciones!!, PLASSS ―dijo Claudia azotando con saña el culo de Mariola y enseñándome cómo hacerlo―. ¡¡Pégale así, como yo!!, ¿no ves que a esta zorra le gusta que le den duro?

Le solté otro azote un poco más fuerte, aunque sin llegar al nivel de mi mujer. Mariola se giró indignada.

―¿Qué te pasa?, ¡¡dame fuerte, puto cornudo!!

Ahora sí, enfurecido, le aticé con ganas, ¡¡PLASSSS!! un cachetón de lado rozando sus nalgas que hizo que cayera hacia delante.

―Ahhhhh, eso es… ―gritó Mariola con cara de dolor frotándose el culo, mientras volvía a ponerse a cuatro patas.

―¡Dale otra vez! ―me ordenó Claudia.

―Pero… ya lo tiene muy rojo…

―¡Que le des otra vez!

―¿Fuerte?

―Sí, fuerte, claro que fuerte, dale como un tío de verdad, no como un puto cornudo, pégale con ganas… vamos… ¡hazlo!

Esta vez azoté el culo de Mariola con todas mis fuerzas, ¡¡¡PLASSSSSSS!!! Incluso me hice daño en la mano de lo duro que le había pegado. Mariola volvió a caer hacia delante chillando de dolor, pero con cara rabiosa se incorporó otra vez ofreciéndonos su culo.

―¿Eso es todo lo que sabes hacer, cornudo? ―jadeó Mariola.

Claudia me apartó y se puso detrás de su amiga, se inclinó hacia delante agarrando su pelo y casi recostándose sobre su espalda comenzó a azotar el culo de Mariola sin piedad.

―¡Cállate, puta! ¡Tú a mi marido no le mandas lo que tiene que hacer!

PLAS, PLAS, PLAS… uno, dos, tres, cuatro, cinco… diez… trece, catorce… veintiuno, veintidós, yo iba contando cada azote y Claudia parecía haber enloquecido. Las cachetadas retumbaban por toda la habitación y Mariola aguantaba las embestidas con cara de dolor, su nalga derecha estaba muy enrojecida y cuando Claudia terminó su castigo solo se escuchaban los gimoteos de su amiga, que ronroneaba en bajito, con la respiración acelerada.

Mi mujer se agachó y le abrió los glúteos con la mano para meter la cabeza en ellos, sacó la lengua y desde mi posición pude ver perfectamente como se la pasaba de arriba a abajo por todo el ano.

La polla volvió a palpitarme bajo los pantalones, estaba a punto de explotar y quise sacármela para no correrme encima. Se me movía con pequeños movimientos involuntarios sin tan siquiera tocármela, pero quería aguantar un poco y ver a mi mujer comiendo con pasión el culazo que acababa de azotar. Mariola se había vuelto loca, después del castigo, y ahora le sujetaba a Claudia por el pelo aplastándole el culo contra su cara.

―¡¡Eso es puta, cómeme el ojete, cómemelo!!, ahhhhhhhhhhggggggg ―chilló Mariola.

Yo no pude aguantar más y mi polla comenzó a eyacular sola disparando semen en todas las direcciones, moviéndose como una manguera a presión de manera descontrolada. Lo estaba poniendo todo perdido, pero me dio igual, solo podía ver a Claudia comiendo el culo de su amiga. No podía dejar de mirar aquella escena.

La siguiente que se corrió fue Mariola en cuanto notó los dedos de Claudia jugando con su clítoris.

―¡¡Ahhhhh síííí, síííííííííííí!!!!¡¡¡Qué ricoooooo, diosssss!!!, ¡¡sigueeeeee, me corrooooo, ahhhhhh, me corroooo!!!

Claudia se quedó de rodillas detrás de Mariola, que en cuanto llegó al orgasmo se dejó caer en la cama. Me impresionaba lo rojo que tenía el glúteo que le habíamos azotado Claudia y yo, pero eso no parecía importarle. Ese contraste de dolor y placer le había encantado a Mariola.

De los tres ya solo quedaba por correrse Claudia, que me vio de pie a su lado. De mi polla, ya flácida, caía todavía un pequeño hilo de semen al suelo.

―¿Ya te has corrido? ―me preguntó indignada.

―Sí, lo siento, se me ha escapado…

―¿No querías follártela?

―¿A Mariola?

―Sí, claro, a Mariola… ¿quieres o no?

―Sí, ¿puedo hacerlo?

―Por supuesto, venga, métesela…

―Claudia, ¿qué haces? ―preguntó Mariola extrañada sin saber lo que estaba pasando.

―Shhhh, déjame a mí, por favor, ponte como estabas antes… ―le pidió Claudia a su amiga.

―¿Estás segura de esto? ―dije yo.

Mariola volvió a ponerse a cuatro patas, y titubeando me acerqué a ella.

―Es que ahora… me acabo de… ―intenté excusarme.

―¡¡Venga, métesela!! ―me gritó Claudia que se puso detrás de mí y me sujetó el pingajo con dos dedos.

Tiró hacia el cuerpo de su amiga y le llegué a rozar con la polla la entrada del coño, pero en el estado en el que me encontraba era imposible podérsela meter.

―¡¡Vamos, fóllatela!! ―dijo Claudia restregando mi pequeño pene flácido contra el coño de su amiga.

Yo sabía que estaba haciendo eso para humillarme, después de haberme corrido necesitaba unos minutos para poderme empalmar de nuevo, aunque el estar tan cerca de su amiga hizo que me empezara a excitar poco a poco.

―¿Quieres que te folle mi maridito? ―le preguntó Claudia a su amiga.

―Mmmmm, sí, ¿tú crees que podrá hacerlo? ―respondió Mariola siguiéndole el juego a mi mujer y meneando su culazo contra mi polla.

―Estuvo años sin podérmela meter a mí, así que lo dudo mucho… ―dijo Claudia.

Aquello sí que no me lo esperaba, mi mujer no podía humillarme de peor manera, no creí que fuera capaz de sacar ese episodio de nuestra vida privada, pero estaba claro que las dos habían puesto las cartas sobre la mesa. Ya valía cualquier cosa.

Apoyé las manos sobre la cintura de Mariola y la embestí desde atrás, simulando follármela, pero sin metérsela y las dos comenzaron a reírse.

―Pero, ¿qué hace este tío?… ¡es patético!… ―dijo Mariola burlándose de mí.

―Hace como que te folla, jajajaja, es lo que tienen los cornudos, son incapaces de satisfacer a una mujer, por eso les acaban poniendo los cuernos.

Me sujete la polla intentando metérsela a Mariola, pero no se me acababa de poner dura, y cuanto más lo pensaba y más me humillaban más flácida se volvía mi pequeño pene, hasta que terminó siendo un pequeño gusano arrugado entre mis dedos. Hice un último y desesperado intento ante las risas de Mariola y Claudia, pero en cuanto rocé el coño de Mariola esta se apartó dejándose caer boca abajo en la cama.

―Uggghhhhh, ¡no me toques con eso!…

―Aparta y mira, no me dejes más en vergüenza ―dijo Claudia tumbándose en la cama―. Anda vete a por el móvil y haznos unas fotos, es para lo único que vales, así seguro que se te vuelve a poner dura.

Derrotado, mientras me abrochaba los pantalones, volví al salón para coger el móvil. Cuando regresé a la habitación Mariola y mi mujer estaban de lado besándose y acariciándose sus desnudos cuerpos. Claudia seguía encendida, pues no se había corrido y necesitaba urgentemente hacerlo.

―No nos saques la cara ―me dijo Claudia cuando vio que empezaba a hacerles fotos con el móvil.

Por supuesto que no le hice caso, me daba igual si luego se enfadaba o no, hice varias fotos donde sí les oculté el rostro, pero en otras se las veía perfectamente, me metí rápido en la galería y oculté varias fotos con una aplicación que tenía descargada, antes de continuar con el reportaje.

En esos cinco minutos que estuve haciendo fotos, me olvidé de todo y se me volvió a poner dura, como había dicho Claudia.

―¿Quieres que te folle? ―le preguntó Mariola a mi mujer cuando pararon de darse besos.

―¡Túmbate, quiero correrme con tu lengua!…

Mariola se puso boca arriba dispuesta a hacer lo que tantas veces le había hecho yo a mi mujer. Claudia se sentó en su cara y apoyando las manos en el cabecero de la cama comenzó a moverse delante y atrás como si se estuviera follando la lengua de su amiga.

―¡¡Sííí, sííííí!! ―gimió Claudia.

Yo seguía tirando fotos, capturando aquellos momentos tan mágicos, las manos de Mariola estaban en el culo de mi mujer guiándola en los movimientos contra su cara. Entonces vi cómo le metía un dedo por el ano a Claudia, que pareció enloquecer.

―¡¡Sííííí, sííííííí, voy a correrme, mmmmmmmm!!!

Esas cosas, como lo del dedo en el culo, me las pedía a mí Claudia solo cuando estaba muy cachonda, y a su amiga no se lo tuvo ni que decir, estaba claro que Mariola ya conocía los gustos de mi mujer, que comenzó a correrse tocándose las tetazas, cuando Mariola le introdujo un segundo dedo en el ojete.

―¡¡Eso esssss putaaaaa, eso esssssss!!, ¡¡¡ahhhhhhhggggg, síííííííí, síííííiíííí!!!! ―gimió Claudia.

Me encantaba cómo se insultaban entre ellas cuando estaban calientes, se dedicaban unos calificativos muy bonitos, llamándose de zorra para arriba. Mariola se quedó sujetando las piernas de Claudia y lamiendo despacio su coño mientras mi mujer recuperaba la respiración después de su orgasmo.

Hacía mucho calor en la habitación y ahora el que se quitó la ropa fui yo, quedándome completamente desnudo, igual que ellas. Quería que siguieran jugando conmigo, que me mandaran cosas, que me humillaran. Es lo que me apetecía y lo que merecía. Por cornudo.

Pero ellas estaban a lo suyo, Claudia se tumbó al lado de su amiga y se quedaron mirando con ternura peinándose el pelo mutuamente mientras se daban besitos en la boca. Pero esto solo era un pequeño descanso, sus caras eran el reflejo del alma.

Seguían cachondas y rabiosas.

Me senté en el sofá de la habitación, dejándolas un poco de intimidad y me puse a revisar las fotos que acababa de hacer. Ya estaba empalmado de nuevo, pero no quería masturbarme, pues no perdía la esperanza de que Claudia volviera a pedirme que me follara a Mariola.

Tenía que estar preparado, por si acaso.

―¿Nos traes algo de beber? ―me pidió Claudia.

―¿Qué queréis?

―No sé, tráenos cualquier cosa…

Me fui a la cocina, no sabía qué hacer ni dónde estaban las bebidas. Abrí un par de muebles y al menos encontré los vasos, luego saqué los hielos del congelador cuando apareció Mariola por la puerta. Estaba completamente desnuda, igual que yo.

34

La imagen cuanto menos era curiosa, los dos desnudos en su cocina, y me dio un poco de vergüenza e intenté ocultar un poco la erección que tenía, pero a Mariola le daba igual que la viera así. No se cortaba ni un pelo.

―¡Voy a prepararle un mojito a tu mujer, le encantan mis mojitos!, ¿me ayudas?

―Ehh, sí, claro, ¿qué quieres que haga?

―Perdona lo de antes, ha sido un juego, yo solo le he seguido la corriente a tu mujer… no quería insultarte, ni faltarte al respeto…

―Tranquila, ya lo sabía… no tienes por qué disculparte…

―Por mí no hubiera tenido problema en acostarme contigo, y más cuando estoy cachonda como antes, pero le prometí a Claudia que no lo haríamos. Eso sí, si Claudia quiere que tú y yo follemos dejaré que lo hagas ―me dijo con toda la naturalidad del mundo―. Me pareces muy guapo.

―Gracias, tú eres muy guapa también… y por cierto perdona tú también, Claudia y yo nos hemos pasado un poco cuando te hemos… bueno, ya sabes… lo de los azotes…

―No te preocupes, no me importa, de hecho me ha gustado ―dijo echando un poco de azúcar y hierbabuena en el fondo del vaso―. Coge una picadora de hielo que hay en el cajón y pica un poquito…

Yo pasé con cuidado por detrás de ella, me sujeté mi empalmada polla con la mano, pues no quería rozarle el culo, aunque en el fondo me daba mucho morbo la situación, los dos allí desnudos hablando con complicidad, mientras preparábamos un mojito antes de volver a la cama con Claudia.

Trituré un poco de hielo al más puro estilo Instinto Básico mientras Mariola exprimía un poco de jugo de lima para luego echarlo en el vaso.

―En el mueble bar tengo ron blanco, ¿te importa traerme la botella? ―me pidió Mariola.

Y cuando pasé otra vez por detrás de ella me quedé mirando su espalda y su culo. Ella se dio cuenta de que estaba allí parado y no dijo nada, así que decidido me lancé y le puse las manos en la cintura. Mariola dejó lo que estaba haciendo y bajó la cabeza con los brazos abiertos, apoyando las manos en la encimera y esperando que yo tomara la iniciativa.

―¡Tienes un cuerpo increíble!, ¿tú crees que se molestaría mucho Claudia si viniera y nos pillara follando en la cocina? ―la pregunté armándome de valor y apoyando mi polla en sus glúteos.

―No creo que le hiciera mucha gracia, la verdad, así que mejor evitar tentaciones…

No sé qué es lo que pretendía, era como demostrarme a mí mismo un poco de orgullo masculino, no podía tener a una mujer como Mariola desnuda así en la cocina y preparar un mojito con ella como si nada, al menos tenía que mostrarle lo caliente que me ponía la situación y lo que me excitaba una mujer como ella.

Me agarré la polla metiéndola entre sus piernas, Mariola no opuso ninguna resistencia cuando le acaricié con mi capullo los labios vaginales, incluso me pareció que se abría un poco más buscando que la penetrara. Si se dejaba follar es que ya lo había hablado con Claudia y mi mujer estaba de acuerdo. Me extrañaba mucho que Mariola me permitiera metérsela, si su mejor amiga se lo hubiera prohibido terminantemente.

―¡Estoy muy caliente! ―dije pasando mi polla varias veces a la entrada de su coñito.

―Mmmmmm, yo también ―ronroneó Mariola echando su culo hacia atrás―. ¿Me la vas a meter?

―Sí… ¿quieres que te folle?

―Shhhhhííí… ―arrastró la palabra en un gemido.

Entonces busqué la entrada con mis dedos y puse la polla allí. Con un pequeño empujón mi polla entró suave en el coño de Mariola. Me pareció increíble estar dentro de ella. La sujeté por la cintura, le di cuatro embestidas lentas y Mariola meneó las caderas gimiendo en bajito con la cabeza agachada.

Joder, ¡¡me estaba follando a Mariola!!

Pero ella se apartó muy rápido y mi polla salió disparada, rozando uno de sus glúteos.

―Anda, vete a buscar el ron antes de que hagamos alguna tontería… se lo prometí a tu mujer, pero una no es de piedra ―dijo mirando mi polla y agarrándomela con cara de viciosa mientras le pegaba un par de sacudidas.

Me fui al salón a buscar la botella, estaba eufórico por habérsela metido a Mariola, aunque no podía decir que hubiéramos follado exactamente. Cuando regresé a la cocina lucía una empalmada tremenda, hasta parecía que tenía la polla más grande. Ella me estaba esperando con los tres mojitos casi a punto.

―Joder, David, ¡parece que vas a explotar! ―dijo señalando mi erección―. Venga vamos a la cama, ¡¡estoy deseando volver a follar con tu mujercita!!

Al regresar a la habitación, Claudia estaba tumbada en la cama boca arriba mirando el móvil.

―Cuánto habéis tardado…

―Tu marido… se me ha echado encima y ha querido follarme en la cocina ―dijo Mariola bromeando.

Yo me puse rojo como un tomate, llevaba el mojito en la mano y mi erección me delataba. Tuve que pegarle un buen trago para intentar bajar mi calentura.

―¿En serio? ―preguntó Claudia extrañada.

―Sí, se ha puesto detrás de mí y me ha dicho que me la quería meter ―le explicó la puta chivata de Mariola.

Parecía un teatrillo orquestado por las dos, y yo caía siempre en sus juegos. Aun sabiendo que probablemente lo tuvieran preparado no podía evitar pasar unos segundos de bochorno cuando hablaban así de mí.

―El cornudo a veces se viene arriba ―dijo Claudia―. Y cuando pasa eso hay que recordarle cuál es su sitio…

―Eso creo yo…

Estaba sentado en el sillón viendo cómo mi mujer y Mariola bebían despacio sus mojitos recostadas en la cama y mirando hacia mí. Comenzaron a besarse con ternura, sobándose las tetas a la vez que aumentaban la intensidad de sus besos, terminando en un sucio morreo, con lengua incluida. Claudia dejó el mojito en la mesilla y se puso de pie.

Abrió el cajón y sacó un arnés del que colgaba una polla realística de color carne de aproximadamente unos 18 centímetros. Claudia sujetó una de sus cintas balanceando el juguete delante mí.

―Acércate, David…

Fui hasta donde estaba ella y me tiró el arnés al suelo, Mariola asistía a la escena con una sonrisilla de zorra mientras degustaba su mojito, que por cierto, estaba delicioso.

―Ayúdame a poner esto ―dijo Claudia.

Yo me agaché a coger el arnés del suelo, pero al incorporarme Claudia me lo impidió.

―Ponte de rodillas, cornudo…

Resignado cogí el arnés y me puse como me había mandado mi mujer, busqué la apertura de ambas piernas y lo acerqué a los pies de Claudia que los introdujo por su sitio, luego tiré hacia arriba hasta que llegué a su cintura.

―¡Apriétalo bien! ―me dijo Claudia.

Tiré con fuerza de las cintas que colgaban por los laterales hasta dejárselo perfectamente ajustado. Claudia tenía las manos en la cintura y ahora colgaba de su entrepierna una polla que parecía de verdad. Me encantaba cómo se le apretaban las correas por la zona del culo, dejando la marca en su piel.

Ahora me tocaba presenciar cómo Claudia se iba a follar a su amiga, aunque mi mujer, de momento, tenía reservado otros planes para mí.

―¿Te gusta, eh? ―dijo sujetándosela como si se agarrara una polla de verdad―. ¿Quieres ver cómo me follo con esto a Mariola?

―Sí…

―¿Ah, sí?, pero tendrás que chupármela, ¿no?, antes te has portado mal y cuando te portas mal sabes que tengo que castigarte…

―Se ha portado muy mal… te recuerdo que ha querido follarme en la cocina… ―dijo Mariola desde la cama.

Yo seguía de rodillas y Claudia se acercó para poner delante de mi cara la polla de juguete.

―¿Quieres chupármela?

Miré avergonzado a Mariola.

―No la mires a ella, te estoy hablando ―dijo Claudia azotándome el rostro con la polla―. Te he preguntado si me la quieres chupar…

―Yo creo que sí, mira que dura la tiene, jajajaja ―bromeó Mariola.

―¡Abre la boca, cornudo!, ¡enséñale a mi amiga lo que te gusta comer pollas!

Y allí de rodillas comencé a chupar el juguete que colgaba de la cintura de mi mujer. Tengo que reconocer que hacer una mamada en esas condiciones era muy humillante, pero morboso a la vez y no se me bajó la erección ni un ápice. Devoraba aquella polla con ansia, pasando la lengua por el capullo, sujetándola con la mano mientras Claudia me guiaba agarrando mi pelo. Una de las veces la metí tan profunda que me llegó a rozar la campanilla, dándome una pequeña arcada.

―¡Se vuelve loco con una polla en la boca! ―se burló Claudia.

―Ya veo, ya…

―Mira a Mariola mientras me la chupas, que ella también vea lo cornudo y putita que eres…

Me giré un poco hacia su amiga con la polla en la boca y mirándola fijamente seguí chupando el juguete que colgaba de la cintura de mi mujer. Mariola sonrió y me hizo un pequeño gesto con el vaso, en plan brindis, antes de pegarle un nuevo trago.

―Está deseando mamársela al tío ese de la cam ―dijo Claudia―. Por eso quiere que quedemos con él.

―O sea, que quiere tener una buena polla caliente en la boca, no me extraña, le entiendo perfectamente, no hay cosa más morbosa que chupar una polla… y si es gigante mejor…

―¿Verdad que quieres chupársela a Toni?

―No ―dije yo.

―No nos mientas, me lo has dicho muchas veces, ahora no te hagas el machito, pues claro que quieres hacerlo.

―Joder, esto es muy morboso, ufffff, ¡me estoy poniendo muy cachonda! ―dijo Mariola dejando el mojito en la mesilla para abrirse de piernas en la cama y comenzar a acariciarse el coño.

―Vamos, cornudo, eso es…

―¿Te gustaría ver a tu marido haciendo eso de verdad?, creo que también estás muy cachonda, eso es que piensas en el tal Toni y en el pollón que tiene, si los dos estáis deseando quedar con él, no sé por qué no lo hacéis… ―dijo Mariola.

―¿Quieres que quedemos con él? ―me preguntó Claudia.

―Sí, ya lo sabes, te lo he pedido muchas veces… ―contesté mirando fijamente a los ojos de Claudia mientras le pasaba la lengua por el tronco de la polla.

―Está bien, ¡¡lo haremos!!, incluso puede que te deje que se la chupes un poco a Toni, ¿te gustaría hacerlo, cornudo?

―Sííí…

―¿Ves cómo eres un puto cornudito?… anda para ya, no quiero que te corras encima todavía… me gusta tenerte así… ahora quiero follar con ella, ¡apártate! ―dijo empujándome con el pie y tirándome al suelo.

Se subió a la cama decidida y se fundió en un beso con Mariola, que inmediatamente se giró poniéndose a cuatro patas. Parecía que llevaban follando juntas toda la vida, me encantó la facilidad con que Claudia penetró a Mariola sujetándola por la cintura.

El movimiento era suave, pero profundo, Mariola acompañaba los golpes de cadera de mi mujer echando su culo hacia atrás para recibir la embestida. Estaban perfectamente sincronizadas y desde la silla les hice un par de fotos antes de pegarle un trago a mi mojito.

Mariola cerraba los ojos y gemía bien alto, pero ella quería más, era una guerrera en la cama y esa follada le estaba sabiendo a poco. No llevaban ni tres minutos cuando Mariola giró la cabeza y le dijo a Claudia.

―¡¡Métemela por el culo!!, vamos cariño, ¡¡dame por el culo delante del cornudito!!…

Dejé el mojito en el suelo antes de ponerme de pie y me aproximé a la cama para ver eso más de cerca. Claudia sacó la polla de juguete del interior de Mariola y la dejó descansando en sus glúteos.

―¡Acércame el lubricante! ―me pidió apuntando con el dedo hacia la mesilla.

Desnudo y empalmado rodeé la cama para sacar el bote del primer cajón y dárselo en mano a mi mujer. Con tranquilidad se echó un chorrito en la mano y suavemente le fue metiendo un dedo en el ano a su amiga, que tensó el culo cuando se sintió penetrada. Claudia no tenía ninguna prisa y metía y sacaba pacientemente su dedo, trabajando la zona con pequeños círculos.

―¡¡Vamos fóllame ya, venga métemela!!, ¡¡¡no puedo esperar más!!! ―le suplicó Mariola que cada vez estaba más cachonda.

―Ven ayúdame, lubrica esto ―me dijo Claudia mostrándome la polla realística.

Cogí el bote y me eché un poquito de lubricante en la mano derecha, luego me puse detrás de Claudia y agarré el juguete como si le estuviera haciendo una paja, subiendo arriba y abajo hasta dejarlo bien embadurnado.

―¡Cómo te gusta menear una polla, cornudo!, ahora en su culo, échaselo a ella por el culo…

Me quedé unos segundos parado pensando en lo que acababa de pedirme mi mujer. No podía creer lo que había escuchado. Me estaba diciendo que le pusiera lubricante en el culo a Mariola. ¿Lo había entendido bien?

―Vamos, ¿a qué esperas?, ¿no ves que la muy zorra está deseando que se la meta?

Pues sí. Me lo había pedido. Eché un poco más de gel y acerqué mi mano temblorosa al trasero de Mariola. Entonces fui introduciendo un dedo poco a poco, como antes había hecho Claudia, el ano de Mariola se tragó literalmente mi dedo, atrapándolo en sus entrañas y comencé a penetrarla suavemente.

En ese momento me hubiera encantado que Claudia me hubiera pedido follarme a su amiga. El culo de Mariola lucía imponente, allí expuesta, a cuatro patas, y sé que no hubiera durado nada dentro de ella, pero me daba igual. Aquel culo pedía a gritos una polla, y yo estaba detrás de ella, con una erección como hacía tiempo que no tenía.

Era fascinante ver cómo mi dedo se perdía dentro de su culo, entonces me animé a meter un segundo dedo, mientras Mariola movía ansiosa sus caderas delante de mí.

―¡¡Vamos, zorra, fóllame ya por el culo o me voy a correr antes de tiempo!!

―¡Aparta! ―me dijo Claudia empujándome a un lado.

Su ano quedó bien abierto y Claudia se acercó a Mariola agarrándose la polla. Pero todavía quedaba una última humillación para mí.

―¡Hazlo tú!, ¿no querías follártela?, pues coge esta polla y métesela, imagina que es la tuya, jajaja… ―dijo Claudia.

Me puse detrás de mi mujer y agarré la polla realística para ponerla a la entrada del culo de Mariola, Claudia empujó hacia delante y aquel trozo de silicona fue desapareciendo lentamente en las tripas de su amiga con una insultante facilidad.

Mi polla era mucho más pequeña que aquel juguete.

Claudia la sujetó por la cintura y comenzó a follársela con ganas. No estaban para perder tiempo y al igual que antes, Mariola lanzó su cuerpo para atrás buscando el contacto con el pubis de Claudia.

―¡¡Ahhhhhhggggg, me encanta, me encantaaaa!!, sigueeee, zorra, sigueeee ―gimió Mariola.

La pequeña mano de mi mujer estalló contra su glúteo en un tremendo azote, PLASSSSSS, tampoco tuvo que darle más, apenas llevaban dos minutos follando y al segundo azote Mariola se volvió loca moviendo descontroladamente su culo en todas las direcciones mientras se corría patas abajo chillando como una cerda.

―¡¡¡Ahhhhhhggggggg, síííííííííí, ahhhhhhhhhhhhh!!!

Luego se quedó con la cabeza agachada, respirando, suspirando. Claudia retiró la polla, dejando su ano bien abierto.

―¡¡Ahhhgggg, joder qué gustazo!! ―exclamó Mariola tirándose en la cama.

―¡¡Ven aquí!!, ¡chúpamela! ―me ordenó Claudia.

Me quedé dudando sin saber qué hacer, esa polla acababa de estar metida en el culo de su amiga. Ni me imaginaba cómo debía saber.

―Ha estado metidita en mi culo, ¿no te apetece chuparla un poquito? ―dijo Mariola echando más leña al fuego con voz de niña pequeña.

―No te lo pienses, es una orden… ―volvió a decir Claudia.

Mariola estaba boca abajo en la cama y se quedó mirándome, a ver cómo reaccionaba, me acerqué a mi mujer y me puse de rodillas, lo primero que hice fue aspirar fuerte cuando tuve delante la polla de juguete, empapándome del aroma del culo de Mariola. Esa esencia maravillosa se me metió por las fosas nasales hasta lo más profundo del cerebro. La polla que colgaba de la cintura de mi mujer olía a lo que tenía que oler.

Sin pensármelo me la metí en la boca, chupando los más obscenamente que sabía, poniendo cara de putita, pasando la lengua por el capullo mientras hacía círculos en él y por último metiéndomela hasta el fondo de la garganta sin importarme lo más mínimo que me diera arcadas.

―¡Jo-der! ―exclamó Mariola.

―Ya te dije que era un puto cornudo y tú decías que no era para tanto… ―dijo mi mujer resignada.

Lo debía estar haciendo muy bien, pues Mariola se incorporó y vino hacia nosotros, le dio un beso a mi mujer y le acarició las tetas antes de que las dos me miraran fijamente viendo como disfrutaba con esa polla de juguete en la boca. Claudia estaba jadeante, ansiosa, demasiado excitada como para esperar a que yo siguiera chupando aquello que deseaba dentro de ella y allí agachado, a pesar del ruido de succión pude escuchar a mi mujer con nitidez.

―¡Ahora quiero que me folles tú! ―le susurró a Mariola.

―¿Con esto? ―dijo Mariola agarrando la polla de juguete y privándome de ella unos segundos.

―Sí.

―Pero la he tenido dentro de… ya sabes, deberíamos lavarlo un poco… ―dijo Mariola.

―Da igual, no quiero esperar, necesito que me folles ahora ―dijo Claudia desabrochándose la cinta del arnés por los laterales.

Me lo quitó de la boca y lo dejó caer al suelo, soltando las tiras, para sacárselo por los pies y luego se lo ofreció a su amiga.

―¡¡Vamos, póntelo y fóllame!!

―Ufffff, ¡¡cómo estás!! ―dijo Mariola metiendo la mano entre las piernas de mi mujer.

Poco a poco se fue colocando el arnés, ahora la polla colgaba de la cintura de Mariola que se acercó hasta donde estaba yo, que seguía de rodillas.

―¿Quieres ayudarme ahora a mí?

Estiré los brazos y apreté bien las cintas laterales hasta dejárselo perfectamente ajustado en su cintura.

―Ven aquí ―dijo Claudia cogiéndola de la mano hasta la mesa del escritorio de su habitación.

Mariola se puso detrás de ella, estaban de pie y Claudia sacó su culo hacia fuera para que su amiga la penetrara, pero en cuanto sintió la silicona rozando su coño Claudia metió la mano entre las piernas para sujetar el juguete y guiarlo a su entrada trasera.

―¡Por aquí, no! ¡Dame por el culo! ―dijo mi mujer con voz de puta.

No miento si digo que aquellas palabras casi hacen que me corra encima. A Claudia se le habían desatado todos los infiernos y me incorporé para aproximarme a ellas. Estaba exultante con la tremenda erección que tenía, eso sí, no me la podía ni tocar o explotaría inmediatamente.

―¡¡Ufffff, me encanta cuando estás tan cerda!! ―le dijo Mariola pasándole la polla por su pequeño culo―. ¿Alguna vez habías visto a tu mujer tan cachonda? ―me preguntó Mariola.

―Sí, alguna vez, pero pocas…

―¡¡Vamos, métemela!! ―dijo Claudia suplicando y buscando el contacto con el juguete contra su cuerpo.

Tenía cierta curiosidad por ver cómo le iba a entrar aquello tan grande dentro de su culo. Lo más gordo que había tenido en su recto había sido mi polla, y era bastante más pequeña que el juguete que colgaba de la cintura de Mariola.

―¿Quieres hacer los honores? ―me preguntó Mariola pasándome el bote de lubricante.

Parecía que yo estaba allí para abrir culos y ahora tocaba el de mi mujer. Me eché un poco de gel en la mano y con cuidado le metí un dedo en el ano, como había hecho antes con Mariola. Gracias al lubricante entró muy fácil, pero el ojete de Claudia me apretaba con fuerza.

Claramente, lo tenía mucho más estrecho que Mariola.

Tuve cierta dificultad para introducir un segundo dedo, Mariola apoyando las manos sobre los glúteos de Claudia observaba como yo le facilitaba el trabajo, pero mi mujer no se aguantaba más. De su coño había empezado a colgar un pequeño hilo de flujo, síntoma de lo cachonda que estaba. Mariola lo recogió con la mano y me lo pasó delante de la cara.

―¡Mira cómo cho-rre-a la zorra de tu mujer! ―dijo metiéndome un dedo en la boca y dejando que lo chupara un par de segundos.

Después me apartó y agarrando con fuerza la polla de juguete, apuntó directamente al culo de Claudia, para empezar a penetrarla. Mi mujer pareció volverse loca.

―¡¡¡Ahhhhgggg síííííí, síííííííííí!!!, ¡¡fóllame, fóllame!!! ―chilló Claudia.

Mariola empujaba hacia delante y Claudia echaba su cuerpo hacia atrás, pero su pequeño culo apenas cedía, cada milímetro era un pequeño triunfo, pero viendo la cara de vicio que ponía Mariola sabía que hasta que no hubiera enculado por completo a mi mujer no se iba a detener.

Las piernas de Claudia entraron en tensión, lo mismo que sus brazos cuando tuvo dentro la mitad de la polla de juguete. Yo acariciaba la espalda de mi mujer intentando que se relajara, pero en cuanto Mariola avanzaba un poco ella chillaba de dolor. Me recordó mucho a la escena de Víctor, cuando mi mujer se empecinó en ser sodomizada. Estaba claro que Claudia disfrutaba con ese dolor mientras le partían el culo.

La mano de Mariola fue hasta el hombro de Claudia y tiró con fuerza hacia ella, hasta que los dos cuerpos chocaron. Ahora sí. Los 18 centímetros de silicona habían desaparecido dentro del culo de Claudia que seguía gritando de dolor. Yo no podía más y me eché mano a la polla dispuesto a correrme viendo aquella escena, pero cuando Mariola me vio pajeándome se detuvo.

―¡¡No te corras todavía!!, si consigues aguantar puede que tengas un premio…

Y sujetó a mi mujer por la cintura comenzando a embestirla con fuerza. La follada anal era tremenda, Claudia con la cabeza agachada aguantaba como podía las sacudidas de su amiga. No gemía, ni jadeaba, ahora su voz era un grito de placer casi continuo. Y cuando Mariola aceleró todavía más yo intenté distraerme un poco para no correrme. Quería saber cuál era ese premio que la amiga de mi mujer me había prometido si no eyaculaba. Aunque no las tenía todas conmigo de que pudiera lograrlo.

La que sí que comenzó a correrse fue Claudia, ahora Mariola le tiraba del pelo poniendo cara de esfuerzo mientras la embestía todavía más fuerte.

―¡¡¡Me corrooooooo, ahhhhhhhhhhhgggggg, que ricooooo, síííííííííííí!!! ¡¡¡Me corrooooo!!!

Fue bajando el ritmo paulatinamente y cuando Claudia terminó su orgasmo se detuvieron de golpe, las dos respiraban agitadamente y Mariola se salió de dentro de mi mujer. Entre sus piernas había un pequeño charquito de flujo, yo no entendía como Claudia mojaba tanto cuando se ponía cachonda, pero a Mariola le encantaba aquello y recogió ese líquido directamente de su coño para luego introducírselo en la boca.

Claudia seguía de pie, en la misma postura.

―¿Quieres dar por el culo a tu mujercita? ―me preguntó Mariola.

Supuse que Claudia no querría saber nada de mí después de haberse corrido, pero levantó la cabeza y me miró. Tenía el rostro desencajado de placer, incluso le colgaba un poco de saliva por la boca. Se apartó el sudoroso pelo de la cara y se introdujo la mano entre las piernas comenzando a masturbarse. Quería más.

―¡¡Métemela, vamos, dame por el culo!! ¡¡Ahora tú, cornudo!! ―me ordenó Claudia.

Ese era mi premio por haber aguantado sin correrme, sodomizar a mi mujer delante de su mejor amiga. Tembloroso como un adolescente de instituto me acerqué a Claudia, su cuerpo estaba sensible, enrojecido, sudado y olía a sexo.

No hacía falta, pero dejé caer un escupitajo que resbaló entre sus dos glúteos hasta llegar a su ano y luego le metí la saliva por el culo ayudándome con el dedo. Me puse detrás de ella y sujetándome la polla con la mano apunté directamente a su entrada.

Gracias al trabajo previo de Mariola mi polla, que estaba dura como nunca, fue entrando con relativa facilidad desgarrando sus entrañas. Fue una sensación increíble. Lo malo es que no iba a durar mucho, apenas podía moverme ya.

En cuatro o cinco sacudidas iba a explotar llenando de lefa las tripas de Claudia.

Entonces Mariola se puso detrás de mí. Eso sí que no me lo esperaba.

―¿No quieres tu premio, cornudo? ―dijo rozándome el culo con la polla de silicona que acababa de estar dentro de Claudia.

Apreté con fuerza los glúteos de la impresión que me dio y me quedé paralizado cuando escuché como Mariola cogía el bote de lubricante y echaba un poco entre mis nalgas. Lo siguiente que sentí fue la presión que hizo cuando empezó a penetrarme. Hasta me temblaron las piernas del morbo que me dio la situación. No podía creérmelo.

¡¡Mariola iba a follarme!!

Yo seguía quieto, con la polla dentro del culo de Claudia y a la vez Mariola se iba abriendo paso lentamente en mí. La sensación era increíblemente placentera, me estaba derritiendo del gustazo que me proporcionaba la amiga de mi mujer.

―¡Joder, qué fácil entra!, me ha costado mucho más follarme a tu mujercita ―dijo Mariola agarrándome de la cintura.

Habíamos formado una especie de trenecito, los tres de pie, Mariola me follaba a mí y cuando me embestía yo lo hacía con Claudia, entonces me hizo gracia pensar en el juguete que tenía dentro de mí. En apenas unos minutos había pasado por el culo de Mariola, de Claudia y por último el mío.

Y ahora Mariola me follaba sin piedad, sujetándome de la cintura, con cada sacudida me la metía hasta el fondo y yo hacía lo propio con Claudia, estaba disfrutando como nunca mientras me rompían el culo, pero estaba tan excitado que apenas duré nada.

Eché la mano hacia atrás agarrando por el culo a Mariola, para que me la metiera más fuerte y en cuanto toqué su culazo exploté dentro de Claudia.

―¡¡Fóllame, fóllame!! ―le pedí a la amiga de mi mujer gimiendo patéticamente mientras me corría.

―¿Yaaaa?, jajajaja ―escuché por detrás reírse a Mariola.

Pero yo estaba vaciando los huevos en el interior de Claudia mientras Mariola seguía embistiéndome. A pesar de haberme corrido, dejé que me siguiera follando hasta que mi polla perdió dureza y se salió del interior de Claudia. Yo abracé a mi mujer y Mariola siguió destrozándome el culo, todavía un minuto más.

―¿Te gusta, cornudo, te gusta esto?

Después dejó de penetrarme y al sacarme la polla me dio un pequeño azote en el glúteo.

―Ufffff, ¡me ha encantado follarte, David!

Claudia se dio la vuelta y fue hasta donde su amiga para darse un beso delante de mí. Para terminar la noche me metí en la ducha con ellas, y aquello todavía fue más placentero. Los tres en un pequeño habitáculo de apenas dos metros cuadrados. Me dejaron hacer a mí, me dio mucho morbo pasarle la esponja por el cuerpo a Mariola y a mi mujer, enjabonarlas y por último aclararles el pelo.

Al finalizar la ducha volvía a estar muy empalmado. Ellas no me tocaron, pero cuando empezaron a besarse bajo el agua me hice una paja mirando cómo se morreaban y se metían mano. Después de correrme me salí de allí, dejando a Claudia y Mariola disfrutando todavía un rato más de su intimidad.

Lo pasamos tan bien aquella noche, que sabía que ese tipo de encuentros con Mariola iba a repetirse mucho más a menudo en el futuro.

35

Se machacaba todos los días dos horas en el gimnasio en cuanto dejaba a sus hijos en el colegio y al pequeño de los cuatro en la guardería. Quería estar bien guapa cuando presentara el programa matinal en verano. Hacía natación, spinning, piernas y sentadillas, también trabajaba un poco los brazos, pero no mucho, a Marina no le gustaban los brazos musculados en una mujer, decía que le parecía poco femenino.

Era famosilla en el gimnasio, ahora que era presentadora en una cadena regional, a sus 42 años Marina estaba mejor que nunca, con sus largas piernas bien definidas, un culo pequeño y duro y esas tetas de silicona que le quedaban perfectas.

Se estuvo secando un poco el sudor con la toalla después de la clase de spinning, llevaba un conjunto con el que enseñaba el ombligo y se veía estupenda frente al espejo. Luego se pasó por el vestuario para ponerse un biquini. Un par de días a la semana le gustaba ir a la sauna para sudar un poco, era muy recomendable para eliminar las toxinas de la piel y las impurezas.

Solía ir por las mañanas porque no había mucha gente, así estaba tranquila, como aquel día que estaba sola en la sauna, pero de repente la puerta se abrió y apareció Cristina, que venía de la piscina.

No habían vuelto a coincidir en el gimnasio desde la última vez que discutieron.

―Hola ―dijo tímidamente Cristina, sentándose a unos metros de ella.

―Hola.

Las dos estaban en silencio, Marina cerró los ojos intentando estar tranquila, pero sentía la mirada de Cristina clavada en ella. Habían sido muy amigas hasta que ella se acostó con Gonzalo, y Marina quiso poner distancia en su relación con ella, al entender que no se había portado nada bien con su cuñada y que además había sido la causante de la grave crisis familiar que habían pasado los “Álvarez”.

Le fastidió mucho tener que romper su amistad, pues con la vida que llevaba y cuatro hijos tampoco es que tuviera muchas amigas, y además con Cristina tenía una gran confianza y podían hablar con ella de cualquier cosa.

―Te he visto en la tele, lo haces muy bien ―le dijo Cristina.

―Gracias.

―Llevábamos tiempo sin vernos…

―Sí.

―Yo es que suelo venir por las tardes, después del curro…

―Yo por las mañanas.

―¿Y qué tal te va todo?, ya veo que en el trabajo te va muy bien.

―Sí, no me puedo quejar, tenía muchas ganas de volver a la televisión y surgió esta oportunidad…

―¿Y los niños? ¿Todo bien?

―Sí, estupendo, como siempre.

―Siento mucho lo que pasó con Gonzalo y que tú y yo, bueno… ya sabes, no pude disculparme bien en su día…

―Sí, yo también.

―Si llego a saber que por hacer eso iba a perder tu amistad no lo hubiera hecho, me dolió mucho dejar de verte… ―dijo Cristina con sinceridad.

―A mí también.

―Si pudiera dar marcha atrás…

―Pero no se puede.

―Es una pena, me gustaría arreglarlo, creo que estamos a tiempo…

―No lo sé…

―¿Puedo invitarte a un café ahora cuando salgamos?, por favor…

Marina se quedó pensando unos segundos, cuando dio por finalizada la relación con Cristina había sido demasiado dura con ella, es verdad que no le había gustado que se acostara con Gonzalo, haciendo tambalear los cimientos de la familia “Álvarez”, siempre había repudiado ese tipo de gente y se había alejado de ella, pero pensó que Cristina merecía una segunda oportunidad, al menos se veía que estaba arrepentida.

Por tomar un café con ella no pasaba nada, de momento no se lo iba a decir a Pablo, por si se molestaba. Tampoco tenía por qué saber que había estado con Cristina.

―Vale, acepto esa invitación…

El café se alargó casi una hora, llevaban mucho tiempo sin hablar y tenían que ponerse al día. Cuando Marina se fue para casa sintió que había recuperado a una amiga.

36

La semana estaba siendo muy movida para Claudia, en plena campaña electoral apenas paraba en casa. Tenía viajes, comidas de trabajo, multitud de mítines en distintos sitios… y el sábado tenía que salir ella al estrado y dar un pequeño discurso. Iba a ser su primera vez.

A mí me ponía de los nervios que pasara tanto tiempo con Basilio, las relaciones entre ellos habían sido más frecuentes últimamente y según Claudia durante esta semana no había pasado nada, pero cada vez que salía de casa yo me quedaba pensando si a la vuelta no lo habría hecho una paja, una mamada o habría follado con él.

Aquella mañana en la oficina no tenía muchas ganas de trabajar, estaba solo en mi despacho escuchando de fondo el ruido de la fábrica y se me venía a la cabeza una y otra vez lo que había pasado el sábado pasado entre Claudia, Mariola y yo.

Se me había metido en la cabeza el sonido de los azotes que le propinábamos en los glúteos a la amiga de mi mujer y además me era imposible dejar de pensar en el encuentro que habíamos tenido.

La habitación de Mariola estaba muy poco iluminada, y con recordar los cuerpos desnudos de Claudia y su amiga ya se me ponía dura, pero no solo había sido eso, se habían besado, se habían comido los culos y habían terminado follando delante de mí. Mariola le había dado por el culo a mi mujer en mis propias narices y luego me había permitido sodomizar a Claudia después de ella.

Pero el momento cumbre fue cuando Mariola se puso detrás de mí y me folló con la polla de juguete que acababa de tener metida en el ano de Claudia. Formamos una especie de trenecito donde Mariola me enculaba a mí y yo se lo hacía Claudia a la vez. Estaba claro que era un juego que ya habían hablado entre ellas y yo estuve encantado de participar en él.

Para terminar la noche nos duchamos los tres juntos y me dejaron enjabonar sus cuerpos y que luego me hiciera una paja mientras las miraba morrearse.

Pensar todo eso hizo que me levantara de la silla y me metiera en el WC de mi despacho. ¿Qué estaría haciendo Claudia en ese momento? Lo mismo estaba masturbando a su jefe o quizás solo se estaba dejando agarrar de la cintura para ponérsela dura con sus movimientos de cadera.

Me pegué unas pocas sacudidas corriéndome de pie en apenas un minuto.

Cuando salí del baño ya estaba más relajado, pero seguía sin muchas ganas de trabajar. Encendí el chat en el móvil y repasé la última conversación que había tenido con Toni un par de días atrás. Le había confirmado por privado que mi mujer estaba más que dispuesta a quedar personalmente con él. Le comenté el estado de calentura en el que se encontraba Claudia en los últimos días y le dije que teníamos que darnos prisa para concretar cuanto antes ese encuentro, por lo que pudiera pasar.

Ideamos un pequeño plan, para que en el siguiente cíberencuentro dejara caer, como por casualidad, que el fin de semana siguiente a la fecha de las elecciones tenía que hacer un viaje a Madrid. Le dije que se inventara cualquier excusa.

Había que concretar cuanto antes día y hora.

Una vez trazado, solo nos faltaba esperar que Claudia picara el anzuelo. Me ponía muy nervioso la posibilidad de quedar con Toni y al fin conocernos, después de haber estado tantos años compartiendo pajas y secretos, primero nosotros solos y luego con Claudia.

Tenía muchas ganas de que llegara el momento y ver los 24 centímetros de su enorme polla penetrando el delicado coño de Claudia. El contraste entre esa verga y el pequeño cuerpo de mi mujer iba a ser brutal.

Solo hacía que pensar en sexo. Claudia y sus amantes, Mariola, Toni, mis cuñadas, fantaseaba con Cristina. Cualquier cosa me valía para hacerme una paja.

Ahora no teníamos ningún plan en un futuro cercano, sexualmente hablando, el sábado me iba a desplazar con las niñas para ver a Claudia dar su primer mitin político, siete días más tarde serían las elecciones y notaba que mi mujer necesitaba un descanso. Además, después de las votaciones, por lo que me había comentado Claudia, era más que probable que ganara su partido político y corría con mucha fuerza el rumor de que Basilio iba a ser el próximo Consejero de Educación de la Comunidad, por lo que mi mujer pasaría a desempeñar un cargo también muy importante.

A media tarde llegó Claudia del trabajo, ya era viernes y hacía un día de perros. ¡Qué manera de llover! Me dijo que para desconectar un poco a las diez iba a ir a la clase de pádel nocturna que solía dar ese día. Yo no estaba muy convencido y no me hacía nada de gracia que saliera de casa con la que estaba cayendo, pero a Claudia no pareció importarle.

Se cambió de ropa y se puso un chándal gris ajustado, con una sudadera con capucha del mismo color, preparó la bolsa y sobre las 21:20 se marchó. Me asomé a la ventana de la cocina mientras mi mujer sacaba el coche del garaje. La calle ya se había convertido en una piscina y seguía jarreando con insistencia.

Me quedé preocupado viendo desaparecer entre la lluvia el coche de mi mujer. Cogí el móvil y lo metí en el bolsillo para estar pendiente de él. Por si me necesitaba…

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