SYLKE & FRAN

CAPÍTULO 4 – TODO POR UNAS BRAGAS

Aun no soy consciente de cómo ha empezado todo, lo que sí sé es que cumplir los 18 ha sido en mi vida un antes y un después y no pensé nunca que el cambio iba a ser tan radical. Desde descubrir el balcón que me permitía espiar a mi madre o a mi hermana, verlas jugar con un consolador, tocarse, masturbarse, algo que pensé que hacían pocas mujeres y para colmo que Celia me pillase en pleno espionaje con mi polla fuera, pero gracias a ella, descubrir lo que era un cuerpo femenino, en vivo, en directo y de cerca, tocarlo, lamerlo, sentirlo y que me permitiría una imagen imborrable para el resto de mi vida.

Esa mañana, anduve con la mente ida durante toda la jornada, de hecho, ni los vaciles de Miguel, ni el cuerpo rotundo de doña Aurora, parecían distraerme del cuerpo de Celia que yo no era capaz de borrar de mi mente, una y otra vez, en cada una de sus curvas, olores, sabores…

A la hora de mi entrenamiento con el equipo de natación salí a la piscina sin prestar mucha atención a las indicaciones de Fermín, nuestro profesor y entrenador, pero para colmo, el grupo de chicas que había al fondo, en su clase de estiramientos, con sus bañadores marcando curvas, pegándose a sus juveniles cuerpos, volvieron a despertar a la “bestia” que llevaba dentro, que no era otra que mi polla cobrando vida de nuevo, marcándose ostensiblemente bajo mi pequeño bañador. El mismo Miguel me señaló el bulto que se iba formando en mi slip

–          Tío, con esa polla vas liarla gorda, nunca mejor dicho, jajaja. – dijo mi amigo riendo en voz baja junto a mí.

Yo intentaba pensar en otra cosa, pero nada, aquel bulto iba “in crescendo” y para colmo mi amigo no hacía la labor de distraerme a otro tema, precisamente.

–          Si te vieran aquellas el tronco, alguna se desmaya, seguro, tío. – dijo señalando a las chicas que ensayaban un salto desde el trampolín.

–          Joder, tío, calla ya, que estoy pasándolo fatal.

–          No me extraña y es que aquel grupito de tías está que se sale. Especialmente Lucía, ¿has visto que tetas se le marcan? Las tiene pequeñas pero esos pezones están diciendo “cómeme”

–          Joder, colega, calla.

–          Pues no has visto el tanga con el que ha venido.

Me quedé mirando a mi amigo que no hacía apaciguar aquella tensión incontrolada sin entender a qué se refería. Pero me lo aclaró dándome un codazo diciendo:

–          Sí, joder, el vestuario estaba abierto y he visto el tanga que traía en su bolsa, joder, lo que debe ser verlo en vivo tapando ese chochito. ¿Lo llevará depilado?

–          ¿Has mirado en su bolsa? – pregunté alarmado.

–          Sí, joder, no me pude resistir, es un tanga tan chiquitín que no tiene que tapar casi nada. Lo que daría por vérselo en vivo.

–          Eres un cerdo, Miguel. – dije alterado.

Mi respuesta quería por el lado bueno, pero mi polla dio otro estirón escuchando eso y entonces decidí cortar por lo sano y salir de allí como alma que lleva el diablo, corriendo antes de que alguien más se diera cuenta del bulto que marcaba mi bañador, con la excusa de encontrarme mal

Mi polla palpitaba por momentos y no estaba muy claro si era por Celia, por mi madre, por mi hermana, por mis compañeras en bañador o por aquellas palabras sucias de mi amigo… y entonces, de camino por los pasillos, en lugar de entrar en mi vestuario, me asomé al de chicas que extrañamente estaba con la puerta abierta. No sé por qué lo hice, pero sabiendo que Miguel lo había hecho también, la tentación me podía, aun sabiendo que era una cerdada y un riesgo de ser pillado infraganti, pero necesitaba sentir algo del aroma de una mujer nuevamente, resultaba tan atrapante…

Traspasé la puerta abierta y vi como había varias bolsas de deporte sobre los banquillos. Me resultó demasiado fácil y me acerqué a una de ellas, la primera, que precisamente tenía la cremallera totalmente abierta, identifiqué al instante que se trataba de la de Lucía, porque tenía un llavero de gatitos inconfundible y me asomé a ver que había dentro.

Miré hacia la puerta, pero no escuché nada, entendiendo que todo el mundo estaba en las piscinas entrenando. Volví a asomarme en esa bolsa y entre su ropa de calle, había también las famosas y diminutas braguitas usadas. Era un pequeño tanga de color blanco con una pequeña mancha en la parte de delante. En ese momento debía haber salido de allí, pero recordando a Miguel, no pude más que cogerla entre mis dedos y comprobar que esa prenda íntima era realmente pequeña, pero para colmo, no pude evitar de forma absurda, llevarla a mi nariz, volví a sentir lo que era el embriagador olor a mujer, descubriendo una vez más ese atrapante aroma de hembra.

Sentado en el banco, de forma totalmente inconsciente, saqué mi polla del bañador y me empecé a masturbar oliendo esas braguitas, que habían conseguido ponérmela durísima, cuando al cabo de un minuto, repentinamente, Lucía, entró en el vestuario y me vio con mi polla en todo su esplendor, dándole una buena tunda con mi mano y sus pequeñas braguitas en mi otra mano.

–          ¡Ah, Marcos!, ¡eres un cerdo! ¿qué haces con mis bragas? – gritó al verme y salió corriendo asustada.

–          ¡Lucía! – la llamé en otro grito, intentando explicarle, pero era tarde, mi compañera había salido pitando.

Creo que eso alarmó a mi entrenador porque unos segundos después apareció Fermín por la puerta, sin tiempo a esconder las armas del delito, por un lado, las braguitas que aún estaban hechas un gurruño en mi mano y por otro, mi polla a la que no era capaz de volver a ubicar dentro del slip.

–          Marcos, ¿Qué coño estás haciendo? – me gritó al verme así.

–          Yo… Fermín…

–          Vete inmediatamente a tus vestuarios, vístete y vete a casa. No quiero verte hasta que no me llame tu padre – me dijo abroncándome Fermín con sus ojos desorbitados.

Sus palabras eran un mazazo, pues lo último que quería era alarmar con algo así a mi padre. Sabía que estaba muy centrado en un trabajo y lo último que quería darle era un disgusto, además no iba a entender nada de aquello, bueno ni yo mismo entendía mi comportamiento.

–          Yo… es que mi padre está muy liado. – quise disuadirle, pues no dejaba de pensar la que me iba a caer en casa con papá ante algo así.

–          Pues que me llame tu madre. Esto es intolerable, Marcos, ¿te das cuenta?

–          Yo…

–          Que sepas que vas a tener un expediente de expulsión, primero del equipo y no sé si de la universidad. – añadió mi entrenador señalando la puerta para que abandonara el vestuario de chicas cuanto antes.

No fui capaz de rebatirlo, me sentí humillado y salí avergonzado, por no haber tenido ni media cabeza al hacer algo así. ¿Cómo se me ocurrió hacer aquello? seguramente pagaría caras las consecuencias y no sabría qué decirle a mi padre ante esa situación, pensé que mi madre lo podría digerir de otra manera, ella siempre me ha mimado y ha perdonado casi todos mis pecados. ¿También este?

Me dirigí a casa, algo mareado por ese momento tan vergonzoso, pensando en cómo planteárselo a mamá.  ¿Qué le iba a contar a mi madre para que llamara al entrenador por un escandaloso comportamiento? Creo que de la expulsión del equipo no me salvaba nadie, pero ¿Me echarían del curso en mi primer año en la facultad, con todo lo que me había costado acceder? Para colmo, mis padres habían pagado una matrícula muy cara y todo se iba a la mierda en nada…

Por el camino pensaba en la bronca sin parar. Al entrar, lo hice por el jardín, saltando la valla, como hacía en alguna ocasión, pero al meterme junto a los arbustos de la piscina, me quedé paralizado. Mi hermana Sandra, que seguramente no esperaba visita alguna, estaba totalmente desnuda, despatarrada sobre una de las tumbonas y jugando en su coño con el famoso juguetito rojo de mamá, por lo que me escondí detrás de un seto a observar. Si ya había tenido demasiadas sensaciones en un día, ahora, encontrarme el perfecto cuerpo de mi hermana allí, despelotada, era demasiado. ¿Qué me estaba pasando? ¿Algún demonio quería llevarme al infierno de cabeza con tanta lujuria pululando por todas partes?

A pesar de todo, no quería perderme ese show y muy sigilosamente, me arrodillé para estar más cómodo e intenté no moverme para no hacer ningún ruido que pudiera alertar a mi hermana. Apenas la tenía a una distancia como de unos 5 metros, pero podía observarla totalmente, aunque de perfil. Su respiración parecía agitada y esas grandes tetas se movían acompasadas con cada jadeo.

Recordaba las palabras de Celia diciéndome que no debía pensar ni en mi hermana ni en mi madre con deseos pecaminosos, pero aquella visión era brutal. ¡Demasiado brutal!, El cuerpo de Sandra era tan bonito…

Podía observar a mi hermana con las piernas dobladas muy abiertas y los pies apoyados sobre la tumbona, creyéndose ajena a cualquier mirada. Por mi posición no podía verle el coño en todo su esplendor, pero sí sus pechos amplios, casi tan grandes como los de mi madre, pero en este caso no estaban en absoluto caídos a los lados, sino, completamente firmes apuntando al cielo y sus pezones como pequeñas bolitas coronando esa deliciosa tarta, la aureola era sonrosada clara y mi polla desde dentro del pantalón empezó a cabecear deseando salir de la prisión en la que se encontraba.

Mi hermana, con los dedos de su mano izquierda sujetaba el artilugio rojo que mamá le había prestado y ella lo miraba como si fuera el manjar más delicioso mientras su mano derecha acariciaba el muslo del mismo lado.

Sandra se fue acercando, con timidez, pero con deseo, la punta del consolador a su lengua que empezó a palparlo, como el perrillo que en principio olfatea la comida antes de devorarla, para progresivamente saborearlo con más intensidad, rodeándolo con su lengua hasta aprisionarlo con sus labios y engullirlo poco a poco con suavidad. Parecía haberle cogido gusto a eso de mamar y no le desagradaba tanto como parecía a tenor de la cara que ponía mientras pellizcaba uno de sus pezones. A continuación, sin dejar de mamar el juguete, la mano derecha se deslizó a su coño.

Un movimiento suave de abajo a arriba, me hizo comprobar que mi hermana se estaba frotando la rajita, las piernas todavía intentaron abrirse más y sus caderas empezaron a arquearse hacia arriba.

En ese momento me hubiese gustado estar aún más cerca, pero estaba lo suficiente para disfrutar de ese espectáculo. Lógicamente, ante esa situación, mi mano derecha, ya había abierto la cremallera del pantalón que llevaba puesto e intentaba sacar la polla que ya no aguantaba más tiempo encerrada, todo lo que me había dicho Celia había caído en saco roto y sí, me estaba pajeando observando a mi hermana. ¡Soy un cerdo depravado!

Sandra, sacó el consolador de su boca y empezó a deslizarlo hacía abajo, parando en sus pezones y con la punta empezó a moverlo en círculos a su alrededor, rozándolos y si cabe, me pareció percibirlos más duros, cuando un pequeño gemido salió de su garganta, mientras sus ojos permanecían cerrados y mi polla dio otro de sus espasmos entre mis dedos… joder me excitaba con mi hermana, pero era una mujer preciosa, era inevitable. Ella, totalmente ajena a mi presencia, siguió hacia abajo acariciando su piel y cogiendo el consolador con las dos manos, un ruido fino pero constante se empezó a oír, a pesar de la distancia, ella con sus manos había movido la base del artilugio, para comenzar a vibrar.

Con su mano izquierda empezó a masajearse esos pechos perfectos que se movían como una masa en su punto y con la mano derecha empezó a deslizar la punta del consolador a lo largo del coño, pero se detuvo al llegar a la parte superior, en lo que supuse era su clítoris, como bien me había explicado Celia. La punta quedó fija y mi hermana sufrió un espasmo brutal, parecía estar como poseída, su cuerpo se movía como el de una culebra, gemía, se mordía los labios, su respiración se agitaba, daba espasmos…

Inmediatamente la cabeza de mi hermana se incorporó, observando como la punta del consolador le vibraba en su clítoris y con un suave movimiento lo deslizó hacía abajo, desapareciendo poco a poco dentro de ella. ¡Joder, se lo había metido casi entero en su coño y eso que era enorme!

Mi polla también se movía al mismo ritmo en un movimiento oscilante, mordiéndome los labios para no hacer ruido.

Al mismo tiempo ella había aumentado el movimiento del consolador de una forma frenética, sacándolo y metiéndolo.

–          ¡Que rico! Mmmm- le oí decir entre suspiros.

Sandra echó la cabeza hacía atrás y levantó las caderas como si quisiera levitar, su cuerpo tembló e inmediatamente todo el peso de su cuerpo cayó sobre su hamaca.

Mi polla en esos momentos no pudo aguantar más y un chorro de leche, como si fuera una pistola de agua salió disparada hacia adelante, a la vez que tenía que hacer esfuerzos para mantener la estabilidad en el momento del orgasmo y no emitir un solo ruido, tuve que llegar a morderme el brazo para no gemir. Sin saberlo ella, me había corrido a la vez que mi hermana.

Luego, tras unos segundos recuperándose, mi hermana metió el consolador en el bolso de las cremas y mirando de un lado a otro, pensando si alguien pudiera estar viéndola, se volvió a poner su bikini y se tumbó de nuevo a tomar el sol como si nada hubiera ocurrido.

Miré a mi polla que había bajado su tensión y de la que colgaban los últimos goterones… Otra vez lo había hecho, me había masturbado viendo a mi hermana.

Tras asegurarme de que Sandra con sus cascos y sus ojos cerrados no se había percatado de mi presencia, intenté recomponerme y salí de mi punto de observación, medio tambaleándome y es que lo que había visto me había dejado atónito y totalmente groggy.

Mi hermana y yo comimos juntos, la deliciosa lasaña que nos había preparado Celia, pero apenas sin hablar, como tanas otras veces, yo mirando la tele y ella su móvil, solo para decirnos, pásame la sal o pásame el agua. Por un momento observé a Sandra y es que Miguel tenía razón, mi hermana es preciosa y era difícil no sucumbir a su belleza, a esa sensualidad que le rodeaba, casi de forma espontánea, natural, pero es que ella era todo un pibón… tan parecida a mamá… Lógicamente ella no sabía que yo la había espiado y en más de una ocasión, pero eso tampoco tendría por qué saberlo y preferí mantener ese secreto conmigo y hasta la tumba, menos que se enterase mamá o la propia Celia a quién le había prometido no volver hacerlo.

Por la tarde estando en mi habitación, intenté estudiar algo, pero tampoco me concentraba, sólo venía a mi mente la imagen de Sandra y ese consolador rojo entrando en su coño una y otra vez, cuando oí los nudillos llamando a mi puerta. Era mi madre que había vuelto del trabajo.

–          Hola cielo, ¿qué tal el día?, espero haya sido muy bueno – me dijo ella entrando en mi habitación y cerrando la puerta tras de sí.

Como otras muchas tardes, ella se apoyó en la silla en la que yo estaba sentado frente al ordenador, dándome un beso sonoro en la mejilla, como siempre y no sé si como siempre o es que mi mente se había transformado en esos días, noté sus tetas blanditas pegadas a mi nuca durante bastante rato. Mi polla se fue poniendo morcillona por momentos al sentir esos pechos de mamá.

–          Bien mamá, muy bueno el día ¿y tú qué tal? – le dije medio tartamudeando sin poder evitar pensar en todo lo que me había acontecido durante el día.

–          Cansada, cielo, con ganas de darme una ducha- me dijo mientras miraba el desorden de mi habitación.

Me fijé en mamá…. y de nuevo la vi tan espectacular como siempre o quizás más, no sé, pero me parecía su cuerpo tan atrayente, con el traje de ejecutiva y ya me era imposible dejar de verla solamente como mi madre, más todavía después de haberla visto desnuda y masturbándose… pero mi polla volvió a dar un espasmo cuando en un momento giró su cuerpo para agacharse a coger algo de ropa que yo tenía tirada por el suelo.

–          ¡Cariño, eres un desastre! – protestó ella recogiendo unos calcetines.

Yo me limité a ver como se agachaba y sus tetas parecían querer salirse por el escote, al tiempo que subía esa falda de ejecutiva, hasta lugares insospechados, mostrando a través de la pequeña abertura el dibujo de sus medias y una buena porción de sus robustos muslos, hasta bastante arriba…. De nuevo estaba mirando a mi madre con otros ojos, los ojos del pecado, sin hacer caso a la promesa de Celia.  Por un momento quise desviar la vista hacia otro lado, pero mi madre se agachó de nuevo y era demasiada la tentación ver a mi madre doblándose más, haciendo que sus tetas quedaran colgando, hasta verse el dibujo de su sostén. ¡Joder qué buena estaba! Y luego dándose la vuelta, me parecía incluso que lo hacía a cámara lenta, poniendo su culo a pocos centímetros de mi cara, sintiéndose segura de que ningún depravado la estaba observando… y ese era yo, un depravado nada menos que devorando con la mirada y deseando ese cuerpo prohibido de mi madre.

“Al carajo con las palabras de Celia” – pensé para mí para seguir disfrutando de ese cuerpo tan bonito que seguía moviéndose, para mí, con la mayor sensualidad que jamás había advertido en ella, recogiendo calcetines y calzoncillos del suelo.

–          Bueno, cariño, creo que voy a darme esa ducha y tú deberías ser más cuidadoso.

Tras decir eso, me mostró uno de mis bóxers con una mancha considerable de una de mis innumerables pajas. Me limité a sonreír, pues no era la primera vez que mi madre descubría esos restos de mis desahogos y ella puso una de sus sonrisas conciliadoras, echando luego un vistazo al bulto bajo mi chándal que yo no podía evitar que me delatase.

Cuando justamente ella se disponía a salir por la puerta, devolviéndome la sonrisa, le avisé.

–          Por cierto, mamá, tienes que llamar a Fermín, que quiere hablar contigo.

–          Fermín, ¿tu entrenador?

–          Si.

–          ¿Y eso? – me dijo con cara de sorpresa ¿Qué ha pasado? Qué raro que quiera hablar conmigo.

–          Ya sabes, por algo que fuiste compañeros. – disimulé cobardemente.

Curiosamente vi que los pezones de mamá se habían marcado bajo su blusa al nombrarle a mi entrenador.

–          Ya, hace mucho que no le veo – dijo suspirando lo que me llevó a pensar que fueron algo más que compañeros de estudios.

Se quedó pensativa y luego añadió:

–          Pero si me ha llamado urgente, es porque algo ha pasado ¿no?

Tragué saliva.

–          Supongo será algo relativo a las próximas competiciones – le dije mirando hacia mis apuntes mintiendo como un bellaco.

Lo más lógico era confesarle todo lo ocurrido, decirle que era un cerdo, que había espiado la bolsa de Lucía, que me masturbé con ella, que merecía un castigo ejemplar, pero no hice nada de eso.

–          Vale, ahora en un rato le llamo entonces, de momento vete calentando la cena, que tu padre está a punto de llegar.  – comentó mamá.

–          ¿Y Sandra? ¿No la puede preparar ella? – pregunté pues no quería enfrentarme al encuentro con mi padre y que me notara algo raro.

–          Tu hermana dice que no cena, que quiere guardar la línea. Ya ves tú… Como si ella lo necesitara.

–          Y tanto. No le hace falta en absoluto. – respondí recordando el cuerpo desnudo de Sandra en la tumbona del jardín masturbándose con el consolador.

–          ¿A qué sí? – me preguntó mamá y disimulé para no reconocer que mi hermana era perfecta y no le sobraba ni le faltaba absolutamente nada.

–          Venga cariño, preparara tú la cena, que eres un cielo de hijo. – añadió lanzándome un beso y saliendo de mi cuarto.

Me sentí mal y muy cobarde por mi actitud evasiva, no fui capaz de confesar de lo que quería hablar Fermín con ella… en principio había salvado la situación con que no fuera mi padre el que hablara con mi entrenador, ahora tampoco era capaz de sentirme seguro con mamá. ¿Qué pensaría ella de mí? ¿Realmente había parido un monstruo? ¿Igual era ella la que dejaba de hablarme durante semanas al enterarse de mi fechoría?

Al rato llegó mi padre, al que intenté esquivar la mirada en la cocina, ni le seguí el juego cuando me hizo unas cosquillas, como suele hacer siempre que llega a casa. Desde luego me notó raro y yo le engañé diciéndole que tenía un molesto dolor de cabeza.

–          Pues acuéstate un rato, Marcos y ya me encargo yo de la cena. Te aviso cuando esté lista. – dijo – ¿Todo bien en la Uni?

–          Si, sí, gracias, papá, simplemente es un dolor de cabeza y creo que no tengo apetito.

–          ¿Tú tampoco cenas? Tu hermana tampoco. Esta juventud, ¿dónde tendrá la cabeza?

Sonreí y pensé “Si tú supieras…”  Subí arriba y me metí en mi cuarto, con la intención de no aparecer en el resto de noche. Me quité la ropa y escuché que mamá hablaba por teléfono:

–          ¿En serio, Fermín? ¿Pero qué ha pasado?, ¿Tan grave es? – le escuché decir.

Salí de mi cuarto en calzoncillos y me puse a escuchar en el pasillo junto a la habitación de mis padres, por suerte, la puerta estaba entreabierta y vi a mamá con una pequeña toalla rodeando su cuerpo, lo cierto que, a duras penas, pues sus grandes pechos parecían querer salirse por la parte de arriba y por la parte inferior apenas cubría unos centímetros por debajo de su culo. Estaba recién duchada y aun con su pelo mojado y estaba realmente resplandeciente, deambulando por su habitación y hablando con mi profesor y entrenador. Entonces vi su cara de preocupación de todo lo que pudiera estar escuchando de su interlocutor. Sentí un nudo en el estómago que casi me hace vomitar.

–          Como eres… Fermín, ¿entonces no me vas a adelantar nada de lo que ha pasado? – dijo ella con una media sonrisa – No, no vayas por ahí y ponte serio, no empieces…

Me chocó bastante esa familiaridad que mamá mantenía con mi profe, hasta el punto de que me parecía un tonteo en toda regla, como si el otro le estuviese diciendo otras cosas bien diferentes al asunto en cuestión. Quizás se conocían mucho más e incluso me parecía que mantenían el contacto más estrecho de lo que ella me había contado. De algún modo me alivió saber que lo mío pasaba a un segundo plano, pues no vi en ella cara de susto o de preocupación y el otro quizás prefería no hacerlo por teléfono, seguramente para no alarmarla. Por suerte, mamá conocía bien a mi entrenador, de hecho, fueron juntos al instituto cuando eran jóvenes y sé que mi madre siempre le ha molado a mi profesor y creo que viceversa también, como una especie de amor platónico, incluso creo que tuvieron algún lío de juventud, aunque ella nunca me lo confesó. Pero ¿ahora? Mi madre ¿tonteando con Fermín?

–          No me asustes… vale, vale, Fermín, mañana te veo. No será tan grave y de lo otro, ni lo sueñes… ya sabes que no puedo. – acabó diciendo ella cuando colgó la llamada.

Me quedé pensando qué podría ser eso de “lo otro” que mi madre no podía. Tan atontado estaba, que antes de que quisiera desparecer desde mi punto de observación, mi madre me pilló de lleno, espiando.

–          ¡Marcos, ven aquí! – me dijo muy seria.

“¡Joder!” – Dije para mí – ¡Tierra trágame!” pero no me quedó otra que entrar, a pesar de estar en calzoncillos.

–          Ven. – me dijo dando palmadas sobre el colchón de su cama, sentándose en ella e invitándome a hacerlo también.

–          Mamá… yo…

–          ¿Qué ha pasado? Por el tono de Fermín, la has liado muy, muy gorda.

–          Yo… no.

–          Marcos, debes contarme la verdad ¿o prefieres que me avergüence de algo delante de Fermín?

–          No, mamá, no quiero que pases por eso.

Mi madre observó por un momento mi cuerpo de arriba abajo, pues no tenía nada más que los pequeños bóxers cubriéndome, aunque me sentí desnudo frente a su mirada, como lo estaba ella para mí, tapada únicamente con esa diminuta toalla que parecía querer saltar por los aires tapando a duras penas su monumental cuerpo.

–          Es algo con chicas… con una tal Lucía, por lo que me ha dicho. Cuéntame, – me apuró mi madre.

–          Sí, mamá… es algo de Lucía. – dije cortado.

Aunque Lucía era una chica mona, no era ninguna de mis preferencias, lo único que el fatal destino quiso que fueran sus bragas las que oliera en el vestuario y para ser honesto había que reconocer que ella era una tía que estaba muy bien.

–          Marcos, quiero que me lo cuentes todo. – imploró mamá con esos ojillos a los que es difícil rendirse.

Ella se recolocó la toalla sobre su pecho para que sus tetas no se salieran, pero eso mostró más de la parte de abajo, casi hasta adivinar su entrepierna por apenas un par de centímetros. Notaba que mi polla empezaba a latir y yo intentaba decirle a mi miembro, “No, ahora no… no me dejes en evidencia”

–          ¿Y bien? – me apuró mi madre – Y quiero la verdad, antes de que me lo cuente Fermín. Sabes que él tiene confianza conmigo y lo hará con pelos y señales. Prefiero saber tu versión primero Marcos. Confía en tu madre, por favor. ¿Qué ha pasado?

No tenía escapatoria y solté un argumento, mitad verdad y mitad invención.

–          Te lo cuento, si no se lo dices a papá. – le comenté.

–          Marcos, otra vez quieres que te tapé alguna de tus trastadas… ya te dije que ir tanto tiempo con Miguel no es nada bueno.

–          No, mamá, Miguel no tiene nada que ver.

En el fondo mi amigo tenía gran parte de culpa, pues era el que me había alentado a lo del vestuario y esas malditas braguitas, pero el único responsable de lo ocurrido era yo y tenía que asumirlo.

–          Vale, venga. Si no es demasiado grave, te taparé una vez más – dijo ella.

Tomé aire y ella se impacientó arrugando su frente.

–          Mamá estoy loco por Lucía – dije de pronto – aunque ella no me hace ni caso.

–          ¿Lucía? ¿la chica de las pequitas en la cara?

–          Si.

–          Es muy guapa. Tienes buen gusto, hijo.

Ciertamente ella tenía su cara llena de pequeñas pecas, pero eso resaltaba la belleza de su rostro, haciéndola más pequeña de lo que ya era, pues tenía 19.

–          ¿Y qué? – me apremió mi madre.

–          Pues eso, como ella pasa de mí.… por eso me metí en el vestuario de las chicas, cogí sus braguitas y me las puse a oler mientras…

–          Espera, espera… ¿oliste sus braguitas mientras te masturbabas? – terminó ella la frase tapando su boca con una mano y adivinando al momento como buena detective que siempre es.

–          Lo siento mamá, no sé qué me pasó, pero esa chica… estaba confuso, como ido.

–          ¡Pero, Marcos!

–          Soy un depravado, lo sé.

–          ¿Y Fermín te pilló haciéndolo?

–          Sí. No sé lo que pasó por mi cabeza- dije cabizbajo y rojo como un tomate.

Mamá me acarició el cabello y parte del cuello con dulzura, pero al hacerlo mi polla se fue poniendo morcillona y es que tener ahí a ese pedazo de mujer, apenas tapada por una pequeña toalla era muy fuerte para mí.

–          Cariño, no eres ningún depravado. Eres joven, con la testosterona por las nubes, estás loco por esa chica y eso es una locura de juventud, pero tienes que controlarte. Ya no eres un crío.

–          No te veo muy mosqueada. – dije sorprendido ante el comportamiento de mamá y mi descafeinada versión.

–          No cariño, es normal a tu edad. Bueno, eso que has hecho está muy mal, claro que sí, no puede volver a repetirse, pero entiendo que estés confuso.

Mamá siempre me ve con buenos ojos, hasta en las cosas más inexplicables, como esa.

–          Pensé que te lo ibas a tomar peor. – dije.

–          A ver, cielo, no está bien, pero supongo que era un acto de desesperación. – dijo.

–          Sí, te juro que no va a volver a ocurrir.

–          Lo sé, aunque es difícil si no tienes el control de tus impulsos, supongo que no has podido evitar saber a qué huele una mujer y tu inexperiencia te ha llevado a eso. ¿Es así, Marcos?

Me limité a sonreír como un corderito afirmando eso.

–          Tu hermana también tiene sus problemas, aun siendo algo mayor que tú, no te creas un bicho raro, ni un depravado ni quiero que veas el sexo como algo malo.

Mamá se quedó pensativa unos instantes y yo intenté ponerme en su lugar.

–          Mira, yo quiero ser comprensiva con vosotros, tenéis una edad complicada y ojalá yo hubiese tenido a alguien que me echara una mano para ayudarme a dar esos primeros pasos.

–          ¿Los abuelos no hablaron nunca contigo de sexo?

–          ¡No! – respondió rotunda. – Por eso ahora quiero ponerme en vuestro pellejo y ayudaros. Simplemente estáis en esa edad de que todo es confuso en el sexo y te aseguro que es todo mucho más natural.

–          Entonces ¿de verdad que no te enfadas? – pregunté sorprendido de nuevo.

–          Marcos, sé que te has convertido en un hombre, pero hay cosas que no puedes hacer, ¿entiendes? Y menos algo así, porque eso, en vez de acercarte a Lucia, te va alejar de ella. No creo que lo que has hecho te ayude, precisamente…

–          Lo sé, yo solo quería saber cómo olía. – añadí en aquella gran mentira, aunque eso sí que era cierto.

Mamá se levantó y caminando dos pasos recogió el tanga que se había quitado antes de la ducha que estaba sobre una silla y tras mirarme unos segundos me lo lanzó diciendo:

–          ¡Huélelo!

–          ¿Mamá? – dije yo recogiendo esa pequeña prenda al vuelo.

–          Si quieres saciar tu curiosidad, hazlo. Yo no te voy a ver como un bicho raro, aunque creo que a Lucía le va a costar perdonarte. Olfatea mis bragas y así sabes a qué huele una mujer.

–          Pero…

–          Tranquilo hijo, compruébalo y sacia tu curiosidad, todas olemos parecido a eso y te haces una idea.

Ella me apremió y me llevé esa pequeña prenda a la nariz, pudiendo notar el aroma de mamá impregnado en esas braguitas negras de encaje. Mi polla que ya estaba pidiendo guerra se puso más en guardia hasta ponerme en evidencia. Mamá lo notó y abriendo los ojos de par en par, dijo con los ojos como platos.

–          ¡Dios mío, Marcos!, ¡Si qué hacen efecto, cariño!

–          Lo siento, mamá. – ya no sé la de veces que dije esa frase, pero mi empalmada era brutal.

–          No, cielo, esa reacción es impulsiva de tu cuerpo, por eso es que tienes que controlarla con tu mente. Sé que no es fácil y menos con ese tamaño.

Mamá se acercó hasta ponerse de pie frente a mí, mientras yo continuaba sentado en la cama oliendo su tanga.

–           ¡Quítate eso! – añadió señalando mis calzoncillos.

–          ¡Pero, mamá!

Al ver que no reaccionaba ella misma se agachó frente a la cama y al hacerlo y abrirse de piernas, bajo la toalla me ofreció por completo la visión de su coño totalmente libre de vello, esta vez más cerca que nunca, al tiempo que metió las manos por los costados de mis caderas sacándome por completo los bóxers que llevaba y dejarme desnudo. Mi polla saltó como un resorte y que yo inútilmente traté de tapar.

–          ¡Uf! – dijo mi madre con esa polla a pocos centímetros de su cara.

Tragué saliva y ella se volvió a levantar poniéndose de pie con los brazos en cruz.

–          Cielo, no me voy a asustar, recuerda que ya te la vi el otro día.

–          Pero… yo no sé…

–          Cariño, estás muy bien dotado. No te sientas mal por eso, al contrario, deberías estar orgulloso.

Solté una pequeña risita, mezcla de nervios y de orgullo de saber que mi madre alababa mi tamaño, algo que hasta ahora me parecía negativo.

–          ¡Venga, hijo, desahógate! – dijo.

–          ¿Qué?

–          ¡Mastúrbate con mis bragas!

–          Pero, ¿aquí?, ¿ahora?

–          Claro, cariño. No me voy a mover hasta que lo hagas y lo sueltes todo. Date prisa, antes de que tu padre termine de preparar la cena y nos llame.

–          Pero ¿estás segura?

–          Con las de Lucía no acabaste, ¿no? ahora hazlo con las mías – dijo y continuó con sus brazos en cruz frente a mí.

Mantuve las bragas de mamá en un gurruño oliéndolas continuamente, pero con mi mano sosteniendo mi polla incapaz de moverme. Estaba en shock.

Continuará…

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