ISABEL GZ

3

Yo me encoño con quien quiero, que para eso el coño es mío.”

Una de las ventajas que tenía el ofrecerme como cornuda era que podía manejar mejor a mi esposo. No sólo en la comida y el ejercicio físico, que era lo que habíamos pactado. También en otros aspectos la balanza matrimonial parecía estar desequilibrada. Mientras que yo me mantendría fiel, Alonso podría follar con otras. Esto en machirulos tóxicos sería la perdición de cualquier mujer. Pero para Alonso suponía cierto problema moral. Aunque no lo dijese, yo sabía que mi marido tenía la sensación de que —en el fondo— él disfrutaría más que yo. Esto hacía que estuviera con cierto sentimiento de culpabilidad que venía muy bien para manejarlo.

—Oye carí, quiero poner en el salón mi colección de minerales.

Desde hace años sé que es una idea que Alonso odia. Era el momento de intentarlo. Solemos pactar esta clase de cosas pero en pareja pactar puede ser un proceso muy retorcido.

—No tenemos sitio. En el salón no caben más cosas.—Clásico intento de racionalizar sus sentimientos de odio hacia mis pedruscos.

—Sí que tenemos. Te las apañas siempre para ponerme alguna excusa. Ya quedamos en que pondríamos mi colección…

—En primer lugar—Alonso se iba a duchar y andaba en gayumbos y con la camiseta descolorida de Los Ramones. Cualquiera diría que no tenía otra camiseta para estar por casa.— No dijimos nada de “poner tu colección”. Dijimos que veríamos los minerales más bonitos y les buscaríamos un lugar en el salón o en alguna otra parte de la casa.

—Eso son matices de leguleyo.

—No tenemos sitio. — Repitió.

—Y dale con lo mismo. Verás como yo saco sitio, tú déjame.

Alonso se tranquilizó porque no quedaba —eso creía el muy incauto— espacio en el salón. En las estanterías había recuerdos que no iba a tocar como la foto que mi hermana me había regalado al graduarse en la que las dos aparecíamos haciendo muecas ante la cámara. O mi foto de boda. Pero había otras cosas que ya me encargaría de despejar.

—Espera, ¿ibas a ducharte, no?

Alonso asintió con la cabeza.

—Pues espera que te acompaño.

Seguro que mi marido se llevó una impresión equivocada de aquello. Cuando entré en el baño, abrí el armario y me puse a buscar en sus profundidades.

—¿Qué haces?

—Busco la maquinilla de pelar.

—¿Me vas a pelar? Pero si ya tuve que aguantar ayer ir a esa peluquería.

—Ajá, aquí está la cabrona.—Y saqué la maquinilla del submundo de aquel armario.— No es la cabeza lo que te quiero afeitar.

—¿Qué?

—No pongas esa cara. Voy a afeitarte las pelotillas.

—¿Cómo?—Mi cari alucinaba.

—Perdón, las pelotas. Se me olvidaba que los hombres sois muy susceptibles con el tamaño.

La cara de Alonso era un poema. Quería decirme que no, pero no sabía cómo.

—Mira cari —dejé las cosas claras— voy a pelarte ahí abajo que eso parece los bosques tropicales de Borneo.

—No hace falta, no tienes que molestarte, no hace falta, no…

—Espera, ¿tienes miedo?

No tuvo que decirme nada para confirmarlo.

—¿Sabes que yo voy a menudo al centro de depilación y no me he muerto, verdad?

—Esto es distinto.

—Si claro, claro. Dejaré pasar el comentario sexista porque sé que al final vas a dejarme hacerlo.—Por supuesto, yo ya estaba enchufando la maquinilla a la corriente.

—No entiendo por qué ahora quieres que me depile, nunca me habías dicho nada.

—Mira cari, a mí personalmente no me importa. No es algo que me de asco o me disguste. Pero ahora tienes que estar presentable porque van a verte otras. Y no es depilarte, es afeitarte. Depilar es cuando te quitan todos los pelos y no es eso lo que quiero hacerte. Al menos no todos lo pelos.

—Lo dices como si fuera a follarme a media ciudad.

—No seas tonto, lo digo porque Teo seguramente te dará la dirección de esas escorts refinadas y tienes que estar a la altura.

Llegado a este punto Alonso sabía que no le quedaba más remedio que obedecer.

—Bájate los calzoncillos.—Se los bajó sin rechistar.

Allí estaba todo flácido el pito de mi marido rodeado de su habitual mata de pelo. Pongo en marcha la maquinilla y noto como Alonso contiene la respiración como si fuera a aplicarle una tortura china milenaria.

—Tranquilízate que pareces un niño chico.

La cosa no tenía mucho misterio. Comienzo a pasar la maquinilla tras ajustar el corte y voy rasurando de afuera de la entrepierna hacia el centro dejando caer el pelo afeitado al suelo o soplando cuando se queda adherido. Tengo más cuidado en la base de la polla. Estando flácida es un poco más difícil. Una vez que está eliminado la mayor parte del bello púbico sólo queda ir perfilando con la cuchilla de afeitar una vez embadurnara la entrepierna con el gel. Esta es la parte en la que Alonso más pánico parecía pasar. Las cuchillas hacen bien su trabajo salvo que a veces se me embotan por el pelo tan grueso de la zona. Cuando esto pasa doy algún que otro tirón, no muy fuerte. Alonso no decía nada el campeón. Aguantaba. Puede que parezca una situación excitante. A mí me lo parecía pero si tomamos como referencia el grado de erección de su pene no parece que a él aquello le pusiera mucho. Mientras apuraba con la maquinilla de afeitar mi marido ni respiraba. Quieto como una estatua miraba hacia la lámpara esperando que aquello pasase.

—Creo que así está bien. No es profesional pero así no parecerá que te has preparado para la ocasión. Queda más informal.

Alonso respira. Por fin acaba el tormento. Lo limpio con la toalla húmeda y le doy un besito a su polla. Se lo ha ganado.

—Cari, no te olvides de darte luego crema que si no se te va a irritar. Te dejo que voy a cocer el agua para los espaguetis. La salsa la preparas tú .

—o— 

Sandra y Emilio no solían salir mucho de noche. De hecho, salían más bien poco a pesar de las insistencias de Emilio para disfrutar del ocio nocturno más a menudo.

Esta noche Emilio había insistido y Sandra —para no escucharlo más— había aceptado. La ilusión de Emilio no era otra que conseguir que Sandra se enrollara con algún maromo y, si hubiera suerte, le pusiera los cuernos. Hasta ahora Sandra había tenido nulo éxito en la empresa de hacer cornudo a su marido. Siempre malhumorada, agria y altiva, su aspecto demasiado formal entre abogada respetable y madre superiora no era lo suficientemente atractivo y morboso como para conseguir atraer a los hombres. Cosa rara porque los hombres —sobre todo conforme avanza la madrugada— no es que suelan ser muy exigentes, pero aún así había algo en la belleza de Sandra que repelía a los mosquitos varones que intentaban remolonear entorno a ella.

El otro problema, obviamente, es que a Sandra no le valía cualquier maromo. No soportaba ni a niñatos, ni a perdedores, ni a incultos, ni a fantasmones, ni a hombres cuyas camisas llevaran botones en el cuello, ni a fanáticos del fútbol, ni a… ni a toda una larga lista que restringía mucho el campo de futuros folladores. Y todavía había otro problema añadido: Sandra insistía a Emilio en no ir a los bares caros y elegantes.

Parecía una broma: Sandra sólo estaba dispuesta a dar el paso de los cuernos con alguien culto y elegante pero se negaba a ir a los lugares donde, precisamente, estaban esos hombres cultos y elegantes. El motivo no era otro que la prudencia desmedida que sentía Sandra ante la posibilidad de encontrarse con algún cliente, alguien del mundo inmobiliario o de los juzgados. «Me muero de vergüenza si me ven ligando con alguien que no esmi marido». Le decía a Emilio. Y era verdad, pero no toda la verdad. Sandra se hubiera muerto igualmente de vergüenza si alguno de sus conocidos simplemente la hubiera visto en un pub. Sandra procedía de una familia humilde que con mucho esfuerzo consiguió darle una carrera a su hijita empollona. Sandra, buena estudiante y trabajadora, siempre fue consciente de la importancia de aparentar y crearse una imagen ante la gente rica.

Para ella era más fácil no arriesgar e ir a los bares populares a la espera de que alguien elegante menos escrupuloso que ella se atreviera a entrar. Y esta noche sí que parecía que había habido suerte. En la barra se había encontrado con un cuarentón interesante que había pasado su exigente escrutinio. Su reloj caro lo delataba. Los niñatos de ahora ya miran el móvil y no tienen reloj. La camisa, por supuesto, con un bonito cuello italiano sin botones. Él mantenía una conversación con unas chicas cuando se le acercó preguntándole por una trivialidad y así comenzaron a conversar.

Era médico y atractivo. A Emilio, que contemplaba excitado la escena desde el fondo, le encantaba para Sandra. Y Sandra ya se hacía a la idea de verse con una buena y elegante verga premium entre las piernas después de años de sequía. Han sido muchos meses de conformarse con la lengua o la pollita aprisionada de su marido. Sandra intentaba coquetear lo mejor que podía aunque no se le daba muy bien. Facilitaba la cosa que nuestro médico fuera resuelto y extrovertido. En medio de una interesante charla sobre la actual situación de las clínicas privadas, una veinteañera de cabello negro y despampanante figura con la que anteriormente había estado hablando los interrumpe sobando la entrepierna del médico y diciéndole algo al oído que Sandra no consigue escuchar. Él sonríe, y le dice a la morena «espérame». La morena faldicorta se fue hacia la puerta del local. Nuestro médico se despide educadamente de Sandra y sale como alma que lleva el diablo. Aquella noche el apuesto médico se follaría bien follada a aquella morena mientras Sandra comprendía que había sido utilizada para darle celos a la otra como si la veinteañera fuera ella. Se la comían los demonios por dentro por lo tonta que había sido. Otra vez volvía a descubrir que los productos premium suelen ser un timo.

Acabó el resto de copa que le quedaba. Buscó a Emilio y con la mirada le hizo el gesto inequívoco de querer largarse de allí. Los sentimientos de Emilio eran agridulces. Por un lado, le hubiera gustado que Sandra recibiera una buena polla y —a ser posible— contemplarlo él para su humillación y disfrute. Pero por otro sabía que nada mejor para un sumiso que tener a su Ama frustrada y con ganas de desquitarse. Y así lo hizo Sandra cuando llegaron a casa.

Esta vez ordenó a Emilio que la desnudara completamente. Cuando lo hizo, le dio permiso a su sumiso marido para que también se desnudara. Sandra en cueros estaba frente a Emilio cuyo única vestimenta, si se le puede llamar así, era la jaula de castidad.

Su señora no tenía que hablar mucho en esa situación. Él se tendió en la cama y esperó la tortura que habitualmente ella le preparaba. A Sandra no le gustaba aquello especialmente. Nunca se había considerado dominante en la cama pero había que calmar la calentura de alguna forma y ella se había reservado algo especial para joder a su maridito: el alfiler de vestir que siempre llevaba y que ahora se guardaba en la mano.

Sandra toma lubricante de la mesilla de noche y recubre con él la jaula en la que la pollita de Emilio intentaba escaparse. Está muy excitado y no poder empalmarse todavía lo excita más. Una vez que el acero de la entrepierna está bien lubricado, Sandra se abre y se monta sobre su marido. Sobre las caderas de su sumiso, Sandra se acomoda sobre la jaula de castidad que ahora tiene bajo su vulva. Empieza a frotarse con la jaula buscando el punto exacto que le da más placer. La teoría es fácil pero la práctica no tanto. Para poder llegar a correrse tiene que encontrar el sitio exacto de la jaula que no le destroce los labios vaginales y que ponga en funcionamiento su clítoris. Tras unos minutos moviéndose sobre el metal, al final consigue dar con la postura adecuada y comienza a restregarse contra la jaula. El lubricante ayuda.

—¡Te gusta como te follo, mariquita de mierda!

—Sí mi Ama.

—¡Más alto, capullo! Ni siquiera se te levanta jodido cabrón.

—¡Sí, sí, mi Ama!

Recordemos que Sandra todavía lleva el alfiler entre las manos y al tiempo que aumenta su ritmo comienza a pinchar el pecho de Emilio que como buen masoquista lo disfruta. Su pene constreñido y atrofiado responde y eyacula. Como de costumbre, el orgasmo no es completo ni totalmente satisfactorio lo que hace que el placer psicológico de Emilio sea aún mayor.

Sandra sigue cabalgando sobre él rozando su coño con el metal lubricado ahora con los restos de semen de Emilio. Intenta pensar en algo que la excite. Alonso le vuelve a la cabeza pero, como siempre, tras Alonso aparece Loreto en sus pesadillas para arruinarle la calentura. Los piratas ya no le valen por lo que se imagina que está cabalgando al médico que hacía apenas una hora había conocido. Apuesto, guapo. Seguramente polludo. Ahora estaría perforando a la morena en cualquier hotel o esquina de la ciudad. Debería haber sido ella la que hubiera sentido la carne de aquel semental entre los muslos y no esa niñata. Siempre eran niñatas. Unas veces Loreto Guzmanrique con su lenguaje soez y su aire de superioridad moral. Otras eran niñatas jóvenes alegres sin reparos ni una mínima conversación. Niñatas que decían palabras extraterrestres como «followers», «hashtag», «influencer». Ella podía mantener una discusión interesante pero seguramente a aquel médico polludo lo que más le interesaba de las bocas femeninas es tenerlas succionando alrededor de su capullo. No podía dejar de pensar estas guarradas mientras se frotaba intensamente sobre el metal que aprisionaba la escasa masculinidad de su marido. Se estaba calentando pensando que era ella la que montaba al médico, la que le ofrecía sus agujeros, la que por fin conseguía llevarse el guapo a la cama y no las niñatas. Ahora sí que estaba caliente y se restregaba y restregaba hasta que su clítoris se estrujó de gusto y un orgasmo intenso la recorrió de arriba a abajo. Lo necesitaba. Necesitaba esa electricidad que raras veces conseguía.

—o—

Teo estaba enfrascado en su despacho metido en LexNet subiendo documentos cuando Alonso toca a su puerta. Pasa y cierra tras de sí. Gesto inequívoco de que el buenazo de Alonso va a hacerle alguna confidencia importante.

—Espera un momento tío que acabe con esto.

Alonso se acomoda en una silla y para hacer tiempo revisa unas carpetas que lleva en la mano y que nada tienen que ver con lo que va a pedirle a su amigo.

—Ya está. Dime que es.

—Tengo algo delicado que pedirte.

—Dime.

—No se lo puedes decir a nadie.

—Vale.

Así eran los amigos. Nada de explicaciones ni condiciones.

—¿Tienes el teléfono de alguna de esas escorts con las que “sales”?

Teo frunció el ceño intentando procesar lo que su amigo —amigo casado— le pedía.

—Vamos a ver Alonso. ¿Para qué quieres tú el teléfono de esas escorts?

—Para asesorarlas sobre el devengo de impuestos no te jode. Pues para qué va a ser, tío, para llamarlas.

Teo no se lo acababa de creer. Sabía que Alonso y su mujer se querían y se llevaban bien dentro de lo que es la rutina matrimonial. Aquella petición le dejó un poco en fuera de juego.

—¿Tan mal están las cosas con Lore?— Estaba realmente preocupado por su amigo. Por su mujer no tanto.— Sabes que puedes contar conmigo. Yo te apoyo cien por cien. Si quieres cortar con ella lo tendrás fácil, no tenéis hijos y ya sabes que el divorcio sin hijos…

—No me quiero divorciar, tío. Sólo quiero que me des el número y me digas cómo se hace.

—Hombre a lo de follar no voy a enseñarte.— Una broma para calmar el ambiente. Alonso no parecía darse cuenta de la broma.

—A meterla no; a que me enseñes a cómo se les llama. No sé, supongo que habrá códigos o algo así.

—Sí, código Morse.

—¿Cómo?.—Alonso hasta parecía creérselo.

—Que no hay ningún código, tío. Es simple. Llamas a este número.— Sacó una tarjeta de su cartera. Serigrafiado en letras plateadas estaban grabadas la inscripción «Smolyan» junto a la silueta de unas piernas femeninas—, preguntas por una cita y te preguntarán primero si quieres la cita en el local o quieres un hotel particular. Por lo del hotel particular tienes que pagar más por el servicio pero es mejor, créeme, el Smolyan no es un buen sitio.

—Bien.

—Luego te dirán si quieres a una chica en particular o no.

—¿Y cual pido?

—Hombre, si quieres una recomendación, yo te recomiendo que preguntes por Nila. Es muy buena chica. Y muy guapa.

—Entendido, Nila.— Tomó la tarjeta y la guardó con esmero en el bolsillo interior de su chaqueta.

—Bueno, tu sabrás lo que haces. Por lo menos resultará más fácil decirte lo que tengo que decirte.

—¿El qué?— Preguntó mi marido.

—Me he acostado con Charo.

—Joder tío, ¡venga ya! Es que eres incorregible.

—¡Incorregible! Pero si nunca me había tirado a ninguna cliente.

—¿Y la Sara aquella?

—Esa ya no era cliente cuando me la tiré, no cuenta.

—Ten cuidado que estas cosas nunca se sabe por donde van a acabar.

—Sí, sí, sí… no me sermonees que te acabo de pasar una tarjeta para irte de lumis estando casado.

—Es más complejo de lo que imaginas.

—Uy sí, muy complejo, complejísimo: tú quieres meter el churro igual que yo. Fíjate qué complejo.

—¿Se lo has dicho a Sandra?

—¿Y por qué coño iba a decirle a Sandra que me he acostado con Charo?

—Pues porque si ocurre algo…

—No va a ocurrir.

—Pero si ocurre…

—Si ocurre algo a Sandra no le sorprenderá como no te ha sorprendido a ti. Es muy estirada y no quiero que ahora esté dándome la brasa con el código deontológico y con que ella patatín patatán…

—Tu mismo. Yo no diré nada.— Alonso se levantó para irse del despacho.

—Oye tío.

—¿Qué?

—¿No puedes arreglar lo tuyo con Lore?

—Si yo te contara… Adiós.

Alonso volvió a su despacho. Mandó un mensaje de WhatsApp a su mujer «Ya tengo lo de Teo».

—o—

Charo se había acercado aquella tarde a la vivienda de Petko para darle una buena noticia. Hacía tiempo que se lo tiraba y estaba encantada de esta nueva vida. No sólo se beneficiaba a aquel búlgaro cuarentón sino que había conseguido echar un buen polvo con su abogado Teo. Estaba exultante de seguridad. Ya no tenía que preocuparse por el indeseable de Tolo que recibía su castigo bajo tumba. Tocó al timbre y Petko en persona le abrió.

—Pasa.

Y Charo pasa al centro de operaciones de Petko Steilov. Petko no era un búlgaro cualquiera. Era uno de los lugartenientes de los Petrov, una familia mafiosa búlgara natural de la ciudad de Smolyan. Desde hacía años los Petrov habían intentado expandirse por la ciudad pero se lo había impedido el clan local, los Cotrina que habían conseguido limitar los negocios búlgaros a un club de escorts y a surtir de armas ilegales a algunos grupos de delincuentes locales. Grande, fuerte y cara de «como me mires mal te rajo el cuello». No todo en él eran músculos, que los tenía, sino también cabeza como para haber ideado un plan para acabar con los Cotrinas.

—Los Cotrina.— Le había explicado en su día a Charo.— Tienen su fuerza en su fuente de ingresos. Y su fuente de ingresos es la especulación inmobiliaria. Tienen montada una red para saltarse el Plan de Ordenación Urbana y urbanizar suelo no urbanizable que consiguen legalizar gracias a su red de contactos locales. Tu maridito Tolo era uno de los esbirros de los Cotrina. El muy cabrón ponía empresas a nombre de testaferros para hacer los chanchullos.

Por eso era importante que Teo tuviera aquella documentación. Era imprescindible que el talento de Teo se pusiera en marcha para que tirara de la manta y sacara a la luz los delitos inmobiliarios de los Cotrina. Así el nombre de los Petrov quedaría al margen y se evitarían conflictos innecesarios.

—¿Le pasaste los documentos que te dí?

—Sí cariñito.— Confirmó la buena noticia que nuestra alegre viuda venía a traerle— Pero yo te aconsejo que no le demos muchos más. No puedo estar descubriendo papeles nuevos de mi marido durante tanto tiempo.

—Con lo que le hemos dado, si no es tonto, tiene suficiente.

—No tiene nada de tonto. Va a investigar a la Yoli.

—Genial.

Yoli, la amante del marido ajusticiado por Charo, también estaba metida en los tejemanejes de su amante.

—Oye Petko, ¿te apetece hacer algo?

“Hacer algo” era el eufemismo para “follar”. Charo estaba desatada al respecto. Tenía que recuperar el tiempo perdido.

Pero Petko parece que no respondía a la directa de Charo.

—Mira Charo, me lo paso genial contigo y me caes muy bien pero creo que no deberías encoñarte conmigo.

—Yo me encoño con quien quiero que para eso el coño es mío.

Petko rió con aprobación. Se dirigió hacia ella y le tocó el culo con descaro. Lo amasó con una mano y se acercó a Charo para darle un beso.

—Ya lo sé. Pero no te convengo.

— Claro que sí. No eres un cabronazo como mi marido.

—Ser mejor que tu marido es fácil. Y no te equivoques, yo también soy un cabronazo.

—Lo sé, pero no conmigo, que es lo que me importa.

—Sabes que no quiero nada serio contigo. Ayer me la estuvo chupando una del Smolyan. ¿No te molesta? ¿No te pone celosa?

Petko se hacía el chulo y marcaba terreno. Aquello no era un romance mojigato. Si Charo quería seguir tendría que aceptar las cosas tal y como eran. Lo que Petko ya intuía es que Charo las había aceptado hacía mucho tiempo. Después de todo, una nueva vida requiere una nueva mentalidad.

—¿Creías que no sé que te tiras a otras tías? Puede que no haya vivido mucho pero no soy una niñata que no sepa como funciona el mundo.

Petko quiso seguir magreándola pero Charo lo apartó y le ordenó firme y decidida que se sentara en el sillón. Llevar las riendas sexuales era algo que había aprendido hace poco y que le encantaba. Cuando Petko se hubo sentado se arrodilló entre sus piernas y tonteó con su camisa desabrochándola para ver sus hermosos pectorales. Una tableta de chocolate que quería comerse enterita onza a onza. «Qué bueno estás». Le fue besando poco a poco y con calma. Pasado unos minutos en los que Charo fue saboreando cada centímetro del pecho y los abdominales de Petko se dirigió hacia su bragueta. Pasó su aliento sobre ella. Corrió la cremallera sonriente y liberó la polla búlgara de los calzoncillos. En su mano se veía magnífica, besó el capullo y fue masturbándola delicadamente, poquito a poco. Estaba encantada de tener a su merced a un hombre como Petko igual que hacía poco había tenido a Teo entre sus tetas. Podría ir a la cárcel si las cosas no salían bien en el juicio por lo de su marido y estaba dispuesta a llevarse todo lo que pudiera en experiencia. «La vida es muy jodida» —pensaba— «como para no joder de vez en cuando».

—¿Sabes, Petko? Yo también tengo mis truquitos.

—No te enfades pero no creo que la chupes mejor que las del Smolyan.

Charo miró con picardía a los ojos marrones intensos de Petko. Petko el macho quería marcar el territorio pero no sabía que ella no había dicho su última palabra.

—Lo que voy a hacerte ahora cariñito, no te lo ha hecho nadie en tu vida. Será sólo para ti.

—Sorpréndeme.— Petko engreído pensaba que alguien como Charo no podría sorprenderlo sexualmente nunca.

—Tranquilo. ¿Te conté que un día Tolo llegó borracho y el hijoputa no sólo me insultó sino que me pegó un puñetazo en la cara?

—Sí, bueno, no sé ya si me lo has contado o lo he escuchado en la tele.

—Pues sí, me destrozó media mandíbula. Me tragué tres dientes. Tuve miedo de denunciarlo y dije que me habían atracado. — Charo seguía acariciándole el cipote, moviéndolo de arriba a abajo.

—Vaya, tenía sus recursos ese Tolo.— Esbozó una sonrisa. — Aunque lo mismo te lo merecías por ser una niña mala. Tuvo que ser una mierda…

—Sí, una mierda. Pero no sólo eso. Se me infectó y pasé unos meses muy malos. Los médicos tuvieron que sacarme el resto de dientes para evitar que la infección se extendiera. En ese momento decidí que iba a mandarlo al infierno.

Charo seguía pajeándolo con dulzura. El búlgaro se empalmaba con facilidad así que ya tenía el mástil cargado y listo para la acción esperando a que su viudita le diera la sorpresa. Y vaya si se la dio. Con decisión Charo se metió la mano en la boca y se quitó la dentadura. Petko se sorprendió al ver cómo Charo ponía la dentadura sobre la mesita de al lado y sin dientes le hablaba.

—Ahora tú disfrutarás la putada que me hizo mi marido.

Y doblando el cuello se metió la polla de Petko en su boca desdentada. Petko no se lo creía. De la sorpresa inicial y de cierto recelo ante una situación tan rara pasó a la total excitación y la explosión de morbo. Charo le estaba comiendo la polla sin dientes. Y era una delicia. Bien lubricada con su saliva Charo no tenía dificultad para desplazarse por toda la gran polla búlgara. Movía su cuello, movía su cabeza, subía y bajaba engullendo y saboreando la carne de Petko. El no había sentido nada igual en la vida. Le habían mamado la polla muchas veces pero eso era otro nivel. Tenía que contener la excitación para no correrse rápidamente. El roce en el paladar, las contracciones de la boca, el roce del capullo con la lengua. Todo parecía diferente, más intenso. Allí pasaron unos minutos riquísimos en los que ella chupaba agradecida. Sincronizaba la respiración con los movimientos por lo que no se detenía en sacarla y hacer tonterías con el capullo. Aquello era cien por cien una mamada.

Pasaban los minutos y Charo no paraba de mamar. Petko se dio cuenta de que Charo quería activar al Petko malote que tanto la atraía. Se sentía poderosa y no cesaría hasta hacer que ese machito se rindiera ante ella y le entregara su leche espesa. Decidido, el búlgaro se pone de pie sin que por ello Charo dejara de mover el cuello manteniendo el ritmo mamatorio. Petko mete sus manos entre los cabellos despeinados de Charo y comienza a marcarle el ritmo tal como a él le gusta. Cada vez más rápido quería ver hasta dónde llegaba el arte de chupar polla de aquella mujer. Y ella resistía los envites. Petko se estaba follando su boca desdentada, una sensación que jamás había sentido, unos rozamientos y unas texturas que jamás había experimentado su polla en la boca de otras fulanas. Follar aquella boca era una de las cosas más deliciosas que había sentido. Y aumenta el ritmo de la follada bucal gritando poseído por el placer. Sigue follándole la boca. Ahora el ritmo es frenético y ella aguanta como una campeona. La había minusvalorado. Sigue la follada de boca a gran velocidad hasta que su esperma inunda el esófago de Charo acompañado de un estruendoso grito de placer. Una corrida de campeonato para una mamada de campeonato.

Charo está satisfecha. Jamás en la vida hubiera imaginado que sería capaz de dar semejante placer a un hombre como Petko.

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