TANATOS 12

CAPÍTULO 16

No quise incomodar a María mientras se lavaba en el mar, pero lo vivido me había agarrado y aún no me había soltado del todo. Así que no pude evitar mirar cómo, de espaldas a todos, se sujetaba la melena, para no mojársela, y su cuerpo descendía, como haciendo una sentadilla, hasta que el agua le cubrió hasta el cuello. Repitió ese movimiento un par de veces y sus pechos vibraban por el sube y baja hasta el punto de que se podían ver desde atrás, como antes de que pasara todo.

Y después avanzó hasta que el agua le cubrió hasta un poco más arriba de la cintura y bajó sus manos… y se podía adivinar que se lavaba el coño… que se limpiaba los restos de semen que aquel chico había depositado sobre su sexo, muslos y la parte baja de su vientre.

Cuando presentí que se giraba yo hice lo propio y vi a un Edu que recogía sus cosas, y a la chica que se ponía una camiseta larga, y al chico, que también se vestía.

No sabía qué había concluido o negociado Edu con ellos, pero parecía que todo quedaba zanjado cortésmente. Y yo seguía impactado porque ese sexo y esa vida estuviera ahí fuera, tan cerca y tan lejos de mi mundo y del que tenía, o había tenido, con María.

En aquel instante quise haber estado cerca del chico, ver su cara al irse, para saber o suponer qué había entendido de aquello; qué le habría dicho Edu, qué pensaría de mí, qué pensaría de María, y también por ver su cara, de orgullo, de incredulidad o de regocijo… por haberse follado a una mujer como María.

Precisamente ella salía del agua, y sus pechos pesados y empapados mostraban unos pezones enormes y durísimos, claramente esta vez sí por el frío. Y venía hacia mí con gesto serio y yo me sentía extrañamente nervioso. Le di la toalla y ella la recibió y, tras envolverse en ella, dijo:

—Tiene arena…

—Pues la acabo de sacudir.

—Bueno, no importa —dijo, casi tiritando, cara a cara, frente a mí.

Nos mirábamos y yo me alegraba porque ella no miraba más allá de mí, no parecía importarle si Edu se iba o qué hacía, o qué hacía la pareja.

Fui yo quién rompió el silencio, sin pensar absolutamente nada lo que iba a decir. Mi frase salió de lo más profundo de mí:

—Ha sido… increíble.

Ella no torció el gesto. Ni sonrió. Ni lo contrario. Se quedó callada hasta que dijo:

—Mañana tengo comida con mi prima. Ven por la noche a casa.

—¿A hablarlo? —pregunté.

—¿Cómo a hablarlo? A vivir. A estar. No sé —dijo, haciendo una mueca, como plasmando una obviedad—Deja el sitio ese donde estés y ven a casa.

No sé si llegué a sonreír por fuera, pero sin duda lo hice por dentro. Quise abrazarla y besarla… pero no me atrevía del todo.

Comenzamos a caminar hacia donde yacía solitaria la toalla de María y su bolsa de playa, y lo hacíamos en silencio mientras atisbábamos que Edu se iba sin despedirse y que la pareja ya ni estaba.

Una vez llegamos a aquel sitio donde había pasado todo me devolvió la toalla, y yo, mientras me vestía, miraba con el rabillo del ojo cómo se ponía su bikini, unos shorts… y hacía caso omiso de la camisa y se vestía con una camiseta informal, lo que me revelaba que lo de la camisa rosa, formal, de traje, e inadecuada para la playa, había sido un regalo, y una exhibición buscada.

Fuimos entonces juntos hacia donde debía de estar el coche de ella, al que se llegaba por camino paralelo al que había usado yo. Yo la quería como nunca, pero no hablábamos. Todo había sido demasiado fuerte, tanto como para que todo lo que pudiera decir pudiera ser inapropiado. Y al llegar a su coche ella guardó la bolsa en el maletero y, cuando vi que era dolorosamente posible que se despidiera de forma fría, me acerqué para buscar un encuentro que me permitiera dormir aquella noche.

Fue absurdo. Fue infantil. Fue irrisorio. Pero, deteniéndola, frente a frente, le dije:

—María… ¿Me quieres?

Tan pronto me oí me sonó la cosa más ridícula y pueril jamás dicha… y ella abrió exageradamente los ojos e hizo un gesto con la cara como no entendiendo semejante pregunta en ese momento. Y bajó la cabeza, y pretendía abrir la puerta.

—¿Eso es que no? —pregunté.

Se giró hacia mí. Supe que no tenía ganas de hablar. Y menos de usar ese tipo de palabras y afirmaciones o negaciones tan gruesas, pero finalmente dijo, muy seria:

—Si no te quisiera no habríamos llegado hasta aquí. Más bien te habría mandado a la mierda hace un año, cuando empezaste con esto.

Se hizo otro silencio. Tras el cual dije:

—Me lo tomo como un sí, entonces.

—Ese es el problema —respondió, y fue ella la que alargó el cuello y me dio un pico, y me cogió de sorpresa, y sentí, de golpe, un amor que recorrió todo mi cuerpo, como si todo, todo mi mundo, cambiase por aquel escueto beso.

Se marchó entonces en su coche y me quedé pensando en aquel “ese es el problema”, como si me hubiera llegado con retraso por culpa del beso, y después mi teléfono vibró, y era un amigo que quería quedar esa noche, pero yo no podía volver al mundo real, al menos no tan pronto.

Conduciendo hacia el apartamento recibí un bombardeo de sensaciones y pronto tuve que decidir evadirme y guardar aquellas imágenes vividas para después. Quise centrarme en lo que estaba pasando, siempre con la red y el poso positivo, por no decir exultante, de que María seguía ahí, conmigo, queriéndome, o eso había dado a entender, siempre a su manera. Y pensé en que todo parecía indicar que María no estaba enganchada a Edu, sino a los contextos que él le ofrecía, o más bien, estaba enganchada a la María que aparecía en aquellos contextos: una María a salvo de la deshonesta infidelidad por estar yo presente y desearlo, pletórica y poderosa en su exhibición, y a su vez humillada por Edu y por acceder ella a obedecerle; pero era una humillación vanidosa y extrañamente orgullosa, pues la excitación nacía por el hecho de verse a ella misma humillada y derrotada, en lo que parecía un oxímoron imposible, pero así parecía ser.

Pensaba en cómo se había podido producir aquella locura y deducía que María no obedecía a Edu por un concreto deseo hacia él, sino porque con su obediencia nacía aquella María.

Y pensaba que dos cosas estaban claras: María parecía haber decidido que Edu formaba parte de nuestras vidas, y que, con Edu, no solo al frente, como había estado algunos meses ya pasados, sino presente, todo se precipitaba a otra velocidad.

Ya llegando a casa le daba vueltas a que Edu había requerido mi presencia en aquella playa, como si faltara solo yo y fuera imprescindible, y concluí que quizás ya estaba viendo posible su interacción con aquella pareja descarada, y me necesitaba a mí para que María accediese, pues conmigo aquello era lícito y además María podía humillarme a mí, gustarse y lucirse conmigo presente, y disfrutar de la humillación propia al ser yo testigo de su entrega por petición u orden de Edu.

Llegué al apartamento envuelto en aquellos pensamientos. Me metí en la ducha. Y exploté. Físicamente. Apenas tuve que pensar en nada y me sacudí tres o cuatro veces y me dejaba ir, con la mente en blanco, temblando de la tensión acumulada. Fue una descarga que cumplió una función más liberadora que placentera, y no me sentí ni bien ni mal, y lo viví como un paso necesario para asumir lo que había sucedido.

Apenas pude cenar. Puse la tele por buscar algo de ruido. Le escribí al propietario del apartamento para decirle que dejaría la casa al día siguiente, que era dieciséis de junio, y no quiso cobrarme la segunda quincena. Mientras me escribía con él revisaba el chat que tenía con Edu y María y me extrañaba que Edu, conociéndole, no escribiera nada.

Dudé en escribirle a María y vi que hacía tiempo que no se conectaba, por lo que me alegré en cierta forma que no se estuviera escribiendo con Edu. Realmente confiaba en que el enganche fuera a la María que surgía por Edu, y no a Edu en sí, pero no podía estar completamente seguro de que eso no fuera a cambiar.

Y no tardé en apagar el televisor y en recibir, entonces sí, con calma, la sucesión de imágenes de María, con Edu primero y con aquel chico después. A mi mente vino el momento en el que María le comía la polla a Edu, sin usar las manos… y su cabeza subía y bajaba… y él acompasaba su cabeza con una mano… y después casi pude volver a ver cómo el chico le comía el coño… y María se tapaba la cara, avergonzada, mientras gemía y se retorcía del gusto, y mi polla ya apuntaba al techo… Y después reviví el momento en el que ella, cubierta por él, cogía su polla con la mano y era ella la que la dirigía a su sexo, a su coño, y ya comencé a sentir, en el presente, que me correría casi en cualquier momento… Y después recordé aquel “Qué bien me follas…” gimoteado por ella, totalmente entregada, mientras aquel crío de pelo largo enterraba su cuerpo en ella… y recordé su culo blanco hundiéndose en ella, y María con las piernas abiertas… con sus piernas temblando en el aire… y jadeé desinhibido, en la soledad de mi apartamento… y comenzaron a brotar de mi miembro unas pocas gotas espesas… que resbalaban por mi tronco y se enmarañaban en mi vello púbico… hasta dejarme exhausto… y vacío.

Aún sin haberme levantado para limpiarme, le escribí a María diciéndole que la quería, y esperé un poco por su respuesta, y esperé más, y me fui a lavar. Y volví a la cama y me quedé dormido agarrado al teléfono.

A la mañana siguiente me desperté buscando su respuesta y me encontré de nuevo con Begoña, que pretendía desayunar esa misma mañana. Mi negativa era clara en mi cabeza y ya estaba preparando alguna excusa, cuando empecé a sospechar de aquella insistencia, y a sopesar que ella quisiera contarme algo, quizás confesarme algo, y sospeché que ese algo estuviera relacionado con Edu.

Sin embargo temí que María, o alguien, pudiera verme con Begoña, así que le propuse desayunar en su casa.

—En mi casa tengo pan de molde y aceite. Igual es mejor fuera, ¿no crees? —escribió ella.

—Puedo llevar yo algo a tu casa —respondí.

Ella no contestaba y yo en cierta forma me alegraba. Tenía inquietud por saber por qué tenía tantas ganas de quedar conmigo, pero era ciertamente arriesgado verme con ella, por poco probable que fuera que alguien nos viera, precisamente el día que volvería a casa con María.

—Fuera o nada —escribió.

—Pues nada, entonces —respondí sin pensar.

—Venga, no seas maula. Así sales del apartamento ese, que debe de oler a cueva de oso.

Leí aquello y casi me hace reír con su extraño vocabulario al tiempo que me asustó que manejara aquella información. Y fue que tuviera esa información lo que me hizo arriesgarme y aceptar.

No le quise dar demasiadas vueltas. Si María se acababa enterando de aquella… no cita con Begoña, le diría la verdad, que su insistencia me había hecho sospechar y que me olía algo de Edu, y algo de Edu era sinónimo de algo a saber por los dos.

Llegué puntual, a las once y media, como me había dicho. Y ella ya estaba allí, en la cafetería, en la terraza, en un espacio de sillas blancas, plantas verdísimas, césped artificial y mesas que pretendían ser de madera maciza o rústicas. La vi en seguida, más informal, y hasta modernita en comparación con su pijerío rancio habitual, con una camisa blanca, un pantalón vaquero claro de tiro alto y unos mocasines negros. Me saludó con sus gafas de sol y sus dientes blancos, siempre como si todo estuviera bien.

Se puso en pie, se quitó las gafas, nos dimos dos besos y me llegó de golpe todo el olor… el olor de su cama… el olor de haber tenido sexo con ella. Y no podía negar que había sido algo… sino especial, al menos no normal, no común, no sin más.

Se sentaba y cruzaba las piernas, estilosa y dispuesta, y revisaba una carta de papel enganchada a una tablilla de corcho.

—¿Tú ya sabes? —me preguntaba mientras leía.

—Sí, no sé. Un café y una tostada, supongo —respondí.

—¿En serio? —pero si hay bagles, smoothies, pancakes y muffins… —dijo graciosa, como en una especie de autoparodia, y sonrió.

—Todo eso para ti. Yo toast… Toast, coffee… y me llega —respondí, también sonriendo, al tiempo que una camarera se disponía a tomarnos nota.

En ese momento el bolsillo de mi pantalón empezó a vibrar, y Begoña le explicaba a la chica todo lo que quería, y yo descubría que aquel presagio que había tenido se hacía efectivo, y es que Edu había escrito en nuestro grupo de tres. Quise disimular, pero de golpe todo me temblaba, y leí, como pude:

—Te folló bien el jipi, eh.

Y yo miraba la pantalla. Y entraba en mis conversaciones con María y veía que ella estaba en línea. Y la chica me preguntaba qué quería yo, y yo volvía al chat de los tres para ver si ella respondía… y de golpe leí que María plasmaba un sorprendente “Pues sí”, y Edu escribía prácticamente a la vez:

—Me he despertado con calentón. Expláyate, cuéntame un poco cómo te dio de bien.

Y la camarera insistió y yo alcé la cabeza y me temblaba todo el cuerpo y escuché a Begoña decir:

—Un café y una tostada. La tostada no sé de qué, y el café necesariamente cargado… deduzco.

Y alcancé entonces a decir: “No sé… Em… Aceite y ya está”, casi al mismo tiempo que resoplé, y silencié el teléfono, y lo guardé en el bolsillo.

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