C.VELARDE

39. SODOMA Y GOMORRA

JORGE SOTO

Domingo 1 de enero

02: 14hrs

Había hombres y mujeres por doquier y aunque aquellas habían sido competiciones ilegales, por lo que Pato me había dicho por teléfono, un montón de patrullas y policías acordonaban la zona, protegiendo a toda esa bola de cabrones malvivientes.

“Está con ese perro rastrero hijo de puta en calidad de madrina, Jorge, junto con Leila” recordé las palabras ácidas de Pato en su segunda llamada “lo que significa premio final, gane o pierda, con ella, con Leila, con las dos, ya sabes a lo que me refiero. Trío seguro. Intentamos persuadirlas, pero Livia está como drogada, y con una actitud chulesca y aborrecible que no pude con ella. La he desconocido, Jorge. Dice que es tu culpa, y que no sé qué tanto y tan tan: pero tu culpa una mierda, Jorge, ella es la responsable de sus actos, ya está mayorcita. Le dije que si se iba con Valentino, que se olvidara de ti, ¡es que no hay respeto! Y bla bla. Fede ha terminado con Leila, porque ella también parece una golfa y las dos estúpidas sujetas a la voluntad de ese cabrón. Le he roto los cristales traseros de su BMW negro de competición con un bate que le quité a un tipo de por ahí, y por poco nos hemos agarrado a putazos cuando le he dicho lo rastrero que es, pero nos separaron, sino le meto el bate hasta por el culo.

“Livia le ha defendido, diciendo que al menos Valentino es como es, que en cambio nosotros, tú, Fede y yo, íbamos de santos por el mundo y en el fondo éramos unas “bolsas podridas llenas de mentiras.”

 “No sé por qué habrá llegado a esta conclusión, Jorge, pero tampoco me importa. Tampoco sé si el polla con patas ese la tiene manipulada o ella solita se hace pendeja. Yo apunto por lo último. El caso es que las madrinas de los pilotos están disfrazadas de gatitas de látex: vieras lo golfas que se ven, y perdón por la expresión… pero es así, Leila y Livia van como prostitutas ¡no mames! Pinches ridículas. No, pelirrojo, no vengas aquí, mejor ve directo allá, a la zona oriente del bajío de Monterrey, allí es la meta. Para cuando llegues ya estarán celebrando la victoria del vencedor, la reunión siempre es en un callejón que está a unos metros de la meta. Ahí nos esperas, que primero llevaré a Fede a su casa pues se encuentra muy mal y no es capaz de conducir. Si puedes llevarte a Livia te la llevas, sino la mandas a la mierda, que te digo que anda en un plan muy mamón. Me esperas, busca a Mirta, que la dejé allí para que te esperara. En un rato nos vemos.”

 Y ahí estaba yo en la madrugada de año nuevo, buscándola… otra vez, como si fuese mi deber como novio cuidarla, evitando que cayera en desgracia.

Aquel era un enorme callejón al aire libre, flanqueado por edificios de mala muerte; y cuando digo que era un callejón enorme y de mala muerte es porque en verdad lo era: no obstante, la gente reunida allí era de dinero, de mucho dinero.

La puta corrupción de este país de mierda desplegándose en todo su esplendor; policías y ambulancias en las orillas, por si acaso se llegaban a necesitar.

Decenas de vehículos y camionetas del año yacían estacionados en todas partes, de forma aleatoria e imprecisa, por todos lados, con música dispar saliendo de cada cual, lo que convertía a la zona en una guerra de decibeles. Para frenar el frío del invierno, se exhibían montones de fogatas intensas por todos lados que,  forjadas con maderos, cerillos y gasolina, habían incrementado la temperatura. Eran decenas de hogueras, grandes, pequeñas, todas ellas lanzando fuertes lenguas de fuego con olor a gasolina.

Hombres semidesnudos, tatuados, peleándose entre sí o palmeándose la espalda inundaban el callejón: lo mismo aquellas mujeres, muchas de ellas desnudas, bailando alrededor de las fogatas como si hiciesen un ritual antiguo adorando a alguna deidad.

 Había gente bebiendo, muchos otros drogándose en medio de los aromas de marihuana, alcohol,  nicotina. A sexo. A mucho sexo; había mujeres con máscaras de látex de gatitas saltando sobre las pollas de algunos pilotos afortunados, gritando obscenamente como prostitutas pagadas, mientras ellos les amasaban los pechos y las jalaban de los pelos. Otras estaban de rodillas, chupándoselas a dos o tres al mismo tiempo. Tuve que acercarme a algunos grupos sexuales para mirar de cerca, pues algunas madrinas que todavía portaban sus máscaras de látex colocadas en la cabeza tenían la cabeza echada hacia atrás y me impedía identificarlas.

Más adelante había una gatita de látex que se parecía a Livia, esa a la que le estaban metiendo los dedos por el coño y por el ano, removiéndolos y chapoteándolos mientras dos pollas le empotraban la boca: pero pronto descubrí que ella no era, sus caderas eran menos voluptuosas y sus pechos no eran tan grandes como los de mi novia.

Y suspiré con alivio y pánico a la vez: alivio porque cada vez que descartaba que una de aquellas fulanas fuera la mía la vida me volvía; y pánico porque mientras no la encontrara en ningún sitio, la posibilidad de hallarla en cualquier momento más adelante en una situación de esa misma envergadura me rompería en mil pedazos.

“Livia” “Livia” “¿Dónde estás?”

Confiaba en que Mirta, la otra novia de Pato, (una preciosa pelirroja que ejercía como arquitecta) la hubiera encontrado antes que yo y la tuviera a salvo por ahí.

Tres meses habían sido suficientes para que mi ángel se convirtiera en dos mujeres: la que me amaba y la que me despreciaba. La que me amaba estaría en esos momentos a mi lado, probablemente cenando juntos o en nuestra cama celebrando el nuevo año, como siempre, abrazándome, diciéndome lo mucho que me amaba, divagando locuras, proponiendo miles de razones para continuar queriéndonos hasta el final.

En cambio, la Livia que me despreciaba me tenía allí como su pendejo, como su esclavo y su perfecto imbécil, como un pobre pelele sin dignidad que, a pesar de todo (a pesar de que era muy probable que Valentino Russo le hubiera agujerado el coño toda la madrugada anterior) no tenía la frialdad para dejarla sola a la merced de un mundo como ese atestado de perros hambrientos, en el que no estaba acostumbrada a convivir. Pensar que estaría asustada o llorando en algún rincón, siendo acosada o  intimidada por alguno de esos cabrones me dolía en el alma. 

Por eso continué buscándola, rezando para que ninguna de esas golfas fuera Livia, mi Livia, y es que en el fondo confiaba en ella, en su mesura, en sus buenos principios y en su amor por mí. No podía odiarme de buenas a primeras aunque hubiera descubierto que yo era un patán. No podía despreciarme así porque ella también sabía lo mucho que yo la amaba.  Y eso ninguno de los dos lo podíamos negar.

Y continué avanzando: algunas parejas sólo se magreaban, otros tantos se conformaban con orales. Los grupitos más intensos incluso, además de follar, orinaban sobre algunas madrinas, produciéndome un grado de asco brutal sin precedentes.

Aquél sitio era un descontrol total. Sodoma y Gomorra, un sitio vulgar y paradisiaco. Descontrol, excesos. Y yo allí, negándome a pensar que Livia podría estar inmersa entre ese valle de perversidad y vileza, coaccionada por el resentimiento y asco que le causaba haber descubierto la clase de novio que tenía.

“Doble moral” “hipócrita y perverso.”

Y ella, falsamente, había creído que tenía que ponerse a mi nivel para poder perdonarme. “Tonta, Livy, eres una tonta. Por eso te tatuaste, para darme una lección por esa doble moral que dices que tengo.”

Con la boca seca y la cabeza martillándome, escuchaba cómo rezumbaban motores que daban marcha sin moverse, fuerte, por el simple placer de saber cuál motor era el mejor. Chocaban los gritos de placer, risas y música. Gente desbocada. Y Livia no se veía por ningún sitio, y Mirta tampoco: aunque de vez en cuando me había tenido que acercar a algunos grupitos de salidos que estaban montando sus propios espectáculos sexuales para verificar. ¿Cuánto había tardado en llegar al callejón?, ¿una hora, dos horas, producto de los constantes ataques de pánico que me obligaron a detenerme por momentos antes de continuar?

Ya Pato había ido a mi casa pensando que estaba allí, al no encontrarme en esa fiesta, y ahora mismo le acababa de informar que apenas iba llegando al callejón.

 “La ganó el viejo, el tal Riata” me dijo un tipejo que se estaba cayendo de borracho al que le pregunté por el fin de las carreras “Y el Lobo obtuvo el segundo lugar.”

Me alegré. “Hijo de puta, para que veas que no eres tan bueno en todo, presumido. Habrás quedado en ridículo ante Livia.”

Me ofrecían bebidas sin conocerme, y una que otra mujer me había restregado las tetas por la espalda, mientras otras se reían. Y yo ni siquiera tuve el morbo de mirarlas. Mi prioridad era ella, Livia, salvar su honor y dignidad como si estuviésemos en la época medieval.

“Livia no puede estar aquí, esto… es el puto infierno.”

“¡Dale duro, cabrón, pártele el coño a pollazos!” decían algunas voces procedentes de un tumulto de gente que estaba reunida casi en el fondo del callejón, “¡Esas son tetazas y no chingaderas!”

“Destrúyela a vergazos, con lo puta que se ve”

“Mira lo bien que se come la otra guarra los huevos… del cabrón”

“Eh, Eh, EH” vitoreaban otros cuantos “Duro, dale duro, hasta que le salga la verga por la boca” gritabancomo si fuesen hinchas enardecidos que apoyaban a un equipo de futbol. “Métesela hasta adentro, semental, y luego le das caña a la otra…”

“Hazlas que se besen, con sabor a tu polla, cabrón…”

“Las zorras quieren polla, las zorras quieren polla” cantaleaban otros.

“Mira cómo se mueve la guarra, sus ojitos se tuercen de placer”

“Se nota que la puta lo está disfrutando…”

Cada palabra, cada grito, cada insulto, cada obscenidad que aquellos tipejos gritaban me llenaban de horror; de un miedo desmedido, de una inseguridad sin precedentes.

La multitud de hombres estaban alrededor de lo que parecía un auto rojo de carreras, gritando con júbilo, con las pollas de fuera, masturbándose mientras contemplaban avivados y excitados el espectáculo de lo que ocurría en el interior de ese vehículo; uno que no podía ser de Valentino pues, por lo que Pato me había dicho, el de él era un BMW negro.

Avancé con miedo, desesperanza y con las piernas flácidas hacia los espartanos esos, imaginando cosas, aterrorizado, con gran estupor. Quería ver pero a la vez salir corriendo de allí.

Entre dudas y pánico avancé un poco más, y cuando estuve a medio metro del vehículo intenté rodearlo, en busca de algún hueco, pues no veía nada más que a ese montón de bordes degenerados masturbándose, gritando, golpeando el vehículo como locos, desesperados, cachondos, alterados.

Al ver tal descontrol preferí retroceder, y lo hice lentamente, muy atrás, atrás, al sentido contrario por donde había entrado: retrocedí un metro, dos metros, tres metros, hasta que mi espalda chocó con un auto que estaba estacionado detrás de mí.

Me asustó el sonido del claxon, y me giré hacia él, con la intención de saber quién me había pitado. Y entonces lo vi: Valentino Russo, y me miraba con una sonrisa demoniaca, perversa, dentro de su BMW, y desde mi posición podía ver cómo una de sus manos subía y bajaba, subía y bajaba. Y de pronto todas las piezas encajaron.

Miré hacia el auto rojo que estaba delante de mí, al que mantenían rodeando todos esos tipejos, y luego miré el del Bisonte, cuyo propietario parecía el demonio personificado. Allí, de frente, Valentino volvió a sonarme el claxon. Y fui hasta él, con la firme intención de convencerme de una vez por todas de una ineludible verdad. Se la estaban mamando, a juzgar por cómo subía y bajaba su mano, marcando él mismo el rito de la felación.

Y habría sido un estúpido si me quedaba allí parado sin descubrir de una vez por todas a la puta esa que estaba entre sus piernas con su boca rellena de verga. La sonrisa de Valentino se hizo más extensa cuando me acerqué al costado del cristal y vi a la mujer que se la estaba chupando.

—Hey, preciosa, te hablan —le dijo Valentino con la misma perversidad con que me miraba.

Era sucio y perturbador, ver cómo su pequeña boca se deformaba en una horrible mueca tan espeluznante y brutal, mientras intentaba abarcar apenas la circunferencia y menos de la mitad de un rabo monstruoso cuya longitud no había visto nunca en la vida. La mujer no hizo caso y continuó intentando meterse todo ese enorme rabo a la boca.

—Nena, te digo que te hablan —le dijo él acariciándole la cabeza como la perra que era.

Y entonces ella miró hacia arriba, conectando sus ojos con los míos, aunque los suyos parecían perdidos, incapaces de mirar. La había visto muchas veces, y nunca antes le había notado esa expresión de mujer decente ahora convertida en una alimaña perversa, cuyos cabellos enmarañados se pegaban en sus mejillas sudadas, mientras el labial permanecía corrido en sus comisuras de forma ridícula.

Y Valentino continuó con su mente retorcida, insistiendo:

—¿Te vas con él o te quedas conmigo?

Ella permaneció mirándome, como si no supiera quién era yo ni lo que hacía allí.

—Ah, claro, no puedes responder porque tienes tu boquita llena —se burló el hijo de puta con un susurro que, a su vez, pareció un diabólico gruñido—; pero hagamos una cosa, preciosa. Si te quieres ir con él sólo asiente con la cabeza y listo. Pero… si te quieres quedar conmigo, sólo niega con la cabeza y sigue en lo tuyo.

Yo no sé qué habría esperado de ella, si ahora mismo no era dueña de su voluntad, ahora mismo era poco menos que un despojo humano comiéndole la verga a un cabrón que era el peor enemigo de su novio:

—¡Eres una golfa, Mirta! —le grité a la pelirroja mientras continuaba comiéndole el rabo a Valentino—. ¡Y tú un hijo de puta!

Valentino rompió en carcajadas, con su mano todavía guiando los movimientos de aquella zorra infiel que le estaba poniendo los cuernos al tipo que más respetaba en el mundo: Patricio Bernal.

—¿Hijo de puta yo? —me refutó él con una pérfida sonrisa cargada de chulería y prepotencia—. Hija de puta tu novia, que se la están follando en ese carro como la zorra que es y tú aquí, preocupado por la mujer de ese otro cornudo.

Y entonces sentí que el mundo entero me explotaba en el pecho y que un redoble de tambores estremecía mi alma y me ponía taquicárdico.

La única persona con la que Livia habría podido serme infiel era con Valentino Russo, el único bastardo que la había estado acosando durante los últimos meses, el que se la había llevado a cenas, comidas, reuniones y el que le había magreado el culo la noche anterior en mi delante, el mismo que la había besado hasta saciarse… y el que posiblemente se la había follado sin consideración en el interior de ese cuarto en casa del Serpiente, donde los pujidos y bramidos sexuales estuvieron perforándome los tímpanos.

Por eso, cuando descubrí que quien le estaba chupando el rabo ahí dentro de su carro era Mirta, la novia de Pato, sufrí una gran impresión, pero, a su vez (y me da vergüenza admitirlo) sentí un gran alivio y vi una luz de esperanza en el túnel, ya que, de esa manera, concluí que Livia estaba lejos… muy lejos de sus garras.

Pero ahora sus palabras, esas que acababa de detonarme, cambiaban completamente mi panorama de forma ineludible.

Miré a ese bastardo una vez y vi cómo disfrutaba de aquella gloriosa mamada, al mismo tiempo que me instaba con su psicópata mirada para que me acercara a ese auto rojo y descubriera de una vez por todas si me decía la verdad. Y lo hice, con la cabeza caliente, con mis ojos empañados… con mi cuerpo adormecido.

Lo hice porque necesitaba tirar de mis ojos esa venda que me mantenía obnubilado.

Por eso me acerqué de prisa, entre tropiezos, sintiéndome una rata aplastada. Y me hice un hueco entre esos drogadictos de mierda que se pajeaban frente al auto. Y contemplé lo que había dentro.

Esta vez ya no eran pesadillas, ni visiones, ni mucho menos la estaba escuchando o mirando sin mirar a través de una puerta: no, esta vez sabía que era ella, y no me importaba que su rostro estuviera cubierto por esa máscara negra de gatita mala, yo sabía que era ella porque en su mano izquierda lucía el anillo de compromiso en forma de gota de cristal que le había obsequiado el 19 de agosto pasado cuando le propuse matrimonio, y ese dedo, en particular, era uno de los que intentaban enterrarse en la espalda de aquél semental que la devoraba y embestía con deseo acumulado, ni lento ni rápido, ni suave ni salvaje, justo lo propio para enloquecerla de placer.

El tipo la estaba rellenando con una polla que debía de ser más grande y gruesa que la mía, y me dolía en el alma cada gesto de placer que esa chica emitía, cada parpadeo, cada sacudida, cada vibración.

 Era Livia, mi Livia, y no sólo lo supe por el anillo de compromiso, sino por esa pequeña mariposa monarca estampada en su antebrazo, en el mismo donde llevaba el anillo.  Y estaba en el interior del auto rojo de carreras que había ganado la competencia, en el que apenas podían caber esos tres ocupantes.

Porque sí, además de ese tipo (al que oí que algunos le decían Felipe) y mi prometida, había una tercera persona allí dentro.  

Mi todavía novia tenía las piernas abiertas, más bien arriba de los hombros de ese inmundo bastardo que tenía tatuada buena parte de su espalda. Y Leila estaba de rodillas entre el hueco de los asientos, cerca de la palanca de velocidades, y le comía el coño encharcado a mi novia al mismo tiempo que lamía una y otra vez los huevos de ese cabrón degenerado, que chocaban con vehemencia contra las nalgas de Livia.

 Por la distancia y la multitud no es que pudiera identificar la longitud del tamaño de esa verga, pero a simple vista podía saber que era gruesa y que por la cara mojada a causa de los flujos vaginales de una Leila perdida entre las piernas de mi novia, la estaba haciendo correr como una zorra.

 La habían apostado; por lo poco que oía, entendí que a Livia y a Leila Valentino las había apostado a ese viejo si él ganaba las carreras.

Muchos tipos tenían teléfonos en manos, y sin duda la más perjudicada resultaría Leila, pues era la que no llevaba ninguna máscara puesta. La humillación hacia Livia de todos modos era tremenda, y la humillación que por su culpa yo estaba padeciendo en lo más profundo de mi corazón era peor, aun si nadie sabía que ella era mi prometida.  

La muchedumbre grababa la victoria, viendo cómo el vencedor se follaba a esa “culona y tetona” que, se suponía, iba a casarse conmigo el próximo verano.

Cuando pude acercarme a la parte lateral del auto, pude ver su cara de viciosa, oculta entre la máscara de látex, con sus cabellos chocolates pegados por el sudor en sus mejillas, recargada entre el respaldo semi replegado de los asientos traseros y delanteros, con sus ojos perdidos y la lengua brotada por su boca babeante.

La escena era brutal: el enorme maduro encima de mi novia, empujando su pelvis dentro de su coño, con cadentes y perfectas embestidas, lamiéndole el cuello, mordiendo sus senos, metiéndole dos dedos a su pequeña boquita, los cuales ella recibía con gozo. No importaba que estuviera follándola con condón. Era una follada y eso ya era el fin de todo. La estaba invadiendo en un sitio que sólo era suyo y mío. Nuestro.

Y entonces empecé a mirar borrosa aquella escena que tenía delante, los gritos de los espectadores sirviendo de banda sonora, mientras las cosas se sucedían con extraña precipitación, como si todo pasara muy rápido y el intervalo de tiempo se perdiera en mi memoria. Cuando menos acordé, Livia ya estaba sentada sobre el enorme pollón del tal Felipe, engulléndola en su estrecha vagina centímetro a centímetro, mientras él permanecía echado en los asientos, y ella sólo podía torcer sus ojitos, haciendo un gesto de verdadero placer y vicio, con sus pechos bamboleándose obscenamente, y sus nalgas rebotando sobre los muslos de ese tipo; y allí continuó ella, subiendo y bajando con ímpetu, subiendo y bajando, mientras Leila le comía las tetas y con sus dedos le acariciaba el clítoris.

El auto se sacudía de un lado a otro como si tuviera vida propia, y las luces del interior se descubrían intermitentes, y cuando se iluminaba por dentro la imagen me resultaba todavía peor: pues apenas podía apreciar que la tanga de mi novia estaba enredada en su cuello, sus labios hinchados babeando de placer y la verga enorme de ese cabrón invadiéndola completa, mientras ella miraba a la nada, mirando sin mirar, en tanto las manos de ese tipo le estrujaba los pechos con cadencia.

Puesto que estaban encerrados y con las ventanas subidas, era imposible saber si Livia gritaba o jadeaba, pero por su boca entreabierta y su lengua de fuera, se daba por entendido que estaba disfrutando como una adicta sexual.

—Ni una más, Livia… —sollocé ahogándome en la humillación, la tortura y la mediocridad—, ni una más… nunca más…

Yo no lo merecía. Ella misma no lo mecería. Pero estaba allí, y no había nada que pudiera hacer al respecto.

Y retrocedí.

No valía la pena. Ni él ni ella valían la pena. Yo no valía la pena. Nada ni nadie valía la pena.

Y por eso me fui, buscando que alguien me matara de una puta vez.

A allí entendí que ya no habían dos Livias en mi vida, la que me amaba y la que me aborrecía: al final de cuentas descubrí que siempre hubo una sola… la que nunca me amó.

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