SYLKE & FRAN

CAPÍTULO 3 – CUERPO DE MUJER

Después de haber espiado a mi hermana y a mi madre desde el balcón, descubriendo además ese desconocido momento masturbatorio de mamá, mi sexualidad y mi forma de mirarlas a ambas ha cambiado, sobre todo desde que vi sus coños rasurados. Yo quise hacer lo mismo, además Miguel no dejaba de decirme que todo el mundo lo hacía. Lo intenté por mis propios medios, hasta que le pedí ayuda a Celia y ella misma lo hizo, descubriendo mi polla, al tiempo que yo pude descubrir que no es tan monstruosa y que gusta por su forma y tamaño, tanto que Celia, no sé cómo llegó a chupármela durante un rato y mamá la meneó también levemente, pero fue el momento más placentero de mi vida, nunca antes nadie me había tocado la polla y mucho menos la habían lamido.

Me había quedado con un calentón tremendo casi al límite de estallar, mi mano seguía meciendo mi polla que estaba a punto de caramelo para derramarme ante las manos y la boca de Celia y después las de mi madre en cuestión de poco tiempo. ¿Qué coño estaba pasando? Nunca antes nadie ni tan siquiera me había tocado ahí, de esa forma y en apenas unos minutos, dos mujeres, habían recorrido mi polla, algo impensable en mi imaginación y sólo de pensar en lo que había vivido momentos antes hacía que mi polla mantuviera la palpitación y la erección. En mi mente volvían esos momentos de placer, tanto de una como de otra… y luego mi hermana que venía dispuesta a practicar con el juguete de mamá, que no podría ser otro que su consolador rojo.

Como el día anterior sucedió, me pudo la curiosidad y poniéndome un pantalón corto de deporte salí al pasillo y me acerqué a la puerta de la habitación de mis padres. Estaba cerrada y era casi imposible escuchar nada al otro lado, no llegaba a entender con claridad lo que estaban diciendo mi madre y mi hermana, aunque se podían escuchar risas. ¿Le estaría enseñando mamá a Sandra ese juguete? ¿Lo probaría ella?

En buena hora me dijo Miguel lo de asomarme por el balcón y no me lo pensé dos veces, haciendo el proceso inverso del día anterior, entré en la habitación de mi hermana y salté sigilosamente por la ventana, para llegar al balcón que daba a la habitación donde estaban mi madre y Sandra, pero intentando hacer el menor ruido posible.

Poniéndome a un lado de la puerta de cristal que separa el balcón de la habitación, pude observar a mi hermana y a mi madre sentadas en la cama, charlando. Mi madre seguía con su camisa oscura y falda blanca ajustada, que hacía contraste con sus medias de color negro que le cubrían sus largas piernas y mi hermana con un pantalón vaquero corto ajustado, tipo short, dejando medio cachete de su culo al aire y una camiseta blanca ceñida. Ambas se habían quitado los zapatos y charlaban con un tono de voz baja. Por suerte para mí, la puerta del balcón no estaba encajada en la cerradura y podía oír lo que decían, al tiempo que me permitía verlas a ellas sin ser visto yo, tras las cortinas.

–          No hables muy alto que tu hermano está en la habitación y no quiero nos oiga – oí que le decía mi madre a mi hermana.

–          Mi hermano no se entera de nada, es un crío. – dijo Sandra.

–          Bueno, cielo, ya no es tan crío, acaba de cumplir los dieciocho y se puede decir que ya es un hombre.

Mi madre dijo esto mirando al techo, ¿sería recordando el tamaño de mi polla y cómo la mecía ella entre sus dedos comprobando que ya no era un crío?

Por un momento apreté esa dureza visiblemente tiesa bajo mi pantalón de deporte, pensando en decirle a mi hermana “Si supieras que ya soy un hombre”

–          Por cierto, qué te pasó en habitación de Marcos, te vi salir algo descompuesta. – dijo entonces Sandra.

–          Nada, tonterías de tu hermano… – apuntó mi madre queriendo quitar importancia, pero lo decía algo nerviosa.

Sin duda no le pareció una tontería, a tenor de su cara y sus palabras a considerarla más grande de lo normal, pero contrariamente a lo que yo pensaba, eso debía gustarle a mamá, no quiero decir mi polla, sino el hecho de que fuera grande. Al menos eso me hacía sentirme bien, porque mi tamaño le había gustado tanto a Celia como a ella. Ya no me consideraba un bicho raro y pensaba en la posibilidad de que tenerla grande no era un problema y podría llegar a ser lo contrario, como bien decía Miguel insistentemente.

–          Bueno, mamá quiero decirte que tenías razón. – volví a escuchar a Sandra.

–          ¿En qué, cariño?

–          Pues que si no pruebo no sé si me va a gustar… lo de chupar, ya me entiendes.

–          ¿Hacer una mamada? – dicho eso por mamá era más morboso de lo normal.

–          Sí.

–          Claro hija. Es normal, tu novio y tú sois jóvenes y tenéis mucho que experimentar todavía.

–          Yo quería probar primero contigo… bueno, que me enseñes como utilizar ese juguete que tienes- le dijo mi hermana con voz decidida y los ojos totalmente abiertos.

–          Pero hija, ¿cómo sabes que yo tengo un juguete? – preguntó mi madre con cara de incredulidad y voz nerviosa, cuestionándose cómo su hija podía saber algo así.

En realidad, ya éramos dos, pues yo también pude tocar el juguete de mamá y además en verlo en plena acción y después, incluso lamerlo para descubrir por primera vez en mi vida a qué sabe una mujer.

–          Bueno, el otro día entré en tu habitación cuando me dijiste que los pendientes que quería ponerme estaban sobre la cómoda de tu habitación y el cajón inferior lo tenías ligeramente abierto, intenté cerrarlo, pero no podía y al abrirlo totalmente encontré un consolador de color rojo metido entre las sábanas. – dijo Sandra.

Mi madre cerró los ojos como dándose por vencida de lo que su hija había encontrado, volvió a abrirlos y mirando a mi hermana:

–          ¡Qué vergüenza, cariño!

–          Mamá, ¿no me digas que ahora te vas a cortar después de nuestra conversación del otro día? Además, me dejaste claro que nosotras también debemos autocomplacernos cuando sea necesario o no nos dan lo que necesitamos.

–          Cierto cariño, lo dije y hay veces que las mujeres necesitamos algo más que un buen polvo con el marido o el novio, nosotras conocemos nuestros cuerpos y sabemos cuáles son esos puntos sensibles que te pueden hacer gozar al máximo.

–          ¿Y te va bien con el juguetito?

Mamá guardaba silencio.

–          ¿Mamá? – insistía Sandra.

–          Ay, hija, si ese consolador hablara… deberías hacerte de uno, a ver entiéndeme, que con tu novio tendrás buenos momentos y nada como un pene real, pero a veces, no sé, necesitamos desahogarnos, fantasear…

–          ¿Fantasear?

–          ¿Tú no te masturbas?

–          Claro que sí, mamá, todo el mundo lo hace.

–          Pues eso, con el consolador es más cercano a la realidad que unos dedos, ya me entiendes, pensar en tus sueños y usarlo en esos puntos que nunca han descubierto y que sabes que existen.

Yo, para empezar, ni siquiera sabía que ni mi hermana ni mi madre se masturbaban y parecía la cosa más normal del mundo. De mis colegas lo sabía, pero desconocía que las mujeres también eran aficionadas a eso.

–          ¿Pero papá no conoce esos puntos sensibles, con los años que lleváis juntos? – preguntó Sandra con cara de extrañeza.

–          Naturalmente que no, por eso es algo que yo guardaba en secreto. Tu padre, sólo mira en desfogarse él sin preocuparse si yo quedo satisfecha o no.

–          ¿No te da placer?

Mi madre tardó unos segundos en contestar, seguramente apurada por confesar eso a su hija.

–          Mira, tu padre, lo intenta, no digo que no, veo su esfuerzo, pero claro, como muchos hombres, sólo piensa en llegar a su orgasmo… en cuanto se corre se cree que yo igualmente lo he hecho, casi siempre me deja con el calentón y termina dándose la vuelta y se duerme.

–          ¿Y entonces, tú…?

–          Claro, yo, sin confesarle que me quedo con el calentón y con la excusa de ir al baño termino de consolarme, otras veces pues está tan cansado y no tiene ganas de nada así que pues …. ya sabes, cojo el sustituto. – terminó confesándose mi madre.

Instintivamente me vino el olor de ese juguete cuando entré en su habitación a olerlo… y fue increíble ese aroma. ¿Olerían así todas las mujeres? ¿Tendrían todo ese sabor entre dulce y amargo, pero tan intenso?

–          Mamá, nunca he utilizado uno y quiero me enseñes por favor a utilizarlo – le suplicaba mi hermana.

–          Bueno, es algo muy personal, cielo, aunque claro, tratándose de ti, te dejaría usarlo, siempre que me lo devuelvas limpito.

Después de unos segundos de duda, mi madre se levantó de la cama, se acercó a la cómoda y abriendo el cajón, sacó el consolador que ella tenía guardado en un estuche muy discreto.

Lo acercó a mi hermana, que lo cogió entre sus manos como si fuera un objeto extraño, pero que no dejaba de mirar.

–          ¿Qué te parece? – preguntó mamá.

–          ¡Que grande y que suave es! – exclamaba mi hermana rozando sus dedos por la textura del consolador.

–          Está hecho de silicona y es un material que simula la piel humana incluso puedes graduar la temperatura del mismo y lo mejor, tiene un control de vibración para hacer que esta sea mayor o menor.

–          ¿En serio?… ¿Y sabe a algo?

–          No tiene sabor, eso sí, pero es natural al tacto, casi como la piel, pruébalo- le respondió mi madre.

A todo esto, yo estaba que me subía por las paredes con la conversación que estaban manteniendo mi hermana y mi madre, con ese consolador entre las manos que debía medir más de 20 cm. Y mi calentura de ese día, cuando de repente mi hermana abrió la boca y sacó la lengua con timidez y con la punta saboreó la punta del consolador.

–          Es verdad, no sabe a nada. – dijo – pero es muy agradable al tacto.

Mamá le sonrió y Sandra sacó más la lengua y empezó a recorrer todo lo largo del mismo, se notaba iba perdiendo la timidez, mientras mi madre la miraba con detenimiento.

–          Abre la boca y aprisiónalo con los labios, con suavidad, verás qué sensación- le dijo mi madre dándole precisas indicaciones.

Con una mano, mi madre sujetaba el falo y con la otra apoyada en la cabeza de mi hermana la ayudaba a introducírselo con mimo. Mi hermana estaba cada vez más lanzada y no paraba de meter en su boca ese cilindro de goma. Me parecía que estaba comiéndose una polla… y yo saqué la mía de mi pantalón masajeándola ante el espectáculo que estaba presenciando, pues estaba totalmente empalmado y por un momento fantaseé con la idea de que la boca de Sandra estaba comiéndose mi rabo.

Mi hermana iba sacando y metiendo el artilugio en su boca de forma rítmica.

–          ¿Te gusta? – preguntó mi madre con toda la naturalidad del mundo.

–          Mucho, mamá. No resulta desagradable en absoluto y es morboso…- le respondió mi hermana con una excitación que por momentos aumentaba.

–          ¿A qué no es para tanto?

–          No, pero, claro no es un pene de verdad

–          Pues como si lo fuera, pero además los de verdad, están más ricos. – dijo mamá haciendo que mi polla se tensara por momentos al escucharla decir eso.

–          ¿Pero entonces es mejor con un pene de verdad?

–          Por supuesto, después de probar uno real, el juguete no es nada, con uno de verdad, es muchísimo mejor, nada comparable a eso, te lo aseguro.

Mi hermana seguía chupando cada vez con más ganas, cogiéndole el puntillo a esa práctica inaudita para ella.

–          Bueno, no solo se utiliza para chupar se le puede dar más utilidades- dijo mi madre cada vez más decidida.

–          ¿Sí?

–          Claro cielo… Es principalmente para proporcionarte placer a ti misma. Lo puedes usar desde vibrar en tus pezones y desde luego usarlo como un pene en tu sexo.

–          Siempre he querido tener uno, pero nunca me dio por comprarlo.

–          Pues pruébalo, hija.

Mi madre dejó el consolador sobre la cama y empezó a ayudar a mi hermana a quitarse la camiseta y el pantalón que llevaba. Mi mano aceleraba el ritmo de mi paja ante la vista del cuerpo de Sandra que era realmente espectacular, quedando tan solo con el sujetador de color rosa claro y un tanga del mismo color. ¡Estaba preciosa!

–          ¡Joder que cuerpo! – exclamé hacia mis adentros, sin dejar de masturbarme y sin pensar que lo estaba haciendo mirando un cuerpo que no debía.

Un gemido involuntario salió de mi garganta cerrando los ojos y me corrí como nunca había hecho, saliendo chorros disparados embadurnando ese balcón, algunos saltando hacia la calle, sin poder frenar ninguno de ellos ante la vista espectacular del cuerpo de mi hermana.

Abrí los ojos asustados, todavía con mi polla entre mis dedos, por saber si ellas se habían percatado de mi gemido, pero no, parecían muy entretenidas y seguían desvistiéndose, pues vi que mamá también se había despojado de la blusa y de la falda, quedando en ropa interior, como Sandra, esa imagen era tan impactante, que, a pesar de haberme corrido, volví a sentir cómo se tensaba mi miembro. Suelo tardar unos minutos en recuperarme, pero esta vez fueron apenas segundos. Más aún cuando mi madre iba indicándole a Sandra que se quitara toda la ropa, que era mucho mejor. De nuevo mi mano empezó a frotar mi polla que volvió a ponerse dura en cuestión de nada, era asombroso ver mi polla recuperarse y cómo se tensaba más y más, viendo como Sandra levantaba su cuito y se sacaba el tanga, al tiempo que mamá y ambas quedaban desnudas completamente con total normalidad.

–          Mucho mejor así, ¿no? – dijo mamá.

–          Supongo que sí. – respondió la otra.

Tuve que respirar y morder el dorso de mi mano para no gritar y casi me caigo de espaldas, cuando vi que mi madre empezaba a pulsar el botón del consolador y lo pasaba por los pezones de Sandra que rápidamente se irguieron, al tiempo que ella abría la boca para exhalar un largo suspiro.

–          ¡Qué gustito, mamá! – suspiraba mi hermana.

Mi mano seguía masturbando mi polla que lógicamente, al haberme corrido me permitiría ver todo sin derramarme demasiado rápido.

De pronto, el consolador fue bajando por la lisa tripita de Sandra, hasta que lo bajó a ese coño y empezó a jugar con sus labios y su clítoris, pudiendo escuchar la suave vibración del juguete.

–          ¡Uf, mamá, qué bueno! – los jadeos de mi hermana eran una pasada.

De pronto, mamá lo ubicó a la entrada del sexo de su hija, haciendo desaparecer la mitad de ese consolador suavemente en su interior, al tiempo que Sandra gemía y se aferraba a sus brazos. Se veían sus tetas moverse como flanes y ligeramente esos sexos, porque estaban sentadas y no lo veía muy claramente, pero eso no quitaba ni un ápice el morbo y la excitación que yo tenía encima.

–          Así, muy bien, hija… ¿ves qué gustito da esa vibración? – decía mamá, que intercambiaba el momento para metérselo en su propio coño.

Aquello era flipante, madre e hija compartiendo ese enorme consolador que, cambiada de coño, proporcionando placer a ambas. Por mi mente pasaban esas imágenes de las dos mujeres espectaculares desnudas y una frase aberrante pero inapelable que yo mismo me repetía: “Ojalá fuera mi polla”

Ese juego era tremendo, ni por lo más remoto hubiese pensado en ver algo así, mi madre y mi hermana en pelotas intercambiándose en sus coños ese juguete rojo vibrante…  y seguí cascándomela como un mono hasta que de pronto, algo llamó mi atención en el jardín, cuando bajé la vista y vi que era Celia, mirándome fijamente y con sus manos tapando su boca.

–          ¡Dios mío! – oí que decía….

¡Joder, Celia me había pillado de lleno! No sabía que hacer, ni qué decir, tan solo guardarme mi lustrosa polla recién rasurada a duras penas bajo mi pantalón y volver a saltar por la ventana al cuarto de Sandra y de ahí a encerrarme en el mío. Eso fue lo que hice, muerto de vergüenza y allí me quedé agazapado, esperando que en cualquier momento mi madre entrara en mi habitación para echarme una monumental bronca con un consabido y ejemplar castigo. El caso es que pasaron horas y no tuve noticias ni de Celia ni de mamá.

Aun así, no salí de mi habitación en toda la tarde, ni tan siquiera bajé a cenar, diciendo a mamá la excusa de que me encontraba algo cansado y el caso es que casi no dormí en toda la noche, pensando en lo sucedido y en cómo podría explicar mi conducta, tenía que disculparme con Celia y explicarle que me había dejado llevar por mis instintos más animales…

Por suerte para mí, esa mañana me levanté muy temprano y Celia estaba sola en la cocina, mis padres ya estaban currando y Sandra se levantaría más tarde, pues había salido esa noche con las amigas.

–          Buenos días Celia. – dije al aparecer en la cocina, encontrándomela de espaldas.

–          Buenos días. – respondió ella secamente, sin tan siquiera darse la vuelta para mirarme como solía hacer siempre.

Celia seguía doblando unas camisas de papá, de espaldas a mí y colocándolas sobre una silla, pero no me miraba y eso me angustiaba, pues no sabía cómo excusar mi conducta, ni cómo recuperar su confianza. Lo que hice no tenía nombre ni explicación ninguna.

–          Celia, lo siento mucho, no sé lo que me ha pasado. – dije al fin – ya sé que lo que has visto es inaceptable, es algo de lo que no tengo perdón, pero me angustia verte enfadada conmigo.

Ella detuvo sus quehaceres, se dio la vuelta y me agarró ambas manos, para luego darme un beso tierno en la frente.

–          Ven, siéntate, Marcos. – me dijo para que lo hiciera en una silla y ella permaneció de pie, frente a mí con sus brazos cruzados.

–          De verdad que estoy arrepentido y muerto de vergüenza de lo que has visto. – dije cabizbajo – me merezco tu desprecio más absoluto.

–          Escucha, no quiero oírte decir eso. – dijo sosteniendo mi barbilla para que la mirase a los ojos – desde luego lo que has hecho está mal.

Por un momento pensé en que me iba a dar una charla sobre un comportamiento fuera de lo normal, pero sólo me dijo una frase.

–          No deberías masturbarte espiando a tu madre y menos con tu… – dijo sin terminar la frase mirando a mi entrepierna.

–          Lo sé… Celia, no debí hacerlo. No tengo perdón y puedes castigarme tú misma con lo que consideres.

–          Pero, cielo, ya no eres un crío para castigarte. – dijo riendo.

–          ¿No estás enfadada entonces? – dije yo sosteniendo la mirada de sus grandes ojos.

–          No, enfadada no. Sorprendida y confusa. Lo que has hecho está mal…. muy mal. Espiar a tu madre y tocándote…

Por suerte, ella no parecía saber que Sandra también era el objeto de mis masturbaciones y que lo hacía con ambos cuerpos desnudos delante de mí, espiando tras la ventana.

–          Fue un arrebato. – dije.

–          A ver, cariño, eso es normal, estás en la edad de sufrir transformaciones y no tienes ninguna culpa, porque además… la culpa es mía. – dijo de pronto ella.

–          ¿Celia?, ¿culpa tuya?

–          Si, cuando me dijiste que, si yo se la chupaba a mi marido, que, si querías saber, que te ayudase con el rasurado, que te tocase, te chupase… y lo que hice no tiene tampoco ninguna explicación ¡Dios… te he metido el veneno en el cuerpo y ahora estás confundido!

–          Yo…. También siento eso, no quiero que te sientas mal por algo que fue también culpa mía.

–          No digas nada, Marcos. Quítate el pijama y te ayudaré, pero esto no tiene que salir de aquí.

–          ¿Qué? – dije sin entender nada.

–          Vamos, quítate la ropa. – añadió ella y empezó a soltar los botones de su batita.

Estaba en shock, pero ella giraba su cabeza levemente para que obedeciera, mientras su bata abierta mostraba su cuerpo curvilíneo con un sostén blanco que apenas podía aguantar el peso de sus enormes pechos y una braguita, también blanca que cubría su pubis dejando sus ingles a la vista. Esa ropa interior blanca muy pequeñita, destacaba aún más sobre esa piel tan morena.

–          ¿Qué estás haciendo, Celia? – pregunté alucinado.

–          Quiero que te masturbes conmigo y no con tu madre, no me parece lo más apropiado. – añadió dejando caer la bata a su espalda, plantada ahí de pie frente a mí. Yo a pesar de todo, no soy de tu familia. Si quieres tener un referente del cuerpo de una mujer, hazlo con el mío.

–          Pero, Celia, yo…

–          ¿No querías ver mis tetas? – en ese momento, soltó su sostén, dejando a la vista esos pechos negros perfectos, con pezones grandes y marrones que saltaron ante mi vista como dos perfectos globos

–          ¡Joder! – es lo que salió de mi boca viendo esa belleza de las tetas de Celia.

Me hizo un gesto que entendí enseguida y a continuación me quité la camiseta del pijama y mis pantalones cortos quedando desnudo frente a ella. Una sonrisa afloró en su rostro y volvió a morderse el labio viendo mi erección. Mi polla estaba pletórica, claro.

–          La verdad, es que has quedado muy guapo. – dijo Celia con su vista clavada en mi polla, pudiendo notar como sus pezones habían aumentado de tamaño y seguramente estaban duros. Al mismo tiempo vi su lengua relamiéndose.

–          ¿Ahora querrás ver mi coño rasurado? – dijo de pronto.

–          ¿Qué?

–          Sí, me preguntaste si lo llevo sin pelo, bueno, pues ahora lo verás, te masturbarás viéndolo y así te queda un recuerdo de cómo deben ser todos los demás.

–          Pero Celia yo no quiero que hagas algo que no quieras hacer.

–          ¿Quién te ha dicho que no quiera hacerlo, si eres mi chiquitín?

–          Ya no tanto.

–          Es cierto, jajaja – dijo mirando el tamaño de mi polla y tapándose la boca de forma graciosa.

–          De verdad, Celia…

–          Lo que quiero es que me prometas dos cosas, Marcos.

–          Dime.

–          Una, que esto va a quedar entre nosotros dos y otra que no vuelvas a masturbarte con el cuerpo de tu madre.

–          Te lo prometo.

–          Entonces, ¿Quieres ver mi coño o no?

Tardé en responder y cómo podía negarme a eso, pero aún estaba en shock

–          Bueno, me visto entonces. – dijo recogiendo su sostén.

–          Si, si… no, no… quiero verlo – dije tartamudeando de forma inconsciente empezando a masturbarme ante ese cuerpo de Celia, cincelado como el de una diosa de ébano.

Celia me sonrió y cuando ella bajo sus braguitas meneando las caderas casi me desmayo, si ya admiraba el cuerpo de esa mujer, verla desnuda era realmente increíble. Aunque había tenido la suerte de haber visto los cuerpos de mi madre o mi hermana, tener ese cuerpo tan bonito y tan cerca era casi como una alucinación. Mi mano iba acelerando los movimientos mientras ella giraba sobre sí misma, ofreciéndose como visión única e irremplazable la de su cuerpo en exclusiva para que no viera otra cosa y era lo que hacía, en ese momento lo disfruté como nunca, sin creerme la suerte de ese espectáculo que era Celia. Por delante era divina, pero su culo por detrás era toda una tentación y luego volvió a ponerse frente a mí, sobándose esos pechos grandiosos.

Se apoyó en la mesa abriendo las piernas, sus manos empezaron a deslizarse sobre su cuerpo, lo hacía con suavidad palpando cada poro de su piel mientras sus ojos estaban fijos en mi polla que yo no dejaba de masajear apuntando hacia ella, mi respiración se agitaba ante aquel espectáculo.

Celia se acercó a mí con pasos lentos.

–          ¿Te gusta? – preguntó en el tono más lascivo que nunca le oí.

–          Si, sí, sí – respondía yo machacándomela ante esa diosa de ébano.

–          Cariño si sigues así, vas a terminar corriéndote rápidamente, y eso a una mujer no le va a gustar, debes controlar tus impulsos. Yo te enseñaré. – me dijo deslizando su dedo índice sobre mis labios.

Celia tenía el control de mi cuerpo y de mi mente, pues en ese instante no pensaba en otra cosa más que en ese cuerpo perfecto.

–          ¡Dios, Celia! – dije, sin dejar de meneármela y admirando cada una de sus curvas.

Pero ella se acercó aún más, colando sus piernas entre las mías y posando sus tetas sobre mi pecho y su boca casi rozando la mía. La tenía a pocos centímetros, tan cerca, que mi polla quedaba apoyada sobre la parte superior de su pubis, apuntando hacia arriba, notaba su respiración y su calor. Yo me preguntaba…. ¿Voy a follarme a Celia? ¿Va a ser ella quien me desvirgue? No me creía que ambos estuviésemos desnudos en la cocina, tan pegados. Me era imposible creer que, en el transcurso de horas, toda mi vida cambiase tan radicalmente y todo para bien.

–          Vamos a mi cuarto, se puede levantar tu hermana – me dijo, separándose de mí, cogiéndome de la mano y guiándome a su habitación.

Ir desnudo, con mi polla balanceante detrás de ese culazo perfecto, era como estar en un sueño. A mitad del pasillo ella se detuvo.

–          Tampoco debes tener esos pensamientos con Sandra, ¿de acuerdo? – me advirtió y yo afirmé como un perrito, pero sin duda mi hermana ya había despertado esos instintos en mí, algo que Celia parecía desconocer.

Cerró la puerta de su habitación, bueno, la que usaba cada vez que se quedaba a dormir y volviéndose hacia mí volvió a coger mi mano.

–          Relájate y déjate llevar- me dijo con una serenidad que yo era incapaz de controlar – te voy a echar un cable con eso, ¿de acuerdo?

Puso mi mano sobre sus pechos, amplios, hermosos, los pezones eran pequeños garbanzos oscuros apoyados sobre una aureola marrón amplia.

–          Mímalos, que la yema de tus dedos se deslice sobre ellos, con delicadeza.

–          ¡qué pasada!

–          ¿Te gustan mis tetas, Marcos?

–          Si, joder.

–          Pues a nosotras nos gusta que un hombre sepa tocarlas.

Mi nerviosismo y tensión sexual era infinita, mi polla palpitaba, mis dedos se deslizaban sobre su piel que era suave como la seda, palpaba su piel mientras observaba el recorrido de mis dedos. Seguía sin creerme que estuviese magreando esas tetas.

–          Puedes recorrer el resto de mi cuerpo, no sólo hay pechos – me dijo con una sonrisa.

Seguí recorriendo su cuerpo, mis manos avanzaron por sus hombros, su cuello, su cara, deslicé mis dedos por sus labios carnosos que entreabrió, sintiendo su lengua cálida, la misma que el día anterior había jugado con mi polla. Me atrevía a palpar su culo y amasarlo por primera vez, notando su suavidad y su dureza, siempre había imaginado que ese culo era así de duro. Ella ronroneó ante mis toques y pegó su pecho al mío, notando como mi polla quedaba entre nuestros cuerpos desnudos.

–          ¿Y bien? – dijo con sus labios casi rozando los míos.

–          No voy a olvidar esto nunca, Celia.

–          Bien, Marcos. Recuerda mi cuerpo siempre que quieras, pajéate pensando en él, pero nunca lo hagas con tu hermana y tu madre, recuérdalo, ¿vale? – añadió pasando su dedo por mis huevos con mucha suavidad.

–          Sí, sí, sí….

Separándose de mí, tras ese largo magreo, se sentó sobre la cama e inmediatamente se tumbó sobre ella abriendo las piernas y doblándolas, al tiempo que sus codos se apoyaban sobre el colchón. Ante mí apareció su coño totalmente rasurado, sus labios vaginales abiertos y brillantes… quise suponer que era de la excitación que le embargaba.

–          ¿Qué te parece? – me dijo sonriente – ¿Lo imaginabas así?

–          ¡Es sencillamente alucinante! – dije al ver a esa diosa de ébano tumbada desnuda sobre la cama.

–          Ven, acércate y siéntate a mi lado, aunque no soy tu madre para mí eres mi niño y me cuesta verte de otro modo, pero has crecido tanto…- me dijo con una gran dulzura sin dejar de mirarme.

Preso de una excitación tremenda me senté a su lado.

–          Recuerda, aunque yo te haya criado, no soy tu madre y sí puedes pensar en mí, todo lo que quieras, no me va a molestar. Quiero que recuerdes esto, que sirva para que te desahogues cuando estés solo o pensar en otras mujeres, pero que ninguna sea ni Sandra ni mamá… ¿prometido?

–          Prometido. Sí, sí, tranquila – respondí, porque en ese momento solo era Celia, mi musa, no pensaba en nada más.

Ella me dio un beso maternal en la frente y a continuación me dijo:

–          Lo mismo que has hecho de cintura para arriba, hazlo en mis muslos y en mi entrepierna, recuerda con suavidad siempre sin brusquedad, por muy excitado que estés. Quiero que vayas despacio, controla tus impulsos.

Mis manos se deslizaron por sus pantorrillas, subiendo a sus rodillas, posteriormente a sus muslos, tan suaves y cálidos como el resto de su cuerpo, se deslizó hacía abajo dejando apoyado su hermoso culo en el borde de la cama.

–          Ponte de rodillas en el suelo y vas a hacer lo que te diga. – me ordenó.

Obediente como un perrillo faldero me puse de rodillas mirando hacia ella, que abrió más las piernas, sus labios vaginales se abrieron también apareciendo una imagen sonrosada de su interior. El aroma que mis fosas nasales advirtieron, consiguió ponérmela más dura de lo que ya estaba. Ese olor era delicioso y atrapante.

–          ¿Te gusta lo que ves? – preguntó sonriente al verme extasiado y sin saber qué hacer.

–          Sí. Es muy bonito- respondí tragando saliva al ver mi primer coño en vivo y desde tan cerca.

–          Vamos, cariño, di lo que sientes. Sin miedo. ¿Cuánto te gusta?

–          Muchísimo, Celia, además nunca he visto un coño de una mujer negra, sólo en las revistas y todas eran de color blanco – le dije entrecortado, apenas me salían las palabras.

–          ¿Entonces has visto otros coños?

–          No, no… – mentí.

Celia debió creerse esa mentira, pues ya había tenido la oportunidad de ver otros dos coños, aunque no desde tan cerca, claro.

–          Pon la yema de tu dedo corazón en la hendidura y separa los labios totalmente. -dijo.

–          Están muy mojados – le dije con apariencia de ingenuidad.

–          Es de la excitación tan grande que tengo…no sólo eres tú el que está excitado.

Me sentí bien, por hacerla sentir así y animado deslicé mis dedos con suavidad, con mimo, recorriendo cada pliegue de ese coño, de arriba abajo, no dejaban de salir fluidos como un pequeño riachuelo y un pequeño gemido salió de su garganta.

–          Muy bien amor, lo haces muy bien- me dijo incorporándose hasta quedar sentada al borde de la cama.

Cogió la mano que estaba jugando dentro de su coño y tomando mi dedo lo guio hacia la parte superior, donde un pequeño bulto sobresalía, estaba rojo, duro y muy caliente, empezó a deslizar mi dedo muy suavemente frotándolo, cuando un espasmo convulsionó su cuerpo y note mi dedo se empapaba de un líquido blanco y muy caliente. Ella se aferró a mi muñeca con fuerza, soltando un largo gemido, casi como un lamento.

–          ¿Te he hecho daño? – le dije un poco asustado, aunque tremendamente excitado.

–          No cariño, al contrario, has estimulado ese bulto que es el clítoris de la mujer, y has provocado que me corriera.

–          ¿En serio?, ¿Tan pronto?

–          Sí, Marcos, cielo, has hecho correrse a una mujer y con eso harás correrse a muchas más. – dijo señalando mi erección.

–          Pero te has corrido sin follar.

–          Una mujer se puede correr de muchas maneras, no hace falta follársela… y en mi caso, este tonteo, tus toques y tu polla han hecho mucho en mi imaginación.

–          ¿Cómo? ¿Qué has imaginado? – pregunté.

–          Bueno, bueno, sigamos… – dijo esquivando la pregunta.

Celia se mordió el labio y siguió dándome instrucciones con mimo:

–          Ahora quiero pases tu lengua por donde has deslizado tu dedo.

Abriendo más si cabe las piernas, acerqué mi lengua a su coño, el olor me embriagó, pero el sabor era todavía tan delicioso como el que probé de mamá en su consolador. Era medio salado, pero me gustaba, empecé a pasar mi lengua de arriba abajo muy impulsivamente.

–          Tranquilo cariño, despacio, aumentando el ritmo poco a poco, – me dijo gimiendo cada vez más – como sigas así me harás correrme otra vez en poco tiempo y no creas que es tan sencillo.

Esas palabras me envalentonaron y agarrando ambos pechos y estrujándolos entre mis dedos me apliqué con lengua y labios en ese coño delicioso.

–          ¡Mmmmmm, sigue, sigue cariño, muy bien!

Estaba extasiado lamiendo el coño lleno de fluidos, de la mujer que cuando era pequeño me bañaba, me vestía en muchas ocasiones y con la que había fantaseado más de una vez en mis deseos pecaminosos. Ahora la tenía ahí delante, en pelotas, abierta de piernas y para mí solo.

El cuerpo le tembló y un nuevo chorro de fluidos salió de ese volcán que no dejaba de manar. Celia, al ver que me masturbaba, mientras mi lengua la comía sin parar, me pidió que no me tocara mientras hacía esto, que sólo me concentrara en lo que le estaba haciendo, pero aun así mi polla no dejó de estar en plena erección y necesitaba descargar cuanto antes.

Me incorporé, arrodillado hasta que mi polla quedó a la altura de su coño. Mi glande entró en contacto con ese sexo brillante llegando a embadurnarse con sus jugos. Yo pensaba… “si me viera Miguel en este momento, desnudo frente a esa belleza y a punto de follarla”

–          ¡No, cielo! – me dijo, empujándome para que no la penetrase, aunque el glande ya estaba abrazado por esos ardientes labios vaginales.

–          ¡Quiero follarte, Celia!

–          ¡Uf, no! – dijo ella cuando yo quise empujar un poco más.

Se levantó de repente dejándome sorprendido, sin saber que hacer, arrodillado frente a ese monumental cuerpo negro de Celia.

–          Creo que debes darte una ducha e ir a la facultad, se te va a hacer tarde. – dijo seria.

Me levanté para quedar frente a ella y me agarré a su culo, sintiendo de nuevo ese cuerpo pegado al mío.

–          Pero, Celia, no me puedes dejar así. – protesté.

–          Cariño, no podemos hacer eso. – dijo sin dejar de abrazarme durante unos segundos, sin duda ella estaba tan excitada como yo, hasta que me volvió a empujar para separar nuestros cuerpos.

–          No, Marcos, no podemos follar. Quiero que esto te quede como un buen recuerdo y nada más.

–          Pero…

–          Sé que estás confuso, pero esto será algo que te servirá de inspiración y espero que de enseñanza… Has visto a una mujer desnuda, me has tocado, has podido lamer mi sexo, descubrir otros placeres ocultos.

–          Yo quiero follarte, Celia. – insistí casi desesperado.

–          Eso, cariño, debes reservarlo para cuando tengas una novia.

Por más que yo rogara, por más que ella desease tener mi polla dentro, creo que se armó de valor, algo contrariada porque yo quisiera penetrarla, ese mismo niño al que tiempo atrás fuera un mocoso y ahora se hubiese convertido en un hombre.

Mis ruegos eran tan insistentes, sin dejar de admirar su cuerpo que me prometió que podríamos volver a tener otra sesión como esa, sin llegar a nada más, pero haciéndome prometer al mismo tiempo de que no volviera a espiar a las mujeres de mi familia.

–          Quiero que te autocontroles, Marcos… si puedes aguantar, te prometo que, en una semana, yo te chuparé a ti.

Celia siempre sabía cómo contentarme, si yo me portaba bien, como cuando prometía regalarme un dulce y en este caso algo mucho más rico, su boca. El hecho de saber que esos labios gordezuelos iban a volver a comerme la polla, me hizo desistir de mi insistencia y me dirigí a mi cuarto, en donde terminé de masturbarme para soltar todo lo que llevaba adentro e ir a clase.

Continuará…

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