ALMUTAMID

Salí de forma rápida y silenciosa de la residencia. No huía de nadie. Pero prefería una despedida a la francesa antes que prolongar una situación que empezaba a hacerse incómoda. Sabía que había quedado muy bien con Astrid y que cualquier otra cosa habría sido negativa al menos para mí.

¡Qué distintas son las sensaciones que se tienen en un lugar cuando se llega de cuando se va! Mis temores de febrero habían sido muy distintos de los de junio. Me había convertido en alguien popular en la residencia de Lieja, algo que nunca había alcanzado en mi anterior residencia, y sin haber buscado nada, lo había encontrado todo: amistad, diversión, algún mal rato y mucho más sexo del que jamás habría imaginado.

Las leyendas que se contaban sobre las estancias Erasmus se habían confirmado en mi persona. Qué distinta mi beca de la que había sufrido Claudia un año antes. A pesar de que los resultados académicos eran importantes para mí estaba claro que yo no había llevado la vida de amanuense de mi exnovia, encerrada en sus estudios. Aunque la facilidad para encontrar sexo me alertaba de que quizá ella también la hubiese tenido, ya a estas alturas de la película lo que realmente me producía mi reflexión era lo diferente que éramos ambos. ¿Habríamos sobrevivido como pareja de haber estado juntos? ¿Yo buscando fiesta y ella encerrada estudiando?

Tarde ya para pensar en ello y más cuando sin nostalgia de ningún tipo cerraba la puerta de la residencia de Lieja por última vez en uno de esos tempranos amaneceres del norte de Europa próximos al solsticio de verano. Y la ausencia de nostalgia tenía una causa evidente: estaba ilusionado con volver a casa. Mi plan se iba a cumplir y yo lo había puesto todo para que así fuese. Una nueva vida con Alba se me presentaba como el mejor de los escenarios posibles.

Cogí un autobús que me dejó en la moderna estación de ferrocarril. La ciudad se desperezaba regalándome las últimas imágenes de los puentes sobre el río Mosa y el abigarrado caserío de tejados muy pronunciados a dos aguas de su casco antiguo.

Durante el trayecto de casi tres horas en tren hasta Düsseldorf pasando del valle del Mossa al del Rin por una sucesión permanente de bosquecillos, campos de cultivo y pequeñas ciudades me alegré de todo lo ocurrido. Podría contarle a mis amigos y mis nietos mis correrías de estudiante en Europa con juergas, fiestas, borracheras y mucho sexo. El tópico se hacía realidad convirtiéndose ya en algo típico de los estudiantes foráneos.

Me alegré de tener las suficientes dotes de alemán para poder guiarme primero por la estación de ferrocarril de la importante ciudad industrial alemana como para encontrar la línea de metropolitano que me acercaba al aeropuerto. La megalópolis alemana del valle del Rin que se prolonga hacia el norte enlazando con Hamburgo eleva la densidad de población de aquella región a una de las más altas de Europa con una densa red de carreteras y ferrocarriles que contrastan con la escasa cantidad de aeropuertos.

A diferencia de España donde hay demasiados aeropuertos, algunos a menos de 100km de otro importante, convirtiendo alguno en poco rentables económicamente, en Alemania los “Flughäfen” se emplazan sólo en las grandes ciudades como Berlín, Múnich, Stuttgart o Frankfurt. Son aeropuertos de gran tamaño que dan servicio a grandes áreas, como era el caso de Düsseldorf con ciudades tan cercanas como Aquisgrán, Monchéngladbach, Duisburgo o Wuppertal. E incluso a las cercanas Dormund o Colonia, estas sí, con aeropuerto propio aunque con menor tráfico.

Mi suerte fue no perderme y llegar a tiempo para tomar mi breve vuelo a Frankfurt, de escasamente 20 minutos. Allí sí tuve que hacer una espera más larga para tomar mi vuelo directo a casa dándome tiempo de almorzar sufriendo los exagerados precios que se cobran en las zonas de embarque de los aeropuertos. También me molestó ver un vuelo directo a mi ciudad que salía desde allí mientras que yo tenía que darme aún un breve paseo por Europa.

Los 13º que había dejado en Lieja ya eran unos 18º cerca del mediodía, pero muy lejos seguramente de los más de 30º que me encontraría al llegar a mi ciudad e mediados de junio, algo que me causaba cierto vértigo cuando aún vestía una chaqueta y pantalones largos. Mi otro temor era que se perdieran la maleta y una de las mochilas que había facturado en Düsseldorff al cambiar de avión aunque fuese con la misma compañía de bajo coste.

Mientras el verdor de los campos alemanes y franceses se transformaba en el color pardo del Mediterráneo sentía la cercanía de casa. Ahora ya empezaba a sentir verdadera impaciencia. Las casi cuatro horas de vuelo se me hicieron pesadas y aunque intenté dormir en el estrecho asiento el llanto de un niño y algún que otro vaivén provocado por turbulencias me impidieron conciliar el sueño.

Pero cuando el piloto inició la maniobra de descenso y al poco anunciaba la llegada a la ciudad ni siquiera los 36º que anunciaba en tierra cambiaron mi ansiedad por aterrizar y pisar mi tierra para quedarme en ella por mucho tiempo.

Efectivamente cruzar la pasarela que unía el avión con la sala de embarque fue un infierno de unos 25 metros recalentado al sol. Me quité apresuradamente la chaqueta y sentí como los vaqueros se me pegaban a las piernas. Afortunadamente el aire acondicionado de la terminal revirtió la sensación de agobio de ese pasillo.

Las maletas habían llegado sin problema y cuando al fin crucé la puerta de salida a la sala de espera me encontré muchas caras expectantes pero ninguna conocida. La que más me habría gustado ver no estaría allí salvo sorpresa suprema pues eran mis padres los encargados de recogerme. Y efectivamente vi a mi madre agitando la mano emocionada detrás de una de las vayas que separan a los que llegan de los que esperan.

Mis padres estaban felices de tenerme en casa. El trayecto hasta el coche aparcado en el parking del aeropuerto y el consiguiente ya en el vehículo hasta casa fue un interrogatorio por parte de mi madre. La notaba nerviosa pero supuse que era por la alegría de tenerme en casa.

Media hora después y comprobando como en pocas horas había cambiado de la luz triste del norte de Europa al sol cegador de Andalucía que se traducía en las ropas absolutamente veraniegas que llevaba la gente por la calle. Los edificios eran claros y los naranjos, jacarandas, acacias y plátanos de sombra daban sombra a las calles necesitadas de sombra. Detalles que apreciaba ahora después de haber estado tanto tiempo fuera.

Serían las 7 de la tarde cuando llegamos a casa. Mi madre ya me había contado como había quedado la reforma del apartamento de la playa con todo detalle. Se la notaba encantada. Pero tras dejarme que me aseara un poco en el baño, orinando y lavándome manos y cara me encontré a mis padres muy sonrientes en el salón.

-¿Qué pasa?- pregunté.

-Tenemos una sorpresa…

-Pues a ver…

-No. Tenemos que bajar a la calle.-respondió mi padre con cierto aire de sorna.

¿En la calle?¿De qué se trataba? Mi padre no había cambiado de coche. Me acababa de recoger en el suyo. Lo peor es que yo tenía prisa por ver a otra persona. Ya la había avisado por un mensaje y la iba a buscar a su casa. Esto me entretendría, pero tampoco quería quedar mal con mis padres, a los que se veía ilusionados.

Salimos a la calle y mi padre me llevó a una bolsa de aparcamiento mientras que mi madre me seguía por detrás. Se paró delante de un Volkswagen Golf blanco. No era un modelo reciente pero el coche se veía en muy buen estado. Mi padre sacó la llave del bolsillo y lo abrió pulsando el botón.

-¿Mamá ha cambiado de coche?-pregunté.

-No.- respondió ella a mi lado.

-¿No te gusta?- quiso saber mi padre.

-Está muy bien.-respondí.

-Pues ten entonces- contestó dándome la llave.

-¿Para mí?-pregunté sorprendido.

-Era de mi tía- explicó mi padre- Había pensado venderlo, pero aunque es antiguo tiene pocos kilómetros y está bien cuidado. Lo llevé al taller para que lo valoraran pero por el dinero que nos darían merece más la pena que lo aproveches unos años.

-¿En serio es para mí?- repetí incrédulo.

-Bueno. Vas a estar en casa. No creo que lo uses mucho aquí pero cuando quieras ir en verano a la playa…-comentó mi madre sonriente.

-Ya está registrado a tu nombre y con el seguro contratado. Pero si no lo quieres…

Para entonces ya estaba sentado al volante colocando los retrovisores. Era un modelo antiguo pero estaba muy bien. Y ¡era mío!. Mientras ajustaba el asiento y el volante mi padre me explicaba:

-Yo te voy a pagar el impuesto de circulación y el seguro mientras no trabajes, pero el gasoil corre de tu cuenta. Así dosificas su uso.

Salí del coche y le di un abrazo a mi padre dándole las gracias. Me pareció que estaba emocionado. Después a mi madre que tenía un semblante orgulloso.

-Tiene el depósito lleno. ¿No quieres probarlo?

-Es que quiero enseñárselo a alguien…-respondí cortado.

-Corre a por tu novia anda…-respondió mi madre indulgente.

Volví a abrazarlos a ambos y me subí al coche para recorrer las escasas dos manzanas que distaban de la casa de Alba. Evidentemente no conseguí aparcar pero dejé el coche en doble fila mientras llamaba al porterillo.

En menos de un minuto mi chica aparecía por la puerta de su bloque. Sin pudor ninguno a los vecinos o quien pasara por la calle se me lanzó al cuello mientras yo la abrazaba fundiéndonos en un largo beso. Que rica sabía y que gusto abrazarla.

Con el calor mi chica llevaba unos shorts vaqueros y una camiseta suelta de las que muestran en ombligo al levantar los brazos. Además con la buena delantera de mi novia la camiseta no conseguía pegarse a su barriguita haciendo un efecto muy sexi. De hecho al abrazarla mis manos se toparon con la piel de su espalda. Sin darle tiempo a preguntarme por el viaje la cogí de la mano tirando de ella.

-¿Dónde me llevas?-me preguntó con una risilla divertida.

-Tengo que enseñarte algo.

Cruzamos entre dos coches aparcados y le abrí la puerta de copiloto del Golf.

-¿Tu madre te ha dejado el coche?

-No…-respondí rodeando el coche con prisa para sentarme al volante-…es mío.

-¿Tuyo?- me preguntó ya sentados juntos delante.

-Y tuyo…-respondí- Era de la tía de mi padre pero lo ha puesto a mi nombre.

-¿En serio?

Asentí orgulloso.

-Luis…-respondió justo antes de abrazarme y buscar de nuevo mis labios con los suyos.

-¿Dónde quieres ir?

-No sé, jajaja. Dónde tú quieras. Pero no puedo recogerme tarde que yo sigo de exámenes.

Arranqué el coche buscando la salida de la ciudad. Ahí sí le conté ya el viaje y los últimos días en Lieja mientras Alba no dejaba de acariciarme el brazo y la nuca. Me observaba con una mezcla de felicidad e incredulidad como si no terminara de creerse que ya estaba en la ciudad, y eso que no sabía que era para siempre.

Salí de la ciudad probando el coche en un tramo de autovía pero me salí inmediatamente. Recordé un mirador que había desde el que podríamos ver el atardecer. Recordé como se subía hasta allí mientras mi chica me preguntaba extrañada a dónde íbamos.

Al fin llegamos al sitio. Una pequeña bolsa de aparcamiento en una carretera que subía por una ladera hacia las urbanizaciones de esa zona. La altura sobre la ciudad permitía ver perfectamente e primer plano las aguas del río y la ciudad extenderse hacia el horizonte entre los últimos rayos naranjas de un atardecer de verano. El sol quedaba a nuestra izquierda mientras se dibujaban los edificios y torres altos de la ciudad asomando entre el resto del caserío de una ciudad completamente llana que se expande abrazada por el río Grande confundiéndose sus límites con el área metropolitana.

-Qué sitio tan bonito, Luis.

-Pensé que te gustaría que extrañáramos el coche viniendo a un sitio así.

Mi chica me abrazó de nuevo besándome la mejilla.

-No me creo que estés aquí…

-Yo tampoco. ¿Así será el cielo?- respondí justo antes de fundirnos en un largo beso.

El que no me creía que estaba allí con mi novia y en mi coche era yo. Con mi chica echada en mi hombro sobre la ciudad charlamos. Su mano acariciaba mi brazo y en ocasiones se poyaba en mi pecho con cierta timidez. La mía descansaba en su hombro aunque terminó resbalándose para acariciar la piel de su cintura entre la camiseta y el short.

Hicimos planes otra vez. Nos pasábamos el tiempo haciendo planes cuando estábamos juntos y eran planes para estar juntos. De golpe Lieja había sido un sueño, algo que veía tan lejano. Más lejano aún que la primera residencia. Parecía haber sido un sueño del que me había despertado para vivir otro sueño.

Astrid, era un vago recuerdo. En mi pensamiento ya no sentía la misma atracción que unas horas antes y me daba cuenta del error que habría significado dejarme arrastrar mientras disfrutaba de un momento de intimidad con Alba.

El atardecer iba trasformando los tonos naranjas en rojizos y prolongando la sombra del rascacielos y las torres de la ciudad. La lámina del río reflejaba el color dorado del cielo haciéndola parecer más luminosa por la creciente oscuridad que empezaba a rodearla. El mirador había quedado en sombra pues el sol ya se había escondido tras la ladera rematada por el monumento al Sagrado Corazón. Aunque por la carretera había un incesante subir y bajar de coches hacia las urbanizaciones de la cumbre en el mirador solo estaba detenido mi coche. Nadie subía o bajaba caminando por allí dándonos sensación de soledad.

Constantemente nos besábamos dándonos piquitos o apretando nuestros labios pero tras decidir que ese año daría clases como los anteriores para con el dinero ganado escaparnos los fines de semana con el coche el deseo hizo que nuestras lenguas se juntaran luchando entre nuestras bocas.

Alba no tenía claro qué pensarían sus padres de que se fuera de viaje sola conmigo:

-Son muy conservadores, Luis…

-Eres mayor de edad. Yo hablaré con ellos.

-¿Estás seguro?

-Ya hablé con mis padres. Puedo hablar con los tuyos. Les caigo bien…-respondí perdiendo seguridad progresivamente en lo que decía.

-No sé como se tomará mi padre que tenga novio y que me vaya sola con él…

-Podemos empezar saliendo en grupo. Y ya después cuando haya más confianza…

-Tengo hasta miedito de decírselo…

-Vamos juntos- dije haciéndome el valiente.

-Jajajaja, mejor que no. Déjame que vaya poco a poco…

Fue lo último que dijo antes de que nuestras bocas se encontraran de nuevo. Pero el beso se alargaba. La respiración se agitaba y mi mano intentaba atrapar su piel najo su camiseta. Esta vez ella se atrevió a colar la suya bajo la mía y acariciar mi piel como yo hacía con la suya. Esa piel era mía como la mía era suya.

Me apreció que mi chica lanzaba leves gemiditos mientras su mano se aferraba a mi pecho. Parecía decirme que ya no me iba a soltar nunca más. Ni yo pretendía que lo hiciera. Sus caricias hicieron que yo también me viniera arriba, concretamente mi mano que rodeando su espalda por dentro de la camiseta sostenía su teta dentro de la copa del sujetador. Noté su pecho algo más duro. Sí, gemía contra mi boca y me dejaba acariciar su pecho.

Tiré de la copa para liberar su seno y poder alcanzar su pezón. Estaba durito. Mi novia disfrutaba conmigo. No sé cuanto tiempo estuvimos comiéndonos la boca con su teta en mi mano y su mano en mi abdomen pero de golpe mi chica se separó de mi apresuradamente y me dijo:

-Tengo que estudiar…

-Vámonos entonces…

Pero sin esperármelo sus manos empezaron a desabrochar con prisa y cierta torpeza mi cinturón para inmediatamente.

-¿Qué haces?-pregunté curioso.

-No me voy sin tocarte…

-No hace falta.

-Me apetece. Quiero que mi niño disfrute…

-Pero tienes prisa.

-No te tardes -dijo divertida sacando mi polla del calzoncillo y acariciando mi glande con su pulgar.

-Esta señorita se ha vuelto muy descarada- respondí intentando colar mi mano dentro de su short.

-Pero no tanto- dijo apartando mi mano dejándome algo descolocado- Estoy con la regla y no se puede tocar ahí. Pero yo si puedo tocarte- continuó pajeándome ya con cierta intensidad.

-Ufff- respondí admitiendo mi placer.

Aunque no era evidentemente la primera paja que me hacía sí era la primera vez que lo hacíamos con tanta luz. Aunque el mirador estaba algo apartado de la carretera. Tenía una farola que lo iluminaba. De hecho si alguien se acercara a nuestro coche podría ver lo que pasaba dentro. Mi chica se había familiarizado con mi cuerpo y no le importaba verlo, acariciarlo y buscar a su manera la forma de darme placer.

Con la cabeza echada en mi hombro me masturbaba mientras yo gemía reconociendo su esfuerzo.

-¿Me has echado de menos?- me decía.

-Todo el tiempo…

-¿Pero sólo por cómo te toco?

-Por todo…¿y tú?

-Yo me moría de ganas por que volvieras.

-¿Y por tocarme?

Puso una sonrisilla maliciosa y respondió con picardía:

-También.

Nos volvimos a fundir en un beso con mucha lengua sin que la mano de mi chica dejara de pajearme. Tanto que sentí que me iba a correr en breve.

-Princesa, me voy a correr…-le dije entre gemidos.

-Échalo todo mi príncipe…

De nuevo empezamos a besarnos. Yo no podía reprimir los gemidos. Sentía ya el cosquilleo previo a la eyaculación recorrer mi perineo. Entonces me di cuenta de que llevaba una camiseta y la iba a poner perdida. Me la levanté hasta la altura del pecho mientras mi chica apretaba el ritmo de su masturbación. Empecé a gemir sin control justo antes de que el primer chorro de semen espeso cayera sobre mi vientre mientras mi chica no paraba de menearme la churra provocando que saltaran hasta cinco lefazos cuyas contracciones sentí desde lo más hondo de mis testículos.

Alba estaba como poseída subiendo y bajando su mano por el tronco de mi polla haciendo que mi prepucio se plegara y desplegara hasta que con voz aguda le rogué que parara pues seguía sintiendo las contracciones pero ya no quedaba líquido que expulsar en mis huevos. Tenía pringada la barriga y el pubis y mi chica su mano.

Aún así hizo el gesto de exprimir la última gota apretando con su dedo pulgar e índice mi glande excesivamente sensible haciéndome estremecer.

-Pero qué cosas me hace mi pincesa…-dije antes de que mi chica mudara su sonrisa por un beso.

El problema vino después. Ninguno de los dos llevaba pañuelos para limpiarnos. Tras unos instantes de nerviosismo decidí quitarme los calzoncillos para limpiarnos con ellos y yo echarlos a lavar disimuladamente cuando llegara a casa.

Mi novia me ayudó a quitarme los pantalones mientras yo me quitaba la camiseta para no mancharla. Me desnudé completamente delante de ella. No era la primera vez que Alba me veía desnudo, pero sí la primera que era por sexo. Pero no hubo nada novedoso no sorprendente. Me ayudó e incluso tras limpiarse la mano con mi calzoncillo ella me limpio el vientre y el pubis con mi polla ya relajada tras el meneo anterior pero conservando el glande descubierto y algo oscurecido.

Me vestí de nuevo y guardé los calzoncillos en el maletero hechos una bola para subirlos en otro momento que no estuvieran mis padres. Nos fuimos a casa con cierta prisa pues Alba tenía que seguir estudiando después de cenar. Eran las diez de la noche pasadas y se nos había hecho un poco tarde. La dejé en su portal despidiéndonos con un largo beso y un feliz “hasta mañana”.

Volvía tan contento que ni me cabreé cuando casi me pego 20 minutos buscando aparcamiento. Estaba mal acostumbrado a usar el aparcamiento con el coche de mi padre y ahora me iba a tocar buscar cada vez que usara el coche. Pero en ese tiempo también me dio por pensar las oportunidades de intimidad que el coche me iba a dar con Alba. Y la cosa prometía. Nada más verme nos habíamos enrollado. Ganaba confianza día a día y en cualquier momento se decidiría.

¿Arrepentido de no haber follado con Astrid pensando en la sequía que me venía? Para nada. Todo lo contrario. Orgulloso.

Nada más entrar en casa me duché rápidamente. Cené algo y me quedé con mis padres charlando, pero estaba muy cansado del madrugón de la mañana y me fui a dormir pronto. Caí rendido.

Por la mañana deshice la maleta y me puse a avisar a todo el mundo de que ya estaba aquí. Mis amigos jugaban entre semana un partido y ya contaban conmigo. Aunque estaban de exámenes el partido no lo perdonaban.

Por la tarde consulté con la web de la universidad de Lieja. Ya habían salido los resultados que me faltaban. Muy pronto. El profesor que tan amablemente me había dicho que me esperara seguramente ya los tenía y no quiso dármelos. Tampoco me iba a enfadar. Todo marchaba.

Por la tarde salí un rato con Alba para que se despejara de tanto estudio. Se puso muy contenta cuando le conté que había aprobado todo. Ya podía ir a la ciudad donde estudiaba a solicitar el certificado de notas para poder solicitar el acceso en la universidad de mi ciudad e iniciar los trámites del traslado. Como era un cambio de titulación había que llevar un informe sobre el plan de estudios para que aprobaran la convalidación y que se aceptara mi ingreso con asignaturas sueltas.

A la mañana siguiente solicité telemáticamente la documentación a la secretaría de mi facultad, pero me habían advertido telefónicamente al preguntar por los trámites de que tendría que ir yo a recoger la documentación una vez preparada pues la universidad no se hacía cargo de enviarla por correo certificado.

Mi plan seguía en marcha y sólo quedaba ese punto por resolverse. Me aterraba la idea de que no me dieran el traslado y tener que volver a la residencia. De hecho me reservaban la plaza hasta julio si necesitaba renovarla para el siguiente curso. Pero era algo que no pasaba por mi cabeza. Me generaba incluso ansiedad pensarlo.

Por supuesto era lo único que ocultaba a mi chica. Pues para ella yo sí tendría que regresar en septiembre a la otra ciudad. Y eso que en los paseos que nos dábamos por la tarde hablábamos mucho. De hecho los siguientes días hubo mucho cariño pero no tanta pasión como el día de nuestro reencuentro. Ya habría tiempo cuando terminara los exámenes.

El jueves de aquella semana hubo partido con los amigos. En la cerveza posterior todos querían saber cómo eran las fiestas Erasmus. Aunque yo en mis visitas anteriores ya había narrado algo querían más detalles. Estuve tentado de contar mis aventuras sexuales allí pero sólo de pensar que cualquier cotilleo llegara al oído de Alba me hizo rechazar esa idea. No merecía que pensara que me había hartado de follar en Lieja y ahora venía fanfarroneando de ello cuando estábamos empezando una relación. Sería algo imperdonable por mi parte y no me merecía la pena colgarme esa medalla.

La semana siguiente recibí una carta certificada de mi facultad. La documentación estaba lista. Podía ir a recogerla. Se lo conté a Alba sin especificarle para qué era la documentación. Estaba tan contento que le propuse venir conmigo pues el lunes tenía el último examen. Ella dudó pensando en sus padres, pero a la vez le apetecía muchísimo. Cuando nos despedimos en su portal me dijo:

-Vale, me voy contigo. Mi madre sospecha que salgo con alguien. Evidentemente nos han visto despedirnos aquí o juntos por la calle. Creo que es el momento de decírselo a mis padres y pedirles permiso para irme ese día contigo…

Me puse contento de su determinación, pero después me temblaron las piernas de pensar en que sus padre conocieran al novio de la niña…

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