ISABEL GZ

2.

No serás penetrada por ningún otro varón que no sea yo”

Resulta curioso cómo funcionan las relaciones matrimoniales. Los días después de que confesara mis deseos a Alonso la cosa volvió a la normalidad. Se diría que volvíamos a ser los de siempre, cariñosos y cómplices. La cara de morder limón se nos fue, es cierto, pero tampoco hay que engañarse. Las cosas no eran exactamente como siempre. Yo le había manifestado clara y sin ambigüedades que me gustaría que se acostara con otras. El magnífico sexo manual —un diez para mí— que vino después de aquella revelación no acababa con el problema sino que lo aplazaba hasta la siguiente conversación.

Un nuevo libro de cristalografía que estábamos editando me estaba volviendo loca y me había llevado trabajo a casa. «La madre que parió a Raquel», me dije y la llamé por el móvil.

—Oye tía, has dibujado mal los puñeteros sistemas cristalinos. El triclínico y el monoclínico están confundidos.

—¿Y no puedes decírmelo mañana?

—Sí, pero no te jodería hoy.

—No jodas mañana a quien puedas joder hoy.

—Ese es mi lema.— Mi amiga ya notaba mi alegría, así que algo más quería decirle.— Fuera de bromas, además del estropicio este de los sistemas quería darte la noticia rápido. ¡Nos han llamado del Strada para un bolo!

—Joder tía.

—Pues sí.

Mi amiga Raquel, además de buena compañera y una diseñadora gráfica competente —aunque algo despistadilla— era miembro del mismo grupo que yo: The Fresh-ones. Nuestra intención era jugar con el significado en inglés (The Fresh ones: algo así como«las frescas») y lo que parecía leerse en español: fresones. Ella había diseñado como emblema del grupo una fresa femenina muy pizpireta que llevábamos siempre en nuestros trajes cuando estábamos cantando. Éramos un grupo de armonía vocal: una mezcla de jazz vocal y doop woop de los años cuarenta al sesenta junto a mis adorados The Manhattan Transfer del los cuales tenía un póster enmarcado en el salón junto al sofá. Sí, el mismo que había sido testigo de mis artes masturbatorias.

Era una pena que no pudiera hablar de mis sentimientos sexuales con Raquel. Ni con Raquel ni con ninguna de mis amigas o conocidas. Bajo esta capa de espontaneidad y mi lenguaje de camionero se escondía una personita a la que le costaba mucho abrirse emocionalmente. Joder, han tenido que pasar años para poder decirle a Alonso, mi mejor confidente, que me gustaría que se follara a otras y que yo lo disfrutaría. Y desde que se lo dije me vienen de vez en cuando imágenes a modo de flashes que intento quitarme de la cabeza. Raquel con la polla de mi marido en la boca. Kata con las piernas abiertas en el sofá y mi Alonso allí como un campeón dándole que te pego. Cosas así, tampoco lo pensaba a todas horas pero cuando ve venía el flash, como le decía yo, me absorbía la mente por un rato. Comprended que no es algo que se le pueda contar a una amiga: «Sabes Raquel, me gustaría que mi marido te horadara con su polla esa boquita de piñón que tienes». O sale corriendo o te dice que sí y acaba cogiéndole gusto a saborear el rabo de tu esposo. Las dos cosas causarían problemas porque las relaciones humanas, incluida la amistad, cuando hay sexo de por medio, se complican.

—Oye Raquel te dejo que ya está llegando Alonso.

Escuché a Alonso entrar. Su sonido era inconfundible.

—¡Cari!—Le grité.

—Al final no he cenado nada en la oficina. Voy a ver que hay.

Abrió la nevera y sacó de allí lo necesario para prepararse un sándwich de mortadela con aceitunas acompañado de una cerveza.

—Ah, no.—Le dije al sorprenderlo allí agenciándose la mortadela.

—¿Qué pasa?

—Tenemos que hablar de eso.

Mi cari sabía que “eso” podían ser muchas cosas. Y no todas iban a ser buenas para él. A los hombres hay que regañarles de vez en cuando que si no se te suben al moño con facilidad. Dejó el bocata sobre la mesa y me acompañó al salón.

—Si queremos que nuestra vida sexual acabe bien tienes que dejar esa mierda.

—¿Qué mierda?

—La mortadela de aceitunas y los embutidos.

—Pero si la compras tú, a mi plin.— Puso cara de quitarle importancia.

—Si, plin plin y te la zampas.

—¿Y qué pasa?

—Pues que si queremos que estés follable tienes que mejorar de aspecto.

«Joder», pensé. «Ya la he cagado».

—Perdona no quería…

—Estoy follable, bonita, que lo sepas.

—Sí, ya sé. Quería decir «más follable».

—Ahora intentas arreglarlo.— Alonso se reía de oreja a oreja. Por lo menos no se ha enfadado. Lo que le he dicho me lo dicen a mí y no dejo títere con cabeza.

—Es que es importante para mí…— Hice pucheritos como niña buena.

Lo que le decía a mi Alonso no era broma. Los dos lo habíamos hablado. La vida no es una película porno. Así que si quería convertirme en cornuda no iba a resultar tan fácil como que Alonso saliera por las noches a cazar chatis a algún pub.

—Tú te crees que eso de ligar es fácil. Pero para los tíos no es tan fácil como para las tías.—Alonso quería justificarse con estos razonamientos.

—Perdona bonito, pero para las tías tampoco es fácil.

—Nada de eso. Si una tía quiere salir a follar, acaba follando esa noche.

—Te equivocas.

—¿Por qué?

—Pues porque para nosotras no se trata de salir a follar así sin criterio como si cualquier cosa pegada a una polla nos valiera. Elegimos y nos gusta el que nos gusta. Y el que no nos gusta, pues no nos gusta y punto.

—¿Ah, y nosotros no?

—Al final cualquiera os vale. Nosotras somos gourmet y vosotros de menú del día…

—No es así y lo sabes. Al menos yo no quiero eso. —«Qué tierno» pensé mientras me hablaba.— Joder, Lore, lo que me costaba cuando estaba en la Uni. De hecho no ligué nunca en un puñetero bar. En fiestas en los pisos de mis compañeros sí, pero en garitos, lo que se dice en garitos, nunca.

La conversación siguió por diversos derroteros. En gran medida sabía que Alonso tenía razón. No es tan fácil. De entrada descartábamos conocidos del trabajo y amistades. Éramos primerizos y necesitábamos algo manejable. Hacerlo con las del trabajo, amigas o conocidas acabaría generando movidas y problemas que por ahora no necesitábamos. Estuvimos de acuerdo en que lo mejor era contratar a una profesional. Y cuando digo ‘profesional’ quiero decir puta.

Tampoco es que tuviéramos los dos un máster en putiferio. Era un mundo desconocido para nosotros pero por lo menos discreción habría.

—Antes de empezar con esto. —Mi cachorrito me miró a los ojos. Sabía que iba a decirme alguna cosa importante de abogado.— Tenemos que tener unas reglas claras.

Era casi matemático. Siempre tenía que sacar alguna regla. Pero tenía razón. Si queríamos no perder el control había que ser sinceros con los límites y con lo que buscábamos.

—No sé.— Le dije.

—Sí que lo sabes. Esto ha sido cosa tuya y tú eres la que pone las reglas.

—Vale. Pues tengo claro la primera: no quiero acostarme con nadie que no seas tú.—Fui rotunda.

—Eso es poco preciso.

—¿Poco preciso? Pues yo creo que está clarito.

—¿Y si alguna de mis amantes te pidiera hacer algo en su cuerpo o te hiciera algo?

Vaya, vaya. Parece que mi Alonso ha pensado más es mi propuesta de cuernos de lo que parecía. Me gustó que hubiera tenido fantasías al respecto. Me estaba sintiendo un poco mal por ser yo la que lo conducía y saber que él ya estaba metido en estos pensamientos me ayudaba. Claro que no debería haberme sorprendido mucho, a fin de cuentas, que tu mujer te diera carta blanca para follar con otras no debe ser de los grandes traumas en la vida de un hombre.

—Bueno, es verdad. Tampoco es tan radical la cosa.— Admití.

—Propongo la siguiente redacción.

—No te me pongas nerd.

—»No serás penetrada por ningún otro varón que no sea yo».—Dijo como si estuviera sentenciando un magistrado del Supremo.

—Mmmm.—Musité pensativa. Así dicho la cosa daba para muchas y excitantes posibilidades.— Te lo compro.

—Vale.

—Voy con la segunda cari.—Me puse también con tono épico para no ser menos que mi Alonso–- La segunda es que voy a cuidar tu imagen y tu alimentación. Antes de que digas nada ya sé, ya sé, estás muy bien, yo te quiero mucho, tienes una buena polla, te quiero tal cual y todo eso. Sabes que es verdad así que no me malinterpretes.

—Concreta.

—Pues que aunque me gustas así quiero que seas rompedor. Es lo que me pone. Mi fantasía necesita algo de humillación y de poder. Me excita verte poderoso y que a la vez seas mí marido. Eso me pone mucho. Y sé que puedes mejorar, sé que puedo conseguir un mejor Alonso. Estéticamente hablando.

—Ok. Yo te compro ahora eso.

—Además.— Ahora si que me puse seria.— No quiero que me engañes.

Alonso se extrañó. No sabía a qué venía eso.

—No entiendo, creía que…

—Sí, si, no se trata de no follar con otras. Evidentemente eso es lo que quiero. Pero no quiero que me engañes. Quiero que lo hablemos todo. Quiero que me cuentes cada una de tus experiencias y emociones. Quiero que si te follas a una en cualquier esquina me lo digas, me lo cuentes, me excite con ello. Si yo no lo sé es un engaño y sí que lo considero una infidelidad. Sé fiel conmigo contándome todas tus infidelidades, porfi.

—Te entiendo. Esto no tendría sentido si tú no lo disfrutas.

—Si los dos no lo disfrutamos, cari, esto no tiene sentido. En el momento en el que esto no nos ponga, cortamos y apechugamos con las consecuencias. Pero sinceridad el uno con el otro.

—Como siempre.

—Eso.

—Y deberíamos tener una palabra de emergencia.

—Vaya, veo que no ha perdido el tiempo, señor letrado. Algo así como en el sado, ¿no?

—Sí, como en el bondage. Una palabra que sea nuestra voz de alarma.

—Ya sé cual.— Le dije.

—¿Cuál?

—Paleozoico.—Era lo último que había corregido del libro de cristalografía.

—Ah, por cierto.—Ups, algo gordo iba a venir cuando Alonso utilizaba ese tonito.—Tengo una condición que quiero que cumplas.

Arqueé mis cejas.

—¿Cómo dices?

—Yo estoy dispuesto a cumplir con tus fantasías. Pero tengo una condición.

—Es más que una fantasía, ya hemos hablado de ello. Y tampoco creo que para tí sea una tortura así que tampoco te me pongas gallito.—Mi sonrisa aminoraba el reproche.

—Sí, sí. Todo lo que tu quieras pero tengo una condición.

Conociendo a los hombres seguro que la condición era desvirgarme el culo o algo parecido.

—Que vuelvas a la Universidad y acabes la carrera.— Me soltó.

Casi prefiero lo del culo.

—Cari ya sabes que yo lo he intentado…

—Lore eres inteligente. Tú me quieres convertir en un rompedor. Vale. De acuerdo, pero yo necesito que no te quedes estancada.

—No lo estoy.

—Si que lo estás. Aunque lo niegues siempre has querido un título universitario.

—Me importa una mierda. Un título no significa nada. Eso era cosa de mi familia. Sobre todo de mi padre. Pero ya no está.

—Con más motivo ahora que el viejo ha muerto. Ya es seguro que no lo haces por él. Ahora significa que has tenido un objetivo y lo has cumplido. Un objetivo que no sea yo ni tenga que ver conmigo sino algo que hagas tú misma y para ti. Si no supiera que lo quieres de verdad no te lo propondría.

—Vale acepto. El curso que viene me matriculo y sigo con Geología.

Reí. Alonso había conseguido moverme de nuevo la fibra. Sabía que se guardaba para sí que quería que yo acabara los estudios. Me conmovió, es la verdad. Pero también me resultó fácil aceptar. Todavía quedaban nueve meses para que pudiera comenzar el nuevo curso y en ese tiempo podían pasar muchas cosas. Y vaya si pasaron.

—o—

Al fin de semana siguiente Alonso y yo ya habíamos montado nuestro pequeño plan. En principio mi iniciación cornuda iba a ser con una prostituta poligonera. No era muy glamuroso pero era lo que creímos más accesible sin que pudiera írsenos de las manos. Muchas veces habíamos pasado por allí y las habíamos visto en posición sugerente tras volver de algún bolo mío o ir a tomar copas. Además estaba fuera de nuestra esfera de amistades y conocidos. Podría valer.

—El problema es, cari. —Le decía yo a Alonso.— Que me gustaría ver o escuchar algo. Si me lo tienes que contar vale, pero no es lo mismo.

—Entiendo.

—¿Y una grabadora?

—Ni hablar.

—¿Y eso por qué? Las hay muy pequeñitas.

—Pues porque es ilegal.

—¿Y?

—¿Cómo que «y»?¡Que soy abogado, Lore!

—Bueno pues alguna otra cosa intermedia.

—¿Cómo qué, a ver?

Mmm, pensé un momento.

—¿Y si me llamas por el móvil y dejas la llamada encendida? Así yo podré escucharlo todo.

Alonso se quedó dubitativo. Algo estaba maquinando. Algo jurídico. Le leo la mente.

—Haremos eso. —Sentenció.—Si lo descubren siempre podré decir que antes te había llamado y se me olvidó colgar la llamada. Va a ser más creíble eso que pensar que dejé conscientemente encendido el aparato para que mi mujer me escuchara follando con otra.

—Ah, y protección. Muy importante los condones cari. No es plan de que acabemos pillando alguna mierda venérea y acabes tú con la polla cayéndosete a trozos y yo con el coño como unas natillas de flan Dhul.

Mi Alonso no pudo aguantar la risa. Siempre le había cautivado mi forma directa y gráfica de hablar. Tal vez por eso la pazguata de Sandra nunca tuvo ni la más mínima oportunidad con él. De todos modos detrás de mi vocabulario siempre hay un rescoldo de fragilidad. Ojalá algún día consiguiera follar con Alonso con la misma soltura con la que le hablo.

—o—

Había llegado la noche indicada. Si todo iba bien acabaría cornuda. A Alonso ya lo tenía yo bastante estricto con el ejercicio y la comida pero todavía no se veían los resultados. Ya perfeccionaría eso. Lo miré y allí estaba mi marido peinándose en el baño.

—Tendremos que cambiar eso.—Le dije.

—¿Eso? ¿A qué te refieres?

—A tus trajes. Pareces un vendedor del Corte Inglés.

—No sé. Son trajes. Tampoco hay mucho dónde elegir.

—Sí que lo hay. Mira a Teo. Tiene su estilo, su sex appeal. Tengo que lograr darte el tuyo.

—Voy a ser tu muñeco, ¿eh?.—Me sonrió.

—¿Acaso lo dudabas?

Me acerqué. Yo ya estaba vestida con unas mayas negras y un jersey negro. Las zapatillas de deporte eran blancas pero no creo que sea un detalle de importancia. Tenía la conciencia de estar haciendo algo inmoral e ilegal y me dije que nada mejor que ir vestida de lo que yo pensaba que era una ladrona. Al menos en los comic van así.

—No tienes por qué ponerte eso en la cabeza, Lore.

Se refería a un gorro andino azul marino que me habían regalado hace cosa de cuatro milenios cuando mi cabeza era más pequeña. Me aprisionaba la sien pero yo me veía muy chula en plan amazona nocturna.

—Vale, me quito el gorro. Estoy nerviosa.

—Y yo. Mira mis manos.

Joder. Alonso estaba temblando. Nos íbamos a ir de putas y parecía que íbamos a atracar el Banco Hispano-suizo.

—Te quiero.—Me dijo —Si no quieres…

—No sigas, joder. No te me pongas sensiblero Alonso. Es lo que queremos. Llevamos días hablándolo. Llevamos sin follar un buen tiempo, solo aquello del sofá.

Lo necesitamos. En verdad yo lo necesitaba. No sé si Alonso lo necesitaba igual que yo pero por lo menos estaba dispuesto a intentarlo.

El plan que habíamos maquinado era simple. Mi marido saldría solo, iría delante en su Audi A4 Sedán y yo iría detrás en mi Citroën C3 a corta distancia. La idea es que parara, subiera a la prostituta y estacionara en algún lugar en el que yo pudiera intentar ver algo. Llevaba unos prismáticos pequeños que tenía desde niña y tenía la esperanza de que con ellos y el móvil encendido no tuviera que recurrir mucho a mi calenturienta imaginación.

—¿Alonso?— Pregunté por el manos libres al recibir la llamada de mi marido.

—Dime.

—Te escucho bien.

—Dejaré el móvil bocabajo al lado de la palanca.

—No, ahí no.— Objeté cual experta detective.

—¿Y por qué no?

—Pues porque si hay folleteo ahí se va a mover. Se caerá y lo descubrirá.

Lo cambió a su guantera y allí lo dejó. El sonido era francamente mejorable.

Llegamos a la zona. Los polígonos industriales por la noche dan más miedo que los cementerios. Todo cerrado y sin vida salvo una fila de coches dando vueltas por una rotonda en la que las fulanas estaban apostadas esperando a los clientes. Yo seguía circulando lentamente sin quitar ojo al Audi de mi esposo.

—¿Alguna novedad?

Pregunté pero no me escuchó o la señal no llegó. El Audi de Alonso se para, baja la ventanilla y habla con una despampanante africana de ébano. Escucho por el manos libres: «Yo ya con aquel». No estaba disponible. Se subió al coche que estaba inmediatamente detrás de él. Habló con otra y ahora sí, la pilingui se metió en el coche. La cosa estaba emocionante. Arrancó y circuló unos metros aparcando tras salir de la rotonda al lado de una nave industrial que ponía «Piensos Egabrenses S.L». Yo pasé de largo y aparqué detrás de unos árboles que había un poco más adelante. En teoría podría ver la acción desde allí. En teoría claro. Porque la puñetera realidad es que no veía una mierda. Ni prismáticos ni leches. En las películas queda todo muy bien pero con o sin prismáticos, de noche y a oscuras no se veía una puta mierda. Y el sonido no es que fuera mucho mejor.

Sin embargo, algo escucho. Mi imaginación podía apañarse con lo que tenía. Al menos me había fijado cómo era ella al montarse en el auto. Llevaba un vestido imitación al látex —de plástico barato— que se ceñía a ella sin miramientos marcándole los michelines. No es que estuviera gorda pero aquel vestido reluciente de plástico marcaba cada uno de los pliegues que tenía su barriga. Su traje más que minifalda lo que tenía era una microfalda que cubría solamente la mitad del culo dejando ver la mitad de los glúteos. Pensé que hasta yo podría darle mejores consejos para vestir de prostituta. El sujetador debía ser dos tallas más pequeñas porque sus melones sobresalían pidiendo auxilio. Mechas rubias, maquillaje barato y muy recargado. Más que rímel parecía que llevara un antifaz en aquella cara curtida por mil polvos. «Son noventa euros por un completo», llegué a escuchar. ¿Completo? Ni que follar fuera un sándwich. A estas alturas le había comenzado ya a meter mano a mi Alonso abriendo la bragueta y yendo directamente a su polla. Quería pajearlo para poder ponerle un condón pero mi cari no se empalmaba.

—¿Eres marica o qué?.— Le dijo a mi marido. No creo que sea la mejor táctica para excitar a un hombre. Reconozco que me cabreé un poco con la furcia y salió ese lado machista que muchas mujeres llevamos dentro. «Como vuelvas a poner en cuestión la hombría de mi marido salgo del coche y te parto la cara, puta» advertí en mis pensamientos.

Siguen sonidos que no llego a distinguir. Alonso ha buscado la erección excitándose mirando las tetas de la fulana pero el perfume que desprende es tan intenso que le marea y apenas puede concentrarse. Cuando está algo salchichona la puta le pone el condón a duras penas y comienza a darle lametones en la polla y escucho unos sonidos que parece ser que son los de una mamada.

«Por fin parece que va a ver acción», me susurré esperando que la situación me calentara. Ciertamente lo hacía. Mi entrepierna y mi corazón estaban conectadas y cuanto más sonidos guturales escuchaba más crecía mi excitación. Luego siguieron sonidos que no logré descifrar. Al parecer la puta había intentado sentarse sobre él para follárselo pero a estas alturas ya la polla de Alonso se había replegado a retaguardia. No se le levantaba. Escucho lo que parece ser una discusión sobre que si no se le ponía dura, bla bla bla, que si ella tenía que cobrar, que si patatín patatán. Veo como la profesional sale del coche amoldándose las tetas, se estira con arte la microfalda de plástico y se larga andando a la rotonda a buscar otro cliente. La diversión ha durado poco y no me ha dado tiempo ni a acariciar mi clítoris para decirle buenas noches. Escucho la voz de Alonso por el manos libres.

—¡Pleistoceno! ¡Volvamos!.— Era Paleozoico pero entendí lo que quería decir.

Y allá que su Audi y mi Citröen se pusieron de nuevo en circulación camino a casa. Aparcamos y volvimos al salón. Era hora de evaluar lo ocurrido.

—Vaya puta mierda.— Me dijo Alonso. Le estaba pegando lo de hablar con tacos. Tiene algo de catarsis soltar improperios.

—¿Qué ha pasado, cari?— Pregunté con dulzura porque no era plan de herirlo más.

—Que no valgo para esto, Lore. No valgo.

Me acerqué y lo abracé. Sentí con nitidez el perfume barato de aquella zorra. Aspiré e inspiré el aroma de aquella puta. No voy a mentir. Me puse caliente pero Alonso no estaba en condiciones para excitarse. Estaba deprimido pensando que quizá me había fallado, que todo era una mierda y que tal vez por ello nuestro matrimonio no tendría solución. Los hombres también se pueden comer mucho la cabeza con sus movidas.

Nos sentamos y lo abracé con ternura mientras Alonso miraba el póster de mis adorados Manhattan Transfer.

—No sé Lore. No he podido.

Amigas hay que entender que la polla de los hombres es también un misterio y no siempre está conectada con su cerebro. A veces se les levanta cuando no quieren y a veces no se les levanta cuando quieren.

—No pasa nada cari. No pasa nada. Dime, ¿qué te hizo?

—¿Quieres que te lo cuente?

—Prometo no reírme ni nada. Palabrita de niña buena.

—Ya me conozco esa mirada tuya.

—Porfi.

—Vale, mejor pregunta y yo te iré informando.

—A ver, por lo que pude escuchar por el teléfono, te abrió la bragueta.

—Sí, me la abrió y metió la mano e intentó masturbarme. Pero de muy mala manera joder, no como tú.

—Faltaría más, yo soy una maestra, soy la sensei de las pajas, y esa por más puta que sea no me llega ni a la altura de los zapatos con la zambomba.

—Luego intentó ponerme el condón con la boca.

—¿Eso puede hacerse?

—Al parecer sí.

—Todos los días aprende una algo.

—Pero al final no lo hizo porque no se me ponía dura. Lo hizo con las manos pero tan mal que el condón me aprisionaba parte de la polla y me pellizcaba un pliegue o algo y me hacía daño.

—Jo.

—Luego me la chupó un poco. Yo intentaba ponerme cachondo mirándole las peras pero la cosa no mejoró mucho.

—¿Te la chupó mejor que yo?

—No, cariño, me la chupó tan mal como tú.

Alonso me devolvía el golpe pero hay que admitir que yo en el arte bucal todavía andaba muy novata. Pero bueno, pagar a una puta para que te haga una mamada tan mala como la que te hace tu mujer no parece un buen negocio.

—¿Y luego qué pasó?—Seguí inquiriendo.

—Se subió encima mía e intentó metérsela.

—¿Y lo consiguió?— Yo con los ojos como platos y las orejas bien atentas. Y mi coñito un poco bailarín de la excitación.

—Un poquito.

—A ver, cari. ¿Qué coño es eso de «un poquito»?

—Pues no sé, que se la metió pero como estaba flácida la polla se salió.

Seguí preguntándole algunos detalles más sobre el pelo, el olor y cómo se veía aquella prostituta. Aunque yo estaba algo caliente veía que Alonso no lo estaba y no quería insistir porque para él había sido algo un poquito traumático. Quizá no traumático en plan drama películero pero por lo menos lo había dejado inquieto.

Nos acostamos como dos tortolitos en la cama después de que él se duchara. Alonso medio se adormiló y yo me enfrasqué con mis pensamientos.

Veamos el lado bueno. Alonso lo había intentado y habíamos sido cómplices en nuestra aventura en la que los dos habíamos participado en la medida de nuestras posibilidades. Por ahí la cosa bien. Trabajo en equipo. El lado malo es que no se puede forzar las cosas. Daba vueltas a la cabeza sobre qué hacer. ¿Cuál podría ser el siguiente paso?. Alonso se levantó porque tenía ganas de mear. Al ver que estaba despierta pensando me dice.

—Tal vez no sirva para esto. No te comas mucho la cabeza.

—Mírame Alonso.— Le dije seria.— Claro que sirves. ¿Acaso no te la machacabas con las del porno?

—Si pero es distinto.

—Es distinto porque tiene que ser algo que te guste y no algo medio forzado como hoy que íbamos a ver qué pasa. Tenemos que buscar calidad. Nos hemos contentado con lo barato y lo barato sale caro.—Sentencié el topicazo como si fuera una Buda iluminada por un saber sexual superior.

—¿A qué te refieres?

—¿Teo no va de putas?

—Sí, creo que sí.

—No me digas que «crees». ¿Se va o no se va? No defiendas a tu amigo que no estamos en condiciones de juzgarlo.

—Se va, se va.

—Y seguro que no se va con fulanitas poligoneras baratas como las de esta noche sino con fulanas de esas caras que huelen a jazmín y y hacen mamadas de primera división.

—Supongo.

—Pues ya tienes tarea: háblalo con tu amiguete y pregúntale.

—Esto ya lo hemos discutido Lore. ¿Qué pensará de mí?

—Pues que ya sois dos los puteros en el despacho.—Me reí y le lancé la almohada mientras le hacía burlas.

Era el momento de buscar calidad.

—o—

Teo andaba enfrascado en la elíptica moviéndose sin parar mientras escuchaba el OK Computer de Radiohead. En su amplio apartamento tenía una habitación para aquellos cacharros de gym: pesas, una multiestación de musculación, una cinta para correr, una bicicleta estática multifuncional y demás utensilios fitness. En la habitación de al lado tenía su estudio, todo rodeado con estanterías llenas de libros de Derecho penal a cada cual más gordo. ¿De verdad los abogados se leen esos libracos o los tienen ahí sólo para fardar? Supongo que serán para consultas o algo así. Lo cierto es que el amigo de mi marido andaba allí dándole que te pego al ejercicio: ese cuerpo no se conseguía leyendo el comentario al Código penal. Había que trabajárselo.

Llaman al timbre. Coge una toalla para ir secándose el sudor, la bebida isotónica y va a abrir la puerta.

—¡Charo!

Allí estaba Rocío con un botella de Rioja.

—¡El champán lo dejamos para cuando ganemos el juicio!

Teo había conseguido sacar a Charo de prisión provisional. Estaba a la espera de un juicio cuyo caso se había hecho famosillo en el país. Durante años el marido le pegaba, la vejaba diariamente y la tenía asustada y chantajeada para que no lo abandonara. En una ocasión le pegó tan fuerte en la cara que le rompió media mandíbula que luego se infectó y pasó un infierno. Charo decidió que la mejor forma pasivo-agresiva de acabar con semejante hijodeputa era ir envenenándolo poco a poco y así el cabrón acabó sus días entre fuertes dolores y maldiciones. No podemos negar que se lo merecía. Teo, al aceptar su defensa había intentado comprenderla. Siempre le interesaba comprender a la victima o al culpable y aquí parecía que las dos cosas se unían pero no en la misma proporción. La clave de la defensa de Charo, según Teo, era constatar el miedo paralizante que ella tuvo por su marido. Un miedo real ya que aunque el mierda había sido capataz de obra era mucho más que eso. Estaba metido en asuntos turbios con mala gente de los Cotrina («Me dijo que si lo abandonaba o lo denunciaba lo mejor que me iba a pasar era cortarme el pescuezo»). Charo nunca había sido una mujer totalmente sumisa. Obsequió al maridito con algún que otro cuerno esporádico que ponía con quien pudiera. Las circunstancias hacían que no tuviera mucho donde elegir. El trabajo en casa y en la mercería le ocupaba todo el tiempo y además tenía que ser especialmente cautelosa. Si el cabronazo maltratador se enteraba de su infidelidad era capaz de matarla a ella, a los hijos y al desafortunado follador con el que hubiera buscado una pizca de consuelo. Ponerle los cuernos e irlo envenenando poco a poco era parte del mismo proceso de liberación.

Pero esos días ya habían pasado y ya no tenía por qué acostarse con el primero con el que pudiera. Estando vivo su marido no sabía si al follar con uno la cosa no se volvería a repetir hasta dentro de tres o cuatro meses como de hecho ocurría. No es fácil poner unos cuernos y ocultarlos cuando eres pobres y trabajas todo el día.

Ahora la cosa había cambiado. Su marido ya no estaba y era ella la que se había propuesto pasar a mejor vida. Por eso al salir de prisión lo primero que hizo fue ir a una tienda y comprarse un traje bonito. Eligió uno tipo cóctel con algo de vuelo y anudado por la cintura con un hermoso cinturón de cuero. Sobrepasaba en algo la rodilla y podía lucir unos tacones a juego que compró hace años y que todavía no había estrenado. Este amigos, es otro secreto femenino. Muchas veces no es que tengan el vestido y le busquén el complemento sino que buscan el vestido ideal para el complemento que ya tienen.

Así vestida fue a ver a su abogado dispuesta a follárselo bien follado. Con sus cincuenta añacos había tenido que tirarse lo que podía durante muchos años aguantando lo que no eran sino violaciones de su marido y estaba dispuesta ahora a acostarse con quien realmente quisiera y le pusiera el coño a punto de caramelo. Así se lo ponía Petko, un amigo especial —muy especial— búlgaro— y así se lo ponía Teo.

—Pasa.— Le dijo su abogado — Perdona que no pudiera ir a tu salida pero tenía una vista a esa hora en el juzgado. Me ha fastidiado mucho porque estaba cerca pero al final no pude felicitarte en persona.

—No te preocupes Teo, con tu audio de whatsapp ya he tenido suficiente. Estuvieron mi hija y algunas de mis amigas.

—¿Muchos medios?.— Preguntó mientras pasaban al salón.

—Sí, sobre todo de los periódicos. Tele no hubo ninguna.

—Menos mal. Esos cabrones siempre metiendo mierda. ¿Sabes lo que respondieron a mi escrito?.—Teo se refería a un famoso programa de tertulia rosa en la que habían soltado porquería sobre Charo y sobre el marido fiambre a partes iguales. Teo les mandó un escrito dejando las cosas claras.

—¿Qué?

—Pues que si querías ir al programa te pagaban dos mil euros. Ni disculpas ni nada.

—Que se vayan a la mierda.

—Siéntate que voy a por unas copas para el vino.

Charo se sentó en el sofá. Cruzó las piernas. Estaba nerviosa como una colegiala. Quería saborear a Teo. Este llegó con las dos copas y se sentó en el sillón de enfrente. Charo lo quería tener al lado pero no se movió.

—Esto ha sido lo fácil, Charo.—El tono serio de Teo y profesional era otra barrera que nuestra alegre viuda tendría que vencer si quería que pasara algo.— Ahora viene lo difícil. He estado revisando los papeles que había en tu casa y todos los que me distes después y hay mucho donde meter mano. ¿Sabías que eres la gerente de un par de empresas?

—¿Yo?

—Sí, están a tu nombre.— Teo extendió unos papeles que confirmaban su afirmación. Charo los tomó y revisó lo escrito.

—La primera vez que oigo hablar de estas empresas. De hecho, la primera vez que me entero que Tolo.— Se refería al marido finiquitado— Tiene empresas.

—Esa es la cosa Charo. Que Bartolo no aparece en ninguna de esas empresas.

—¿Cómo?

—Así es. En ninguna. Lo que sí aparece es tu nombre y el de una tal Yolanda.

—Esa zorra.

—¿Es la Yoli que se acostaba con tu marido?

—La misma.— Confirmó Charo al revisar otro papel que le extendió Teo.— Veo que ella también tiene empresas a su nombre. Ahora va a resultar que somos socias.

—Y más cosas que se deducen de todos los papeles. Tengo que estudiarlo con calma. Quizá indague sobre Yoli, ¿te parece bien?

Charo sonrió como si hubiera conseguido su objetivo y asintió con la cabeza. Y abrió las piernas mostrando sus bragas. Teo llegó a verle hasta los pelitos que sobresalían por los lados del encaje. Charo no iba a depilarse la entrepierna a ningún sitio. Era autosuficiente y claro, los resultados no eran los más espectaculares dejando pelo que mostrar. Tampoco estaba para sutilezas. El rudo de Tolo no era de preliminares y ella no tenía ni la edad ni la picardía para sutiles indirectas sexuales. Si una mujer quiere follar lo mejor siempre ha sido abrir las piernas.

—Charo ¿qué haces?— Preguntó Teo cómo si no fuera evidente.

—Vamos a celebrarlo como hay que celebrarlo. El vino sólo era el entrante.

Teo repasó con sus ojos el cuerpo de Charo. Era una mujer de pechos exuberantes y cara curtida por el tiempo. Le daba morbo y se estaba ofreciendo espléndida ante él. Estas oportunidades no pasan a menudo.

—No deberíamos.— Farfulló Teo. Había miles de motivos para no caer en la tentación pero el código deontológico no tenía las tetas de Charo.

Charo se arrastró de rodillas gateando y se acercó a Teo que seguía sentado con la copa de vino. Puso sus manos sobre el paquete del abogado, metió la mano, bajó el pantalón del chandal y liberó con soltura la polla de Teo que seguía balbuceando «no deberíamos» sin mucho convencimiento de causa. Arrodillada ante él pudo verle las hermosas tetas embutidas en un sujetador negro con filigranas. La muy picarona se había abierto el vestido. El pene de Teo está ya tieso y listo para la acción. Charo arrodillada se lo mete en la boca y comienza a mamarle la polla como sólo una mujer agradecida sabe hacer. Era buena mamadora y sus precisos movimientos de cabeza lo confirmaban. Sentía sus labios, sentía su lengua y sentía cada uno de los movimientos de succión que multiplicaban la sensación de placer. Pasaron unos minutos en los que Charo mamaba y mamaba. Teo, excitado, pasó a la acción. Se levantó y agarrándola de la barbilla la puso de pie. La besó en la boca, sus lenguas chocaron durante unos minutos. Teo la fue desnudando hasta dejarla en bragas y sostén. Le tomó un mano y la condujo a la cama. La hizo tenderse y le quitó las bragas. Charo iba a desabrocharse el sujetador pero Teo se lo impidió «No lo hagas, déjatelo». Charo obedeció. La mano de Teo buscó el clítoris entre los pelos y cuando lo encontró empezó a masajearlo como un maestro. «Qué bien lo hace el cabrón» pensó Charo mientras comenzaba a lubricar. Con sólo dos dedos sobre el capuchón los movimientos circulares de Teo la estimulaban tal como a ella le gustaba. Pasado unos minutos y mientras el abogado la besaba otro tercer dedo se sumó a la acción deslizándose ahora a la entrada de la vagina. Charo chorreaba y resoplaba de gusto. Se había encendido.

—¡Métemela ya, por favor!

Pero Teo sabía los trucos del oficio de follar y no le hizo caso. Retrasando la acción aumentaba la excitación de la espera. Charo cada vez más caliente iba ya a correrse cuando Teo para. Descansa un rato metiendo más la lengua en la garganta de Charo y ahora sí, abre las piernas de nuestra viuda, las separa lentamente, se incorpora sobre ella, y su polla perfora aquella húmeda entrepierna. Siente perfectamente la polla caliente de Teo. Está rellena de su cipote y Teo comienza a moverlo sin parar sosteniéndole las piernas. Se la estaba follando bien follada. Teo se la follaba como a una mujer no como el cabrón de su marido que la montaba como si fuera un saco de mierda. Teo se mueve rápido. Sin contemplaciones. Allí estuvo todo un buen rato metiéndosela boca arriba cuando Teo le ordena que se de la vuelta. Obediente se da la vuelta y a cuatro patas se la vuelve a enchufar por el coño. Esta vez Teo se coloca en una posición estratégica levantando el culo para que su polla friccione el clítoris de ella. Ahora sí, no sólo lo sentía adentro. No sólo sentía como entraba y salía sino como las venas de la polla rozaban su clítoris. Teo aumenta el ritmo. Aumenta la fricción y aumenta el placer en el botón mágico de Charo. Muerde las sábanas al tiempo que el calor se intensifica en sus profundidades. Grita sin sentido. El ritmo de Teo era ya frenético y los rozamientos tan ricos que sólo necesitó dejarse llevar por la electricidad. Se corrió gritando poseída como si aquel orgasmo la hubiera electrocutado de placer. Teo no se había corrido todavía. Se la saca y le vuelve a dar la vuelta. Ahora Charo está tendida completamente en la cama de su abogado mirando al techo recuperándose de los calambres de placer que todavía recorrían su cuerpo. Su macho se sube a la cama buscando sus tetas y se coloca de rodillas sobre su pecho. Teo levanta un poco el sujetador, escupió para lubricarla y mete su polla entre las ubres. Teo comenzó a mover su polla. Le estaba follando las tetas con el sujetador puesto. El sujetador aprisionaba con fuerza las tetas que a su vez rodeaban la polla de Teo que no paraba de desplazarla para atrás y para adelante. Charo nunca había hecho esto pero le gustaba. Le gustaba ver el rosado capullo de Teo a corta distancia entrando y saliendo entre sus pechos. «Me está desvirgando las tetas». Así era. Teo se movía cada vez más rápido buscando ahora su propio placer. El placer de follarse aquellas tetas que tanto le excitaban. El placer de esos enormes flanes que aprisionaban su capullo y por donde se desplazaban una y otra vez entre los ellos como nunca le había hecho nadie a Charo. Teo aumenta el ritmo frenéticamente y grita de placer, se retuerce encima de ella. Charo siente como vibra la polla del macho que tiene entre sus ubres y ve en primer plano como la corrida fluye entre su canalillo. Teo se seguía retorciendo de placer mientras su polla palpitaba entre las tetas.

Teo se tendió en la cama junto a ella y allí estuvieron un buen rato recuperándose del polvo. A pesar de que aquello le había gustado, Teo sabía que no había estado del todo bien. Y no era sólo porque era su clienta sino por lo fácil que había resultado metérsela entre las piernas. Algo no cuadraba pero le daba igual. El polvo había valido la pena.

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