C.VELARDE

38. MONARCA

JORGE SOTO

Sábado 31 de diciembre

05: 20 hrs.

Creé tres escenarios al llegar a mi apartamento: en el primero Livia ya estaba recostada en la cama, dormida, o al menos esperándome despierta para reclamarme.

El segundo consistía en encontrarla revolcándose con Valentino en nuestra propia cama, como dos animales rastreros, sin respeto por mí ni nuestro lecho de amor.

Y el tercero, que fue el escenario con el que me encontré, fue llegar y que ella no estuviera. Lo peor fue concluir que si no estaba en casa, ni en casa del Serpiente, era porque ella estaba con él. En cualquier lugar… en su casa, en el Ferrari o en un motel de paso: con él… besándose, follando, amándose. Y eso me dolía, me perdía, me desbarataba. La imagen de ellos dos besándose con lascivia en casa del Serpiente me dañaba la retina.

No. Eso no es lo quería para mi vida.

A no ser, claro, que la que hubiese estado follando en el interior de esa habitación sí hubiese sido ella y aún estuvieran allí dentro.

Bacteria fue el único que me recibió cuando llegué, esta vez poniendo sus patas en mis zapatos. Por primera vez me agaché y le acaricié el pelaje, y él me maulló con amabilidad.

“En buena hora comienzas a quererme, cabrón.”

 Lo cargué en mis brazos para no sentirme tan vacío, y lo llevé a mi cama, donde se quedó ronroneando conmigo hasta que ambos nos quedamos dormidos. 

 JORGE SOTO

Sábado 31 de diciembre

13: 17 hrs.

Livia volvió a casa a la una de la tarde con diecisiete minutos, según vi la hora en mi teléfono. Apareció con el cabello mojado, con ojeras, las pupilas todavía un poco dilatas, una mirada bastante gris y una pequeña valija negra que a saber lo que contenía. Parecía perturbada pero a su vez con un deje de serenidad. Estaba contrariada. No llevaba la misma ropa de la noche anterior y eso ya ni siquiera me preocupaba.

Yo estaba sentado en nuestra cama, cruzado de piernas, con Bacteria en mis brazos, mirando la tele sin mirar. No había comido nada desde el día anterior y lo único que había hecho desde que me desperté como a eso de las diez, era vomitar y vomitar. A ver si así se me quitaba lo pendejo. Por otro lado, los dolores musculares de mi cuerpo no eran tan intensos como esperaba, y quizá fue porque me bañé con agua bastante caliente solo levantarme y luego me puse una friega de alcohol por todo el cuerpo, hasta donde mis manos me alcanzaron. De la migraña ni hablar. Al parecer los antiinflamatorios que me había dado Joaco me habían hecho un efecto boomerang.

Livia se metió al baño, dejando la valija en la entrada. Se encerró por algunos minutos y luego volvió a la habitación. Portaba unas mallas deportivas y quise creer que eran de Leila y que, por lo tanto, se había quedado con ella. El problema era que también portaba una sudadera gris de hombre que le quedaba larguísima y bastante holgada, por lo que la posibilidad de que aquella prenda fuera de Valentino me descomponía.

 Con los cabellos trenzados y sin una gota de maquillaje se acercó a la cama y se sentó, en su lado, dándome la espalda. ¿Quién daría el paso para hablarlo? ¿Cuál de los dos tendría el valor de reclamarle al otro primero? Si tan solo supiera que ella seguía siendo la misma Livia de siempre la habría abrazado y le habría pedido perdón, diciéndole que la creería en todas las mentiras que me quisiera contar, porque la amaba, y ante eso no había humillación alguna que pudiera cambiarlo.

Pero mi posición hacia ella no era esa: me sentía roto, agraviado, y con una sensación de rechazo hacia ella que me asustaba… como si me asqueara y me diera repeluznos acercarme ante sí. De todos modos me merecía una explicación y claro, ella también una disculpa de mi parte por haberla… empujado sin querer. Estaba borracho y en una situación extrema, y ella tenía qué comprenderme. Ella también había estado fuera de sus cabales, y quizá eso también la exculpaba en un 20%, un 50%, o, si ella quería, hasta un 99%.

Pero tenía que hablarme, decirme algo, externarme su arrepentimiento. 

No obstante, se quedó callada, estática. Y se negaba a conectar su mirada conmigo.

—¿Dónde carajos estabas? —No fui consciente de que mi mente traicionada se lo había preguntado con agresividad.

—Ahora no, Jorge, que me duele la cabeza.

—¡Te marqué! ¿Sabes? ¡Estaba muriéndome de la ansiedad y tú no contestaste el puto teléfono! ¿Qué tal si te hubieran matado? ¿Desmembrado? ¡Con esa puta gente no se juega, Livia Estefanía!

Por algo los padres ponen dos nombres, para nombrar ambos cuando estás encabronado.

Livia miró hacia mí como si la luz del día la encandilara y luego se tendió en la cama, poniendo un almohadón sobre su cabeza. 

—Lo siento, seguro lo perdí.

—¿Perdiste qué?

—El teléfono.

—¿Lo perdiste dónde? ¿Cuándo?

Ella no me respondió, cerró los ojos y suspiró.

—¿Por qué me dejaste sola? —me reprochó, pero su voz sonaba hueca, exánime, desganada—. Tuve miedo…

—¿Sola dónde? —me escandalicé—. ¡Si fuiste tú la que se largó con Valentino a quién sabe dónde! ¡Te busqué después y no te encontré en ningún lado! —Evité narrar los eventos que habían ocurrido afuera de aquella habitación—. ¿Dónde estabas, Livia? En serio te lo pregunto.

—Estaba allí dónde me dejaste —respondió sin abrir los ojos. 

—¡Te busqué, por todas partes, mentirosa!  —la acusé empleando un tono bastante fuerte.

—No me digas “mentirosa”, no me gusta.

Sus frases apagabas, roncas, fuera de lugar me carcomían por dentro.

—¡Esa ni siquiera es tu ropa! ¿Quién te la dio?

Ella mantuvo los ojos cerrados, suspirando.

—Livia, por Dios… responde dónde…

—Jorge, me duele la cabeza, estoy cansada, tengo sueño.

Su respuesta me siguió contrariando.

—¿A caso no dormiste anoche?

—¡Claro que dormí, que no soy un tecolote!

—¿Entonces por qué estás cansada y tienes sueño si dormiste toda la noche?

—¡Yo qué sé! —De nuevo se levantó, fue al baño a echarse agua en la cara y volvió al cuarto, arrastrando los pies—. Será por las pegatinas…

—¿Te volviste a meter esas putadas? —me horroricé, pegando un grito que incluso espantó a Bacteria, que saltó de mi regazo—. ¡Son drogas, Livia, no son simples relajantes! ¿Te las ha estado dado ese cabrón?

Aníbal tenía que saber todo esto. Era el único que podía ayudarme a darle un escarmiento a ese hijo de puta. Mi cuñado era una de las pocas personas a las que el Bisonte temía.

—¡Jorge, en serio, me duele la cabeza, déjame de fastidiar!

La frialdad con el que me hablaba mi novia, aunado a su trato tan indiferente y lejano, me puso en alerta. No quería perderla. No ahora. Ambos nos amábamos. Simplemente quería saber la verdad de lo que había pasado durante la madrugada. Quería saber si esos restriegos y besos dados hacia Valentino habían sido por furores del momento… o había algo más.

—¿Por qué tienes el pelo mojado? —le pregunté cuando lo acaricié.

—¡Me bañé! ¿También eso me vas a reclamar?

Su respuesta me siguió preocupando aún más.

—¿Dónde te bañaste?

—¿Qué parte no entiendes de que estaba en la casa del Serpiente?

—¡Es que ya no te creo nada! —reventé—. ¡Todo… me parece muy raro, Livia, por eso quiero que me digas qué fue lo que hiciste después de que te fuiste con el Bisonte a no sé dónde! ¿O me vas a decir que por la puta droga no recuerdas nada? ¡Me estás volviendo loco, Livia, te juro que si no me dices nada me volverás completamente loco! ¡Yo te amo, y te amo demasiado, y me duele todo lo que pasó anoche! ¡De hecho, yo estoy dispuesto a perdonar todas tus faltas si me prometes que renunciarás al puesto que tienes con Valentino y que no lo volverás a ver! ¡Al menos dime que me quieres, que me perdonas por ese… empujón que te di sin querer! ¡Y volvamos a pasar página, olvidémonos de todo! ¡Pero necesito que me digas algo, no me dejes así, hablando como un estúpido!

—¡Hablas porque quieres! —me dijo, mientras se miraba las ojeras de los ojos—. De hecho, tú te atormentas solo, Jorge, a mí no me eches la culpa de nada. En serio, sólo necesito descasar y pensar, que mira que me tienes totalmente confundida.

—¿Confundida? —Esa palabra me la había dicho mi última novia (previo a Livia) antes de terminarme—. ¿Esa es la ridícula respuesta a lo que te pregunté? ¿Ya no sabes si me amas, porque ahora te sientes “confundida”? ¡Pues conmigo no vas a jugar, o me amas o no me amas, conmigo no hay punto intermedio: dímelo de una puta vez porque si ya no sientes nada por mí ahora mismo agarro mis cosas y me largo!

—¡Basta, Jorge! ¡Basta! ¡BASTA! —exclamó furiosa.

—¡No me grites, que odio que me grites! —reaccioné saltando de la cama, cubriéndome las orejas en una ataque de pánico—. ¡Odio que todos griten! ¡Odio los gritos! ¡Odio tus putos gritos!

—¡Pues entonces vete a donde no me oigas gritar, porque esto es lo que me provocas, alterarme de los nervios, cuando me acusas, cuando me haces preguntas groseras, cuando me tratas como si yo fuese una cualquiera! ¿Qué es lo que quieres saber? ¿Si pasé toda la noche con Valentino? ¡Pues ojalá y hubiera sido así, porque lo mereces, por doble moral e hipócrita! 

—¿Doble moral e hipócrita? —dije sin podérmelo creer—, ¿en ese concepto me tienes?

Ella se echó a reír, no sé burlándose de mí o como un método de escape; pero a mí su actitud me sacó de quicio y no me pude controlar.

—¡Yo no soy la burla de nadie, Livia! —le grité. 

No sé cómo pasó, pero la irá me poseyó y me volví loco. Livia se estaba dirigiendo a la cama cuando fui tras ella, la giré frente a frente y me dispuse a desnudarla para revisarle el coño. Era la única manera que tenía para saber si había follado esa noche con otro, ya fuera en la casa del Serpiente o en alguna otra parte con Valentino. Conocía su coño en exceso: sabría si estaba usado, hinchado de tanto follar, dilatado o, incluso, con restos de semen si había sido tan canalla y tan rastrera para haber follado con él sin condón.  

 —¡Jorge, suéltame! —me gritó cuando la tomé por sorpresa.

Y yo, envuelto en una burbuja de celos y rabia, le rasgué la ropa, la tiré en la cama y entre gritos y forcejeos me tumbé sobre ella e intenté desnudarla para mirarle la vagina. Si ella era la del cuarto prohibido, estuve seguro que, mínimo, encontraría sus labios vaginales hinchados, rojizos y su agujero abierto. Me dolía a madres estar desconfiando de ella, (algo que en otro momento habría sido imposible) pero dado los últimos acontecimientos no podía dejar pasar ningún detalle.

—¡Basta! ¡Déjame!¡Me lastimas! —lloriqueó—. ¡Me lastimas como me lastimaste anoche, imbécil!

Pataleó y pataleó mientras le bajaba sus leggins e intentaba quitarle las bragas. En un nuevo intento, Livia logró darse la media vuelta, gritar horrorizada y correr hacia la esquina del cuarto.

—¡Eres un animal! ¡Una bestia! —me acusó agitada, llorando.

Cuando vi que me miraba con miedo, el mismo miedo que me había dedicado la noche anterior, me sentí arrepentido, ¿qué carajos me estaba ocurriendo? ¿Qué chingados estaba intentando hacer? ¿En qué clase de patán me estaba convirtiendo?

—Livia  —intenté ir con ella.

—¡No te me acerques, Jorge! ¡Me das miedo, me das terror! ¡Eres una bestia, un salvaje! ¡Yo no sé qué diablos te ocurre! ¿Qué intentabas hacerme?

—¡Perdóname, mi amor, no te voy a lastimar!

—¡Salte del cuarto y déjame sola!

Livia no paraba de llorar. Me miraba con terror y se arrinconaba en ese hueco mientras me rehuía. 

—¡Livia… es sólo que me estoy volviendo loco!

—¡Que te salgas del cuarto te digo!

O era una coartada muy hábil de su parte para manipularme y evitar que hiciera aquello que había pretendido hacer, o de verdad estaba asustada y yo me había pasado de la raya.

Me decanté por la primera opción. Ella no podía ser tan perversa para engañarme. Yo tenía la culpa de todo, y ahora estaba comenzando a ver las consecuencias de mis actos. Me sentía un desperdicio de hombre. Jamás tuve que haberle hecho cosa semejante. ¿En qué me convertía mi horrible acción? La había asustado. Dios. Dios…

Su miraba horrorizada en la esquina de la habitación me torturaba, me hacía sentir la peor basura del mundo.

—¡Que te largues! —me repitió, estremeciéndose.

Reaccioné llevándome las manos a la cara y me salí gimoteando y frustrado de la habitación.

Las cosas se me habían salido de control.

Me tumbé del otro lado de la puerta y permanecí escuchando sus gemidos de lágrimas hasta que todo cesó. A las dos horas volví a nuestro cuarto, entre abrí la puerta y vi que mi ángel estaba dormida. Así que la dejé allí descansando el resto de la tarde, mientras yo barajaba la posibilidad de ir pronto en busca de ayuda psicológica, pues todo esto se nos estaba saliendo de control. Y no quería perderla.

Al poco rato me tumbé con Bacteria en el sofá y también me quedé dormido hasta el anochecer, pensando que al despertar aún podía salvar la noche invitándola a nuestro restaurante favorito, donde podríamos pasar la nochevieja.

JORGE SOTO

Sábado 31 de diciembre

21: 45 hrs.

Cuando abrí los ojos me di cuenta que ya era de noche, y los ruidos procedentes de nuestro cuarto me alertaron. Me levanté del sofá para encender la luz del recibidor, luego me puse delante de la puerta y toqué, como si aquél dormitorio fuera ajeno a mí. 

—¿Livia? ¿Todo bien, cielo? —me parecía ridículo tener que hablarle con tales cariños después de la horrible discusión que habíamos tenido antes.

—Sí, abre, tenemos que hablar —me dijo con una voz más firme que la que le había escuchado por la tarde.

Me pregunté en qué situación nos encontrábamos actualmente Livia y yo: por eso insistí en entrar a nuestro cuarto y conversar como gente civilizada de una vez por todas.

Cuando abrí la puerta recibí una fuerte estela de una fragancia femenina que no había olido nunca: vi que su valija estaba abierta y ella estaba parada frente al espejo, mientras se terminaba de maquillar.

“Mierda.”

La Livia que me encontré allí dentro no era la misma que había llorado de terror esa tarde ante mi asalto a su intimidad. No, no; ella volvía a ser la Livia de Valentino, la de la noche anterior, la chulita, pretenciosa, cachonda y sin ningún respeto por su cuerpo.

El aire por poco se me va mientras la contemplaba: llevaba una falda negra de cuero que le llegaba a la mitad de sus muslos; pero ni siquiera fue esa faldita de cuero, ni esas botas largas que le llegaban hasta sus gruesos, brillantes y potentes muslos lo que más impresionó: es más, ni siquiera fue ese corsét de látex semejante a las que usan las “dominatrix” que apenas le cubrían la mitad de sus senos lo más me traumatizó… sino ese tatuaje que llevaba trazado en su antebrazo; fino, discreto, apenas visible, pero visible.

Con el corazón remeciéndome y mis respiraciones ahogadas y entrecortadas, di un par de pasos hacia adelante para descubrir que una pequeña mariposa monarca le nacía en su muñeca desprendiendo tres pequeños pétalos de rosas rojas.

Juro por Dios que por poco me ahogo de asco y decepción: ya no sólo era el tatuaje en su muñeca, sino la afrenta pública a la que me exponía como su novio, así como el repudio público al que ella misma se sometía. Ya no era sólo el tatuaje, sino una clara ofensa hacia mi persona, dejándome ver su desobediencia, el poco aprecio que me tenía a mí y a hacia su propio cuerpo.  Ese tatuaje la bajaba del gran pedestal en que la tenía: la desacreditaba ante mis ojos incluso más que el beso que se había dado con Valentino. Esto ya era una burla directa hacia mí y hacia ella misma. ¡Un tatuaje! ¡Como una prostituta! ¡Como una naca y corriente que no vale nada!¡Como una puta vaca a la que marcan sus dueños!

—¡¿Qué carajos te hice para que te hicieras eso?! —le señalé el antebrazo con mis dedos temblorosos—. ¡¿Qué clase de mujer perversa, sucia y ordinaria eres para haberte… rayado la piel como una… nauseabunda criminal… cuando te dije, te supliqué, te ordené que no lo hicieras?!

Sin responderme de inmediato, Livia se puso una cazadora de piel oscura que mantuvo desabrochada, lo que me permitió observar el enorme canalillo de sus carnosas tetas como consecuencia de lo escotado del su corsét y que no dejaban casi nada a la imaginación. Tenía el pelo suelto, moldeado, y estaba maquillada en exceso, como una golfa, con sus ojos delineados (que le resaltaban su precioso iris color chocolate), sus mejillas con rubor, labios pintados de color escarlata y los párpados ahumados con tonos oscuros.

Como dije, el perfume no se le parecía a ninguno que hubiera usado antes (de hecho ni la falda ni las botas se los conocía de nada), por lo que supuse que los tenía que haber comprado hacía poco. O esa misma mañana, después de ponerse ese asqueroso tatuaje que la hacía lucir como una rustica y pedestre barriobajera.

¿Y se había vestido así sólo para hablar conmigo?

No, claro que no. Aquí algo iba mal.

Algo estaba raro.

—Esta noche saldré con Leila —me dijo como única respuesta—, no me esperes, porque no llegaré a dormir.

Sentí que un puñal de hielo y aristas se enterraba con saña justo en el corazón. El dolor me hizo atragantarme y abrir los ojos con sorpresa.

—¿Qué dices?

—Quería avisarte.

¿Entonces seguía enfadada por la violencia que había ejercido sobre ella esta mañana y ahora quería vengarse de mí largándose con la zorra más odiosa que conocía? Pero ¿y el tatuaje? ¿Qué había con ese maldito tatuaje?

—¿De eso… querías hablarme? —exclamé con la voz rota—. Yo creí que hablaríamos sobre lo que ocurrió anoche, ¡sobre nosotros! ¡Sobre ese maldito rayón que te hiciste en la muñeca como si fueses la pared de un barrio de bandidos, que no sé cómo le vas hacer Livia, pero te lo vas a quitar sea como sea, y me vale una mierda el método que uses para arrancártelo de la muñeca! ¡No te lo quiero ver! ¡No lo voy a tolerar! ¡No me gusta, es horrendo! ¡Estás loca! ¡Eres…! ¡Eres…!

Ella suspiró de nuevo, tranquila, y yo continué:

—¡Y otra cosa, Livia Aldama, yo ya estoy harto de todo esto y no estoy dispuesto a seguir siendo el mismo pendejo al que puedes manipular ni al que puedes tratar como un pusilánime, así que te advierto que si tú te sales por esa maldita puerta, te juro por Dios que te mando a la pinche mierda, esa de donde te saqué cuando no eras absolutamente nada!

Esta vez se lo dije con saña y alevosía, con la intensión de lastimarla, de herir su orgullo y su dignidad. Y claro que lo conseguí, aun si también yo mismo sentí una punzada en mi pecho. Livia se dio la media vuelta y la vi destrozada, degradada, con los ojos aguados, y ofendidísima

—¿Te parece mal? —me dijo con frialdad—. ¡Porque a mí lo que me parece mal es que esté por casarme con un cabrón sin escrúpulos que ha sido capaz de engañar, traicionar y hacer daño a su propia hermana con tal de conseguir lo que quiere!

El segundo puñal de hielo y aristas ahora se enterró sobre mi cuello y cabeza, despedazando células y membranas que me provocaron un estremecimiento.

—¿De qué estás hablando, Livia?

Sus ojos se volvieron oscuros cuando se acercó a mí y me gritoneó como nunca lo había hecho en su vida:

—¡¿Cuándo tenías pensado decirme que mi ascenso en La Sede fue cosa tuya y de Aníbal Abascal, y que… además, eres tan bajo y tan ruin como para servirle de tapadera, sin importar el sufrimiento de Raquel?! ¡Y mira que a estas alturas lo que haga esa loca con su vida me importa un carajo!

Sentí que el mundo entero me caía encima. Los labios comenzaron a temblarme y las manos a sudar frío. ¿Aníbal había sido capaz de contárselo todo? No, no, ¡Valentino… él había sido, sólo él!

—Livia… a ver, te lo puedo explicar…

—¡¿Cuándo tenías pensando decirme que por tu maldita culpa Olga Erdinia perdió la candidatura a la presidencia, empleando argucias y traiciones para humillarla y destruir su carrera política?! ¿Sabes lo denigrante que fue para ella la fotografía que editaste? ¡Fuiste tú, carajo! ¡Fuiste tú, el que creía un hombre recto y con ética y moral!  —lloró—. ¿Qué clase de hombre eres, Jorge Enrique, y por qué siempre me mostraste una cara que no era la tuya? ¡Tú también eres dos Jorges, el que va de decente por el mundo y el que da puñaladas traperas!¡Siento un dolor tan grande en el pecho desde que me enteré de todo esto, que en lo único que pienso es en ser igual de ruin a ti para poder ponerme a tu nivel e intentar comprenderte!

Sus palabras se clavaron en mi pecho como clavos al rojo vivo. Entre los cuchillos de hielo y los clavos calientes mi cuerpo estaba siendo detonado.

—¡Livia, todo esto tiene una explicación!

—¿Y cuándo tenías pensando dármela?, ¿Cuándo siguieras arruinando la vida de otras personas? ¿Cuando la siguiente arruinada fuera yo?

—¡Tú ya te arruinaste sola, y si a esas vamos tú también me has ocultado cosas, Livia, y lo sabes bien! —Fue la única forma que hallé para defenderme, atacándola a ella con esos detalles que me habían estado carcomiendo la cabeza durante los últimos meses—. ¡Sin embargo, no he querido enfrentarte porque está claro que todo lo que nos pasa son simples malos entendidos!

Sus ojos seguían expuestos, grandes, ardientes.

—¿Es un mal entendido el que hayas tenido que intervenir mi celular para fiscalizar mis conversaciones y llamadas telefónicas con el propósito de tenerme controlada todo el tiempo? ¡Yo no soy de tu propiedad, Jorge, y no te voy a consentir que vuelvas a tratarme como si fuera un objeto al cual manipular a tu antojo! ¿Tanto desconfías de mí que incluso has tenido que ponerme un GPS en mi bolso?

—¿Qué? —se me quebró la boca cuando dijo aquello. Estaba al descubierto. Igual que ella, ahora yo también estaba al descubierto.

Sólo se me ocurría alguien que pudiera haber descubierto ante mi novia los códigos de intervención de su teléfono y el pequeño GPS que había puesto en su bolso: Leila, y probablemente lo hubiera hecho el mismo día que ella descubrió que Fede la había equipado con el mismo pack de espionaje. ¡Mierda! ¿Desde cuándo Livia sabía todo esto y por qué hasta ahora me lo reclamaba? ¿Estaba buscando excusas para largarse sin remordimientos con Leila procurando dejarme a mí como el responsable de su inmadura conducta?

—¿Quién carajos crees que soy, Jorge, una vil puta a la que se la puede follar cualquier imbécil que se atraviese en su camino? Pues a lo mejor va siendo hora de darte motivos de verdad.

¡No me lo podía creer! Era demasiado fuerte estar escuchando al amor de mi vida hablándome de esa manera tan brutal, empleando palabras fuera de su decente vocabulario como el de “follar” y “puta”  aun si estaba visiblemente enfadada… y en algunas cosas con justa razón.

—¡Eres hipócrita, mentiroso, clasista, doble moral! ¡No eres tan diferente a Raquel después de todo! ¡Vas de digno por la vida y encima te crees con derecho de despreciarme por tatuarme una mariposa monarca en mi muñeca! ¿Quién es peor de los dos? ¿Tú o yo?

Livia suspiró profundamente, recompuso su postura, irguiéndose como una emperatriz que está a punto de asomarse al balcón de frente a su imperio y me volvió a mirar con frialdad, no sin antes plantarme delante de ella y advertirle con una gran exclamación, cuyas palabras me salieron sin pensar en las consecuencias: 

—¡TU NO SALDRÁS DE ESTA CASA VESTIDA COMO UNA GOLFA!

Los ojos de Livia se crisparon, su mirada me desafió y después me respondió con la mandíbula apretada:

—¿Y quién me lo va a impedir? ¿Tú? —Y esbozó la sonrisa más diabólica que le vi emplear nunca, en tanto se limpiaba las lágrimas.

No, no. Nuestra relación no podía consistir en retarnos y gritarnos reproches a medida que nuestras armas de defensa se agotaban. Las cosas no iban a funcionar de esta manera si decidíamos no cambiar la forma de arreglar nuestros problemas. Y se lo hice saber, haciendo todo lo posible por dulcificar mi voz:

—Esto no va a funcionar así, Livia.

—Yo te amo, Jorge —me dijo, sin cambiar un ápice de su frialdad—, pero a lo mejor tienes razón y ya va siendo hora de que consideres si nuestra relación podrá seguir a flote después de esto.

—¿Después de qué? —pregunté horrorizado—, ¿después de mis faltas o de las tuyas?

Livia no me respondió. Se dio la media vuelta y dio un portazo al cuarto, quedándome como imbécil esperando que volviera y me aclarara todo. No lo hizo. Lo cierto es que no recuerdo cuánto tiempo estuve así, paralizado, hasta que reaccioné y la busqué por todo el apartamento.

Pero ella ya no estaba.

Se había ido. En 31 de diciembre, como me lo había dicho antes, se había ido vestida de golfa y no había nada que pudiera hacer al respecto.

No. Esa mujer no era Livia, mi Livia, de la que yo me había enamorado, y por tal razón tomé una decisión contundente y se la hice efectiva; esta vez me amarré los huevos e hice lo que debía. Busqué una maleta entre el armario y comencé a llenarlas con lo indispensable. Me largaría del apartamento y me iría con Fede o Patricio.

Ya les hablaría en un rato para ver cuál de los dos me recibiría.

El pecho lo tenía inflamado, me ardía de furor y de desconsuelo. Todo se había ido a la mierda y, aunque me estaba yendo, no lo podía asimilar. La amaba, como un imbécil la amaba, la tenía clavada en mi pecho, y me negaba a pensar que lo nuestro se terminara así, sin decirnos siquiera adiós.

Gruesas lágrimas caían por mis mejillas mientras pensaba en lo que sería mi vida sin ella a partir de ese momento; y con mis ojos empañados incluso me puse a buscar una caja en la cual echar al mugroso gato, que de buenas a primeras se había vuelto mi sombra, siguiéndome para todos lados mientras hacía mi equipaje de huida. Sí, también me lo llevaría, pues Livia incluso a él también lo había abandonado. “Ya no nos quiere, Bacteria.” Cogí las llaves del volvo y comencé arrastrar mi valija a la entrada de mi casa. Luego, antes de salir, me eché en el sofá un rato.

No sé por qué, pero quise creer que Livia entraría por esa puerta en cualquier momento arrepentida. Era la única forma en que podía perdonarla.

Pero me quedé esperando como buey.

Iban a ser las doce de la noche cuando recibí una llamada, la cual contesté en un ipso facto pensando que se trataba de Livia con un nuevo teléfono, pues es evidente que el anterior lo había tirado después de saber que yo lo tenía intervenido.

—¿Livia?

—No, Jorge, soy yo —dijo Pato con la voz airada—, te estoy marcando desde el teléfono de Valeria que el mío no sé dónde putas lo dejé. 

—Ah… tú —se me desinfló el pecho y resoplé con desilusión—, ¿qué pasa?

—¡Déjate venir en chinga al NewPark, cabrón, acá, al oriente de Monterrey, donde se hacen las carreras anuales!

—No te lo tomes a mal, Pato, pero te juro que ahora mismo no tengo ánimos para nada. De hecho, estaba por llamarte para pedirte asilo por unos días. Voy a dejar a Livia temporalmente mientras…

—¡Se trata de Livia y de Leila, Jorge!

Al escuchar el nombre de mi novia me incorporé, con la respiración acelerada.

—¿Livia? ¿Qué carajos tiene que ver Livia con esas carreras en NewPark?

—¡Vente en chinga, wey, será madrina de pilotaje del hijo de puta de Valentino… y ya te sabes tú cómo funciona esto!

—¡¿QUÉ?!

Estaba petrificado, sorprendido, incrédulo. ¡Esto no podía ser cierto!

—¡Que vengas por tu vieja ahora mismo, y me vale un pito si la vas a mandar a la verga después, lo importante es que la enfrentes ahora y salves su dignidad, si es que la tiene, que estas putas competiciones son peligrosísimas, y no precisamente por las carreras, sino por la fiesta posterior! ¡Es más, si piensas dejarla, esta es tu oportunidad para terminar con todo esto de una puta vez! Si vieras el espectáculo que acaba de dar con ese pendejo, no te la acabas. ¡Ya le he hablado a Fede para que haga lo mismo con Leila!

—¡Pero Patricio!

—¿Vienes o no?

—Sí… voy —dije apenas sin respirar. 

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