AKUARIES

6.

Tal como quedaron, después de desayunar, se despidieron con unos besos y abrazos. Pablo llegó a su casa, la puerta de la habitación de Lucía estaba cerrada, señal de que estaba durmiendo como él esperaba. Se cambió y ordenó un poco por la casa. Preparó el desayuno y esperó que se levantara Lucía.

La noche anterior, Lucía había vuelto a salir con Isa y Manolo después de trabajar. Cuando se levantó tenía hambre, su padre la esperaba en el comedor, con el desayuno preparado encima de la mesa, lo miró con sus bonitos ojos claros y el pelo enmarañado. Que bonita es mi niña pensaba Pablo, mirándola con una sonrisa.

-Buenos días cariño.- La saludaba ofrenciéndole asiento.

-Buenos días ¿Qué te pasa que estás tan contento?- Preguntaba con voz de sueño Lucía.

-Nada, nada.- Contestó su padre sirviéndole la leche en una taza.

-Y un poco de café por favor.- Le recuerda Lucía, para que no le dejara la leche sola como cuando era pequeña.

-Claro, claro, café también para la señorita.- Reía Pablo dejando caer un chorro de café llenándole la taza.

Lucía le miraba a los ojos.

-Ya te has enterado ¿No?- Decía Lucía segura de la respuesta.

-Ayer comí con Armando e Higinia, también estaba Isa…

-Que bocazas la tía, se podía estar calladita ¿Qué te dijo?- Preguntó Lucía, preocupada de que le hubiera explicado la trifulca de la ruptura.

-Pues eso, que ya lo habéis dejado, o mejor dicho, que tú lo has dejado.

-Así es, se acabó, supongo que ya estarás contento.

-Mucho, no sabes cuanto ¿Es que no se me nota?

-Ya, ya…

-Además, hoy voy a comer con tus tíos.

-¡Buff¡ Más cotilleo.- Acabó diciendo Lucía, se levantó y cogió un par de galletas para llevarse.

-Lucía.- Buscó su atención Pablo. Ella le miró.

-Sabes que acabamos de tener la conversación más larga en años.

Lucía levantó las cejas pensando, mientras mordía una galleta.

-Que suerte has tenido eh.- Dio media vuelta y se dirigió a su habitación.

Pablo reía, su hija era igual que él, cabezona como él, hasta que las cosas no salían como ellos querían seguían insistiendo.

Acabó de desayunar por segunda vez, recogió la mesa y fregó las tazas y platos. Lucía se había vuelto a encerrar en su habitación, seguramente volvía a dormir. Pablo tranquilamente se duchó y se vistió, tenía tiempo hasta la hora que había quedado con su hermano para almorzar. Sin nada más que hacer en su casa, salió a la calle, andó un poco y se encontró de cara con el letrero del ‘Bar Tere’, volvió a pensar que ese nombre no tenía ninguna gracia, si él pasara por allí y viera ese nombre del bar, nunca le daría por entrar.

-Buenos días.- Le saludó la chica que ayudaba a Tere.

-Buenos días de domingo.- Contestó Pablo, sentándose en la barra como hacía habitualmente.

La chica le puso delante la cerveza sin preguntar. En ese momento apareció Tere, saliendo del almacen, con una caja de cervezas que colocó encima de las neveras.

-Hombre ¿Qué tal?- Le saludó mientras metía botellines en la nevera.

-Pues ya ves, por aquí.

-Eso ya lo veo, es que no es muy normal verte los domingos.

-Voy a almorzar a la casa de mi hermano, es pronto y hago tiempo…

Inició con Tere una conversación, sin pretensiones, para pasar el tiempo los dos.

Lucía se enteró perfectamente cuando su padre cerró la puerta de la entrada al marcharse, estaba repasando algunos temas de la universidad sentada en la mesa de estudios. Se levantó y se estiró en la cama boca arriba, miraba el techo pensando si valía la pena buscarse un novio, ver a su amiga Isa como estaba con Manolo, le daba una envidia sana, siempre la veía contenta y alegre. Claro, que sabiendo que Manolo, hacía todo lo que ella le pedía no era para menos, además, es que no paraban de follar, a Isa se le notaba que estaba bien follada, vamos, se le notaba hasta en la cara. Pero, un novio ¿Qué novio? ¿El primero que se le pusiera por delante? No, eso no, ya lo hizo una vez con el zoquete y acabó fatal. Ella veía que muchos chicos se le acercaban, pero por un motivo u otro no le entraban por la vista.

Entonces pensó en Carlos, su compañero de clase, ese sí que le entraba por la vista, por la vista y por cualquier agujero que quisiera entrar, pensó ruborizándose. Con una sonrisilla se empezó a masajear las tetas por debajo del pijama. Lástima que con él no podré tener nunca ninguna relación, no me puedo fiar de chicos como él, pensaba Lucía. Se agarró con las dos manos el pijama y las braguitas bajándoselo todo a los tobillos, cerró los ojos y las dos manos se le fueron al coño, con dos dedos de una se lo abría, con un dedo de la otra le daba vueltas al clítoris, resoplaba del gustillo que sentía ¿Cómo debía follar Carlos? Se preguntaba, se lo imaginaba desnudo, con una buena polla, tampoco demasiado grande, siempre le habían asustado aquellas pollas enormes que había visto en el porno, un buen tamaño pero sin pasarse, pensaba. En ese momento ya gemía levemente por el trabajo de sus dedos. En su sueño despierta, Carlos se acercaba a la cama, totalmente desnudo, ella lo esperaba con las piernas totalmente abiertas, enseñándole su intimidad dilatada y mojada, como la tenía en ese momento. Él la miraba con deseo, ella con la mirada descubría cada curva del cuerpo de Carlos, hasta que sus ojos se quedaron fijos mirándole la polla, erecta, muy tiesa, amenazadora de follarla con ganas. Carlos apolló una rodilla en medio de sus piernas, después la otra, bajó la cabeza y la besó, un beso apasionado, metiéndole la lengua en la boca, buscando la suya para acariciarla y chuparla, ella levantaba un poco la cabeza de la almoada sacando la lengua. Carlos levantó la cabeza mirándole a los ojos, Lucía le agarró la polla, que dura la tenía, su mano no le daba para rodeársela, en realidad no tenía las manos muy grandes, se la pajeaba, que buen tamaño tiene, pensaba. Ella misma se la acercó a la entrada de su coño, totalmente mojado en esos momentos, de un golpe de cintura, rápido, duro y preciso la empaló hasta el fondo. Lucía gritó de gusto, del placer de sentirse penetrada de un golpe, lo mismo que habían hecho dos de sus dedos, a la vez él le pellizcaba un pezón, lo que hacía su otra mano por debajo del pijama. Lucía gritaba, gemía, movía el cuerpo de lado a lado, sus dedos no paraban de follarla duramente, sacándoselos hasta la punta y metiéndoselos, chocando contra su coño empapado, igual que imaginaba que se la estaba follando Carlos, sin contemplaciones, con movimientos bruscos de su culo, que subía y bajaba en medio de sus piernas extremadamente abiertas. Abrió los ojos de golpe, se le pusieron en blanco y se corrió, se corrió pensando que Carlos también lo hacía en ese momento, llenándole el coño de leche, una corrida larga y placentera que los dos tuvieron a la vez. Cuando Carlos se separó un chorrito de leche le salió del coño mojando la sabana.

Lucía suspiró mirándo el techo, había que ver los buenos momentos que le hacía pasar su imaginación, se incorporó, se miró los dedos empapados, miró la sabana, descubriendo una pequeña manchita de sus propios flujos, no le extrañaba, se había mojado como pocas veces le pasaba masturbándose.

Se levantó, buscó en un cajón una toalla pequeña, se secó los dedos y el coño, tiró la toallita al suelo, ya la recogeré después, pensó, se subió el pantalón del pijama con las braguitas y se metió de nuevo en la cama, para dormir con una sonrisilla un rato más.

Pablo, se acabó la cerveza, dejó el botellín encima de la barra y se despidió de su amiga Tere y su empleada. Después se subió al coche y paró en una pastelería, antes de llegar a la casa de su hermano.

Vero, sobrina de Pablo, le abrió la puerta.

-Hola tío Pablo, hacía tiempo que no te veía.

-Por que siempre estás por ahí cuando vengo a esta casa cariño ¿Cómo estás? Aparte de guapísima, que eso ya lo veo.- Le decía su tío mientras entraban los dos en la casa.

-Estoy bien tío ¿Y tú?

-Bien… bien.

-¿Y mi prima Lucía?

-También está bien, trabajando los fines de semana, ya sabes.

-A veces voy al bar en el que trabaja.

-¿Ah sí?

-Algunas veces, últimamente no he ido mucho la verdad.

En el interior, se encontraron con su hermano Juan y su mujer María.

-He traído unos pastelitos y un poco de cava para los postres.- Mientras le entregaba el paquete y la botella a su hermano.

-No tenías que haber traído nada, tenerte a ti aquí ya es suficiente, que no vienes nunca.- Le acusaba su cuñada María.

-Vienes muy poco, sino te llamo yo, no hay manera de que vengas.- Insistía su hermano.

-Tendrá cosas mejor que hacer.- Le defendía su sobrina.

-No, no es eso, el trabajo, la casa, Lucía, en fin, se me ocupa el tiempo.- Se disculpaba Pablo.

-Seguro que tiene alguna novia por ahí.- Reía su sobrina diciéndolo.

Pablo abrió mucho los ojos, María se dio cuenta.

-¿Tienes una novia Pablo? ¿Y no nos has dicho nada?

-Yo… yo… yo que voy a tener mujer.

-Pues te has puesto nervioso ¿Nos lo estás ocultando?- Le atacaba su hermano.

-Que no coño, que no. Tú también podías estar un poquito más calladita guapa.- Acusaba a su sobrina Vero.

-¡Eh! Que no pasa nada porque tengas una novia tío.

-Eso, tú sigue insistiendo.- Se desesperaba Pablo.

María vio que Pablo se estaba tensando.

-Vamos a sentarnos a hacer el aperitivo.- Intervino su cuñada.

Se sentaron en la mesa, Vero tenía una sonrisilla maliciosa, de saber que había incomodado a su tío.

-¿Y tú Vero? ¿Cómo vas de novios?- Intentaba devolverle la pelota Pablo a su sobrina.

-Bueno, como bien dices, tengo novios, con uno no tengo bastante…

-Vero por favor, no te pases.- Intervenía Juan, su padre, él si que se ponía tenso, pensando que a su niña la pudiera estar tocando algún chico.

-Tiene amigos.- Intentaba tranquilizar su madre.

-Pero, son amigos, o amigos con derecho a…

-¡Pablo! Vale ya, por favor, no me gusta esta conversación.- Se alteraba Juan.

-Es que papá se pone muy nervioso con estas cosas, nunca puedo hablar con él de chicos.

-Ni falta que hace Vero, ya lo hablas conmigo.- Intervenía María viendo la cara de su marido.

Pablo bebía, su hermano Juan comía y María miraba fijamente a su hija, haciéndole gestos con la cabeza para que se callara.

-Bueno, me voy a cambiar, he quedado con unos amigos para comer.- Decía levantándose de la mesa Vero.

-No me has dicho nada.- Comentaba su padre mirándola.

-Me lo ha dicho a mí, que a ti no te puede decir esas cosas sin que le hagas un interrogatorio ¡Pesado!- Intervenía su madre.

Pablo no decía nada, pero miraba a su hermano con una sonrisilla burlona.

-Y tú no digas nada, que te conozco.- Amenazaba Juan a Pablo.

-Si no estoy diciendo nada hombre, tranquilízate.- Se defendía Pablo riéndose.

-No entiendo como le cuesta tanto aceptar estas cosas de verdad.- Decía María levantando las cejas.

-Lucía hace lo mismo, Vero es mayor que ella ¿Qué quieres?- Intentaba calmar Pablo a su hermano.

-Pues me gustaría que estuviera más tranquilita, que estudiara una carrera como hace tu hija, o… yo que sé…

-Que se quedara en la casa, eso es lo que le gustaría, de casa al trabajo y del trabajo a casa sin hablar con nadie. Si por él fuera la encerraría en un convento.- Acusaba María a su marido.

-No seas exagerada María, yo no he dicho nunca nada de eso.

-Pero sé que es lo que te gustaría.

-¿Qué te pasa? ¿Tienes ganas de discutir hoy?

-Tranquilos, tranquilos, no pasa nada ¿Vais a discutir hoy que estoy yo aquí?- Intentaba poner paz Pablo.

-Nada nuevo, discutimos siempre por cualquier chorrada.- Respondía María a Pablo.

En ese momento apareció Vero, se había puesto una minifalda, tan corta que faltaba poco para que se le vieran las bragas, un top apretado que se le marcaban hasta los pezones y para rematar unas botas de plataforma.

-Adiós familia.- Se despedía alegre Vero, saliendo por la puerta.

Su padre la vio, miró al techo torciendo los ojos, se mordía los labios para no gritarle que se fuera a cambiar, que así no la dejaba salir de su casa. Pablo la miraba por detrás, para confirmar que no se le veía el culo, se sorprendió que con aquella falda no lo enseñara directamente. María miraba a su marido y su cuñado con una risilla, sabía perfectamente lo que estaban pensando.

-Está guapa.- Dijo María para romper el hielo.

-¿Guapa? ¿Está guapa? Pero si parece una…

-¡JUAN!- Gritó María.- No te atrevas a acabar la frase.- Le amenazaba apuntándole con el dedo directamente a la cara.- Empieza a respetar los gustos de tu hija. Voy a buscar la comida, no levantaros, así pierdo a este de vista un rato.

María se levantó y los dejó a los dos sentados en la mesa, Pablo no se atrevía a decir nada, él estaba de acuerdo en dejar que los hijos tuvieran su libertad y decidieran… Pero, no tenía claro como reaccionaría él si viera a Lucía salir de su casa como lo hizo su prima Vero.

-¿Lo has visto no?- Preguntaba amargamente Juan.

Pablo movía la cabeza confirmándolo.

-¿Y a ti? ¿También te parece normal?

-No te preocupes Juan ¿Qué podemos hacer? Nuestras hijas son mayores de edad, viven, visten y lo hacen como quieren. Y a nosotros no nos queda otra que aceptarlo. Ya sabes lo que tengo yo con Lucía.

María salía de la cocina con una bandeja de comida.

-El viernes, cuando vino a comer con nosotros, estaba radiante.- Aseguraba María con una sonrisa.

Pablo la miró interesado, cuando hablaban de su hija siempre lo hacía. Lucía le contaba más cosas a su tía María que a él mismo.

-¿La visteis bien?- Preguntó intentado que le explicaran algo.

-La verdad es que estaba sonriente y se le veía contenta.- Apuntaba Juan.

María se había sentado y servía los platos.

-Me dijo que iba a dejar definitivamente al novio, yo la animé claro, ese chico no le conviene.- Decía María.

-Pues ya lo ha dejado, no os podéis imaginar lo contento que estoy.- Confirmaba Pablo con una sonrisa.

-Le volvimos a insistir para que hablara más contigo.- Comentó Juan.

-Y creo que por primera vez, se lo estaba pensando.- Seguía María.

-Sabéis, ayer, por primera vez en mucho tiempo tuvimos una conversación, fueron unas cuantas palabras, no penséis que fue una conversación larga, pero me gustó, la vi con ganas de ir cambiando. Estoy muy contento.

-Todo irá bien hermano, Lucía es lista, está estudiando una buena carrera, trabaja para sus gastos y… y viste como la gente normal.

-¿Quieres dejar a tu hija en paz con sus gustos?- Le insistía María.

-¿Es qué no has visto como se ha ido hoy? Por Dios…

-¡Vale ya Juan! No quiero pelearme hoy contigo.- Sentenciaba su mujer.

-María tiene razón, al final hacen lo que quieren, es mejor no enfrentarse.- Intentaba convencer Pablo a su hermano.

Juan volvía a mirar al techo, levantando las cejas resignado.

-Así, que ya te hablas con Lucía.- Cambiaba de conversación María.

-Mujer, hablarnos siempre nos hemos hablado, a veces con monosílabos, otras veces para meterse conmigo y provocarme, pero de hablarnos nos hablábamos.

-Todabía no entiendo como llegasteis a estar de esta manera.- Apuntaba Juan.

Pablo dejó de comer, miró la pared fijamente, ordenando sus pensamientos.

-Lucía de pequeña, era tan dulce, tan cariñosa. La quiero tanto, esa niña me ha dado la vida. No sé en qué momento empezó a dudar.

-Fue cuando le vino la regla, me acuerdo perfectamente.- Recordó María.- Yo en ese momento estaba mucho con ella, sabía que de un momento a otro le vendría, ya lo había pasado con Vero y creí que me necesitaría. Esas cosas es mejor hablarlas entre mujeres.

-Y te estaré siempre muy agradecido María, le has hecho de madre cuando lo ha necesitado.

-Pues imagínate, yo hablándole de compresas y tampones, cuando la niña me sale con que quería conocer a su madre. Se empezó a reír mirándome la cara, no quiero ni imaginarme el careto que puse.

-¿Así? ¿Tal cual? ¿De golpe? Es que nunca lo he entendido.- Preguntaba extrañado Pablo.

-Sí, así fue, me lo soltó tal cual. Supongo que ella debía de estar pensándolo hacía tiempo.

-¿Por qué no le dijiste que se olvidara?- Preguntó su marido.

-¿Cómo le iba a decir que se olvidara Juan? ¿Estás tonto o qué te pasa?

-Claro hombre, era mejor hablar con ella.- Opinaba Pablo.

-La niña se crio sin madre, ni la conocía, ni tenía noticias suyas. Solo quería saber lo que pasó con ella. Le expliqué tu versión…

-Perdona, perdona.

Pablo la interrumpió, levantando la mano, como si fuera un guardia urbano parando el tráfico.

-¿Qué quieres decir con lo de…? ‘Mi versión’

-Bueno… lo que tú nos explicaste que había pasado con su madre.

-María, es que lo dices como si no te lo creyeras.- Le acusaba su marido.

-Lo siento…

Empezó a decir María, dejó de hablar y desvió la vista a un lado pensando.

-No me hagas caso Pablo, sabes que siempre he intentado que os llevarais bien Lucía y tú, te aseguro que intento que te hable y se comunique contigo…

-Pero…- Dijo Pablo buscando respuestas.

María miraba a Pablo en silencio, pensando.

-Mira Pablo, hemos hablado tanto con Lucía de este tema, tanto, que… sinceramente… yo tampoco entiendo lo que pasó. Ya sé que ella se fue y tal, como tú dices, pero, no me cuadra, ni me cuadra a mí, ni le cuadra a Lucía.

Pablo miraba a su cuñada sin decir nada, pensando, preocupado.

-No te preocupes, yo también le he mentido, o mejor dicho, no le he dado toda la información. Como sé que tú no quieres que lo sepa, nunca le he dicho el nombre y apellidos de su madre. Sé que ha ido a buscar información, pero no ha encontrado mucho, casi nada, solo tiene su certificado de nacimiento y no consta el nombre de la madre. Sabes, me llegó a preguntar si era verdad que sus abuelos estaban muertos, tampoco te creía en eso. Se lo confirmé, le dije que el abuelo murió cuando tú eras pequeño, y la abuela, llegó a conocerla cuando nació, la pena es que no vivió mucho más tiempo, se quedó tranquila, al menos por esa parte.- Le siguió explicando María.

-Yo sí te creo Pablo, siempre he creido en lo que nos dijiste, pondría la mano en el fuego por ti.- Le decía Juan apoyándole la mano en el hombro.

-Lo siento, es como lo veo yo… y es como lo ve tu hija.- Remataba María, a la vez que se levantaba recogiendo la mesa.

-Vamos a sentarnos en el salón, he comprado un brandy que te gustará, seguro que este no lo has probado.- Animaba Juan a su hermano.

Juan abrió un armario y sacó una botella de brandy, la misma que compró su amigo Armando el día anterior.

-¿Qué te parece?- Le preguntaba Juan enseñándole la botella.

-Bueno, me parece muy bueno.- Respondía Pablo con una risilla pensando en el día anterior.

María, en la cocina, miraba por la ventana al exterior resoplando, era la primera vez que le decía a su cuñado lo que realmente pensaba. Sabía que no le había sentado bien que fuera tan sincera.

Un par de horas más tarde, Pablo salía de la casa de su hermano. Con un par de copas de brandy y una conversación, sin entrar en temas espinosos, había acabado la tarde.

Saliendo de la casa de su hermano, se sentó en el coche, cerró los ojos y respiró profundamente. Sacó del bolsillo el móvil.

-Hola ¿Cómo es que me llama el señor?

-Estaba pensando, si te vendría bien tomarte algo conmigo, en el Bar Tere si quieres, o donde tú quieras.

-Uuumm, buena idea, pero me apetece pasear por el centro un rato. Y si queremos nos sentamos en una terraza y tomamos algo.

-En veinte minutos estoy en tu casa.

-Mejor media hora, me tengo que poner guapa, me gusta como me miras cuando te sorprendo.

-De acuerdo, de acuerdo, en treinta minutos te recojo.

Se encontraron en la puerta del bloque de su casa, ella se metió en el coche, donde la esperaba él. Pablo le dio un tierno beso en los labios.

-Estás guapísima.

-Así me he puesto para ti ¿Te gusta?

-Claro que me gusta, estás preciosa…

-¿Me tengo que empezar a preocupar? Últimamento me lo estás diciendo mucho, no sé, no sé.

Se cachondeaba ella. Pablo había puesto el coche en marcha y circulaba en dirección al centro de la ciudad.

-No, no tienes que preocuparte de nada, todo sigue igual.

Le respondió Pablo, el resto del camino estuvo en silencio, ella se dio cuenta que algo le pasaba. Cuando salieron del coche y empezaron a pasear, ella se agarró a su brazo, él le sonrió con cariño.

-Venga dispara, a ti te pasa algo, lo noto.- Con la misma sonrisa, Pablo movió la cabeza confirmándoselo.

-Mi cuñada María, me ha dejado caer que no me cree, está de parte de Lucía. A las dos les parece poco creible lo que les dije que había pasado con la madre.

-Pero, les dijiste la verdad ¿No?- Le preguntaba ella mirándole directamente a los ojos.

-Sí, claro que sí.

Pablo desvió la mirada, ella se dio cuenta que no quería seguir con la conversación.

Pasearon en silencio un buen rato.

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