JOSÉ MANUEL CIDRE

En breves minutos habría tomado tierra. Solo quedaba calcular bien la entrada de la nave en la gruta costera que iba a hacer las veces de hangar. No resistió la tentación de volver a probar la comunicación con la nave nodriza. Un fallo de ese tipo podía ser fatal.

-Tres minutos para aterrizaje. Pronto avistaremos la gruta. ¿Instrucciones?

-Comprobar apariencia e indumentaria humanas.

Sacó de nuevo el pequeño espejo y comprobó su figura de varón moreno, mediana estatura, ataviado con un traje gris y corbata verde. Se alisó las solapas de la chaqueta. Casi una semana les había costado elegir aquella identidad. Estaba cantado. La que pasase más desapercibida en la zona de la Tierra en la que iban a comenzar la expedición. No podía escaparse el más mínimo detalle. Si los terrícolas descubrían su procedencia, la misión se iría al traste y quién sabe la suerte que él mismo podía correr.

-Comprobadas.

-Comprobar el estado del archivo de información.

Todos los tipos y subtipos humanos estaban ordenados en una tarjeta conectada directamente a su cerebro. Años de estudiar y escudriñar las enciclopedias terrestres. Había llegado el momento de contrastarlo con la realidad. Entrar en contacto con especímenes humanos y examinar la adecuación de sus características a los conocimientos albergados en la tarjeta. En el momento en que apareciera alguna diferencia entre lo archivado y la realidad, el dispositivo enviaría un zumbido al oído del expedicionario.

-Comprobado.

-Comprobar ahora los dispositivos de seguimiento.

En los bolsillos interiores de la chaqueta llevaba unas cartucheras con microcámaras adosables entre los poros de la piel de forma que se pudiera observar la actividad de los sujetos a cierta distancia.

-Comprobados.

-Sólo nos queda desearte suerte A-37.

La nave pasó casi rozando la entrada de la gruta y se adentró en ella unos metros. Camuflarla adecuadamente era un importante factor de cara al éxito de la misión.

Apagados todos los motores y las luces, avanzó decididamente hacia la escotilla, la abrió y al fin consiguió salir. Aquello de hacer fuerza con los brazos era muy distinto a arrastrarse y reptar como estaba acostumbrado.

Necesitó la pequeña linterna para acercarse a la salida de la gruta. Las irregularidades de aquel terreno cavernoso no hacían más que añadir dificultad a la ya de por sí trabajosa tarea de sostenerse y desplazarse sobre dos patas, o piernas como decían los humanos.

Una vez fuera, aprovechó los pequeños carriles que se formaban entre las rocas, así como entre los pequeños espacios con vegetación para subir hasta la carretera.

Habiendo llegado arriba se agarró fuerte a un quitamiedos para completar el ascenso, teniendo a la vez cuidado de que no le vieran realizando tan extraña escalada con una indumentaria así de impropia para ese tipo de menesteres.

Miró a un lado, a otro y cruzó la calzada buscando el arcén, que enfrente suya era más transitable.

El plan calculaba quince minutos en llegar a pie hasta la población cercana. La verdad es que habría sido muy difícil encontrar un emplazamiento mejor que facilitase así esconder la nave y llevar a cabo la expedición.

A la vuelta de unas cañas de azúcar se veía una casa de campo de dos plantas con la fachada blanca y el tejado color cemento. En el pequeño jardín que había delante se encontraba un hombre ya entrado en años, corpulento, con perilla larga y blanca a juego con la coleta canosa que caía a su espalda. Unos vaqueros y una camiseta interior de manga corta constituían su atuendo. Se afanaba limpiando una voluminosa Harley-Davidson. Del manillar colgaba la consabida cazadora de cuero.

-Buenas tardes.

El hombre levantó la cabeza.

-Hola buenas tardes caballero, ¿Qué tal está?

El archivo de información empezó a notar cierta disonancia entre aquel saludo y el resto de las características; cazadora, moto… A-37 no le dio importancia. –¿Se va bien por aquí al centro del pueblo? Fíjese, me gusta dar paseos tan largos que debí haber tomado otra salida y ahora no sé bien llegar a mi hotel.

-Si señor. Por aquí todo seguido, y al llegar a la Iglesia tuerce usted a la derecha. Ahí encontrará el centro del pueblo. No tiene perdida alguna.

Continuaba el zumbido de la tarjeta.

-Uff. A-37 hizo ver como que se secaba la frente añadiendo un gesto de cansancio.

-¿Desearía tomar algo para refrescarse?

Muy bien. Eso facilitaría una observación más exhaustiva.

-Por supuesto. Aunque espero que no sea una molestia.

-Al contrario, será un placer.

Conforme recorrían el pasillo de la casa, A-37 notaba que el archivo vibraba de lo lindo. Iconos religiosos de estilo griego y ruso les iban observando desde las paredes mientras avanzaban.

-Póngase cómodo caballero.

El expedicionario se sentó al lado de la mesa de la cocina mientras su anfitrión se dirigía al frigorífico. Disimuladamente envió un mensaje de texto a la nave nodriza.

A-37: Sujeto 1: Tres vibraciones en 10 minutos. Espero órdenes

La respuesta no se hizo esperar.

Nave: Sin problema. Las pequeñas incoherencias están previstas. Continuamos.

El motorista se irguió y cuando se dio la vuelta apareció en su mano un flamante…cartón de leche.

-¿Le gusta con mucho azúcar? A mi sí. Afortunadamente no tengo diabetes.

El zumbido iba a dejar sordo a A-37; Harley, chupa y cola de caballo vale, pero, iconos religiosos y ¡¿Un cartón de leche?! Todo eso sin contar el lenguaje tan ceremonioso.

–Verá, ¿No tendría algo más fuerte? Ya sabe. El expedicionario no quiso disimular el guiño.

-¡Ah! Le apetecía a usted echarle algo de cacao. Se me ha terminado esta mañana. No sabe cuanto lo siento.

A-37 tuvo que echarse mano al oído, aunque no tardó en volver a disimular al ver la expresión del hombre ante su gesto de sufrimiento.

–Bueno, tomaré algo de agua. No se preocupe. Es lo mejor para el cansancio.

El agua le reconfortó realmente, y no vino mal. En cuanto el viejo refirió que buena parte de su tiempo libre transcurría leyendo novelas románticas y escuchando gregoriano ya que perdió la afición al rock and roll al fallecer su esposa, el extraterrestre tuvo que esforzarse de nuevo para disimular el daño que el zumbido de la tarjeta de información le causaba en su oído.

Nave: Buscar otro sujeto de estudio.

A-37 recibió el mensaje con gran alivio.

Dicho y hecho, poco más de medio kilómetro tras haber dejado la casa del motorista y habiendo entrado ya en la población, una mujer joven, alta, morena con el pelo atado en una larga cola de caballo iba a ser la sujeto número dos.

Su atuendo no pasaba desapercibido; un mono azul algo raído con varios lamparones negros repartidos y botas de campaña negras. Se la notaba atareada.

El visitante saludó de nuevo.

-Buenas tardes, señorita. ¿Voy bien por aquí para el centro del pueblo?

-Sí. Todo recto. Respondió ella casi sin pararse. Cruzó la calle desde un local al de enfrente. Un par de coches aparcados, gomas, aceite por el suelo y olor a caucho y gasolina delataban un taller de automóviles.

Al ver al visitante observando tan parado, la joven se excusó.

-Perdone que no me pare un poco más. Estoy ultimando el Opel rojo que tiene mañana que salir de viaje, y si no está a tiempo ya sabe.

-Si, claro. Que el jefe echa la bronca. Respondió A-37 aguantando el zumbido.

-¿El jefe? Se dio la vuelta. –El cliente es el jefe, porque este negocio es mío, caballero.

La respuesta y la llave inglesa de la mano acentuaron el zumbido. No quiso esperar a las instrucciones de la nave.

-Perdone si la he molestado, señorita. Continúo mi camino. Y aprovechó el apretón de manos para colocarle un dispositivo de seguimiento.

Varios minutos después, divisando ya la fachada de la Iglesia ve acercarse a una señora con el pelo gris peinado en una permanente, rebeca negra, falda gris y tirando de un carrito de la compra.

A-37 aprovechó el escalón de la acera para acercarse y colocar un dispositivo.

-Permítame, señora. Yo le ayudo.

-Gracias. Muy amable. Aunque ya venía ahí mi amiga a ayudarme. Pero da gusto encontrarse con gente tan agradable.

Otra señora de pelo corto, rizado, camiseta de flores y vaqueros se acercó por el lado contrario. Ambas se quedaron mirándose fijamente, se dieron un pico, el archivo empezó a zumbar. A-37 se quedó mirándolas mientras se alejaban. Pasaron por delante de la Iglesia y el grupo que estaba en la puerta las saludaba afectuosamente.

-La semana que viene tenemos la verbena solidaria. No faltaréis.

-Ni pensarlo. Ahí estaremos como siempre, como un clavo.

A-37 necesitaba sentarse. Aún no se explicaba como había aguantado sin sacarse el aparato de la oreja.

-¿Qué ocurre A-37?

A buenas horas comunicaba la nave nodriza.

-La verdad es que no lo sé. ¿Quién ha hecho el dichoso archivo de información?

-Han sido décadas de consulta de estadísticas, estudios sociológicos, prensa, información..

-¡Nada! Aquí no coincide nada. Esto es una pérdida de tiempo. No sabemos nada de los humanos.

-No te precipites. Conecta los dispositivos de seguimiento y ya decidimos.

El expedicionario respiró hondo. Se colocó el dispositivo en el oído y se dispuso a conectarse con los seguimientos que había colocado.

Después de unas breves interferencias apareció la imagen de la chica del taller. Ya había cerrado. Estaba en casa en pijama y con el pelo mojado como señal inequívoca de una reciente ducha. Se sentó en su sofá y cogió un libro. Al ampliar la imagen apareció el título; Crítica de la razón pura de Enmanuel Kant. Inmediatamente saltó el zumbido. A-37 cambió la conexión, las señoras del carrito estaban en su salón brindando con Tequila y Janis Joplin sonando de fondo.

Se arrancó por fin el dispositivo. -Nave. No aguanto más. Esto no tiene ni pies ni cabeza.

-De acuerdo, abortamos misión. Habrá que revisar la información.

El expedicionario cansado y cabizbajo volvió por la carretera hacia su nave. Revisar la información. No se le ocurría ni por donde podrían empezar.

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