SYLKE & FRAN

CAPÍTULO 2 – EL RASURADO

Fue mi amigo Miguel el que me hizo ver en mi hermana y en mi propia madre la belleza y la sensualidad, más allá de lo que yo veía como hermano o como hijo, logrando que una chispa despertara en mí y que saltó en el momento en el que Sandra discutió con su novio por no querer chupársela, no sé ni cómo acabé espiando a mi hermana y a mamá hablando sobre ese tema, descubriendo que a mi madre le parecía genial mamar una polla, tanto que se excitó contándoselo a su hija y acabó masturbándose en su cuarto, mientras yo lo veía todo agazapado desde su balcón. Me corrí viendo la paja de mamá y chupé el sabor de sus jugos, lamiendo levemente el consolador que había estado alojado en su coño.

Pasé una tarde contrariado, bastante arrepentido por mi comportamiento, pero sin poder borrar de mi mente el cuerpo de mi madre masturbándose con ese consolador rojo. ¿Qué me estaba pasando? Por la noche, a última hora, cuando llegó mi padre y me saludó como siempre, yo me mostré algo inquieto, considerando que había cometido un pecado o una traición… pero él parecía no notar nada raro en mi comportamiento y se puso a ver la tele en el salón, mientras yo me disponía a acostarme pues al día siguiente tenía clase.

A pesar de que me dije a mí mismo un montón de veces que no debía volver a asomarme al balcón, claro, mamá estaba con mi hermana en su cuarto y no pude resistir la tentación de volver a subir a escuchar de lo que hablaban. Volví a meterme en el balcón de la habitación de mis padres y cuando me asomé vi que la ventana de Sandra estaba cerrada, así que no pude escuchar lo que decían, pero sí verlas a través de la suave luz de la lámpara de la mesita. Mamá iba con una bata corta, dejando una buena porción de sus piernas a la vista y al no sentirse observada, incluso ligeramente abiertas. Mi hermana estaba sentada en el cabecero de su cama, con sus piernas recogidas tapando su pecho con un cojín. Un pequeño tanga blanco mostraba su pubis abultado y mi polla volvió a ponerse dura al instante y esta vez con mi hermana. ¿Pero en qué clase de degenerado me estaba convirtiendo?

Ellas reían y no podía oír lo que decían, pero cuando mamá besó a mi hermana en la frente, debió ser el beso de buenas noches, porque a continuación salió de su cuarto. Entonces, mi hermana estiró sus piernas y dejó el cojín a los pies, entonces pude ver que no llevaba nada en la parte de arriba. Sus enormes tetas, todavía más firmes que las de mamá quedaban a la vista y mi masturbación se hizo más acelerada ante esos pechos perfectos… para colmo, mi hermana metió sus pulgares en sus caderas, despojándose del tanga, para quedar completamente desnuda y así meterse en la cama… ¡joder, mi hermana dormía en pelotas!… al abrir la sábana y sus piernas quedar ligeramente abiertas para meterse en “el sobre”, su coño quedó ante mis ojos, totalmente rasurado también, con una rajita preciosa, apenas unos pequeños labios salían por los costados de ese sexo abultado. Es una mujer impresionante, la verdad. A continuación, apagó la luz.

A duras penas, salí sigilosamente ocultando mi erección para meterme en mi cuarto y soñar con todo lo vivido. No se borraban de mi mente esos coños rasurados, tan atrapantes y eso me llevó a pensar que yo debía también hacerlo, pues, aunque me había parecido raro, creo que todo el mundo lo debía hacer, de hecho, casi todos mis amigos lo hacían y yo era más cortado para eso.

A la mañana siguiente, cuando me levanté para ir a la facultad, vi que mi amigo Miguel ya se había colado en mi habitación.

–          ¿Qué pasa colega? ¿No piensas ir hoy a clase o qué? – me dijo retirando las sábanas de golpe.

–          Joder, ¿Tan tarde es?

–          No tranqui, tenemos tiempo. Mientras te duchas yo me paso la pantalla de la última partida que dejamos a medias con la movida de ayer y siento ser un capullo, por cierto – dijo refiriéndose a lo bocazas que es hablando de mi hermana o mi madre.

–          No pasa nada Miguel, pero deberías cortarte. Ya sabes que no me gusta.

–          Con esa familia que tienes es complicado. Lo evidente es lo evidente. Esas mujeres son diosas.

–          Ya, pero son mi familia.

–          Bueno, Celia no es de tu familia. Joder, me acaba de abrir la puerta y casi me desmayo con ese escote. Mira que está buena la negrita, tiene un polvazo.

–          ¿Ya estamos?

–          Perdona, colega, ya cierro el pico, pero hoy está tremenda.

Mi amigo se puso a jugar y yo a pensar en Celia… nuestra asistenta, bueno, era difícil no considerarla de la familia porque llevaba con nosotros desde que yo era un crio, pero claro, tampoco se podía negar su belleza, como decía Miguel, una mujer que conservaba un cuerpo de infarto, con aspecto juvenil y ese color de piel tan exótico y atrayente.

Me metí en la ducha y no me quité la imagen de los coños de mi hermana y de mamá y yo con esta pelambrera en mi pubis y en mis huevos. Salí en pelotas a mi cuarto y Miguel también me vaciló con ese tema, como suele hacer siempre.

–          Joder, tío, vaya greñas te gastas ahí abajo, jajaja… A ver si ahorras para una podadora.

–          ¿Qué pasa? me lo estoy dejando largo. – respondí siguiendo su juego.

–          Ya nadie lo lleva así.

–          ¿Nadie? – pregunté.

–          No joder, todo el mundo se depila ya. Deberías mirártelo, con esa polla que te gastas, dejarías a todas flipando si cortas el bosque que la rodea.

–          Seguro. – dije mientras terminaba de vestirme sin hacerle mucho caso.

–          Bueno, me da tiempo a echar otra, que acaban de matarme. ¿Vale? – dijo Miguel para empezar otra partida en la consola.

–          Vale, voy desayunando algo mientras y en cinco minutos nos vamos, ¿vale?

Me bajé a la cocina y oí el trasteo de platos, cuando descubrí a Celia metiendo la vajilla en el lavaplatos. Desde mi posición, podía ver como su pequeña batita se había subido considerablemente, mostrando sus rotundos muslos negros hasta casi alcanzar su trasero, en donde se adivinaba el principio de su perfecto culo. Joder, mi amigo Miguel tenía razón, esa mujer era impresionante y al final no era alguien directo de mi familia, asi que no tenía que ser malo mirarla con otros ojos, eso parecía decir también mi polla que dio otro brinco de los suyos, sin pedir permiso y creo que me había invadido un demonio, con esos pensamientos lujuriosos en mi propia casa… ahora con Celia. Ella se dio la vuelta mostrando su resplandeciente sonrisa y su generoso escote bajo esa bata.

–          Hola, buenos días, Marcos. Date prisa que es tarde. Ahí tienes el desayuno. – me dijo.

–          Tranquila Celia, vamos con tiempo.

–          ¿Y tu amigo Miguel?

–          Arriba, repasando unos apuntes. – mentí.

Sobre la mesa había un plato con huevos revueltos que ella siempre me prepara junto a un zumo de naranja recién exprimido.

–          ¿Celia, puedo hacerte una pregunta algo delicada?

–          Claro, cariño, no hace falta ni que lo preguntes. ¿Qué pasó?

–          Verás, quería preguntarte, ¿cómo se hace para rasurarte ahí abajo?

–          Ah, jajaja… ¿qué tienes alguna cita interesante y te quieres poner guapo?

Mi cara enrojeció y me arrepentí al instante por haber soltado esa pregunta tan íntima. Creo que las hormonas se me habían disparatado. Ella sonrió una vez más con ternura.

–          No pasa nada, cariño. Es natural, eres un hombrecito ya. Verás, se puede hacer de muchas maneras, pero si quieres para probar, con crema de afeitar y cuchilla es un buen comienzo.

–          Gracias, Celia. – respondí y seguí con mi desayuno.

Aunque quise indagar más, estaba bastante cortado hablado de eso con ella y por un momento mi polla se tensó, pensando si ella también llevaría su coño de ébano, totalmente rasurado.

–          ¿Quieres que te ayude con eso? – me preguntó de pronto con su gran sonrisa blanca que resaltaba al igual que sus hermosos ojos en ese rostro negro como el tizón.

–          No, no… puedo solo. Muchas gracias, Celia.

–          Oye, que no me voy a asustar, te bañé muchas veces, ¿recuerdas?

–          Ya, Celia, pero hace diez años de eso.

–          Jajaja… es verdad, ahora todo será más grande… dijo y siguió con su tarea como si nada.

Si algo caracteriza a esa mujer es que es espontánea y natural, claro, me conoce desde niño, creyendo que lo sigo siendo, pero si ella supiera…

Al final, Miguel y yo salimos disparados a la facultad y pasé la mañana dándole vueltas a mis visiones de las mujeres de mi casa, a cada cual, más explosiva y la calentura que fui cogiendo era fuera de lo normal. Durante las clases veía a mi profesora Aurora, que esa mañana, me parecía más atractiva que nunca, hasta más joven, ataviada con unos vaqueros y me preguntaba si tendría ella también el coño rasurado, aunque a mí me embobaban los pechos enormes de esa mujer, aunque después de ver los de mi madre, no tenía claro que pudieran ser iguales….

–          Te quedas petrificado viendo las tetas de Dª Aurora ¿eh? – Me dijo de pronto Miguel dándome un codazo a mi lado.

–          Joder, es que no sé cómo puede andar con ese peso – respondí a mi amigo.

–          Ya, ya, ¡en eso estás pensando… no te digo! – añadió con ironía.

Mi amigo me conocía bien y sabía de siempre que doña Aurora era una de mis maduritas favoritas, bueno, la mía y la de otros muchos… Lo que lógicamente, Miguel, no sabía era lo que me había sucedido en las últimas horas, viendo a mi madre y a mi hermana desnudas, con esas tetas perfectas, esos coños depilados… Y en el fondo todo había sido por culpa suya, por incitarme continuamente, aunque bueno, yo tenía gran parte de culpa, claro.

En un descanso entre clases y clase le pregunté a mi amigo:

–          Oye Miguel, entonces ¿tú crees que todos los tíos llevan depilado toda la zona de la polla? – le solté de repente.

–          ¡Joder tío, pues claro, ahora casi todo el mundo lo tiene sin vello!

–          ¿Todo el mundo? No creo.

–          Hasta doña Aurora, seguro… ¿te lo imaginas?

Mi polla dio un pequeño respingo, pero mi amigo continuó.

–          Y tú, no le des más vueltas, deberías hacer lo mismo, además ¿no sabes que a las mujeres les encanta ver todo liso, y suave, sin nada de pelos incómodos y molestos?

–          ¿De verdad?

–          Lo que yo te diga…a ellas les encanta. Además, la polla se ve más grande y además, así no se les cuela un pelito en la boca cuando están ahí dale que te pego con el chupachups.

–          ¡Joder, qué bestia eres!

Eso no tenía claro de que fuera tan bueno, pues sí ya de por sí tenía algo de complejo por mi tamaño, depilado aun parecería más grande, pero quizás Miguel tenía razón y debería pensarme darle un rasurado a la zona, total, si no me gustaba, con volverlo a dejar crecer…

–          ¿Y cómo te lo depilas tú? –  le pregunté.

–          Yo lo hago con maquinilla eléctrica, y joder cuando te la pasas por los huevos, la vibración te pone a mil, vamos con decirte que raro es no termine cascándomela.

Salimos de la facultad antes de tiempo pues las dos últimas clases habían sido suspendidas, y camino de casa iba convencido con lo de depilarme, aunque no tenía muy claro cómo hacerlo. Celia me había dicho de hacerlo con crema de afeitar y cuchilla y Miguel, por otro lado, con maquinilla…yo no tenía la maquinilla, pero mi padre sí y se la podría coger, probar, además a esa hora no habría llegado nadie a casa y estaría tranquilo para hacerlo.

Como imaginaba, cuando llegué a casa, no había llegado nadie todavía de mi familia. Únicamente estaba Celia, afanada recogiendo cosas del jardín, pero no me vio llegar, así que me colé en el baño de mis padres y cogí la maquinilla de afeitar de papá y me fui al baño que hay junto a mi habitación.

Me desnudé del todo y observé frente al espejo la mata de pelo moreno que abundaba en mi pubis y en mi ingle. Me senté en la taza del wáter y empecé a recortarme los pelos primero con una tijera y posteriormente empecé a utilizar la maquinilla de afeitar. ¡Joder!, tenía razón mi amigo cuando me comentaba lo de la vibración sobre los huevos…. era una sensación rara pero muy placentera que había logrado ponérmela morcillona.

De pronto, oí un ruido en el pasillo y me sobresalté. Detuve el motor de la maquinilla, cuando comprobé que había dejado la puerta ligeramente abierta, sin pensar que pudiera entrar nadie y entonces cogí la pequeña toalla y me la puse encima de mi entrepierna en el tiempo justo, pues apareció Celia por la puerta. No habría un color tan rojo como el que en esos momentos invadió mis mejillas. La batita de esa mujer me pareció más corta que nunca, mostrando esas piernas preciosas, así como el canalillo brillante que se ofrecía por arriba, seguramente sudado tras las labores del jardín en un día bastante caluroso.

–          ¿Pero qué estás haciendo? – me preguntó con una sonrisa tras la primera sorpresa de verme sentado en la taza del baño, con mi torso desnudo y una toalla tapando mi entrepierna.

–          Nada, nada, podías haber llamado a la puerta antes de entrar – fue lo primero que se me ocurrió decir, de forma nerviosa, sin saber cómo actuar.

Celia me miró mostrando su gran sonrisa, para decirme como si fuera la cosa más natural del mundo:

–          Pensé que no había nadie, he venido a dejar unas toallas limpias… y ¿qué haces en el baño de tus padres? Ya sabes que no les gusta que enreden en sus cosas.

–          Ya lo sé, Celia, yo… necesitaba una cosa.

–          ¿Qué cosa? Y ¿Cómo es que estás tan pronto en casa?

–          No tenía clases y he venido antes de tiempo.

–          ¿Y esos pelillos sobre el suelo?, ¿no me digas te estabas depilando? – me dijo riendo mientras dejaba las toallas sobre el estante.

–          Pues sí, lo estaba intentando- le dije con toda la vergüenza del mundo recolocando la toalla para que no se me viera nada.

–          Pues muy bien, me parece, no te pongas colorado que es algo que se hace mucha gente, y es lo más natural, ¡Déjame ver si lo has hecho bien!

–          ¿Estás loca, Celia? No voy a enseñarte nada. – protesté apretando más la toalla contra mi sexo.

–          Ya te he visto más veces… – apostillaba como si no hubiesen pasado un montón de años.

–          Celia, sal del cuarto de baño. – dije casi gritando.

Una mezcla de nerviosismo y excitación se apoderó de mi cuerpo.

–          Está bien, cariño, pues me marcho – me dijo dando media vuelta.

–          Perdona Celia, pero es que nunca me he visto en esta situación. – me disculpé por mi arrebato. – No te enfades, perdóname…

Ella se detuvo y se giró para volver a observarme detenidamente. Me pareció que mucho más detenidamente de lo normal.

–          Cariño, te conozco desde crío, deberías tener más confianza conmigo. ¿No te parece?

–          Está bien, Celia, dime que tal lo he hecho. – dije avergonzado.

–          Claro, Marcos, ya sabes que me encanta ayudarte. Déjame ver.

Subí ligeramente la toalla dejando mis huevos a la vista, pero tapando mi polla que por la situación se había quedado bastante morcillona. Celia, entonces se agachó entre mis piernas, para fijarse en mis huevos desde cerca. Desde mi posición, yo tenía una vista preferente de ese canalillo de pechos rotundos y brillantes que quedaban a la vista, así como sus piernas morenas, bastante abiertas, ya que la batita se le había subido ligeramente. Notaba un cosquilleo extraño en mi entrepierna mientras ella ladeaba la cabeza observando mis huevos lampiños. Esa situación, aparte de tensa, resultaba tan erótica que mi polla parecía ir a su aire.

–          Para que te queden totalmente depilados, deberías repasarlos con jabón y una cuchilla de afeitar, ya te lo dije, te podía haber ayudado con eso.  – comentó alzando su vista y mostrándome sus grandes ojos negros.

–          Ya, Celia, pero… yo.

–          Yo se lo hago mucho a mi marido y le encanta cómo se los dejo. – me dijo sin apartar la vista de ellos.

–          Ya, pero yo no soy tu marido.

Celia volvió a enseñarme su blanca sonrisa y esa mirada penetrante.

–          Aunque si me ayudas…. – dije sin pensar.

–          Claro tonto, a ver si te crees me voy a escandalizar a estas alturas, pero si para mí eres como mi hijo. Anda voy a poner una toalla sobre la cama y te tumbas, así no manchamos más.

Celia se puso en pie, recogió cosas para la operación de rasurado y se encaminó hacia mi habitación y yo tras ella tapando “mis vergüenzas” con la pequeña toalla. Ella, con total naturalidad, puso una toalla grande sobre la cama y yo me tumbé boca arriba, como me pedía, eso sí, tapando mi polla en todo momento con la pequeña toalla.

–          ¿Listo? – preguntó y yo afirmé todavía algo azorado.

Celia se sentó a mi lado y mientras preparaba la crema de afeitar y la cuchilla podía observarla de perfil, su piel de ébano, sus labios gruesos y carnosos, sus pechos firmes y hermosos, no estaban nada caídos. Esa mujer, que prácticamente me crió, a la que hasta entonces había considerado como una segunda madre o una hermana mayor, la que siempre estaba dispuesta a ayudarme… en ese momento se veía distinta, era una mujer preciosa, de belleza exótica, altamente atrayente para mi mente calenturienta y me iba a ver desnudo….

–          Marcos, cariño, tú relájate, que no te voy a hacer nada de daño -me dijo con suavidad cruzando su mirada con la mía.

Esos ojos oscuros eran un imán, negros, grandes, preciosos, echó la espuma sobre mis huevos, la mezcla del frescor de la misma con el calor intenso que estaba teniendo, se me hizo muy agradable, pero nada en comparación con el momento en el que sus dedos empezaron a esparcir la espuma sobre ellos y mi ingle. Inmediatamente noté como mi polla reaccionaba bajo la toalla, poniéndose cada vez más dura, mientras la cuchilla y después sus gráciles dedos, repasaban mis huevos y mis ingles con extrema suavidad, mientras su otra mano se posó sobre la base de mi polla que estaba tapada.

Todo parecía muy natural, a pesar de que mi excitación iba en aumento, y la mirada de Celia estaba fija en mis huevos duros que estaban en ebullición a pesar de que me intentaba controlar.

–          Tienes unos huevos gordos, Miguel.  – me dijo ella sonriente.

–          ¿Qué?

–          Sí, no te asustes, no es nada malo, al contrario, es señal de que llevas buena carga dentro.

Esa conversación y tener a esa mujer rozándome constantemente era algo que me hacía calentarme por momentos y volví a imaginarla desnuda, ¿cómo sería su coño?

–          Celia, una pregunta… ¿tú lo llevas rasurado? – dije sin pensar y me arrepentía al instante.

–          ¡Oye! – protestó, pero sin dejar de sonreír.

–          Perdóname, Celia, soy un idiota, era curiosidad.

–          No pasa nada, cariño, y respondiendo a tu pregunta, pues sí. Lo llevo rasurado a mi marido le gusta que lo lleve sin pelitos.

–          Ya, entiendo… dije imaginado lo que debía ser un coño negro sin pelos.

Ella siguió con su tarea, haciendo que polla siguiera tensa y mi mente más cachonda.

–          Sí, Miguel me dijo que todo el mundo se depila. – dije.

–          Bueno, todo el mundo no, va por gustos o por comodidad de cada uno.

–          ¿Te resulta cómodo a ti? ¿Lo llevas así por tu marido o también por ti?

–          Por mí también, claro, resulta más atrayente a la vista.

–          Me encantaría verlo. – volví a decir sin pensar.

Celia detuvo su operación un instante, se puso seria y luego se echó a reír.

–          ¡Pues va a ser que no! – añadió rotunda y sin despegar su sonrisa siguió con la tarea.

Pude notar cómo sus pezones marcaban la tela de la batita que llevaba puesta, muchas veces he oído hablar que se ponen así cuando se tiene frio, pero que otras era señal de que una mujer estaba excitada. Y ese día no era frío precisamente.

El que estaba excitándome y mucho era yo, casi sin poder controlar el placer que esa mujer me proporcionaba con sus dedos… cuando de pronto, en un movimiento de la toalla, esta se deslizó dejando al descubierto mi polla que ya estaba en erección sobre mi barriga.

–          ¡Joder! – solté nervioso al ver que mi miembro había saltado como un resorte.

La vista de Celia quedó fija en mi polla durante unos largos segundos.

–          ¡Cariño, sí que has crecido y mucho! – dijo con su boca abierta de par en par.

–          ¡Lo siento! – dije sin saber muy bien por qué.

–          No lo sientas en absoluto, cielo – añadió abriendo sus ojazos que recorrían mi largura tiesa.

Ver a esa mujer a mi lado observando mi erección era algo inaudito, pero me excitaba aún más su forma de mirarla.

–          ¡Tendrás a las chicas locas con este instrumento que la naturaleza te ha dotado! – me dijo sonriendo, mientras sus dientes superiores mordían su labio inferior.

–          Pues no, ninguna chica se ha atrevido a ello- le dije con mi polla erecta ladeada hacia mi tripa.

–          ¿Ninguna se ha atrevido o eres tú el que no se atrevió? – preguntó ella con su vista clavada en mi erección

No contesté, pero Celia me conocía demasiado bien y sabía de sobra que era más que tímido. Con suma naturalidad me cogió la polla por la punta de sus dedos en mi glande hasta ponerla en vertical y con esa misma naturalidad, siguió con la tarea de depilarme, pues de esa manera, le resultaba mucho más fácil, pero mi erección iba en aumento al sentir esos dedos tocándome en la punta. Nunca en mi vida había sentido nada igual. Mi polla solo había sido tocada por mis dedos, pero esos otros dedos femeninos eran una auténtica delicia.

–          No me lo puedo creer… – dijo ella.

–          ¿El qué? – pregunté con mi voz entrecortada, despelotado sobre mi cama.

–          Pues que no haya chicas corriendo detrás de esto… pero, bueno ya llegará la afortunada- me dijo sin que yo perdiera vista de sus pezones que por momentos parecían querer estallar bajo la tela de su fina bata, además de que notaba su respiración estaba más agitada.

De vez en cuando su mirada se cruzaba con la mía y ella no decía nada al notar como esa erección era máxima, gracias a sus tocamientos. De vez en cuando la lengua roja de Celia destacaba entre sus labios, en su afán por concentrarse en perfilar mis zonas más sensibles.

–          ¿Te parece grande? – dije repentinamente, envalentonado.

–          Pues sí, mucho… y eso que mi marido está muy bien dotado también, pero la tuya es mayor aún y más gruesa. – añadió abarcándola con su pequeña mano y produciendo un escalofrío por todo mi cuerpo.

No sé cómo, pero me salió de forma automática, cegado por la excitación.

–          ¿Tú se la chupas a tu marido?

–          ¿Marcos, qué pregunta es esa?

–          Perdona, Celia…

–          No pasa nada, pero cariño, eso es íntimo de cada persona.

–          Perdóname otra vez, es que no sé si a todas las mujeres les gusta hacer eso.

Noté como su pecho se hinchaba cogiendo aire y luego suspiraba.

–          Bueno para despejar tus dudas te diré que sí, y además mi marido queda muy satisfecho, y ya no me preguntes más cosas así. ¿Vale? – añadió nerviosamente

–          Es que no sé qué se siente…-dije con un atrevimiento del que normalmente no hacía gala.

–          Bueno pues cuando estés con una chica ya verás cómo te lo hace y te encantará.

–          Siempre que a ella le guste hacerlo. – intervine pensando en las palabras de mi hermana cuando le confesaba a mamá el asco que le daba.

–          Mira cielo, no conozco a ninguna que no le guste hacerlo.

–          Celia y si…- salió de mi boca sin atreverme a más mirando esos ojos negros.

–          ¿Sí qué? – me dijo con cara de sorpresa, agarrando en ese momento mi polla por la base.

–          Si me la chuparas un poquito, me gustaría saber qué se siente.

Como un resorte Celia se levantó de la cama poniéndose de pie dejando mi polla tiesa huérfana y bamboleante.

–          ¡Marcos!, ¿Estás loco?

–          Celia… yo…

–          No está bien lo que me dices, ¿no te das cuenta que soy como una segunda madre para ti?

–          Discúlpame de verdad, no quería… no sé ni por qué te lo he dicho- le dije apesadumbrado.

–          Bueno, voy a darte una crema suavizante, para que no te escueza tras el depilado- me dijo, volviendo a sentarse en la cama como si no hubiera pasado nada.

Se sentó de nuevo a mi lado y tras mirarme a los ojos, se echó crema en las manos y empezó a darme por mi ingle, mis huevos, llegó a la base de mi polla que seguía en erección y envolviéndola con suavidad, subió hacia arriba hasta llegar a mi glande y volvió a bajarla.

Un gemido salió de mi boca.

–          ¡uf!

Celia sonrió, parecía orgullosa de proporcionarme ese placer y repitió la operación dos veces más, descapullándome y haciendo que las primeras gotitas aflorasen por mi capullo. Noté que ella se relamía. Nadie que no fuera yo, me había pajeado hasta entonces y esa mujer lo hacía de forma increíble.

–          Está bien, esto será un secreto entre tú y yo, nadie podrá enterarse de esto, necesito que me lo prometas, mientras su mano derecha aumentaba el ritmo.

–          Celia, ¿me vas a.…?

–          Marcos, ¿me lo prometes? – preguntó seria, interrumpiéndome.

–          ¡Te lo prometo!

–          Sólo para que sepas lo que se siente y sólo un ratito, ¿vale?

No me lo creía y tras verla suspirar y bajando su tronco, arrimó su boca cerca de mi polla, notaba el calor de su aliento, me palpitaba, cuando de repente la punta de su lengua se posó en mi glande, lamiendo esas gotitas y muy suavemente recorrió todo el tronco hasta la base y volvió a hacerlo en sentido inverso.

–          ¡Hugg, joder! – gemí notando una tensión mayor de mi polla que tenía las venas más marcadas que nunca.

–          ¿Qué tal? – preguntó, como si no fuera obvio que era algo maravilloso.

No fui capaz de contestar, tan solo volver a gemir, al sentir de nuevo su lengua recorriéndome y es que yo me derretía de placer, el calor de su lengua era inmenso, arqueé mis caderas, con los dedos de su mano derecha hizo una especie de anillo en la base de mi polla, toda la sangre quedó concentrada en mi polla estaba roja, dura, caliente, aquello era el séptimo cielo.

Mi polla fue desapareciendo entre los labios cálidos de Celia, su lengua empezó a hacer una especie de molinillo sobre mi polla y a la vez notaba me la succionaba, no podría aguantar mucho así, mi respiración se agitaba, mi cuerpo se movía y un grito descontrolado salió de mi garganta.

De repente, oímos un taconeo por el pasillo acercándose a la habitación. Celia sacó mi polla de su boca quedando balanceante y a punto de estallar, mientras yo apurado tapaba como podía mi entrepierna de nuevo con la toalla.

Mamá asomó de repente la cara por la puerta y arqueó sus cejas. Yo, desnudo, apenas tapado por una pequeña toalla, medio tumbado en la cama y Celia sentada a mi lado.

–          ¿Qué ha pasado?, ¿Por qué has gritado, Marcos? – preguntó mi madre sin entender lo que le ofrecía esa escena.

Yo no sabía dónde meterme, intentaba buscar las palabras, dar una excusa creíble, intentar asimilar la que me iba a caer encima, el hecho de que mi padre me iba a matar al enterarse, cuando fue Celia, la que me sacó del apuro, de forma brillante.

–          ¡Ay, tu hijo!, ¡Qué es un desastre!… se estaba depilando y se ha cortado con la cuchilla. Yo también me asusté.

–          ¿Depilando? – preguntó mamá.

–          Sí, quería rasurarse sus partes, ya sabes. – añadió Celia, siempre con su sonrisa convincente.

–          Bueno, Celia, cariño, déjame con mi hijo.

–          Sí, voy a seguir con mis tareas. – añadió la otra desapareciendo de la habitación, no sin antes echándome una mirada en la que parecía decir “como digas algo, te mato”

Mamá se sentó en la cama a mi lado, justo en el lugar en donde Celia me había hecho ese inicio de mamada, algo inaudito pero maravilloso que mi polla palpitante parecía no querer dejar de recordar.

–          ¿Qué ha pasado, cariño? – me preguntó mi madre

–          Nada, mamá, que me corté.

–          Déjame ver.

–          No, no… déjalo.

–          Pero cariño, a ver si te has hecho algo gordo. – insistió ella tirando de la toalla, pero yo la sujetaba con todas mis ganas. No quería ni por lo más remoto que viese mi brutal empalmada.

–          No, mamá, que estoy bien. – intentaba yo disimular ante esa erección que no había bajado ni un ápice bajo la toalla.

–          Pero, bueno, ¿Celia tampoco ha podido verte?

–          Por supuesto que no. – dije firme, intentando que mis carrillos encarnados no fueran delatores de mi situación violenta.

Mi madre, se quitó la chaqueta de su traje de ejecutiva, mostrando sus grandes pechos que llenaban su ceñida blusa, algo que no hacía nada por bajar mi tremenda empalmada y entonces ella tiró de nuevo de la toalla con intención de quitármela.

–          No seas, bobo, hijo, déjame ver qué te has hecho. ¡Soy tu madre, no me voy a asustar!

El tirón por su parte fue mayor que los anteriores y logró dejarme totalmente desnudo sobre la cama. Los ojos de mamá se abrieron tanto como los de Celia minutos antes y su cara era de máxima sorpresa. Mi polla apuntaba al techo y daba espasmos

–          Pero, cielo… – dijo mamá sin saber qué decir, tan solo mojándose los labios con la lengua.

–          Mamá, yo… – añadí intentando inútilmente tapar esa erección mayúscula que me había proporcionado las manos y la boca de Celia.

–          ¿Estás…?

Sí, “totalmente empalmado”, pensaba para mí, ¿qué podía decir?

–          Mamá, lo siento, yo…

–          Cariño, no tienes por qué disculparte, es normal a tu edad, no te preocupes, lo que no es muy normal es que esto sea tan grande.

–          ¿Es grande?

–          A tu padre no has salido, desde luego. – dijo con una sonrisa, para a continuación coger mi polla entre sus dedos.

–          ¡Mamá! – protesté, pero al mismo tiempo disfrutaba de esos dedos rodeando mi tronco. Totalmente distintos a los de Celia, pero que lograban encenderme de nuevo.

–          ¡Calla bobo!… ¡No veo sangre por ningún lado! – añadió.

Sin más miramientos, mamá observaba mi polla de cerca girándola para encontrar en dónde me había hecho ese supuesto corte. Incluso tiró de la piel de mi prepucio varias veces, logrando que un gran gemido saliera de mi garganta en esa mini masturbación.

–          ¡Mamá! – volví a protestar, pero sentir esos nuevos dedos tocándome era demasiado placer.

–          No seas tonto, que soy tu madre. No veo nada. – añadía ella, pajeándome lentamente con sus ojos como idos, mirando detenidamente mi verga venosa.

En ese momento se oyó el grito de mi hermana entrando por puerta de casa y mi madre soltó mi polla apurada como si le hubiese dado un calambre, levantándose de la cama a continuación

–          Tápate eso, anda. – dijo ante mi polla balanceante y a continuación salió de mi cuarto echando una última mirada a mi tremenda empalmada.

Justo en el momento que cerró la puerta de mi habitación, escuché la voz de mi hermana abordándola en el pasillo y dándole dos besos a mamá.

–          Mamá, necesito que me ayudes a probar una cosa.

–          ¿Qué cosa? – oí decir a mi madre.

–          Me he decidido. – escuché a Sandra.

–          ¿Qué cariño?

–          Hija, mamá… Con el juguetito ese que tienes para practicar. Parece que has visto un fantasma.

–          Sí… esto, ven, vamos a mi cuarto. – comentó mamá, apurada.

Ya no pude escuchar más, porque sus voces se diluían por el pasillo, mientras yo, sentado sobre la cama seguía con mi polla dura como una roca. 

Continuará…

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