ISABEL Gz

Todos los años igual. Fiesta de empresa en el bufete de mi marido para conmemorar el aniversario de su fundación. Desde hace cinco años se celebraba en el mismo sitio. “Pub el Ladrido rezaba a la entrada en grandes letras de neón junto a una cabeza del que pretendía ser un desafiante perro rabioso pero que a mí me parecía una horterada en toda regla al igual que todo el pub.

Pero a ellos les gustaba y los demás teníamos que apechugar con la decisión. Y cuando digo ‘a ellos’, me estoy refiriendo a los tres socios. La primera, y para que no se diga, estaba la única mujer, Sandra Loriega, experta en Derecho real y realmente una guarra. Guarra no en el sentido de follar mucho, que de esto andaba escasa con su maridito, un pollo pera tan repipi y remilgado como ella pero pichacorta –según se decía– y salido con todas las demás mujeres menos con su mujer. Él decía a todo el mundo que era «empresario», entendiendo por tal cosa ser un franquiciatario de dos cadenas. Una, la de un pollo frito muy famoso que se te acaba quedando en las cartucheras y la otra de unos bocadillos incomestibles para todo quisqui salvo para esnobs modernillos. Mucho marketing pero coño, al final lo que te venden es un puto bocadillo por más que le pongan cualquier mierda caramelizada. Por eso no era de extrañar que aunque muy fanfarrón y machista nunca hubiera conseguido hacer una cornuda a Sandra. Ella tenía los mismos años que yo, treinta y seis, pero se la veía triste y seria. Morena, buen cuerpo macizo y con curvas pero no gorda —se ve que no comía en los garitos de su marido— siempre muy pintada y vestida estilo “abogada seria pero elegante” con trajes de chaqueta unos días y con falda por las rodillas otros sin muchos cambios de estilo ni siquiera para ir a la fiesta de su bufete. Eso sí, siempre tacones que hacían retumbar su mala leche allá donde pasaba y en la pierna derecha una cadena tobillera de plata en la que colgaba una llave pequeñita. Inquietaba y sorprendía a la vez su alfiler de vestir con una zirconia en forma de rombo que solía llevar en la solapa cuando iba de traje pero que siempre se las apañaba para ponérselo con otras combinaciones.

Como podéis apreciar no me caían muy bien. Sandra se dedicaba siempre a menospreciarme porque yo, aunque de buena —muy buena— familia apenas tenia estudios. Para ella yo era la «tontita» según la pillé hablando de mí en otra ocasión.

El segundo de los socios era Teodoro Benavente, “Teo” para todo el mundo, compañero de Uni de mi marido. Un gran tipo del que se decía que era putañero y buena gente. Experto en Derecho penal —era un crack en lo suyo—, adicto al trabajo siempre andaba con algún libro en la mano. De hecho en esta fiesta allí lo veo de pie charlando con un pasante haciendo aspavientos con un libro sobre ‘Dogmática penal en el contexto europeo’ que debía ser tan interesante como aquella fiesta de abogados. Treinta y siete años, pelo castaño, guapo, algo musculado, cosa que siempre me había sorprendido. ¿De dónde sacaría tiempo para estar así con la de horas que le dedicaba al trabajo? Cuando trabajaba vestía siempre de traje. Siempre impecablemente planchado, bien peinado y oliendo a “si te han acusado de robo puedo sacarte de la cárcel con la punta de la polla”. Muy seguro con todos siempre que se hablaba de derecho. Ya más cortado cuando las conversaciones se apartaban de su terreno. Cuando no trabajaba, iba vestido invariablemente con chándal y zapatillas deportivas.

Y por último, y no menos importante —de hecho, el más importante, para qué voy a engañaros— mi marido. Alonso Colmedo, experto en Derecho Tributario y Hacienda Pública. No le saquéis el tema de los impuestos salvo que queráis dormir rápido o suicidaros escuchando una ristra de consejos con tecnicismos jurídicos. También había cumplido los treinta y siete años, como Teo. Para mí, Alonso era el hombre más guapo del mundo, pelo moreno —morenazo— con alguna cana ya que lo hacía interesante y sonrisa que me derretía. Le gustaba siempre ir bien vestido aunque su estilo era más conservador y anodino que el de Teo. Ya sea para el bufete ya sea para cualquier otra ocasión, siempre de traje oscuro. Yo diría que no lleva traje en casa porque no le dejo que si no me lo veía metido en la cama tal cual.

Lo quise desde el primer día que lo vi hace diez años cuando entró en la editorial en la que trabajo. Porque sí amigos, trabajo en una editorial. Pero no os penséis que soy de esas editoras yuppies estilo ‘Fornicio en Nueva York’ con una vida interesante publicando novelas románticas pseudo-bondage sobre cuán grande es el amor y cómo te gusta que algún ricachón te azote con él sintiéndote primero puta pero luego no, no eres puta, sino una dama respetable. Lo que editamos en la empresa en la que estoy son libros técnicos de Geología y Ciencias de la Tierra. Y yo no soy realmente editora, que ya me gustaría, sino maquetadora y correctora. Correctora de galeradas, la última fase antes de publicar un manuscrito. Siempre se me dio bien la cosa y aquí sigo. Nunca me ha gustado estudiar y no acabé ninguna carrera universitaria pero mi familia tiene pasta y contactos así que por esta parte no me quejo.

Un día, hará cosa de diez años, entró Alonso a la editorial. Por entonces era pasante en un bufete y lo habían mandado a imprimir nosequé que querían editar sobre derecho minero. El destino quiso que mi compañera Marta estuviera de baja y fuera yo la que se puso a atender en recepción. «A ver cómo le digo yo a este chico tan guapo que aquí no editamos nada salvo que salgan estratos o pedruscos». Charlamos intrascendentemente. Yo, le tomé sus datos.

—Consultaré con mi jefa a ver si podemos editarlo.— Le dije mintiendo descaradamente ya que sabía que aquello no podíamos comprometernos a sacarlo.

—Vale, toma, mi nombre es Alonso y puedes llamarme aquí.

Lo llamé por la tarde para darle la mala noticia y para que se pasara a recoger el manuscrito al día siguiente. Así lo hizo y entonces fue cuando él me pidió salir. «Tienes algo», me dijo, tras concertar una cita para ese fin de semana. Un año y pico después estábamos casados. Por increíble que parezca hoy en día, llegué virgen a mi día de bodas así que Alonso ha sido, es y será, el único hombre para mí. Lo amo con locura pero hay un problemilla con mi amor que lo hace bastante raro.

Yo en general soy bastante normal en sí misma. Por fuera puedo parecer normal: piernas normales, ni largas ni cortas. Brazos normales, tengo dos como todo el mundo. Pecho un pelín más pequeños que la media pero no completamente plana. Pelo castaño ceniza y ojos también castaños pero claros. Pies pequeños y manos con dedos demasiado largos para mi gusto. Adicta a los zuecos de todo tipo siempre que estén cerrados por delante y al uso de cremas para la piel; las pruebo todas.

Y sin embargo soy rara en un aspecto que nadie conoce y es que fantaseo a menudo con que mi marido me ponga los cuernos.

Tal cual. Que se folle a otras. No hay otra forma de decirlo. Eso es lo que me gustaría. He excavado en Internet y por más que he intentado poco me sale del tema. De los «cuckold» mucho porno, muchos foros, muchas fantasías, novelas, relatos, y todos los niveles fetichistas que te puedas imaginar a cada cual más raro. Pero las «cuckquean» estamos olvidadas como si sólo a los hombres les fuera este rollo y las mujeres tuviéramos que estar relegadas de tan morboso asunto. El mundo está lleno de cornudas y es imposible que todas ellas sean miserables –alguna habrá contenta y consentida, digo yo— por lo que algo raro pasa. Un pelín machista me parece la cosa.

Ahora lo verbalizo fácilmente («Quisiera ver a mi marido empotrando a otras») pero no siempre me fue tan fácil admitirlo. Mi familia siempre ha sido muy tradicional y estricta en temas morales. La de Alonso tenía menos dinero que la mía pero le inculcaron un sentido del honor y el respeto que luego aumentó al estudiar Derecho y ejercer la abogacía. «Hay que hacer lo correcto», decía. Y lo correcto no suele ser ir metiéndosela a toda hembra además de a tu mujer. Y el problema es que en los días de esta fiesta ni siquiera a su mujer se la metía. Y no era culpa suya. Era culpa mía que llevaba días de mal humor.

Cuando quiero puedo ser muy cabrona y cuando no quiero puedo ser todavía peor. Hacía unos meses que le había visto porno en su portátil. No soy una paranoica y no suelo verle el portátil pero —cosas de la vida— se lo dejó en el salón y la contraseña la adiviné a la primera. Al dejar de estar bloqueado vi que mi marido estaba viendo páginas guarrindongas. Nada anormal. Sólo rubias pechugonas plastificadas a las que se la metían por todos lados.

Lo jodido del asunto es que a la vez me cabreé y me excité. Es más, creo que me cabreé porque me excité al pensar que Alonso se la cascaba mirando aquellas actrices despampanantes. Me cabreé conmigo y lo pagaba con todo el mundo. Lo pagaba en el trabajo y lo pagaba con él discutiendo por tonterías. Quisiera haber podido cabrearme como toda esposa por haber pillado a mi marido viendo cochinadas. Pero en el fondo sabía que me calentaba la idea de imaginar a Alonso toqueteándosela pensando en otra que no fuera yo. Siempre he tenido estos sentimientos pero siempre los había conseguido reprimir. Ahora tenía una prueba palpable de que se la había meneado pensando en otra y eso daba alas a la posibilidad realizar mi fantasía. Pero a la vez me resistía. Por eso me callé y no le dije que le había pillado el porno. Por eso le dije que no quería ir a la puñetera fiesta de su oficina y volver a ver a la repipi de Sandra y todo el cortejo de pasantes y administrativos con sus parejas y consortes. Fui de mala cara y en el coche ya discutimos por alguna gilipollez. Si no la había, yo la provocaba. No paraba de comerme el coco con todo aquello y otros sufrían las consecuencias.

Por si fuera poco durante la fiesta del bufete, Alonso dejó por fin de discutir sobre el procedimiento de apremio con el mismo pasante al que antes Teo había torturado con dogmática nosequé europea. Yo lo veía al otro lado donde estábamos sentadas las esposas «legas en derecho». Ninguna teníamos ni puta idea de leyes por lo que trabamos conversaciones insustanciales. Las letradas estaban apartadas al otro lado, Sandra y su aquelarre de pijas abogadas charlando amigablemente sobre cualquier tontería. Nuestro grupo nutría su conversación con los últimos temas de los programas televisivos del corazón. Gasolina para el alma. Podías despellejar a cualquier fulana que hubiera salido con el jugador de fútbol Menganito sin que tuviera ninguna consecuencias. Era como hablar del tiempo.

Pero mientras daba mi aprobación al último novio de una modelo famocísima vi por el rabillo del ojo como tras hablar con el pasante se acercaba a Nuria. Veintiseis añitos tenía. Diez menos que yo. Faldita corta, zapatitos acharolados y jersey marcadito. Lo curioso es que Nuria no pertenecía al bufete sino a la cafetería de enfrente del bufete que sirve los cafés y les suministra el catering. Porque estos abogados no pueden tener como nosotros en la editorial un cuarto con una cafetera, un microondas y una nevera. No. Ellos más fisnos que nadie tienen un catering y les sirven el café. Y Nuria debía de ser encantadora sirviendo el café dado que la habían invitado a aquella fiesta.

Moví la cabeza para mirarla bien y se notaba descaradamente que estaba fascinada por Alonso. No lo miraba a los ojos directamente sino que intentaba que sus ojos no conectaran con los de mi marido. Estaba en tensión, con las piernas cruzadas y los pies de puntillas pivotándolos sobre la punta de sus bonitos tacones mientras tocaban el suelo. Mi marido, sin embargo, era otra cosa. Lo conocía bastante como para saber que estaba intentando argumentar cualquier chorrada. Nada de deseo. Para él era sólo una charla intrascendente. Y eso me jodía. Me hubiera gustado ver a Alonso coquetear con ella, que saliera algún atisbo de macho ibérico, no sé. Algo. Pero no hacía nada y yo quería que lo hiciera. Y a la vez me comía la cabeza. «¿Crees que estos pensamientos son normales, Lore?», me dije. Tal vez necesitaba un psicólogo, pastillas o algo.

De vuelta a casa, en el coche, comencé mi particular interrogatorio.

—¿Qué hacía «esa Nuria» en la fiesta?

—No sé.— Me dijo mientras girábamos a la derecha.

—¿Cómo que no sabes?

—No sé Lore, no sé. Alguien la habrá invitado. Ya sabes, es la del café.

—Ya sé que es «la del café», pero te he preguntado por qué estaba en la fiesta.

—La habrá invitado Sandra.

—¿Sandra?— Cada vez que salía ese nombre de mí boca ponía cara de estar oliendo mierda. No la soporto.— ¿Y porqué coño la invita Sandra si no es del bufete?

—Sandra es la que se encarga de contratar al catering.

—¿Y eso lo tiene que hacer un socio del bufete? ¿Mañana vas tú a encargarte de que haya tóner para la fotocopiadora?

Alonso me miró extrañado.

—No, claro que no. Pero ella es muy tiquismiquis con el café.

—Si, tiene que ser café de alguna mierda de esas que le gustan a ella. No puede tomar un puto café con leche como todo el mundo, no. Ella quiere que el café esté hecho con agua del coño de una burra de la India o algo así. ¿Me equivoco?

Alonso quería estar serio pero se rio. Estaba guapísimo.

—Bueno, es café Kopi. Realmente no es Kopi, es un sucedáneo muy parecido, hecho igual.

—¿Y qué demonios es eso del Kopi?

—Es un café muy caro de Indonesia.

—La puta que la parió, lo sabía. ¿Y qué coño tiene ese café?

—Que es procesado en el vientre de una civeta.

Me quedé con cara de querer partir piernas. Era ese café cuyos granos se procesa en el viente de un animal y luego los caga —no voy a decirlo más finamente— para luego tostarlos y allá que van los pijos remilgados a pagar un pastizal por el café que sale del culo de algo parecido a una mofeta.

—Esta tía es tonta. Pero más tonto sois vosotros que le consentís esas gilipolleces.

Alonso no dijo nada. Sólo le dio al mando para que se abriera la puerta del garaje de nuestra casa. Una casa bien cara en una zona bien cara de una urbanización bien cara en un distrito muy caro.

—Por cierto, y no me cambies de tema. ¿Te querías enrollar con esa tipeja?

Alonso giró la cabeza para mirarme. Arqueó las cejas.

—¿Quién?

—Nuria, no me cambies de tema.

—Eres tú la que has sacado el tema y te has puesto como loca.

—¡No me llames loca!.—Tenía que montar el numerito aunque reconozco que aquello muy cuerdo no era.

Alonso no contestó. Nos bajamos del coche tras aparcarlo y nos fuimos caminando hacia el dormitorio. No nos dirigimos la palabra pero notaba que Alonso estaba bastante cabreado porque iba delante de mí. Generalmente me acompaña detrás cerca pero ahora iba delante. No encendió las luces de casa porque se veía bastante bien. Las cortinas no estaban cerradas y entraba la luz de las farolas de la calle.

—Kata ha vuelto a olvidarse de correr las cortinas.—Dije refiriéndome a Katarzyna, nuestra criada polaca.

Alonso no hablaba y seguía a lo suyo. Se quitó los zapatos para, a continuación, hacer lo propio con el traje. Lo dejó en una percha y se puso el pijama.

Yo hice lo propio. Me desnudé, me quite la falda, los pantymedias y me coloqué el pijama. Pero fui al cuarto de baño a limpiarme los dientes.

—¿No te vas a lavar los dientes? ¡Hemos comido canapés de esos que sabían como a morcilla!

—¡Joder!—Gritó. No era un «joder» de esos que quieren decir «Joder, qué buena idea Lore». O «Joder, Lore, gracias por avisarme, mi vida depende de ello». Era un «Joder ahora tengo que levantarme de la cama para limpiarme los putos dientes».

—Sabían a morcilla porque eran de morcilla deconstruida.— Dijo mientras se enjuagaba ya los dientes con Listerine.

Lo miré mientras me quitaba el salvaslip con cara de «Otra gilipollez más de Sandra, seguro».

Nos metimos en la cama. Nuestros pijamas desde luego no eran el culmen del erotismo. El de mi marido era un pijama masculino clásico de franela a cuadros con botones y solapas. Ancho y cómodo. El mío era de algodón. También de dos piezas: una camisa abotonada con unos muñequitos estampados —un osito y una osita dándose la mano— y un pantalón tipo pirata con el mismo estampado. Nos metimos bajo las sábanas. La cama aún estaba fría cuando noté que Alonso se me acercó y metió su mano entre los botones del pijama acariciándome el vientre. Sabía que cuando hacía esta clase de gestos es que quería que hiciéramos el amor. Y llevábamos ya varios meses sin hacerlo y no quería que la cosa se alargara más tiempo. Se me venían flashes mentales, como fotos, de Alonso y Nuria hablando en la fiesta. Sobre todo de Nuria tan avergonzada de que le gustara Alonso que ni lo miraba. La escena me excitaba, la verdad. Con estos pensamientos correspondí a la casta caricia de mi marido dándole un beso en la boca. Nuestras lenguas se entrecruzaron y al poco él sacando la mano de entre mi pijama ahora me acariciaba un pecho con suavidad.

—Espera.— Le dije mientras bajaba mis manos y entre las sábanas para quitarme el pantalón del pijama. Lo arrojé al suelo y me bajé también las bragas que lancé esta vez a la cómoda quedando enganchadas en uno de los tiradores. Alonso, más práctico, se quitó el pantalón y los calzoncillos al mismo tiempo y los dejó sobre la alfombra. Estábamos ya bajo las sábanas desnudos de cadera para abajo. Le agarro el miembro y lo zarandeo un poco. Luego un poco más esperando a que aumente su dureza. El pone una de sus grandes manos sobre mi vello púbico y lo acaricia suavemente. Mi esposo quiere jueguecitos previos pero yo ando ofuscada en mis pensamientos. «¿Cómo sería esa Nuria en la cama? ¿Cómo lo haría con mi marido? ¿En qué posturas?» Estos pensamientos me ponían más cachonda. Más preliminares eran más pensamientos y no quería pensar así que le pedí que me la metiera ya.

Alonso quitó su mano derecha de mi teta y bajó hacia su pene dirigiéndolo a tiendas debajo de las sábanas hacia mi agujero. Y allá que me la metió. Esa gran polla me penetra como tantas otras veces y como tantas otras veces no parece que tenga bastante con eso. Mi cabeza está en otro lugar y mi cuerpo no acompaña a Alonso que comienza a moverse dentro de mí. Encima de mí y bajo las sábanas su culo se mueve dando empujones en un misionero clásico, cambiando de ritmo. Resopla y resopla y yo miro al techo intentando no pensar en nada. Necesito tener la mente en blanco porque como piense en algo va a ser imaginarme a mi marido haciendo esto mismo con Nuria. De tanto buscar dejar mi mente en blanco me doy cuenta de que estoy seca allá abajo. Por no pensar no pienso ni en este momento en el que mi marido me está follando. Su polla roza mi interior sin lubricación. Me escuece y seguro que a él también.

Sin ni siquiera darme cuenta Alonso ya se ha detenido, me la ha sacado y se ha puesto de pie.

—¡Joder Lore es como follarse un maniquí! No podemos seguir así, nos estamos haciendo daño. Tenemos que divorciarnos.— Y salió de la habitación.

Habéis escuchado bien. Dijo la palabra maldita: “divorcio”. Y hay muchas formas de decirla. Y no lo decía ni en broma ni como chantaje emocional. Alonso era abogado, un buen abogado, y yo lo conocía demasiado bien como para saber que cuando decía divorcio quería decir exactamente divorcio y no otra cosa. Debía llevar tiempo amargado. Me incorporé de la cama y salí tras él desnuda de cintura para abajo. Estaba en el salón sentado en el sofá con la cabeza baja y llorando. Mi cari llorando allí como una Magdalena y sin los pantalones del pijama con su miembro flácido replegado por lo poco excitante de la situación. Me acerqué y le toqué el hombro. Iba a hacer una broma pero vi en sus ojos que aquello no era una pelea más. Estaba dolido y mi corazón comenzó a palpitar. Pensé que lo perdía. Me senté a su lado. Las cortinas seguían sin estar echadas y el salón seguía con la única luz que proporcionaba la que entraba de la calle de madrugada.

—Cari lo siento.— Le dije.

—No tienes por qué sentirlo. Estás en tu derecho de no quererme.

—Sabes que te quiero.

—No lo creo. Llevamos meses discutiendo y no sé cuantos meses sin follar o sin follar en condiciones. Sé sincera y dime lo que te pasa o si es problema mío porque en estos momentos estoy decidido a que no tengas que soportarme más.

—No es así cari.

—¡Claro que lo es!— No gritó pero sí levantó un poco más el volumen.

Me mordí un poco el labio pensativa. Llevaba pensando en ello mucho tiempo no queriendo admitir mis fantasmas interiores. O reprimía para siempre mis deseos sexuales y me volvía una amargada divorciada o si quería que mi matrimonio tuviera el más mínimo futuro tenía que sincerarme con Alonso.

—Cariño, hace unos meses te dejaste aquí tu portátil y entré en él.— La cara le había cambiado. Ya no lloraba sino que volvía en sí mi abogadito de siempre.

—¿Cómo supiste la clave?

—No fue muy difícil. Era el nombre de tu madre.— Yo estaba hecha toda una detective y él todo un experto en ciberseguridad.

—Ya.

—Y vi el porno que te habías descargado.

—Pero el porno confirma lo que digo Lore, que hemos estado sin follar desde…

—Calla un momento.—Le crucé el dedo índice en la boca.—Que siempre tienes que andar argumentando. No te estoy echando la bronca de nada ni soy una mojigata que va a enloquecer descubriendo que los hombres se toquetean la polla viendo guarrerías.

—Pero…

— Shshshs, cállate un momentín y déjame hablar por favor. Cuando encontré tu porno se despertó en mí algo que durante muchos años me ha estado comiendo el coco y que creía que podía calmar pero que ya no puedo. No puedo dejar de imaginarte pensando en otras mientras te masturbas. Y me gusta. Me encanta. Y es que me gustaría que me fueras infiel con ellas.

Ahí ya se le fue la cara de abogado listillo para pasar a la cara «¡Pero qué coño ha dicho! ¿Ha dicho lo que creo que ha dicho? ¿habré escuchado bien?». Mi cari no sabía donde mirar. ¿De verdad su mujercita le estaba pidiendo que le gustaba imaginárselo follando con otras? ¿La Lore que conocía le estaba pidiendo eso?

—Espera, espera, ¿esto no será algún tipo de trampa por tu parte?

—Mírame cariño. Mírame a los ojos y estate calladito un momento.— Nuestras miradas se cruzaron y entonces sentí el escalofríos que siento siempre que Alonso y yo tenemos esa complicidad de enamorados. Mi marido sabía que estaba hablando en serio.

—Me gustaría que te acostaras con otras mujeres.— Le confirmé.

Silencio durante un rato. No incómodo, simplemente estábamos procesando el bombazo que acababa de estallar en nuestro matrimonio. Alonso no sabía si era la mejor o la peor de las cosas que una esposa le puede decir a su marido.

—¿Y qué es eso, alguna fantasía?— Preguntó.

—Es más que una fantasía. Si fueran sólo fantasías no pasaría nada. Es algo más intenso que te atraviesa el alma en cada pensamiento.

—¿Cómo un fetichismo?

— No; más intenso. Es más que eso. Es mi condición, es casi mi identidad sexual. Lo necesito para ser yo. Es de una intensidad que no lo soporto. Si pudiera, créeme, me hubiera guardado estas mierdas en el interior y las hubiera dejado encerradas allí hasta que murieran por falta de alimentación.

—Te cambia hasta el semblante.

—¿Cómo?—Sonreí. No me lo esperaba.

—Sí, cuando estás hablando de esto noto que vuelve la antigua Lore. Es alucinante.

—Alucinante es que sepas descifrar mi interior de esa forma cari. Te quiero. Lo sabes.

—Yo también.

Y nos dimos un buen morreo. Un morreo de verdad. De esos en los que casi te tienen que poner luego una botella de oxígeno. Nuestras lenguas se cruzaron y nuestras salivas fluyeron alegremente mientras cerrábamos nuestros ojos. Volvíamos a besarnos como dos esposos deben besarse.

—Espera aquí.— Le dije.

Me levanté y de puntillas, como la que estuviera haciendo algo malo y prohibido, me perdí por la casa. Volví con el portátil bajo el brazo y la botella de aceite corporal.

Abrí la computadora y la encendí. «Sería una putada que ahora no tuviera batería», me dije. Sale la clave mientras Alonso me mira sin saber si tiene que poner cara de agradecimiento o de inspector de Hacienda. Escribo “Adela”. Y ale-hop, ya estaba dentro. Busco la carpeta con las guarrerías que había intentado ocultar bajo el nombre de «Derecho clásico noruego».

—Cuál pongo?

—¿Eh?— Sólo me miraba a mí. Qué ricura de hombre.

—¿Que qué abro? ¿Esta que pone “I love big boobs fucked”?

—No esa no, la que pone “Big Boobs Blonde fucked in laundry”.

Clico y se activa el reproductor. En una colorida lavandería entra una rubia pechugona alta, de pelo largo y con unos taconazos transparentes de aguja y plataforma impresionantes meneando el culo mientras llevaba lo que los espectadores debíamos de suponer que era un cesto de ropa con cortinas para lavar. Ya era un fallo de guion, pues no me veo a esta rubia oxigenada lavando cortinas. Dice algo en inglés a un maromo que estaba allí; una especie de Ken rubio de facciones cuadrangulares que no llevaba camisa sin saber muy bien por qué. La rubia, moviendo unas kilométricas pestañas postizas le viene a decir que le falta crema y necesita un centrifugado. No tiene ningún sentido lógico salvo el evidente. El Ken sueco a diferencia del muñeco sí se calza una buena polla y allá que se la enseña a la rubia como si esta no supiera que venía a empotrarse en la lavandería. Se abalanza sobre el miembro del rubiales y allá que se pone a lamer la verga del muchacho como si dependiera de ello la paz mundial.

—Desde luego cari no me dirás que te gusta por su guion.— Dije riéndome al tiempo que comenzaba yo a acariciar la polla de mi marido. No es por nada ricuras pero la polla de mi marido era mucho mejor que la del Ken nórdico este que ahora andaba dándole pollazos en la cara a la lavandera. Y eso que todavía no estaba en su punto. Voy recorriéndola con la yema de los dedos acariciándola mientras observo cómo comienza a erguirse poderosa. Necesitaría las dos manos para cubrirla y aun me sobraría polla. Empalmado ya; vierto un poco de aceite corporal sobre el capullo. El líquido chorrea y con mi mano derecha lo extiendo bien extendido por todo el miembro. No es por fardar pero siempre he sido una buena pajillera de rabos. Reconozco que hasta ahora lo del folleteo con Alonso era francamente mejorable. Pero aunque nunca he sido una folladora espectacular sí le he hecho muy buenas pajas. Así pude llegar virgen al matrimonio, porque le zarandeaba la polla cada dos por tres y en cualquier sitio. Mi técnica de frotamiento del capullo con la palma de mi mano rozaba el Nobel. Tras casarnos la cosa disminuyó pero de vez en cuando seguía demostrando que, como montar en bicicleta, hay cosas que nunca se olvidan.

Pero esta vez los dos sabíamos que no era un pajote corriente. Los ha habido furtivos en lugares morbosos pero esto era otro nivel. Nunca le había pajeado diciéndole explícitamente que no pensara en mí. Quería que no pensara en mí. Me cabreaba si pensaba en mí por una mínima fracción de segundo. Así se lo pedí mientras mi mano subía y bajaba por su tronco.

—No me mires.— Ordené.— Mirá la escena y concéntrate en ella.

Alonso no dijo nada. Giró la cabeza y se centró en la escena. Ahora la rubia había subido una de las piernas por encima del hombro del chico y este le follaba su coño depilado.

Noto las venas de la polla de mi marido. Bien tiesa sigo con los trabajos manuales. Ahora mientras subo y bajo hago un giro de muñeca que resulta delicioso para Alonso. Lo noto porque le cambia la respiración. Está excitado. Muy excitado, lo que hace que yo también comience a estarlo. Mi mano izquierda busca el bote del aceite corporal mientras la derecha sube y baja regularmente por el cipote de mi amado. Me mojo con el aceite la punta de los dedos y con esa misma mano izquierda busco mi clítoris. Quiero masturbarme. Estoy caliente pero no quemándome del todo. Necesito más para poder correrme rápidamente. Si no estoy tan cachonda como Alonso él acabará antes que yo y a mí todavía me faltará mucho, quedándome compuesta y sin orgasmo. Así que tengo que ser proactiva. Hacerle una buena paja no era suficiente, al menos para mí.

—Quiero que me digas que te follarías a esa rubia.— Le pedí.

Giró la cabeza.

—No me mires cari. No me mires. Tú sólo concéntrate en ella y no en mí que yo sé lo que tengo que hacer.

Alonso dudaba pero tenía que confiar en mí. Lo que le estaba haciendo le estaba encantando y a la vez inquietando. Voy moviendo mi muñeca a ritmos distintos para evitar que el orgasmo le llegue rápido.

—¡Qué buena estás!.—Dijo.

—¿Esa zorra rubia o yo?— Volvió a girar la cabeza como no sabiendo qué decir.

—¡Que no la gires! Te lo he preguntado. ¿Está buena esa putona?

Alonso ya miraba disciplinadamente hacia la pantalla y por fin comenzó a darme lo que quería.

—Está buenísima la muy zorra. Así puta, mueve tu culo, quiero follarte con esos tacones de puta que llevas.

Un escalofrío me recorre. Me cambia el cuerpo. Se me activan los chacras. Algo hace clic y ahora sí comienzo a lubricar abundantemente. Estoy caliente y sé que me gusta. Sigo pajeándolo a él y moviendo mis dedos en círculo sobre mi clítoris tal como me gusta. Le miro a los ojos y veo el reflejo de la pantalla en sus pupilas. Concentrado en la escena ya se olvidó de mí.

—Zorra, toma polla, toma, toma, toma, puta, toma, toma.

En la pantalla estaban ahora follando a lo perrito. Alonso seguía dándome lo que quiero. «¡Toma, zorra! ¡Toma!» le gritaba. Aumento el ritmo. Ahora mi mano aprisiona con más fuerza las venas de la polla de mi marido moviéndola con mayor intensidad. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Yo estoy alcanzando un punto muy rico en mi coño. Me conozco y sé que voy a correrme en breve. Quiero conseguir que él lo haga primero por lo que tras aumentar el ritmo vuelvo a los giros de muñeca cuando llego al capullo.

—Puta, puta, puta.—Le dice a la rubia del video que ahora se da la vuelta para follar cara a cara con el guaperas.

Sigo meneándosela arriba y abajo; movimientos de muñeca. Arriba y abajo. Yo me sigo frotando. Las mujeres sí que podemos hacer dos cosas al mismo tiempo. Bendito sea.

El maromo del video se la ha sacado a la barbie rubia y tras unos cuantos meneos eyacula sobre su vientre. Ella sonríe como si hubiera ganado un premio. Ahora sí, aumento más el ritmo de la paja. Arriba y abajo, arriba y abajo, un par de giros de muñeca en el capullo y por fin el gritó potente y sin miedo de mi esposo.

—¡Joder, Ahhh!.

Y de su polla brotó el esperma acumulado expandiéndose por todos lados. Parte de la corrida la absorbió la franela del pijama y otra se me escurrió entre las manos para manchar el sofá.

Ahora sí. Viendo como mi marido se había corrido pensando en la rubia, el fuego me invade y tras frotarme como me gusta me corro. Me corro como siempre debería poder correrme. Completamente. Sin fisuras. Me vibró toda la entrepierna. Sólo arqueé la espalda y miré al techo dando gracias por conseguir que Alonso y yo pudiéramos volver a gozar juntos de nuevo.

Caemos rendidos en el sofá. No nos decimos nada por el momento. Nos miramos y de pronto comenzamos a reírnos de modo cómplice. Estaba claro que no iba hacer falta divorcio.

Tras unos minutos mirándonos como bobos adolescentes nos levantamos.

—Ayúdame a recoger la funda del sofá cari, que no quiero que mañana Kata lo vea.

Recogemos la funda y Alonso la lleva a la lavadora.

—Mira cari a ver si también hay una rubia allí.

—Pues mira no hay una sino tres.— Me dice bromeando.

Cuando vuelve ya estoy en nuestro dormitorio, me he lavado las manos, vuelto a poner las bragas y el pantalón del pijama. El busca sus pantalones, que están limpios. Se los pone y de momento parece dejarse encima la camisa con la corrida.

—Espero que no se le ocurra dormir con eso.

Alonso comprende, se quita la prueba de nuestra lujuria, saca del cajón una camiseta descolorida de Los Ramones y se acuesta con ella y los pantalones de franela.

Nos acurrucamos y dormimos como tortolitos.

Por cierto, no os he dicho mi rutilante y pomposo nombre: María de Loreto Guzmanrique de Peralta y Lozano. «Lore» para mis amigos. Y acabo de empezar una aventura que no sé a dónde me llevará.

—o—

De madrugada Sandra y su esposo Emilio caminan por la calle dirección a su piso. No viven lejos del bufete ni lejos del pub ‘El Ladrido‘ por lo que no tienen que preocuparse por el transporte. La fiesta aniversario del bufete ha acabado y se recogen. A esas horas la calle está vacía salvo por los operarios de la limpieza que riegan el asfalto y las aceras del otro extremo.

—Esa niñata no tiene remedio.— Le dijo a su marido al que no tenía que dar ningún tipo de detalles. Cuando Sandra hablaba de «la niñata» se refería a Loreto Guzmanrique.

—¿Qué ha hecho esta noche?

—La he escuchado hablando con las tipas de los de la administración. No paraba de soltar tacos. Es una malhablada. No para de soltar improperios y vulgaridades. Habla como un camionero.

—¿Y qué le escuchaste?

—Algo de que «nos podíamos meter por el culo esta mierda que sabía a morcilla».— Le había dolido bastante el comentario porque ella misma había seleccionado los aperitivos con Nuria. Un bufete debe ser perfecto, según ella, y eso incluía cuidar los pequeños detalles aunque no supiera explicar muy bien los motivos. ¿Por qué servir canapés deconstruidos de morcilla con puré de alcachofa y cilantro era un detalle y servir sándwiches de mortadela con aceitunas no lo era? Cada cual tiene sus neuras y Sandra tenía alguna que otra.

—Además esa música hortera que canta con sus amigas. Mi abuela escuchaba música más actual que ella. ¡¿Pues no me dijo que teníamos que pinchar esa porquería en la fiesta?! ¡Por encima de mi cadáver!

Por la calle sólo se escuchaba el eco de sus tacones. Sandra y Loreto, es cosa sabida, no se caían muy bien. El odio era recíproco. Cero empatía de cada una por la contraría y cien por ciento de desprecio. La cosa venía de atrás cuando Loreto comenzaba a salir con Alonso. Entonces vivía en la casa de un matrimonio que le había arrendado una habitación. La “Lore” era la rebelde de la familia Guzmanrique y había dejado por entonces la carrera de Sociología a mitad del primer semestre para comenzar al año siguiente Bellas Artes. Resultó que no le gustaba y también la dejó por Geología que tampoco consiguió acabar. Entre medias de todo aquello había conocido a su chico y entre su grupo de amigos estaba Sandra. Al principio pareció caerle bien. Sandra siempre fue una estirada pero entonces no estaba sobrelamida como ahora. Alonso y Teo eran pasantes en distintos bufetes y ella ya trabajaba asesorando una inmobiliaria. En una de sus charlas en el bar, Loreto había soltado de pasaba que aquel matrimonio que le alquilaba la habitación estaba a punto de cerrar la compra del siglo. Un terreno que iba a ser la bomba dentro de unos años a muy poco dinero. Ellos se habían enterado por un amigo de un amigo. Una ganga que nadie conocía y que con ello iban a poder mejorar su jubilación. Sandra no dijo nada, ni habló aquel día. Pero en tres días aquel terreno ya lo había comprado la inmobiliaria en la que trabajaba. Loreto supo que había sido ella porque directamente se lo sonsacó cuando se lo echó en cara a solas. Además, Sandra no paraba de hablar mal de Loreto a las amigas del grupo sin que la Guzmanrique supiera, por entonces, por qué tenía tanto interés en soltar aquella basura sobre ella. Lo peor que hizo, y lo que llenó de odio el alma de Loreto es que un par de meses antes de su boda estuvo a punto de hacer correr el bulo de que se había follado a un tipejo que entonces rondaba con la pandilla. Rápidamente Loreto consiguió cortar el rumor entre mis amigas —entonces esto de las redes sociales no estaba como ahora— y Alonso no se enteró de aquella mentira. No es que le preocupara que la gente creyera o no que iba a llegar virgen al matrimonio, lo que sí quería es llegar a su matrimonio y eso iba a ser imposible si Alonso se pensaba que Loreto se había tirado a uno a sus espaldas.

No hace falta haber acabado la carrera de Sociología —menos la de Bellas Artes— para saber que algo le pasaba. Y lo que le pasaba a Sandra es que estaba enamorada de Alonso Colmedo desde la punta de sus pies hasta la coronilla. Desde que lo conoció en la carrera siempre había pensado que acabarían juntos. Pero Alonso no se fijaba en ella y cayó en el embrujo de Loreto muy pronto.

Loreto siempre ha querido a Alonso con locura y por alguna extraña razón psicológica soñaba con que su marido le pusiera los cuernos. Reprimía a menudo estos sentimientos pero volvían recurrentemente y de vez en cuando llegando a dominarla. Y sin embargo, para que os hagáis una idea del odio que le tenía a Sandra, jamás Loreto ha fantaseado con que Alonso se la tirara. Loreto fantaseaba con que su esposo se tiraba a todas sus amigas. Soñó con que se follaba a Kata, su empleada doméstica. En su interior, Lore deseaba que algún día llegara a casa y los encontrara allí fornicando como conejos sobre el sofá para su disfrute. Pero con Sandra era incapaz de fantasear nada con su marido. Esto de fantasear con la infidelidad no es universal. Que te gusten los pasteles en general no significa que por obligación te tenga que gustar un croissant seco. Y Sandra era el croissant seco de Loreto. Con ella no quería que su marido hiciera nada. Ya le jodía que estuvieran trabajando juntos. Ese fue realmente el motivo por el que en su día tras discutir a solas con Sandra para echarle en cara su comportamiento no le dijo nada a Alonso. El dinero que había ganado ella en la inmobiliaria fue clave para que pudieran formar el bufete. Y Alonso estaba tan contento de formarlo con su amigo Teo que Lore no quería fastidiarlo contándole nada.

Por fin, Sandra y Emilio llegan al portal. Suben en el ascensor y entran en su piso. Encienden las luces. Nada más cerrar la puerta tras de sí, ella ya comenzó a dar órdenes.

—Ve a desnudarte, gilipollas.—Y eso que era la malhablada era Lore.

Emilio fue obediente al dormitorio y allí, nervioso, comenzó a desnudarse. Sabía que cuando Sandra decía esas cosas es porque iba a haber algo de acción sexual.

Mientras Emilio se quitaba la ropa, Sandra entró en el servicio a orinar. Demasiada cerveza 0,0. Al salir se dirigió al dormitorio mientras se quitaba la chaqueta y se desabrochaba la camisa. Emilio, sentado en la cama la vio entrar. Todavía con sus tacones, con su falda y sólo luciendo el sujetador. Como siempre, la cara de asco no se le quitaba. Pero esto excitaba más a Emilio.

—Échate para atrás putita.— Ordenó ella mientras Emilio dejaba las piernas colgando al borde de la cama y se tendía boca arriba.— Eres un puto maricón de mierda.

Sandra colocó uno de sus zapatos sobre la entrepierna desnuda de su marido. Con tal precisión que su tacón quedó encima del candado de la jaula de castidad que llevaba puesta Emilio. Una jaula de acero que aprisionaba sus pelotas dejaba encorvado y retraído su pequeño pene. Presionaba cada vez más para clavar la jaula de castidad en la ingle de Emilio aumentando su dolor.

Sí señores. Emilio, el machista repipi que andaba salido todo el rato, además de pichacorta era un sumiso acomplejado. Delgado, de rostro ovalado y poco músculo no parecía hombre para Sandra. Ciertamente no lo era y esto generaba preguntas sobre los motivos que llevaría a esa bicha a casarse con él.

—¿Qué quieres niñata?— Para que no haya confusión: ahora «la niñata» era el pobre Emilio que miraba al techo excitado con el rabo ensanchado pero sin poderlo poner erecto a causa de la jaula que lo constreñía.

—Lo que usted ordene Ama.

La señora ahora movía su pie en círculos sobre aquel artilugio castrante.

—¿Quieres esta llavecita, verdad putita?— Giró el pie sobre su tacón e hizo tintinear la llave de la pulsera tobillera que llevaba.

—Lo que mi Señora ordene.

La señora se metió las manos debajo de la falda y se quitó las bragas. «Toma imbécil, que lo estás deseando», le dijo mientras se las metía en la boca. Se dejó la falda y se la enrolló hacia arriba. Se recostó en la cama encima de Emilio y se desplazó poquito a poco hacia la cabeza de Emilio. Arrodillada sobre la cama, el rostro de Emilio quedó a pocos centímetros del coño de Sandra. Ella bajó la mano y le sacó las bragas a su maridito de la boca para cubrirle los ojos con ellas como si fuera un antifaz. Como antifaz las bragas usadas no eran muy efectivas porque algo podía ver a través de ellas pero no mucho ya que Sandra bajó sus genitales posándolos sobre la boca de Emilio y se bajó la falda para cubrir la cabeza de su sumiso. Parecía que sentía vergüenza ajena de ver debajo suyo a todo un “empresario” con la polla aprisionada y medio asfixiado por el coño de su señora aceptando devotamente los insultos que le profería.

—Marica de mierda, méteme la lengua en el coño, que es lo único que sabes hacer.

Emilio obediente sacó su lengua, que era larga. Su punta tocó primero el clítoris y al alargarla un poco más se deslizó entrando en la vagina. Todavía podía sentir el sabor salado de los orines de su señora mezclado con el sabor inconfundible, genuino, de su coño. Comenzó a mover la lengua en círculos primero, luego hacia adelante repasando el clítoris y frotando con esmero el botón de su ama.

Sandra, encima de él miraba al frente amargada. «No es esto lo que quiero», se decía. A ella lo que le gustaría es tener una polla reglamentaria en la entrepierna y no esa especie de gusano que le frotaba el coñito. Ciertamente con esmero pero el esmero pocas veces puede reemplazar a un pollazo. Sobre todo, si son pollazos con esmero. Emilio rotaba la lengua en varias direcciones, algunas más placenteras que otras. Para poder correrse Sandra tenía que pensar en algo que la excitara. Durante mucho tiempo había fantaseado con Alonso. Con su sonrisa, su alegría, su cuerpo, sus brazos y con el bulto que en la entrepierna se le dibujaba. En el despacho había mirado de vez en cuando el paquete a Alonso. No es que los trajes de abogados dejen mucho a la fantasía, sobre todo los de los hombres, pero entre muslo y muslo de mi marido podía entreverse que se escondía un magnífico miembro. Así era. Y no lo disfrutaba ella. Lo disfrutaba la niñata. Lo disfrutaba Loreto Guzmanrique. Y eso le recomía el coño. La enfurecía. La enfurecía tanto que ya no podía excitarse pensando en Alonso porque inmediatamente su odio caía sobre Loreto y perdía la excitación.

Así que fantaseaba con piratas. Un poco cursi pero efectivo. Ella era una pobre damisela victoriana —poco le importa la precisión histórica— que era abordada durante un crucero por un pirata de pata de palo y polla de buena carne. La rescataba de aquel mundo infernal y allá en el mismo camarote principal del barco pirata le abría las piernas y le metía el mástil loco de pasión por su belleza.

Había que tener mucha imaginación para pensar que la lengua de Emilio era el mástil inhiesto de un pirata polludo pero la necesidad hace virtud. Y Sandra comenzó a mojarse un poquito. Los flujos resbalaban por la lengua del sumiso que ahora volvía a centrarse en el clítoris de su dueña. Sandra no se movía hasta que alcanzaba el punto de excitación necesario. Y llegó el momento. En sus pensamientos el pirata ya le había dado la vuelta y la follaba a cuatro patas sobre un camastro miserable. En la realidad la lengua del adefesio que tenía bajo su coño frotaba y frotaba sin parar sus genitales centrándose cada vez más en el clítoris. Y se corrió débilmente. Un pequeño estertor. Un sucedáneo de orgasmo para ir tirando.

—Quédate así mariquita.

Ella se bajó de la cama, se puso una bata y salió a la terraza a fumar un cigarrillo. No era el cigarrillo de después de un buen polvo. Era el cigarrillo que intentaba suplir un mal polvo. Mirando a las luces de la calle pensaba por qué su vida sexual era tan miserable. La frustración no era sólo sexual; también laboral. Desde los años en los que entró a trabajar en la inmobiliaria servía como asesora del clan de los Cotrina, mafia local que especulaba de modo fraudulento con la compraventa de terrenos. Con habilidad lo había mantenido oculto a sus compañeros de despacho pero era algo que cada noche la carcomía. Por eso trataba de ser tan perfeccionista con los pequeños detalles en el bufete. Era la forma de olvidar que de alguna manera lo estaba traicionando.

Al volver, allí seguía Emilio, tendido en la cama mirando al techo y relamiéndose con lo que le quedaba en la boca de la reciente degustación del coño de su mujer. Sandra se acercó y metió un dedo entre la jaula. Con la yema de su dedo logró frotar levemente el capullo de Emilio dentro de aquel artilugio. La jaula vibró levemente. Emilio eyaculó en un orgasmo seco: el semen salió pero no hubo realmente orgasmo sino unas pequeñas contracciones musculares poco placenteras. Si ella había tenido un orgasmo de pena no iba a dejar que el marica de su marido tuviera uno completo.

—Ve a lavarte esto, imbécil.

Obediente, allá se fue Emilio a enjuagar sus partes con la jaula todavía puesta y secarse con el secador para que no quedara humedad en el interior de aquel artilugio.

Sandra se desnudó por completo, se puso una bata y se metió en la cama. Cuando Emilio volvió ya se la encontró dormida.

—o—

Teo salió antes de la fiesta de aniversario camino del hotel. «La mejor forma de celebrar el aniversario del bufete es trabajando» se dijo mientras llevaba consigo un maletín con su portátil y bajo la axila un libro de Dogmática penal. Cuando llegó, antes de registrarse, miró a ambos lados del hall. Tras un macetero enorme sobresalían las piernas cruzadas de una mujer. Medias azabache Cervin de lycra y unos tacones tipo D’Orsay negros con la parte delantera lisa. La parte que cubría solo el talón con tres pequeñas perlas formando un triángulo en cada costado. Detrás de las cañas que sobresalían del macetero se veía la luz del móvil que Nila —así se hacía llamar la escort— miraba para entretenerse hasta que llegara su cita.

—Hola, buenas noches.—Le dijo Teo.— Nila, ¿verdad?

Nila se incorporó y le dio dos besos en la mejilla.

—Sí.

Nila era una mujer impresionante. Su vestido estilizaba su figura pero no le hacía falta nada para que todos se dieran cuenta de que detrás de la tela se escondía un cuerpo perfecto y proporcionado. El cuello estilo halter del vestido dejaba ver sus preciosos hombros. Cabellera rubia, ojitos azules, y maquillajes en su justa y elegante proporción.

Teo se registró junto a ella. Ya tenía reservada la habitación.

—Su habitación es la 607. Que tengan buena noche.

—Buenas noches.

En el ascensor ambos hacían como si la cosa no fuera con ellos. Nila volvía a mirar el móvil y Teo leía la pegatina que estaba justo enfrente de sus narices. «Empresa Ascensolaria S.A. Normas de uso…» mientras sus fosas nasales se llenaban del aroma dulce del perfume de Nila.

Por fin llegarón a la 607. Teo sacó la tarjeta y entraron.

—Perdona Nila que llegara tarde.

—No pasa nada, acababa de llegar.

—Me siento mal porque esta noche tengo trabajo y no podremos hacer nada.

—Ya.—Dijo ella todavía de pie viendo como Teo dejaba el portátil sobre la cama de la habitación y conectaba el cargador al enchufe de la cómoda. «Siempre se acaba haciendo algo», musitó.

—No he podido avisar al club.—Se refería al Smolyan.

Teo había concertado una “cita” con una escort a través del Smolyan. Podías tener el encuentro allí o en algún hotel ajeno si pagabas un suplemento. Nuestro apuesto abogado prefería su hotel habitual. No le gustaba el ambiente a puticlub que destilaba el Smolyan por más que quisiera pasar por elegante. Como Teo no había avisado y la cita era para toda la noche, Nila no tenía más remedio que quedarse allí. El servicio ya estaba pagado y en el Smolyan no devolvían el dinero ni admitían que las chicas no cumplieran con lo concertado con el cliente.

Teo se quitó los zapatos y se sentó en la cama tomando el portátil para comenzar a teclear y a mover el dedo por el panel táctil como un poseso sin decir nada. Nila allí de pie no sabía qué hacer en esa situación.

—¿No estarás viendo porno teniéndome delante, eh?— Intentó bromear.

—Sí, porno duro. Mira vé. —Volteó el ordenador.— Ley de emputecimiento criminal, Derecho púbico internacional y mi favorito, derecho prostitucional.

Nila sonrió sin mucho entusiasmo la penosa broma de abogado. En la pantalla había sólo texto y texto de alguna ley que ella desconocía.

—Perdona.— Pidió Teo.— Siéntate si quieres en la cama.

Así lo hizo Nila.

—Esta mañana me han notificado sobre un asunto que estoy llevando y tengo que preparar unos papeles para el juzgado. Es importante y no he podido ponerme esta tarde porque hemos tenido fiesta de aniversario en el trabajo.

—¿Y es importante?

—Sí que lo es, ¿conoces el caso de Charo Sánchez?

—Claro, la que mató a su marido.

—Ese.

—Hizo bien, ese cabrón se lo merecía.

—Sí que se lo merecía, el tipo la estuvo maltratando durante muchos años. Era un capullo. Además de maltratador estaba metido en asuntos turbios que todavía no he llegado a concretar.

—¡¿Tu llevas el caso de Charo?!

—Bueno no “llevo el caso”, eso lo hace el juez y la policía. Yo soy su abogado.

Teo ganaba ahora puntos ante ella. La verdad es que era un chico apuesto, siempre bien educado y nunca menospreciaba a las chicas. Lo sabía porque entre las del Smolyan hablaban sobre ciertos clientes. Teo no estaba entre los hijosdeputa miserables.

—En la Tele dijeron que estaba en la cárcel.

—Lo está.

—Fue en defensa propia, no entiendo. Ese tipo era un mierda.

—Bueno, ojalá que la fiscalía y el juez lo tuvieran tan claro como tú. Fue un envenenamiento durante muchos meses, por lo que hay dolo y mil cosas más.

—¿Dolor?

—Dolo, intención voluntaria de matarlo. Por eso estoy intentando demostrar que hay algo así como una defensa propia proporcionada al daño que ese hijo de puta le estaba haciendo. Una vez le llegó a partir casi todos los dientes y otra le quemó con un mechero.

—A uno del Smolyan.—Se refería a uno de los dueños.— le acusaron de asesinato pero salió a los pocos días. Y Charo mata al malnacido ese y la meten en la cárcel. Putos machistas.

—Bueno no es tan fácil. Está con la provisional porque el juez sospecha que puede eliminar pruebas. El tiparraco del marido resultó que tenía un seguro de vida desproporcionado y unas tierras y otras movidas a nombre de Charo.

Hasta ahora Teo no había dicho nada que no se hubiera publicado en los periódicos o hubiera salido por la Tele.

—¿Y qué tienes que hacer tú?—Preguntó Nila.

—Pues por ahora intentar que Charo salga de la cárcel.

—¿Cómo?

—Ah, secreto profesional.

Ahora sí Nila sonrió convencida. Teo le caía bien.

—Lo siento.— Volvió a disculparse el letrado ante ella.— Pero tengo que ponerme esta misma noche. Puedes ducharte si quieres, pero no pongas la tele por favor que me desconcentro. Mañana tengo reservado el desayuno. El buffet aquí está muy bien.

Este era uno de esos detalles que hacían de Teo un cliente especial. La mayoría, por la mañana, las largaban como si no hubieran pasado follando con ellas toda la noche. Pero a Teo no le importaba pagar el desayuno y charlar con ellas.

—No te preocupes por la tele, sólo echan basura. Puedo chupártela si quieres, y luego sigues. No sé, me da corte estar aquí y que no hagamos nada después de lo que has pagado.

¿Repasar la última jurisprudencia penal o felación? La duda ofende.

Teo dejó a un lado su ordenador, lo que era una señal inequívoca de un sí. Nila se levanta y va a por un cojín. Pone el cojín a los pies de Teo y se arrodilla sobre él acomodándose entre sus piernas. Comienza a desabrochar el cinturón. Baja la bragueta y con ella los pantalones y los calconcillos. Aparecía ante ella, replegada y flácida, la polla de Teo. Nila la acaricia suavemente como si de un cachorrito se tratara, la toma con dos dedos y mueve el prepucio para delante y para atrás buscando que la polla de Teo se ponga en acción. La sangre actúa. Comienza a estar morcillona por lo que alarga el brazo, saca un condón del bolsito que llevaba a juego. Rompe la envoltura y sacando el profiláctico lo coloca encima del capullo de su cliente. Lo despliega sobre todo el tronco hasta que el aro final del condón llega hasta los huevos. El miembro de Teo ya está semierecto y enfundado, listo para la degustación. Con el pene dentro de su boca, primero ensaliva aquella polla plastificada y succiona a ratos el glande. Lo saca, le da lenguetazos y se lo vuelve a meter ya erecto del todo. Ahora es el momento de demostrar que sabe mover la cabeza. Su cuello se pone en acción. Teo solo ve ya la cabeza de Nila subiendo y bajando sobre su polla mientras gozaba de una estupenda mamada. Nila lo hacía muy bien. Su lengua, sus labios, sus movimientos. Todo era preciso y placentero. Teo se deja llevar. Suspira de placer mientras ella seguía mamando y mamando. Movía su cabeza cada vez más rápido. Cuanto más aumentaba la respiración de Teo más rápido se desplazaba la boca de Nila por su polla. Aguanto durante unos minutos las ganas de correrse pero la boca de Nila succiona sin parar precisa y eficientemente. Arriba y abajo una y otra vez. Movimiento tras movimiento acelera. Acelera. Y acelera. Teo no puede más y lanza un grito «Síiiiii…». Nila nota como dentro de su boca el condón se hincha como un globo con la corrida de Teo que cae rendido de espaldas.

Antes de que la polla vuelva a estar flácida del todo Nila quita con cuidado el condón de su cliente de forma limpia y profesional. Hace un nudo con él, saca una toallita húmeda del bolso y limpia la verga que acababa de chupar.

Se levanta llevándose con ella el condón anudado.

—Voy a ducharme.—Le comunica a Teo.

Teo asintió con la cabeza, se volvió a incorporar en la cama para tomar el ordenador y reanudar su trabajo. Nada como un orgasmo para relajar la tensión. De nuevo volvió a la jurisprudencia penal.

Nila echó el condón en la papelera del baño y se dio una buena ducha. Teo estaba a lo suyo así que ella podía tardar todo el tiempo que quisiera en la ducha. Un baño sin prisas para follar después era algo que pocas veces ocurría en su oficio. Cuando acabo, salió enfundada en la toalla y se metió desnuda en la cama junto a Teo que andaba enfrascado entre leyes mirando la pantalla y anotando cosas en una libreta. Nila estuvo un rato con el móvil y acabó durmiéndose. Teo siguió trabajando.

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