C.VELARDE

36. JUEGO MACABRO

JORGE SOTO

Sábado 31 de diciembre

01:14 hrs

Tardé casi cuarenta minutos en convencer a Joaco de que me llevara a esa casa de seguridad donde seguiría la fiesta: y luego tardamos casi treinta minutos más en llegar porque el rubito, que iba delante de mí en su auto mientras yo lo seguía, parecía estar evitando los atajos para tardarnos más. Había pasado más de una hora desde que Livia se hubiera ido con esos cuando arribamos a una casa en una urbanización privada muy parecida a la de Aníbal.

Joaco me presentó como su amigo ante los gorilas de la entrada, y luego de las revisiones pertinentes, nos permitieron acceder. 

—Como no te portes como se debe, Jorge, con todo el respeto y lástima que me inspiras, te voy a sacar de aquí con una putiza que no te la vas acabar. Toma en cuenta que vengo en calidad de guardaespaldas del Lobo en conjunto de otros más que hay allí dentro en calidad de infiltrados.

No dije nada, y quizá porque iba demasiado nervioso con lo que me pudiera encontrar. Encima el alcohol ya me estaba dando signos de deficiencia mental y de poca coordinación en mi andar.

No entramos directamente a la casona, sino que más bien nos condujeron a la parte posterior de la finca donde se descubría un puñado de gente que se lo pasaba en grande. Era una gran terraza con puestos de bebidas alrededor, sillas, mesas redondas, bocinas con un DJ, y una enorme piscina de agua caliente en el centro del jardín que pretendía hacer más llevadero el frío de la noche. Muchas personas estaban en trajes de baño, e incluso desnudas, en el interior de esa piscina, perdiéndose entre el vapor.

De hecho, cuando me le escapé a Joaco fue al primer lugar al que me acerqué cuando me vi incapacitado de seguir esperando encontrar a mi novia a primera vista. Sin embargo, a la que pronto encontré fue a Leila, en el borde del sauna, desnuda, besándose desaforada con una chica de color que, más tarde supe, era colombiana.

Mi sorpresa fue extrema, ver a ambas mujeres restregándose en las aguas, comiéndose sus bocas; Leila con la espalda contra la orilla, y la hermosa colombiana de senos turgentes, manteniéndola presa entre sus brazos. Me hinqué junto a ella y le pregunté por Livia. Leila apenas me miró de reojo con una sonrisa, sin soltar la lengua de la otra chica (que tenía prensada con sus dientes) y negó con la cabeza. ¿Leila era bisexual? ¡Lo que me faltaba! ¿Por eso tanto amor hacia Livia? ¿Tantas consideraciones? ¿Tanto todo? ¡Mierda!

  —Te compadezco, pelirrojo —me dijo el Serpiente cuando me incorporé, iba pasando a mi lado con dos hermosas mujeres que tenían los senos de fuera—, tu novia sí que salió una putilla. —Se refería a Leila—. Mira que tener que cuidarla de los hombres calentones es una cosa, pero tener que cuidarla también de hembras como la colombiana, gran trabajo tienes.

No hice el menor aprecio a su comentario, por eso fui directo:

—¿Dónde está Livia?

—¿Tu prima? —dijo el Serpiente moviendo la cabeza hacia todos lados—. Hace rato estaba con su macho muy acaramelada por allá… ah, sí, mira, allá en el fondo.

La palabra “con su macho” y “acaramelada” me hizo estremecer.

Estaban del otro lado de la piscina, en la pista de baile donde un montón de parejitas se contoneaban al ritmo del DJ: el vapor del agua apenas me permitió reconocerlos, y (luego de agarrar una cerveza corona de una de las mesitas) me acerqué un poco hacia ellos, bordeando la alberca, bebiendo un trago, luchando para que apenas me percibieran y así poder ver sus comportamientos en sus estados naturales.

Livia le miraba de frente, carcajeándose de algo que Valentino le decía mientras él la tenía rodeada por las caderas, muy cerquita de sí. La música era intensa, alocada, pero ellos se movían y se rozaban las piernas con la lentitud de cuando suena una canción romántica.

Y entonces Valentino, en una inspección rápida que hizo hacia su alrededor, me interceptó, y casi puedo jurar que le resultó bastante placentero encontrarme allí, a pocos metros de distancia, roto, angustiado, celoso. No me cabía en la cabeza que alguien pudiera disfrutar del dolor ajeno. Me parecía inaudito y hasta ruin.

Entonces acercó su mentón a la oreja izquierda de mi novia y le dijo un par de palabras. Livia se había puesto tensa, pero no dejaba de mirarlo. Valentino volvió a observarme de reojo de forma demoniaca y luego se pegó aún más a mi novia, restregándole el bulto a la altura de su vientre. Ella debió de notar su dureza porque se estremeció un poco, pero se dejó estar. Las manos de mi prometida estaban prendadas de sus hinchados, gruesos y endurecidos brazos: debían de parecerle excitantes para tenerlos sujetos de esa forma tan… compacta y deseosa. El Bisonte era enorme, pues aun si Livia con aquellos tacones tan largos me sacaba unos centímetros, su cabeza apenas llegaba al pecho del cabrón.

Y Valentino siguió con su juego macabro, esta vez acariciando con sus dedos la espalda de una Livia cada vez más suelta y despejada, hasta que ambas manos gruesas, grandes y poderosas resbalaron por sus acentuadas caderas hasta posicionarse en sus dos potentes y carnosas nalgas, las cuales apretó con gusto, hundiendo los dedos sobre sus carnes como si fuesen un par de almohadas que se sumían, y luego las levantó con fuerza todo lo que pudo y las hizo rebotar, provocándome una horrible punzada en el pecho. Lo hizo varias veces, y entre cada movimiento, el Bisonte me echaba una mirada ardiente y perversa. 

Lo que a mí me tenía horrorizado y estupefacto era la tranquilidad y ligereza con que Livia se dejaba amasar las nalgas, que se las bambolearan y le enterraran los dedos sobre ellas, como si fuese algo natural o estuviese acostumbrada a esa clase de magreos con su jefe. Concluir en ciertas sospechas me decapitaba las células de mi cuerpo.  

Valentino volvió a susurrar a mi novia, justo cuando encontró el pretexto perfecto para dar su siguiente paso, y es que el Serpiente estaba caminando junto a ellos y al hijo de puta le pareció un buen momento para sacar su última carta.

Livia bajó la mirada un poco, y con los dedos Valentino se la levantó, cogiéndole el mentón y obligándola a mirarlo a los ojos. Y sólo así, pudo proceder en un movimiento maquiavélico y calculador.

Las tripas se me removieron por dentro y el pecho se me aceleró cuando Valentino Russo acercó sus labios a los de mi novia y, antes de besarla, sacó la lengua y se los chupó a ella, que, desde la nueva posición en que me puse, vi que los entreabría también. Él se los chupaba con gusto desde el inferior al superior, incluyendo las comisuras, babeándolas como un perro que lame a una de sus presas antes de echarle una mordida.

Y ella, lejos de rechazarlo y soltarle un bofetón, rodeó sus brazos por su cuello y aplastó sus enormes tetas contra él, refregándoselas, abriendo su boca hambrienta y ansiosa para entregársela humillantemente a la del machito.

Tal entrega, contundencia y abnegación me causó un inmenso dolor que me hizo apartar la vista por unos segundos, sintiendo taquicardia. Cuando volví mi vista hasta ellos ya definitivamente se estaban besando como dos amantes enamorados. Tuve que humillarme y acercarme un poco más para corroborar que no era un espejismo lo que veía.

El beso era húmedo, sucio, impúdico: encima yo podía escuchar los gemidos de mi novia en el preciso instante en que el volumen de la música descendía, como si se la estuvieran follando en lugar de estar recibiendo un beso. Ella lo disfrutaba, restregándose contra él, claro que lo disfrutaba fuera de toda actuación; de hecho podía percibir a una Livia cachonda, ansiosa, intensa, atrevida, siendo capaz de sentir los temblores que ella sentía al tragarse el aliento de aquel semental que la engullía. Ambos labios discurrían tan acompasados que casi pude concluir que no era la primera vez que se besaban, y eso me produjo un intenso tormento y decepción.

 Para mí desapareció el mundo entero excepto ellos y la forma en que se tragaban el uno al otro, calientes, como dos adolescentes con lascivia que se ocultan detrás de los matorrales para agasajarse. 

Luego se oyeron los bufidos de él, cual Lobo verraco, mientras se la comía, mientras le frotaba la verga en su vientre, al tiempo que los chapoteos de sus lenguas me ensordecían. Entre tanto, las babas de ambos salpicaban sus comisuras, compartiendo humedad, en tanto él volvía a acariciar la tersa espalda de mi novia para luego enterrar sus procaces dedos de nuevo en sus vigorosas y duras nalgas, levantándoselas obscenamente como si fuesen dos bolas de masa para después dejárselas caer muy pesadas, rebotando y chocando una con otra entre sí. Y Livia continuaba afanaba, ávida, perdida, colgada en su cuello.

Y a mí me estaba matando ver cómo se entregaba sin conmiseración, metiéndole su enloquecida y bravía lengua en la boca, sin respeto, sin pena, como si de verdad lo deseara, como si en verdad ansiara abrir las piernas para él y yo no existiera en su mundo, insinuando eróticos gemidos, restregándole sus pechos cuyos pezones casi se salían de su pequeñísimo escote en cada roce contra la camisa apretada de Valentino.

 Y yo allí como pendejo, viendo cómo un hombre que no era yo devoraba salvajemente los pequeños labios mullidos de mi Livia, esos que antes habían sido míos, sólo míos. Y ella dejándose hacer, sin rastros de remordimientos ni de querer recular.

Y ya no pude más y los encaré:

—Un aplauso para el par de enamorados —dije temblando de odio—, ¡tan felices y tan cachondos como dos perros en brama!

—Jorge… —dijo Livia horrorizada, mirándome con sorpresa y angustia, despegando con dolor sus hinchados labios de los del Bisonte, que me observaba con una sonrisa triunfal, casi psicópata.

Encima, ambos seguían abrazados, las tetas de mi novia continuaban aplastadas contra los abdominales de aquel cabrón, y él: ¡y ese maldito hijo de puta!, ni siquiera porque yo estaba presente dejaba de amasar el culo de mi novia.

—¿Qué carajos haces aquí? —me dijo ella, como si fuera la respuesta más apropiada, como si yo tuviera la culpa de haberla descubierto besando a su jefe y restregarse como una golfa ante él.

—Ya ves —dije conteniéndome, dando un largo trago a la cerveza—, le prometí al Serpiente que vendría a cuidar a mi prima, con lo zorra que se había vuelto últimamente.

—Te calmas cabrón, o te calmo —dijo Valentino desafiante, cuando Livia puso un rostro de sufrida.

—¿Al menos podrías soltarle el culo? —le grité a Valentino—, ¡que ahora nadie los está viendo!

El mentón del hijo de puta se tensó, siendo Livia la que retrocediera para evitar que las manos obscenas de ese bastardo la siguieran tocando.

—Es… todo… parte del plan… Jorge… lo sabías —se justificó ella limpiándose el resto de acuosidad que le había quedado en los labios. Ya ni si quiera llevaba labial—. Además no creo que te siente tan mal verme en esta situación si tú también te dejaste besar por Leila.

—¡Ella me besó a mí, no yo a ella, así que no es un justificante! Además, que sepas que en ningún momento le agarré el culo, y tú ahora mismo te estás comportando como si fueses una vil golfa.

Apenas me di cuenta que le había soltado aquella grosería cuando me vi tirado contra el suelo, tras recibir un agresivo empujón de Valentino que me hizo escupir el frío césped tras la caída.

—¿Qué pasa, cabrones? —dijo el Serpiente, que continuaba merodeando con sus mujeres como fantasma y había visto mi caída.

—Nada, macho —respondió el Bisonte con la voz ronca y gutural, endiablado—, sólo que a este pendejo de mierda le pareció gracioso ofender a mi hembra y, aunque sea su primito, no me ha quedado más remedio que ponerlo en su lugar. Y que sepas, Serpiente, que si sigue en ese plan de maricona llorona, no me quedará más remedio que enseñarle a respetar a mi mujer a punta de putazos. 

—¡Basta ya, por Dios! —le gritó Livia a Valentino, mientras yo los veía a todos desde el suelo, limpiándome las mejillas y la boca—, Jorge, ¿estás bien?

Ridiculizado, me puse de rodillas para levantarme, y, por desgracia, todo mi odio contenido lo desaté contra mi propia prometida, cuando ésta, angustiada, intentó ayudarme a levantar del suelo y yo la rechacé, empujándola con violencia hacia su lateral izquierdo, lo que produjo que se le doblaran las rodillas y cayera completamente de costado, lanzando un grito.  

Fue inmediata la reacción de Valentino Russo cuando se dejó ir contra mí, hundiendo sus nudillos en mi espalda cuando me giré, una y otra vez, hasta tirarme al suelo donde intentó triturarme a patadas. Y quizás lo habría logrado de no ser porque Leila apareció, seguido de Joaco, que me lo quitó de encima, en tanto el Bisonte me daba una sarta de insultos que yo apenas escuchaba por lo aturdido que me encontraba; y no por sus golpes (que gracias a que habían sido en el lomo, no me dolían tanto, aunque sí me sentía molido) sino por mi cobarde acción al haber tirado a Livia al suelo.

—¡Livia! —grité con amargura, mientras ella, que ya había sido levantada, lloraba en brazos de Valentino y me miraba con verdadero terror, como si yo fuera el monstruo y no él, como si yo fuera un asesino que pretendía matarla y no el novio que la amaba tanto—. ¡Livia, perdóname, por favor! ¡No fue mi intención, te lo juro!

La borrachera era la culpable de todo el desmadre que estaba haciendo, de mis desfiguros y mis repercusiones mentales. Al Bisonte lo estaban conteniendo para evitar soltar a Livia, quien se refugiaba en sus brazos con miedo, pues sabían que si la soltaba me despedazaría.

Apenas me levanté sentí que mis huesos me tronaban por dentro. El Serpiente se carcajeaba con el espectáculo que acabábamos de dar y luego condujo a Livia y a Valentino hacia el interior de su casa para revisar el estado físico de mi novia.  

Leila estaba envuelta en una toalla, ayudándome a recuperarme. La diosa de ébano colombiana, con las tetas de fuera, miraba desde la distancia. Joaco, desaprobando mi actitud, me llevó a una tumbona y me recostó. Leila se posicionó a mi lado, entre preocupaba y molesta, y me evaluó:

—¡Ya deja de tomar cerveza, cabrón, mira lo pedo que estás y las babosadas que estás haciendo por lo mismo! —me regañó cuando pedí otra. No hay nada más efectico para un hombre mexicano que olvidar las penas ahogado en alcohol, hasta perder la conciencia. Sólo me faltaban las canciones de Vicente Fernández para dejarme morir—. Por poco lo arruinas todo, idiota, y ¿cómo es eso de que golpeaste a Livia?

—¡Yo no la golpeé! —dije con la lengua entumida.

—¡Estaba tirada en el suelo! —me gritoneó, mirándome con cuidado para corroborar que no tenía golpes en otra parte del cuerpo.

—¡Fue un… acto reflejo! —dije desesperado, odiando la palabra “golpear”. Luego intenté levantarme, con dolores en la espalda—. ¡Quiero ir con ella! ¿Dónde está?

—¡Donde te aparezcas delante de Valentino ahora sí te mata! —me devolvió Leila a la tumbona—. ¿Cómo has podido agredirla? ¡Era lo único que te faltaba para ser una basura total! ¡Medícate, Jorge!

—¡Que yo no la golpeé! —me defendí, con mi voz descompuesta—, pero, ¿sabes qué, Leila? ¡Si no me crees vete a la chingada!

—¡En definitiva, Jorge, tienes espermatozoides en lugar de neuronas!

Me tragué el odio que amenazaba con escapar por mi garganta, empinándome la cerveza entera a fin de que la rabia se disolviera en mis entrañas, donde ya me estaba rasgando y quemando con saña,  y luego dejé que Morfeo me abrazara.

JORGE SOTO

Sábado 31 de diciembre

04: 29hrs

Cuando volví abrir los ojos ya casi no quedaba nadie en la terraza. La piscina de vapor estaba vacía y el DJ se había marchado. Me incorporé bastante adolorido con la firme intención de buscar a Livia. Tampoco estaba Leila, la colombiana, ni el Serpiente ni sus mujeres por ningún lado. 

Todo era bastante horrífico y escabroso: la asfixia que sentía, la incomodidad, el miedo, la duda, la desconfianza, todo me consumía. Me quedé allí sentado como pasmarote, mirando el agua vaporosa que ascendía desde la piscina y se perdía entre el frío: y pensé en el día que le di el anillo de compromiso a Livia, esa vez en que lloramos juntos de felicidad, imaginando una vida eterna.

“Es un juego” “Todo es un juego” “Se trata de fingir” “Un juego, para salvar su integridad.”

Mientras pasaban los segundos, los minutos, y el tiempo en general, las pocas parejas que había se estaban marchando.

“Yo no la golpeé” “ahora ella me odia” “le doy miedo”.

Cada minuto, cada segundo, cada suspiro, cada parpadeo, era un hervir de celos y navajas que me despellejaban las entrañas, y fue hasta que el Serpiente apareció en la terraza conversando con Joaco y diciendo algo como: “Lo están pasando de lo lindo esos guarros, el Lobo y su Loba, allá arriba”, cuando reaccioné de verdad.

Los miré con terror. ¿Se refería al Bisonte y a mi ángel? La ansiedad me había taponeado los pulmones, volviéndose mi entorno irrespirable: de hecho, justo en ese momento, el desespero me estaba matando de rabia e impotencia. Sentí un hormigueo intenso en la cabeza que parecía querérmela reventar en mil pedazos, y fueron las palabras cáusticas y punzantes del Serpiente al decir “Si oyeras como brama la Loba esa, ufff, te mueres. Pedazo de zorrón, la están destrozando allá arriba”… la gota que derramó el vaso. 

Sería cosa del alcohol o la insoportable idea de pensar que mi novia estaba follando de verdad con Valentino lo que me hizo levantarme abruptamente como un resorte sin importar mis dolores musculares, entré a esa casa de mierda en mi propósito de buscarla, sin importarme más.

—¡Jorge! —gritó Joaco, espantado, yendo detrás de mí.

Atravesé el vestíbulo como alma que lleva el diablo, donde había más gente bebiendo, y subí a tropezones las escaleras hasta la segunda planta. Ni siquiera tuve que abrir puerta por puerta para descubrir en qué cuarto presuntamente se encontraba Livia follando con Valentino, pues en la primera puerta del pasillo la escuché.

De hecho, estaba tan seguro de que la que estaba dentro bramando como perra era ella, como estaba seguro de que esa prenda le pertenecía:

Adornando la perilla de la puerta de esa habitación colgaba la tanga coral que yo mismo le había regalado. 

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