DEVA NANDINY

Dudaba si debía contarle a mi marido mi encuentro de esa tarde con Olga. Muchos consideran que en el ambiente liberal en el que me muevo, nunca hay mentiras, y es cierto que no debería de haberlas. Pero muchas veces, por diferentes motivos, también ocultamos detalles, minimizamos situaciones o escondemos ciertas cosas. A veces, lo hacemos por evitar herir a la otra parte, o como en este caso, simplemente por orgullo personal. Me molestaba confesarle a mi esposo, el influjo que comenzaba a sentir por su expareja.

Lo último que pretendía era apresurarlo todo. Era consciente de que si Enrique conocía el dominio que ella comenzaba a ejercer sobre mí, todo se aceleraría. No obstante, mis sentimientos por Olga no habían cambiado. Era la típica niña rica, consentida, caprichosa, egoísta y sobre todo peligrosa, siendo este último el adjetivo que más me inquietaba. 

No pude asistir aquella reunión de trabajo tan importante para mí. Llamé por teléfono y hablé con Jaime, mi jefe directo en la sección para la que trabajó.

—¿Dónde estás, Olivia? —preguntó en voz baja, pero al mismo tiempo exaltada, —La reunión ha comenzado hace un rato, están todos los directores de departamento.

—Jaime, necesito que por favor me cubras hoy las espaldas. Ha ocurrido algo y no podré asistir.

Tras un breve silencio en el que pude escuchar de fondo al orador de turno, Jaime volvió a preguntarme:

—¿Qué ha ocurrido? ¿Estás bien? —Interpeló sin esconder cierto desaliento.

Ni siquiera había pensado en una disculpa. La relación con Olga ya comenzaba a afectar a mi vida personal de manera negativa.

—Estoy bien, —intenté tranquilizarlo, sabiendo de sobra la enorme atracción que sentía Jaime por mí—. He tenido que ir al colegio de mis hijos, me llamaron urgentemente cuando salí a comer. No ha sido nada, ya te contaré mañana.

—Será difícil exponer algunos datos de tu departamento. Me pones en un tremendo aprieto, Olivia. Pero intentaré que no se note tu ausencia.

—Te lo agradezco mucho, Jaime. Estoy en deuda contigo, —indiqué algo más tranquila.

—No quiero que me lo agradezcas solo de palabra, —expresó con cierta picardía—. Prefiero que me invites a cenar un día.

Sabía la obsesión que mi superior directo, tenía conmigo. De momento, lo tenía todo bajo control. Yo me reía, ante sus constantes comentarios, casi siempre aduladores de mi físico. Pero Jaime sabía hasta donde le permitía llegar: «Recuerda que soy una mujer felizmente casada», era la frase talismán, que únicamente tenía que repetirle cuando se excedía o se ponía demasiado reiterativo, en querer que nos viéramos fuera del trabajo.

—Está bien, —respondí riéndome—. Mañana lo hablamos.

Mi repetido rechazo hacia Jaime, se debía sobre todo por dos cuestiones: físicamente no era mi tipo, siendo bajito y sobre todo demasiado delgado, ya que me suelen llamar la atención los hombres altos y fuertes. Pero la cuestión que más me inquietaba es que, desde hacía muchos años, me había impuesto a mí misma no mantener relaciones con ningún compañero de trabajo.

Sabía por propia experiencia que ese tipo de vínculos terminan siempre mal. Siendo para mí el trabajo una cuestión muy importante, ya que me gusta tener cierta independencia económica, para poder vivir cuanto más desahogadamente mejor.

La vida te va dando lecciones, de las que tenemos que tratar de aprender. Recuerdo que, siendo muy jovencita, durante mi primer año de Universidad, trabajé a media jornada como dependienta en una pequeña tienda. Lo hice sin que mis padres se enteraran, pues la verdad, es que me venía muy bien el dinero para mis gastos extras. De esta forma, podía añadir al sueldo que me sacaba en la tienda, la mensualidad que me proporcionaban mis progenitores, reconozco que bastante generosa para una chica de mi edad. Siempre me ha gustado vivir bien.

El jefe era un completo idiota, un baboso y un completo machista retrógrado. Recuerdo cuanto me molestaban sus miradas viciosas y sus comentarios obscenos. Eran otros tiempos en el que las mujeres normalizábamos ciertos comportamientos anormales y deleznables.

Pero llegó un momento, en el que decidí sacar rédito a su asquerosa conducta. No soy ejemplo de nada y mucho menos un angelito. Por eso no oculto que, entre mis infinitos defectos, se halla también el de ser una mujer algo frívola y superficial, enganchada a las compras y a concederme toda clase de caprichos. Por lo tanto, el dinero me venía de perlas para fiestas y vivir como a mí me gusta.

Pronto que me di cuenta de que cuanto más me deseaba, más flexible y cómodo se me hacía el trabajo. En consecuencia, comencé a ponerlo a prueba, al principio lo hice llegando solamente cinco o diez minutos tarde, incrementando el tiempo poco a poco. Comprobé, que su enfado se disipaba en el acto, cuando me veían entrar a la tienda con una corta minifalda y una camiseta, que se ajustara perfectamente a mis voluminosos senos. Tampoco tardé en saber y sacar provecho de ello, del inmenso poder que tiene una sonrisa de mujer, cuando sabe hacerlo bien.

Me encantaba la sensación de llevar el control, dominar tan fácilmente al patán de mi jefe. Cuando quería pedirle algo era cuando me mostraba más cercana. Sabía llevarlo al límite y explotar su estado de excitación. Cuando estaba muy cachondo, era prácticamente incapaz de negarme nada.

Reconozco que, a lo largo de mi vida, nunca he sentido reparos en aprovecharme de esas cosas, ya he reconocido ser algo frívola y superficial. Lógicamente, no era algo gratis, cuanto mayor era el favor que pretendía sacarle, más cercana a él tenía que mostrarme.

Un par de años después de aquello, comencé a trabajar primero como becaría en un importante periódico. Siendo el trabajo para el que llevaba preparándome durante mucho tiempo. Cuando me quise dar cuenta estaba liada con mi redactor, que me sacaba más de treinta años. Él estaba casado con una locutora de radio, con la que tenía dos hijas, ambas mayores que yo. En este caso confieso que estaba loca por él, pese a ser mucho más mayor que yo, era un hombre sumamente interesante y atractivo. Me excitan los hombres inteligentes, que ejercen cierto poder al resto. En este caso, pensé más con el coño que con la cabeza. Creo que si me lo hubiera pedido, hubiera dejado al que, tiempo después, se convertiría en mi primer esposo y padre de mis dos y únicos hijos.

Fue una etapa dulce en la que mi vida marchaba sobre ruedas. Tenía el trabajo que siempre había soñado, la relación con mi novio avanzaba, hasta el punto que él ya me hablaba directamente de poner fecha para casarnos y de comprarnos una casa. Siempre quise tener hijos. Mientras tanto, la relación con mi jefe estaba en el momento más álgido y caliente. Todo era demasiado perfecto…  

Aquella tarde habíamos ido a un apartamento que él usaba en sus citas conmigo. En teoría, lo había comprado para tener algo céntrico donde descansar, cuando se le hacía muy tarde en la redacción. Él estaba sentado en el sofá viendo un partido de copa del Athletic. Mantenía los pantalones bajados hasta los tobillos, mientras yo de rodillas entre sus piernas, estando completamente desnuda, le estaba haciendo una pausada felación. Recuerdo que le encantaba ver el fútbol de ese modo, yo se la chupaba muy despacio, mientras él veía el partido.

—Joder, Olivia. Cada día me la chupas mejor, cariño. La verdad, es que tienes un don para las mamadas. Sin duda, tu novio tiene que ser un tipo feliz, —indicó, posando sus manos sobre mi corta melena rubia.

Yo iba a responderle, pero debí de intuir algo, porque giré instintivamente el cuello y la vi mirando desde la puerta del pequeño salón. Ignoro cuanto rato llevaba observándonos. Siempre he sospechado que el ruido de la televisión, no nos permitió oír la cerradura cuando ella abrió la puerta de la entrada.

Era la primera vez que la veía en persona, pero sabía que era su esposa.

—Cada vez te buscas a las putas más jóvenes, —chilló, mirándome con absoluto desprecio, mientras accedía a la sala.

Vestía con un traje pantalón oscuro de rayas diplomáticas. Era alta y extremadamente delgada. Su marido ya me había comentado en una ocasión, sus problemas con la comida. Por lo visto, llevaba media vida a dieta, incluso en un par de ocasiones llegó a estar ingresada. Su larga cabellera oscura, le proporcionaba un aspecto a su marcado rostro, demasiado duro.

No supe reaccionar y me quedé paralizada de rodillas, metida entre las piernas de su esposo aún con su verga en la mano. Mi amante miró a su esposa y luego me hizo un gesto para que me levantara.

—Lo siento, maitia. Son cosas que pasan… —Indicó empleando un término en euskera, subiéndose al mismo tiempo los pantalones en un gesto que, de no haber estado tan asustada, me hubiera resultado incluso cómico.

Yo cubrí mi desnudez, tapándome con mis brazos, incapaz de reaccionar. Estaba aterrada. En esos momentos solo pensaba en la vergüenza que sentiría si mis padres o mi novio se llegaran a enterar de aquello. Sobre todo, temía la decepción que se llevaría papá conmigo.

—¿Es esto lo que buscas? —me preguntó gritándome, arrojándome al mismo tiempo mis bragas a la cara. —Las encontré tiradas en el pasillo, zorra, —expresó, casi vomitando las palabras. Desprendiendo un odio hacia mí, que hasta ese momento nunca había percibido en nadie.

—Lo siento… —Balbuceé casi a punto de ponerme a llorar como una niña acobardada, al tiempo que me ponía las bragas, totalmente avergonzada. Él me hizo un gesto con la mano para que no hablara, tal vez pensaba que podría empeorar aún más las cosas—¿Qué te ha prometido este cabrón? ¿Cuánto te ha pagado para que le comieras su asqueroso rabo? Quiero saber, cuánto le tengo que pedir a este mamarracho en la demanda de divorcio, por todas las mamadas y polvos que le he echado, durante todos estos años.

Ella pensaba que yo era una prostituta, pero no me atreví a decir nada. Era más el temor que la vergüenza. Me acerqué hasta una silla donde estaba mi ropa y comencé a vestirme.

—Maitea, ha sido una tontería… Te juro que yo… —Intentó disculparse, usando algunos términos cariñosos en euskera.

—¿Cuántos años tienes? —Interrumpió a su esposo, gritando cada vez más exaltada—. Pagas a rameras incluso más jóvenes que tus propias hijas. Eres repulsivo, —estalló cada vez más enojada contra su esposo.

—Laztana, no sé qué es lo que me ha pasado…

Una vez que me vestí, intenté salir del salón pasando junto a ella, quería huir cuanto antes. Sabía que mi presencia, lo único que hacía era empeorar aún más las cosas. Pero la mujer, cada vez más cabreada, me agarró del brazo con tanta violencia, que incluso llegué a temer que pudiera agredirme. Instintivamente, me protegí con el brazo que mantenía libre, tapándome la cara.

—Escúchame bien, zorra… Porque no pienso volver a repetírtelo. No quiero volver a verte en mi vida. Te juro que si me entero de quién eres, no descansaré hasta que lo lamentes. ¿Lo has entendido? —Preguntó zarandeándome.

—Sí… —Respondí, moviendo con fuerza el brazo por el que me mantenía sujeta, hasta conseguir liberarme de ella.

—Ahora lárgate de aquí, pedazo de guarra… —Chilló con enorme rabia, justo antes de comenzar a llorar.

 Al final perdí un amante y tuve que dejar el periódico. Ignoro si alguna vez ella, llegó a enterarse de quien era yo realmente. O si, por el contrario, siempre creyó que yo era una mera prostituta, contratada para calmar el apetito sexual de su esposo.

Nadie de mi círculo cercano se enteró de aquello, ya que el matrimonio siguió adelante. Consiguiendo, como se debe de hacer siempre en estos casos, solventar la crisis de unos simples cuernos. Opino, que un acto tan frecuente como la infidelidad, habría que normalizarla.

Tuve que mentir en casa, diciéndoles a mis padres y a mi novio, que se me había terminado el contrato. Desde ese día me juré que nunca más volvería a tener relaciones con nadie del trabajo. Eso no quiere decir que, en determinados momentos, no haya coqueteado un poco, lo justo. O incluso, que me haya dejado querer haciéndome la inocente, por alguno de mis jefes. Por ese motivo, tener que salir a cenar con Jaime por culpa de la inoportuna visita de Olga, me incomodaba.

No obstante, considero que mi decisión de no acudir en aquellas condiciones a la reunión, fue lo más acertado. Hubiera llegado más de media tarde, con la cabeza en otro lugar, sin bragas y lo peor de todo, con la camisa horriblemente manchada de los restos, del semen del camarero

Si algo comprendí esa tarde, era que no debía dejar que Olga irrumpiera en mi vida como un elefante en una cacharrería. Mi existencia, ya se había complicado bastante, con mi reciente relación con Iván, el que siempre había sido el mejor amigo de mi hijo. *(Nota de la autora: Recuerda que ahora puedes leer la novela completa, «Seducida por el amigo de mi hijo» en Amazon).

Aquella noche, mientras veía la televisión junto a mi esposo, percibí en él una maliciosa sonrisa. Tanto es así, que incluso llegué a desconfiar de que la zorra de Olga, le hubiera contado a Enrique, lo que había ocurrido entre nosotras aquella tarde.

—Ramón nos ha invitado a cenar el próximo sábado. —Me indicó Enrique, mirándome de reojo, haciéndome comprender al instante a que se debía ese gesto de sorna en su rostro.

—Cariño, te aseguro que lo último que me apetece en estos momentos, es volver a tener al lado al sátiro de tu jefe. No quiero volver a verlo. Nunca, —incidí, matizando al máximo la última palabra.

—Estará Olga y creo que también asistirá Carmen. Pero si no te apetece ir, le diré a Ramón que no cuente con nosotros.

Me quedé pensativa. Olga me había confirmado esa misma tarde que no podía ver ni en pintura a la amante de su padre. Según me había asegurado, el único interés que movía a Carmen para acostarse con su padre, era el dinero. Es probable que la gente que ha nacido ya teniéndolo todo, no sepan comprender, lo que algunas personas son capaces de hacer para obtenerlo. Me parecía absurdo que Olga criticara en ese sentido a Carmen, cuando el único instigador que se aprovechaba tanto de su situación económica como de ser el tiránico jefe, del marido de la pobre mujer, era su propio padre. Por mi parte, intentaba entenderla.

 Me quedé en silencio, simulando que no me interesaba lo más mínimo el tema, pero esperando que Enrique volviera a sacarlo. Sin embargo, mi esposo permaneció callado, fingiendo cierto desinterés sobre el tema. Tratando de aparentar que le interesaba lo que estaban echando en la televisión en esos momentos.

—No entiendo como Olga puede hacerle eso a su madre. —Estallé al fin, sin poder aguantarme. —Marga se muestra muy cariñosa siempre con sus hijas.

—Cariño, no sé a qué te refieres. Siempre he considerado que el amor que Marga siente por sus hijas, es bien correspondido por ellas. Y en el caso de Olga, por lo que yo he podido percibir, aún más.

—No creo que ser cómplice de las depravaciones de su padre, sea un ejemplo de ser buena hija. Y menos aún, si tenemos en cuanta lo que harán. ¿Crees que se acuesta con él? —Lancé por fin la pregunta que llevaba días queriendo hacer.

Enrique soltó una carcajada que me hizo sentir realmente incómoda. En realidad, percibía que se estaba riendo de mí, y eso es algo que no soporto.

—¡Lo siento! —Lamentó entre desternillantes risotadas, sin ser capaz de hablar con normalidad. —¡Perdóname!

—No entiendo que encuentras de gracioso en todo este asunto. Si te digo la verdad, a mí, me parece más un drama que una comedia.

—Gracioso no es, lo admito. Pero que seas precisamente tú, la que desapruebe el juego que mantiene con su padre… —Indicó haciendo una breve pausa—. Me reconocerás, que como mínimo es sorprendente. Si hay alguien en este mundo que debiera admitir las relaciones poco convencionales, esa deberías de ser precisamente tú, cariño.

—No exageres, dices eso para defender a tu exnovia, —alegué con cierto retintín—. Te recuerdo que yo nunca llegué a tener nada con papá. Ni siquiera un breve o ligero acercamiento.

—Ya te hubiera gustado a ti el haberlo tenido… —Respondió riéndose abiertamente de mí—. Siempre has reconocido que la atracción que has sentido por tu padre, es la más intensa que has llegado a percibir en toda tu vida.  La llamada salvaje de la sangre, recuerdo que la denominabas.

—Yo era una cría cuando empecé a experimentar aquel insano deseo hacia él, —intenté minimizarlo.

—¿Y crees que lo de Olga viene de ahora? En el fondo no sois tan diferentes como a ti te gustaría. Os conozco a ambas —reconoció con torpeza—, y te aseguro, que las dos tenéis muchas más cosas en común de lo que te imaginas.

—No puedes compararnos, yo tan solo era una joven confundida y alocada. Por el contrario, ella es una mujer hecha y derecha. Actualmente, agradezco que papá, nunca se diera cuenta de esa insana perversión que sentí por él, durante un tiempo.

—Cariño, no te mientas a ti misma. El fin de semana pasado, cuando fuimos a visitar a tus padres, percibí como continúas exhibiéndote para él.

—¡Eso es mentira! —Grité casi descompuesta. No estaba dispuesta a que él juzgara lo que yo sentía o dejaba de sentir por papá.

—Cuando estaba con tu padre tomando una cerveza junto a la piscina, tú estabas frente a nosotros, tumbada en una hamaca. Te conozco demasiado, Olivia. A lo largo de todos estos años te visto exhibirte delante de muchos hombres, conozco tus armas. Seguramente lo hagas de modo maquinal o involuntario, pero te aseguro que sigues intentando llamar la atención de tu padre. Te gustaría saber que sentirías si él te hiciera esto, ¿verdad? —Me preguntó, posando una de sus enormes manos sobre uno de mis muslos, comenzando a deslizarla por la cara interior del mismo.

—¡Ah…! —Gemí al sentir el roce de sus dedos, sin comprender en que momento había comenzado a excitarme. —Vamos a la cama, —le pedí, pero él decidió seguir jugando conmigo. Al igual que un gato, se divierte con una presa que no tiene intención de comerse.

—Te recuerdo que tú también has probado el incesto. Llegaste a ser la amante de tu propio tío, durante años. Convirtiéndote en su puta particular, entregándote a él cada vez que te lo pedía. Pero en realidad, estoy seguro de que pensabas en él. Es así, ¿verdad, cariño? ¿En realidad fantaseabas que era la polla de papá, cuando follabas con su propio hermano?

—¡Cállate! —Exclamé más excitada que enfadada—. Pórtate como un verdadero hombre y llévame a la cama.

—Has sido la amante de varios de los amigos de tu padre, era como rozarlo a él, ¿verdad? Sabías que eso era lo más cercano que podías estar de él. Jodiste con su hermano y luego con algunos de sus amigos, pero tu padre ignora como eres en realidad. Para él, tú continúas siendo su dulce e inocente hijita.

Yo misma agarré su mano y la anclé entre mis piernas.

—Si no vas a joderme, por lo menos méteme mano, —manifesté, totalmente desparramada en el sofá, con las piernas soezmente abiertas.

—También te follaste a tu propio ahijado cuando solo tenía veinte años. Hay que ser puta, para follarse al hijo de una de tus mejores amigas. A Julen, casi lo querías como a un hijo… Incluso aún continúas abriéndote de piernas para él, cada vez que viene a España. Nunca he logrado entender que es lo que realmente te ató aquí, para no irte con él a Australia. Sigues enamorada de tu ahijado, ¿verdad?

—Sabes de sobra que Julen siempre será especial para mí. Ni siquiera tú, puedes competir con él. Siempre seré suya, es algo que no puedo evitar, —Indiqué llena de rabia y deseo. Sintiendo como sus dedos comenzaban a rozar mi hinchada vulva.

—Luego llegó Iván y no dudaste en convertir al chico en uno de tus amantes. ¿Disfrutas dejándote joder por el mejor amigo de tu hijo? ¿No te das cuenta de que moralmente no eres mejor que ella? —Preguntó, introduciendo los dedos en mi vagina.

Mi reacción fue abrirme de piernas aún más.

—Si me follas, te acompañaré a cenar el sábado con el viejo, —Negocié. Pocos hombres me han llegado a conocer tanto interiormente como mi esposo. Sabía exactamente que tenía que decirme, como hacerlo, como expresarse, como tocarme…

—Está bien, te joderé como la perra que eres aquí en el sofá, —mi marido sabía que la quincena que mis hijos vivían con nosotros en casa, yo solía comportarme de forma mucho más recatada. —No grites, o tus hijos podrán oírte.

Enrique se desabrochó la bragueta, me agarró de los muslos y tiró de mi cuerpo hacia abajo, como si fuera un objeto que quisiera colocar en un sitio preciso.  A continuación, apoyó mis gemelos sobre sus hombros.

—¡Vamos cariño, métemela! —Lo apremié, cada vez más ansiosa.

En ese momento percibí su glande, rozando y deslizándose por los prominentes y rosados labios de mi vagina.

—Tienes el chocho tan húmedo, que incluso cuesta follarte, —manifestó, justo cuando sentí la punta de su verga, en la entrada de mi sexo.

—¡Ah…! ¡Métemela, te lo suplico! Te juro que te acompañaré a la cena. Pondré muy cachondo al viejo, si es lo que deseas, —aseguré con dificultad, casi ahogada en mi propia lujuria.

Por fin Enrique me concedió lo que tanto deseaba, y de un golpe seco de cadera me la insertó entera. Pude sentir como mi coño cedía, recibiendo aquella estocada con verdaderas ganas, forzándose a dilatarse, para que aquella verga accediera hasta el fondo de mi sexo. Yo me mordí la mano para no chillar de gusto. Puedo asegurar que cuando estoy en ese estado álgido de excitación, el placer y el deseo a hombre, son tan fuertes, que se me hace casi insoportable.

—Dime la verdad, Olivia. ¿Con quién estás fantaseando ahora? ¿Quién te gustaría que te estuviera jodiendo en mi lugar? —Preguntó ansioso mi esposo, seguramente con la esperanza de que le dijera que estaba pensando en el viejo.

—¡En mi Julen! —Exclamé rápida como un rayo. Expresando cierto tono de nostalgia, al echarlo tanto de menos.

Juro que, a partir de ese instante, no tardé en correrme ni dos minutos.

Julen no solo es el hijo de una de mis mejores amigas, también es mi ahijado, siendo siete años mayor que mi hijo Carlos. Por lo tanto, cuando nació fue casi como un hijo para mí. Recuerdo ir a visitarlo todos los días, sostenerlo en mis brazos, darle el biberón, cambiarle los pañales, bañarlo, cambiarlo de ropa… Todas esas rutinas me hacían inmensamente feliz.

Los primeros años fueron duros, ya que era un niño frágil que enfermaba con facilidad. Eso hizo que todos nos volcáramos más aún en él. Desde pequeño, siempre fue muy cariñoso y tierno conmigo. Por lo tanto, desarrollamos una relación muy cercana y especial, manteniendo conmigo, un enorme vínculo afectivo. Le encantaba venirse a pasar los fines de semana conmigo a mi casa.

Sus padres tenían una economía muy ajustada, y yo me comporté siempre con él, como esa madrina desprendida y generosa. Me encantaba ver su carita cuando lo colmaba de regalos y le daba toda clase de caprichos. Lo llevé un par de veces de viaje a París, a un conocido parque de atracciones. También lo hice socio del Athletic al poco de nacer, le regalé su primera bicicleta, los patines de ruedas, etc. Todo me parecía poco, para mi querido ahijado.

Cuando rebasó la adolescencia dio un cambio físico tremendo. Convirtiéndose, en un muchacho alto y fuerte que acudía diariamente al gimnasio. Para desesperación de su propia madre, que siempre se comportó con él de una manera exageradamente protectora, le dio por los tatuajes y los piercings.

Pero mi relación con él cambió de repente un día, tan solo tenía veinte años. Fue algo tan brutal, que hizo tambalear mi mundo, mi moralidad y mis emociones.

En esa época yo aún estaba con Alex, mi primer esposo, aunque ya comenzaba a plantearme que hacía casada con él. Con Julen he vivido cosas que no he experimentado con ningún otro hombre, y considero que nunca podré llegar a sentir con nadie más, por lo menos de un modo tan intenso.

Lo amo. Lo quiero como a ese ahijado que he visto crecer cada día, pero también lo deseo y lo admiro como el hombre que es. Desde hace años, por motivos laborales, vive muy lejos de España. Apenas nos vemos, pero seguimos manteniendo la llama a través del teléfono. Siempre que regresa de vacaciones, espero ansiosa su llamada. Durante los días que mi ahijado pernocta junto con su pareja en casa de su madre, mi esposo es consciente de que no puede contar conmigo casi para nada. Se paralizan cualquier clase de planes. Pero mi marido es el hombre más inteligente que he conocido en mi vida y supo adaptarse a la situación, no luchando contra ello, y concediéndome ese capricho, de poder estar locamente enamorada de mi ahijado. Durante esos escasos días, no quedo tampoco con ninguno de mis amantes. Permanezco ansiosa esperando su llamada, estando siempre dispuesta para complacer a mi principito.

—————————————–

 Aquel sábado me levanté muy nerviosa. Esa noche cenaríamos con Ramón y con una de sus amantes, Carmen. Pero casi lo que más me inquietaba era la presencia de Olga.

«Faltan aún muchas horas para la cena», intenté tranquilizarme. Dos días antes había reservado cita a primera hora, en el salón de belleza. «Tratamiento completo», era consciente, de que eso serían al menos unas tres horas: masaje, revitalización facial, depilación, peluquería, manicura, pedicura…

Quería estar físicamente perfecta, sentirme irresistible. Mi rivalidad con Olga me forzaba interiormente a ello. Una vez que salí del centro estético, me fui de compras. Considero que ese es sin duda el mejor momento para probarte ropa. Sintiéndote radiante, feliz e inundada de serotoninas.

Decidí que comería algo en alguno de los restaurantes del centro comercial. Por lo tanto, ya le había advertido a mi esposo que hasta la tarde no estaría de regreso a casa. Era consciente de que ese día mi tarjeta bancaria echaría humo, pero no me importaba, siempre he pensado que el dinero que gasto en mi propia felicidad, es el que mejor invierto.

 Pensé en llamar a mi amiga Sandra y pasar la tarde juntas, pero desistí de la idea porque últimamente ella estaba atravesando una etapa un tanto rancia y carca, repitiendo constantemente, que ya no somos unas niñas para ponernos según qué tipo de ropa. Por lo tanto, ya no me resultaba tan divertido pasarme la tarde de tiendas con ella. «¡A la mierda, los cuarenta y… tantos! Sigo estando estupenda», pensé sonriendo.

A las seis de la tarde di la sesión de compras por terminada. Cuando llegué al garaje, llamé a mi esposo para que bajara y me ayudara con las bolsas.

—¿Has dejado alguna tienda con existencias? —me preguntó sonriendo.

—Deseo estar estupenda para ti, no quiero que te fijes esta noche en esa puta, —respondí dándole un beso en los labios.

—Me encanta que dos zorras como vosotras rivalicéis por mí. Si lo deseáis, puedo conseguiros una piscina de barro para que podáis pelearos con saña, —bromeó—. Aunque sabes de sobra que tienes esa partida ganada, incluso antes de empezarla. Estás estupenda, amor.

Me encanta ese momento en el que comienzo a vestirme frente al espejo de mi vestidor. Prepararme para un amante, saberme deseable y apetecible para él. Sabía que ese día no iba a follar con otro hombre que no fuera mi esposo, pero era consciente del morbo y del juego que desplegaríamos aquella noche.

La última vez que había visto al viejo, todo se había descontrolado demasiado en aquel caserío. Aún me veía allí tumbada, masturbándolo, dejando que se corriera sobre mis tetas. Me divertía que me deseara con ese fervor, aún podía percibir sus perversos ojos clavados sobre mi sexo, deseando follarme. En ningún caso disfrutaría realmente de mi coño, nunca lo cataría. Quería excitarlo, llevarlo al límite, dejarlo casi acariciar las puertas del cielo, pero jamás dejaría que las atravesara.

—Estás tremenda, —expresó mi marido acercándose a mí por detrás, pegando su entrepierna contra mi culo. Le encanta verme vestir para otros hombres, pero rara vez interviene mientras lo hago. Únicamente observa en silencio, intentando no contaminar la escena.

Percibí su polla pegada a mis glúteos. Estaba como debía de estar cuando una mujer se viste en presencia de un hombre. Dura como una piedra. Entonces lo empujé suavemente para que me dejara terminar de vestir, pero en el fondo, estaba encantada de sentir su morboso e incontrolable deseo hacia mí.

Enrique no pudo controlarse y levantó mi corto y ajustado vestido rojo, dejando al descubierto el encaje de mis medias negras, el tanga negro y el liguero.

—Cariño, no toques lo que no te vas a follar. Si sigues magreándome así, tendrás que comerme el coño, y sé que a ti no te gusta hacer esperar a tu jefe.

A través del espejo percibí su sátira sonrisa. Le encanta ese tipo de humillación, es un juego que él disfruta con enorme pasión.

—¡Qué culo de zorra tienes! —Exclamó, propinándome un fuerte cachete en una de mis nalgas, soltando mi vestido y alejándose de mí unos centímetros         

—¿Mejor que el de la puta de tu exnovia? —Le pregunté sonriendo, girándome hacía él. Hablando con absoluto desprecio de Olga.

Él decidió torturarme, no respondiendo lo que yo esperaba escuchar. Se acercó de nuevo a mí, levantó mi corto vestido, y en el mismo lugar donde me había azotado, me dio un cálido beso. Sus dedos habían enrojecido levemente mi blanca y carnosa nalga.

—Te espero en el coche, si no me largo ahora mismo de aquí, estoy tan cachondo que no podré controlarme y terminaré por follártelo, y ya sabes que prefiero ver cómo te lo joden otros, —manifestó, despegándose de mi cuerpo nuevamente.

—Ya te gustaría a ti, observar como el viejo me la mete. Pero te aseguro que te vas a quedar con las ganas. No se hizo la miel, para la boca del asno, —respondí, levantándome el vestido y propinándome a mí misma, un fuerte azote en el mismo lugar que él me había besado. —Soy mucha hembra y estoy demasiado buena para el viejo, ¿no crees?

Él se rio, mientras se acercaba hasta la puerta.

 —¿Qué zapatos vas a ponerte?

—Esos rojos de ahí, —indiqué con los ojos—. Mi madre siempre decía que los zapatos y los bolsos, nos eligen a nosotras, no al contrario. Cuando esta tarde los vi en un escaparate, comenzaron a gritar mi nombre.

Minutos más tarde, cuando cerraba la puerta de la entrada, coincidí con un par de chicos que esperaban el ascensor. Eran estudiantes que habían alquilado un piso en mi rellano. La comunidad estaba de uñas con el propietario, pues aseguraban que los sábados organizaban fiestas y hacían ruido hasta muy tarde. Pese a tenerlos tabique al lado, a mí nunca me habían molestado. Los sábados, precisamente a esas horas, nunca estábamos en casa. Me encantó notar como ambos intercambiaron miradas cómplices entre ellos, cuando accedí, junto a ambos, al ascensor. Sentí como si me estuvieran desnudando con los ojos.

—Ser buenos chicos y no hagáis demasiado ruido esta noche. El administrador de la comunidad, ha pasado a todos los propietarios una circular, avisando que estáis organizando fiestas nocturnas.

—Si quieres pasarte esta noche, estás invitada, —me dijo el que parecía más avispado de los dos.

—Gracias, —respondí regalándole una de mis seductoras sonrisas—. Pero esta noche ya tenemos plan, —indiqué usando el plural, refiriéndome a mi esposo.

—Intentaremos no molestar, —respondió el más cortado.

—En mi caso no me incomoda, los sábados mi marido y yo salimos a divertirnos y no paramos en casa. Además, os comprendo, yo también me corrí mis juergas cuando estudiaba en la facultad.

—Si un día te animas a repetir esas fiestas, ya sabes… Estás invitada, —comentó uno de los chicos, justo cuando se abrían las puertas al llegar abajo.

—Ciao, chicos. Pasarlo bien esta noche y ser buenos, —me despedí de ellos, encaminándome en dirección a las escaleras del fondo, que dan acceso a los garajes. Estaba segura de que me estaban observando por detrás, contemplando como me contoneaba sobre mis altos tacones rojos. Pero justo cuando iba a comenzar a descender el primer peldaño, no pude evitar girarme. En ese instante me topé con dos pares de ojos, que no perdían detalle a mis sensuales y femeninos movimientos. Parecían dos bobos anonadados de mis curvas. Les sonreí tirándoles un beso. Incluso pese a la distancia, llegué a percibir su sonrojo. «Jodidos críos», pensé bajando las escaleras para encontrarme con mi esposo.

*Nota de la autora: Recuerda, que también puedes encontrar mis novelas: «Seducida por el amigo de mi hijo» y «Primeras Experiencias» en Amazon.

Continuará

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