SYLKE & FRAN

Este relato forma parte de un experimento de relatos compartidos con diversos autores & autoras, lectores & lectoras de TR

Hay veces que piensas que tu vida no puede cambiar, que todo va a seguir como siempre, sin embargo, todo puede cambiar de la noche a la mañana. Eso me sucedió a mí, al día siguiente en el que cumplí los dieciocho.

CAPÍTULO 1 – EL BALCÓN 

Aunque es algo complicado confesar todo esto en público y lo que para muchos puede ser algo extraordinario, para otros podría significar la cosa más normal del mundo, para mí fue lo primero, pero bueno, vayamos por partes y para que comprendáis todo desde el principio, mejor empezaré con mi descripción: Me llamo Marcos tengo recién cumplidos los 18 años, soy delgado, alto y moreno, pero muy normalito y la verdad, bastante tímido. Nunca he tenido mucho éxito con las chicas quizá por esa timidez que me invade, lo cierto es que nunca he sido lo suficientemente decidido a acercarme a ellas y muchas veces he sido víctima de las burlas de mis amigos, que constantemente me comentaban si es que nunca me iba a lanzar para salir con ninguna, y me iba a estar matando a pajas toda la vida. Sí, hasta ese momento era virgen y sin ningún tipo de experiencia sexual. 

Pensaba que, en el fondo, mis colegas tampoco iban desencaminados del todo, metiéndose conmigo, porque siempre creía que las chicas no se iban a acercar nunca a mí, les tenía miedo debido a mi gran cortedad con ellas, teniendo en cuenta de que todos pillaban menos yo, sobre todo, el número uno era mi amigo Miguel, que se las llevaba de calle, era simpático, siempre bromista, rubio con unos ojos azules, vamos que a las chicas las ponía tontas y él, con su arte, se había estrenado de los primeros, en cambio yo parecía ser el último. Aún recuerdo como la noche anterior de ese cambio en mi vida, Miguel y yo habíamos salido a celebrar mi mayoría de edad, acabando bastante bebidos y al mismo tiempo él dejaba de repetirme que era el momento de lanzarme a la piscina y estrenarme, que había muchas chicas con ganas de pollas nuevas. Yo brindaba, pero nunca creía que eso fuese a pasar, al menos a corto plazo. 

El caso es que yo me mataba a pajas pensando en muchas mujeres cercanas a mí, como por ejemplo mis vecinas de la urbanización, algunas impresionantes o las amigas de mi hermana. Pero a mí, una que me ponía especialmente era mi profesora de Física y Química, de nombre, Aurora. Una mujer que rondaría los 50 años, pero que tenía un cuerpazo espléndido. No era el único, ya que más de uno estaba loco con esa madurita de rictus serio, pero que emanaba erotismo, al menos para las mentes juveniles llenas de testosterona. Aurora no era muy alta pero el culo firme y grande que mostraba y los pechos hermosos que resaltaba, hacía que muchas veces estuviera menos pendiente de las fórmulas químicas que de su contorneo a lo largo de la clase y a menudo, al llegar a casa, mi primera visita era ir al baño a pensar en los enormes globos de mi profesora. Si supiera ella la de leche que he soltado pensando en sus tetas. 

Bueno, sigo… vivo en una urbanización de la sierra norte, mis padres por su posición económica compraron un chalet con piscina y unas vistas estupendas a la sierra, la verdad no me puedo quejar de mi situación acomodada como hijo y, además, como ambos ganan bastante pasta, soy un afortunado que recibo todos los caprichos, bueno, tanto yo como mi hermana. 

Mi madre se llama Cristina y tiene actualmente 45 años, 1,65 de estatura, con sus curvas, pero una mujer muy atractiva y que además se cuida mucho en todos los aspectos. Ahora tiene el pelo con media melena de color castaño con mechas rubias. Es directora de una empresa farmacéutica, siempre elegante vistiendo por el trabajo que desarrolla y siempre realza sus ya bien puestos atributos, con faldas de tubo ceñidas, blusas entalladas, medias con liguero, tacones, un peinado coqueto, un maquillaje sugerente…. en fin, que llama la atención por su elegancia y su sensualidad.  Más de una vez mi amigo Miguel, cuando ha venido a casa, se le han ido los ojos detrás de ella, me daba cuenta de ello, aunque él lo negara con la boca pequeña, pero en el fondo estaba acostumbrado a ver a los tíos detrás del culo o las tetas de mamá y en cambio yo no reparaba en ello, porque evidentemente era mi madre, al menos no se había despertado nada en mí que no la viera como la había visto siempre. 

Continúo con la familia… Mi hermana Sandra, tiene 20 años, pelo moreno largo, 1,70 de estatura y quien ha heredado la belleza y las curvas de mamá, sin duda, especialmente en un pecho grande como ella, pero además Sandra, para que os hagáis una idea, ha hecho algunas pruebas para modelo. Es muy locuaz y un poco creída, la verdad, con la que casi siempre ando abroncado, supongo que nos llevamos como “buenos hermanos”. Desde hace un año está saliendo con el chulo de su novio, Mario, quien, por cierto, me cae fatal, y que siempre va alardeando de ser el más listo y el que sabe de todo. Mi hermana está embobada con él, aunque hay que reconocer que el chico pues es guapo con su pelo también moreno, ojos negros y músculos de gimnasio, aunque poco más le encuentro, porque es tonto a rematar. 

Mi padre, Ramón, tiene 53 años, medio calvo, y con su barriguita pronunciada, siempre trabajando, es también directivo de una empresa dedicada a importaciones, un buenazo, pero siempre activo y metido en su trabajo y bastante discreto en todo en comparación con mi madre que es más abierta e impulsiva, vamos que son polos opuestos… de hecho, cuando los veo juntos, pienso que no pegan mucho uno con el otro. Mi padre es además muy conservador… de los de no ser muy apasionado en nada, tampoco le veía en la cama a no ser fuera para dormir y darse la espalda con ella, al menos eso imaginaba yo y siempre he pensado en cómo llegaron a concebirme…  

Bueno, y por último y no menos importante está Celia, una mujer senegalesa, que ha trabajado con nosotros desde hace un montón de años, no solo en el cuidado y mantenimiento del hogar, haciendo las labores de limpieza y cocina, sino en nuestro propio cuidado y se puede decir que es como una más de la familia y casi fue más ella la que me atendió como madre en mi niñez, más que la mía propia, debido a sus obligaciones laborales de esta. Actualmente, Celia, esta mujer preciosa de ébano de 35 años y 1,60 de altura, sigue siendo también el sueño de muchos de mis amigos, aunque yo la siga viendo como una segunda madre… Para colmo, aparenta mucha menos edad. 

Nuestra vida es más o menos normal, mi hermana y yo en la universidad, aunque yo acabo de ingresar como quien dice con mi inseparable amigo Miguel, que es un año mayor que yo y repetidor de primero en la facultad. Mis padres trabajando y Celia poniéndolo todo en orden y cuidando los detalles, llevando en gran medida las riendas del hogar. 

Bueno pues si os preguntáis cuándo se produjo exactamente ese cambio radical en mi vida, deciros que fue más o menos de repente, casi todo fue sucediendo de forma precipitada y acelerada en la mañana de resaca tras mi día cumpleaños. El día anterior quedaron las velas, la tarta, las copas con mi colega y el comienzo de mi mayoría de edad.  Esa mañana, recuerdo que era sábado. Celia tenía el día libre y yo estaba en mi habitación con mi amigo Miguel, echando una partida en la consola mientras mi hermana con su novio tomaba el sol en el jardín. De pronto, cuando estaba en plena partida, se oyeron unos cuantos gritos provenientes del jardín, con una fuerte discusión entre ellos e inmediatamente detuvimos la partida escuchando a Sandra gritar… 

–          ¡Que no, joder, no te la voy a chupar, no seas pesado!  

Miguel y yo nos miramos con asombro y una ligera sonrisa y luego nos asomamos al balcón de mi cuarto, desde donde se podía ver al novio de mi hermana insistiendo en que le hiciese una mamada. Mi amigo Miguel no dejaba de darme codazos, celebrando esa riña tan particular sobre un tema muy íntimo de ellos. Sandra se había levantado de su tumbona y se dirigía mosqueada hacia la casa, ataviada con un pequeño bikini amarillo que apenas cubría sus pechos y un triángulo en su pubis… por detrás mostraba lo mejor de ella, su culo redondo. Y así me lo hizo ver una vez más mi amigo. 

–          Joder, macho, lo que debe ser que te la chupe una boca como la de tu hermana Sandra. 

–          No empieces, Miguel. ¡Eres un cabrón! 

–          ¡Buf!, es que no veas lo buena que está tu hermana. No me puedes decir que no te fijas en ella, joder… la habrás visto desnuda incluso. 

–          Pues no, ¿Qué te crees que soy? ¿un degenerado? 

–          ¿Por ver a una preciosidad desnuda en tu propia casa? Yo me la imagino desnudita en su cuarto y es que me pongo malo. 

–          ¡Joder, eres un pesado, tío! – protestaba yo como siempre. 

–          ¿Nunca has tenido la oportunidad de verla en pelotas desde algún rincón? 

–          Pues no, ¿qué te crees? 

–          Fíjate, yo creo que desde el balcón de tu madre seguro que hay unas vistas inmejorables. Debe ser flipante espiarla desde allí. Yo que tú lo haría. ¡Uf, esa diosa desnuda…! 

–          Oye, que estás hablando de mi hermana. Se te va la olla, ¿o qué? 

–          Bueno, me tienes que reconocer que no es una tía normal. Está buena que se sale, con estas tetazas y ese culo, joder… ya siento decírtelo así y sé que tú las miras de otro modo, pero te juro que, si fuese mi hermana, como poco, me mataba a pajas pensando en ese cuerpo y esas tetas asomado desde el balcón, un show en vivo y gratis. 

–          Te pasas, colega, de verdad – dije enojado. 

–          Perdona, macho, pero es que tiene a quien salir, ya sé que te jode, pero tu madre está tan buena o más que tu hermana. Menuda madurita que tienes en casa, luego tu hermana y para colmo Celia, esa negra que debe ser una diosa follando… eres el puto amo, Marcos. 

Aquello me estaba irritando por momentos, pues estaba diciendo barbaridades de mi gente más cercana. En el fondo quería estar enfadado con él, pero no porque no tuviera razón, era obvio lo que decía Miguel y ni tan siquiera podía negar lo evidente, pero quizás por eso fue cambiando mi percepción de las cosas, para empezar a ver con otros ojos lo que me decía y era eso lo que me enfurecía.  

–          ¿También vas a incluir a mi padre en la colección? – dije con sorna. 

–          No, mira tu padre me cae genial, pero nada que ver… pero eso sí, es otro suertudo teniendo esas tres hembras en casa. 

–          Joder, Miguel, que una de ellas es su hija… ¿No controlas o qué? 

–          Ya empezamos con los líos familiares, ¿Qué tendrá que ver que seáis familia o medio familia para no reconocer que están buenas las tres? Dime que no. 

En ese momento se volvieron a escuchar gritos en el jardín en la discusión de mi hermana con su chico y la última frase fue por parte de él. 

–          Bueno, pues si no eres tú, ya encontraré a otra que me haga una buena mamada. Tías que lo quieran hacer hay de sobra… – afirmó ese chulo. 

–          Estás loco, no te das cuenta de que no estamos solos, está mi hermano con su amigo, no te importa nada, sólo vas a lo tuyo- le gritó mi hermana. 

A continuación, mi hermana entró llorando en casa mientras el novio cogía su moto y salía mosqueado porque no le habían dado por ese capricho. Todavía no entendía como Sandra seguía con ese gilipollas. Mientras tanto, Miguel no dejaba de alabar los atributos de mi hermana, haciéndome ver que realmente era una hembra increíble y para colmo, él también soñaba con que una mujer así le hiciese una mamada. En ese momento Sandra pasó por delante de mi habitación con un claro signo de sollozo, tapando la cara con sus manos, algo que me dio bastante lástima mientras mi amigo seguía repitiéndome que ese culo no era ni medio normal, pues era tan redondo y perfecto como para perderse en él durante horas. Y luego cuando ella cerró la puerta de su cuarto para llorar desconsolada, Miguel me insistía: 

–          Joder, Marcos, es que los labios de tu hermana tienen que ser la leche, rodeándote la polla, no me digas que no… No me extraña que el novio se desespere. 

–          Mira tío, me tienes hasta los huevos. No tienes filtro, así que lárgate antes de que te parta la cara, que estás hablando de mi hermana, ¿vale? – dije ofendido casi gritando. 

–          Vale, tío, vale… ya me piro, que estás muy sensible tú hoy. 

Cuando se fue mi amigo, me dirigí al cuarto de mi hermana y tras llamar con los nudillos esperé respuesta detrás de la puerta al decirle: 

–          ¿Estás bien, Sandra? – intenté preocuparme por ella. 

–          ¡Déjame en paz, anda, que todos los tíos sois unos cerdos! – fue su respuesta al otro lado de la puerta. 

No me sorprendí por su airada respuesta, ya que estaba acostumbrado, pero entendí que no era el momento de intentar apoyarla, al menos desde mi experiencia, más bien nula en el sexo… pero lo que era seguro es que el gilipollas del novio le estaba atosigando con eso, cuando ella no quería y se lo decía claramente, aunque, bueno ese tema seguramente no era para hablarlo con un hermano varón, claro y esas cosas eran más de desahogo entre chicas, seguramente lo haría mejor con algunas de sus amigas, así que la dejé a solas y seguí con la partida en la consola. 

Durante el día, no dejaba de pensar en la discusión que había tenido mi hermana con su novio, realmente no sé qué tendría la polla de su novio para que ella no quisiera lamérsela. La verdad es que yo personalmente nunca había tenido la suerte de que me hicieran algo así, pero siempre pensaba que debía ser muy agradable y placentero, al menos así lo imaginaba en mis pensamientos, como lo había imaginado en mis masturbaciones pensando, por ejemplo, en cómo se comía mi polla mi profesora Aurora, pero claro todo se quedaba ahí…en mis imaginaciones, leyendo relatos o viendo alguna escena porno era todo mi conocimiento en el tema. Y hasta entonces yo creía que a casi todas las tías les daba asco eso, como en este caso, a mi hermana. 

Otra de las cosas que me cortaba mucho y me daba algo de miedo, era pensar en algo que les podría echar para atrás a las chicas, me refiero a lo del tamaño de mi polla. Una vez me la medí totalmente en erección y me marcaba, al menos 19 cm, además de gruesa, que es bastante… y si a eso le añadíamos que en las conversaciones con mis amigos siempre me comentaban que las mujeres huían de pollas grandes y gordas porque les hacían daño, al final en mi pensamiento estaba la frase que me repetía a mí mismo: “Marcos, nunca vas a conseguir follarte a ninguna mujer, ni por asomo”, “te vas a matar a pajas”.. – seguía diciendo para mis adentros. 

Mi hermana no bajó a comer y eso que Celia había dejado preparados sus espaguetis favoritos, pero detrás de su puerta me dijo que no quería comer nada. Por un momento me reí para mis adentros diciendo “tampoco la polla de tu novio”. 

Mientras yo estaba al otro lado de la puerta, recordaba las palabras de Miguel, si abriese en ese instante, ¿la encontraría desnuda?  Evidentemente no lo hice y volví a mi cuarto, en donde seguí echando una partida interminable y por la tarde a última hora, sin intercambiar más palabras con Sandra que seguía encerrada en su cuarto, llegó mi madre de trabajar, cuando yo estaba en la cocina preparándome la merienda. 

–          Hola mi niño, ¿qué tal estás? ¿Qué has hecho hoy? – me preguntó dándome un beso sonoro en la mejilla, como solía hacer siempre. 

–          Bien mamá, nada, esta mañana ha estado Miguel aquí, teníamos unos trabajos que terminar para presentar este jueves y luego hemos estado un rato jugando a la consola. 

Mi madre dejó caer una de sus socarronas sonrisas y luego con cara más seria: 

–          Marcos, cariño, recuerda lo que ha costado acceder a esa universidad, no quiero que lo tires todo por la borda desde el principio.  

–          Bueno, ¿por qué dices eso, mamá? 

–          Pues Miguel, es mayor que tú y repetidor, no sé si es tu mejor compañía y ahora, lo que debes hacer es estudiar. Si te pones lo consigues, pero con Miguel no creo hayas estado estudiando mucho, ese muchacho está siempre en su mundo y lo veo poco centrado, la verdad.  

–          Bueno, Miguel es solo un año mayor y además yo también soy mayor de edad. 

–          Sí, pero esa universidad la estoy pagando yo. – dijo seria. 

De siempre he sabido que Miguel no le cae muy bien a mamá. ¿Será porque ella ha notado que la mira con esos ojos lascivos? En esos momentos me acordé de las palabras de Miguel, alabando a mi madre, “si supieras lo que piensa de ti» pensé para mis adentros. 

No acababa de entender esa manía persecutoria de mamá contra Miguel y, de hecho, cuanto peor hablaba de él, más le alababa yo, queriendo sacar lo mejor de mi amigo, aunque claro para ella podría ser un joven repetidor, con una fama de conquistador y follador nato… además de querer desnudarla con la mirada.  

En el fondo, yo tenía que reconocer que Miguel tenía toda la razón. En comparación con otras madres de mis amigos, para la edad que tenía la mía, ella les daba cien mil vueltas… Mamá es una mujer muy atractiva, a la que pocas jóvenes le harían envidiar y yo en el fondo me sentía orgulloso de tener una madre tan guapa y sexy. Me fijé en que ese día vestía un juego de chaqueta y falda ajustada de un color gris y una camisa blanca, con los dos botones de arriba desabrochados y por supuesto, con sus inseparables zapatos de tacón que le marcaban una figura muy estilizada, además de esa elegancia sexy, realzando sus pantorrillas bajo esas medias negras, alzando al mismo tiempo su culo, que en ese momento ella tenía apoyado en la encimera. A pesar de todo eso, yo no dejaba de verla como mi madre y ni se me ocurría pensar en otras cosas, pero tampoco le podía reprochar a Miguel ni al resto de mis amigos que se la comieran con la mirada, yo haría lo mismo si sus madres fueran así. 

–          ¿Dónde está tu hermana? – me preguntó ella, mientras miraba alrededor de la cocina, bebiendo una copa de vino albariño frío, su favorito. 

–          Pues se metió en su habitación, con cara de cabreada y no ha salido de ahí- respondí levantando mis cejas sin querer contar más de lo que había presenciado. 

–          ¿Ya habéis discutido otra vez, Marcos? 

–          No, mamá, esta vez yo no he tenido la culpa. Te lo prometo. 

–          ¡Iré a su habitación a ver qué le pasa!, y luego me daré una ducha, mientras viene tu padre, que estoy agotada. 

Mi madre abandonó la cocina en dirección a la habitación de mi hermana que estaba en el piso de arriba y me volví a fijar, pensando en las palabras de Miguel, en ese culo que ella meneaba con tanta gracia, embutido en esa falda entallada que se subía ligeramente al subir las escaleras. Pensaba que, si Miguel estuviese aquí, se empalmaba seguro… “será cerdo el muy cabrón”, pero volví a pensarlo metiéndome en sus ojos, si su madre fuese como la mía yo también haría lo mismo, comérmela con la mirada. 

Subimos juntos y mientras yo me metía en mi cuarto, vi que una vez que mamá llegó a la habitación de Sandra le preguntó abriendo la puerta ligeramente: 

–          Hola cariño… pero ¿qué te pasa? – fue lo último que escuché oí decir a mi madre, una vez que cerró la puerta tras ella.  

Me invadió la curiosidad y me fui acercando sigilosamente para intentar escuchar lo que mi hermana le podría contar, supongo que no le iba a decir, así como así, que el mamón de su novio quería una buena mamada… pero a pesar de que pegué mi oreja en la puerta, no podía escuchar con claridad. 

En ese momento recordé las palabras de Miguel en cuanto al espionaje de su cuarto y lo cierto es que mi hermana tenía un ventanal en su cuarto y que podría observar todo desde el balcón contiguo, que era la habitación de mis padres. A pesar de meditarlo unos segundos, me pudo la curiosidad y entré en la habitación matrimonial de mis progenitores, descubriendo sobre la cama la ropa interior de mamá que tenía preparada para después de su ducha, que era un bonito conjunto de color lila… Cogí las pequeñas braguitas semi transparentes y me dije a mí mismo que cuando tuviese una novia, le regalaría algo así de bonito, seguro que estaría preciosa. 

Alcancé el balcón, asomé ligeramente la cabeza, pero sin ser visto y por suerte la ventana del cuarto de mi hermana estaba abierta. Saqué un poco más la cabeza y pude verlas a las dos sentadas al pie de la cama. Mi amigo tenía razón, el sitio era un lugar perfecto para espiar sin ser visto. 

Sandra estaba en braguitas y con una camiseta corta, creo que sin sostén por cómo se movían sus tetas al llorar, mientras mamá, a su lado, le acariciaba el pelo con ternura. Por un momento ambas miraron hacia el balcón, pero me sentí seguro y no se percataron de mi presencia, pues la contraventana me servía de escondite. 

–          Pero hija, no debes preocuparte por eso, mujer. Si no quieres, no quieres… tu novio no tiene que ser tan egoísta- dijo mi madre cogiéndola de una mano y acariciando su larga melena con la otra. 

–          Es que, mamá, todos los tíos son unos cerdos. 

–          Bueno, tampoco es eso, cariño. 

Entendí que Sandra le había confesado el lío con su novio, cuando le pidió una mamada, algo que según parecía nunca había hecho. 

–          Pero me da mucho asco. – dijo mi hermana. 

–          Hija, no tienes que hacer nada que no quieras hacer, pero que sepas que no a todas las mujeres les da asco eso. Supongo que es cuestión de gustos. 

–          ¿Acaso a ti te gusta? – preguntó mi hermana mirando fijamente a mamá esperando que le diera la razón. 

Me sorprendió mucho ver que mi madre tardara en contestar, de hecho, Sandra le insistió: 

–          ¿Mamá? – preguntó mi hermana arqueando sus cejas. 

–          Bueno hija, no te voy a contar mis intimidades. 

–          ¿Mamá, tú se la chupas a papá? 

Otro silencio que mi madre no sabía cómo solventar, pero miraba nerviosa hacia la puerta… tras la mirada inquisitiva de mi hermana, acabó confesando: 

–          A tu padre no, porque nunca le ha gustado eso. También hay hombres a los que les da asco… creo que pocos, por cierto – añadió mirando al techo. 

–          ¿Y a ti? 

–          Bueno, tuve otros novios…  

–          ¿Aquel italiano moreno? 

–          Sí… – dijo mi madre suspirando y levantando su pecho al hacerlo. 

–          ¿Y se la chupaste? 

–          Pues sí… se la chupé – dijo con una sonrisa que indicaba que recordaba ese momento. 

Mi polla se tensó irremediablemente en ese momento al escuchar las palabras de mamá. Era algo instintivo, juro que yo no quería empalmarme, pero lo conseguí, no sé si por ver a mi hermana en braguitas, por descubrir a mamá con sus piernas ligeramente abiertas debido a la falda algo subida, mostrando la costura del final de sus medias o esa frase contundente de “Pues sí… se la chupé” 

Mi hermana miraba a mamá incrédula, pero entonces ella le empezó a contar que eso era algo mucho más natural de lo que creía, que no debía mirarse con tanto recelo, aunque era una cuestión de gustos, naturalmente. 

–          Mamá, si ya sé que a muchas tías no les importa, la verdad es que todas mis amigas lo hacen, pero a mí me da un repelús… 

–          ¿Acaso lo has probado alguna vez? 

–          ¡No, mamá! – respondió Sandra de forma enérgica. 

–          ¿Entonces? 

–          ¿Me estás diciendo que pruebe a chupársela a mi novio? ¿Qué quieres que pote mientras lo hago? Entonces seguro que me deja para siempre, imagínate la escena… 

Mi madre estaba nerviosa, teniendo que hablar de cosas tan íntimas con su hija, pero entre mujeres resulta algo más natural, bueno, al menos eso quería pensar yo. Sandra negaba con la cabeza sin verse en esa situación 

–          No hija, yo no digo que hagas nada, pero decir que te da asco una cosa sin haberla probado. – dijo de pronto mamá. 

–          ¿Pero eso no sabe asqueroso?  

–          Pues te aseguro que no… es realmente delicioso. – afirmó mi madre dejándome alucinado. 

Noté que mamá enrojecía al decir eso, pues con su ensimismamiento se había dejado llevar a contar algo que parecía encantarle. Por un momento me pareció verla excitada recordando aquello…  

Mi polla estaba tan dura que no pude evitar sacar por encima de mi pantalón de pijama y pajearme escuchando el relato de mamá, cuando empezó a contar, tras la insistencia de Sandra, queriendo saber los detalles de cómo había sido su primera mamada. Mamá respiró y continuó diciendo que era algo que le resultó algo chocante al principio, pero al descubrir el sabor de un glande en su boca, supo que no era tan malo, sino al contrario, algo que se disfrutaba al máximo, sobre todo viendo la cara del chico, y cómo sus labios se apropiaban de un falo duro, mientras el chico jadeaba… al tiempo que su lengua dibujaba en tronco y cómo plantaba su lengua en la rugosidad de sus huevos. Incluso meterla entre sus pechos al mismo tiempo que la chupaba.  

Si no lo estuviese escuchando yo mismo, no hubiera asegurado que esas palabras salían de la boca de mi madre. Yo me pajeaba como un mono desde el balcón de la habitación de mamá escuchando ese relato insospechado, imaginando los labios gruesos de mi madre atrapando la polla de su exnovio italiano, que debía ser el hombre más afortunado de la tierra en ese instante. 

–          Bueno, no le des más vueltas, hija, si no te gusta, no tienes por qué hacerlo y si tu novio quiere buscar a otra porque tú no lo hagas, te infravalora y eso es que no te merece. Punto. 

–          Mamá, yo… 

–          Hija, no le des más vueltas, de verdad, a la noche volvemos a hablar que ahora estoy agotada y quiero darme una ducha. 

Mi madre se levantó en dirección a la puerta y Sandra se puso en pie ofreciéndome una vista de su redondísimo culo bajo un minúsculo tanga que se metía entre sus glúteos… mientras yo seguía pajeándome ante ellas dos… sin pensar que lo hacía realmente con las palabras de mamá y el cuerpazo de mi hermana. 

Tan aturdido estaba que no caí en la cuenta de que mamá había entrado en su habitación y no me había dado tiempo a escapar del balcón. En un principio me entraron todos los nervios del mundo, sin saber que hacer, no podía escapar de allí sin que percibiera mi presencia, así que no me quedaba otra que esperar a que mi madre saliera de la habitación.  Guardé mi polla tiesa, a duras penas bajo el pantalón de mi pijama y permanecí agazapado tras las cortinas. 

Disimuladamente me quedé observando a través del cristal lo que hacía mi madre. Juro que esa era la primera vez y no sé qué demonios pasó por mi cabeza, pero estaba intrigado y altamente excitado, pues a pesar del susto, mi polla seguía dura como el mármol. Mi madre, después de deprenderse de los zapatos, se quitó la chaqueta lanzándola sobre la cama y posteriormente fue desabrochándose la camisa, hasta quedar totalmente abierta, frente a mí, mostrando sus enormes pechos cubiertos por el sujetador de encaje negro que llevaba. 

–          ¡Madre mía que tetas tiene! – pensé para mí.  

Un calor inmenso se apoderó de mi cuerpo y noté como mi polla volvía a tensarse más después de haberme quedado paralizado al notar que ella entraba en la habitación, nunca pensé que me fuera a pasar esto viendo a mi madre, quería quitarme ese pensamiento de mi cabeza, pero no podía, era imposible, mi mano automáticamente de nuevo volvió a mi bulto acariciándolo sobre la fina tela de mi pantalón. 

Ella se desabrochó la falda y fue bajándola, sacando primero una pierna y luego la otra, dejando igualmente a la vista un tanga negro a juego con el sujetador que tapaba lo justo su entrepierna y unas piernas, que no eran ni gordas ni delgadas cubiertas por las medias negras sujetas por un liguero del mismo color. ¡Flipante mi madre con esa lencería! 

Me quedé embobado viendo ese cuerpo de la mujer que me había parido, estaba arrebatadoramente sexy… si bien había podido verla muchas veces en bañador o bikini en la playa y en la piscina de casa, pero nunca de esa forma. En ese momento no era capaz de verla como a una madre. ¿Qué coño me estaba pasando?, ¿Las palabras de mi amigo me habían confundido hasta el punto de no verla como una madre? 

Terminó por quitarse las medias, sentada sobre la cama y lo hizo de una forma tan sensual, que resultaba atrapante e hipnotizante ver como se deslizaba esa fina tela por sus largos muslos, hasta desaparecer por sus pies. Mis nervios se aceleraron cuando puso sus dedos sobre la parte trasera del sujetador para desabrochárselo. Estaba de espaldas a mí, sentada en la cama, cuando terminó desprendiéndose de él y después de dejarlo sobre la cama se levantó, ofreciéndome la visión de su culo redondo, realzado con el tanga. Se apreciaba duro y firme. 

Mis ojos se desorbitaron cuando se dio la vuelta, lentamente y ante mí aparecieron los pechos de mi madre, esos que me dieron de mamar años atrás… ¡Dios, eran enormes al natural!, ligeramente caídos, pero todavía muy firmes, con una aureola marrón que rodeaba unos pezones que parecían garbanzos. 

Una excitación inmensa se apoderó de mí, mi mano no dejaba de masajear mi polla que la había tenido que sacar del pantalón y más todavía cuando se desprendió del tanga, mostrando un coño totalmente depilado. Eso también me dejó sorprendido, porque su coño resaltaba entre unas piernas robustas, una rajita con unos labios muy marcados, pero a pesar de que siempre le gusta ir bien depilada de piernas, nunca había imaginado que mi madre estuviera totalmente rasurada ahí. 

No podía creer lo que estaba viendo al otro lado del cristal, aun a riesgo de ser descubierto, tenía la visión de mi madre totalmente desnuda, a la que siempre había tenido por la mujer prohibida de pensamientos impuros, a la que veía de una forma diferente. ¡¡joder, era mi madre!! Y no se podía tener ese tipo de pensamientos, pero mi cuerpo podía a mi mente y me estaba masturbando viéndola en esos momentos. A mi mente volvían las palabras de mi amigo Miguel, cuando decía “si fuera mi madre, estaría todo el día pajeándome” y yo le llamaba cerdo asqueroso, cuando lo soltaba, pues ahí estaba yo, haciéndolo, masturbándome frente al cuerpo desnudo de mamá y joder, ¡vaya cuerpo! 

Mamá se tumbó en la cama, mirando al techo, como pensativa, seguramente recordando la conversación que acababa de tener con mi hermana, cuando de pronto, sus manos se posaron sobre su estómago y empezó a subirlas hasta posarlas en sus grandes tetas, que por su tamaño se ladeaban hacia los costados y a continuación sus piernas se abrieron… 

–          ¿Qué le pasa? – pensé para mí con los colores subidos en mi cara y un calor tremendo que me invadía sin dejar de restregarme la polla. 

Mamá se pellizcaba un pezón con una mano y con la otro empezaba a tocarse la rajita, acariciándola de arriba abajo. 

–          ¿Mamá estaba cachonda? – me pregunté. 

Tenía que parar, darme la vuelta y mirar hacia el jardín, olvidarme que estaba ahí, viendo a mi madre masturbándose, pero cada vez lo hacía más intensamente, mientras mi mano también seguía frotando mi polla enérgicamente ante esa escena. Ella se metió dos dedos y pude escuchar un leve gemido saliendo de su boca, con su cabeza echada para atrás… Ese cuerpo prohibido era tan tentador, que era imposible dejar de observarlo. 

De pronto mamá abrió los ojos y me paré en seco. Por un momento pensé que me había descubierto en plena acción, algo que no hubiese podido justificar de ninguna manera, pero por suerte, ella no pareció percatarse de mi presencia y lo que hizo fue incorporarse levemente para buscar algo en el cajón de su mesita de noche. Al hacerlo, sus pechos quedaban ligeramente colgantes y balanceantes, al mismo tiempo que sus piernas ligeramente abiertas ofrecían su sexo brillante e inflamado. En ese momento sentí una poderosa envidia de mi padre, por tener a semejante mujer cada noche a su lado. 

Mamá sacó algo del cajón, que en un principio no alcancé a ver, cuando se volvió a tumbar y lo ubicó a la entrada de su coño. ¡Dios, era un consolador enorme de color rojo! No me lo podía creer todos esos acontecimientos seguidos… en poco tiempo no sólo me enteré de que a mi madre le gustaba mamar pollas, descubrí que le gustaba masturbarse y para colmo que tenía un juguetito, bueno, creo que no en diminutivo, porque era de tamaño natural. 

Ella se introdujo levemente ese dildo gigante y poco a poco, masajeando sus tetas empezó un mete saca cada vez más rápido, haciendo que todo su cuerpo se estremeciera justo en un momento en el que lo tenía totalmente insertado en su coño… soltando un gemido intenso que era música celestial y debido a mi energía se convirtió en mi propio orgasmo, casi al mismo tiempo que el de ella, soltando varios chorros que chocaron contra el cristal del balcón de mamá… Mi corrida fue brutal, con los ojos cerrados, notaba que no dejaba de salir leche, hasta vaciar mis huevos ante esa visión.  

Aun me temblaban las piernas tras esa corrida contra el cristal viendo a mi madre, cuando abrí los ojos, observé que ella caminaba hacia el cuarto de baño de su habitación, seguramente para darse una ducha y yo aproveché para guardar mi polla y salir de mi escondrijo a toda prisa. Avancé al interior de la habitación escuchando el agua de la ducha y por un momento me detuve al ver el consolador sobre la mesita. 

–          No, no lo hagas – me decía a mí mismo al acercarme. 

Lo cogí entre mis dedos y pude ver que estaba aún mojado con los jugos de mamá… los olí y me encantó sentir ese embriagador aroma, era algo penetrante intenso, olor a hembra, algo que nunca antes había experimentado, pero más aun, no conforme con eso, lo llevé a mi lengua y probar ese elixir, que me supo, francamente a gloria… esa era la primera vez en mi vida que probaba algo así, pero lo dejé de nuevo en su posición y salí pitando, con un sabor de boca increíble y mi polla todavía palpitando. 

Continuará… 

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