JOSÉ MANUEL CIDRE

-¡Tio! ¿Nadie tiene unas monedas? La petición del chico del peto vaquero y la camiseta a rayas sonó casi a lamento.

-¿Para qué? Yo ya te he dicho que paso de fumar.

-No tía. Es para pasar un rato en los recreativos.

El grupo de chavales se dejaba caer de aburrimiento en los bancos de piedra que se hallaban en torno a la fuente seca.

-Oye peña. ¿Soy yo o aquél tío se ha sentado en mitad de la carretera? El chaval que hace un momento quería ir a los recreativos, parecía haber encontrado otro pasatiempo. Todos se levantaron estirando el cuello para ver mejor.

-Ostras. ¿Se querrá suicidar?

Efectivamente, luciendo camiseta blanca y pantalón vaquero, un individuo calvo, delgado y con barba de color castaño acababa de tomar posesión de la mitad de la calzada, justo a la altura de las líneas de demarcación de ambos carriles, casi llegando a la intersección con la línea del semáforo.

En silencio, abrió su mochila y sacó un ostensible serrucho para, acto seguido, arremangarse la pernera derecha a la altura de la rodilla.

La alarma cundió entre los miembros de la joven pandilla. Algunos pudieron articular palabra. -Tío ¿Qué va a hacer?

-No irá a…

¡Oiga, oiga! ¿Pero qué va usted a hacer? Un hombre alto, delgado, repeinado hacia atrás salió corriendo de la cafetería de la esquina, cerca del cruce, levantando la voz al máximo posible. -¿No ve que esto es una vía pública? ¿Qué hace ahí en medio?

-Si se dirige usted a mi, caballero, y por si no lo ha adivinado, he de decirle que pretendo cortarme esta pierna con esta sierra.

-¡Joder!

-¿Pero que dice?

-Está zumbado.

Entre exclamaciones, los jóvenes de la pandilla fueron tomando posiciones. Aquello parecía que se animaba.

-Tío, tío. No te habrás traído la batería portátil ¿no? Tengo el móvil al 25%.

El hombre de la cafetería proclamó lleno de indignación; -¿Cómo que se va a cortar la pierna usted ahí en medio? ¿Pero no ve que aquí hay familias consumiendo en mi establecimiento? Que esto es una vía pública.

La réplica del hombre de la sierra no se hizo esperar.

-La sierra es mía y la pierna también. Supongo que no me va a negar usted el derecho de hacer con mi cuerpo lo que me de la gana.

-¡Yo no, pero ahora mismo llamo a la policía! Y entró como una exhalación en la cafetería. -A ver, Antonio, alárgame mi móvil. Será posible.

-A ver, a ver. Creo que esto lo podemos abordar mejor sin perder los nervios. Una señora se levantó de la mesa que ocupaba en la terraza de la cafetería, lucía una gabardina marrón, gafas de pasta gruesa del mismo color, pelo corto moldeado en tono caoba y el botellín de batido de chocolate que estaba consumiendo.

-Soy profesora de Filosofía en la Universidad -continuó- y creo que puedo aportar algo de reflexión.

-Yo no necesito reflexión. Ya he reflexionado. Me voy a cortar la pierna.

Caballero, por favor -respondió la profesora esgrimiendo una tímida sonrisa- creo que no es mucho pedir un momento de serenidad para preguntarnos en voz alta sobre la libertad, la autonomía, qué es el bien, el mal…

Ya está -el dueño de la cafetería salió con el mismo ímpetu de la vez anterior- Ahora vendrá la policía y arreglará todo esto. Vamos, hombre. Ahora va a resultar que podemos ir por ahí todos cortándonos las piernas.

-Le repito caballero que estoy hablando de «mi» pierna. No he dicho nada de que lo hagan todos.

-Efectivamente señores, esto es una típica aplicación de la primera formulación del imperativo categórico kantiano. La profesora movía el botellín al ritmo de su discurso.

Los chavales de la pandilla cuchicheaban.

-Tio, no pillo bien lo que pasa.

-Nada. El zumbado ese dice que se quiere cortar la pierna ahí en medio, el dueño de la cafetería dice que nones y ha llamado a la poli y la del batido no tengo ni idea de lo que está diciendo, yo soy de Ciencias.

-Pues yo también… Mira la poli.

Al final de la calle entraban dos coches de policía que acabaron colocándose a ambos lados del hombre de la sierra.

-A ver caballero -comenta una subinspectora mientras se baja del vehículo- tendrá que entregarme la sierra y acompañarnos.

En un rápido movimiento, el barbudo sacó un revólver de la mochila, mostrándolo de manera que lo viese todo el mundo.

-Creí que lo había dicho claramente. Me voy a cortar la pierna. Es mi pierna y mi sierra. Y dispararé a quien pretenda tocarme.

Los agentes se agazaparon detrás de sus coches, los de la pandilla saltaron tras el muro del parque y los clientes de la cafetería corrieron dentro, aunque la profesora quiso quedarse cerca de la puerta por si podía ayudar. Todos buscaron la manera de seguir contemplando el devenir de la situación, a la vez que se ponían a cubierto.

-Escúchenme por favor. Tras la contraventana del tercer piso frente a la cafetería asomaba una cabeza calva con bigote y gafas. -Escúchenme, debemos hacer lo posible para evitar que este asunto termine con violencia, soy juez retirado y puedo decirles que el código penal habla de delitos de lesiones, no de autolesiones, pero claro, en la vía pública hay menores y se podría entender como una incitación. Caballero ¿le importaría amputarse la extremidad en su casa?

Es la vía pública. Tengo derecho a estar aquí.

Mientras tanto, la pandilla seguía comentando:

-¡Cien seguidores nuevos! ¡Tio! ¡Cien!

-¡Claro! Habéis podido subir fotos a las redes. Yo como estoy sin batería.

-Oye ¿Qué hastags has puesto? #YoConElBarbas, #QueSeLaCorteYa, ah, jaja y #LaProfeDimision. Voy a ver si puedo hacer un directo.

Tío. Te imaginas que mientras estás con el directo, el barbas te pega un tiro. Se petaría tu cuenta.

La subinspectora de policía, hizo un intento de establecer comunicación con el hombre de la sierra.

-Caballero perdone. Tranquilo, no se ponga nervioso. Quería preguntarle. ¿Por qué quiere cortarse la pierna?

El hombre de la sierra, permaneció un tiempo en silencio y respondió.

-Nunca me he sentido bípedo. Desde siempre me he sentido mal teniendo dos piernas. Siempre me he identificado con las personas amputadas. Creo que tengo derecho a no seguir con un cuerpo con el que me siento mal ¿no?

La profesora tomó la palabra sin dilación -Evidentemente nadie es nadie para obligarle a seguir con un cuerpo con el que no se identifica. Sería un síntoma claramente totalitario.

-Que lo dejaría todo perdido de sangre ¡por Dios!, delante de mi establecimiento. El dueño de la cafetería miraba a todas partes como un león enjaulado.

De pronto, un ruido de voces empezó a escucharse. Un grupo de no menos de cien personas se acercaba por el Norte gritando consignas y con una pancarta morada.

Martínez. -Hablaban entre sí los agentes -¿Quién ha sido el descerebrado que ha dado permiso para esa manifestación? ¿No habíamos quedado en que había que cortar las calles adyacentes?

-La habrán convocado por redes sociales, sin pedir permisos ni nada. Abrió los ojos en gesto de asombro. -Pues ahí no queda la cosa, subinspectora, mire allá abajo.

Un número parecido de personas se acercaban al cruce en actitud similar, esta vez con una pancarta verde.

Mientras iban llegando los de morado se observaba al frente a un joven con melena y barbas largas que empuñaba un megáfono por el cual iba dictando las consignas.

-¡Si se quiere cortar la pierna como si se quiere cortar la….

Fidel cuidado, -le avisó una compañera que iba más atrás con el pelo rizado de colores y gafas de sol- que seguro que hay prensa por aquí.

El melenudo corrigió. -…como si se quiere cortar la mano!

A todo esto los de verde ya habían llegado. Todos repetían la consigna de la pancarta.

-¡La patria necesita personas completas!

El barullo cada vez se hacía más estruendoso.

Los de la pandilla seguían entretenidos:

-Pues tío, con el directo se me está yendo la batería también.

-A ver, a ver jóvenes. Estoy segura de que podremos plantear un debate interesante a partir de ambas posturas. La profesora de Filosofía hacía ímprobos esfuerzos por mantener la serenidad. Ambas manifestaciones se lanzaban; ¡Rojos!, ¡Fascistas! y vuelta a empezar.

El juez clamaba; -¡Por favor! No caigamos en la violencia. La Constitución ampara el derecho a la manifestación pacífica y sin armas.

En ese momento el hombre metió el revólver en la mochila. Todos se quedaron quietos y callados mirándolo fijamente. El chico de la pandilla seguía con su directo y la subinspectora susurró a los agentes que permanecieran atentos. Mientras se levantaba, «el barbas» guardó la sierra y se abrió camino por donde había venido.

Cuando casi había atravesado el parque donde estaba la pandilla, se dio la vuelta y gritó;

-¡Me voy a mi casa! No quiero seguir ahí. ¡Sois todos unos intolerantes! Y siguió caminado cabizbajo.

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