SYLKE

Me quedo ahí pasmada, frente al escaparate de la zapatería admirando esos taconazos negros que siempre me han llamado la atención cada vez que paso por aquí. Son realmente caros, pero creo que me los merezco y hoy más que nunca porque los necesito, pues tengo un compromiso importante: Visitar la exposición de cuadros de mi jefe y mi presencia deberá ganar puntos para que me renueve el contrato. Él apenas se ha fijado en mí o eso creo, porque en la oficina hay muchas chicas más espectaculares que yo, pero no sé, estoy segura de que cuando me vea con esos tacones voy a causarle impresión doble, primero por presentarme allí y ofreciéndole mis mejores galas. Estos tacones tienen que ser míos… con estos… ¡con estos tengo que triunfar!, son vertiginosos, altísimos, atrayentes, seductores…

Entro en la zapatería y un amable dependiente me sonríe para que le indique en qué me puede ayudar. Su mirada se dirige inevitablemente a mi escote, pues la blusa que llevo hoy, algo ceñida deja a la vista ese canalillo atrapante, otra de mis armas para contentar a Don Daniel y que el lunes de la orden de renovarme ese maldito contrato. La minifalda negra creo que va a ayudar también, a tenor de la mirada del dependiente que también me hace un buen repaso a mis piernas, embutidas en unas medias negras a medio muslo. Mi pelo recogido en un moño, también forma parte de mi atuendo para hoy, que tampoco pasa por alto del dependiente, que con un disimulado “escaneo completo” a mi anatomía, me pregunta.

–       Buenas tardes, señorita, ¿en qué puedo ayudarla?

–       Pues estaba mirando los zapatos del escaparate, los que están en la vitrina redonda.

–       ¡Entiendo!, tiene usted un gusto exquisito. Son nuestros mejores zapatos.

–       Algo elevados de precio, pero me encantan de siempre.

–       Esos tacones están hechos para usted. Le voy a buscar su número.

Desaparece y me siento en uno de los bancos esperando a que me traiga ese par de preciosos taconazos. El dependiente se arrodilla a mis pies y con delicadeza me ayuda a despojarme de mis zapatos, que son de apenas cinco centímetros, contra estos que son altísimos de más de diez, según parece. Nada más meter mi pie en uno de ellos me siento extraña, como poseída, al calzarme el segundo noto un hormigueo por todas mis piernas que llega a entremezclarse con un cosquilleo en mi sexo. Nunca había sentido nada parecido.

El hombre que me atiende parece embobado, quizá desde su posición alcanza a ver todas mis piernas hasta incluso allá de donde se ajustan mis medias a medio muslo, pues la minifalda se me ha subido ligeramente mostrando más de lo debido. Tras carraspear nervioso al pillarle fuera de juego en zona prohibida, me ofrece su mano para que me levante y mis tobillos tiemblan ligeramente al hacerlo, sin embargo enseguida me adapto a esa nueva vertiginosa altura.

–       Lo dicho, señorita. Esos zapatos están hechos para usted. – añade sin soltar mi mano y observando mi estilizado cuerpo.

–       No sé, creo que tienen demasiado tacón. – añado, aunque me encanta sentir mis pies en una posición tan elevada.

–       Camine un poco y verá que se sentirá segura.

–       Son realmente cómodos, pero no sé si me caeré de ahí. ¿No son muy altos? – digo dando un par de pasos hacia delante.

–       Tienen once centímetros, pero verá que son únicos al caminar con ellos.

Con su ayuda, tirando de mi mano servicialmente, consigo avanzar cuatro pasos más, hasta que él me suelta y viéndome segura, estiro mi espalda y camino con ese porte elegante que ofrece mi imagen reflejada en el gran espejo que tengo delante. Me siento distinta, sexy, atrayente…

–       ¿Y bien? – me pregunta el hombre dibujando con su mirada la curvatura de mis piernas, que se estilizan fuera de lo normal.

Me giro para ver mi figura en el gran espejo, viéndome altísima, también el moño que llevo hoy, me hace parecer más alta todavía, pero fijándome en mis piernas, veo mis muslos que han tomado una aspecto mucho más seductor, con una forma más robusta, de más a menos, hasta llegar suavemente a mis tobillos, que se rematan con esos tacones tan finos y elegantes. Fijándome en toda la estampa, parece que las proporciones que dan esos tacones, me hacen parecer mucho más delgada.

–       Me los quedo, porque si me lo pienso, no los compro. – sonrío al dependiente.

–       Es una gran elección y le sientan francamente bien.

Cuando dirijo mi mirada a ese hombre me doy cuenta de que tiene un bulto considerable en su entrepierna. No me puedo creer hasta donde alcanza el poder de esos tacones…

–       ¿En serio que me quedan bien? – le pregunto insinuante moviendo alternadamente mis pies y girando mi cuerpo hacia él.

–       Creo que no he visto nada igual.

Sonrío al darme cuenta de que su bulto sigue ahí bien definido. Si he conseguido ese efecto en un dependiente acostumbrado a ver piernas, mujeres y tacones…

–       Camine de nuevo, verá como se hace a ellos. – me invita el hombre con una gran sonrisa.

Así lo hago, voy dando pasos y me encanta verme ahí reflejada en el espejo. El sonido de mis tacones sobre la madera del entarimado resulta armonioso, en un “toc, toc” que anula cualquier otro ruido de alrededor. ¡Hasta el sonido es atrapante!

Giro de nuevo caminando hacia ese hombre que se queda flipado con mis sensuales andares y el taconeo sobre el suelo. Mis piernas tiemblan a cada paso y por ende mis pechos también, algo que le deja con la boca abierta. ¡Me siento pletórica y deseada!

–       Me los llevo puestos. ¿Podría guardarme los viejos? – le pregunto refiriéndome a mis otros zapatos.

–       Esto… yo, claro, señorita. – responde azorado, sin duda, impactado con mi nuevo aspecto.

–       Es que ahora tengo un evento importante y no puedo llevar nada encima. Mañana paso a recoger los otros, si no le importa.

–       Claro, encantado estaré de guardarlos hasta mañana.

Al hacer el pago, me doy cuenta de que le entrego el último billete que me queda, pero además mi tarjeta está sin saldo. Al fin y al cabo, estoy cerca de la exposición de mi jefe y caminaré andando con mis nuevos zapatos. Cuando llegue mi marido se encargará de pagar cualquier cosa, porque al pagar en la zapatería, me he quedado sin dinero.

Salgo a la calle con mis nuevos tacones y me siento importante… ¡Admirada! Me da la impresión de que todo el mundo me observa, lo que hace que yo exagere todavía más el movimiento de mis caderas y el sonido cadencioso de los tacones sobre la acera en un “toc, toc”, rítmico y sensual.

Nada más llegar a la sala de exposiciones, veo que hay mucha gente pero no encuentro a mi marido entre los asistentes. Le envío varios mensajes, pero nada. Mientras tanto, me doy cuenta de que alguno de los invitados no deja de mirarme y eso me encanta porque soy muy coqueta y me dejo querer. No dejan de servir cócteles mientras noto las miradas de todo el público presente, hombres y mujeres. Si, hoy, definitivamente… ¡Tengo que impactar a Don Daniel! – me digo a mi misma, mientras doy otro sorbo de la segunda copa de vino blanco que me acaban de servir. Es algo extraño, pero estando algo achispada y con esos tacones con tanta gente mirando, me estoy empezando a poner cachonda. Noto ese cosquilleo en mi sexo que me hace encenderme por momentos.

Al final recibo una llamada de mi esposo.

–       Hola amor. – me dice.

–       Hola. ¿Ya vienes?

–       Cariño, me voy a retrasar, tengo mucho trabajo todavía. Ahora mismo entro en una reunión importante.

–       Pero habíamos quedado a las ocho aquí, en la exposición de mi jefe. – le respondo algo mosqueada.

–       Lo sé, amor, pero me es imposible llegar ahora.

–       Sabes lo importante que es para mí.

–       Lo sé, pero estoy seguro que te las arreglas sola durante un rato.

–       Cariño, yo que me he comprado los zapatos para la ocasión. Esos que siempre quise tener y que te van a encantar.

–       ¿Los del enorme tacón?

–       Sí, esos. Me he quedado sin pasta, por cierto.

–       Bueno, tranquila. Ahí en el cóctel no necesitas dinero. Además serás el centro de atención con esos tacones.

Mi esposo me conoce bien y sabe que me he puesto guapa para el evento y esos tacones me hacen lucir aún más atractiva.

–       Disfrútalos y haz disfrutar a los demás. – añade.

–       Luego quiero disfrutarlos contigo.

–       ¿Ah sí? ¿Cómo? – pregunta expectante

–       Pues había pensado que cuando volvamos a casa podríamos jugar a eso que tanto te pone y es lo no llevar nada más que mis zapatos. Con estos voy a estar muy sexy desnuda…

–       Eres mala. Me la estás poniendo dura.

–       Por eso y con estos zapatos se te va a poner más, verás que guapa estoy.

–       Te imagino.

–       Yo me pongo cachonda con imaginar tu cara.

–       Me matas, cariño.

–       Lo sé, además, no sé por qué pero hoy estoy lanzada y creo que voy a dejarte estrenarme el culito – digo en voz baja totalmente excitada con esa conversación.

–       ¿En serio cariño? – responde él en tono eufórico ante esa nueva propuesta mía.

Me despido mimosamente de mi esposo sabiendo que le he dejado bien caliente, pero es que no sé qué me pasa que con estos tacones no soy yo misma y me excito sola, llegando a estimularme pensando en que mi marido me desvirgue de una vez el culo con ellos puestos. Me tomo algún canapé y me bebo la tercera copa esperando a mi esposo.

Por fin, más entrada la noche, llega mi jefe, Don Daniel, acompañado del séquito de moscones de siempre y nada más girar su vista hacia mí, cambia de rumbo mirándome de arriba a abajo especialmente mis largas piernas, que yo meneo con disimulo y cruzo a la altura de mis tobillos mirando aparentemente distraída un cuadro y con mi copa en una mano. Se me acerca…

–       Hola, preciosa. Al final has podido venir. – me dice agarrando mi cintura, dándome dos besos.

Creo que es la primera vez que mi jefe me da dos besos y aunque no es la primera que admira mi cuerpo, con mi indumentaria de hoy le he impactado, estoy segura.

–       Claro, no quería faltar a la presentación de su obra. Por cierto son preciosos. –  le respondo sonriente y señalando el cuadro que tengo enfrente.

–       Tú sí que eres preciosa. Y más alta de lo que creía – apunta haciéndome un repaso de arriba a abajo.

–       Gracias. Son los zapatos – respondo algo azorada apoyando mi mano sobre su hombro para no caerme, levanto mi pie hacia a atrás para que vea ese interminable tacón que calzo.

–       Esos zapatos son nuevos, ¿no? – dice él.

–       ¿Cómo?

–       Sí, la blusa y la minifalda ya te las he visto por la oficina alguna vez, pero con esos tacones, estás impresionante… ¡muy sexy!

Desde luego que es la primera vez que mi jefe me dice algo así y muy colorada, no acabo de contestar a sus halagos, cuando alguien reclama su atención para presentar la exposición y yo aprovecho para seguir mandando mensajes a mi esposo que se va retrasando más y más. Hablo con diversos compañeros, que han acudido al evento y también me piropean por mi atuendo. Creo que definitivamente hoy es mi noche, pues estoy siendo el centro de atención. Noto tantas miradas clavadas en mi escote y en mis piernas, lo que me provoca un nuevo cosquilleo en mi entrepierna.

.

Acabo bebiendo unas cuantas copas de vino y me siento un poco mareada, pero mi esposo me sigue diciendo que se retrasa y son casi las diez de la noche. En un momento me dirijo al baño y al pasar por la puerta principal veo que hay un hombre fuerte allí plantado de brazos cruzados que se me queda mirando fijamente durante todo mi paseo delante de él. Marco bien mis pasos, para que se fije especialmente en mis piernas. Le miro de reojo y me encanta esa cara que pone al verme. Le atraigo, no hay duda. No le conozco, aunque sospecho que es algún otro empleado de mi jefe. Me hago la desentendida recogiendo sobre mi oreja un mechón rebelde, pero en realidad es otro de mis gestos sensuales y femeninos. Su mirada clavada en mi canalillo y después en mis piernas. Me sorprende su voz varonil:

–       Hola, ¿acaso eres una aparición? – me pregunta, levantando su copa.

–       ¿Cómo? – pregunto volviendo mi cara hacia él que me mira fijamente a los ojos.

–       ¡Eres una diosa! – me repite descarado, mordiéndose el labio y escrutando todo mi cuerpo de cabeza a pies.

No le respondo, tan solo río forzadamente, caminando altiva con mis nuevos taconazos, intentando recordar su cara de algo, pero no, definitivamente no le conozco, supongo que será alguno de los matones que suele ir con mi jefe, pues no va trajeado como el resto, lleva una camisa de cuadritos y se adivina que está cuadrado. Me ha dado tiempo a poder ver que tiene unos brazos fuertes.

Al salir del baño, vuelve a sonreírme levantando su copa y me guiña un ojo sin dejar de mirar mis piernas mientras yo avanzo orgullosa de causar tantas sensaciones como esa. Si le he impactado tanto como dice, seguramente el pobrecito acabará haciéndose una paja esta noche a mi salud y eso vuelve a ponerme los pezones duros. ¡Esta noche tiene que acabar con polvazo con mi esposo! – pienso al calentarme tanto.

Pasa el tiempo y mi marido me dice que no podrá llegar, porque el trabajo se ha complicado y la reunión no acabará hasta medianoche, que me coja un taxi y le espere en casa solamente con mis zapatos que está deseando verme y estrenar por fin mi agujerito posterior. Entonces me acerco a mi jefe para despedirme, pues ya es tarde y la gente se está marchando de la pequeña fiesta.

–       Espera, ¿te vas ya? – me pregunta Don Daniel.

–       Sí, se me hace tarde. – respondo viendo como me mira sonriente.

–       Mujer, es pronto, son solo las once.

–       Sí, pero estoy algo cansada y he quedado con mi marido. – le respondo, pues en realidad con tanto vino lo que me siento es algo mareada y con ganas de rematar la faena en casa con mi esposo y mis nuevos tacones.

–       Muy bien, nos vemos mañana en la oficina. ¿Te dije que estás guapísima? – añade dibujando mi silueta de arriba a abajo.

–       Gracias.

–       ¿Te vienen a buscar?

–       No, llamaré a un taxi.

–       No. Usa el mío, que ahora ha quedado libre. Yo no lo necesitaré hasta dentro de un buen rato.

–       ¡Ah, genial! – respondo.

En ese momento Don Daniel se gira buscando entre la gente hasta que encuentra a aquel hombre fornido desconocido que me encontré al pasar a los servicios y que resulta ser su taxista.

–       ¡Raúl, Raúl!, tienes un servicio. – le avisa y me señala como su nueva pasajera.

Mi jefe besa dulcemente mi mano, dirigiendo su mirada una vez más a mi canalillo, después a los ojos y por último recorre la largura de mis piernas… Le noto encandilado y creo que me va a renovar, pues su sonrisa me dice que sí. Hoy he hecho mi labor de peloteo, pero además creo que le he impresionado más de la cuenta, incluso me parece que un bulto sospechoso se ha despertado bajo su pantalón. ¿Estaré logrando excitar a la gente tanto o serán figuraciones mías?

–       Llévala a su casa y cuídamela. – le comenta Don Daniel al taxista que tiene dibujada una gran sonrisa en su rostro…

–       Claro. Será un placer. . dice el hombre que abre su brazo para que me agarre a él.

Al hacerlo noto su antebrazo duro y musculado, sin duda es un hombre fuerte y alto, con algo de barriguita pero no le quita el atractivo general. Nos dirigimos a la calle y llegamos hasta su taxi. Me abre caballerosamente la puerta de atrás y aprovecha para darme una mano y de paso observar el movimiento de mis piernas entrando en el coche, donde seguramente enseñaré bastante más de la cuenta.

–       Hoy es mi día de suerte. – comenta el tipo y cierra la puerta.

Tras darle la dirección y mirarme a los ojos a través del espejo, vuelve su cara unos segundos y me pega otro repaso a los muslos en donde se adivina el dibujo del final de mis medias, pues la faldita ha quedado muy subida.

–       Trabajas para Don Daniel, ¿entonces? – me pregunta y arranca el coche.

–       Sí, bueno, mañana tendría que renovarme el contrato. – le digo.

–       Por la cara que ha puesto tu jefe, te renueva seguro. Le has impactado y bueno a mí también. Ya te dije que eres una diosa – añade mordiéndose el labio de nuevo sin dejar de mirarme por el espejo.

–       Gracias – respondo tímidamente y enrojeciendo por momentos-

Durante el trayecto el hombre no deja de hablarme y mirarme a través del retrovisor, incluso eleva su cabeza para adivinar la buena porción de muslo que muestro al estar ahí sentada. Estiro la falda inútilmente y noto como sigue atento a mis movimientos que dejo de hacer pues tanta distracción puede provocar que tengamos un accidente.

A mitad del trayecto noto que un calor intenso me sube de los pies a la cabeza. Acabo de recordar que no llevo dinero encima y para colmo mi tarjeta de crédito está excedida y no puedo hacer pagos con ella.

Me incorporo y toco suavemente en el hombro al taxista que se sorprende y me mira por el rabillo del ojo.

–       Perdona… tengo un problema. ¿Raúl, es tu nombre? – Le digo nerviosa.

–       Sí, dime, preciosa. ¿En qué puedo ayudarte?

–       Verás, es que me he dado cuenta de que no tengo dinero. Supongo que te podré pagar mañana o que lo haga mi jefe y ya se lo daré.

–       ¿Cómo? – pregunta y me mira seriamente por el espejo reduciendo la velocidad.

–       Sí, es que me iba a recoger mi esposo, pero se ha liado y no recordaba que…

–       Ya, ya, ese truco me lo sé. – dice él, cortante.

–       No, bueno… es verdad. Te lo juro – le insisto, pues no parece creerme.

–       Verás, bonita, este es mi medio de vida, así que eso de que no tienes dinero no me vale como excusa. Ya me han mentido muchas veces.

–       Pero don Daniel te podrá pagar mañana.

–       Mira, yo no puedo andar pidiendo dinero a nadie, me tienes que pagar la carrera y punto. Imagina que tu jefe me dice que no.

Noto mis manos sudar, pues me siento ridícula y algo contrariada pues no se me ocurre otra solución. Entonces me incorporo ligeramente para que ese hombre pueda tener una buena visión de mi escote. Me suelto un botón con disimulo.

–       Tienes que comprenderlo, Raúl. – le digo con mi mano en su hombro para que vea mi cordialidad y se fíe de mí.

El hombre echa un nuevo vistazo a mi escote girando su cabeza levemente y vuelve a pasar su lengua por los labios, para después seguir concentrado en la carretera.

–       Bonitas tetas se adivinan ahí. – me dice con una nueva sonrisa.

–       Huy, gracias. – añado abrochando de nuevo el botón haciéndome la despistada.

El hombre echa unas carcajadas y después detiene el coche aparcando en un lugar oscuro que no consigo identificar. Se apoya con su brazo en el asiento, me mira seriamente y luego dirige su mirada a todo mi cuerpo. Yo me echo para atrás algo asustada.

–       Si crees que con enseñarme el canalillo me vas a dar por pagada la carrera, vas lista, preciosa. Ese truco es muy viejo.

–       No, Raúl, no pretendía…

–       Mira bonita, tienes que pagarme y punto. Sin trucos. Si quieres te llevo a un cajero.

–       Verás, es que… no me funciona la tarjeta.

–       ¡Vaya, mira tú qué casualidad! – añade riendo a carcajadas.

–       ¡Es verdad!

–       Angelito, me tienes que pagar, no te voy a fiar, ni a ti, ni a tu jefe. Yo le hago el favor de llevarte, pero este es mi trabajo y no te conozco de nada. Compréndelo, preciosa.

–       Pero don Daniel podría…

–       No, yo qué sé si él te va a fiar a ti. O me pagas ahora o te dejo en la puta calle. – añade más serio.

Miro afuera y veo que todo está muy oscuro, pero fijándome en alguna farola lejana, parece la entrada a un polígono industrial, pero allí, desde luego, no hay ni un alma, ni tan siquiera sé en qué lugar concreto estoy.

–       No me puedes hacer esto. – le recrimino.

–       Vaya que sí. O pagas o te bajas.

Miro a la calle de nuevo y no hay luces cercanas, ni carteles, ni nada que me pueda servir de refugio en el caso de llamar a mi esposo y decirle que venga a buscarme.

–       Si me llevas al trabajo de mi esposo, él te podrá pagar.

–       Y… ¿Dónde es eso, bonita?

–       A unos veinte kilómetros, a las afueras.

–       Ni loco. No voy a hacer otra carrera en la que no tengo seguridad de cobrar.

–       Quizá a algún vecino al llegar pueda pagarte, al llegar. – añado nerviosa.

–       No, preciosa. Ya te digo que no me la juego.

–       Pero es que no sé de qué otro modo puedo…

En ese momento me mira y se relame. Parece pensativo, pero por su mirada lasciva entiendo que lo que quiere es otra cosa a cambio del pago de la carrera. Noto su cerda cara comiéndome. De repente suelta:

–       Si me haces una mamada, puede que te lo perdone, siempre que la hagas bien, claro.

–       ¿Cómo? – digo, agarrándome al borde del asiento, alucinada.

–       Me has oído, bonita. Me la chupas, me haces ver las estrellas y te llevo a tu casa.

–       Pero…¿Cómo voy a hacer eso?, ¿Estás loco?

–       Loco por tu cuerpo. Me la has puesto dura desde que te he visto en la galería. Esas tetas me tienen loco y esas piernas con esos tacones, ufff, nena, ¡levantas a un muerto!

Mi cabeza da vueltas, producto del alcohol que he tomado y nerviosa por la situación, pues nunca me había visto en otra igual. Desde luego es cierto que esos tacones están causando estragos.

–       Bueno, si quieres te enseño las tetas, si tanto te gustan y con eso te pago. – le digo.

–       Es una buena oferta, no lo niego, pero insuficiente, bonita.

–       Pero…

–       Mira, mejor aún, ¡me vas a enseñar las tetas mientras me la chupas!

Vuelvo a enviar un mensaje a mi esposo pero no responde, tiene el teléfono apagado. Pienso que estará de camino a casa y me imagino que deseoso de follarme de una vez, llevando únicamente puestos mis nuevos tacones, pero ni se creería en qué lío estoy metida ahora…

Estoy escribiendo un mensaje, pero lo borro de inmediato. No soy capaz de contarle lo que me está pasando realmente, pero no tengo muchas opciones y desde luego descarto lo de quedarme tirada en medio de la nada, con estas pintas, sin dinero…

–       Te puedo dejar el teléfono como prenda. – digo ofreciéndole mi móvil, pensando que eso podría salvarme.

–       No, cariño. No me vale para nada. Paso de móviles. ¡Bájate o me la chupas que no tengo toda la noche! – añade sin dejar de mirar mis piernas.

Me quedo pensativa: Total por una mamada a este tipo que no voy a volver a ver, tampoco se cae el mundo. Se la chupo, me lleva a casa y ya está, luego mi marido me echa un polvo de los buenos y habrá quedado en una anécdota inconfesable…

–       Vale, una mamada, pero nada más. – digo al fin poniendo mi dedo índice frente a su cara a modo de advertencia.

El taxista se relame y me mira con los ojos desorbitados, pues no se debe creer lo que ha oído por mi boca y que se haya cumplido su sueño. Pero añade con sonrisa burlona:

–       Bueno, tienes que conseguir que me corra y que vea las estrellas, entonces cerramos el trato.

–       Eres un cerdo, ¿lo sabías?

–       Creo que es lo justo. – añade encogiéndose de hombros.

Trago saliva, pero estoy segura de que con mis artes mamando, me va a durar un asalto, pues el pobrecito está nervioso desde que me ha visto, así lo ha dicho. Le enseño las tetas, se la chupo y se corre en dos minutos… El efecto de mis tetas y mis tacones, le van a hacer explotar en un abrir y cerrar de ojos.

–       De acuerdo. – añado decidida al fin.

Estira su mano ante mis ojos y se la estrecho para confirmar el acuerdo, sin creerme que esté haciéndolo realmente. ¡Seré puta! – pienso para mí –

El taxista sale por su puerta y se mete atrás conmigo. Me mira y pasa su mano por mi rodilla subiendo por mi muslo.

–       Las manos quietas. – le digo dándole un manotazo a su zarpa.

–       Mujer, me la vas a chupar, no creo que por esto…

–       Habíamos quedado que te enseño las tetas y te la chupo. Te corres y…

–       Las tetas y el coño. – me corta él.

–       ¿Cómo? No habíamos quedado…

–       No me entendiste. Lo único que quiero que te dejes son las medias y los zapatos. Te quiero desnudita del todo, chupándomela. Y es importante que no te quites los tacones, pues me pone mucho que una guarrilla como tú me la chupe con ellos puestos sin nada más. Seguro que me haces ver el cielo con esa boca de zorra que tienes.

Eso me hace recordar lo mucho que le pone a mi esposo eso mismo.

–       Ese no era el trato, Raúl. – le recrimino.

–       Pues eso o te quedas aquí, aunque te advierto que en este polígono no debe haber gente tan comprensiva como yo…

El hecho de pensar eso hace que un escalofrío recorra toda mi espalda. ¡Comprensivo dice!, ¡Será cabrón! Suspiro y cerrando los ojos por un instante, tomo aire, para a continuación ir soltando los botones de mi blusa blanca. Si no me hubiera bebido tres o cuatro vinos no creo que estuviera haciendo esto.

–       Sabía que eras una chica razonable. – añade el tipo viendo mis tetas aprisionadas en mi pequeño sostén negro.

–       Espero que no me pidas luego más cosas. – le digo seria, soltando los corchetes de mi falda y mirando el bulto de su pantalón…

–       Soy un hombre de palabra, no haré nada que tú no quieras, preciosa. Me la chupas, me corro y tan amigos.

No creo que seamos amigos ni mucho menos, pero sigo, me incorporo y saco la faldita por los pies, quedándome en ropa interior en el asiento trasero de ese coche, mientras el taxista me devora con la mirada.

–       ¡Joder, qué buena estás! Estoy a punto de reventar el pantalón. Me lo voy quitando… – añade.

Seguidamente él se despoja del pantalón y yo suelto los corchetes de mi sujetador, liberando de golpe mis tetas, ante los ojos abiertos del tipo que parece babear por el volumen de mi pecho.

–       ¡Pedazo de tetas, muñeca! – dice casi gritando.

–       Sin tocar, ¿eh? – le digo y sostengo mis pechos en ambas manos, elevándolas ante sus ojos.

De algún modo me estoy insinuando a este hombre al que no tendría que dirigir la palabra, pero no sé por qué, me está gustando jugar y ponerle así de cachondo. Creo que el hecho de girar mis tetas y señalarle con los pezones, le pone más nervioso y noto como se apresura en bajarse los pantalones. Por su slip, veo que el bulto que hay debajo es más que considerable. Me va a durar un asalto – me digo a mi misma – y me sonrío sintiéndome tan sexy y deseada.

–       Ahora las braguitas. – añade tartamudeando señalando mi tanga.

¡Joder, estoy loca! – pienso – Noto calor, supongo que el hecho de que el coche permanezca arrancado y la calefacción puesta influye, aunque el calor interno de mi cuerpo es otra cosa y mi coño está ardiendo realmente. Alargo intencionadamente ese momento, pues le noto muy burro, está totalmente excitado y al fin deslizo con mis dedos los costados de mi tanga y levantando el culo del asiento saco mi prenda por los tobillos enredándose ligeramente en uno de mis larguísimos tacones, ante su atónita mirada. Me quedo desnuda del todo en el asiento de ese taxi, con tan solo mis zapatos y mis medias.

–       ¡Dios, eres increíble, criatura! – me dice.

–       Te veo muy desbocado.

–       Eres mi sueño hecho realidad.

–       NI que nunca hubieras visto a una mujer desnuda. – le digo mimosa moviendo mis muslos y abriéndolos ligeramente para que pueda ver mi rajita levemente.

–       Hace meses que no tengo sexo, bonita.

–       ¿Y eso por qué?

–       Me divorcié de mi esposa hace casi un año. – añade cerrando los ojos unos segundos.

El hecho de saber que hace mucho que no tiene ningún tipo de relación me hace pensar  que me durará aún menos de lo previsto, pues soy buena mamadora, pero es que ahora, antes de empezar ya le tengo a punto de caramelo, en cuando me meta su polla en la boca va a explotar. Me temo que voy a hacer récord del mundo.

–       Pero ella es agua pasada, ahora tengo delante a una mujer de verdad, un bomboncito que me va a hacer feliz con mi sueño, esa fantasía incumplida. – añade.

–       ¿Cuál es?

–       Pues que una mujer tan bonita como tú me la chupe desnuda con sus tacones puestos. Mi mujer nunca quiso regalarme eso. Es mi fantasía más anhelada.

Entiendo que debe ser algo recurrente en más hombres pues a mi esposo también le pone mucho y además hoy que le he prometido quedarme en tacones y que desflore mi culito.

–       Pues ahora estás viviéndolo realmente y espero que cumplas tu palabra y me lleves a casa después.

–       ¡Claro, preciosa!, confía en mí.

–       Venga, sácatela y te la chupo. – le apremio.

–       Espera, preciosura, es que nunca he tenido una diosa como tú en mi taxi y mucho menos desnuda Es mi sueño, déjame admirarte. – añade mirando detenidamente mis tetas, mi cintura, mis caderas, mis muslos, mi chochito y después su vista se pierde en mis pies.

–       ¡Dios, qué maravilla!

–       ¿Eres fetichista de tacones…? –  Eso os pone mucho a los tíos.- le digo.

–       Dios, nena, eres un pecado andante y desnuda eres más que un sueño.

–       No te vayas a correr con solo mirarme. – añado volviendo a agarrar mis tetas y estrujarlas entre mis dedos delante de sus narices, más desafiante todavía.

–       Tranquila que tengo aguante. Pero verte así es tan alucinante. Nunca he visto nada igual, ni tan siquiera mi ex-mujer era de juegos y a ti veo que te gusta jugar.

–       Pues venga, sácate eso que pagaré mi parte y terminamos el juego. – le respondo siguiéndole la corriente…

En el fondo no es que quiera acabar cuanto antes, porque tengo que reconocer que estoy deseando ver esa polla de una vez y es que ya he visto que esos zapatos de tacón no solo hacen efecto en los hombres, sino también en mí.

Me pongo de rodillas en el asiento dispuesta a recibir el miembro de ese hombre. Vuelve a mirar mi cuerpo desnudo y al fin se quita esa última prenda. Me quedo sorprendida por el tamaño de su polla. Es grandiosa, sobre todo muy gruesa y llena de venas.

–       ¡Uf, qué gorda es! – digo alucinada.

–       Pues es toda para ti, preciosa.

Puedo notar un cosquilleo en mi sexo, cuando debería estar furiosa por atender al extraño pago que me obliga a hacer este taxista, sin embargo el hecho de provocar esa excitación en él, me hace estar a mí muy cachonda. Y claro, una polla es una polla y esta es especialmente hermosa.

El tipo se acomoda en el asiento y se desabotona su camisa, dejando a la vista su cuerpo desnudo y una considerable barriga, supongo que producto de muchas horas de taxi, pero esa polla es soberbia, y es inevitable compararla con la de mi esposo que no llega a ser ni tan larga ni, mucho menos, tan gruesa.

Seguramente hoy después de esta extraña experiencia con un desconocido taxista estaré más que dispuesta a que mi amado esposo me estrene el culito. Si me viera ahora, aquí desnuda a punto de mamársela a este desconocido…

El taxista se acomoda y echa su cabeza para atrás dispuesto a recibir mi mamada. Agarro su enorme polla por la base, y me resulta extraño tener algo tan grande, teniendo dificultad para cerrar los dedos alrededor. Me mira y sonríe al sentir ese abrazo de mi mano sobre su tiesa verga.

Empiezo a mecer lentamente su mástil, masturbándole lentamente, con mis ojos clavados en los suyos, mientras él alterna su mirada dibujando mi cuerpo que está arrodillado frente a él. Mis tetas bailan al compás de mi mano cada vez que descapullo ese vigoroso miembro.

–       ¡Vamos, nena, cómetela y vuélveme loco del todo!

Mi boca entra en contacto con el capullo y puedo notar el temblor de su cuerpo y un pequeño gemido que sale de su garganta. Primero, tras mirarle a los ojos y sonreírle, paso toda mi lengua por la largura de ese miembro enhiesto que parece no acabarse nunca. Mi mano se aferra a su grosor, cuando noto sus dedos acariciando mi cabeza en señal de agradecimiento a ese primer contacto de mi lengua con su verga… No se lo impido, pues sé que lo hago bien y está agradecido por mi labor que no es otra que tragarme su capullo y darle tres o cuatro chupones muy sonoros, sacándola de mi boca de golpe. Agito esa verga entre mis dedos en cuatro o cinco movimientos. Mi boca va lentamente abarcando ese trozo caliente de carne y me lo introduzco en entre los labios sosteniéndolo por la base, acariciando la entrada con mi lengua. Aprieto mi boca con fuerza para que haga que suene como un descorche cada vez que la extraigo de entre mis labios, luego vuelvo a acariciar con mi lengua su largura sin dejar de mirarle a los ojos, como una gatita en celo.

–       ¡Dios nena, nunca me han hecho nada igual! – gime el hombre.

De nuevo me afano en dar pequeños besitos a ese capullo y meterlo en mi boca y sacarlo junto con mi lengua para acariciar su frenillo, luego volver a intentar tragar cada vez más adentro. He conseguido meter más de la mitad, pero casi no me dan los labios. Vuelvo a sacarla de nuevo, pasando mis largos dedos jugueteando con ese enorme miembro y pongo mi cabeza de lado mirándole fijamente besando y abarcando su longitud, hasta que vuelvo a tragar esta vez hasta que mi garganta empieza a asimilar ese cilindro enorme invadiéndome. Tomo aire por la nariz y avanzo hasta tragarla del todo.

Me cuesta respirar y mi nariz no es capaz de coger una gota de aire. Saco toda esa verga y al hacerlo un montón de saliva mezclados con el líquido pre seminal se extiende entre mi boca y esa enorme polla.

Le masturbo y me quedo alucinada, pues tras un largo tiempo de sequía y mi habilidosa boca, pensaba que iba a explotar de inmediato. Vuelvo a tragar y esta vez le permito que sostenga mi cabeza por el moño aferrándose a él y ayudándome con el mete y saca hasta mi garganta, intentando que eso le lleve a correrse.

Nunca me había aguantado un tío tanto una mamada y creo que nunca me había metido una polla como esa en la boca. Sigo chupando y casi noto como crece cada vez que mi lengua y mis labios la atrapan.

–       ¡Dios eres buena, nena! – me repite, él acariciando mi cara con el dorso de su mano.

Vuelvo al ataque y sigo sorprendida de no conseguir hacerle correrse, además cada vez que me meto esa polla en la boca estoy teniendo un gusto dentro de mí que me enciende por momentos. Me imagino lo guarra que tiene que ser la escena de estar chupándosela a un extraño en su taxi, arrodillada y desnuda, tan solo ataviada con mis medias y mis zapatos de tacón.

La mano del excitado taxista alcanza mi espalda y dibuja mis curvas hasta llegar a mi culo que acaricia suavemente. Tampoco se lo reprocho, primero porque me está gustando demasiado y segundo porque sé que está tan encendido que le animará a derramarse en breve.

Me agradece que le permita acariciar mi culo y me anima a que siga chupando con esas ganas, intentando abarcar su enorme grosor con mi boca, pero resulta complicado y no aguanto tanto tiempo.  Entonces cogiendo ese pene con mi mano le pajeo al tiempo que empiezo a mamársela solo por la punta. Noto lo dura que se va poniendo por momentos y me da la impresión de que está muy cerca de eyacular.

Le miro a los ojos que de vez en cuando cierra y vuelve a abrir para mirarme mientras yo allí arrodillada en ese asiento trasero le estoy pagando el precio tan alto que ha puesto a la carrera. Engullo de nuevo la punta y voy avanzando hasta que el hombre vuelve a tomar mi cabello por el moño para meterme completamente su polla en la boca, pero es imposible y tengo que empujar su pecho y salir de esa, casi asfixia. Mi boca se llena de babas y fluidos, al tiempo que mis ojos empiezan a lagrimear. Esa polla es tremenda.

Ahora se la pajeo con las dos manos a mayor velocidad, pero él sigue aguantando mientras su mano dibuja mis caderas y mi culo. Vuelvo a tragarla hasta donde mi garganta me permite, teniendo que salir a respirar y llenar de babas toda esa verga que lubrico con ellas para volver a tragármela nuevamente, oyendo sus suspiros y gemidos acompasados por el propio chasquido de mi lengua y mi garganta.

Ahora la suelto con mis manos y bajo mi boca por ese tronco metiéndolo todo lo que puedo acariciando al mismo tiempo con mis dedos, su barriga y su pecho pero sigue aguantando sin ánimo de soltar su carga todavía.

La mano de ese hombre alcanza mi teta y la acaricia por el costado, pero cuando llega lentamente a tocar mi pezón no puedo evitar sentir un chispazo y soltar un largo gemido. Ha conseguido dar en mi talón de Aquiles y cierro los ojos con la polla totalmente metida en la boca.

–       ¡Eres jodidamente buena! – afirma él.

–       ¡Y tú un cabrón que aguanta mucho! –  le digo sacando ese enorme cilindro brillante dándome golpecitos con él en la cara.

–       Recuerda que hasta que no me corra no habrás acabado de pagar tu deuda. – me recuerda sonriente.

El cabrón parece muy seguro de tener que aguantar mientras yo sigo esmerándome en la mamada, hasta que vuelvo a notar su mano acariciando y estrujando mi teta derecha. Con mi lengua dibujo el glande haciendo círculos y jugando con su frenillo, lo que provoca un temblor inequívoco de placer, pero cuando su mano baja hasta mi culo y roza mi rajita, soy yo la que vuelve a gemir largamente. Ese cerdo está dándome un gusto extraordinario con sus dedazos de taxista. Me mete uno en la vagina y no se lo impido, tan solo le miro, saco su polla de mi boca y le sonrío.

–       ¿Te gusta, no? – me pregunta esperando ver mi reacción.

–       Esto es más de lo acordado. – le recuerdo.

–       Entonces ¿paro?

–       No, por favor, sigue.- le ruego y ni yo misma me creo estar accediendo a eso.

Mi lengua hace círculos en su glande cuando noto su dedo meterse incesantemente en mi coño… hasta que lo saca y lanzo un largo suspiro, pero cuando intento reponerme, vuelve a meterlo una y otra vez, para luego abandonarlo durante más rato. Le miro sorprendida porque haya parado y entonces, tras sonreír cambia de agujero y me inserta su dedo en mi inexplorado ano. Al principio me quedo inmóvil y después de que mi esfínter se haga a ese dedo intruso, le permito que siga hurgando hasta dejarlo completamente metido. Un gemido sale de mi garganta y sé que ya no estoy pagando solamente el precio del viaje, sino que estoy viajando a un mundo diferente del placer. Ese hombre, además de tener una impresionante polla, es buenísimo dando placer al mismo tiempo que una se la chupa y su aguante es inédito para mí… Reconozco que mi marido no me hubiese durado ni cinco minutos con una mamada tan entregada como esta y ahora no sé el tiempo que llevo, pero más de diez veces de lo que hubiera podido aguantar mi esposo, seguramente…

Ese taxista me sonríe porque sabe que estoy también entregada a sus caricias, cuando de pronto, su mano abandona mi culo y avanza por mis muslos dibujando mis piernas en toda su largura con la mirada primero y luego descubriendo la suavidad de mi piel con sus dedos. Se entretiene en los tobillos mirándome sonriente, mientras mi boca y me lengua me duelen de tanto chupársela.

De pronto me quita un zapato y lo acerca a mi cara. Me muestra ese enorme tacón frente a mis ojos y vuelvo a sonreír, ya que esos zapatos están consiguiendo tantas cosas esta noche, que ni me lo hubiera creído en un principio. He conseguido ser feliz luciéndolos, encandilar a mi jefe, ser una atracción para todos y ahora este taxista fetichista que disfruta tanto con ello. Le noto ronronear mientras se la chupo y juega con el tacón y el cuero de mis nuevos zapatos que de vez en cuando pasa por mi frente, mi barbilla, mi nariz, mi cuello… De pronto me agarra por el moño y tira de mí para que deje de chupársela de golpe. Entonces sustituye su polla por el tacón de mi zapato que mete en mi boca.

Me siento extraña, pero me gusta su juego y sigo acariciando su polla con mi mano masturbándole mientras me mira extasiado con el tacón de mis nuevos zapatos totalmente metido en mi boca mientras lo lubrico con mi saliva sacándolo y metiéndolo, dejándolo  completamente empapado. Tras extraerlo de mi boca, dibuja con él mis curvas, pasando por mis pechos, mis caderas, mis piernas y luego sube de nuevo hasta que noto el tacón rozando mi rajita. Me mira sonriente y de un golpe me mete el tacón hasta la mitad en mi coño. Cierro instintivamente mis piernas pero al hacerlo las paredes de mi vagina lo atenazan y eso produce un extraño placer dentro de mí, al sentir tan de lleno ese cuerpo extraño invadiendo mi apretado chochito.

Abro mi boca para coger aire cuando el hombre mete y saca el tacón de mi coño como si me estuviera follando con él. Pero no se lo reprocho, al contrario, me está gustando demasiado y él vuelve al ataque, sabiendo que tiene vía libre, disfrutando de los hipidos y jadeos que salen de mi garganta.

Al notar sus manos estrujando mis tetas y sentir ese extraño objeto dentro de mi coño, mi cuerpo se convulsiona presa de un extraño pero intenso orgasmo apoyando mi cabeza en la barriga de ese desconocido. Ha conseguido que me corra con mi zapato dentro del coño. ¡Es alucinante!

Abro mis ojos, mirando fijamente a ese taxista que me sonríe, sabiendo que es una de sus locas fantasías incumplidas. Su polla palpita entre mis dedos, hasta que cambia de agujero y esta vez, lentamente me mete el tacón por agujerito posterior, cuando apenas estoy reponiéndome del orgasmo. De mi boca sale un pequeño grito, al sentirme invadida por ahí, pero no soy capaz de decir nada, tan solo disfrutar de esa mezcla de dolor y placer tan extraño atenazado por mi virgen esfínter…

–       ¿Te gusta? – me pregunta.

–       Sí. – contesto agitada, todavía con el tacón metido en mi ano.

–       Ahora, voy a follarte. – añade sacando el zapato con suavidad y poniéndolo de nuevo en mi pie.

Permanezco en silencio y no le recrimino tampoco por eso, ya que no es lo pactado. Estoy tan caliente que un buen polvo terminará por arrancarme un segundo orgasmo. Me incorporo dispuesta a cabalgar sobre esa polla, pero él me detiene, dejándome sorprendida.

–       Espera, putita, no tengas prisa, quiero realizar otro de mis sueños. – me dice.

Sale por la puerta y se pone fuera del coche, totalmente desnudo. Las luces de los focos iluminan su cuerpo. Entonces me bajo y noto el frío de la noche, pero no me importa, estoy muy caliente y voy a cumplir la fantasía de ese hombre y de paso a disfrutar de esa polla dentro de mí. Camino despacio hacia él, marcando los pasos y haciendo que mis tetas boten cada vez. Es tanto el silencio de ese inhóspito lugar, que mis tacones retumban sonoramente en el suelo mientras él sigue esperándome, acariciando su polla, observándome con detenimiento. La imagen no puede ser más cachonda. Debo parecer una auténtica puta, desnuda en aquel paraje, tan solo llevo mis medias a medio muslo y mis larguísimos tacones. El tipo me coge por la cintura y me besa. Noto su boca atrapando la mía, me muerde los labios ligeramente mientras sus manos oprimen los cachetes de mi culo. Entonces me azota con sus manos y me ordena que me dé la vuelta.

Me pongo de espaldas a él expectante de su nuevo juego. Me empuja suavemente de la nuca hasta que mis tetas quedan aprisionadas contra la fría chapa del capó del taxi. A continuación abre ligeramente mis piernas y agachado pega un lametazo a mi rajita haciéndome estremecer de placer. Mis manos se aferran a ambos lados de ese coche, para seguir disfrutando de la lengua de ese hombre, que sigue chupando, lamiendo y mordiendo mis labios vaginales. Mi cuerpo recibe varias descargas de placer, tumbada allí, desnuda, boca abajo sobre ese motor todavía encendido, algo que me hace recuperar el calor en esa fría noche.

–       Eres una maravilla, ¿sabes? – añade acariciando la cara interna de mis muslos, hasta llegar a mis tobillos, y tocar mis zapatos nuevos.

–       ¡Fóllame, no puedo más! – le ruego allí tumbada con mis tetas aplastadas contra la chapa…

Noto su risotada y después su lengua jugando con mi clítoris, No puedo más y él lo sabe. Mis gemidos se escuchan con eco en aquel oscuro paraje. De pronto su polla quiere abrirse paso en mi coño. Noto el glande entrando sin ninguna dificultad, pues estoy empapada entre mis propios fluidos y las babas que me ha dejado en toda la zona, estoy más que lubricada. Acaricia mi espalda hasta agarrarse a mi moño que a esas alturas está totalmente desmadejado.

Tirando de mi pelo, me inserta de golpe su polla hasta lo más hondo de mi coño, logrando que lance un grito levantando mi cabeza. Me ha llenado por completo, incluso el tipo sigue empujando su cuerpo contra el mío, empotrándome con su peso sobre el capó, creyendo que me va a aplastar. Lanza un intenso gemido y tras agarrarse a mis caderas empieza a follarme fuertemente contra su coche. Mis pechos se aplastan incesantemente contra la chapa del taxi y solo se escuchan mis tacones chocar contra el suelo como si fuera un taconeo lento cada vez que su polla entra y sale de mi coño.

–       ¡Dios, preciosa, que estrechita eres! –  me grita, mientras me agarra con las dos manos de mi pelo follándome con rudeza, como la auténtica perra que soy.

Me encanta sentir ese miembro entrando bruscamente en mi coño, tan diferente a como lo ha hecho siempre mi esposo, con delicadeza, con tanto cariño… Ahora, este desconocido me está follando bruscamente, de forma ruda y traicionera, pero me encanta sentirme llena con esa gorda verga que arranca los más intensos gemidos y gritos que nunca solté con mi esposo. Mi coño se aferra a su poderosa polla, sin querer que nunca se salga, sintiendo un enorme gusto con ese vaivén incesante del choqueteo de nuestros cuerpos y el sonido de mis tacones cada vez que me eleva en sus embestidas y vuelvo a caer sobre el asfalto. Un escalofrío recorre todo mi cuerpo, al sentir varias cachetadas y el segundo orgasmo me invade entre gritos sin que su polla deje de taladrarme con esa inexplorada dureza.

Me quedo medio noqueada y no sé cuánto tiempo llevamos follando, pero me está clavando la enorme verga incesantemente, sin detenerse un segundo… y sin que el tío haga un amago de correrse en breve. Es increíble su manera de aguantar. Entonces recupero un hilo de consciencia cuando le digo.

–       ¡Por favor, no te corras! – le ruego.

–       Esa era el trato, putita ¿recuerdas?- me repite mientras sigue embistiéndome y mis tacones retumban en el suelo con su pelvis chocando contra mi culo una y otra vez… ¡miles de veces!

–       ¡No por favor, ¡dentro no!,  ¡No tenemos protección!

El hecho de que ese tipo me pudiera dejar embarazada me hace tener un nuevo mareo.

–       Tranquila que no me corro en tu coño. – añade el tipo, deteniéndose de pronto.

Lentamente saca su dura verga de mi rajita y cuando quiero girarme, él sostiene mi nuca con una mano contra el capó, dejándome inmóvil sosteniendo su verga en la otra mano. Puedo ver de reojo su polla babeante y su barriga sudorosa.

Noto como el frío envuelve mi palpitante coño, que ha quedado huérfano de su enorme polla. Pienso que se estará masturbando y que se correrá en mi espalda, pero lejos de eso, noto como su glande, juega a la entrada de mi coño y se embadurna para orientarse directamente a la entrada de mi ano.

–       ¡No, no, para, cabrón!  – le grito cuando noto que quiere meter esa enorme polla por mi otro agujero.

–       ¡Calla que te va a gustar… zorra! – añade él con la respiración agitada oprimiendo mi espalda contra el capó…

–       No, para, soy virgen por ahí.- le suplico

Precisamente ese ha sido un intento frustrado con mi esposo innumerables veces, porque nunca llegaba a estar lo suficientemente relajada o dilatada… Hoy, precisamente, estaba dispuesta a entregárselo con mis nuevos tacones, sin embargo este fuerte taxista tiene intención de desvirgarme antes y eso me aterra.

El tipo se detiene justo en el momento en el que el glande ha logrado colarse dentro de mi esfínter, pudiendo percibir su palpitación mezclada con la mía.

–       Relájate, preciosa, respira y afloja los músculos o te dolerá. – me advierte.

Menos mal que se ha parado, porque mi marido me hizo daño intentando entrar por ahí, con la mitad del pene que me ha estado follado durante un buen rato, no quiero imaginar tenerla dentro por completo en mi agujero posterior.

–       ¿No me digas, que no te han petado este precioso culito? –  me dice sobando mis posaderas con ambas manos y su glande aprisionado en mi esfínter queriéndose abrir paso.

–       ¡No, nunca! – digo entre hipidos, que son una mezcla de nervios miedo y placer al mismo tiempo.

–       ¿Quieres que pare? – me pregunta con su hinchado capullo todavía metido en mi interior

Tardo en contestar, sé que no puede ser, que estoy medio borracha, medio loca, que esa polla me está hipnotizando, que eso estaba reservado esta noche con todo mi cariño para mi amado esposo, pero la forma de tratarme este tipo me está volviendo loca de gusto…

–       ¡Fóllame el culo, cabrón! – le digo, cuando él acaricia mis caderas y sigue apretando ligeramente la punta de su polla en mi culo.

El tipo vuelve a agarrar mi moño, coloca bien sus pies en el suelo, ubica sus muslos entre los míos y haciendo un pequeño movimiento de su pelvis logra que su tremenda polla se cuele hasta la mitad en mi ano. Mi grito es ahogado y sólo cesa por unos segundos, para oírse el bramido de ese tipo que lentamente saca su polla hasta dejar la punta metida de nuevo. Respiro agitadamente, creyendo que va a salir, pero lo que hace es esperar a que me relaje y en un descuido clavarla con toda su fuerza hasta lo más hondo mi ano, sodomizándome de golpe.

–       ¡No! – grito fuertemente en aquel oscuro paraje con un intenso y punzante dolor en mi inexplorado agujero y una polla extraña y enorme insertada en él por completo.

No sé por qué le he pedido que me folle el culo, me está ardiendo, con un intenso dolor. ¡Parece que me ha partido en dos! Noto las lágrimas correr por mis mejillas y cómo mi respiración se agita y mi cabeza da vueltas. El tipo no parece dispuesto a parar.

–       ¡Qué culito tan estrecho, preciosa! – dice con su barriga pegada en mi culo y su estaca clavada hasta lo más hondo de mí.

–       ¡Dios, me duele! – le grito.

–       Calla y relaja tu culito, verás que bien…- me susurra apoyando su boca en mi oreja.

Intento serenarme y hacerle caso, porque el hecho de apretar mis músculos no ayuda a que eso duela menos. Nota mi relajación y tras sacarla hasta la punta, vuelve a penetrarme por segunda vez, con total violencia, empotrándome bruscamente contra la chapa de su taxi, sintiendo de nuevo ese pinchazo y como mi culo es totalmente invadido por una gigantesca verga. Cuando abandona mi culo por tercera vez, noto un temblor en mis piernas y el dolor se va apaciguando, convirtiéndose en algo extraño, en una mezcla de placer y escozor, que nunca había sentido pero que me está gustando cada vez más.

–       ¡Dios, qué gusto! – digo entre gemidos, girando mi cabeza mirando directamente a sus ojos totalmente abiertos, admirando la escena.

Su enorme sonrisa es la clara señal de la victoria, la de su fantasía cumplida, la de esa joven desnuda, en tacones que se está empotrando por el culo contra su taxi.

Veo el movimiento de su pelvis acelerar el ritmo, mientras noto como mi estrecho ano vuelve a ser invadido por su pollón, abrazándole. A partir de ese momento comienza a follarme el culo lentamente, disfrutando de ese momento, en un chapoteo continuo de su pelvis contra mi culo. Solo se escuchan nuestras agitadas respiraciones y de nuevo el traqueteo de mis zapatos contra el suelo, cada vez que me penetra, me levanta en volandas para luego volver a dejarme caer. Suena el “toc, toc” continuo de mis nuevos tacones contra el asfalto en una rítmica marcha, mientras su enorme verga me parte el culo. Nunca me habían penetrado ahí… ni por supuesto tampoco así.

Tras una intensa follada a mi culo que cada vez recibe esa polla con más gusto, el tipo sigue taladrándome y de vez en cuando me pega una cachetada a mi trasero, lo que me hace contraer los músculos pero que él disfruta como un poseso, bramando a cada embestida

–       Qué culito, nena. No quiero acabar nunca. – añade y vuelve a darme otro sonoro cachete en mi nalga.

–       ¡Me matas, cabrón! – le digo suspirando y yo tampoco quiero que esto nunca termine.

Al final el tipo aprieta sus músculos tirando de mi pelo y las embestidas se van haciendo más lentas, pero más profundas, con el único sonido del “toc, toc” de mis tacones contra el suelo. Y entonces tras dejar su polla completamente dentro, se detiene con la respiración agitada hasta que noto el calor de su leche llenándome por completo en innumerables chorros. Parece que no va a acabarse nunca, solo noto la cabeza de su polla en lo más hondo de mi culo explotando y bañándome con su semen caliente. Una corrida intensa entre jadeos que parece que no se termina jamás…

Tras unos segundos la polla abandona lentamente mi esfínter y noto unos larguísimos regueros de leche escurrirse por mis muslos. Me quedo un rato ahí tumbada y noto el palpitar de mi culo, mezcla de punzadas de dolor y placer, en un agujero que me noto enorme intentando recuperar su forma original. Al incorporarme veo que ese semen que se escurre por mis muslos, es rosáceo, mezclado seguramente con algo de sangre de algún pequeño desgarro… ¡Seré puta! – vuelvo a pensar sin creerme todavía lo que he hecho.

Noto mi ano palpitar fuerte y como se contrae con cada latido. Ese tipo me ha abierto en canal y me ha desvirgado el culito de una forma tan brutal como placentera. Me maldigo una vez más por haber gozado de esa manera con ese extraño y haberle dejado follarme y pero aun, estrenar ese culo que tenía reservado esta noche para mi esposo.

Me meto en el coche, sentándome con cuidado, pues tengo el culo que me arde de dolor y me visto, mientras él hace lo mismo en silencio a mi lado. No decimos nada, tan solo intentamos reponernos de esa locura. Me miro en el espejo retrovisor y veo mi pelo revuelto y el rímel de mis ojos totalmente corrido por mi cara junto a varios regueros de lágrimas. Tengo una pinta espantosa. No sé ni cómo podré contar a mi marido todo lo sucedido. Es casi la una de la madrugada y él estará esperándome en casa desde hace rato. Miro el móvil y tengo más de diez mensajes de él, seguramente muy preocupado.

–       Tranquilo cariño, que he tenido un incidente con el taxi que me trae. – le mando en un mensaje tranquilizador.

Mi ano sigue palpitante y noto que se abre y se cierra cuando por fin el taxista pone el coche en marcha y me lleva a casa como había prometido, tras haberse corrido, aunque no con una simple mamada, como habíamos quedado, sino que me ha follado y luego se ha corrido dentro de mi inexplorado ano. Aparca frente a mi portal y apaga el motor. Me mira, apoya su brazo en el asiento delantero y me sonríe mirándome.

–       Gracias, preciosa… y lo siento. – me dice.

–       No. La culpa es mía. No tenía que haberte dejado ni empezar. No sé ni cómo he accedido… ¡Eres un cerdo! – le reprocho mirándole a los ojos.

Es posible que tuviera pocas alternativas, pero la culpa es solo mía cuando me he dejado llevar por el placer que me ha dado ese extraño. No sé ni cómo ocurrido todo.

–       Bueno, tú parece que no lo has pasado mal. – me dice leyendo mis pensamientos… – y yo he sido el hombre más feliz durante una hora.

–       ¡Eres un cabrón! – le suelto.

No dejo de maldecirme, por permitirle todo a ese extraño que sigue mirándome embelesado y sonriente. Yo casi no puedo sentarme del punzante dolor interno, pero el placer todavía invade mi cuerpo, tampoco lo puedo negar.

–       ¡Quiero pedirte perdón de nuevo, preciosa! – añade ese taxista cuando ya estaba con mi tacón derecho pisando la calle…

–       Ya, ya me lo has dicho. Mejor olvidamos esto.

–       Nunca lo voy a olvidar.

Yo sé que tampoco.

–       Mi perdón es por otra cosa.- añade.

–       ¿Por qué?

–       Tu jefe me pagó la carrera antes de traerte. – suelta esbozando una sonrisa

–       ¡Eres un hijo de puta! – le digo y salgo de su taxi dando un portazo.

En la oscura noche solo se escucha el taconeo de mis zapatos contra el asfalto mientras cruzo la calle en dirección a mi portal, pero no sé por qué meneo las caderas de una forma provocadora, sabiendo que ese taxista tiene los ojos clavados en mi culo y en mis piernas. Esos zapatos me han transformado del todo ¡Seré puta! –  me repito por enésima vez mientras avanzo con ese “toc, toc” incesante y provocador hasta que abro con mi llave la puerta del portal.

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