DEVA NANDINY

Carmen — 15:38

—No voy a hacerlo.

—Lo siento, pero no puedo.

Ese fue el mensaje que Carmen, le envió a Víctor al teléfono móvil. Pero él, ni tan siquiera le había contestado, por lo que ella, supuso que la relación con su amante había finalizado.

Habían pasado tres días de aquello y seguía sin tener noticias. Si el primer día se había sentido fuerte en su decisión de no querer ir a un club liberal, pasados los días, comenzaba a echarlo de menos.

Carmen estaba completamente enganchada a su amante, como jamás antes lo había estado por ningún otro hombre. Le dolía no recibir sus morbosos mensajes al teléfono móvil, en el que le decía las cosas que le haría la próxima vez que estuvieran juntos. Echaba de menos sus morbosos juegos, donde la ponía a prueba una y otra vez, incitándola a realizar cosas, que ella jamás hubiera creído llegar a hacer y que, sin duda, hubiera criticado en cualquier otra mujer.

Había intentado volver a leer, su gran pasión de toda la vida, pero no era capaz de terminar ni una sola página. Ni siquiera el haber salido esa tarde con Clara de compras por el centro, la había relajado.

Muchas veces al día, abría la aplicación con la intención de escribirle otro mensaje que anulara el anterior, con el que pudiera, volver a reiniciar la relación de amantes, con el mejor amigo de su esposo. Sin embargo, una vez que lo tenía escrito y solo tenía que darle a enviar, lo borraba. No podía perder esta vez, acceder a todos los caprichos de él, sabía que la conduciría a la propia destrucción de su matrimonio.

Se imaginaba manteniendo relaciones sexuales con un desconocido, y la sola imagen que proyectada su mente la hacía revolverse por dentro. Ella no era así, durante más de veinte años había sido fiel a su esposo. Por otro lado, tampoco quería estar presente observando, como el hombre al que más había deseado en toda su vida, tenía sexo con otra mujer. Sabía que Víctor había mantenido otras relaciones al mismo tiempo que la suya, Carmen no era ninguna ingenua, pero prefería no pensar en ello. Lo que no sospechaba ni por asomo, es que precisamente era su propia hija la próxima candidata.

Hacía meses, que era consciente de que su amante no la amaba con la misma intensidad que ella. Sabía que, para Víctor, el hecho de llevarse a la cama a la esposa de su mejor amigo, únicamente había sido una especie de reto o pasatiempo, y si mantenía aún la relación con ella, era por el desafío de poder demostrarse, así mismo, la absoluta dominación que ejercía hacia ella. Incitándola a la perversión más absoluta, convirtiéndola en otra mujer que para nada tenía que ver con la propia Carmen.

Ella aceptaba todo aquello, consciente de que esa era la única posibilidad de poder mantener a su lado a su amante. Sin ese morbo, Víctor perdería automáticamente el interés en ella.

Carmen no culpaba a Víctor, él jamás la había engañado. Era cierto, que las primeras veces, él se había mostrado mucho más cariñoso y sensible. Pero aún recordaba con cierto desasosiego, la vez que le reconoció no haberse enamorado nunca. Asegurándole, que las únicas relaciones que mantendría con una mujer, serían plenamente sexuales y nada afectivas. Ella pensó que conseguiría reconvertirlo. Lo haría cambiar.

Carmen luchaba esos días contra sus propios demonios, no podía dejarse arrastrar otra vez por Víctor. Intentaba como podía volverse acostumbrar a vivir sin esa pasión, que la devoraba por dentro. Deseaba volver a ser esa madre y esposa perfecta. Sabía que David le era infiel con la delgaducha secretaria, pero en el fondo, eso le daba igual.

Recordaba el cambio que ella había experimentado en unos pocos meses. Primero fueron cosas sutiles. Sin importancia: «No lleves bragas hoy al trabajo». Ella fue cediendo a todos sus caprichos y sugerencias.

Su morboso juego fue creciendo en intensidad. Cuando llegaron las fotos y los vídeos, Carmen se negó, no podía consentir, que hubiera esas imágenes obscenas de ella. Pero como siempre, terminó por aceptar que Víctor coleccionase toda clase de pornográficas fotografías y vídeos de sus encuentros sexuales. Poco a poco, fue consintiendo otras acciones aún más sórdidas para ella: como ofrecerle sexo anal o dejarlo que se corriera en su boca. Cosas que, durante más de veinte años, le había negado a su propio esposo.

Casi sin enterarse comenzó a cambiar su modo de vestir, de andar o incluso de comportarse. Carmen iba plegándose a todos los deseos de su amante. Se rasuró el coño, comenzó a utilizar diminutos tangas, dejó de usar sostén, algo que se le hacía enormemente complicado, debido a sus voluminosos pechos. Pero ese hombre la volvía completamente loca, y la única idea de poder perderlo la atormentaba. Necesitaba sentirse valorada por él. Por eso el cuarto día no pudo aguantar más, y decidió volver a enviarle un mensaje:

—Carmen —- 16:45

—Te echo de mucho de menos

—¿Estás enfadado conmigo?

Pero tuvo que esperar durante más de dos horas para recibir una respuesta, a pesar de que el mensaje reflejaba haber sido leído casi al instante, lo que aumentó exponencialmente su ansiedad.

—Víctor — 19:22

—Creo que es mejor que lo dejemos.

—Hazte un favor y déjame en paz.

Aquellas palabras penetraron en ella como un tiro. Esa era precisamente la sentencia que llevaba meses aterrada por leer.

—Carmen —-19:22

—Por favor… no me hagas esto.

—Dame otra oportunidad.

—(Emoticono con cara triste).

No hubo más respuestas, lo que terminó por aniquilar, las pocas esperanzas que aún mantenía para poder darle la vuelta a la tóxica relación que habían soportado. No era capaz de volver a verse como esa mujer sensata y prudente. Pero una hora más tarde, sonó el teléfono. Era Víctor, y Carmen volvió a sentirse la mujer más afortunada de este mundo.

—Hola, mi amor —respondió ella, simulando en parte la congoja que sentía. Eliminando cualquier tono de tristeza o de reproche.

—¿Dónde estás? —preguntó él, secamente.

—En casa. Estoy sola y deseando verte. Puedes venir si quieres, —lo tentó, deseosa de poder abrazarlo.

—¿No has ido hoy a trabajar? —interpeló, sin mostrar ningún tipo de empatía o interés en verla.

—No. Llamé esta mañana para decir que no me encontraba bien. Vas a dejarme, ¿verdad? —preguntó ansiosa, temiéndose ya lo peor.

—Considero que ese sería el mejor favor que podría hacerte. Has dejado de ser, esa respetable dama que siempre has pretendido ser, y te has convertido en toda una furcia. ¿Es que no has tenido bastante? ¿Pretendes denigrarte más aún? ¿Acaso ya no te acuerdas de que tienes una hija y un esposo?

Él intentaba hacerse odiar por Carmen, pensando que, de esta forma, le sería más fácil dejar la relación. Estaba tan ilusionado con Clara, que ella había dejado de interesarle.

Pero aquellas palabras no consiguieron herirla. Estaba tan asustada por perder al que ella consideraba como el hombre de su vida, que lo último que pretendía era rebatirlo o crear cualquier tipo de conflicto. «Intentaré, volver a seducirlo. De la noche a la mañana no puede haber dejado de desearme. Tal vez haya otra… Estoy segura de que la hay. Pero voy a luchar por él, le demostraré que soy mejor que esa maldita zorra». Pensó con rapidez, sin sospechar que, “esa zorra”era su propia hija.

—Por favor, no me dejes. Seré buena y sabré complacerte en todo lo que quieras.

Víctor, que la había llamado con el firme propósito de zanjar la relación, pareció pensárselo unos segundos. Hasta ese instante, su única ilusión era la joven Clara. Hacía unos días que la chica le había comenzado a enviar mensajes al móvil, cada vez más calientes y atrevidos. Incluso le había enviado una foto en ropa interior sentada en su cama, como la que había tenido la necesidad de masturbarse varias veces.

Aún recordaba el sabor de sus tersos labios, el día que la besó en la fiesta del cumpleaños de su padre. Pensaba en sus tetas, casi tan grandes como las de su madre, pero mucho más firmes; sus inocentes ojos, intentando aparentar que tenía mucha más experiencia y seguridad, pero incapaces de disimular esa mezcla de dulzura y provocación; de candor y de exquisito pecado.

Pero notar a Carmen tan dispuesta a someterse a él, incrementó de nuevo el morbo que sentía por ella. Quería ver hasta donde estaría dispuesta a llegar una mujer, que siempre se había mostrado tan comedida y mesurada en todo.

Víctor nunca había entendido que David se hubiera casado con alguien como ella. Para él, Carmen siempre había sido una chica engreída y estirada; aburrida y altiva. Desde joven, siempre había vestido de modo un tanto puritano y santurrón. Tratando de alejar de la fiesta y de la diversión, a su mejor amigo. En varias ocasiones, el propio David, le había comentado que la vida con Carmen era demasiado tediosa y previsible. Quejándose reiteradamente de las relaciones carnales con su esposa.

—Sabes lo que tendrías que hacer para que siguiera contigo, ¿verdad?

—Sí, me quedó claro la otra noche en el bosque, el día del cumpleaños de David. Quieres que… —tragó saliva unos segundos. Mucha saliva—, lo hagamos con otras personas.

—Muy bien, —aprobó—. ¿Estarías dispuesta a dejarte follar por un desconocido, si yo te lo pidiera? —Ella no respondió, permaneció un rato en silencio. Por lo tanto, Víctor tomó de nuevo la palabra. Esta vez empleando un tono algo más seco y cortante—. No vuelvas a enviarme mensajes. Olvídame y no me hagas perder más el tiempo. En realidad, no eres más que una ramera con ínfulas de vieja beata. Te crees que moralmente estás por encima de mí, siempre me has mirado por encima del hombro. Para ti, siempre he sido una mala influencia para tu perfecto esposo. Sin embargo, tú no eres más que esa puta que se ha dejado follar por el mejor amigo de su marido. Dándome, en pocas semanas, todo lo que llevas negándole a David durante años. —Comentó riéndose, intentando alejarla para siempre de él.

Aquellas palabras se clavaron dolorosamente sobre el ánimo de Carmen, sintiéndose como si la estuvieran lapidando. Sin embargo, lo más importante para ella en esos momentos, era tratar de reconducir la relación con su amante. Ya habría tiempo después para analizar todos esos adjetivos y todas esas peyorativas palabras.

—Sí—, Chilló ahogada en su propia congoja—. Haré lo que me pidas. Pero no cortes conmigo, —suplicó.

—Bien. Si es lo que quieres… —Expresó alzando la voz antes de colgar.

Ella respiró aliviada. Tenía otra oportunidad, un encuentro para poder volver a seducirlo.

El vestido que había elegido Carmen para ese sábado, además de caro, era tremendamente provocativo. Tan escandaloso, que pensó que lo mejor sería dejarlo en el coche, no podía salir así vestida de casa. «Hasta el propio David se fijaría». Pensó.

Estaba nerviosa, hasta ahora los juegos a los que Víctor la había ido forzando a participar, habían ido surgiendo paulatinamente sobre la marcha. Ella nunca sabía que iba a ocurrir en dichos encuentros. Sin embargo, esa noche Carmen, era consciente de que iban a acudir a un local de intercambio de parejas. Ignoraba como eran ese tipo de locales. Pero, sin duda, lo que la mantenía aún más acongojada, era el saber que esa noche iba a tener que mantener sexo con otro hombre.

Siempre había estado convencida de que su esposo sería el único hombre que tomaría su cuerpo, hasta que llegó Víctor y puso su sereno y tranquilo mundo patas arriba.

Subiéndose las medias frente al espejo, no pudo evitar pensar que esa noche no se estaba arreglando para él, lo estaba haciendo para un desconocido. «¿Qué sentiría cuando la acariciaran otras manos?», se preguntó por un momento, intentando inútilmente alejar aquellos lascivos pensamientos de su cabeza.

Se miró de nuevo al espejo con un tanga negro con encaje a juego de sus medias. Se sintió tremendamente sexi, quizás demasiado, pero esa noche deseaba estar perfectamente irresistible. Creía, que tal vez, si desataba un inusitado deseo en Víctor, la querría solo para él. La mente de Carmen no podía entender el morbo de interactuar con otras personas. «Cuando tienes enfrente a la persona que deseas, lo último que pretendes es compartirla, o estar con otro hombre» Se repetía, poniéndose un sostén, que se quitaría luego en el coche, pero de esta forma disimularía delante de David.

Aún le costaba caminar con naturalidad sobre los altos zapatos de tacón. Cuando estaba sola en casa, ensayaba caminando por el pasillo durante largos ratos. Luego se puso un vestido negro, mucho más discreto que el rojo que había guardado en el coche.

—Bueno… cariño. No te acuestes muy tarde, —dijo entrando al salón. Dándole a entender a David, que no se quedara como hacía algunos sábados hasta las tantas, viendo la televisión—. No te imaginas la pereza que me da salir esta noche. —Se despidió de su esposo, dándole un fugaz beso en los labios.

—Dale recuerdos a Elena, —alzó la voz David, cuando ella ya bajaba las escaleras que daban acceso al garaje. Él odiaba en secreto a la mejor amiga de su esposa, siempre lo hacía sentir, como si no fuera lo suficientemente hombre para Carmen.

Bajando las escaleras suspiró aliviada, en el fondo agradecía que su esposo se mantuviera tan distante con ella. «Mi matrimonio no está en crisis, solo es una mala racha» En el fondo, no se imaginaba ya viviendo con otro hombre.

No esperó a salir, se cambió de vestido en el garaje antes de subirse al vehículo. Durante el trayecto en coche, solo pensaba en que volvería a estar con Víctor. «Estoy segura de que podré hacerle cambiar de opinión».

—¿Estás nerviosa? —le preguntó Víctor de camino al club liberal, media hora más tarde.

Ella, se había imaginado una cita diferente. Pensaba que primero irían a tomar algo, pero él, se había mostrado ansioso por ir al local de ambiente cuanto antes. «Ni siquiera me ha dicho si le gusta el vestido», pensó, casi temblando de miedo.

—Claro que estoy nerviosa, para mí no es fácil hacer algo así. Siempre pensé que después de ti, no habría más hombres en mi vida.

—Lo pasarás bien, ya lo verás. En el fondo sé que lo deseas, pero te empeñas en seguir atrapada con esos estúpidos prejuicios morales, —expresó, poniendo una mano en medio de sus muslos. Ella abrió inmediatamente las piernas.

—Lo que estoy a punto de hacer esta noche, lo criticaría en cualquier otra mujer. No lo concibo, debo de quererte mucho o haberme vuelto completamente loca.

—Espero que sea lo segundo, ya que yo nunca te he pedido que me quisieras. Ese tipo de sentimientos, resérvaselos para tu familia. Yo solo deseo que me abras tus piernas, —comentó soezmente, mientras acariciaba su caliente sexo a través de la tela de sus bragas.

—Si tu único deseo fuera ese, no habría ningún problema. Lo malo es que ahora quieres que las abra para otro.

Víctor expresó una estruendosa carcajada.

—Eso es cierto.

El local tenía buen aparcamiento. Víctor le había asegurado que a esas horas habría poca gente, pero pudo distinguir más de una veintena de coches.

Cuando abandonaron el vehículo, él la llevó sujeta por la cintura, ese gesto otorgó cierta fortaleza en Carmen, que temblaba como una quinceañera en su primera cita.

—Bienvenidos. —Los saludó una mujer en la entrada, alta y rubia oxigenada, con aspecto de muñeca Barbie—. Mi nombre es Vanesa y soy las relaciones públicas del local. ¿Es vuestra primera visita? —Se interesó, intentando mostrarse como una auténtica profesional.

—Sí, —respondió Víctor—. Pero conozco muy bien el ambiente, ya que he frecuentado otros locales.

—Perfecto. Entonces conocéis las reglas. ¿Queréis que os enseñe las instalaciones? Puedo haceros un tour por el local.

—Gracias, pero preferimos tomar algo primero, es su primera vez y está muy nerviosa. Luego echaremos un vistazo.

Después de abonar la entrada, en la cual se incluían cuatro consumiciones, accedieron al local. El corazón de Carmen estaba a punto de salírsele del pecho, preguntándose a cada momento, que estaba haciendo realmente en un lugar, en el que no le apetecía estar.

Pasaron junto a una puerta de un Pub, que Víctor pasó de largo.

—Si quieres tomar una copa, el bar creo que está ahí —indicó ella cada vez más asustada, intentando ganar algo de tiempo.

—Ese es el Pub de los singles. Si luego te quedas con ganas de más, podemos visitarlo antes de irnos, —respondió Víctor riéndose.

—¿De los singles? —Se interesó Carmen extrañada—. Pensé que a este tipo de locales, solo podían acceder parejas.

—Así es, pero hay un bar donde si pueden venir hombres solos. Ellos únicamente pueden entrar al local, si los invita a pasar una pareja. En cambio, las mujeres si pueden acceder a las instalaciones sin necesidad de acudir en pareja.

El Club era mucho más grande de lo que Carmen había imaginado, era cierto que a esas horas no había demasiada gente. Víctor se acercó a la barra y pidió dos consumiciones, mientras Carmen miraba nerviosa en todas las direcciones. «¿Qué podía llevar a algunas mujeres, a ser tratadas como si tan solo fueran un trozo de carne?». Se preguntaba, sintiéndose moralmente superior a las chicas con las que se cruzaba. «Ella estaba allí, únicamente por amor». Pensaba, tratando de hacer las paces consigo misma, por haber acudido a ese “depravado” lugar.

Frente a ellos, había una pequeña pista de baile, donde una joven, únicamente ataviada con unos altos zapatos de tacón y un diminuto tanga, bailaba de forma bastante provocativa y seductora. Al mismo tiempo que un hombre, pegado a ella por detrás, le manoseaba obscenamente los pechos. Carmen pudo distinguir apoyado en una columna a un hombre, que por los gestos de complicidad que intercambiaba con la chica, supuso que sería su pareja. Con una copa en la mano, la contemplaba ensimismado, era como si no existieran más mujeres que la suya. Toda su atención estaba en observar a su novia bailando, casi desnuda, dejándose tocar por un desconocido, al menos treinta años mayor que la muchacha. «La chica, debe de tener tan solo un par de años más que Clara», pensó escandalizada.

—Quieres bailar, —le preguntó con una sonrisa de mofa en los labios—. Hay taquillas, donde puedes dejar el bolso y la ropa.

—¡Ni muerta! —Negó ella con rotundidad. La imagen de esa chica dejándose manosear por otro hombre, delante del que suponía que debía de ser su novio, en lugar de parecerle erótica, se le antojó totalmente soez y pornográfica. Para Carmen era totalmente aberrante, observar como una chica tan joven y bonita, se había dejado pervertir hasta tal punto.

—Hola —Los saludó un hombre que venía de la mano con su esposa—. Somos Arturo y Cristina, os hemos visto entrar y nos habéis llamado la atención. Nos gustaría invitaros a tomar una copa.

Carmen ni siquiera se atrevió a levantar la mirada, estaba totalmente paralizada. Por encima, calculó rápidamente que la pareja debía de rondar los treinta años. Ella era alta y morena, siendo extremadamente delgada. Vestía con una minifalda y un top que dejaba muy poco a la imaginación, no parando de sonreír en ningún momento.

—Gracias. Nos sentimos halagados, —respondió Víctor—, Pero tendrá que ser en otra ocasión, hoy hemos quedado ya con unos amigos. Deben de estar casi a punto de llegar.

—Lástima… Entonces os deseamos que paséis una buena noche, —respondió la chica, guiñándole un ojo a Carmen, a modo de complicidad.

Vio a la pareja alejarse por el local, tal vez buscando a otras personas afines, con quien divertirse y retozar esa noche.

Carmen creyó, que la respuesta de Víctor, había sido debida a que tal vez la chica no le había gustado, o que la invitación había llegado demasiado pronto. Cada minuto que pasaba en aquel local, en lugar de calmarse, se ponía aún más nerviosa. No sabía a dónde mirar para que nadie se sintiera interesado por ella. En aquellos momentos, le hubiera gustado ser invisible para todo el mundo, excepto para Víctor. No podía evitar, a cada momento, tirar instintivamente de su vestido hacia abajo. Sintiéndose expuesta, como una mera mercancía.

—Míralos, ahí vienen, —indicó Víctor con júbilo, levantando la mano.

Inmediatamente, ella se dio cuenta de que era cierto de que habían quedado con alguien. Casi no se atrevía a levantar la vista, pero cuando lo hizo, comprobó aterrorizada que conocía a esa pareja que se acercaba hasta ellos sonriendo, desde hacía más de veinte años.

—¿Cómo te has atrevido a hacer algo así? Eres el mayor hijo de puta que he conocido, —Inquirió ella enfadada, mirándolo a los ojos.

—Tranquilízate, tomaremos una copa con ellos y veremos lo que surge. Ya saben que tú y yo estamos juntos.

—Llévame a casa, te lo suplico, —pidió ella en voz baja, agachando la cabeza muerta de vergüenza—. No eres más que un maldito pervertido.

—Eso es cierto, —expresó sonriendo—. ¡Qué alegría de veros! María, estás estupenda como siempre, —dijo dándole dos besos

—Hola, Carmen —Saludó Fran.

—Buenas noches, Fran —respondió ella sin atreverse mirarlo a la cara. Sintiendo como el hombre le daba dos besos, atrevidamente muy cerca de la comisura de sus labios.

—Hola, cielo, —la saludó ahora María—. La verdad es que no teníamos ni idea de que tú y él… ya me entiendes. Cuando Víctor nos propuso tomar algo relajadamente aquí con vosotros, tanto a Fran como a mí, nos hizo mucha ilusión.

Carmen intentó responderla, pero fue incapaz de articular una sola palabra. Conocía al matrimonio desde hacía más de dos décadas. Fran era unos de los socios del bufete de su esposo. Había estado en su casa en innumerables ocasiones, conocía a sus dos hijos, el mayor de ellos, de la misma edad que Clara. Carmen, jamás se hubiera imaginado, que un matrimonio a todas luces normal y corriente, se prestara a semejantes juegos.

—Preferís que vayamos a un reservado, allí podríamos hablar más cómodamente, —Indicó Víctor, cogiendo la copa y agarrando a María por la cintura. Quedándose Carmen y Fran algo más retrasados.

—Noto que estás muy nerviosa. Es tu primera vez, ¿verdad? —Le preguntó Fran, con la misma naturalidad con la que en ocasiones le contaba alguna anécdota de sus hijos.

—Sí, —respondió ella cortada—. En realidad, todavía no entiendo que es lo que estoy haciendo aquí.

—Tranquila Carmen, piensa que tan solo somos unos amigos con los que vas a pasar un rato divertido tomando una copa. Entiendo que estos lugares impresionan bastante la primera vez que los visitas, pero es solo un pub, y por haber venido no estás obligada a hacer nada que no te apetezca. Si en cualquier momento te sientes incómoda, yo mismo te acercaré a tu casa.

Las palabras de Fran, consiguieron en parte tranquilizarla, por lo menos no iba tan a saco, como en un principio había temido. Pero ver a Víctor como caminaba agarrado por la cintura de María, la quemaba por dentro. Desde que ellos habían traspasado la puerta del local, prácticamente no había vuelto a mirarla.

—David no sabe nada… —terció Carmen, rompiendo un incómodo silencio.

—Tranquila. Tanto María como yo, somos muy discretos. A nosotros tampoco nos gusta que nos juzguen por tener una relación liberal.

—Supongo que lo que voy a preguntarte es una tontería. Pero, ¿no te molesta, verlos agarrados así?

Fran expresó una estruendosa carcajada.

—Te aseguro que he visto a María en situaciones mucho más morbosas. Ella y Víctor mantienen relaciones desde hace años. Precisamente fue con él, con el que me engañó la primera vez.

Escuchar aquello le sentó como un jarro de agua fría. Si no había entendido mal, Víctor y María eran amantes ininterrumpidamente, desde hacía años.

—Nunca hubiera imaginado que tuvierais una relación abierta, —expresó intentando disimular su angustia.

—Cuando pillé a María engañándome en mi propia casa con Víctor, solo tenía dos salidas. Divorciarme o perdonarla. Recuerda que soy abogado matrimonialista, por lo tanto, opté por lo segundo. Divorciarse en gananciales es tremendamente ruinoso. Además, los niños eran muy pequeños. Pero cuando perdonas una infidelidad, nunca vuelve a ser lo mismo.

—Supongo, que nunca se llega a olvidar del todo, —indicó ella, pensando en su esposo. «¿Estaría Fran al tanto de la relación que David mantenía desde hacía meses con la secretaria?». Se preguntó en ese momento. «Seguro que sí. Sería la comidilla del bufete, los hombres suelen ser muy indulgentes para ese tipo de cosas, siempre y cuando el infiel sea, otro hombre. Echar una cana al aire, solían llamarlo». Recordó que así denominaban.

—María me juró y me perjuró, de que nunca más volvería a engañarme, pero la imagen de ambos, jodiendo como animales en mi cama, se me quedó grabada a fuego. Te aseguro que ver y escuchar a la madre de tus hijos, gimiendo cuando es penetrada por otro hombre, no es fácil de olvidar, —expresó, haciendo una pequeña pausa, como si recordar todo aquello siguiera haciéndole daño—. Meses después, cuando aún tratábamos de arreglar nuestro matrimonio, cada vez que mantenía relaciones con María, no podía evitar imaginármela follando con otros hombres. Esa imagen acabó excitándome. Pasé de sentir celos, a desear que volviera a engañarme. Reconozco que a veces incluso llegaba a casa antes de la hora, con la esperanza de volver a pillarla en mi cama en brazos de otro hombre.

—No puedo creerlo, —comentó Carmen.

—Pero, ¿cómo decirle una cosa así a tu esposa? Después de meses de terapia de pareja, logré perdonarle al fin, que me pusiera los cuernos, y luego comienzo a ser precisamente yo, el que desea que vuelva hacerlo. Me daba asco a mí mismo, te juro que creí que me había vuelto loco. Durante semanas busqué toda clase de información al respecto. Me obsesioné con el tema, necesitaba comprender que es lo que me estaba ocurriendo. Al final, acabé aceptándome: tan solo es una fantasía, intentaba engañarme.

—Tiene que ser muy difícil comprender algo así. Reconozco que yo no podría hacerlo.

Fran abrió los ojos, indicándole con la mano que fueran tras María y Víctor.

—Al final, un día, mientras follábamos, decidí hablarlo con ella. Después de pensarlo mucho, decidimos que lo mejor sería abrir nuestro matrimonio a nuevas experiencias. Desde entonces han pasado siete años y creo que es la mejor decisión que hemos tomado nunca. Esto nos ha mantenido más unidos que nunca.

Entraron a un pequeño reservado, lo que más llamó la atención de Carmen es que no tenía puertas, y el único mobiliario, eran dos sofás con una pequeña mesa en medio, y una pequeña pantalla, donde proyectaban imágenes de una película erótica sin audio. En un sofá, se sentaron Carmen y Fran, ya que el de enfrente estaba ocupado por Víctor y María.

Estaban besándose tan apasionadamente, que Carmen dudó de que en realidad se hubieran dado cuenta de su presencia. La sensación de ver a su amante con otra mujer, no le causó el efecto que tanto la había angustiado. La realidad era que estaba tan cabreada y enojada con Víctor, que observar como se besaba con María, le había impactado menos de lo que esperaba.

—Lo siento, —indicó María dándose la vuelta sonriendo mirando a Carmen—. Hace mucho que no estamos juntos y me han podido las ganas. Quizá haya ido demasiado deprisa para ti.

—Por mí no te preocupes. Si tanto deseo tienes, puedes follártelo ya si quieres. Víctor y yo no somos pareja. En realidad, no somos nada, ni siquiera amigos. Por lo tanto, no me tienes que dar explicaciones, —manifestó, intentando simular malamente una indiferencia que para nada sentía.

—Cuando Víctor nos propuso el otro día hacer un intercambio contigo, pensé que estaba bromeando. A veces las mosquitas muertas, sois las más espabiladas —contraatacó María, riéndose.

—¿A qué te refieres? —preguntó Carmen con brusquedad.

—Cariño, no he pretendido ofenderte, —indicó al tiempo que comenzaba a desabrochar la camisa de Víctor—, Pero te imaginaba casta y pura. De esa clase de mujeres que solo han nacido para ser madres y esposas. No sé si me entiendes… —Comentó, comenzando a besar los velludos pectorales de Víctor.

—Y yo a ti te imaginaba menos puta, —respondió dolida al contemplar la cara de placer que mostraba su amante, ante aquellos besos y caricias.

María era pelirroja y tenía los brazos y la cara llena de pecas, su cuerpo era delgado y de pequeña estatura. Físicamente, no podía ser más diferente que Carmen, siendo morena y mucho más voluminosa.

De repente, de un rápido movimiento, se quitó la camiseta dejando sus pequeños pechos al descubierto. Carmen observó unos pezones desproporcionadamente grandes, comparándolos con el tamaño de los senos. Víctor se tiró a besarlos con verdadera voracidad, como si llevara esperando ese momento toda la noche.

—¡Qué buena estás! —Escuchó decirle.

—¡Ah…! —jadeo ella al sentir la fuerte succión que ejercía la boca de Víctor—. ¿Me echabas de menos? —preguntó María entre risas.

—Sabes que sí.

—¡Joder, cabrón! Me vuelves loca, —expresó María, desabrochando con urgencia su bragueta. Al mismo tiempo que Carmen percibía la mano de Fran, posarse sobre uno de sus muslos.

Ella no deseaba que la tocara, pero decidió permanecer de momento quieta. Le parecía ridículo apartarle la mano. Nunca había mirado a Fran como a un hombre, para ella únicamente era el socio de su esposo, nada más que eso. Ni siquiera le había caído nunca demasiado bien, lo encontraba un hombre demasiado petulante y engreído.

—Me pareces una mujer fascinante, —comentó Fran, sin dejar de recorrer sus muslos.

Ella agradeció el piropo, en el fondo se sentía acomplejada por el cuerpo de María, mucho más pequeño y delgado. Quería evitar mirarlos, le avergonzaba hacerlo, pero le era muy difícil no observarlos teniéndolos de frente.

—Gracias —respondió ella, desviando sus ojos hacia los de Fran.

—Sin duda David tiene mucha suerte por tenerte como esposa.

—¿De verdad lo piensas? —Preguntó Carmen, necesitada urgentemente de ese tipo de halagos.

—Intuyo que eres una mujer aún sin explorar en todas sus vertientes, —añadió ascendiendo verticalmente por sus macizos muslos.

Cuando Carmen volvió a mirar al frente, María estaba sacándose con premura la falda. Mostrando un pequeño tanga rojo oscuro, que hacía juego con su pelo. «Se va a follar a esa puta, delante de mis propias narices» Pensó, observando cómo se bajaba las bragas, mostrando sin ningún tipo de pudor su húmedo coño. A Carmen le sorprendió, su espesa y rizada mata de vello, aún de un tono más rojizo que el de la cabeza. Entonces les dio la espalda, exhibiendo ahora sus blancas y pequeñas nalgas, poniéndose de rodillas en el suelo, comenzó a chupar la polla de Víctor.

A Carmen, la mano de Fran, la obligó a separar de forma más holgada sus muslos. Ella pareció acatar el gesto. En ese momento, sintió el calor de los dedos de Fran, recorriendo toda su vulva a través de la tela de las bragas.

—Mi marido… —Balbuceó Carmen—. David no puede enterarse nunca de esto —matizó.

—No te preocupes y relájate.

—Sé que en parte se lo merece, —indicó ella, volviendo a intuir que la relación de su marido con la delgada secretaria, estaría de boca en boca —, Pero hacerlo con su mejor amigo y con su socio, es algo desproporcionado, —comentó ella, como si el grado de infidelidad fuera diferente, dependiendo de la persona en cuestión.

—Puede que sea inmoral lo que estamos haciendo, no lo sé —manifestó Fran sin dejar de tocarla—. Pero me da igual tu marido, solo quiero follarte.

—¡Ah! —No pudo evitar expresar, al notar como sus dedos, traspasaban por fin la frontera de su tanga.

—¿Vas a joder con él? —escuchó que le preguntó Víctor, con las risas de María de fondo, que seguía arrodillada con la cabeza sobre su regazo.

Carmen lo miró con rabia, no solo la había arrastrado a esa situación, quería humillarla.

—Tal vez lo haga. Me dejaría follar por cualquiera de los hombres de ahí fuera, antes que por ti —Indicó con rabia, señalando la entrada—. Estoy segura de que cualquiera de ellos, sabría tratar a una mujer mucho mejor que tú. Tan solo eres un chulo, —añadió mirándolo a la cara.

María la miró por un instante a los ojos, con expresión de burla. Situándose en cuclillas y a horcajadas sobre Víctor, agarró su dura verga y se dejó caer sobre ella.

—¡Dios! —Exclamó alargando la última letra hasta el infinito. Gritando tan fuerte, que debieron oírla fuera del reservado. —Como me gusta notar como entra en mi coño, —añadió soezmente, comenzando a cabalgarlo como la hábil amazona que era. Víctor la agarraba por las caderas, y sin dejar de mirar a Carmen ni un solo segundo a los ojos, comenzó a agraviarla.

—Eres una puta.

—Y tú, un jodido cabrón —respondió Carmen retándolo. Odiándolo y deseándolo cada vez con mayor intensidad. Entonces se puso al fin de pies con la intención de desnudarse. Pero le daba demasiado pudor, exponer sus rollizas carnes, comparándose con el delgado y esbelto cuerpo de María.

—¡Vamos Puta! ¿Es que te da vergüenza que te vean? —indicó Víctor con mofa—. Me voy a follar también a la zorra de tu hija, —susurró, en voz tan baja que, por suerte, ella no pudo escuchar ni leer en sus labios. Únicamente María pareció oírlo, porque automáticamente comenzó a reírse acelerando al mismo tiempo el ritmo de su galopada.

Carmen lo detestaba y lo aborrecía. Pero al tiempo que ese sentimiento de odio y despreció aumentaba, crecía su grado de excitación. Lo miró a los ojos y comenzó a quitarse con determinación el vestido. Decidida a demostrar, que no era la mojigata que ellos pensaban.

—¡Joder! ¡Qué pedazo de tetas! —Expresó Fran, cuando sus enormes pechos cayeron por su propio peso hacia abajo.

Carmen no respondió ante aquel soez y ordinario comentario, pero arrojó el vestido con rabia contra el sofá. Dejándolo postrado en el mismo lugar, donde había estado sentada unos segundos antes. Quedándose únicamente con los zapatos de tacón, las medias de encaje y un tanga que, por detrás, era apenas impredecible debido a los rollizos cachetes de su poderoso culo.

Fran no tardó en imitarla, estaba decidido a follársela cuanto antes. Admiraba y deseaba en otras mujeres, precisamente lo que en María escaseaba. Miraba con enorme deseo las voluptuosas curvas de Carmen. Se puso de pies frente a ella y la abrazó, moviéndose ambos como si estuvieran bailando. Rozando sus cuerpos, notando el calor de los mismos. La boca de él comenzó a besar con desesperación, aquellos senos que tanto le atraían. Mucho más oscuros, mucho más grandes, mucho más caídos. Luego ascendió lamiendo y besando su cuello, hasta llegar a la altura de su boca. Carmen y Fran, estuvieron besándose en esa posición un buen rato, ajenos a que detrás de ellos, estaban María y Víctor, contemplándolos ensimismados.

Allí, de pies, sintió unas manos por detrás que agarraban el elástico de su tanga, tirando de él hacia abajo. Supo al instante debido a la posición que no eran las de Fran, pero siguió concentrada dejándose besar. Hubiera estado así, sin moverse toda la noche, manteniendo su rostro escondido en la cara de él. Con las bragas caídas hasta los tobillos, mientras varias manos, amasaban incesantemente los redondos y carnosos cachetes de su culo.

Víctor quitó entonces los vasos que había sobre la mesa. Pero ella no se daba cuenta de lo que ocurría a su alrededor, ni siquiera había percibido que su amante y la zorra pelirroja, como la denominaba interiormente, habían parado de follar para observarlos.

—Pon a esa golfa aquí, a cuatro patas sobre la mesa, —indicó, sin ningún tipo de delicadeza, Víctor.

Carmen los escuchaba, hablaban de ella con total impunidad, como si no estuviera presente de forma peyorativa. Pero cuanto más trataban de humillarla, más conseguían excitarla.

Fran separó su boca de la suya, retirando al mismo tiempo las manos de sus pechos. Carmen abrió los ojos, sabiendo en ese momento, que iban a follársela. Lo deseaba en la misma proporción que la aterraba. Se quedó totalmente aletargada, dejando que fuera cualquiera de los tres, el que llevara la iniciativa. Ella no haría nada. Fran giró entonces su cuerpo agarrándola por los hombros, al darse vuelta, volvió a toparse con los temidos ojos de Víctor, y durante unos breves y letales segundos con los de María, no encontrando en ellos, rastro de mofa. Sin embargo, no fue capaz de sostener la mirada y la bajó al suelo. «¿Por qué no seguían follando? ¿Por qué la miraban de esa forma?». Se preguntaba casi tiritando.

—Vamos, ponte ahí como una buena perrita, —ordenó Fran, empujándola contra la mesa.

Ella obedeció sin dudarlo. Temblaba de miedo, pero era controlable. El mismo temor que padece alguien, cuando se sube voluntariamente a una montaña rusa. Esa mezcla de adrenalina y endorfina, mezclada por la aprensión que nos produce lo desconocido.

Estaba sobre la mesa únicamente con los zapatos de tacón y unas medias de encaje, apoyada con las rodillas y con la palma de sus manos. Se sentía totalmente expuesta, como una yegua a la venta en una feria de ganado. Desde esa posición todo en ella parecía aún más grande, sus pechos cayendo hacia abajo, su culo, sus piernas… su silueta era imponente.

Entonces sintió como Fran palpaba desde atrás su culo. Amasando sus nalgas como si fueran de plastilina, sacudiéndole un azote tan fuerte, que fue imposible para ella no gritar de dolor.

—¡Ay! —Exclamó al sentir un fuerte escozor sobre una de sus nalgas.

—Está empapada, la muy puta, —comentó groseramente Fran, al tiempo que pasaba la palma de la mano por su sexo.

—¡Ah…! —Gimió ella de forma involuntaria, ahora de verdadero gozo, al sentir la presión de esa mano, sobre sus hinchados labios.

—¡Fóllatela, cariño! ¡Jódete a esa perra! —Escuchó la aguda voz de María.

Entonces sintió el glande de Fran rozando la entrada de su vagina. Sabía que estaba a punto de metérsela. Lo deseaba. No recordaba nunca haber sentido esa excitación, ese picor y necesidad sobre su ardiente sexo. Le costaba no tocarse. Si hubiera tardado unos segundos más, ella se lo hubiera suplicado.

—¡Ah…! ¡Ah…! —comenzó a chillar, sintiendo como esa verga iba penetrando su coño.

Ni siquiera la había visto ni tocado, pero intuía que era al menos era tan gruesa como la de su esposo.

—¿Te gusta, putita? —le preguntó Fran, propinándole otro duro azote, sobre sus rollizas nalgas.

—Sí, —chilló Carmen casi a punto de desfallecer.

A su lado, vio como María había vuelto a cabalgar frenéticamente sobre Víctor. El pequeño y blanco cuerpo de la mujer, puesto de cuclillas sobre el sofá, se movía fervientemente.

—¡Sí…! ¡Sí…! ¡Qué rico! ¡Joder como me gusta! —Exclamaba ella, casi a punto de correrse.

Carmen los miraba fascinada, mientras sentía la polla del socio de su esposo, penetrándola sin parar.

—Qué coño más húmedo y caliente tienes, perra —gritaba Fran.

Carmen levantó un momento los ojos y vio que, en la entrada del reservado, había un hombre observándola. Estaba desnudo masturbándose. Ignoraba a María, únicamente la miraba fascinado a ella.

Fue imposible no correrse.

—¡Ah…! ¡Dame más, más fuerte! ¡Me corro, me corro!

El orgasmo fue tan salvaje, que llegó a pensar que se caería de la mesa. Cuando por fin abrió los ojos vio que el desconocido se había marchado tal y como había aparecido, en absoluto silencio. De tal forma, que Carmen incluso llegó a creer, que había sido un espejismo fruto de su enorme calentura. Pero al mismo tiempo que su cuerpo y su mente volvían a su estado normal, comenzó arrepentirse de estar desnuda sobre una mesa, entregándole su cuerpo al socio de su marido. «Soy una zorra, una vulgar ramera».

Estaba agotada, y deseaba que Fran terminara de una vez.

En esos momentos solo pensaba en ducharse, en reconducir sus ideas. Únicamente quería marcharse a su casa y acostarse en su cama, sintiendo el calor del cuerpo de su esposo durmiendo a su lado. Alejando de ella, cualquier clase de pensamiento morboso. Tal era su pesadumbre y vergüenza que, en un solo instante, tras ese brutal orgasmo, se desvaneció todo ese deseo.

Simplemente, permaneció sobre la mesa, dejando que Fran la penetrara. Con el único deseo que terminara cuanto antes. Fran la jodía intensamente, diciéndole toda clase de ordinarieces, que ahora si llegaban a molestarla. Intento aislarse, pensar en otra en cosa, pero no fue capaz. Dedujo que Víctor y María ya habrían terminado, ahora permanecían atentos, observando como ella se dejaba follar.

—Me voy a correr, —escuchó jalear a Fran. Pensando que lo peor ya había pasado, todo acabaría de una vez. Pero entonces él sacó su verga, Carmen creyó que se correría sobre su culo, tal y como Víctor había hecho en algunas ocasiones. Pero rodeándola, notó su caliente y brillante glande rozándole los labios.

Chupar aquella polla era lo último que deseaba hacer aquella noche, pero no tenía fuerzas para protestar, y prefirió abrir la boca sumisamente. Percibiendo como aquel grueso trozo de carne, penetraba su boca. Entonces Fran la agarró del pelo y comenzó a follarla con una violencia, que ni siquiera le había visto emplear a Víctor. Usándola a su antojo, como si fuera un objeto sexual.

Segundos más tarde, sintió como su boca se llenaba del amargo y caliente esperma de Fran. Le hubiera gustado sentir asco, expresar cierta repugnancia ante aquel acto que, durante años, le había negado reiteradamente a su esposo.

—¡Qué gusto…! —Gritó eyaculando en su boca, sin soltarla un solo segundo del pelo.

Cuando aquella polla abandonó por fin de su boca, se limpió con la palma de la mano los restos de semen y saliva que escurrían hacia abajo, por la comisura de sus labios.

Se incorporó dolorosamente. Sintiendo un fuerte escozor en sus castigadas y azotadas nalgas. Su coño seguía dilatado, percibiendo la cara interior de sus muslos pegajosos. Tenía las piernas y los brazos entumecidos, sintiendo un punzante dolor en sus rodillas, totalmente enrojecidas por la postura sobre la mesa.

Carmen no hizo ningún tipo de comentario. Únicamente cogió sus bragas abandonadas en el suelo y se las puso. Luego fue hasta el sofá a recoger su vestido. Se sentía tremendamente una puta.

—¿Te apetece que tomemos otra copa? —Le preguntó Víctor, mirándola con una expresión diferente a los ojos.

—Quiero irme a mi casa, —respondió Carmen con frialdad.

Víctor esperó que se vistiera y agarrándola de la cintura, del mismo modo que habían llegado, abandonaron el local. La diferencia era que el abrazo de él, ahora, era mucho más intenso y sincero. Ni siquiera se despidieron de Fran ni de María. «Seguramente ellos aún no dan la noche por terminada». Pensó maliciosamente Carmen.

—Espero que vuestra estancia con nosotros, haya sido agradable, —se despidió la misma chica rubia, que los había saludado al entrar.

—Gracias, nuestra visita ha sido sorprendentemente satisfactoria, —respondió Víctor.

No hablaron durante todo el trayecto, no hacía falta hacerlo. A pesar de que Carmen daba su relación con Víctor por terminada, él sabía que ella había probado ya el veneno del morbo. Lo había visto esa noche en sus expresivos ojos. Estaba seguro de que, dentro de unos días, ella necesitaría más. «El morbo es un monstruo que, una vez que te atrapa, hay que seguir alimentándolo», pensó, mirando a Carmen disimuladamente de reojo.

—Pasa una buena noche, —se despidió él, dejándola en el mismo lugar donde ella había aparcado el coche unas horas antes.

Ella no respondió, abandonó el vehículo, convencida de que esa sería la última vez que estaría a solas con Víctor. Lo odiaba. Eso pensaba.

Una vez que llegó a su casa se encerró en el servicio y comenzó a llorar. No era un llanto de tristeza, simplemente necesitaba desahogarse a consecuencia de las enormes y encontradas emociones, que había experimentado esa noche.

Por fin se quitó el vestido y sin desmaquillarse, únicamente cambiándose de bragas, se metió en la cama. No tenía fuerzas para nada más. Dos minutos más tarde, dormía plácidamente, sintiendo junto a ella el agradable calor del cuerpo de su esposo.

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(Continuará)  

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