TANATOS 12

CAPÍTULO 14

No solo pude oír el beso sobre la piel de María, sino que lo pude sentir, y lo llegué a sentir como si fuera una primera vez. Era algo que ya me había sucedido otras veces en los últimos meses y consistía en verla, en sentirla, como si fuera una primera María, aún por descubrir, como lo que sentiría alguien ajeno.

Ella echó la cabeza hacia adelante, liberando su nuca, dejando ver ya no solo el nudo que habitaba a la mitad de su espalda sino también el de arriba. Edu casi pegaba su pecho a la espalda de ella, por lo que María tenía que estar sintiendo en su culo, o en la parte baja de su espalda, aquello tan conocido y destacado de él.

Como consecuencia de esa incorporación de Edu pude descubrir por fin el otro palco, y vi a una pareja, quizás en sus veintitantos, no demasiado morenos a pesar de que presentí que eran asiduos, él incluso bastante o muy pálido, y llamaba la atención de él su pelo castaño, largo y lacio y su barba que pretendía ser tupida, pero que no lo era tanto, como un quiero y no puedo juvenil. De ella destacaban sus ojos verdes, que se podían ver incluso desde mi posición, y un pelo más oscuro y más fosco; ambos estaban sentados, uno al lado del otro, más lejos de Edu y María que yo, y ambos estaban desnudos, completamente, y se cortaban más bien nada de observar.

Pensé que para ellos la pareja, los novios, eran aquellos dos agraciados, y yo, otro simple mirón. Y ese pensamiento me excitó.

De repente una brisa me golpeó, haciéndome inhalar un estimulante olor a mar. María miraba al frente y yo no sabía si ella también había recibido aquel hálito, pero lo que recibió seguro y en seguida fueron unas manos de Edu que comenzaron a ir más allá… y comenzaron a acariciar sus pechos, sobre el bikini, con una dulzura y delicadeza inusual. Edu le masajeaba los pechos, sobre la fina tela, cada mano en una teta, y ella no tardó en alzar un poco la mirada y en cerrar los ojos.

Y le dijo algo al oído y ella no respondió, ni sonrió, simplemente se quedó quieta, adormecida, mecida, y después él abandonó aquel masaje para llevar sus manos a la nuca de ella… y después a su espalda, desanudando ambos impedimentos, hasta conseguir, sin resistencia, que sus pechos respirasen libres. Y yo me quedaba sin aire al comprobar la grandiosidad de lo expuesto, lo maravilloso de aquellas excelsas tetas aflorando libres, puras y grandes, y en cómo Edu se hacía el delicado y volvía a aquel masaje, pero esta vez piel con piel, cada mano a un pecho; los acariciaba y después los apretaba un poco… y comenzó a hacerlo mirando hacia un lado, y ese lado no era el mío. Y María abrió los ojos y entreabrió la boca en un momento en el que una caricia se hizo algo ruda, y obsequió a la pareja con aquella queja que era casi un gemido, y después con una mirada… y después a mí con otra.

Las caricias continuaban y pude sentir todo: el tacto casi sobrenatural que disfrutaba Edu por acariciar sus pechos, la excitación de la pareja mirona que se estaría preguntando hasta dónde llegarían, y mis celos, mi dolor, y el morbo que me hacía temblar y sudar frío.

María se levantó entonces, liviana e improvisadora, y, sin mirar atrás, se encaminó de nuevo hacia la orilla, y se pudo ver su culo parcialmente tapado por la braga del bikini, mostrando unas nalgas tersas, más cubiertas que cuando el tanga azul, pero igualmente atrayentes. Y unos pechos que, aún solo pudiendo admirarla desde atrás, asomaban por los laterales de su torso, bamboleantes, libres… Dando casi más morbo desde esa perspectiva trasera que lo que podría ser de frente, pues ese asomar, enseñaba, pero no enseñaba, y aseguraba que era de las elegidas.

Mientras yo la admiraba, Edu se quitaba el bañador y lo colocaba a su lado, con cuidado, descubriendo un pollón colosal, que caía pesado y algo hinchado, hasta golpear la toalla y reposar allí. Y miré más allá y la pareja parecía no sobresaltarse, pero no perdía detalle de la polla liberada, del cuerpazo de aquel hombre y de la locura de mujer que entraba otra vez en el agua.

Allí se actuaba, no solo se miraba, se pensaba y se barruntaba. Como si todos los allí presentes quisieran darme una lección, de actitud, de vida. María se exponía, Edu provocaba y presumía, y aquel chico de cabello lacio se ponía en pie y se encaminaba también hacia el mar. Le pude ver mejor su lampiño cuerpo, sin nada de pelo, y su desnudez total, incluso en su zona púbica, y sin absolutamente ningún complemento; no así su novia que parecía tener algún collar y alguna pulsera en sus tobillos, y yo no podía entender qué pretendía, pero aquel crío caminaba con paso firme, mostrando un culo plano y casi lechoso, y unas piernas delgadas, y una polla fina, pero larga, y unos huevos recogidos, que apenas colgaban.

Se pudo apreciar el rubor de María al sentirlo venir, pero el chico no se detuvo hasta estar apenas a un par de metros de ella. Ambos de estatura parecida y ambos con el agua cubriéndoles hasta la cintura. Callados, pero conscientes de la presencia cercana del otro. Y ella terminó por girarse y yo no sabía si él le había dicho algo para que eso ocurriera o había sido por decisión propia. Y aquel chico recibió de golpe el impacto visual del torso desnudo de ella, la cual jugaba, inquieta, y no sin bochorno, con las yemas de sus dedos sobre la superficie del agua, y movía su melena aquí y allá, y yo disfrutaba de su vergüenza, y aquel chico disfrutaba de sus impresionantes pechos, y se enredaban en una conversación incómoda, atascada, de frases cortas, que yo ni mucho menos podía alcanzar a escuchar.

Y me quité entonces yo también el bañador, descubriendo, sin saberlo, que estaba completamente empalmado, y que era la polla más dura de aquella playa, pero aun así la más pequeña.

Con mi mano fría, pero el cuerpo caliente, retiré un poco la piel de mi miembro y observé una gota perfecta, esférica y semitransparente que lo coronaba todo. Y después miré a mi alrededor y comprobé que no había más gente, no más que nosotros cinco. Y después mi mirada fue otra vez al mar y me sorprendí e impacté por ver a aquel chico, desvergonzado hasta lo descortés, más cerca de María.

Ella se mojaba los brazos con las manos. Primero uno y después otro. En movimientos errantes y tímidos. Y para hacerlo se inclinaba hacia adelante, y sus pechos rebotaban un poco, acabando de rematar la imagen que aquel enclenque descarado tenía que estar disfrutando. Y después él se acercó más, y hasta llegué a dudar de si intentaría algo, y ella miró hacia la orilla, hacia Edu, y temblé, de forma involuntaria y fortísima, como un estruendo, temiendo, de golpe, que estuviera pidiendo permiso.

Miré entonces a mi izquierda y vi que Edu no estaba en aquel momento concentrado en ellos, y es que la chica se había levantado y estaba cerca de él; una chica agraciada de cara, con sus ojos vivos y verdes, pero con un cuerpo delgado que ofrecía poco, sin apenas curvas, con unos pechos pequeños y areolas y pezones como de chico, y confirmé una especie de pulsera, o varias, en su tobillo, de cuero y de hilos de varios colores; y, desvergonzada como su acompañante, se había aproximado a Edu, mostrando un sexo sí oculto por una frondosidad, pero él no solo no se alteró, sino que lo que hizo al verla tan cerca fue negar con la cabeza. Y la chica no dio ningún paso más y mostró las palmas de sus manos, como queriendo decir que lo entendía y que no insistiría.

Pero si Edu tuvo aquella facilidad para ser claro, no lo conseguía de igual forma María, que seguía casi acosada por aquel desgarbado, que le hacía gestos ostensibles con las manos, y yo intentaba adivinar qué le decía, hasta que concluí que le quería explicar o convencer para que se soltara, que se liberara entera… Deduje, por todos aquellos gestos y por las medias sonrisas ruborizadas de ella, que le decía o proponía que se quitara también la braga del bikini. Y ella sonreía incómoda, y negaba con la cabeza, más veces que Edu, que solo había necesitado una.

Y se quedaron en silencio. Y la chica permanecía de pie, cerca de Edu, y no se acercaba ni se alejaba. Y entonces aquel chico hizo algo que me descolocó y me excitó a partes iguales, y es que bajó su mano… hasta sumergirla, y todo parecía indicar que se agarraba su miembro mientras la miraba. Y María desvió sus ojos hacia el horizonte, al instante, incómoda y abochornada, pues su gesto parecía completamente inapropiado y hasta sacado de contexto. Y ella evitaba volver a mirar hacia él, pero con la plena consciencia de que aquel chico se acariciaba o se masturbaba, desvergonzado hasta lo grosero, a un metro de ella.

Edu se incorporó un poco, mostrando por fin cierta inquietud. Y yo, temblando, bajé también mi mano, y me sentí mal, y volví a dejar mi miembro palpitar libre.

No podía soportar aquella tensión y no podía dejar de mirar cómo aquel chico la incomodaba, y se podía ver mínimamente el codo de él… adelante y atrás. Y entonces ella se giró hacia él y él abandonó su movimiento, quedándose con los dos brazos en jarra. Y ella le dijo algo y él le respondió. Y ella se volteó, hacia la orilla, impactándome de nuevo con la visión frontal de sus tetas, y optaba por salir del mar, dejando allí a aquel atrevido e insolente autóctono.

Otra vez su salida del agua, pero esta vez con una intranquilidad real. Otra vez su zancada larga, pero esta vez con sus tetas libres, sus areolas amplias y rosadas y sus pezones duros, por lo sucedido o por el frío. Espléndida, plena, madura y hecha en comparación con el chico, y claramente tensa, se acercaba a Edu y me dedicaba otra mirada a mí, hasta que se paró de pie frente a él, y extendió los brazos hacia abajo, y apretó los puños, y tiritó un poco.

Edu se puso de pie, mostrando aquella polla que caía enorme, hasta casi la mitad del muslo, humillándome a mí y venciendo a aquel chico que seguía en el mar, y la recibió sin decirle nada.

—Tengo frío —susurró ella.

—Pues quítate la braga. Que está mojada —le dijo él, displicente, y quizás habiendo entendido lo mismo que yo sobre lo que le había pedido el chico, y quién sabe si molesto porque no hubiera accedido.

—No tengo otra —dijo ella.

—No te hagas la tonta —rebatió él, serio, sabiendo que el debate era sobre su desnudez, sobre liberar su coño… no sobre un cambio de prenda. Y después la rodeó y se colocó tras ella, ambos dándole la espalda al mar, y casi cara a mí y hacia aquella chica que volvía a su deshilachado pareo, que hacía la función de toalla.

La abrazó por detrás y besó su cuello, matándome. Se mostraban como dos novios, como dos amantes. Y el chico volvía, con la polla oscilando, mostrando una erección evidente aunque no máxima ni mucho menos, y se perdía cómo Edu bajaba sus manos a las bragas de María, por los lados, y tiraba de ellas hacia arriba, haciendo que su coño mojado se apretase y se marcase. Ella cerró los ojos y dejó que él repitiera aquel movimiento. María sentía su polla desnuda en su culo, mientras su sexo era apretado y soltado, cargado y ventilado, y él acabó por separar la braga de su cuerpo, un poco, hacia adelante, y miró hacia abajo, hacia su vello púbico, que emanaba, recortado, cuidado y rizado, y quién sabe si descubriendo y viendo que su excitación ya hacía brotar sus labios hacia fuera.

Aquel chico llegó a su pareja, se sentó a su lado, y no perdió detalle del final de aquella sesión que nos ofreció Edu; no se cortó en mirar cómo aquel coño marcaba la braga y cómo María cerraba los ojos, ni se cortó de volver a mirar aquellas tetas que caían pesadas sobre su torso, coronados por unos pezones desorbitados, por el frío y por los juegos de su acompañante.

Edu acabó por abandonar su tortura a cuatro, pues él parecía no sufrir, y volvió aquella braga a su sitio, y acarició sutilmente las nalgas de María, la cual abrió los ojos, y les miró a ellos.

Y yo quería mi mirada, quería la confirmación de que yo era necesario y de que ella me quería, y dijo Edu entonces:

—¿Damos un paseo?

María esbozó una afirmación en tono neutro y aparentemente tranquilo, y se aproximó a una bolsa de playa que yo no conocía y que pensé quizás había comprado aquel mismo día; y se inclinó, haciéndole un regalo a aquel chico, matándole, pues sus pechos cayeron enormes, y rebuscó hasta coger una prenda, rosa, y ese fue el regalo que era para mí, pues en seguida entendí que se ponía la camisa rosa, la comprada para excitar a Víctor, y me miró mientras se vestía con ella, y me miró mientras la remangaba, y me miró mientras despegaba su melena de la espalda para que cayera por fuera de la camisa y no por dentro… Y sentí un súbito amor por ella. Y ella apartó su mirada de mí, y acabó de remangarse, pero no hizo ni ademán de abotonarse.

Se encaminaban hacia la orilla: Edu con su polla enorme colgando y con su culo fornido, carnoso y redondeado, y con una espalda musculada, pero sin exceso, y María le acompañaba, con su braga del bikini mojada y con aquella camisa rosa, que no encajaba en el contexto, por ser arreglada, para llevar con traje de chaqueta, pero sabía darle el toque desenfadado por difícil que fuera, y la llevaba abierta, sin hacer esfuerzo alguno por cubrirse… por lo que nos deleitaba a todos, y a ella misma, con la imagen infartante de sus pechos bamboleantes al caminar.

Tan hipnotizado estaba viendo cómo llegaban hasta el mar y comenzaban a caminar, despacísimo y en paralelo a la orilla, que tardé en ver cómo la chica, sentada junto a lo que había supuesto sería su novio, colaba la mano por entre las piernas de él, y le acariciaba su prolongada aunque estrecha polla en un primer momento, para pajearle discreta y lentamente después.

No me fiaba de Edu, y por eso me parecía que cada beso, cada abrazo y aquel paseo, no eran sino una pretenciosa demostración de que podría robármela cuando él quisiera.

Volví entonces mis ojos hacia aquel chico y hacia su pareja y me vi sorprendido porque ella me miraba. Me miraba mientras pajeaba a su novio, pero no me miraba de forma amistosa ni incitadora, sino como algo más cerca de una reprobación.

Bajé rápidamente la cabeza, algo acobardado, y pensé en que parecían más jóvenes, pero más seguros, tanto que intimidaban. Y esa intimidación parecía alcanzar su punto álgido en los ojos verdes de ella… tan desafiantes que me habían hecho apartar la vista, incómodo, y dudé de si me habría pedido con su gesto que me marchara, como si quizás me echara la culpa a mí de que María y Edu no interactuasen explícitamente con ellos. Quizás ella sabía, incluso mejor que su novio, que aquella pareja no era algo que surgiera allí todas las tardes, y no se podía permitir el lujo de desperdiciarlo, y menos porque un mirón se los espantase.

Cogí aire. Resoplé. Estaba excitado e incómodo. Y también comenzaba a tener algo de frío. Y me atreví a mirar de nuevo hacia la pareja, y el chico se recostaba sobre un codo, y gracias a eso me permitía ver mejor las maniobras de la chica sobre su entrepierna. Y él contemplaba el paseo de Edu y María, el contoneo y el lucimiento de ella, y entonces dijo, de forma nítida y clara:

—Menuda pija creída…

Lo dijo en un tono alto, y después de decirlo me miró, y yo me tensé. Estaba convencido de que lo había dicho para que yo lo escuchara, y me sorprendía el sinsentido de que su novia pretendiera echarme mientras él buscaba un extraño compadreo.

Y su novia también les miraba y acariciaba la polla de él, y el chico volvió su mirada hacia el mar y disfrutaba calmado de las caricias de su pareja y más tenso del caminar altivo y exhibicionista de María. Y después susurró otra frase de desprecio hacia ella, y su novia le respondía, y yo escuchaba palabras sueltas, y me daba la sensación de que analizaban sus cuerpos, la polla de él, las tetas de ella, y criticaban la altanería de ambos.

Volví mi vista hacia el mar y Edu entraba en el agua y ella le esperaba en la orilla, de espaldas a nosotros.

Resoplé, rígido… Con tantas ganas de irme como ganas de participar de alguna manera. Lo que fuera, pero mi situación, estática, me estaba matando.

Pero el baño de Edu apenas duró nada, y él salía en seguida del agua y ya reiniciaban la marcha hacia sus toallas: exuberantes, imponentes. Las tetas espléndidas y libres de María… el pollón de Edu que ondulaba a un lado y a otro. La melena densa y las piernas largas de ella. Los abdominales y el pecho perfecto de él. Era todo una humillación que yo autoculminé, bajando la mirada otra vez, y recreándome en cómo mi polla mínima caía hacia un lado, semierecta y con la punta brillante.

No nos miraron cuando llegaron, a mí para no premiarme de más, a ellos para no incitarles demasiado. Y Edu, empapado, fue hacia su mochila, cogió su teléfono y se tumbó sobre su toalla, boca arriba. Y María, con la camisa completamente abierta y con su braga aún húmeda marcando su sexo, miraba como el pollón de él caía pesado, hacia arriba, sobre su abdomen.

Me dolía, pero había no solo deseo sino desasosiego, inquietud y hasta nerviosismo en aquella mirada de María hacia el cuerpo de él. La extasiaba, la tensaba, la hacía recordar y la hacía saber, pues era valor seguro. Y, mientras él revisaba su teléfono como si tal cosa, ella dudó, pero acabó por decidirse y sentarse a horcajadas sobre él.

Todo pasaba de repente muy rápido, de estarse él bañando y alejados de nosotros a tenerles allí, tan cerca, y ella encima de él. Y María apartó un poco su camisa, en una ostentación, en un pavoneo, dejando ver todo, a todos, y posó sus manos sobre el vientre de él, a ambos lados de aquel trozo de carne que no parecía acorde a la complexión si bien fibrosa de él, más bien delgada.

Y María acarició sutilmente aquel vientre y aquella polla palpitó, y ese respingo no le permitió ya resistirse más, y la recogió, con dulzura, despegándola del vientre de él, y les miró a ellos, los cuales, quietos, fingían normalidad. Y les miró mientras acariciaba aquello… como presumiendo, pero presumiendo a través de él, y por él. Les decía que aquello era suyo con la mirada, y después se apartaba un poco la camisa y les decía que lo era por merecimiento gracias a aquellos pechos excelsos; y es que el cuerpo de Edu la obligaba a hacerse valer y a lucirse hasta demostrar que aquello era al menos un empate.

Edu seguía revisando su teléfono, como si nada, y María comenzó una paja calmada, espesa y sentida, con una mano, y con las dos, parándose para mirarles a ellos y reiniciando sin inmutarse, y aquel pollón crecía más y más, mostrándonos que no había nada liso, que no había ni un centímetro sin un pliegue, sin una vena, sin algo que no lo hiciera tan único como animal.

María fingía que aquello no le afectaba, pero sus pechos parecían crecer y su mejillas parecían arder a cada sacudida. La punta de la polla de Edu ya brillaba acuosa sobre la oscuridad violeta de su glande, y ella miraba de vez en cuando hacia abajo y ya casi serpenteaba con su cadera, mínimamente, por instinto, rozándose con la nada, pero imaginándolo todo. Y él seguía con su teléfono y ellos quietos y yo quieto, hasta que ella detuvo la paja, inclinó su cuerpo hacia adelante, y besó el cuello de él, y, colocó su cara frente a la suya, muy cerca, y le susurró:

—Nos… miran.

—Normal —respondió él.

—¿Qué tal la chica? —susurró María, con sus pechos cayendo, rozando el pecho de él.

—No está mal. ¿Y él? —preguntó Edu en voz baja.

—Él… se las da de jipi, pero es solo un friki —respondía María, mofándose.

—¿Sí?

—Sí, y un sucio, como decías tú. Le olía la polla hasta debajo del agua.

—No exageres.

—No exagero —respondía ella, apartándose el pelo, haciendo que toda la melena cayera por el mismo lado de su cuello.

Me dolía su complicidad, y temía que ellos les estuvieran escuchando, y entonces Edu acarició el culo de ella y ella besó de nuevo su cuello y después un pezón y después otro, y el torso de Edu era acariciado por sus besos, su lengua y sus tetas que caían, masajeando el vientre de él, y él seguro que hasta notaba los pezones de ella marcando su piel.

María seguía reptando, hacia abajo, y él soltó su teléfono y la chica se levantó, pero no avanzó, y Edu la miró mientras llevó una de sus manos a la cabeza de María que era una mancha rosa que iba bajando y bajando, escurriéndose y besando, mojando en un reguero aquel torso y abdominales que palpitaban… Y Edu llevó entonces una de sus manos a su miembro y lo dirigió hasta colocarlo al lado del rostro de María, como un mástil grueso y largo que se erigía presumiendo de dimensiones… Y María le miró, con su pollón al lado de la cara, y lo cogió con la mano, y le dio un beso en la mitad del tronco, mientras le miraba, y era imposible que ella se aguantase más… era imposible que siguiese resistiéndose a metérsela en la boca.

Edu reparó entonces en que la chica otra vez pretendía acercarse y le volvió a indicar con su mano que se detuviese, que no se acercase más.

Y todos pudimos sentir al instante lo que sintió él, y es que Edu dejaba caer la cabeza hacia atrás, en el preciso momento en el que el calor ocasionado por la boca de María, le invadía. Mi novia se metía toda la punta de aquel pollón en la boca, y le miraba, pero él se había dejado ir hacia atrás… resoplando un bufido… y solo tuvo la fuerza para llevar una de sus manos a la cabeza de ella… para hacerla bajar un poco más.

Yo suspiré entonces, y cerré los ojos… tenso… nervioso… sudando, pero a la vez con frío… Quería sentir, guardar en la retina aquella imagen de ella metiéndose aquella polla en la boca… y además rodeados por aquella chica, por el momento obediente, quieta, de pie, sin la autorización para acercarse, y por aquel chico empalmado que llevaba un rato a la expectativa.

Abrí de nuevo los ojos y me encontré con una mamada lenta, húmeda, explícita… y con un sonido acuoso y sutil que ya asomaba… Ella se ayudaba con una mano y después con la otra, la sujetaba y la soltaba, y la perseguía con la boca, casi siempre con los ojos cerrados… Después besaba sus huevos y volvía al tronco, y cuando acudía a la punta reiniciaba la mamada arriba y abajo, y entonces Edu la acompañaba con una mano sobre su cabeza, marcándole el ritmo, y después él se incorporó un poco, para ver aquella implicación, apoyándose con un codo atrás.

Después, María, con su polla en la boca, dejó de ayudarse con las manos, y apoyaba las palmas sobre la toalla, a ambos lados del cuerpo de él, y su cabeza subía y bajada, enterrándose y desenterrándose en aquel mástil enorme, y acompasada por Edu. Se la comía, allí, en la playa, al anochecer, vestida con aquella braga del bikini húmedo y con aquella camisa que habíamos comprado juntos para excitar a Víctor. Chupaba y alzaba la mirada para cruzarla con Edu que disfrutaba de aquella María pletórica, exhibicionista, espléndida y puta… aquella que necesitaba mi consentimiento y mi humillación para que todo fuera pleno. Y a veces se remangaba la camisa, siempre sin apartar la boca de aquella polla de la que apenas le cabía la punta en la boca… Y comenzó entonces a respirar agitadamente, en quejidos casi ridículos… y cada vez que subía y bajaba emitía un “¡Hmmm!” extravagante… y cerraba los ojos, y volvía a gemir aquel “¡Hmmm!” que sonaba agradecido… agradecida porque aquel hombre se dejara hacer por ella… agradecida porque le permitiera comerle la polla… y después otro “¡Hmmmm!” más exagerado, como queriendo captar su atención, que gemía justo cuando abría más los ojos para mirarle…

Ella devoraba aquello en movimientos larguísimos, en movimientos de cuello cada vez más y más exagerados, con subidas y bajadas, en recorridos largos… y lo hacía con jactancia y pavoneo, para él, para ella, para mí, y para la otra pareja. Y cada “¡Hummm!” contenía una desvergüenza humillante que era, sí, exclusivamente nuestro, para ella y para mí.

Y yo no pude más y comencé a tocarme, sin dejar de mirarles, y me sorprendió mi nimiedad… y me masturbaba con dos dedos, mientras la veía a ella comer aquello tan potente en movimientos siempre exageradísimos.

Y el que tampoco pudo más fue aquel chico de pelo lacio, que terminó por ponerse en pie y por adelantar a su pareja, hasta el punto de que Edu también le tuvo que hacer un gesto para que se detuviera. Pero aquel crío no se amilanó tan fácilmente y se acercó más, mostrando una erección llamativa, con su polla larga y ya algo más oscura, apuntando al frente. Y Edu volvió a indicarle con su mano que se detuviera, y lo acompañó con un “¡eh!” y aquel chico no se acercó más, pero llevó la mano a su miembro… y se pajeaba a dos metros de ellos, mientras María, ajena, seguía mamando… en aquellos recorridos largos y empapados.

Y pensé que aquel chico desistiría, pero quiso más, aún más, y se acercó más, y María miró a Edu mientras engullía y él le debió hacer un gesto con la mirada, como indicándole que tenían compañía no deseada, y María retiró la boca, dejando que dos hilos gruesos de saliva y preseminal hicieran de puente entre sus labios brillantes por la mamada húmeda y aquella polla enorme, y miró a su lado, y vio a aquel chico, desgarbado y descarado, demasiado cerca de ella.

Mi corazón latía con fuerza, y más lo hizo cuando María se puso en pie y se colocó al lado de aquel chico, que no era feo, que detenía su paja pero mantenía su erección, y yo no me podía creer lo que estaba sucediendo. Y ella le dijo algo, en voz baja. Parecía querer mostrarse conciliadora. Y él le respondía, pero yo no entendía, y después otra frase y ella parecía en un principio desaprobar lo hablado, y después otra frase de él, casi en el oído de ella y él gesticulando, y después ella miró a Edu y yo dudé, de nuevo… de si pedía ayuda o permiso…

Y aquel chico, mientras ella seguía hablando con la mirada con Edu, alargó su mano y la llevó a la muñeca de ella, pretendiendo que ella fuera hacia él; pretendía, sin duda, llevar aquella mano de María a su larga y ya durísima polla.

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