C.VELARDE

33. CONFRONTACIÓN 

JORGE SOTO

Martes 27 de diciembre

10:27 hrs

—¿Por qué carajos apagaste tu celular, Livia? —le pregunté en un estado de angustia y furia total al verla llegar—, ¡la hora! ¡Mira la puta hora que es!

—Buenos días —me saludó sarcástica, entrando como una sombra—,yo también te extrañé.

Suspiré hondo, apreté mis puños y retrocedí, sintiendo la cabeza caliente. Livia entró a trompicones, bostezando, portando un pantalón de mezclilla y un abrigo bastante grande que no parecía ser de ella. Su cabello parecía húmedo y lo llevaba recogido en un molote en la nuca. No usaba maquillaje. Se había bañado y se había venido tal cual. Arrastraba una bolsa de tela con desgano y volvía a bostezar.

Entró a nuestro cuarto sin darme un beso, aunque era probable que yo mismo hubiera tenido la culpa al haberla hecho sentir rechazada por la forma golpeada con que la recibí. La seguí al dormitorio y vi que metía en el cesto de la ropa sucia la bolsa de tela donde seguramente estarían las prendas usadas con las que la había visto salir de casa la noche anterior.

—Perdóname, Livia… —Me senté en el borde de la cama, mientras la veía ir de un lado a otro dentro del cuarto—, pero es que me tuviste pendiendo de un hilo toda la noche en que no supe nada de ti. ¡Apenas si pude dormir porque no me contestabas las llamadas ni me dabas señales de vida! Me tenías preocupado. ¡La cabeza está por reventarme!

—¿Preocupado por qué? Si sabías en dónde estaba —respondió sin mirarme, quitándose los zapatos para luego buscar un pijama en el armario.

Al parecer ella también se había quedado despierta hasta madrugada; eso explicaría sus deseos de seguir durmiendo y los continuos bostezos. 

—¿Leila… fue con ustedes? —pregunté sin poder aguantarme más.

—Sí, ¿por qué? —respondió con naturalidad una vez que se metió al baño para cambiarse y ponerse la ropa de dormir.

Su respuesta provocó que la bilis acudiera a mi garganta y un gélido vacío se formara en mi panza. Leila había subido una historia en instagram de madrugada donde se sugería que había estado bailando en una discoteca de Monterrey (y no en la cena con los empresarios con Livia y Valentino) aun si después la había borrado. Estoy seguro que se había puesto de acuerdo con Livia para que le hiciera segunda.

—¡Livia, me estás mintiendo! —exclamé con una voz más fuerte de la que habría querido externar.

—¿Qué dices? —me preguntó enfada cuando salió del baño con la pijama puesta.

Y le dije la verdad:

—¡Leila subió una foto anoche donde ponía que estaba en una discoteca aquí en Monterrey! A no ser que tenga una hermana gemela que no le haya conocido nunca, no me explico cómo carajos estuvo contigo en San Pedro y en la discoteca en Monterrey la misma noche. 

Livia abrió los ojos como plato, ojerosa, suspiró hondo y luego respondió con habilidad:

—Habrá sido una foto vieja. —Se soltó sus largos cabellos y se los peinó con los dedos. Olía a jabón y, en efecto, su pelo todavía estaba bastante húmedo.

—Tú sabes que no es así, Livy. ¿Desde cuándo Leila sube fotos viejas a sus historias de instagram con el riesgo de perder popularidad?

—¡Yo qué sé, Jorge! —respondió con brusquedad, dirigiéndose la cama.

—¿Te fuiste sola con el cabrón? —exigí que me respondiera cuando la vi tumbarse en su lado  de la cama, donde Bacteria estaba dormitando.

—¡Leila fue con nosotros, puedes preguntárselo si quieres! —contestó, echándose una sábana encima.

—Seguro ya la habrás puesto de acuerdo —contraataqué, pareciéndome inaudito que me estuviera mintiendo de esta forma tan descarada—. Pero anoche subió una foto la muy estúpida, y al recordar que tenía un acuerdo contigo la borró, pero no contaba con que yo ya la había visto.

—¿Qué diablos es lo que estás pensando, Jorge? —Se incorporó de nuevo con los ojos llorosos—, ¿por qué te piensas tú que yo te iba a mentir respecto a eso? ¡El día que vaya a ir con Valentino a solas a una cita por la noche con un cliente te lo diré, porque yo no encuentro nada de malo en ello!

—¿Entonces por qué me mentiste, sino tiene nada de malo que te hayas ido sola con el Bisonte a esa puta cena?

—¡No te mentí! —me respondió a la defensiva con un hilo en la voz—: ¡Leila fue con nosotros a la cena con Duarte, y si puso esa maldita foto en su Instagram sus razones tendrá! Ahora, por favor, salte del cuarto y déjame en paz, que me parece una falta de consideración que me la haya pasado trabajando hasta tarde y que en lugar de abrazarme o preguntarme cómo me fue, nada más entrar me sueltes con frivolidad un estúpido “¿Por qué carajos apagaste tu celular?”

—¡Livia, es que quiero que me entiendas…!

—¡Que me dejes sola! —determinó, dejándome pasmado y con la boca abierta.

Sudando frío salí del cuarto y cumplí su voluntad. Ni siquiera desayuné, pues no tenía apetito. De hecho no había comido nada por el estrés desde la noche y tal vez esa era la razón por la que me había dado migraña. Me tomé dos tabletas de excedrin y dormité algunas dos horas, toda vez que pedí licencia para faltar ese martes producto de mi desvelo.

Cuando desperté todavía sentía punzadas en las sienes, aunque eran más leves. Fui a ver a Livia al cuarto pero seguía dormida. Suspiré entristecido por cómo habíamos llevado las cosas a su regreso y sin hacer ruido recogí los zapatos de mi novia y los llevé al zapatero.

¿Por qué me mentía? Eso era lo que más dolor me causaba, que me mintiera. Yo podría ser ingenuo, pero no idiota. Leila no había estado con ellos en la famosa cena en San Pedro Garza García y eso me intranquilizaba. Si de verdad no había nada de malo en que se hubiera largado sola con Valentino, ¿por qué no decirme la verdad?

Iba a salirme del dormitorio para no hacerle ruidos que la pudieran despertar cuando mis ojos tropezaron con el cesto de ropa sucia que estaba al costado del armario.

Tal era la frustración, dudas y congoja que me atormentaba respecto a todo lo que estaba sucediendo últimamente, que se me ocurrió revisar el bolso que había traído Livia consigo al llegar. No sé qué era exactamente lo que esperaba encontrar, pero me dije que me quedaría más tranquilo si husmeaba dentro.

Suspiré hondo y eché un rápido vistazo hacia donde estaba mi novia recostada, de lado, dándome la espalda. Al confirmar que ella respiraba profundamente me acerqué a hurtadillas hasta el cesto y, haciendo el menos ruido posible, removí el pantalón, blusa y abrigo que se había quitado ella en el baño antes de ponerse el pijama, y que estaban encima de la bolsa de tela, y luego la extraje con sumo cuidado, el corazón latiéndome desbocado y las piernas temblando.

Salí con ella hacia la sala, teniendo el esmero de cerrar la puerta de la habitación. Tomé asiento en el sofá, desaté el nudo de la bolsa y la abrí con el cuidado de quien está a punto de desactivar una bomba atómica.

Escuchando los latidos de mi corazón en las orejas, nervioso, giré mi cabeza hacia la puerta y finalmente miré dentro de la bolsa.

No parecía haber nada raro ni diferente a lo que esperaba encontrar. Ahí estaban sus largos zapatos de tacón de aguja, el pequeño vestido blanco con pedrería en los contornos, las pantimedias transparentes y los parches adheribles a los pezones.

Pero entonces, en la segunda revisada me di cuenta de algo que me dejó helado. Sus bragas no estaban por ningún lado.

—Mierda —murmuré sobresaltado cuando vacié todas las cosas en la alfombra.

¿Las tendría puestas? Era probable, aunque también era probable que valentino las tuviera guardadas en su bolso a manera de trofeo luego de habérselas quitado el mismo previo a…

¡A vérsela tirado!

¿Valentino se había cogido a mi mujer? ¿Mi inocente Livia le había abierto las piernas a ese rastrero degenerado para que le agujerara su encharcado coño? ¿Mi novia y su jefe habían follado como perros en celo toda la noche? ¿Me habían puesto los cuernos?

Una horrífica punzaba en la cabeza y el corazón sacudió mi cuerpo de cabo a rabo, helándome el vientre y provocándome fuertes taquicardias. Los labios se me pusieron secos y mis manos temblaron de manera que pronto comencé a sudar frío.

—No… no —susurré casi con un doloroso soplido. 

 Que las bragas no estuvieran en la bolsa de tela no podía significar nada. Lo mismo las había olvidado en el baño del hotel por descuido, pues ella era muy limpia y precavida, y cuando habíamos salido de viaje siempre llevaba bragas para cada día. Sí, era eso. Las había olvidado en el baño cuando se puso unas bragas limpias.

¿O las llevaría puestas ahora?

No me lo pensé dos veces para dirigirme de nuevo al cuarto e inspeccionarla cuidadosamente aprovechando que estaba dormida.

La encontré en la misma posición fetal de antes, lo que me facilitaría la empresa de examinarla.

Mis dedos estaban helados cuando me trepé a la cama, sigiloso, y levanté un poco la sábana que se había echado encima hasta que pude mirar su enorme culo. No hizo falta siquiera intentar bajarle el pantalón de lana del pijama, pues el elástico superior de sus bragas me mostró que llevaba puestas unas de color beige.

“Mierda”.

Esas no eran las bragas negras que yo mismo le había visto ponerse antes de que se subiera su minúscula falda sastre.

El aire se condensó en mi nariz y el dolor de mi cabeza me punzó una vez más como si un montón de ajugas se estuviesen enterrando en mi frente. Me estaba confrontando con mis propias inseguridades… y estaba perdiendo la batalla.

Me bajé de la cama con la misma premura y me dirigí hacia el cesto buscando sus bragas negras. No estaban. Entré al baño por si acaso las hubiera dejado allí cuando se puso el pijama pero tampoco las encontré.

El incipiente dolor que se apoderó de mi pecho ya no tenía nada que ver con asuntos de hipertensión arterial, de lo que había muerto mi madre, sino a algo más etéreo y certero que sólo es causado a través del alma.

Volví a salir del cuarto a trompicones, sintiéndome cada vez peor, con la cabeza caliente y el sudor frío escurriéndome por la frente. Me dirigí a al sofá y volví a inspeccionar lo que había allí. Esta vez revisé la ropa con mayor meticulosidad, buscando entre las cosas algún rastro de adulterio.

A lo mejor me hubiera quedado tranquilo, rechazando una posible infidelidad entre mi novia y Valentino; y las punzadas, nervios, celos y espasmos se hubiesen exterminado, de no ser porque al revisar las pantimedias noté, con gran estupor, que estaban completamente rotas a la altura de la entrepierna y la vagina.

—¡No! ¡NO! ¡NO!

Tuve miedo, un denso y aguzado miedo que comenzó a expandirse por todo mi cuerpo como si fuese un animal muy frío cuyos filosos tentáculos  estaban pretendiendo llegar a mi pecho para despedazarme el corazón.

Cuando advertí que, a través de las costuras rotas de las pantimedias, había una mancha seca y transparente como producto de flujos (que no podían ser de semen porque no tenía la contextura) tuve la horripilante necesidad de ponerme a gritar y jalarme de los pelos.

Corrí hacia el lavabo, llevando las pantimedias conmigo, y abrí al grifo y esperé hasta que el agua saliera caliente. Una vez conseguido mi propósito humedecí las pantimedias justo donde figuraba la mancha para ver que consistencia adoptaba con el agua caliente.

El líquido se volvió viscoso, pero no apareció ninguna mancha que me hiciera pensar que se tratara de semen. Me llevé la prenda a la nariz y olí a sus flujos sexuales, no a orina, ¡olía a sexo femenino, olía a Livia!

Iba dejarme al suelo por la impotencia que sentía cuando de pronto escuché a una Livia horrorizada gritar desde el cuarto, con alaridos, asustada.

—¡Jorge! ¡Jorge! ¡JORGE!

Dejé las pantimedias en el fregador y corrí como una bala hasta la habitación, donde miré cómo Livia temblaba como producto de ataque de pánico.

—Livy, hey, ¡estoy aquí!

Ella me miró, sus ojos abiertos, sus labios temblando, su mirada perdida, y comenzó a estremecerse, a frotarse los brazos, a sacudir la cabeza.

—¡Por Dios Livia! —me horroricé al verla.

—¡Jorge! ¡Jorge! —gritaba, sacudiéndose, echándose las manos a la cara, vibrando de arriba abajo.

—¿Qué pasa, Livia? ¡Estoy aquí! —salté sobre la cama, poniéndome de rodillas frente a ella.

—¡Abrázame! ¡Por favor abrázame! —me suplicó gimoteando, con la piel caliente.

Y empezó a llorar fuerte, agitada, enterrando sus dedos sobre mi espalda cuando me eché sobre ella y la recogí con mis brazos. Estaba temblando: pude sentir su corazón desenfrenado, palpitante, y ella remeciendo, gimoteando.

—¡Ay, no! —exclamé con terror cuando noté que le faltaba el aire—. ¡Respira hondo, cielo, respira hondo, es… un ataque de ansiedad, sólo es ansiedad! —determiné.

Estaba familiarizado con ese estado de perturbación mental. Lo conocía por mi hermana, por mí mismo, que en instantes extremos (como el vivido anoche) me obnubilaban. ¿Pero por qué Livia? ¿Por qué estaba así? Tuve miedo, un puto y doloroso miedo.

Me costó dejar que me soltara para ir corriendo al botiquín del baño y extraer alcohol y algodones. Al volver a la cama me tumbé sobre ella y le froté la nariz. Le quité el pantalón de lana y la blusa de dormir y le unté más alcohol en el pecho, en los brazos, en las piernas, hasta que comenzó a volver en sí. “Respira, mi amor, respira, mírame, mírame.”

Y ella comenzó a tranquilizarse, lentamente.

—Mi bolso —dijo de repente, apuntando hacia la izquierda con sus dedos temblorosos, donde un bolso blanco reposaba sobre nuestro pequeño escritorio. Fui tras él y se lo acerqué.

Livy extrajo de allí una carpetita de cuadritos de colores que olían a frutas, cada cuadrito a una fruta diferente: de allí despegó un cuadrito de color rojo que olía a fresa y le quitó una laminilla transparente antes de metérselo a la lengua.

—¿Qué es eso? —pregunté asombrado.  

—Un relajante —murmuró, dejando el resto de pegatinas de sabores en el bolso y echándose hacia atrás.

¿Había padecido ya antes estos ataques de ansiedad y no me lo había dicho para no mortificarme? La cabeza se me puso caliente y sentí un vacío muy helado en el centro de mi estómago.

—Todo es por mi culpa, ¿verdad? —le dije a Livia sintiéndome el novio más inhumano del mundo, mientras ella volvía a cerrar los ojos—… por estresarte y acusarte todo el tiempo… de… pendejadas.

Livia parecía estar durmiendo, mientras yo la miraba sintiéndome asquerosamente culpable: el peor de todos los hijos de putas.

—Lo lamento, Livia, en verdad lo lamento.

Ya no me importaba la ausencia de sus bragas ni lo que significaba el aroma a sexo de sus pantimedias. Ella no era infiel. No sería capaz. Al contrario, yo era el responsable de que ahora ella estuviese así, con ansiedad, por mi toxicidad, mi desespero, mis constantes reproches.

No era imbécil: yo sabía que Valentino le gustaba (y viceversa) que era probable que estar a solas con él le provocara mojarse. Y aunque me dolía, tenía que entender que ella me amaba… y nunca me engañaría. No obstante, esa misma tarde, mientras Livia volvía a dormir, busqué el código IMEI en la caja del teléfono de Livia (pues ella solía guardar todos los empaques de sus cosas) y se lo mandé a mi amigo Federico, diciéndole:

“Si te es posible… quiero que lo intervengas, por favor… sé que ocupas más datos, pero ya te los daré después.”

“¿Lo quieres hablar conmigo, pelirrojo?”

“Después…”

“Okey, okey, ¿necesitas algo más?”

“Sí, Fede, un llavero, como el que le pusiste a Leila ayer.”

“¿Un llavero con GPS?”

“Sí, Fede, por favor. Consígueme uno y se lo pongo en el bolso de Livia. No voy a decirte nada más, porque me da vergüenza y me duele, sólo que sepas que la estoy pasando mal, Fede, te juro que la estoy pasando muy mal. Y por favor, nada de esto a Pato, que no quiero arruinar sus vacaciones. Ya llega el viernes y lo hablo con él.”

“Como quieras, pelirrojo, y no olvides que cuentas conmigo.”

“Gracias.”

Me recosté con ella el resto de la tarde y cuando despertó le di un té. Luego, más serena, se metió a la ducha, y al volver intenté besarla y ella se apartó.

—¿Sigues enojada conmigo? —le pregunté entristecido.

Y ella me miró con los ojos aguados, diciéndome:

—Conmigo, Jorge… sólo conmigo —Y se volvió a echar a llorar sobre mi regazo.

JORGE SOTO

Miércoles 28 de diciembre

9:00 hrs

Nada más llegar a La Sede, vi un alboroto dentro, gritos, gente yendo y viniendo por todos lados, unos empujándose y otros llevándose las manos a la cara: guardias de seguridad cerrando las puertas, confiscando nuestros celulares para evitar fotografiar mientras que un montón de personas intentaba descolgar las imágenes obscenas de Olga Erdinia que estaban puestas en todas las paredes.

Era la imagen que yo había editado (excepto por la leyenda inferior que decía “La inmoral Olga Cerdinia, la nueva izquierda de México” y yacían colocadas en espejos, muros, ventanas, otras cuantas colgaban desde lo alto del vestíbulo, y era imposible bajarlas.

Nadie supo quién las colocó y, encima, convenientemente las cámaras (desde el día de la felación dentro de los baños) seguían desactivadas. Yo me quería morir de la impresión: de hecho, esta vez fui yo quien sufrió un ataque de pánico y fui a parar a la enfermería por la descompensación que sufrí durante buena parte de la mañana.

Livia estaba a mi lado, cuidándome, maldiciendo, a su vez, a quien hubiese sido capaz de ser tan “rastrero” para hacer algo semejante. Acusó a todos, menos al verdadero culpable: yo. Lo que más me dolía era que defendiera a Aníbal, a quien, ahora consideraba, incapaz de hacer algo así.

Y yo, no obstante, ahora entendía que esa caja de regalo que había recibido en mi escritorio en nochebuena me la había dejado el mismo Aníbal, como un recordatorio de que si yo lo traicionaba, él acabaría conmigo. ¿Cómo había sido capaz de haber hecho algo tan ruin contra mí y contra la doctora Erdinia?

Por supuesto, nadie sabía que yo era el autor, pero saberlo no me tranquilizaba.

El escándalo trascendió a los medios de comunicación, y en ese preciso momento, cuando Livia salió un instante de la enfermería por un té, lloré de rabia e impotencia.

Todo el mundo sabía que esas imágenes eran falsas, que alguien las había editado para perjudicarla, no obstante, la junta de comité consideró que el escándalo era irreversible y que la imagen dañada, resolviendo sacarla de la contienda y cancelar los comicios internos que se llevarían a cabo al día siguiente:

Aníbal Augusto Abascal y Bárcenas era el absoluto candidato de La Sede, el partido conservador “Alianza por México.”

“¡Esta es una afrenta directa hacia mi persona!” se oyó en todas las bocinas del edificio la voz de la elegantísima y siempre firme doctora Erdinia, “del corrupto equipo de oposición que, al verse rebasado e incapacitado para darme pelea, han recurrido a perversas acciones para perjudicarme. Su hambre de poder es insaciable, pero mi hambre de justicia los derribará, de uno en uno, hasta que ya no sean nada. Me retiro de la contienda, queridos militantes, pero no me voy ni del partido ni de mi carrera política. A lo mejor esta situación no me perjudica tanto como han querido hacerlo, sino que me da fuerzas para luchar desde mi escritorio por mi causa. No descansaré hasta depurar.

”¡Hoy me dirijo a todos ustedes, queridos militantes de este partido; voy a depurar a Alianza por México de los políticos corruptos que lo ensombrecen, quien quiera unirse a mí, ya sabe dónde encontrarme. ¡Juntos lucharemos por la verdad, la justicia y la libertad! ¡Viva Alianza por México!

Y se oyó un estruendoso grito de “Viva” de todos sus seguidores.

Aníbal creía haberla destruido; lo que nunca se imaginó fue que probablemente esta afrenta contra ella era el inicio de una guerra que podría terminar con su poderío. 

 

ANÍBAL ABASCAL

Jueves 29 de diciembre

16:39 hrs

—Al fin nulifiqué a esa perra de la contienda —dije exultante, victorioso, con mi traje impecablemente puesto, sentado en la poltrona de mi despacho, mientras ella me chupaba las bolas con verdadera fruición, sobresaliendo junto a mi rabo por el hueco de mi pantalón—, ahhh, síii… —susurré de gusto, mirándola con lascivia y deseo.

Ella estaba sentada sobre sus pantorrillas, con sus delicados dorsos sobre los muslos, sólo con el tanga, una gargantilla de perlas en el cuello y unos finos aretes puestos. Por lo demás estaba desnuda, con los senos colgándole en el pecho, sumisa, mirándome a los ojos mientras me la chupaba sin manos desde mi escroto hasta la punta de mi glande, que ya goteaba un espeso líquido preseminal.

—Ahora solo falta el temita del perro asqueroso ese del Serpiente; ese que ha querido perjudicarme poniéndome dedo contra el Tártaro. Pero el Lobo se encargará mañana de persuadirlo, me ha dicho “que confíe en sus tácticas” y que no se lo reproche después. Me vale un pinto lo que haga, pero que lo haga bien. Me dará tiempo hasta tener la seguridad de que ese no significa ya ningún peligro para mí; y entonces podré sacarle las vísceras por hijo de puta.

Acaricié sus cabellos con ternura y capricho, después de haberla tenido sobre mis piernas azotándola con mis manos. Ella me miraba con adoración, enamorada, buscando mi aprobación para continuar mamándomela con entrega.

Estaría destilando, como siempre, sobre la tira de tela que yacía enterrada en su rajita: tendría ya un charco acuoso y caliente sobre el piso de madera, como una perrita en brama que era capaz de correrse sólo con chupármela. Luego la haría limpiar su corrida con la lengua, para que después lustrara mis zapatos. Nuestros fetiches eran consensuados. Ella adoraba hacerlo, entregarse a mí sin contemplaciones, contundente, sentirse bajo mi poder, en mi pertenencia. Y yo disfrutaba poseyéndola.

Le gustaba ser usada como una perrita sumisa al mismo tiempo que amaba mis caricias y cariños: llenándola de joyas y atenciones. Adoraba ser tratada como puta y diosa a la vez. Yo sabía cómo hacerlo: tenía experiencia. Tenía práctica y veteranía.  

—Te pareces tanto a ella —dije suspirando, cuando decidí que era hora de follármela por el culo.

JORGE SOTO

Jueves 29 de diciembre

23:47 hrs

La primera vez que me preguntó mi opinión sobre los tatuajes pensé que era una simple charla para romper el hielo del momento. Pero ahora que constantemente me hablaba sobre ello, la verdad es que me estaba comenzando a asustar.

—Te prohíbo terminantemente que te rayes la piel de ninguna manera —le dije esa noche mientras permanecíamos tumbados en la cama.

—A ver, bebé, que yo no te he dicho que me haré uno, sólo que se ven bonitos —insistió, mientras jugaba con sus pezones desnudos y se los pellizcaba.

—Es que últimamente insistes e insistes tanto que miedo me da que un día te aparezcas con uno, Livy. Mucha gente se infecta de sida, de hepatitis. Luego ya no puedes donar sangre, encima ¿te imaginas lo que diría la gente sobre ti? Ya te dije que como te ven te tratan.

Ella se mordía los labios, cachonda, sobándose las tetas con gusto.

—Tranquilo, pecosín, que te estás poniendo muy pesado.

—Carajo, Livia, es que cuando tú insistes sobre una cosa es porque, aunque digas que no, luego te obsesionas con ello y no descansas hasta salirte con la tuya.

Cuando menos acordé, Livia se trepó encima de mí, y comenzó a remover su culo arriba de falo que ya estada en reposo de luego de nuestro último polvo.

—Ay, Jorge, no seas tan exagerado, que cualquiera que te oyera pensaría que soy una mujer obsesiva, chantajista y manipuladora contigo.

Vi cómo se levantaba un seno, y luego lo dejaba caer pesado sobre su pecho, mientras me miraba con un gesto de diabólica persuasión.

—¿Ya se te olvidó cuando te dije que yo era alérgico a los gatos? Que a mí no me gustaban y que nunca, bajo ningún concepto, podríamos tener uno en casa, aun si esos eran tus animales favoritos.

—Ya, bueno…

—Y ahora míranos, con un gato irresponsable llamado Bacteria viviendo a sus anchas con nosotros, mismo que, en últimas fechas, le ha dado por ir preñando por ahí las gatas de los vecinos. Como esto siga así, nos obligarán a darles pensión alimenticia a sus gatitos bebés.

Pese a que para mí ese asunto de los gatitos era algo serio, a Livia le causaba gracia.

—¡He visto los de la vecina del 333, y son preciosos! Tienen los ojitos de Bacteria. No puedes negar que nuestro semental ha hecho gran trabajo, ¿eh? A ver si le aprendes algo.

Bufé, mientras Livia besaba mi cuello.

—¿Ves cómo eres? Siempre me quieres convencer a base de sexo.

—¿No te gusta?

—Sí, sabes que amo… hacerte el amor. Pero, una cosa si te advierto, Livia Aldama; por mucho que te quiera, por mucho que te consienta, por mucho sexo que me ofrezcas para persuadirme, no voy a dar mi brazo a torcer respecto al tatuaje, que eso es para delincuentes y para las prostitutas. Y que sepas que me enfadaré mucho contigo.

—¿Me abandonarías por eso? —me preguntó, acariciándome el bulto por arriba de mi pantalón de dormir.

—¡Claro que no! —respondí ante sus tonterías—. Pero sí me dejarías muy decepcionado y, te aseguro, tendríamos graves problemas.

El tema quedó zanjado esa noche cuando Livia se quitó sus braguitas y puso su encharcado coño sobre mi cara, donde me lo comí con gusto.

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