C.VELARDE

32. LA CAZA DEL LOBO

VALENTINO RUSSO

Lunes 26 de diciembre

23:05 hrs.

Hotel Safi Royal Luxury,

San Pedro Garza García,

metrópoli de Monterrey.

La estaba esperando en mi habitación suite para celebrar nuestra gran victoria después de una cena fructífera donde la Culoncita había sido la estrella principal.

Cuando le dije que esa noche teníamos que conseguir que el viejo setentón de Severiano Duarte firmara el convenio de financiación para Aníbal Abascal y que ella, con su belleza y sus irreprochables cualidades negociadoras, sería parte fundamental para lograrlo, la señorita Tetotas lo comprendió; y lo comprendió tanto que cuando la vi vestida como toda una fina putona de negocios la verga se me puso más tiesa y dura que un mástil, con deseos intensos de follármela ahí mismo, en el horrendo aparcadero de su edificio. Pero me contuve. Teníamos un negocio por concretar. Primero lo que deja, y luego lo que apendeja.

 Ya en nuestra última reunión con el vejete Duarte, éste me había dicho en privado que no estaba completamente convencido de que el acuerdo que le estábamos ofreciendo le resultara del todo atractivo, pero que si conseguía una cena con mi Culoncita, a solas, en el Hotel Safi Royal Luxury, a lo mejor lo reconsideraría:

“Para que sea ella y su poder de convencimiento el que me persuada.” Me había dicho en aquella ocasión “Anda, Lobo, no te pido más, que de todos modos con mi edad no podría de ninguna forma faltarle al respeto a esa preciosidad de chica. Sólo quiero una cena con ella, a solas, que me explique a detalle nuestro acuerdo y listo. Cumple el capricho de un viejo de  72 años que sólo se conformará con su compañía.” 

Cuando llegamos al hotel, acompañé a la sexy Culoncita a su habitación, aprovechándome de las vistas de su culote mientras la seguía por atrás. Allí en su habitáculo la ayudé a colocarse un dispositivo de audio inalámbrico del tamaño de un chícharo que introduje en su oreja izquierda, donde le estaría diciendo lo que hiciera en caso de que tuviera alguna dificultad. El dispositivo era discreto, y con la edad del viejo difícilmente se percataría.

“Deja el celular encendido en llamada en un sitio discreto de la mesa, sin que Duarte se dé cuenta” le dije mientras corroboraba que el dispositivo se camuflaba en su oreja y su peinado “para escuchar lo que conversan. Si te noto vacilante te echo la mano. Muéstrate segura y no tengas miedo, Aldama. Demuéstrame que eres capaz de negociar. Usa tu inteligencia y tu hermosura, que esta noche luces radiante. Yo reservé una mesa en un estrado alto del restaurante del hotel, al otro lado de un cristal divisorio desde donde estaré mirando. El viejo sabe que yo estoy aquí, que vine a cuidarte, así que no tengas miedo. Mira, ten, póntelo en la boca, es un relajante, ya te ha ayudado antes” le di un pequeño cuadrito de pegatina de sabor a fresa que ella pronto puso en su paladar, donde lo dejaría hasta que se deshiciera. Cuando el estimulante hiciera efecto, ahora sí podría actuar con verdadera libertad “Ahora sí, guapa, ve con el viejo a la cena y confío en ti.”

Desde el cristal divisorio donde estaba sentado, pude observar a una Livia exquisita, sonriente, desenvuelta, segura, conversadora, y un viejo rabo verde millonario que apenas se creía que una mujer como la Culoncita estuviera delante de él. Y no es que no pudiera tener a la que quisiera, pero él, como Heinrich, se había encaprichado con ella. ¿Qué tenía esta maldita zorra para ponernos a todos calientes? Mierda.

Les reservé una mesa redonda bastante pequeña, a fin de que estuvieran lo más cerca posible el uno del otro, en un salón de cristal exclusivo y discreto cuyo ventanal daba directo a la majestuosidad nocturna de San Pedro. Por lo que escuchaba en mi teléfono, ambos pidieron vieiras rellenas de merluza y gambas, acompañadas de vino tinto.

Cuando terminaron de cenar, un ejecutivo los condujo a una pequeña salita que estaba aún más cerca de donde yo permanecía mirando, desde lo alto; eran dos sofás negros de cuero que los dejó frente a frente, con apenas un metro de distancia. Allí el ejecutivo (antes de salir) entregó los folders a la Culoncita y a Duarte, y ella inició detallando con seguridad punto por punto la constitución del documento; los beneficios que Duarte obtendría, así como la certeza de que aquél negocio sería confidencial para ambas partes. Mientras Aldama leía el documento, erguida, poderosa, magistral, yo comencé a darle indicaciones desde mi celular:

“Cruza las piernas, pero hazlo lentamente, que tus muslos se acaricien uno con el otro. Muy bien, muy bien…”

El viejo cayó rendido a las sobresalientes piernas de la Culoncita, (y no lo culpaba, con lo pinches buena que estaba esa mujer) y puedo apostar que desde entonces ya no puso atención a nada de lo que ella le decía. Al pobre se le habrá acelerado el corazón por lo rojo que se puso mientras se limpiaba la frente con un pañuelo que sacó de su bolsillo delantero de su traje.

“Acaricia tus cejas de forma genuina, Aldama, y luce tu cuello, que es precioso, muéstrale tus perfectos pómulos. Entreabre tus labios con suavidad mientras lees y míralo a los ojos. Eso, eso, sonríe… conecta con su mirada, conecta, conecta, no parpadees; nunca parpadees cuando estés intentando persuadir, es efectivo. Perfecto, Aldama, perfecto…”

La reunión se prolongó por una hora más en que Aldama demostró (además de sensualidad en sus movimientos corporales) una capacidad enorme para interpretar el documento. Se notaba que lo había estudiado a fondo; y se lo reproducía a Duarte con habilidad y persuasión, hasta que finalmente, tras extasiarse el viejo verde, finalmente firmó. Ambos se pusieron en pie, Duarte le entregó un obsequio a la Culoncita y ésta lo recibió, con una sonrisa real.

“Despídete de Duarte y dale un beso en las mejillas. Sé agradecida con él y retribuye lo que ha hecho por nosotros dándole un aliciente que no lo haga arrepentirse. Muy bien, muy bien… roza accidentalmente sus mejillas y acaricia sus manos con tus uñas… muy bien, Aldama, perfectamente bien. Sí, se ha ido. Ahora sí, apaga tu celular y ven a mi suite, que esto tenemos que celebrarlo…”

Aníbal Abascal

Martes 27 de diciembre

02:01 hrs.

—Señor Abascal —me despertó Ezequiel en la madrugada—, perdone la hora, pero el servicio de inteligencia de nuestro equipo de seguridad ha hecho de mi conocimiento que Gilberto Ruescas, alias El  Serpiente, ha recibido información fidedigna de que usted ha hecho tratos con míster Miller el día de la fiesta del 1 de octubre.

—¿De qué mierdas estás hablando, Ezequiel?

—De eso, señor, que tenemos un infiltrado en nuestro equipo de campaña, y que ese infiltrado ha dado información fidedigna al tal Serpiente que lo compromete a usted con míster Miller.

—¿Para quién trabaja ese tal Serpiente?

—Para Los Rojos, señor Abascal y, por lo que he investigado, es sobrino del Tártaro, el sanguinario líder de Los Rojos.

—Hijo de su puta madre —estallé.

Lo que me faltaba, que un pendejo como ese interfiriera en mis proyectos.

—Pero no se preocupe, señor, que lo hemos contactado a tiempo, al Serpiente.

—¿Qué información tiene de nosotros?

—No lo sabemos, señor, pero está dispuesto a que negociemos con él para no reproducir la información que tiene al Tártaro.

—¿Cuánto dinero pide?

—Supongo que será una gran cantidad, señor Abascal. Pero tenemos la ventaja de que El Serpiente es joven, aventurero, tendrá algunos treinta y tantos años, amante de las drogas y el sexo. No obstante, es inexperto en los negocios; su única habilidad es la de matar y desmembrar gente; es un sicario brutal que, como le digo, en el mundo de las negociaciones es bastante ignorante. Nos ha pedido que usted envíe a un emisario en su representación el próximo viernes 30 de diciembre para que le haga una oferta. Podría ir yo si usted quiere.

—Irá Valentino —determiné al instante—, el Lobo es encantador, y suele empatizar con esa clase de gentuza de mierda. Tus formas tan cuadradas, Ezequiel, no me sirven para nada en estos casos. El Lobo ya ha tratado con esa gente, tiene experiencia. Pero necesito que se reúnan en un lugar seguro, donde no corra riesgos y que los dueños del lugar permitan que nuestros hombres ingresen con pistolas, discretamente.

—Yo había pensado en el Bar de Los Leones.

—¿Cuál es ese? —pregunté.

—Pertenecía al amigo ese de Valentino Russo, el que ahora está en la cárcel por fraude fiscal.

—¿Leonardo Carvajal?

—Sí. El Bar de Los Leones es discreto, y el señor Russo conoce a los dueños, y a nosotros nos permitirán estar por ahí en calidad de guaruras. Llevaremos armas por si se ponen las cosas feas.

—Perfecto. Entonces encárgate de la seguridad del Lobo para ese día; y también hazte cargo de concertar la quedada con el tal Serpiente para el viernes en ese bar. Investígalo todo lo que puedas en estos días, pues necesito saber qué tanto de su información me compromete. Le diré al Lobo que le ofrezca a ese hijo de puta todo lo que pida, para tenerlo comprado durante algunos días; pero tan pronto me asegures, Ezequiel, que ese pendejete de mierda ya no representa ningún peligro para nosotros, le cortas los huevos con una sierra y se los das para que se los trague. 

—Señor… le recuerdo que yo no soy un ases…

—Ya, ya, ya, señor rectitud: no te preocupes, que yo tengo mi propia gente para esa clase de trabajitos. Por cierto, dile a tu mujer que mañana la espero en la mansión a las nueve, que no me apetece ir a La Sede. Y tú, bueno, tú no vengas aquí, que ya te he encomendado el trabajo de investigar exhaustivamente a ese perro sarnoso.

—A sus órdenes, señor. 

Y así concluimos la llamada. Y esa noche no pude dormir.

Las cosas comenzaban a ponerse mal. Y apenas estábamos comenzando con mi campaña, toda vez que el próximo jueves serían las votaciones internas que definirían al candidato de Alianza por México.

VALENTINO RUSSO

Martes  27 de diciembre

02:17 hrs.

Hotel Safi Royal Luxury,

San Pedro Garza García,

metrópoli de Monterrey.

Mientras esperaba que llegara la Culoncita a mi habitación, decreté que esa noche me la iba a coger; esa noche le daría la follada de su vida y la rellenaría como pavo en día de fiesta. Porque sí, Aldama era un buen pavo al cual rellenar. Me había hartado ya del jueguito del lobo y la presa, de calentarla día a día esperando que ella misma se me ofreciera como lo habían hecho las demás.

Muy tarde comprendí que por más caliente que la pusiera, esta no era como las otras y no se me iba a entregar por voluntad. Esta era fiel y, a pesar de mis insinuaciones y de todo lo que había hecho durante las últimas semanas, ella no iba a ceder así de fácil.

El problema era su puto pelirrojo de mierda y los remordimientos que a la Culoncita le provocaban.

“Si no existieras, cabrón.”

Al final tuve que reconocer que la cabrona había tenido una poderosa fuerza de voluntad en la que había primado más su respeto (si se le puede llamar así) por su Ganso que la calentura. Pero esto tenía que acabar. Yo ya no estaba dispuesto a esperar un solo día más. Esta vez iría de frente y me jugaría todas mis cartas con ella.

Esa noche quería romperle el coño a pollazos: me tenía como una moto verla así, tan hermosa, tan putona, tan segura.

A mis perras favoritas, las más asiduas, solía enviarlas con Begoña, una ginecóloga pelirroja de confianza que conocía de tiempo (a quien también follaba), para que me certificara que estaban libres de infecciones de transmisión sexual, y así podérmelas coger a pelo. Además, les asignaba un método anticonceptivo adecuado según las características de cada una para impedir dejarlas preñadas (hasta que yo lo decidiera) y desde que las hacía mis putas, mis perritas tenían estrictamente prohibido de follar con nadie más que no fuera yo, por lógica analítica.

En el caso de Aldama, pensé que de momento no hacía falta someterla a ninguna prueba de ITS (aunque después, cuando se encoñara, tendría que enviarla con Begoña para un método anticonceptivo eficaz) pues saber que el ridículo del Ganso había sido el único hombre en su vida y que ella había sido para él su única mujer me dejaba tranquilo. 

Así que no habría problema: esa noche me la cogería a pelo y después la haría tomar la píldora del día siguiente. Si me ponía pegas tampoco me importaría. No esa noche. En mi billetera siempre cargaba una cartera de condones que en más de alguna ocasión me había sacado de algunos apuros. Lo importante era enterrarme dentro de ella de una puta vez, a pelo o con condón: pero comérmela entera ya, disfrutar de su exquisito cuerpo y reventarla a pollazos mientras la hacía gritar de placer.

Esa madrugada yo estaba tan cachondo y duro que no me importaba Aníbal ni mucho menos el pelele de su novio. Ni siquiera iba a tirármela por Heinrich sino por mí: porque me daba la gana, porque me tenía loco, porque la deseaba y me gustaba de verdad. La follaría duro, hasta hacerla bramar como perra. Y si me gustaba la experiencia repetiría con ella una y otra vez, a lo mejor en secreto, disfrutando de las adúlteras mieles de la clandestinidad. El morbo de culearte a una mujer ajena es una experiencia exquisita que nunca iba a dejar pasar. Lo prohibido sabe mejor. ¿Y quién sabía? A lo mejor resultaba que esa niña me gustaba más de lo debido y no me importaría arrebatársela a su novio y quedármela totalmente para mí.

Yo no era pendejo: Livia me deseaba, la atraía, quería sentir mi verga muy dentro de su coño. Estuve seguro que se chorreaba imaginándome, que se masturbaba pensando en mi verga y que cada vez que tenía sexo con su novio lo hacía pensando en mí, en las mil posiciones en las que me la follaría una y otra vez.  Y esa noche le haría cumplir sus fantasías realidad.

De hecho, ambos nos las cumpliríamos: ambos lo disfrutaríamos; y cuando la hiciera mía y ella hubiera quedado encoñada, haría con ella lo que me diera la gana.

Aldama apareció en mi habitación con una enrome sonrisa, entrando con la tarjeta adicional que le había entregado para que abriera la puerta sin tocar. Dejó su bolso en el sofá y se encaminó hacia mí haciendo sonar sus exquisitos tacones. Estaba buenísima la muy cabrona y ella lo sabía, exhibiéndose ante mí enfundada en ese precioso putivestido blanco que le remarcaba su culazo y sus tetonas.

Las luces de la sala-bar eran apenas tenues, íntimas, colores suaves que proyectaban sombras, propiciando una atmósfera sexual exquisita. La música era ligera, repercusiones suaves de guitarra eléctrica ideal para un momento como ese. 

Yo la estaba esperando en la pequeña sala bar del fondo de la suite, sirviendo un par de copas te tequila que puse sobre una poderosa mesa de cristal que estaba pegada al ventanal desde donde se miraba todo el norte de la ciudad. El corazón me palpitaba vertiginoso, se sacudía: repasé su delicioso cuerpo y mis manos se extendieron, imaginándolas sobre su piel. Mi polla palpitó en mi pantalón y los huevos se me hincharon como un toro en brama. Su timidez, mientras venía a mí, a la caza del Lobo, me excitó.

—¿Lo hice bien? —me preguntó nerviosa, refiriéndose a la cena con Durán, quedándose parada en el centro de la sala semioscura, expectante—, ¿te gustó cómo lo hice?

Me relamí los labios con avidez, con apetito, mientras la repasaba: el tequila me había puesto más caliente y la sangre me hervía por dentro. Y yo me conocía, una vez que se me ponía la verga dura, ya no había quién pudiera detenerme.

—Lo hiciste perfecto, preciosa —dije apenas con un bramido, justo al tiempo que me quitaba el saco, lo tiraba al suelo y me iba directo a ella.

—Valentino —dijo al plantarme en su delante y sentir mi poderosa verga restregarse en su vientre.

—Livia —dije su nombre con deseo, hambre, calentura y obscenidad.

Puso sus pequeñas manos en mi pecho, como si fuesen una barrera que quisiesen impedir que me apretara contra ella. Pero yo era más fuerte, y, después de todo, sus intentos por quitarme sólo eran una fachada. Advertí su fuerza débil para rechazarme sobre mi pecho, y su miedo me puso más cachondo. Sus prejuicios decían que no, pero su ojos de loba hambrienta me decían que sí.

—No —resopló asustada, intentando empujarme.

Lo había intuido; sabía mis intenciones y lo que pasaría: podía oler mi calentura y yo la suya.

—¿No qué? —susurré, aplastándome aún más contra sus potentes tetas, redondas, hiniestas.

—Pues… eso…

—¿Eso qué?

—Tengo novio —su voz se fracturó, temerosa.

—¿Y qué?

—Lo amo.

—Bien por él —sonreí con cinismo.

—Por favor… sabes lo que digo… —me suplicó.

—Y también sé lo que quieres —intuí.

Mi instinto de macho semental me hizo atraerla hacia mí, agarrarla con fuerza, levantarla en el aire con mis manos puestas en sus potentes caderas, y luego cargarla por un par de metros hasta posar su hermoso culo en el filo de la mesa de cristal.

Ella jadeó, asustada, temblando, sin saber que hacer o decir: intentó empujarme, pero sus ojos, al chocar con los míos, cargados de deseo y lascivia, la sometieron. Calculé sus reacciones; su silencio y timidez me obligaron a proseguir. Abrí sus piernas con cuidado y me coloqué en medio de ellas, al tiempo que con mi mano derecha cogía su muñeca izquierda y, extendiendo su palma, la hacía acariciar toda mi musculatura por arriba de mi camisa, desde el pecho y hasta la hebilla de mi pantalón negro.

La miré mordiéndome con fuerza el labio inferior, conteniéndome, casi hasta sangrar, sabiendo que si los abría, me la comería a mordidas y a chupadas.

Aldama gimió cuando su pequeña mano extendida sintió mi hebilla; bastaría con hacerla mover la muñeca un poco más abajo para que me acariciara mi enorme bulto que ya estaba más duro que una piedra. Y lo haría, la instaría a que me agarrara la verga aunque fuera a través de la bragueta, que la sintiera entre sus manos, que la deseara, que quisiera magrearla y después tragársela entera. Que supiera lo que se iba a comer.

No iría a medias tintas; ella conocía mi personalidad. Le gustaba mi cuerpo. Me idolatraba. De hecho, le gustaba tanto que incluso seguía conservando mis fotos en su Mac. Joaco me lo había dicho, pues tenía una copia de seguridad que se interconectaba con mi nueva computadora, y sabíamos que la Culoncita no había borrado mis fotos más explícitas de su portátil. Y eso era un buen mensaje para mí.

Y entonces empuñé mi mano sobre su delgada muñeca, y le dije, en mi último y arriesgado movimiento estrella, haciendo que su pequeña mano tocara mi paquete;

—Siente cómo me la pones…

Ambos sufrimos una descarga eléctrica al tacto. Yo me estremecí de gusto al roce de su mano sobre mi verga, y ella la quiso retirar, asustada, temblando, emitiendo un gemido bastante erótico, pero no lo hizo. Aun así, la mantuve fuerte sobre mi durísimo bulto, que latía frenéticamente por semejante excitación. Ella podía sentir la palpitación de mi verga, aunque estuviera de por medio mi pantalón. La Culoncita podía sentir su enormidad, su dureza, su rebeldía. Y yo seguí temblando de deseo, de ansias, de apetito.

La inocente y encantadora Livia que “amaba a su novio” me estaba agarrando el bulto mientras sus ojos ardientes no dejaban de mirarme, repletos de zozobra, avidez y lujuria, conectados en los míos.

—Acaríciala, preciosa… como has querido acariciarla desde que me la viste aquella noche en la oficina.

Ella abrió los ojos aún más al saberse descubierta, horrorizada, temblando, pero sin decirme nada. Quería correr, pero a la vez la dominaba el deseo. También su ansiedad.

—Sóbame la verga —le susurré con voz rasposa, acercándome a su exquisito cuellito, muy cerca del lóbulo de su oreja, donde le seguí hablando mientras ella se estremecía—, y siente cómo la tengo dura por ti. Ah… que rico, encanto… síguemela sobando… así, uffff, así… que rico, nena…

Esta vez retiré la mano que presionaba la suya y dejé que por su propia voluntad ella solita me frotara el paquete, sobándomelo con esmero y afán.

Sin mi mano, ella tenía la oportunidad de dejar de acariciármela, pero la muy guarra siguió en lo suyo, frotando y frotando con inseguridad y deseo.

—Déjame oler tu cuello, déjame pasar mis labios y mis dientes por tu escalofriado cuero… Mientras tanto, tú no pares de palparme el bulto con tu manita. Lo haces… riquísimo, mami… que rico… sí…

—¡Ahhh! —emitió su primer jadeo cuando mi lengua reptó sobre la parte posterior de su sensible oreja, humedeciendo su piel con mi saliva para después soplarle mi cálido aliento y provocarle escalofríos. El efecto fue incomparable para ella porque volvió a gemir y a sacudirse sobre la mesa—. ¡Mmm!

Sus gemidos me trastocaban, perturbándome. Eran tan malditamente eróticos que me quemaban.

—Esta noche voy hacerte mi hembra, Livia, tal y como has fantaseado desde que me descubriste con el rabo en las manos esa noche en mi oficina… —le avisé, posando mis dedos sobre su espalda desnuda para acariciarla, haciendo círculos sobre ella.

—¡Auuufff!

¡Hija de sus mil putas! Era tan suave, tan reputísimamente suave y tersa, ¡caliente!

—¡No! —comenzó a removerse sobre la mesa. Luego intentó escapar pero sin dejar de sobarme la polla por arriba del pantalón.

El instinto se lo impedía: la lujuria la dominaba.

—Voy a quitarte la ropa, tus pantimedias transparentes y voy a chuparte todo tu hermoso cuerpo como un lobo hambriento que prepara a su presa antes de devorarla.

Volví a rozar mis dedos por su espalda y mi mentón barbado sobre su cuello, a fin de estremecerla de placer.

—¡Basta…! —Fue la primera resistencia real de la noche, pero de nuevo cedió, con un débil “¡por favor…!”

Sus súplicas, lejos de persuadirme, me pusieron más enfermo y maniaco que antes. Se la quería meter toda, hasta el útero.

—Voy a lamerte y morderte tus preciosos pezones hasta dejártelos enrojecidos, ¡quiero vértelos, y pellizcarlos! Quiero asegurarme de que cada vez que sientas dolor en la mañana te acuerdes de mí y de cómo gritaste como gatita en celo toda la noche.

Hice un movimiento con mis manos a fin de arrastrarlas por su espalda hasta llevarlas adelante, donde finalmente pude apoderarme de sus enormes ubres de puta por las que tantas pajas me había hecho en su nombre. Estaban duras, calientes, enormes, ¡carnudas, pesadas! Ufff.

No encontraba la hora de despojarla de su vestido y mirarla desnuda, por fin desnuda.

—¡Te digo que pares…! —se echó hacia atrás, sacudiéndose sobre la mesa, sudando frío.

—¡Vas a gritar de placer, Livita, como nunca antes te hicieron gritar!

—Valentino por… favor —contestó temblando, inmutada, mirando mis labios y yo los suyos, en tanto mi verga cada vez estaba más dura en el interior de mi bragueta, palpitando sobre su vientre—… quiero… irme…

—¿Sí? ¿Quieres irte… así, toda mojadita?

—¡S…í! ¡Quiero… Ahhh… irm… Mmm… me…!

Acerqué mi rostro hacia el suyo, que me enseñaba una mirada inocente, dubitativa, como una gatita miedosa. Olfateé su cuello y rocé mi nariz contra ella. Olía riquísimo; exudaba una fragancia a hembra en celo, ganosa, dispuesta a todo. Sentí sus tetas aplastarse contra mi pecho nuevamente y mi polla volvió a sacudirse. Si no hacía algo pronto iba a explotarme en el bóxer.

Ella me volvió a empujar, después de un denso y candente jadeo “Hmmm” al tiempo que mi lengua serpenteó detrás de su oreja. Estaba caliente, y su piel ardiente me lo decía. De nuevo rocé con mi barba su clavícula y la Culoncita bramó, saltando de gusto sobre el cristal. Puso sus manos en mis hombros e intentó apartarme, en vano. Con ese movimiento eché en falta sus caricias en mi bulto, pero me dije que en un rato más no sólo la acariciaría con su mano, sino también con su lengua de zorra y su boquita mamadora.

Y le seguí estrujando sus colosales ubres mientras frotaba mi mentón sobre su cuello otra vez. Estaba ansioso por comérmela.

—¡Valentino… tengo… novio…! —me recordó, provocándome aún más morbo que antes.

—¡Me voy a comer tu coñito primero con mi boca, mi lengua, y después con mis dedos!

Si me quedaban dudas de que esa puta encubierta estaba pidiéndome verga a gritos, estas se disiparon una vez que me atreví a soltarle una de sus tetas y bajé esa mano hasta sus piernas, tras lo cual metí lentamente las yemas de mis dedos debajo de su vestidito y palpé sus ardientes pantimedias empapadas justo a la altura de su vagina. Sus braguitas debían estar destilando y traspasaban las pantimedias de seda. Mis dedos se mojaron al tacto, y el solo roce con esa abundante acuosidad me fue suficiente para que mi polla volviera a saltar. Saqué mis dedos de su entrepierna y me los llevé a la boca, saboreando sus exquisitos flujos sexuales, cuyo aroma a hembra me volvió brutalmente loco.

El sabor de su humedad impregnada en mi boca me trastocó, y si antes ya estaba jarioso, en ese instante me descontrolé.

La cogí por los lumbares y la atraje en un movimiento brusco hasta mi rabo, justo al tiempo en que intenté acercar mi boca a la suya para dejarla probar por primera vez el sabor de su lúbrico néctar mezclado con mi varonil saliva.

—¡Voy a meterte la verga hasta que mis huevos reboten sobre tu pelvis, nena, y mi capullo golpee el fondo de tu útero una y otra vez y tú te retuerzas sobre mis piernas mientras te corres de placer!

—¡Tengo… noviooo…! ¡Apártate de mí…!

Deslicé mi nariz por el arco de su cuello, cuando ella echó su cabeza hacia atrás, para evitar besarme, dejándose hacer; y allí, en su terso cuellito, deposité los fluidos vaginales que me quedaban en mi boca y se los esparcí con la lengua por toda esa zona de su piel. Restregué de nuevo la nariz y la olfatee como un perro que busca aparear a su perra.

—¡Tengo… novi…ooo! —chilló de nuevo, agitada, pegando su nuca en el ventanal.

Respiré en su carne caliente, bufando sobre ella, y la enloquecí. Todo en mí la enloquecía, y, para mis grandes males, todo en ella me enloquecía a mí. ¡Estaba tremenda! Un mujerón incomparable. Ella era única, frágil, inocente, virginal… y eso me tenía apendejado. ¡La iba a coger pronto! Ya la polla me dolía de tanto estar guardada. Mis huevos estaban repletos de leche, y yo estaba dispuesto a vaciarla sobre su preciosa carita. Sí, sí, la polla me dolía. Me la tenía que sacar, se la tenía que meter, primero en su boquita, luego en su rajita… y se lo hice saber.

—¡Vas a gritar mi nombre, Livia! ¡Y vas a pedirme más… y más…!

—¡Y… lo… amo…! ¡Amo… a mi… novi…o…!

—¡Hoy te haré olvidar que existe tu puto novio de porquería! ¡Hoy… sólo estoy yo… seré tu hombre, tu macho, tu semental, y sólo en mí tendrás que pensar!

—¡Basta…!

—¡Voy a cogerte, me pedirás más, y yo voy a darte más; todo lo que me pidas, porque estás hambrienta, lo siento, te siento… noto tu calentura, tus ganas!, ¡tienes hambre de mí, de mi polla! ¡Y te voy a follar, Livia Aldama… esta noche te voy a follar y bien follada hasta que las piernas te tiemblen y no te puedas levantar!

—¡Valentino! ¡Ahhh! ¡Ufff! —intentó emplear resistencia—. ¡No! ¡Ufff! ¡Basta! ¡Ahhhh! ¡Mmmm!

Su último gemido se enterró en mi garganta justo cuando atrapé su boca con la mía, y mi lengua y la suya comenzaron a reptar y a devorarse como dos serpientes venenosas que intentaban aparearse.

Cuando Livia, sentada ahora sobre el borde de la mesa de cristal, me rodeó el culo con sus piernas supe que ya todo estaba a mi favor.

Iba a entregarse a mí.

Al fin me la iba a follar. 

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