TANATOS 12

CAPÍTULO 12

No podía comprender como cinco minutos atrás me sentía feliz y pensaba que todo llevaba hacia una reconciliación, quizás dura y larga, pero con buen final, e instantes más tarde me encontraba en mi coche sin saber siquiera si ir hacia el apartamento alquilado o a nuestra casa.

Mi primer arrebato fue casi de ira, sobre todo por aquel insulto suyo. Y después fue peor, pues comenzó a asaltarme una desconfianza enfermiza, ya que la discusión me había parecido tan sacada de la nada que me costaba ver más explicación que la de que ella quisiera quedarse a solas con él. La teoría, el cuento, de que ambos me necesitaban, me sonaba en aquel momento demasiado bonito como para ser verdad.

Estaba tan absorto en mis reproches hacia ellos, hacia ella, que llegué a perderme, y, parado en un stop, vi de reojo cómo mi teléfono se iluminaba. Supe al instante que, a pesar de todas mis quejas, deseaba con toda mi alma que fuera ella pidiéndome que volviera.

—Por ahora solo te pido que hagas autocrítica.

Eso fue lo que vi en la pantalla y no supe ya ni qué sentir, pues había rabia, pero a la vez ese “por ahora”, que me descolocaba por completo.

Escribí y borré varias veces. Protestaba, reprobaba, recriminaba y volvía a borrar. Después escribí: “No folles con Edu esta noche, por favor”, pero después lo eliminé. Finalmente no respondí nada.

Minutos más tarde, ya llegando al apartamento, mi teléfono se volvió a iluminar, y de nuevo, ingenuo, pensaba que María se disculparía o demandaría mi regreso, pero me encontré con que Begoña me preguntaba por dónde estaba. Tampoco le respondí.

No fue hasta que estuve en la soledad de mi parco habitáculo alquilado cuando quise hacer el esfuerzo, voluntario, de buscar esa autocrítica que ella me pedía. Leí su frase en mi teléfono, forzando un ritual, como si por ver la palabra escrita pudiera llegar mejor a su significado y por ende más adentro de mí. Pero a los pocos segundos todo saltó por los aires, pues por la parte superior de la pantalla apareció el mensaje de que Edu me enviaba un video. Un video solo para mí.

Aparté el teléfono. Le di la vuelta. Tuve el pálpito no, la convicción de que aquel video representaría la revelación de que aquello de que me necesitaban era una farsa. Sabía que en aquel video aparecería una María, en su habitación de hotel, completamente entregada. Y lo peor, lo más doloroso, era que no podía culparla a ella… o no solo a ella… pues me excité inmediatamente, recayendo entonces una enorme parte de culpa sobre mí.

Mi miembro se había endurecido al instante, y me desnudé tembloroso, queriendo celebrar, confortable, aquello que iba a ver. Y cuanto más crecía el ansia por ver más crecía la culpa.

Pero, tan pronto reproduje el video, apenas tardé un segundo en descubrir que los únicos culpables derivados de aquel archivo eramos yo, por excitarme y desear la entrega de María, y Edu por haberlo grabado. Y es que en el video aparecía yo, embistiendo a María con aquel inicial ritmo lento, y ella, a cuatro patas, mirando hacia adelante, con aquel rictus de no estar sintiendo absolutamente nada. El cabrón de Edu nos había grabado mientras follábamos, si es que a aquel mete saca silencioso se le podía llamar así.

Edu se reía así de mí, de nosotros, sin la necesidad de añadir texto alguno a aquel coito tristísimo.

No le respondí. Como si mi indiferencia pudiera contrarrestar su intento de humillación, pero sabía, sabíamos, que la humillación era efectiva, real, e incluso aceptada, por no decir buscada.

Y pensé entonces en cómo me iba a fiar de ese hombre. En cómo fiarme de que fuera cierto que quería el bien de los tres, y de que me necesitaba. Cómo fiarme de que no había ido a la habitación de María al momento de oírme marchar. Cómo fiarme de que no había contactado con Rubén para intentar que la noche no acabase tan pronto… Y, de nuevo… Lo deseé. Me tumbé sobre la cama y deseé que todo eso pasase, y más, y más; y que se la follase él, y que se la follase aquel camarero también, y que María se acordase de mí, o no… pero que se corriera infinitas veces… Que Edu se la metiera por delante y Rubén por detrás, y que después se intercambiasen… Y que todo aquel hotel se enterase de que una mujer estaba disfrutando, como loca, no solo de un hombre, sino de dos… Que follasen durante horas y que acabasen empapados en sudor, los tres; ella en el medio, destrozada, abierta, rendida… Agradecida. Y me masturbé, hasta el final, con aquella fantasía que deseaba que fuera real… sintiéndome terriblemente culpable incluso antes de terminar siquiera mi orgasmo.

Y me quedé dormido, cubierto por la culpa y por aquel líquido blanco cuya cantidad y espesura era tan ridícula que ni valía la pena limpiar.

Vi cómo la luz del sol iluminaba un dormitorio deslavazado, por lo que supe que me encontraba en la mañana siguiente a mi discusión con María, y que por tanto afrontaba otro día más sin ella. Revisé mi teléfono, con una mezcla entre angustia y deseo porque aquella incertidumbre acabase, y me encontré otra vez con la nada de María y otra vez con la insistencia de Begoña:

—¿Te pasa algo conmigo o es que la reina te ha atado en corto? —preguntaba, siempre con aquel poso de jovialidad intrascendente.

Viendo la hora a la que me lo había escrito supe que había trasnochado; deduje que habría estado por ahí de juerga y que se habría acordado de mí, y en cierto modo me reconfortó, pues al menos alguien parecía que había demandado mi presencia.

Le respondí con que no tenía problema alguno con ella, y era cierto.

Y pronto me vi disfrutando de la asfixia y del dolor de saber que María estaba con Edu. Recapacitaba sobre que, en el fondo, yo también quería a Edu allí, pues de lo contrario le habría enviado a María el video que él nos había grabado, para desenmascararle, para enfrentarlos, pero no lo había hecho… Y me daba cuenta de que siempre quería, imaginaba y deseaba hacia adelante, y es que Edu había confesado parte de su sexo con María que yo desconocía, me había explicado sus besos en su casa aquella noche en la que María había ido allí a reprobarle, pero mi querencia siempre iba hacia desear más, a imaginar más, como un vehículo sin frenos y cuesta abajo.

Pasaban las horas y yo no hacía por ocupar mi tiempo buscando vida social, como podría hacer, como sábado que era. Sino que me conecté un poco con mi ordenador portátil para mirar cosas del trabajo, pedí comida a domicilio, y me ofusqué en el sufrimiento masoquista de querer sentir la soledad y el desamparo de saber que estaban juntos.

Mi imaginación me trituraba y miraba mi teléfono compulsivamente… ansioso porque ella me salvase o porque Edu me matase. Quería las dos cosas a partes iguales.

Ya caía la tarde y la angustia no cesaba, hasta que mi teléfono se iluminó, y era Edu quién me escribía:

—No te podemos dar ya más oportunidades. Seguro que estás haciéndote pajas ahí como un mono en vez de estar aquí.

Con manos temblorosas, respondí:

—¿Sigues con María? ¿Estáis en la playa?

—Eso es. En la playa estamos. Lleva todo el día escribiéndose con Rubén. No me des las gracias.

No supe qué responder. Estaba nerviosísimo. Tenía la sensación de que había algo más, de que tenía que haber algo más.

—En fin. Te escribo para que vengas de una puta vez —prosiguió—. Que yo me voy en un par de horas a Madrid y aquí hay un sucio que quiere jugar.

Leí aquello varias veces, intentaba digerirlo, no sabía por qué pero todo me resultaba especialmente extraño… Y recibí entonces la ubicación de dónde se encontraban.

—¿María quiere que vaya? —pregunté.

Dejé pasar dos, tres minutos… Sin respuesta.

No sabía qué hacer.

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