C.VELARDE

31. ULTIMÁTUM

JORGE SOTO

Lunes 26 de diciembre

21:55 hrs

—¿Pero tú estás loca o qué chingados te pasa, Livia? —le pregunté esa noche a mi prometida cuando reventé de furia, frustración y miedos, muchos miedos.

Nuestro trayecto de La Sede a casa había sido un mutismo asfixiante. Ella sabía que yo estaba enfadado y yo no me sentía capaz de conducir y reclamarle nada a la vez. Fue hasta que la vi completamente vestida y con mi cabeza a punto de estallar que me vi en condiciones de reclamarle. 

Se había puesto un exquisito y sensual vestido blanco de noche en forma de tubo, cuyo largo le llegaba a la mitad de sus relucientes piernas embutidas en un par de pantimedias transparentes. Con los hombros y la espalda al descubierto, llevaba un escote tipo halter, que iba sujeto a la parte posterior de su cuello, destacando una abertura en forma de V, desde donde se le veía el canalillo de sus gloriosos pechos.

Tenía el cabello recogido exquisitamente en un molote sobre la nuca. Cuando la vi de espaldas frente al espejo, advertí que la abertura terminaba justo en el nacimiento de sus poderosas nalgas, como el vestido que había usado en la cena de navidad. La diferencia es que este era blanco, tenía pedrería dorada a la altura de su cuello y en los contornos de las aberturas de atrás y del escote, y era mucho más corto y estrecho.

El estilo del vestido aportaba mayor volumen a la zona de su pecho y de su culo. También me pareció que los tacones eran altísimos; más que los anteriores. Lo peor es que había visto cómo en lugar de brasier o copas plegables, se había colocado un par de parches en los pezones (que ni siquiera le cubrían sus enormes aureolas) para evitar que se notaran en la tela del vestido.

Evité de todas las formas posibles hablar sobre lo indecente que me parecía su atuendo, ya que la última experiencia que habíamos tenido cuando me quejé por ello me había dejado mal parado.

—Tampoco te pongas así, Jorge, que Leila irá con nosotros —comentó mientras se ponía un barniz granate en sus preciosos labios mullidos.

—Ya, genial… así me quedo más tranquilo, ¿eh?

—Bebé, yo no tengo la culpa de que la reunión con ese empresario sea en San Pedro Garza García.

—¡Pero si San Pedro está dentro de la metrópoli de Monterrey, a menos de 30 minutos de nuestro apartamento! ¿Podrías explicarme por qué se tienen que quedar en un hotel?

—Porque la reunión será en un hotel; además, Valentino pretende beber en la cena y, por responsabilidad (cosa que le aplaudo) no conducirá en estado inconveniente de regreso a Monterrey. 

—Podría llevar un chofer y se termina el problema —razoné una obviedad—, ¿para qué chingados tiene a Joaco consigo?

—Joaco pidió Licencia en La Sede hasta el viernes, como Pato. Además a Valentino le gusta manejar sus propios autos —refutó Livia encontrándole salida a todo—. Además es un piloto muy famoso dentro de su entorno, ¿tú lo sabías? —me preguntó con admiración mientras se ponía unos pequeños aretes

—¡A mí me vale un carajo si es un piloto famoso o un recogedor de basura, Livia! El caso es que no me gusta nada que te tengas que quedar con él en un hotel porque el baboso pretende alcoholizarse y no quiere conducir en estado de ebriedad por la madrugada.

—¿Te estás oyendo, Jorge? Hablas como si yo me fuera a quedar en su habitación. Leila ha reservado tres habitaciones, una para ella, otra para mi jefe y otra para mí. Antes de irme te dejaré una copia de la reservación por si no me crees.

—¡No quiero copia de ninguna puta reservación! ¡Lo que quiero es que cuando se termine la cena regreses en taxi!

—No puedo desairar a Valentino de esta manera.

—¿Prefieres desairarme a mí?

—¡Prefiero cumplir con el itinerario que tenemos planeado para esta noche, sin que tú intervengas y me complique las cosas!

—¡Es que esto es una locura, Livia, carajo!

—No magnifiques las cosas, por Dios, cielo, que me harás pensar que odias mis éxitos, ¡que estás celoso de mis nuevas responsabilidades! ¿No te das cuenta de lo rápido que he pasado de ser una simple redactora de notas a ser la mano derecha del jefe del departamento de prensa? Para mí son logros que no quiero desaprovechar. Anímame, Jorge, necesito tu apoyo, tus aplausos. ¡Estos logros nos beneficiarán a ambos!

No supe cómo refutarle a eso. De hecho me ofendía que pudiera pensar que estaba celoso por sus logros profesionales. ¿A caso no entendía que mis celos eran por Valentino? ¡Por el cabrón e hijo de puta de su jefe!

—Te apoyo, Livia, ¡porque te amo te apoyo!

—Entonces siéntete orgulloso de mí, y no me hagas estas escenitas, que vulneras mi tranquilidad.

—Yo sólo… digo que no me parece decente que una mujer comprometida tenga que quedarse una noche fuera de casa. No es normal.

—Macho mexicano tenías que ser —me dijo, mirándome por fin un tanto enfadada—, ya no estamos en la época de Pancho Villa, por favor, donde la libertad estaba reducida a los hombres. 

Esas palabras eran de Leila, no suyas. Encima esa pinche muchacha babosa también me la estaba poniendo en mi contra y se prestaba a sus locuras.

—Además, que sepas que la cena la ha acordado el mismo empresario en esa elegantísima torre de San Pedro Garza García, no mi jefe —me explicó, roseándose un exquisito perfume en su precioso cuello—. Estamos intentando crear una alianza estratégica que convenga a Aníbal en su próxima campaña. ¡Aníbal mismo está de acuerdo! Aunque no sé… si él sabe que yo iría. En fin. 

—¿Y para eso tienes que vestirte tan así?

—¿Así tan cómo? —me preguntó mirándome por el espejo con un deje de desdén.

—¡Luces… demasiado llamativa!

—Se trata de mi imagen personal en sociedad, Jorge, ¿cómo quieres que me vaya sino?, ¿como una pordiosera?

De nuevo se encendieron las alarmas en mi cabeza.

—¿Y desde cuándo te interesa tanto “tu imagen personal en sociedad”? ¿No era precisamente esa clase de “superficialidades baratas” las que tanto criticabas de las personas?

—Antes no sabía el impacto que una buena apariencia podría causar en una reunión como esta.

—Te escucho hablar y pareciera que estoy hablando con otra persona, no contigo. A ver si  Valentino no te está utilizando para cerrar esas “alianzas estratégicas” con esos empresarios aprovechándose de tu belleza.

—Ves muchas películas, Jorge —bufó.

—¡Y tú eres demasiado ingenua para no saber que te están utilizando!

—Suficiente, cariño, por favor —contestó sin elevarme la voz pero con un tono bastante agrio.

Se dirigió al armario para buscar un bolso que combinara con su ropa y después volvió a mirarse en el espejo. Estaba hermosísima, no lo podía negar. Sus labios se venían más grandes con ese tono carmesí que se había puesto y sus tonos ahumados en los ojos la hacían lucir como una diosa.

—¿No te das cuenta de en lo que se está convirtiendo esto, Livia? Primero fueron saliditas más tarde de tu hora normal, luego saliditas más recurrentes por la noche, ¿y ahora qué más siguió?, ¡que me avisas que hoy ni siquiera vendrás a dormir! Pues estoy pintado en tu vida ¿o qué carajos piensas? ¡Soy tu novio y me mereces respeto!

Decir esas palabras en voz alta me hizo darme cuenta de lo fuerte que era la situación.

—Mira cómo te estás comportando, Jorge, como un chiquillo de cinco años que hace berrinches porque su mamá no hace caso a sus chantajes. Pareciera que no te alegras de mis logros, que te molesta que ahora mismo tenga un puesto mejor que el tuyo. No me hagas esto, por favor, que somos pareja, y mis logros deben ser tus logros. Al final terminará siendo cierto eso que Leila me dice respecto a tus celos profesionales.

—¡Leila! ¡Siempre Leila! Y ahora se añade a tu lista de lobos el cabrón de Valentino.

Mi novia parpadeó, molesta, y cuando terminó de arreglarse se acercó a mí, seria, ofendida.

—Me voy, Jorge, y espero que mañana cuando regrese hayas reflexionado sobre cómo me has tratado últimamente. Yo no merezco esto, soy tu futura esposa, con la que has compartido tus mejores momentos y no es justo que ahora me trates de forma tan… reaccionaria y machista. Ahora… me tengo que ir —dijo apretando los labios mientras miraba la hora en su teléfono—, que Valentino no tarda en pasar por mí.

—¿Ahora ese maldito bisonte hasta eso hace, Livia? —pregunté ardiendo en cólera—. ¿Recogerte en el aparcadero de nuestro edificio?

El gesto de mi novia fue de sombro y frustración.

—¿Entonces también eso te parece mal, Jorge? ¿Qué mi jefe venga por mí? ¿Es en serio? ¿En qué clase de novio tóxico te estás convirtiendo?

—No, Livia, en qué clase de novia te estás convirtiendo tú. ¿Te parece normal que estemos peleando constantemente por culpa de tu nuevo puesto de trabajo? ¡Antes nunca tuvimos esta clase de disgustos!

—Te recuerdo, querido mío —me respondió con ironía—, que el que ha propiciado “esta clase de disgustos” has sido tú, solamente tú. Así que, si ya no tienes nada más que reclamarme, me voy.

Tragué saliva muy amarga.

—Está bien, vete —solté con frialdad.

Livia frunció el ceño mientras me miraba con ese hermoso rostro de niña buena.

—¿No me despides con un beso? —me preguntó.

De lo enfadado que estaba ni siquiera le respondí. Me di la media vuelta y me tumbé en el sillón.

Con un dolor en la panza, escuché cómo Livia Aldama cerraba la puerta del apartamento tras de sí. De lo único que estuve seguro es que el maldito bisonte de Valentino Russo se la pasaría deleitándose con las curvas de Livia, con su potente culo redondo y respingado, con sus enormes tetotas; y, mientras tanto, yo me quedaba allí en casa como un pobre diablo que sentía cómo mi novia día a día se estaba diluyendo como agua entre mis dedos.

Esa noche iba a ser demasiado larga.

ANÍBAL ABASCAL

Lunes 26 de diciembre

22:20 hrs

Ojos chocolates; dulces, brillantes… cándidos…

—Quiero que alejes a esa golfa de mi hermano —dijo Raquel solo abrir la puerta de mi despacho. Se acercó a mi escritorio y, con sus cabellos rojos alborotados en la cara y vestida con su pijama, exclamó—: Te lo repito por enésima vez, amorcito, ¡aléjala de mi hermano o no respondo! He hablado con Jorge y lo noto extraño, perdido, le volvieron las migrañas… esas que… le daban por mi causa. Pero ahora está con ella, y lo está destrozando…

Labios de fresas, grandes, marcados, mullidos… húmedos…

—Al final somos iguales, Raquel —le dije con una sonrisa, cerrando de golpe el portátil donde había estado mirando cómo me había follado esa mañana a Lola a cuatro patas sobre ese escritorio donde mi esposita tenía puestos sus puños—: unas mierdas de personas que sólo queremos nuestros beneficios. Y tú eres peor que yo, Raquelita, porque al menos yo no soy hipócrita a la hora de decir lo que quiero y lo que pienso. Tú me acusas de que soy un rastrero y tú eres igual o peor.

Piel blanca, tersa, lisa… formas curvadas, turgentes, y precisas…

—¡Destrúyela, Aníbal, haz que se vaya de La Sede! ¡Aléjala de Jorge y que nos deje en paz! No es de nuestra clase; es vulgar, ¡es una perdida! ¡Ya has visto cómo se comportó en la cena de navidad, avergonzándonos ante nuestras amistades!

Inocencia furtiva, gloriosa, fresca, sedienta, hipnótica…

—Tu hermano ya es un adulto, así que deja de tenerlo bajo tus faldas o lo harás un maricón. Nunca quisiste que yo lo educara ni lo formara como un hombre de verdad, y ahora ahí tienes las consecuencias. Lo sobreprotegiste, lo hiciste de cristal. Él piensa que es fuerte, que las puede todas, pero es un pobre diablo débil por tu culpa. Si ese cachorrito continúa bajo tu dominio, terminará como un pobre pelele, más de lo que ya es. Así que déjalo en paz. Pero, sobre todo, déjala en paz a ella, porque ahí sí que tú pierdes el tiempo conmigo.

Mirada penetrante, esquiva, solícita, candorosa…

—¡O la quitas de la vida de Jorge tú, o la quito de su camino yo, Abascal, te lo estoy advirtiendo!— Conocía esa mirada de perra rabiosa. La conocía con precisión. Era capaz de matar con todo y sus torpezas. Lo había intentado en un ataque de locura con mis adorables gemelas.

Me levanté abruptamente, rodeé el escritorio y la cogí del mentón con fuerza para que me mirara a los ojos:

—Primero te hago comer mierda antes de que hagas daño a esa chica, ¿has entendido, loca desquiciada? ¡Primero te meto en un puto manicomio antes que consentir que la lastimes!

—¡Tus amenazas me las paso por el coño, hijo de puta! —me escupió en la cara, liberándose de mis garras—. Y una cosa sí te digo, Aníbal Abascal, pocas cosas me importan tanto como mi hermano; así que te advierto que si esa lo hace sufrir… la mato.

Humedad… capricho… acuosidad… caricias…

—Te mato yo a ti —susurré tajante cuando Raquel desapareció por el despacho.

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