AKUARIES

1.

Armando, el jefe de obras, subía las escaleras lentamente, sujetándose a los tablones colocados provisionalmente para evitar accidentes, pensaba, que le estaban sobrando algunos kilos de más, cada día le costaba más subir hasta el tercer piso. Descansaba jadeando al llegar a su destino, se secaba con un pañuelo la cara, como si se quisiera quitar un sudor que no existía. Mientras, miraba con una sonrisa a Pablo, el obrero que seguía trabajando, después de haber sonado la bocina que indicaba el final de la jornada.

Pablo colocaba suavemente, casi con cariño, un ladrillo en su lugar, le quitaba el sobrante de cemento, lo ajustaba, acercaba la cara a la pared, para asegurarse que había quedado perfectamente alineado con los demás, respiraba profundamente, confirmándose que estaba bien puesto y empezaba de nuevo, colocándole el cemento a otro ladrillo.

Armando, giraba la cabeza de un lado a otro, nunca entendió que Pablo fuera tan perfeccionista en su trabajo.

-Pablo por Dios, te he dicho toda la vida, que no hace falta levantar la pared tan perfecta hombre, después se rebozará y se dejará lisa.

-Hola jefe…- Le respondía Pablo con una sonrisilla.

-Que te he dicho, toda la vida también, que no me llames jefe coño…

-Supongo, que si has subido las escaleras, es porqué debe ser la hora de acabar ¿No?- Le cortaba Pablo sin dejar de trabajar.

-Sabes que sí cabroncete, hoy no te toca hacer horas extras. A ver si algún día acabas a tu hora y no me haces subir a buscarte.

-Con lo bien que te va hacer un poco de deporte, no te quejes anda.- Volvía la sonrisilla de Pablo, sin dejar de poner ladrillos uno al lado del otro.

-Cabronazo, deja de trabajar y vámonos.- Le apresuraba un sonriente Armando.

-Espera hombre, acabo esta línea y nos vamos…

-Esta línea, esta línea ¡Oye! que puedes dejarla sin acabar, que no se va a caer el edificio.

-Ya sabes que no me gusta dejarla sin acabar, pongo el último.

Armando miraba con paciencia, como Pablo acababa de dejar toda la línea de tochanas colocadas.

Se conocían desde que Pablo empezó a trabajar en la empresa, en aquellos tiempos Armando todavía no era jefe de obras, lo sería unos años mas tarde. Desde el principio, Pablo le pareció un gran tipo, muy trabajador y responsable, puede que demasiado perfeccionista para trabajar de obrero. Llevaban trabajando juntos más de veinte años, habían compartido infinidad de cervezas, Pablo sabía toda la vida de Armando, hasta cenaba en su casa de vez en cuando. Armando solo sabía que Pablo tenía una hija por la que se desvivía, una niña que cuando era pequeña, muy pequeña, con meses de vida ya se hizo amiga de su hija Isa, la niña de Pablo estudiaba arquitectura y él estaba orgulloso de ella. También sabía, que para pagar la universidad, tenía que hacer todas las horas extras que le dejaban. Nada más, nunca le pudo sacar otro tema de conversación que no fuera el trabajo, lo buena que era su hija estudiando o cosas intrascendentes. Ya le hubiera gustado a Armando, saber algo de la expareja de Pablo, porque él, nunca se lo dijo, pero estaba claro que no convivía con nadie. Esa especie de aura misteriosa que desprendía Pablo le gustaba a Armando, le gustaba y le causaba una cierta pena, estaba seguro que Pablo se guardaba demasiadas cosas para él, en algunos momentos se le veía distraído y serio. Le tenía mucho aprecio y no le gustaba ver como su amigo sufría en silencio.

-Sabes Pablo, tú tendrías que ser aparejador o algo así, con lo perfeccionista que eres.- Se cachondeaba Armando.

-No, no, si lo fuera, no podría comprobar lo recta que quedan las paredes de ladrillos, ya sabes lo que me gusta eso.- Respondía riendo Pablo.

-¿Vamos a tomar unas cervecitas?- Preguntaba Armando mientras bajaban los dos por las escaleras.

-Gracias Armando, hoy quiero llegar pronto a mi casa y preparar la cena con tiempo.

-Siempre pensando en tu hija, Lucía debe estar orgullosa de su padre.

-Ya sabes como son los jóvenes de ahora.

Le respondía Pablo mientras se alejaba, Armando lo miraba desde el inicio de las escaleras. Otra vez aparecía el Pablo misterioso, cabizbajo, caminaba lentamente saliendo de la zona de obras.

Pablo conducía, pensando que debía haber cambiado ya hacía unos años, aquel viejo utilitario que lo llevaba de un lugar a otro, básicamente de su casa al trabajo y del trabajo a su casa. Desde hacía años, su hija Lucía no quería que la llevara o la fuera a recoger a ningún sitio.

Aparcó delante de su casa, una casita vieja de planta baja, situada en un antiguo barrio de varias filas de casas tocándose unas con otras, las filas estaban separadas por unas estrechas calles, justo el espacio para aparcar un coche y que pasara otro con ciertos problemas. Ya se sentían rumores, de que tarde o temprano los desalojarían para hacer edificios de viviendas.

Las casas, eran estrechas y alargadas, al entrar, en un largo pasillo se veía la puerta que daba acceso a la habitación de su hija, al final del pasillo, se abría el pequeño salón comedor, con la cocina delante, en un lateral del salón, una puerta daba acceso a la habitación más grande de la casa, en el frente, otra puerta salía al patio trasero, una estrecha parte del patio, se extendía por el lateral de la casa, para que las habitaciones, pudieran tener una ventana exterior, al lado de la cocina, el cuarto de baño. Una casa muy antigua, que nada tenía que ver con las modernas distribuciones actuales.

Cerró el coche, agarró otra llave del mismo llavero y abrió la puerta de la casa. Caminaba por el pasillo despacio, le había parecido oír un ruido. Justo al pasar por la puerta de la habitación, se paró en seco, era la habitación de Lucía, su hija. La puerta estaba abierta y podía ver perfectamente, a Lucía cabalgando duramente, casi salvajemente, a su novio, los dos intentaban apagar los gemidos, para que no les escucharan los vecinos, pensó Pablo. Apoyándose en las puntas de los pies, salió de la casa sin hacer ruido, cerró la puerta detrás de él y suspiró.

Que poco le gustaba aquel novio de su hija, un chico del barrio que todos conocían por vender drogas. Ya intentó en su momento hablarlo con Lucía, pero como siempre, no le hizo ni puto caso, bastaba que él le dijera alguna cosa, para que ella hiciera la contraria.

Caminó un par de calles, mientras se acercaba, miró el cartel del establecimiento, ‘Bar Tere’, que poca imaginación tubo Tere al ponerle el nombre al negocio, pensó con una sonrisa Pablo.

-Hombre Pablito, hacía días que no se te veía el pelo.- Lo saludaba Tere con una sonrisa cuando entró al local.

-Menos cachondeo Tere, que te conozco.- Le sonreía Pablo.

-¿Cervecita como siempre?- Preguntaba Tere, mientras sujetaba un botellín que había sacado de la nevera.

-Por supuesto.- Contestaba él, acomodándose con gesto cansado en el taburete.

-¿Qué haces aquí a estas horas Pablo?- Preguntaba Tere, dejando la cerveza encima de la barra.

-Mi hija está en casa.

-Con el novio.- Añadía Tere.

-Con el novio.- Confirmaba Pablo, poniendo mala cara, mientras le daba un buen trago a la cerveza bebiendo directamente del botellín.

-Lucía no es tonta, tranquilo, más tarde o más temprano lo dejará.

-Lo que me preocupa es que sea demasiado tarde Tere, ese chico no es bueno, tú lo sabes.

-¡Joder si lo sé! Aquí tiene prohibido entrar, por eso hace meses que no veo a Lucía.

Pablo volvía a beber, pensando en que coño le había visto su hija a ese chaval.

-Estoy convencido que lo hace para joderme.- Le decía a Tere un triste Pablo.

-Va, no te preocupes.- Intentaba animarlo ella, apretándole con la mano el brazo.

-Por cierto, hueles un poquito…

-Ya lo sé mujer, ya lo sé, he terminado de trabajar y no he tenido tiempo ni de ducharme, al llegar a casa, me he encontrado el espectáculo y he salido corriendo.

Tere reía, mientras sacaba otra cerveza, que le colocaba delante a Pablo retirando la vacía.

Después de un rato hablando con Tere, calculó que ya podía volver a su casa, dejó sobre la barra unas monedas para pagar la consumición y se despidió de su amiga. Justo cuando estaba llegando a la puerta de su casa, salió Lucía con el novio, al verlo, su hija se agarró del brazo del chaval.

-¿No vas a cenar en casa?- Le preguntó Pablo a su hija, sin mirar al novio.

-¿Y tú? ¿Ya vienes de emborracharte con tus amigos? Porque haces un olor a cerveza que tira para atrás.- Le respondía una molesta Lucía.

Pablo ni contestó, se metió en la casa y cerró la puerta, se había dado cuenta del detalle. Cuando Lucía lo vio, se agarró al brazo del novio ese que tenía, para provocarlo, al preguntarle por la cena, entonces le atacó llamándolo borracho. Sacudió la cabeza, desaprobando la actitud de su hija, pero que podía hacer, hacía años que duraba esa actitud de Lucía. Paciencia, paciencia, pensó Pablo.

Se duchó y preparó algo ligero para cenar solo, como muchas noches. Se sentía decepcionado, esa tarde había estado pensando en cenar con su hija, salió del trabajo con ganas de prepararla para los dos, pero no pudo ser. No sabía que hacer, si la avisaba diciéndole que quería cenar con ella, Lucía le ponía una excusa para no hacerlo, solo alguna vez que la había pillado en casa por sorpresa, había conseguido que se sentaran juntos en la mesa y cruzar cuatro palabras.

Después de cenar y dejar la cocina organizada se acostó, estaba cansado, demasiado cansado y triste para pensar. Dio unas cuantas vueltas dentro de la cama, hasta que escuchó que se abría la puerta y llegaba Lucía, entonces se pudo dormir.

Lucía entró en su casa, se quitó los zapatos para no hacer ruido, sabía que su padre estaría durmiendo y al día siguiente se levantaba temprano para ir a la obra. Entró en su habitación, cerrando la puerta detrás de ella, dejó los zapatos en la parte baja de un armario, luego se quitó la chaquetilla y la colgó en el mismo armario, miró la mesita que había en un rincón, con una silla delante, la mesa en la que estudiaba, se acercó y apiló varios apuntes que le harían falta en las clases del día siguiente.

Se giró y se miró en el espejo, que ocupaba casi toda la pared. Se vio de perfil, el top le marcaba un par de buenas tetas, las que tanto le gustaron al zoquete de su novio cuando lo conoció. Se giró un poco más, que buen culo me hacen estos vaqueros, no me extraña que el zoquete se muera de ganas por follármelo, lo tiene claro, pensaba Lucía, mientras se miraba y palpaba el culo. Se quitó la ropa, por último el tanga, tirándolo todo a un cesto de mimbre, donde dejaba la ropa para lavar. Se puso una camiseta y se metió en la cama, apagando la luz.

Lucía pensaba, habían estado bien los últimos meses, tocándole las narices a su padre con el novio, pero sabía que él tenía razón, con ese tipo no iba a ninguna parte, un niñato malo que vendía drogas, un tío sin oficio ni beneficio. Por no hablar de lo machista que era el cabrón ¡Joder! Si me lo tengo que follar cerrando los ojos para correrme, pensó, y él, que no me quiere comer el coño porque le da cosa, que cabrón, le da cosa comerme el potorro, pero bien que luego se fuma todas las mierdas que se fuma sin reparos. Su padre, y sus amigas de la universidad, se lo habían dicho muchas veces, ese tío no es para ti Lucía. Un día de aquellos, rompería la relación o lo que tuviera con él, se autoconvencía a ella misma.

Cerró los ojos intentando dormir, respiró profundamente para relajarse, entonces le vino a la cabeza Carlos. Carlos apareció en varias de sus clases aquel curso, cuando lo vio la primera vez, le pareció un chico interesante, cuando lo volvió a ver el siguiente día, se enamoró de él, al menos físicamente, por desgracia, no había tenido la suerte de poder hablar con él demasiado tiempo, solo un ‘Hola’ y un ‘Adiós’ de vez en cuando, no sabía como era de carácter, pero por su imagen, parecía un buen chico. Tampoco tenía muy claro, porqué no se había acercado a él para hablar, seguramente porqué era una cobarde y prefería mantenerlo como un amor platónico.

Fuera como fuese, Lucía sin darse cuenta, se había colocado en la cama boca arriba, había abierto las piernas y los dedos de su mano derecha, muy delicadamente, le acariciaban el coño. Se acariciaba, pensando como se lo haría Carlos, o así era como a ella le gustaba creer que lo hacía, despacio, sin prisas, dándole vueltas a un clítoris que ya se le había puesto duro. Notaba como aumentaba la humedad en su interior, a la vez como se mojaban sus dedos, resopló en silencio, tirando la cabeza hacía atrás, los ojitos se le ponían en blanco. Con la otra mano, se masajeaba una teta, poniéndose el pezón duro, un pezón que dejó entre dos dedos frotándolo. En un acto reflejo, sabiendo que ese sería el siguiente paso, se introdujo dos dedos en el coño. Gimió ahogadamente, en su mente, veía la imagen reflejada en el espejo de la pared, Carlos, desnudo, se movía encima de ella penetrándola, lentamente, al mismo ritmo como se estaba follando ella con sus dedos. Apretó los labios, para que no se le escapara un buen gemido, sus dedos se aceleraban, en su cabeza, Carlos se sujetaba a la cama con los brazos estirados, mientras, la penetraba más duramente, ella, abría las piernas todo lo que podía y le apretaba el culo a Carlos con las manos. Le llegó un fuerte orgasmo, dejó ir de sus labios un fino y largo gemido de placer, poniendo los ojos totalmente en blanco, las piernas le temblaban, la espalda se le tensaba. De golpe se relajó, respiró profundamente y se sacó del coño los dos dedos, totalmente empapados, sin pensar se los secó con la sabana, juntó las piernas, notando todavía un agradable placer en su sexo dilatado y húmedo, se giró y cerró los ojos con una sonrisilla, pensando en Carlos para dormirse.

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