TANATOS 12

CAPÍTULO 11

No sentí desprecio hacía mí en su última frase. O sí. Pero era un desprecio que emanaba, que bebía, de una humillación conocida, pactada. Al contrario de lo que podría parecer, aquellas últimas frases suyas… eran nuestras. Era una vejación común, una cadena de poder… que era ya casi familiar.

—Venga cerdo, hazlo ya o me marcho a limpiarme —me apresuró ella, déspota.

Aquella nueva orden no me dolió, y es que entendí que formaba parte de lo anterior. Y no tardé en confirmar que estaba en lo cierto, pues tan pronto apoyé mis manos en sus torneados muslos y observé aquel tanga encharcado más de cerca, sentí cómo María bajaba una de sus manos y me acariciaba el pelo.

Así. Más tranquilo. Más amparado. Entrecerré los ojos y acerqué mi cara a aquella lencería y olí el semen de Edu allí depositado, y un aroma de olor a coño hizo que mi polla desnuda palpitase, vibrando, rebotando.

Saqué entonces la lengua y golpeé aquella lencería, por abajo, de abajo arriba, en pequeños golpes que hacían que lo allí posado se balancease como un barco a la deriva. La humedad era infinita. El tanga estaba humillantemente calado… y si ya de por sí su lencería era suave, al estar encharcada… era cómo si se deshiciera. Y acabé por cortar, sin querer, con mi lengua, aquel hilo de semen que colgaba del tanga, y un gusto amargo me embriagó, y María, moviendo sus dedos por mi pelo, susurró:

—Eres un… cerdo.

Y aquello no hizo sino envalentonarme más, y golpeé otra vez con mi lengua de abajo arriba, consiguiendo con el envite que aquel semen se acabara volcando, sobre mis labios, sobre mi boca… La estructura, la textura… era calentísima, extraña, espesa, y amarga… Notaba cómo mi polla se conmovía al tiempo que degustaba aquel charco denso que se había precipitado por un lateral de la prenda hacia mi boca. Bebía de aquel tanga el semen de Edu y me excitaba, como en el sueño que había tenido. Era sucio, era guarro, era hasta escatológico, y aquello no hacía sino excitarme más; tanto que hasta tiritaba de frío, allí arrodillado, produciéndose un contraste entre mis labios y mi boca calientes y el resto de mi cuerpo. Y no necesité ayudarme de la mano, pues aquella espesura se precipitaba sola, buscando salida, como si me buscase. Y acabé por alzar mi mirada, y no vi en María reproche, sino sorpresa, impacto, y excitación.

—Estás loco… —gimoteó ella, con los ojos casi cerrados, jugando con mi pelo entre sus finos dedos, al tiempo que acariciaba una de sus tetas…

Yo volví a golpear aquel tanga con mi lengua, con restos de semen en la comisura de mis labios. Era todo soez, burdo, pero tan sexual que ambos temblábamos. Y María bajó entonces su mano, de su teta a su coño, y se restregó aquella humedad por su clítoris, abrió ligeramente la boca, cerró los ojos, y comenzó a masturbarse.

Se pajeaba con una mano. Flexionaba las piernas. Jadeaba. Soltó mi pelo y esa mano fue de nuevo a una de sus tetas y yo me retiré, para verla. Con mis labios húmedos y calientes era testigo de cómo ella, con las piernas separadas y aquel tanga exigido, movía dos de sus dedos, de izquierda a derecha, a gran velocidad, sobre un clítoris, bañado por Edu, que quería hacerla estallar cuanto antes.

Una sucesión de “¡Ahhh!” “¡Ahhh!” “¡Ahhhh…!” comenzó a atronar por el dormitorio de forma que yo dudé si Edu podría estar oyéndolo. Era una imagen majestuosa, pero a la vez ridícula, verla allí, restregándose, flexionando las piernas, temblando, aferrada a una de sus tetas, que apretaba, haciendo que su pezón casi se exprimiese…

—¡Oh… me corroo! —gimoteó, de golpe en voz baja y a la velocidad del rayo, montando las sílabas. Y abrió los ojos y me miraba, con los ojos llorosos, mientras se iba, abriendo y cerrando la boca, rápidamente, ahogándose en su orgasmo, disfrutando, imperial, su corrida, con un tembleque ridículo, y adornándolo todo con unos “¡Ahhh! “¡Ahhh! “¡Ahhhhh!” que dejaban sin aire y que conseguían que yo entendiera todo.

María soltó su teta y su clítoris. Exhausta. Y se mantuvo con los ojos cerrados. Y yo me puse en pie, y dudé en acariciar su cara, en despertarla de su orgasmo y en besarla, compartiendo así el semen de Edu que aún seguía en mis labios, pero no me atreví… Y me fui hacia el cuarto de baño… a lavarme la boca.

Todo había sido una locura, pero al contrario que la última vez que había ido al baño, lo bueno pesaba claramente sobre lo malo. Me sentía bien. Mientras me lavaba pensaba que lo siguiente sería hablarlo y arreglarlo con María; teníamos toda la noche por delante, y estaba convencido de que todo saldría bien.

Cuando estaba acabando de limpiarme sentí a María pasando por detrás de mí; completamente desnuda, me daba su tanga empapado, dejándolo sobre el lavabo.

—Lávalo, anda —me dijo y yo no sabía muy bien qué hacer con él, mientras ella parecía dispuesta a meterse en la ducha.

—¿Le echo jabón? —pregunté.

—Quítale el semen, al menos —respondió ella, entrando en la ducha y con un tono neutro que no me daba pistas sobre si ya empezábamos a estar bien o si por el contrario aún faltaba mucho.

Cerró entonces la cortinilla y fue ese gesto lo que me hizo descartar ducharme con ella y empezar a hablar de nosotros allí.

Lavé entonces el minúsculo y delicadísimo tanga de María y lo dejé colgando del grifo. Y me quité mi camisa pegajosa por el sudor y la colgué junto a un soporte de toallas, en un colgador.

Le dejé intimidad a María y me fui al dormitorio, y en seguida vi toda aquella ropa apartada, en una esquina de la cama, y me sentí terriblemente avergonzado… Cogí las dos camisas: la comprada para excitar a Víctor y la de la noche del aparcamiento, y las doblé con cuidado. Hice lo propio con el pantalón de cuero agujereado y lo coloqué al lado del arnés. Después fui a su maleta y saqué los bikinis y el resto de ropa… de ropa normal, y puse debajo todo aquel fetichismo turbador, como si así pudiera soterrar mi desacierto, por no decir majadería, y coloqué encima unas camisetas y su toalla de la playa. Al hacer todo eso encontré su cargador del móvil y lo dejé a la vista.

María apareció entonces, envuelta en una toalla, pero con el pelo seco, y yo sabía que tocaba la reconciliación, que los dos lo queríamos, incluso los tres, pero no me atreví en aquel momento a dar el primer paso, por lo que me crucé con ella y me fui hacia la ducha.

Allí, con el agua tibia golpeando mi cara, llegué a sentir no solo que había prevalecido lo bueno sobre lo malo, sino mucho más: me llegué a sentir feliz. Recordé, sobre todo, miradas de María que me habían hecho sentirme necesario, miradas en los momentos más álgidos de aquella vorágine de locura. Y, sobre todo, tuve la convicción absoluta de que María me quería, de que no había dejado de quererme a pesar de todo por lo que habíamos pasado y estábamos pasando.

Salí de la ducha, me sequé, me até una toalla a la cintura y fui al dormitorio. Y vi a María, de pie, al otro lado de la cama, con una camiseta de tiras gris, bastante larga, ofreciendo una visión lateral de sus pechos desnudos que me descubrió que mi excitación seguía latente; pero, simultáneamente a esa sexualidad, mostraba candidez, como si así vestida, tan solo con aquella camiseta, aparentase varios años menos.

Estaba con su móvil, situada cerca del punto exacto donde yo me había desnudado para tocarme mientras ella se arrodillaba ante él. Y en seguida me di cuenta de mi error, pues no era su teléfono lo que tenía en sus manos.

—Dame el pin —dijo seria, y yo me alerté inmediatamente.

Me cogió por sorpresa. Y, sin pensar, simplemente dije:

—No.

—¿Por qué no? —preguntó ella y yo deduje que aquello era por Begoña.

—Pues… porque no —respondí, no demasiado convincente, y habiendo estado a punto de decirle que porque no podía, lo cual habría sido aún peor.

—Ah. Muy bien —dijo sarcástica.

Se hizo un silencio y ella acabó por girarse hacia mí.

—¿Cuántas veces habéis follado? Dime. Quiero saberlo.

—En serio, María… ¿Después de lo que acaba de pasar vamos a hablar de Begoña?

—Es que lo de Begoña es bastante más grave que lo que acaba de pasar. Dime qué sentiste, venga. ¿Sentiste algo?

Yo me quedé callado un instante. Le había mentido varias veces, pero era incapaz de empezar nuestra reconciliación con otra mentira. Sabía que algo había sentido, aunque hubiera sido poco. Mi silencio fue en seguida reprochado:

—Eres increíble… Es que alucino —susurró, superada, negando con la cabeza y acusándome con su mirada.

—Yo qué sé, María…

—¿Cómo que yo qué sé? —preguntó, déspota, en lo que ya era una discusión en toda regla.

—Que no sentí nada —alcancé a responder.

—Ya, pues has tardado un poco de más en decirlo.

—Te repito que no entiendo… ponernos a hablar de Begoña aho…

—Y yo te repito que si no entiendes que follarte Begoña, además, sintiendo algo, es mucho más grave que esto… es que eres tonto. Así, tal cual —me interrumpió ella, cada vez más encendida.

—Venga, María… No me jodas… —dije, bastante molesto por su insulto.

—Que no te joda de qué. Pues venga, dame el pin y ya no te jodo más.

—Pues déjame ver tu móvil y veo todo lo que has hablado con Edu.

—¿Pero sigues sin entender que no es lo mismo? —se sulfuraba— ¿Sigues sin entender que lo tuyo es ponerme los cuernos, con todas las putas letras, con una cría que además trabaja en mi despacho?

—Mira, María, si te vas a poner así me voy —dije, enfadado, pero sabiendo que aquello tenía mucho de farol.

Ella no dijo nada y dejó caer mi teléfono sobre la cama.

Yo por un lado podía entender que tenía razón, pero también desconfiaba de que ella, por el motivo que fuera, estaba forzando la discusión a propósito.

María fue entonces hacia su maleta, cogió su cargador, e iba hacia la mesilla para cargar su teléfono. Yo, mientras tanto, fui a recoger mi ropa tirada en el suelo y me fui hacia el baño, a por mi camisa, dispuesto a irme, o fingiendo que lo haría, y cada vez alucinaba más con que ella no me detuviera.

Volví a la habitación, ya vestido, y ella, de pie, de espaldas, junto a la mesilla, estaba con su teléfono, y no parecía que fuera a decir nada. Cogí el mío, que estaba sobre la cama… y me fui.

Y estaba saliendo por la puerta, cuando escuché su voz, y, durante una fracción de segundo, pensé que era su enésima salvación, pero escuché:

—Coge tu mochila, ¿no? —dijo, además, en un tono que no tenía nada de conciliador.

Volví sobre mis pasos, cogí mi mochila… y la miré. Ahora frente a mí. Ella apartó su mirada de la pantalla. Nos miramos. Y la quise. La amé con locura. Su pelo caía por delante de su cara, cubriendo aquel flequillo parte de su rostro. Estaba espléndida, guapa, jovial, especial e increíblemente viva. Y pronuncié un te quiero, purísimo, pero lo pronunció mi mente, no hacia fuera, no hacia ella. No sé por qué. Quizás por un orgullo absurdo que solo salía en los momentos en los que no debía salir.

Y no dije nada. Y ella tampoco.

Y me fui.

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