ALBERTO MORENO

(en un lugar del Caribe)

                                                                                                                                                     El primer disparo sonó a las once de la noche.

El trallazo hizo añicos el silencio de la noche oscura en la Cuesta de las Culebras.

El segundo, cuatro segundos después.

Copito Juarez dio un respingo, se incorporó de la cama, buscó a tientas sus botas por el suelo del dormitorio, se abrocho la camisa y a oscuras, con sigilo salió por la puerta trasera de su casa.

Anduvo solo unos pasos, se ocultó en el cobertizo de los cerdos.

Estaba aterrorizado. El miedo ancestral que siempre le había acompañado, alcanzaba cotas insospechadas.

De nuevo, dos disparos separados por instantes, volvieron a profanar la quietud de la noche.

– ¡Con el primero le revientan la barriga, mascullo Copito y con el segundo lo rematan.

Dos sombras se dirigieron a su casa.

Por una rendija del cobertizo, vio que eran soldados uniformados del general Pantoja encargado de someter la insumisión de los hombres, que no querían vender sus tierras al hermano del general.

A la Cuesta de las Culebras habían ido esa noche a exterminar a los que no daban su brazo a torcer.

Penetraron en el interior de la casa de Copito, con una linterna escudriñaron la vivienda. – ¡La cama esta aún caliente!, dijo uno, ha debido huir ahora, estará cerca, volveremos más tarde.

Se marcharon. Los disparos continuaron hasta cejar en diez y ocho. Nueve campesinos habían sido ejecutados.

Unos sollozos se vertían en la oscuridad reinante. Eran lamentos de hijos y de esposas.

 El cerebro de Copito frenéticamente descompensado intentaba construir una huida donde pudiera ocultarse y no encontraba a donde ir.

Convino estar muy lejos al día siguiente. Calculo que a paso militar en un día podría recorrer quince leguas.

Se preparó.

Busco bajo el colchón los ahorros. En la cocina rebaño lo que pudo de comida, también cogió el cuchillo. Repaso con la vista sus pertenencias y no supo que llevar, estaba aterrado, no conseguía pensar. Sus campos habían desaparecido de su mente.

La Cuesta de las Culebras era un poblacho de apenas doscientos habitantes, poseía tierras valiosas, regadas por el rio Chachinea. Al estar a desmano de todo, había escapado a la codicia de los militares.

Fue, cuando Pantoja acuartelo sus tropas junto al rio, hacía tres inviernos, en la campaña contra el general Varela. Vio el rio, con su cauce a rebosar, se agacho, cogió un puñado de tierra, en su orilla húmeda, la olio, vio su color oscuro, viscoso, la desmenuzo con sus dedos, y exclamo: ¡Pendeja!, volveré!

La Cuesta de las Culebras se asentaba en un solo camino. La dirección que arrancaba en la capital, después de atravesar dos cadenas de montañas, tres riachuelos y como doce pueblos, el camino llegaba a la Cuesta de las Culebras, lo atravesaba y seguía su ruta hacia lo desconocido.

A ciencia cierta Copito, nunca se había aventurado por esos pagos, no sabía que habría por allí ni a donde conduciría el camino.

En un golpe de buen instinto, eligió huir hacia lo ignoto.

Antes, de una de las ollas que había colgada en la pared de la cocina, cogió unos papeles arrugados, manuscritos, con el sello de la Judicatura, eran las Escrituras de sus tierras, cuando el otro Gobierno el del general Varela, como premio a un puñado de leales que le siguieron en su guerra, las consigno como suyas.

Cerro la puerta, atrancándola, escondió como pudo lo que creyó de valor, echo una mirada en derredor de despedida y con decisión se arrojó a la oscuridad.

Caminaba apresurado. Minutos después, el pueblo había desaparecido.

Con la luna y las estrellas diluidas en la noche, apenas si distinguía la línea sinuosa del camino. Este, se había estrechado y apenas si podía cobijar la anchura de las ruedas de una carreta.

Se había tranquilizado.

El andar lo hizo más pausado. El cerebro volvió a funcionar. En algún momento debería volver. Los sembrados de sus campos deberían regarse en unos días, salvo que lloviera. La casa quedaba abandonada.

De madrugada, despunto la claridad. El cielo fue tomando color de día. El sol llego y poco a poco, ascendió colocándose perpendicular encima de la frente de Copito, el calor le obligo a detenerse. Se refugió en la sombra de un framboyán de flores rojas que crecía al lado derecho del camino. Rebusco en la mochila y encontró algún condumio que llevarse a la boca.

Siguió la marcha.

Una prominencia del terreno y una cuesta abajo permitió divisar como a  dos leguas de camino anticipado, a lo lejos, dos uniformes y una garita, justo a un lado del camino. Ondeaba una bandera en el alero del tejado.

Los uniformes de los soldados eran verdes, de otro color. Los soldados del general Pantoja vestían de caquis.

Se detuvo, sin comprender lo que veía, luego siguió avanzando, estaba a punto de cruzar la frontera del país vecino y Copito nunca había salido de la Cuesta de las Culebras, el nombre de su país le resultaba lejano, la noción de pais, de patria, eran cosas que no entendía. Para el, La Cuesta de las Culebras era todo su mundo.

Se aproximó.

¡!Manos en alto!! ¡salvoconducto! Copito, explico lo que pudo a los soldados.

El dialogo, transcurrió entrecortado, con pausas. Nadie entendía la situación.

– ¡Y ¿dice, que le quería matar por nada?

¿Por nada no!, ¡para quitarme las tierras!

El soldado le indico que debía esperar al sargento, este vendría sobre dos o tres horas de espera, el superior sabría que hacer. Para eso era sargento.

Copito se acomodó junto a la garita, se sentó sobre una peña, apoyo el mentón sobre su mano y empezó a dormitar.

El sargento, un hombre rechoncho, con pelo lacio caído a un lado de su frente, escuchó la versión de sus soldados. Miro a Copito y decidió dejarlo allí hasta el día siguiente, pediría consulta a su inmediato superior. Copito, era ciudadano del país vecino, solo quería pasar, no sabía que allí había otro país. 

Las miradas de los soldados tranquilizaban a Copito, eran gente humilde como él.

¡¡Deberá quedarse unos días aquí, ¡¡Soldados, acomódenlo en sus literas o que duerma en el suelo, pero denle una manta!

Eso fue todo, se marchó.

El retén lo componían cuatro soldados al mando del sargento, las guardias transcurrían cada tres horas. Dos soldados se turnaban. El sargento solapaba los relevos y como aquella frontera no tenía tránsito, nunca pasaba nada. Después de dos días, Copito había trabado amistad con los soldados.

   Sentado en la piedra de la puerta de la garita, en un arrebato, cuando cenaban juntos, se dirigió al sargento y le dijo:

– ¡Mi sargento, podría quedarme aquí, limpiaría la caseta, traería el agua del rio y podría sembrarles unos víveres ahí, junto al camino!

– ¡Lo consultare con mi superior!, contesto el sargento.

De aquella conversación, había trascurrido un año y cinco meses.

Copito, después de limpiar, fregar, labrar la tierra y traer el agua, pulía los cañones de los cuatro fusiles de la tropa.

 Se incorporó al servicio de las guardias con un fusil que le dio el sargento. El siempre pedía la última de la noche.  

Así veía amanecer.

En aquel año y medio, solo tres forasteros se habían aventurado por aquellos pagos.

Les pregunto por el general Pantoja y por la Cuesta de las Culebras y no supieron dar respuesta, dijeron que allí todo parecía normal.

A Copito, empezó a devorarle una idea que cada vez le llenaba más el cerebro, sabía que su casa estaba a tres días de marcha.

Desde entonces, andaba azorado, nervioso, con la mirada y el pensamiento en el mismo sitio.

– ¿Qué te pasa, Copito?, le espetó el sargento.

– ¡Me gustaría ir al pueblo y ver mi casa!!

¡Mañana vas con dos soldados que te acompañen, puedes quedarte dos días, irán vestidos de paisano para no extrañar.

 Al dia siguiente, de Villa Ancha, del otro país, la poblacion cercana a la frontera, vino el carromato de los viveres, trajeron uniformes nuevos y no fue posible emprender la marcha.

Al otro, llovio torrencialmente y al final emprendieron camino la semana siguiente. Se incorporo el sargento que sustituyo al segundo soldado.

Los tres, Copito, el sargento y el soldado emprendieron la marcha al despuntar el martes. Tardarian tres dias en llegar, se quedarian dos y tres para volver, al final la expedicion volveria en una semana. El soldado y Copito llevaban la comida y el agua, el sargento  las mantas para dormir.

Habia transcurrido un año y cinco meses. Copito, desandaba el camino y comenzo a recordar cada detalle de su casa.

¿Seguiria en pié? ¿Y que habria sido de mi campo?.

A medida que menguaba la distancia, su corazon  palpitaba con mas fuerza. Un desasosiego fue apoderandose de él y un mal presagio le dictaba volver atras. Se palpo el bulto oculto debajo de su pelliza y se sintio mejor. Llevaba el rifle camuflado entre sus ropas. El sargento lo ignoraba.

Aunque Copito retrasaba la marcha, estaban llegando.

Sus ojos, ávidos, escudriñaban el horizonte. El paisaje le era ya familiar.

¿Falta mucho?, inquirió el sargento.

¡Nó!, contesto Copito entrecortado.

Habian pasado el  framboyán, que habia cambiado sus flores rojas por el fruto. Su casa, a la entrada de la Cuesta de las Culebras, estaba alli.

La vió.

¡Queda poca comida!, comentó el sargento .¡¿Hay en tu pueblo algun colmado?.

¡Si!, contesto Copito, ¡ tambien la comadre Hortensia tendrá algo en  su despensa.

El camino era un iman que impulsaba los pies de Copito hacia adelante- Solo treinta pasos le separaban ya  de su casa.

Se detuvo. Estaba intacta, pero  diferente, la fachada pintada de rojo y la puerta parecia nueva.

                                  Capitulo II

El campo sembrado de plantones de yuca, de medio metro de altura, mostraban malas yerbas entre sus tallos. Alguien habia sembrado la yuca, pero estaba desantendida, el cobertizo de los cerdos vacio, pero atestado de trastos y cosas viejas.

 La casa parecia habitada.

El sargento y el soldado permanecieron de pie en la linde del camino.

Antes de empujar Copito la puerta , se abrio .

En el dintel, aparecio una mujer rubia en camison azul turquesa. Esbozó una sonrisa de complicidad y exclamó:

¡Entre, no sea timido,joven apuesto!.

 Copito, profundamente desconcertado se le helaron los musculos, su habla  quedo paralizada. Cogido por su hombro, la mujer lo introdujo en la casa.

Madura, entrada en carnes, la «madame», con voz de celestina, le dijo a Copito, que Alicia, su amiga, estaba desnuda en la pieza.

 Con una  meliflua sonrisa añadio: Son trescientos pesitos!.

Le condujo  al cuarto, Copito reconocio  su cama. Alli  otra mujer, mas joven, semi desnuda, tendida en el lecho se dirigió al hombre : ¡Ven!, ¡no temas nada, no tenemos prisa!.

Copito, de pié, atónito, era incapaz de abrir los labios, parecia una estátua de sal.

¡Quitate las botas, yo te desnudaré!.

El, no apartaba los ojos de los pechos de Alicia y en especial fijaba su mirada en los pezones  oscuros que destacaban sobre la piel lechosa y blanca del cuerpo de la mujer.

Alicia, le despojo de la camisa , que  saco por la cabeza sin desabrochar los botones. Luego, le bajo el pantalon y Copito quedo desnudo, de pié. Ella le acaricio el torso y bajó su mano suave hasta  su vientre.

-¿Sigo?, añadió con una sonrisa maliciosa.

Fuera, la «Madame», al divisar en el camino, delante de la casa, a los dos hombres, al sargento y al soldado, se aliso el cabello con su mano, se desabrochó tres botones de su bata y desde el dintel de la puerta entreabierta, les invito a entrar.

¡Vengan, no se queden ahí!.

El sargento, acostumbrado a recibir órdenes, obediente, empujo al soldado delante de él y juntos penetraron.

Vicky,era el nombre de la «madame» les informo que el joven ya estaba con Alicia su compañera, pero que ella se atrevia con los dos, a la vez. ¡Hacemos un «ménage á trois»!. No entendieron aquello, pero no hacia falta.

Copito, mientras manoseaba  los senos y el cuerpo de Alicia, recordó fugazmente que nunca habia visto  una mujer desnuda, salvo la foto de la mulata que tenia su compadre Dimas en el almanaque de su cocina.

Dimas, vivia en el otro extremo de La Cuesta de las Culebras, junto a la casa de la comadre Hortensia, la que tenia una despensa que sacaba de apuros a los vecinos.

A medida que acariciaba sin ninguna pericia, de forma atolondrada los pechos de Alicia, su mente comenzo a transmutarse en otra persona. Los ojos que arrastro toda su vida de raton temeroso, en permanente vigilia, acechando peligros, comenzaron a emitir destellos de osadía. Su miedo ancestral se diluia  por momentos.

Cuando termino de hacer el amor, por primera vez, se irguió de la cama y con voz energica, dio en toda su vida de sumision la primera orden a otra persona:

¡Alicia, traeme un vaso de agua!, asombrado, repitio las mismas palabras:

¡Traeme un vaso de agua!.

La «Madame», en la otra pieza, habia acomodado a los dos guachimanes, como si fuesen dos grandes bebés, uno a cada lado de la cama, en los filos, élla en el centro, entre ambos.

Se habia despojado del camison azul, sus gorduras, algo desparramadas no impedian  a sus manos, la diestra y la siniestra, hacer de las suyas.

Alicia se levanto, se dirigio a la cocina para llevar el agua a Copito, pero no pudo resistir la curiosidad. Entreabrio con sigilo la puerta donde se consumaba el «menage a trois», y fué incapaz de contener su asombro. Su «jefa», como en sus buenos tiempos, hacia malabarismos con los dos hombres a la vez.

¡Mandanga!, ¡Mandanga!, ¡dales mandaga Vicky! , gritó.

Lo que siguió fue un alarde de candorosas perversiones. Los cinco terminaron en una sola cama. El sargento, entonaba a viva voz el himno patrio, el soldado enarbolaba como gorro militar las bragas de la «madame» y las mujeres tenian un ataque de risa tonta que no podian detener. Copito, de pie, en la cama, voceaba:¡ Traedme un vaso de agua!, le encantaba el tono energico de su voz  y repetia y se escuchaba una y otra vez.

La tarde habia agotado las horas y vino la noche. Tenian  apetito, Vicky, fué a la cocina y preparó una fritanga de yuca y plátano macho.

Mientras, enviaron al soldado a casa de la comadre Hortensia y le encargaron una botella de ron.

Comian, bebian y hablaban.

¡Entonces,   ¿esta casa era suya! y estuvieron a punto de matarte?. Era la «madame», la que inquiria a Copito

Ëste, dió detalles, pletórico de energia, ya transmutado, maldijo al general Pantoja.

Vicky, aclaró, que era una vieja conocida del general , al que solia acompañar en sus misiones, atemperaba sus prontos y convertia al general en una persona civilizada.

Al mes de huir Copito, le propuso instalarse en la casa, porque el vendria a menudo a La Cuesta de las Culebras.

Tenia asuntos patrioticos que dirimir allí, habia decidido apoderarse de las fértiles tierras de aquel poblacho

Para la tropa, Vicky, propuso traer a Alicia y el general dio su plácet.

Con el paso de los meses, el general tenia otros asuntos y dejo de acudir a la Cuesta de las Culebras.

Hacia tres meses que no aparecìa  por alli.

El sargento, con la resaca y los efluvios que el rimel de la «madame» le producian, medió con una propuesta original.

¡Si Pantoja, ya no viene por aqui, vengase a Villa Ancha y se instala alli. Es diez veces mas grande que La Cuesta de las Culebras, no hay competencia y  doscientos infantes de infanteria  estan acuartelados en el recinto de la Riocha. Mi abuelo tiene al lado una casa vacia con cinco piezas!.

¡Villa Ancha, esta a cinco leguas del puesto fronterizo y a treinte de este sitio.¡Podriamos ir a medias!, añadió.

Vicky, escuchaba con atencion al sargento.

Cambiar un general por un sargento, no era una buena transaccion!, pero un general por doscientos infantes, tenia otro color.

¡Habra que visitar Villa Ancha!, contesto.

                                      Capitulo III

La comparsa era ya uña y carne.

Se sentian hermanados y ungidos para emprender juntos su nuevo destino.

 Seguian comiendo y hablando. Cuando la botella de ron daba señales alarmantes de terminarse, Vicky propuso el plan: ¡Mañana el sargento, el soldado y yo iremos a visitar Villa Ancha!,¡Vosotros, Copito y Alicia os quedais aqui, el general Pantoja tardara todavia tres semanas en volver!.

La noche transcurrio mas placentera. Los furores de los hombres habian amainado.

A las siete, con el sol todavia ausente, el sargento, el soldado y Vicky emprendieron la marcha. En el puesto fronterizo dejaron al soldado.

La Visita a Villa Ancha fué un visto y no visto, un coser y cantar.

Vicky dio su visto bueno de inmediato a la casa.

El sargento Sergio Conejo Maroto , asi se llamaba el  militar, le mostró en un santiamén las cinco piezas, el hall de entrada, los dos baños, la cocina y otro aposento contiguo al hall, que Vicky imaginó su «bureau». Desde alli dirigiria el negocio.

A medida que inspeccionaba las dependencias, tomaba nota de visillos, cortinas y tamaño de las camas. Hizo un inventario completo.

Al terminar dio al sargento la lista. Sergio, convino que Vicky hiciera  la eleccion y despues el iria a pagar y recoger la mercancia.

Acordaron pintar las paredes de azul turquesa y la fachada exterior de rojo sangre. Instalarian un piloto encima de la puerta de entrada, que desprendiese ráfagas y destellos intermitentes. A forma de faro marinero. Asi los naufragos transeuntes  llegarian a buen puerto.

En el almacen, Vicky añadió un juego de café de doce tazas y ciento veinte pañitos limpiaculos, tambien de azul turquesa.

Ese color era muy sufrido y no se notan los desperdicios, dijo para si.

«El Paraiso», fué el nombre que gravaron en letras mayusculas en la fachada, justo al lado del foco.

Los dias que Vicky permaneció en Villa Ancha,se alojó en el hotel Rosas Blancas. Desde alli, vigilaba las obras, la pintura, la instalacion de visillos y cortinas.Regresó al Almacen y trajo treinta cojines mullidos, que distribuyó en hall y dormitorios.

Cuando todo estuvo terminado, en la suite principal, la pieza mas amplia ,la que tenia las ventanas en forma de balcones, hizo el amor con Sergio Conejo Maroto, luego se durmió y soñó que el general Pantoja,detras de las cortinas de las ventanas,vestido de gala, con sable y medalleria en pecho, hacia guardia protegiendo a la pareja de cualquier infortunio o sortilegio.

Le pareció un buen augurio.

Por la mañana, estrenó el baño, tres pañitos limpiaculos y mientras desayunaban en el comedor del hotel, le dijo a su socio: ¡necesitare una calesa con una yegua para ir y volver a La Cuesta de las Culebras!,¡Deberia estar prevenida las veces que el general vuelva!, tengo que seguir atendiendo sus caprichos.

Estreno su carruaje a la semana siguiente y comprobo, a buen trote, que solo se tardaban tres horas.

Copito, en esos dias, se aventuró a visitar a su compadre Dimas y a la comadre Hortensia. Queria saber de primera mano como iban las cosas por La Cuesta de las Culebras.

En aquellos dias, desde su regreso,  no habia salido de casa.

Tambien,  Alicia necesitaba viveres para cocinar.

Lo que oyó le tranquilizó.

El hermano del general Pantoja, despues de adueñarse de las tierras, organizo una fritanga publica con mucho ron y tequila,  costillas de cerdo a la barbacoa. Invitó a la vecindad y prometia préstamos en semillas o en metálico. A las viudas les dono un exiguo fajo de billetes, suficiente para paliar los malos recuerdos. Era mas politico que militar. De hecho era senador en el  congreso de la patria.

Hortensia añadio , que el general llevaba tres meses sin venir y mientras la concubina viviera en su casa, no habria que temer.

Mando a la comadre a comprar los viveres al colmado para evitar dimes y diretes y no se supiese  su regreso.

Con las bolsas de frijoles y otras mercancias regresó a su casa.

Estaba mas tranquilo.

Empezó a labrar su campo, quitó las malas yerbas a la yuca, limpió el cobertizo de los cerdos y pintó de nuevo la fachada de blanco .

El dia que Vicky en su nueva calesa se detuvo delante de su casa, Copito, estaba cavando la tierra,se irguió y una sonrisa afloró en su rostro. Una cierta osadia y una cierta alegria comenzaban a marcar su nueva vida.

Venia acompañada del sargento. Entraron en la casa, besó en la mejilla a Alicia y anunció buenas noticias.

Copito, que guardaba todavia el fusil, convino en confesarlo al sargento.

 Cuando lo hizo, éste, le contestó como si fuera un contrabandista: ¡Guardalo, nunca se sabe!.

No dijo más.

Despues de la comida, en la sobremesa, Vicky tomo la palabra: ¡El general, sigue por el Norte en mision patriótica, tardara como otros tres meses en volver .

Alicia, deberia permanecer en la casa con Copito y ella pediria refuerzos para «El Paraiso», de hecho,estaban yá de camino cinco correligionarias que habia llamado. A Alicia, con discrecion le dio algunos billetes y ésta le confesó, que parecia estar en cinta. ¡Lo suponia,  contestó Vicky!.

A bordo de la calesa ,regresaron a Villa Ancha.

Los refuerzos llegaron a El Paraiso. Asignó dormitorios y repartió consignas. Cada servicio no debia durar mas de veinte minutos,sobre todo cuando el hall  tuviese lista de espera. Al capellan y a los miembros del consistorio,les ofrecerian café y podrian demorarse un cuarto de hora mas. De la higiene y de  los paños limpiaculos habia que hacer uso profuso y abundante.

El Paraiso se inauguró con gran exito.

El sargento, habia tramitado la nueva nacionalidad de Vicky y ésta,  tenia cuenta en el banco. Todas las mañanas hacia el ingreso del dia anterior. Don Demetrio Bellon, el director del banco, atendia en persona a Vicky.

Transcurrieron los meses. Hubo que traer dos nuevas ayudantas. Eran mulatas, una tenia rizos rubios y era haitiana.

Una mañana, no se sabia como Vicky se conectaba con el mundo exterior, llegó la noticia .

«El General Pantoja, habia tenido un infarto, estaba ingresado en el hospital militar de la capital».

Su instinto, le hizo ponerse en camino.

Dos dias despues, Vicky Virtudes Flordelys, asi la bautizo hacia cuarenta ycinco años su madre, entraba por la puerta principal del Hospital Castrense, que estaba en la capital. Se dirigió a la habitacion del general.

El aposento, aunque amplio, estaba a rebosar.

Se quedó perpleja. Esperaba algo asi, pero no tan concurrido.

Hablaban entre si y no percibieron su  entrada sigilosa.

El general postrado en su lecho, con dos tubos sonda, estaba adormecido, con los ojos cerrados.

Todos estaban de pié, salvo una mujer, sentada a la cabezera de la cama, prematuramente vestida de negro. Podria tener la edad de VIcky . Una mano sujetaba las dos del general, la otra, la tenia apoyada en su frente. Parecia estar muy compugida y con su mente en otro lugar.

Se llamaba Milagros Vinagron.

No vió a Vicky.

A su lado, de pié, otra mujer mas joven, sostenia en brazos a una niña de corta edad. Habia otras tres mujeres de edades diferentes. El resto eran varones variopintos, gente joven, entre quince y treinta años a lo sumo.

Era evidente, que se trataba de los hijos  y  las mujeres del general.

Con el mismo siguilo que entró, salió. Nadie se habia apercibido de su presencia. Fué a recabar informacion medica del enfermo. El doctor pronosticó dos o tres dias mas de vida.El infarto habia dañado su cerebro y el riego sanguineo era muy deficiente.

Ya en la calle, se dirigió al despacho del abogado del General, recordaba la dirección. En otros tiempos, le habia acompañado varias veces para asuntos propios y  los asuntos «patrioticos» del militar. Siempre que se apoderaba de terrenos de campecinos, alli componia las supuestas compraventas y el trámite de inscripción en el Registro de Propiedades del pais.

El letrado la recibió de inmediato.

¡Sientese Vicky!, ¿como sigue nuestro General?.

¡Mal!, replicó la mujer, ¡Esta  en el hospital, ha sufrido un infarto, el doctor solo  dá  dos o tres dias de vida!.

-¿Vendrás a conocer su ultima voluntad?. El abogado iba al grano.

¡Asi es!, contestó Vicky Virtudes FlordeLys.

Se levantó, indagó en sus cajones, encontró el expediente, lo depositó en su mesa y comenzo a leer en voz baja. Cuando encontró lo que buscaba, alzó la voz:

¡»A doña Vicky Virtudes FlordeLys, le corresponde, la casa en La Cuesta de las Culebras, ochenta mil dolares americanos en metalico ,los terrenos colindantes al santuario de Santa Maria de Fené, en la villa del mismo nombre y una diadema de zafiros, que decia el documento estar momentaneamente en poder de Doña Milagros Vinagron, que hacia usufructo y uso de la pieza.

¡Quedese tranquila, que todo se hara segun su voluntad y deseo! ¡Yo me encargo, le mandaré aviso!.

Al despedirse el abogado estuvo solicito . Rozó levemente sus hombros y la beso ceremoniosamente en la mejilla.

La entrevista habia terminado.

El bufete estaba en zona centrica, a dos pasos de las tiendas glamurosas de la  ciudad. Vicky  se encaminó a una lenceria.

Hizo acopio de seis pares de bragas y otras bagatelas  que fué eligiendo al azar.

En el Banco Nacional, , mantenia cuenta . Ingresó una remesa que habia traido de Villa Ancha. Verificó el saldo y se sintió ungida y bendecida por los santos del cielo.

Su mision en la capital  habia terminado. Emprendió regreso a Villa Ancha.

Hizo parada en la casa de Copito y le informó del estado de las cosas y del estado de  salud del General.

¡El peligro, ha pasado!, dijo.

Copito Juarez, respiró aliviado. Alicia, de nuevo, le confirmó la buena nueva:

¡Ciertamente, estaba embarazada de Copito!

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