ALBERTO MORENO

A la Cuesta de las Culebras, un domingo por el camino de la capital llego un forastero a pie.

Dijo llamarse Maurice Vitriole d’ Saint Vertu.

Procedia de La Martinique, isla en las Antillas caribeñas y territorio francés de ultramar, ser profesor de francés en el Liseo de la capital Fort-de- France. Alli habia pasado los ultimos quince años de su vida, enseñando francés a los hijos de negros que solo hablaban el criollo martinico. Sus manos de piel fina le delataban como hombre instruido.

Antes pudo haber sido contrabandista o tener otras ocupaciones poco relatables. Sus ojos azules portaban un cierto aire aventurero.

Era alto, espigado, rondaría los sesenta o algúno mas. Su pelo rubio, del tono de las mazorcas y sus ojos azules, le daban un cierto aire aniñado.

Era afable y siempre saludaba a las personas que encontraba por la calle.

Hablo con el compadre Dimas y este le acomodo en el trastero que tenia vacio detrás de su casa.

Le instalo una hornilla vieja, dos sillas, una cama, una mesa y algunos enseres que le sobraban en su vivienda.

Durante una semana limpiaron y acondicionaron el espacio.

Dimas, le propuso un alquiler de cuarenta pesos al mes.

Era muy razonable, Maurice acepto y añadió que venia a quedarse.

Todas sus pertenencias venían en la maleta, algo de ropa y una veintena de libros, algunos visiblemente en mal estado.

Dimas era el herrero del pueblo, el taller estaba también contiguo a su casa.

La Cuesta de las Culebras, era un villorrio de apenas doscientas personas, lo atravesaba el rio Chachinea, que regaba los campos.

Cuando paseaba por las calles, siempre llevaba un libro bajo el brazo.

Una mañana que visito el taller del herrero, le propuso hacer jaulas de alambre para pájaros. Diseño un modelo, le coloco unos palitos que los pájaros creían estar en las ramas de los arboles, un comedero de alpiste y una pequeña cesta de paja para enguerar a las crías. Se pintarían en colores vistosos y alegres, amarillo, blanco y algunas verdes para camuflarlas entre las hojas de los arboles.

Cuando estuvo la primera terminada, con la ayuda de una escalera la colgó de una de las ramas del framboyán que tenia Dimas a la puerta de sus casa. El árbol, con sus flores rojas estaba majestuoso.

Pronto dos gorriones se instalaron por momentos en la jaula, serian una pareja que buscaban su nido de amor.

Los gorriones, sumamente inquietos nunca permanecen mas de un minuto en el mismo lugar.

La jaula fuè un éxito, a veces ocho o diez pajaros la compartían, sus palitos colocados sabiamente por Maurice los confundían los gorriones con ramitas, creían que estaban en un árbol.

Ademas, la jaula no tenia puerta, entraban y salían a su antojo.

Pronto hubo que instalar dos ejemplares mas, estas las pinto de otro color.

La nimiedad de la noticia, sin embargo corrio por el pueblo, cada vecino quería una jaula igual. Los encargos incluso llegaban de otros pueblos.

Dimas cambio su negocio, junto a Maurice se dedicaron solo a fabricar jaulas, que no tuvieran puerta y los palitos simularan las ramitas de los arboles.

Lo que empezó por ser un entretenimiento se habia convertido en un negocio.

Una mañana, el maestro del pueblo trajo a toda la clase a visitar el taller. Los niños preguntaban sobre todo, ¿Por qué no tenían puerta?.

Maurice les contesto algo que entendieron de inmediato:

¡Porque la libertad es lo mas preciado que quieren los seres vivos!.

Maurice a sus sesenta años cumplidos habia encontrado, algo tarde, pero a tiempo, una nueva actividad que le llenaba de satisfacción.

-fin-

2 comentarios sobre “Las Jaulas de Maurice

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