DEVA NANDINY

¿Crees que papá estaría dispuesto a serle infiel a mamá contigo? —Preguntó Clara con astucia, sabiendo que expresar sus dudas incentivaría el afán que siempre sentía Marta, por demostrar sus dotes a la hora de seducir a un hombre.

—Los tíos maduros son los más salidos y los más fáciles de conquistar. Solo tienes que ver como me mira, —respondió Marta con aplomo—. Para ellos, somos dulces caramelitos que siempre desean comerse.

Clara observó el cuerpo casi desnudo de su mejor amiga, ataviado únicamente con un tanga de hilo negro. Ambas se estaban arreglando para salir de fiesta aquella noche. Pensó en su padre, en cuanto le gustaría poder contemplar de esa forma a la muchacha. Clara siempre había enviado el cuerpo de Marta, alta y esbelta como una modelo.

Su padre le había reconocido un día, que siempre se había sentido enormemente atraído por Cristina, la madre de Marta. Incluso le había confesado que había sido una de sus más recurrentes fantasías a la hora de masturbarse. Por lo tanto, soñar tan siquiera por acostarse con su hija, siendo el vivo retrato de su madre, incentivaba su deseo por ella.

—El otro día desde mi habitación pude escuchar unos gemidos, —comenzó diciendo Clara—. Era como si alguien se estuviera quejando. Salí de mi dormitorio y pude percibir que el ruido venía de la habitación de mis padres.

—¿Estaban follando? —Preguntó Marta riéndose—. Supongo que los padres también lo hacen de vez en cuando, aunque yo no puedo imaginarme a los míos.

—Me dirigí hasta su cuarto con sigilo, y asomándome a la puerta vi que mamá que estaba completamente desnuda sobre el colchón. Estaba puesta como una perrita apoyando las manos y las rodillas mientras papá, de pies y fuera de la cama, la sujetaba por sus enormes pechos que se movían como campanas, penetrándola incesantemente.  

—¡Buf! —Expresó Marta—. David tiene pinta de ser un hombre muy caliente. ¿Qué hiciste? Si veo a tus padres follando así, me hubiera puesto muy cachonda. Los míos seguro que harán el amor con las luces apagadas en la postura del misionero, —añadió riéndose con cierta mueca de desagrado en su rostro.

—Me quedé mirándolos unos segundos. Mamá gemía ante las fuertes acometidas que le daba papá. Me fui de nuevo a mi habitación y dejé la puerta abierta para poder escucharlos mejor. Entonces me quité las bragas y comencé a recordar lo que había visto. No pude evitar tocarme.

—¿Pudiste verle la polla a tu padre? —preguntó Marta, curiosa.

—No. El tiempo que permanecí mirándolos se la tuvo metida a mamá.

—¡Joder! Me he puesto cachonda escudándote, —reconoció Marta riéndose.

Clara se sintió dichosa de oírla hablas así. Su intención era, precisamente esa, despertar la libido de su amiga hacia su padre. Sin duda, estaba haciendo un buen trabajo.

—¿Te gustaría acostarte con él?

—No lo sé, tía. —Parecido recular—. Reconozco que está muy bueno y que desprende cierto morbo, pero no deja de ser tu padre. Además, está Carmen, no sé si luego podría mirar a tu madre a la cara. Una cosa es fantasear o tontear un poco, y otra muy diferente sería tener algo con él.

—Comprendo. De todas formas solo estamos hablando. Seguramente papá ni se fijaría en chicas como nosotras. Para él, únicamente somos un par de mocosas.

Marta hizo un gesto de desagrado, no estaba para nada de acuerdo con lo que había dicho su amiga, pero prefirió dejarlo pasar.

—¿Te molestaría si notaras a tu padre cachondo conmigo?

Clara sonrío para sus adentros, pero trato de simular.

—¿Molestarme? En absoluto. Me encantaría percibir que eres capaz de hacerlo. ¿Quieres que lo intentemos? Solo será un juego, nadie se enterará.

—¿Me estás pidiendo que se la ponga dura a tu padre? No sé si me lo dices en broma o me estás hablando en serio.

—Te hablo muy en serio, me gustaría que lo hicieras. Bueno… solo si tú te ves capaz, —volvió a exponer sus dudas, Clara.

—Trato hecho, pero luego no me vengas con lloriqueos de niña tonta. Tú eres la que has iniciado todo.

—Será divertido, ya verás. ¿Puedo saber que es lo que piensas hacer?

—De momento tan solo ponerme este vestido blanco, que es como un imán para los tíos. Ya verás como me mira, —comentó sacándolo de su maleta.

Una hora más tarde, ambas cogieron el autobús en la parada de la urbanización que las acercaría hasta el centro, con la intención de salir de fiesta esa noche. David sería el encargado de irlas a recoger de madrugada, con la excusa de que a esas horas no había autobuses. Clara sabía que ese sería el mejor momento para que su padre intentara un acercamiento hacia su amiga. Para eso, ella habría ido allanando el terreno.

Ambas chicas pasaron la noche bailando y bebiendo animadamente. Incluso, hubo un momento, en el que Clara temió que su plan se esfumara cuando un chico comenzó hablar con Marta. Era muy guapo, tal y como solían ser siempre los muchachos que trataban de ligar con su amiga. Cinco minutos más tarde, vio como ambos se besaban apasionadamente.

—¡Joder! El muy cabrón me ha dejado cachonda, —comentó Marta riéndose.

—¿Se ha ido?

—Sí, se puso muy pesado. Quería que me fuera con él, pero le dije que no quería dejarte sola esta noche.

—Entonces te debo un buen polvo, —respondió Clara bromeando con su amiga.

Cuando aún faltaba más de una hora para que viniera David a buscarlas, este envío un mensaje al móvil de su hija.

Papá — 2:55

—Acabo de aparcar el coche

—¿Dónde estáis?

Clara —2:58

—Estamos en el San Francisco

—Al fondo.

—¿Sabes dónde está?

Papá —2:58

—Sí

—En cinco minutos os veo.

Cuando Clara vio aparecer a su padre le dio un vuelco al corazón. «Está guapísimo», pensó, mientras David se acercaba hasta ellas sonriendo.

—No temáis, no vengo a aguaros la fiesta. Simplemente, estaba en casa aburrido y me apetecía tomar algo. Hace un siglo que no salía de noche y no pensé que estuvierais aquí. Pero vosotras seguir a lo vuestro, luego nos vemos, —indicó, haciendo el amago de alejarse de ellas.

—David, no hace falta que te marches. Puedes quedarte con nosotras si quieres, esta noche no hay nada interesante, —respondió Marta, sin sospechar que había caído en la trampa de ambos.

Entonces David se acercó al oído de la amiga de su hija. Ella notó el penetrante y masculino olor de su perfume, encontrándolo tremendamente varonil.

—¿Qué les pasa a los chicos de hoy en día? Si yo tuviera vuestra edad y viera a una chica rubia, tan bonita como lo eres tú, no dejaría escapar la oportunidad de tratar de llevármela.

Marta río con ganas, seducir a David le estaba resultando mucho más fácil de lo que jamás hubiera sospechado. «Clara ha querido jugar a esto. Dudando de que yo fuera capaz de llamar la atención de su padre, le demostraré lo confundida que está».

—¿Y dónde me llevarías? —Interpeló la muchacha con picardía.

—Por ejemplo, al asiento trasero de mi coche. Desde que te he visto, ya solo tengo ojos para ti y para ese vestido. Sé que no debería decirte esto, y más estando ella ahí al lado, —manifestó David, señalando a su hija que permanecía un poco apartada con la intención de dejarle la pista despejada a su padre. —Estas muy buena, aunque eso seguro que ya lo sabes tú.

Ella sonrió encantada de la situación, le gustaba que un hombre tan interesante como él, se atreviera a decirle esas cosas. Había escuchado decir a sus padres en más de una ocasión, que David era un hombre muy inteligente y respetado dentro de su profesión. De ahí le venía el buen nivel económico que disfrutaba toda la familia.

—Reconozco que tú tampoco estás nada mal, te conservas muy bien, —manifestó atrevidamente ella, seguramente envalentonada por el alcohol.

—¿Me lo dices en serio? —Interpeló, inclinándose hacia atrás, contemplando con absoluto descaro, el escultural cuerpo de Marta—. Pensé que las chicas como vosotras, únicamente os llamaban la atención los imberbes y bobalicones niñatos. Creí que os asustaban los hombres de verdad.

—En mi caso, me suelen llamar más la atención los hombres maduros, Me gusta hablar con gente que tengan cierta experiencia con la vida. Los chicos de mi edad, la mayoría de ellos únicamente entienden de series de televisión o de videojuegos.

—Comprendo. La verdad es que las pocas veces que hemos hablado, siempre me has trasmitido ser una chica adulta y sensata. Me alegro de haberos encontrado por casualidad aquí, así tendré la oportunidad de conocerte un poco mejor. ¡Venga! Os invito a lo que queráis, —añadió poniéndose en medio de ambas y cogiéndolas por la cintura, llevándolas así agarradas hasta la barra.

En ese momento Clara sintió, con cierto pesar, que estaba compartiendo a su padre. Se repitió a si misma que era una tonta, ya que ella misma había abonado el terreno para que eso sucediera.

—Tu padre es un hombre muy lanzado, me ha dicho que si fuera más joven le gustaría llevarme a su coche, —comentó Marta, aprovechando que David estaba pidiendo las consumiciones al camarero.

—¿En serio? ¿Y tú que le has dicho? —Se interesó Clara simulando estar sorprendida.

—Le respondí que se conserva muy bien. La verdad es que si no fuera porque es tu padre, creo que me lo tiraría esta noche. Me pone cachonda como me mira y me habla, —comentó sonriendo, intentando impresionar a su amiga y dejar el tema zanjado de una vez por todas. En el fondo, esperaba que fuera la propia Clara, la que alarmada le pidiera que parara de intentar seducir a David.

—Marta, en el fondo me gustaría que papá y tú… ¿Te imaginas que tú fueras la amante de mi padre?

—¿Me lo estás diciendo en serio? ¿De verdad que no te importaría que me convirtiera en una especie de madrastra tuya? —Interpeló riéndose, continuando lo que pensaba que solo era una broma.

Ambas estallaron en una fuerte carcajada. Marta estaba en toda su salsa, sintiéndose admirada por su amiga y deseada por su padre. Ese era su mejor papel, ser el centro de atención. Ser la protagonista calmaba su ego y la hacía sentirse importante.

—¿Estáis hablando de mí? —Preguntó David, ofreciéndoles las copas a las chicas.

—Marta me ha dicho que estás muy bueno y que, si no fueras mi padre, no le importaría besarse contigo.

—Bueno… Hoy estamos en un ambiente distendido y la verdad es que lo estamos pasando muy bien, —simuló David acercándose peligrosamente a Marta.

La muchacha pareció retroceder hacia atrás, le parecía demasiado fuerte el comentario de Clara, nunca imaginó que David se atreviera a llegar tan lejos y menos en presencia de su propia hija. Sin embargo, cerró los ojos cuando sintió como la cogía por la cintura y acercaba su boca a la suya. Sentir tan cerca el olor de su masculino perfume la embriagó.  El beso fue muy corto, tan solo fue un gesto de aproximación, pero duró lo suficiente para que la punta de las lenguas de ambos, entraran en contacto durante un segundo.

Cuando Marta abrió de nuevo los ojos, se encontró con la mirada alucinada de su mejor amiga, sintiéndose totalmente azorada en ese momento. «¡Me acabo de besar con su padre!».

—Voy un momento al baño, —Expresó casi tartamudeando, intentando desaparecer de la escena cuanto antes.

—¿Quieres que te acompañe? —Se ofreció Clara como si nada hubiera ocurrido.

—No, estoy bien. Esperarme aquí, ahora vengo.

—Papá, creo que has sido demasiado brusco. Deberías haber esperado un poco más, —comentó Clara, cuando su amiga se perdía al fondo del local

—Lo siento, pero es que la muy puta me tiene cachondo, —aseguró cogiendo la mano de su hija, para ponerla encima de su entrepierna.

Clara palpó con la mano, sintiendo toda la excitación que sentía su padre. Luego se pegó a él y ambos se fundieron en un apasionado beso.

—Necesitaba sentir tus labios, —manifestó ella mirando en dirección a los servicios.

—Me encanta besarte, tú eres mi princesita. Sabes que tú estás por encima de cualquier mujer, ¿verdad?

Clara hizo un gesto con la cabeza, le encantó escuchar esas palabras de boca de su padre. Sin embargo, sintió la necesidad de exponer ciertas dudas. David le había comentado al principio de la relación que ambos mantenían, que su madre y él apenas hacían el amor.

—El otro día vi como follabas a mamá. Escuché un ruido y me levanté de la cama.

—A veces tengo que cumplir con mi papel de esposo. Pero seguro que pensaba en esa puta, mientras me la follaba —expresó soezmente refiriéndose a Marta—. ¿Qué hacíamos? —Preguntó David, volviendo a besar los labios de su hija.

A Clara le encantaba escuchar hablar a su padre de esa forma tan grosera, sabía que solo tenía confianza con ella, para expresarse de ese modo.

—Mamá estaba a cuatro patas y tu la penetrabas desde atrás. Ambos gemíais, sin duda lo estabais pasando muy bien.

—¿Te excitaste?

La joven se quedó pensativa durante unos segundos, sabía que lo que iba a confesar era demasiado fuerte.

—Me toqué. Fue una sensación extraña. Por un lado, estaba celosa con mamá, aunque es cierto que me excité al veros así. Nunca me hubiera imaginado que follarais de un modo tan intenso.

—Tu madre nunca ha sido una mujer especialmente fogosa, ella no es como tú. Aunque es cierto que alguna vez pone más interés.

—Papá, escuché como gemía. Ella estaba gozando, se notaba que estaba casi a punto de correrse.

—De un tiempo a esta parte tu madre está un poco más receptiva, deben de ser las hormonas. Pero te aseguro que por suerte no te pareces a ella, tú eres una zorra que has heredado mis genes. Para tu madre, el sexo nunca ha sido importante y creo que únicamente se abre de piernas para complacerme. En el fondo te duele que quiera serle infiel con Marta, ¿verdad?

Clara dudó, vio venir a lo lejos a su amiga.

—No lo sé papá, es todo tan raro y confuso, —añadió encogiéndose de hombros—. No puedo evitar estar enamorada de ti. Por lo tanto, compartirte con mamá o con Marta se me hace difícil.

—Ya hablaremos con calma de todo esto, cariño. Ahora sé buena chica y haz que papá pueda disfrutar con tu amiga. Ella movió afirmativamente la cabeza, esforzándose para que en sus ojos no se asomara ninguna lágrima.

—No te preocupes, estoy bien, —añadió por último antes de que Marta llegara ante ellos.

La noche transcurrió mucho más allá de la hora prevista. David estuvo todo el rato, literalmente pegado a Marta. Ella se sentía a gusto, y cada momento que pasaba él le parecía aún mucho más interesante.

Cuando montaron en el coche, Clara cedió el asiento delantero a su amiga

—Siéntate tú delante, estoy segura de que a papá le gustará terminar la noche contigo a su lado, —indicó en un tono tan servil hacia su progenitor, que a Marta le sorprendió. Pero enseguida eliminó esos pensamientos cuando sintió la mano de David posarse encima de sus muslos.

Ella se movió un tanto nerviosa y asustada. No podía creer que ese hombre tan cabal y responsable, estuviera tocándola delante de su propia hija.

—Llevo toda la noche deseando hacer esto, —comentó él, palpando toda la longitud de sus muslos —, tienes unas piernas preciosas.

—Gracias, —Expresó la muchacha dejándose manosear—. Clara, tu padre es un pulpo.

Ella rio divertida, intentando así que Marta no se sintieran violentada por su presencia. David ascendió poco a poco con su mano, palpando a su antojo, hasta que por fin rozó con la yema de sus dedos la tela de las braguitas. Ella se agitó ansiosa, pero instintivamente abrió un poco sus piernas.

—¿Qué es lo que tienes aquí? —Preguntó David medio en broma, tocando sobre las bragas el sexo de la muchacha.

Ella se abrió aún más de piernas.

—No lo sé, desde esta posición no puedo verlo. Dímelo tú, —indicó, notando como los dedos de David intentaban traspasar el elástico de su tanga

—¿Te atreverías a quitártelas? —Preguntó, desviando unos segundos los ojos de la carretera.

—¿En serio? ¿Me estás pidiendo que me quite el tanga?

—Únicamente si te atreves a hacerlo, —la retó, mostrando una maléfica sonrisa.

—¡Vamos Marta! —La animó Clara riéndose—. Demuéstrale a papá que te sobran ovarios.

Marta dudó, ella siempre se había mostrado valiente y decidida a los ojos de sus amigas. Por lo tanto, no quería que Clara percibiera los nervios y el miedo que en realidad sentía. Tiró de sus bragas hacia abajo y se las sacó, lanzándoselas a continuación al asiento trasero, donde estaba Clara.

—¡Guau! —exclamo David con tono de admiración—. Sin duda eres una mujer muy atrevida. Pero yo también soy un hombre muy osado, —añadió metiendo de nuevo la mano entre las piernas de la muchacha.

—¡Ah…! —Dejó escapar ella cada vez más excitada, al sentir esos ágiles y expertos dedos, rozando los labios de su sexo, explorando toda su vulva para buscar la entrada de su vagina y colarse dentro.

—Que caliente y cerradito tienes el coño. Me encanta.

—¡Joder David! No hagas eso. Saca la mano —Pidió ella con la voz entrecortada.

Inesperadamente, David obedeció y retiró los dedos, llevándoselo a continuación a su boca.

—Tienes un chocho delicioso, —expresó mirándola a la cara, volviendo a llevar la mano a la entrepierna de Marta

—Para, por favor. Esto que hacemos no está bien, y más estando ella presente. No me siento cómoda ¿No tienes miedo a que tu mujer se entere?

—Por ella no te preocupes. Clara es mi princesita, ambos mantenemos una relación muy especial. Te aseguro que no le dirá nada a su madre.

Clara los escuchaba hablar, pero decidió permanecer alejada de la conversación. Ella ya había finalizado el encargo que su padre le había solicitado ayudándolo a seducir a su mejor amiga. Ahora la pelota estaba en su tejado.

Cuando llegaron al garaje, Marta hizo el amago de bajarse, pero David la contuvo agarrándola del vestido.

—Marta, ¿puedes quedarte conmigo un minuto en el coche? Me gustaría aclarar contigo unas cosas, será solo un momento. Ella te esperará en la habitación. ¿Verdad cariño? —dijo elevando la voz, mirando un segundo hacia Clara.

—Por mí ya sabéis que no hay ningún problema. Me parece normal que queráis hablar de vuestras cosas. Estaré arriba, —indicó Clara abriendo la puerta del coche.

Marta pensó que tan solo serían un par de minutos, David nunca se atrevería a intentar nada más, estando su esposa dormida en el piso de arriba.  «Como mucho serán un par de besos y dejará que me marche».

Pero nada más descender su hija del vehículo, David contraatacó abalanzándose directamente sin más preámbulos hacia su presa, comenzó a besarla y a manosearla por todas partes. Estaba totalmente desatado, en esos momentos deseaba a la joven por encima de todas las cosas. Sus manos comenzaron a palpar con cierta tosquedad sus pechos, introduciéndolas, por dentro del escote. Incluso, Marta temió que el ímpetu que él mostraba, terminara por hacer estallar las costuras de su vestido.

La chica lo notó tan desenfrenado y lanzado, que comenzó a temer que todo se le fuera de las manos.

—No estoy preparada para estar contigo, lo siento, —Indicó la chica echándose hacia atrás, con un gesto de rechazo.

—¿Qué quieres decir? —Preguntó él totalmente contrariado.

—Me gustas mucho David, pero todo ha ido demasiado deprisa. Tengo miedo. Entiéndeme… No creo que todo esto nos conduzca a nada bueno. Alguien saldrá herido, estoy segura de ello. Recuerda que soy la mejor amiga de Clara y conozco a tu esposa. Yo no puedo hacerles esto, —comentó, entre un irrefrenable sollozo.

David la miró con la misma frialdad con la que siempre miraba a la otra parte en los juicios. Cogió la mano de la chica y del mismo modo que había hecho con la de su propia hija en el pub, la puso encima de su entrepierna.

—¿Y tú me entiendes a mí? Llevas toda la puta noche intentando ponérmela dura, ¿y ahora me dices que no estás preparada? ¿Qué pretendías Marta? ¿Querías reírte a mi costa?

Ella ni siquiera se atrevió a apartar la mano, dejándola inmóvil, como si estuviera muerta sobre las ingles de él,

—Lo siento David, —murmuró, con un hilo de voz apenas audible. Sin ser capaz de aguantarle la mirada. «Me lo tengo merecido. Jugué con fuego y me he quemado», pensaba equivocadamente para sus adentros.

—¿Qué lo sientes? —Expresó alzando la voz, simulando estar cada vez más enfadado—. Lo único que entiendo, es que tan solo eres una puta niñata. Una calienta pollas igual que tu madre.

—¿Qué tiene que ver mi madre con todo esto? —preguntó la chica cada vez más confusa.

—Nada. Lo siento, no he debido decir eso, —respondió moderando el tono. Simulando estar arrepentido de haberse enfurecido. —La culpa es mía, debí de haberme dado cuenta de que tan solo eres una cría. No pasa nada, vámonos y olvidémoslo todo.

—Espera, David. —Ahora fue ella la que intentó contenerlo un momento dentro del coche—. ¿Estás enfadado?

Él ni siquiera la miró.

—¡Venga! Vámonos de aquí. Ya te he dicho que la culpa es mía, pensé que eras una mujer y no supe ver, que tan solo eras una niña que trata de jugar a cosas de adultos.

—David, si quieres puedo hacerte una paja, —respondió ella avergonzada.

En ese momento él se dio cuenta de que había conseguido cambiar las tornas. A los ojos de ella, él era la víctima. Percibió el mismo placer que cuando en un juicio conseguía dar la vuelta a la declaración de un testigo de la fiscalía.

—No te preocupes, Marta. Discúlpame tú a mí por la forma en que te he hablado. Pero es que me gustas demasiado. Aún recuerdo la primera vez que tú y tus padres vinisteis a cenar a esta casa.

—Era una cría aún, —dijo la chica riéndose al recordarlo. Sintiéndose un tanto aliviada por el tono que había empleado David.

—Es cierto, Clara y tu no erais más que dos mocosas. En aquella ocasión, fue precisamente tu madre la que me llamó enormemente la atención. Me fijé en ella nada más verla

—¿En serio? —Preguntó Marta abriendo los ojos como platos.

—Cristina es una mujer de pies a cabeza. Una hembra de bandera capaz de llamar la atención de cualquier hombre.

—Sé que mi madre de joven fue muy atractiva, —indicó Marta, incapaz de saber dónde quería llegar David.

—Lo fue y te aseguro como hombre, que aún lo es. Hay que ser idiota para no desear acostarse con tu madre, —expresó con naturalidad—. Te aseguro que, en aquella época, a mí no me habría importado tener un romance con ella.

—Creo que será mejor que me marche. No quiero hacer esperar a Clara, —expresó la chica, realmente incómoda y enojada de nuevo.

—¿Te molesta que te haya hablado de tu madre?

La chica lo miró a los ojos.

—Pensé que yo te gustaba de verdad, y ahora me dices que te la pone dura pensar en mi madre… —Manifestó, mostrando así todas sus inseguridades.

—Me gustas mucho más de lo que puedas imaginarte, creo que no me he expresado bien. Perdona mi torpeza, cariño. La verdad es que ya no estoy acostumbrado a tratar con chicas de tu edad, —la consoló besándola con ternura en los labios—. Lo que trato de decirte es que tu madre para mí fue toda una fantasía. Pero tú, ahora eres mucho más que eso. Eres la versión mejorada de Cristina.

—¿De verdad lo piensas? ¿Consideras que soy tan hermosa como ella?

—De no creerlo no te lo diría. Marta, estoy loco por ti. Yo nunca había engañado a Carmen hasta esta noche, —mintió con absoluta desvergüenza—. Entiendo que todo esto esté yendo muy deprisa para ti, pero para mí también es muy complicado, te lo aseguro.

—¿Me dejas que te haga una paja? De esa forma podrás irte a la cama más calmado, —se ofreció la chica, que ahora sonreía complacida.

David no dijo nada, simplemente abrió la bragueta y sacó su gruesa polla para fuera. La chica lo miró asombrada, nunca se hubiera imaginado que pudiera haber penes de ese calibre. Él sabía el efecto que causaba la visión de su gruesa verga en muchas mujeres, y más aún, en una chica tan joven e impresionable como Marta. Poniendo la palma de su mano sobre aquel duro mástil acerado, comenzó a masturbarlo.

—Joder, nena. Qué bien me la meneas, —dijo dando un silbido.

Ella sonrió satisfecha y orgullosa de sí misma. Le encantaba aparentar que era toda una experta en cualquier cosa.

—No quiero que Clara sepa que te he hecho una paja.

—No te preocupes, este será nuestro secreto. Veo que no es la primera que haces, sin duda eres una chica con mucha experiencia y eso me gusta, —dijo exagerando sus dotes amatorias. ¿Te han follado muchos? ¿Verdad? —Preguntó soezmente.

—Ya no soy una niña, he salido con varios chicos, —aseguró ella, sin dejar de masturbarlo.

—Entonces, estoy seguro de que también sabrás chuparla muy bien, —manifestó secamente.

—No sé, David… es que no estoy segura de querer hacerlo. Dame algo más de tiempo, quizás la próxima vez que nos veamos, lo estaré deseando. Me gustas mucho, pero antes de seguir con esto, quiero estar convencida de que sientes algo por mí.

—Claro que tengo sentimientos hacia ti, te lo acabo de decir. No seas tonta y demuéstrame que ya eres toda una mujer. —reveló, poniendo una mano en su cabeza, tirando de ella hacia abajo al mismo tiempo—, Vamos putita, seguro que lo estás deseando.

Entonces la chica pudo sentir como ese brillante y húmedo glande rozaba sus labios. Estaba muy asustada por las consecuencias que podría acarrear esa locura. Todo había sido un juego en el que había querido impresionar a su mejor amiga. Marta siempre había sido una chica que había sobresalido por su físico y por el interés que despertaba en los hombres, pero en el fondo, tan solo era una muchacha llena de complejos. Sabía que Clara era mucho más fuerte e inteligente que ella. Todas sus amigas lo eran, ellas tenían claro lo que estudiarían en la universidad. Sin embargo, Marta no se sentía capaz de hacerlo, a duras penas había conseguido terminar con aprobados raspados el instituto. La joven sentía que únicamente contaba con su llamativo físico. Incluso, había llegado a invertir todos sus ahorros, en un book de fotos que había enviado a varias agencias de modelos, pero de momento no había tenido suerte.

Por lo tanto, de alguna manera le gustaba impresionar a sus amigas con todas sus conquistas. Exagerando e incluso llegando a inventar disparatados romances, teniendo en realidad mucha menos experiencia de la que ella misma quería dar a entender.

Y ahora, debido a esa incesante necesidad de querer impresionar a su amiga Clara, estaba en aquel garaje casi a punto de hacerle una mamada a su padre. Pensó en Carmen, ella siempre la había tratado bien. «Pasarlo bien, chicas», habían sido las últimas palabras que les había dicho esa misma tarde.

Al principio, había estado encantada de que un hombre como David, tan atractivo e interesante, se hubiera fijado en ella. Eso la hizo sentirse muy halagada e importante. Pero esta vez no era una de sus alocadas fantasías, ahora estaba encerrada en un coche con un hombre que tenía la misma edad que su padre. Quería salir de allí, pero no quería quedar como una estúpida niñata. Su absurdo mundo de fantasía y mentiras, estaba a punto de caerse a pedazos.

En esos momentos sintió un visceral odio hacia David, ¿cómo un hombre puede besarse con la mejor amiga de su hija, delante de ella? Se suponía, que él era el adulto y que de alguna forma tendría que poner un poco de cordura. Siguió percibiendo como la fuerte mano de David, seguía tirando hacia abajo de ella. Ni siquiera se había mostrado sensible o empático, cuando unos minutos antes, ella le había expresado su temor. Lo único que a él buscaba, era que le aplacara y le saciara la erección que ella misma le había provocado.

«Cómo he sido tan tonta», pensó abriendo la boca para dejar que aquella enorme verga se acoplara dentro. Su sabor le resultó desagradablemente amargo y salado, notando una molesta tirantez en los nervios de su mandíbula, a consecuencia del grosor de aquella ancha polla. «Le haré una mamada para que todo termine cuanto antes. Mañana le pondré una excusa a Clara, y me marcharé temprano a mi casa. Nunca más volveré a verlo». Pensaba, percibiendo como aquella mano sobre su cabeza, no cesaba en su presión de tirar de ella hacia abajo, intentando que se introdujera cada vez más centímetros de carne en su boca.

Clara salió de la habitación donde permanecía esperando que todo terminara cuanto antes. Por un lado, se sentía satisfecha consigo misma por haber complacido a su padre. Sin embargo, no podía evitar percibir diferentes emociones encontradas. Sufriendo, a consecuencia de ellas, unos estúpidos celos que no dejaban de atormentarla. Ella hubiera hecho casi cualquier cosa para satisfacer a su padre. Sin embargo, ahora se imaginaba a Marta cabalgando, orgullosa y preponderante, gozando como una loca de las caricias y los besos de David, esos gestos de afecto, que ella pensaba que en realidad le pertenecían solo a ella. También pensaba en su madre, dormida e ignorante de todo en su cama, mientras estaba siendo burlada por una arrogante adolescente. Clara bajó de nuevo las escaleras que dan acceso al garaje y se asomó con cautela, no escuchó ningún ruido, tan solo vio la imagen de su padre sentado dentro del coche.

Marta pensó que se asfixiaba cuando aquella verga casi le rozó la garganta. David lo notó y aflojó su violenta presión sobre su cabeza. Liberada por fin, la muchacha comenzó a toser.

—¡Casi me ahogas! —Lamentó con los ojos llenos de lágrimas a consecuencia del esfuerzo.

David la miró y en ese momento la encontró caóticamente preciosa. Tenía el rímel emborronado por toda la cara, debido a las lágrimas que corrían por su rostro, producidas por el atoramiento que había padecido. Entonces la besó.

—¡Eres preciosa! Te juro que no hay mujer más hermosa que tú.

La chica no dudó en dedicarle un amago de sonrisa.

—¿Lo dices en serio? —preguntó complacida.

—Eres la cosa más bonita del mundo. Tendrá suerte el hombre que pueda despertarse todas las mañanas a tu lado.

—Gracias, —expresó, olvidándose por completo de lo mal que lo había pasado tan solo unos segundos antes.

Ella miró a David a los ojos, y en ese momento todo ese odio que había llegado a sentir por él, se transformó de repente en admiración y obnubilación. Fue ella misma la que se bajó los tirantes del vestido, deseaba que él pudiera admirar su desnudez, necesitaba sentirse deseada. David se tiró a besar apasionadamente sus bonitos pechos, de un tamaño pequeño, pero redondos y compactos. No tan desmesurados como los de su hija.

La chica sintió como aquella experta lengua envolvía y estimulaba sus rosados pezones. Cerró los ojos y se dejó llevar, volviéndose a sentir muy excitada.

David era un hombre muy perspicaz y se había dado cuenta cuál era la forma ideal de tratar a la chica. Percibía que Marta estaba algo necesitada de cariño. «Si yo me lo propongo, puedo convertirme en el hombre más gentil y afectuoso». Pensó, dándose cuenta de que la muchacha no estaba tan rodada como su hija le había comentado. Se dio cuenta de que algo no cuadraba en la imagen que Clara le había dibujado de la chica.

Devoró hambriento sus senos, alternándolos con besos por el cuello y sus labios, llevando una mano al mismo tiempo, hasta sus interminables piernas.

—Déjame que te demuestre cuanto me gustas. Estoy loco por ti, cariño, —susurró al oído de la chica, al tiempo que sus dedos tocaban sutilmente su vagina. Marta abrió instintivamente las piernas. En ese momento para la joven solo existían ellos dos en todo el mundo.

—¡Ah…! —gimió percibiendo esos cálidos dedos penetrando su vagina.

—¿Te gusta, cariño? —preguntó él, susurrando de nuevo en su oído.

—Me encanta, David —dijo pronunciando el nombre propio con verdadero énfasis. Como si la misma sonoridad del mismo, la excitaran aún más.

—¡Vamos fuera! Estaremos más cómodos, esto es muy estrecho, —expuso él, sin darle opción a contradecirlo, abriendo al mismo tiempo la puerta del vehículo.

Por un momento ella regresó a la realidad y pareció dudar, fuera del coche se sentía más expuesta. Se imaginaba a Carmen bajando por las escaleras, gritándole toda clase de improperios y amenazándola con contárselo todo a sus severos padres. Pero no quería volver a mostrarse como una niñata asustada. Ahora estaba segura de que David estaba loco por ella y que, llegado el caso, estaría dispuesto a protegerla.

Clara retrocedió pensando que ya habrían acabado y que podrían pillarla allí, observándolos vergonzantemente en la escalera. Sin embargo, vio como su padre cogía a su amiga y la tumbaba encima del capó del coche como si fuera ligera como una pluma. Siendo la propia Marta la que se subió el vestido hasta la cadera, abriéndose de piernas.

Sentada desde allí arriba, comprobó que Marta no tenía bragas. Incluso, desde la distancia, pudo distinguir la raja rosada y brillante del coño de su amiga. Su padre introdujo las manos debajo de las duras nalgas de la muchacha, sumergiéndose entre sus blanquecinos muslos «Le está comiendo el coño», pensó muerta de celos y excitada al mismo tiempo, llevándose una mano incontenidamente hacia su sexo.

—¡Ah! ¡Joder, cómo me gusta! —La escuchó claramente exclamar a ella, usando un tono de voz en el que costaba reconocer a Marta.

—¡Qué coño más rico tienes! —Expresó David, introduciendo dos dedos en aquella húmeda vagina, mientras su lengua no dejaba de estimular su hinchado clítoris.

—¡Ah! ¡Me voy a correr! ¡Sigue, por favor…! —Expresaba ella, sujetándolo con fuerza por la cabeza

—Todavía no, cariño. Todavía no puedes correrte, —indicó sonriendo David, jugando con ella. Llevándola casi al límite—. Necesito joderte.

Ella dejó que él deslizara su cuerpo sobre el resbaladizo capó del coche. Entonces sintió aquel glande rozando la entrada de su vagina.

—¡Ponte un condón! —Protestó ella, temerosa siempre a quedarse embarazada.

—Tranquila, cariño, —indicó, empujando con su grueso cipote sobre su tierno sexo.

Marta sintió como su vagina cedida, notando como esa verga se embutía en el interior de su deseado sexo.

—¡Ay…! —Exclamó, sintiendo una punzada de dolor.

—Ya casi la tienes toda dentro. Lo estás haciendo muy bien, cariño. Es delicioso sentirlo tan estrecho, —manifestó David.

—No puedes metérmela sin preservativo, —volvió a incidir ella—, Podrías dejarme embarazada, —añadió con pavor.

—No te preocupes, mi vida. Tengo hecha la vasectomía, —mintió David como el bellaco que era.

Entonces la chica, totalmente despreocupada, pareció relajarse y comenzar a disfrutar con las embestidas que él le proporcionaba.

Marta tuvo dos orgasmos casi seguidos, nunca había experimentado una sensación semejante, era como si hubiera perdido el control de su propio cuerpo. Las embestidas de David se aceleraron, lo que indicaba que estaba casi a punto de llegar al final. Pero un par de segundos antes, sacó apresuradamente la polla y descargó una profusa corrida sobre los muslos y el vestido de la joven.

—¡Ah! ¡Ah…! ¡Me corro! ¡Tienes el mejor chocho del mundo!

Clara llevaba un rato teniendo que detener su mano para retrasar el orgasmo. Quería correrse al mismo tiempo que su padre.

«Fóllame, papá…» —gimió la chica mordiéndose la otra mano para contener su voz.

Minutos después, Clara simulaba estar dormida en su cama, entonces escuchó como se abría la puerta y sin hacer apenas ruido, su amiga comenzó a sacarse el vestido. La contempló desnuda. «La muy cerda sigue aún sin las bragas», pensó maliciosamente.

—¿Estás bien? —No pudo resistirse en preguntarle.

—Sí, duérmete. Tu padre… —Expresó en voz baja, intentando buscar las palabras adecuadas.

—¿Te lo has follado? ¿Verdad? —Preguntó Clara, imitando el mismo tono en que ambas amigas solían hablar.

—Tu padre… —volvió a repetir Marta titubeando—. Acaba de hacerme el amor. Ha sido algo maravilloso. David dice que nunca había sentido nada igual, que soy la mujer de su vida. Quiere que sigamos conociéndonos un poco mejor, pero me ha recordado que tenemos que ser muy prudentes.

A pesar de haberlo visto con sus propios ojos, escuchar hablar de ese modo a Marta, fue como si un puñal le atravesara el corazón. A pesar de todo, no pudo evitar sonreír maliciosamente, pensando que la discreción no era la mejor virtud de su amiga.

Pensó en su padre, que en esos momentos estaría acostado junto a su madre. Se lo imaginaba hipócritamente abrazado a Carmen, simulando ser el esposo y padre perfecto.

 «Lástima que mamá use somníferos para dormir, hubiera merecido haberlos pillado follando sobre el capó de su propio coche», pensó con rabia incontenida.

«Recuerda, que también puedes encontrar mis novelas: «Seducida por el amigo de mi hijo» y «Primeras Experiencias» en Amazon»

(Continuará) 

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