C.VELARDE

28. INTUICIONES

Jorge Soto

Viernes 23 de diciembre

19:11 hrs.

Un poco después de las siete de la tarde, cuando recogía mi portafolio para ir a casa, Aníbal salió del despacho; elegante, poderoso, imperturbable. Se acercó a mi cubículo y me palmeó la espalda, diciéndome casi en un susurro:

—No me tomes en cuenta lo que te dije allí dentro, estaba encabronado y no me di mis palabras. —Él nunca se arrepentía. Nunca pedía perdón. Por eso me extrañaron sus palabras—. Los espero mañana en casa, para la cena de nochebuena.

Asentí con la cabeza. Él no sonrió, pero sentí una extraña mirada de lástima y piedad hacia mí. Me sentí incómodo y luego lo vi partir.

Yo sólo esperaba que el ensañamiento de mi cuñado no explotara contra el pobre de Fede, pues, prácticamente, mi amigo estaba contratado por Aníbal para evitar esta clase de ataques a nuestras redes. Cuando salíamos al aparcadero, me pregunté por enésima vez si Federico sería capaz de intervenir el teléfono de Livia si yo se lo pedía.

—Pedí permiso para faltar mañana… y de hecho toda la semana hasta antes de año nuevo —dijo Pato, cuando llegó a su Aveo negro—, así que, cabrones, si ya no los veo, Feliz Navidad. El abrazo de año nuevo se los daré en vivo cuando venga. Me pasaré las fiestas en Linares, con Mirta y Valeria, que dicen que hay un club swinger llamado Babilonia, aunque quién sabe si esté abierto, pues dicen que lo habían cerrado.

—Pobres chicas —sonrió Fede, aunque seguía afectado por lo de Leila—, que tú no dejas de darles caña todo el día, y ni siquiera en las fiestas las dejas descansar. 

—Yo con una apenas puedo —confesé antes de dirigirme al volvo de mi novia. Aunque Livia, mi Livia, fácilmente tenía la belleza y el cuerpo de mil mujeres—. No me imagino cómo puedes sobrevivir con dos al mismo tiempo.

—Hazlas reír para que se les olvide que eres feo y te amen—bromeó Pato, dándonos el abrazo de navidad.

—Serás cabrón —dijo Fede—, que tú eres el más carita de los tres.

Nos despedimos, prometiéndonos que al entrar el año volveríamos a decretar los jueves como los días de amigos en casa de Pato, como en los viejos tiempos.

Jorge Soto

Viernes 23 de diciembre

20:41 hrs.

Apenas pude beberme un vaso con leche y unas galletas de chispas de chocolate, las favoritas de Livia, antes de ir al cuarto para ducharme y luego dormir. Pensar que Livia no estaría a mi lado esa noche me descompensó y me puso primero triste y luego de mal humor.

Últimamente se había hecho más frecuente encontrarme a solas con Bacteria, en las ausencias de Livia en sus “cenas de negocios”, y ni siquiera por eso el muy cabrón gato daba indicios de quererme.

—Que te jodan —le dije cuando intenté tomarme una selfie para mandársela a Livia con un enunciado que dijera “te extrañaremos”.

Me metí a la ducha y luego, enrollado en una toalla, me desplacé hasta el armario para encontrar un pijama para dormir. Al buscar entre mis prendas vi que los cajones de ropa interior de Livia estaban entreabiertos. Por curiosidad fui a ver y noté que todo allí dentro estaba revuelto; sus tangas, sus cacheteros, sus braguitas… incluso el área donde ponía sus nuevos vestidos de salir y también el cajón inferior donde guardaba sus tacones. Era extraño, porque Livia, como Aníbal, también gozaba de un impulso desmedido para tener todo en orden.

Me pregunté que habría estado buscando en eso cajones que había dejado todo echo un desastre.

Ya que la última vez le había arruinado su ropa y un par de tacones que metí en el horno de microondas, me dije que aquella era mi oportunidad para exculparme ante ella y enmendar mi inmadurez, así que me puse a doblarle sus prendas y acomodarle sus zapatos en su lugar.

Por desgracia, cuando tocó arreglar el cajón de ropa interior, no pude evitar empalmarme cuando comencé a observar los modelitos que se había comprado recientemente. Aunque ya no tenían etiqueta, sabía que estaban sin estrenar porque nunca se los había visto puestos antes. Esa manía de las mujeres de tener un montón de prendas y no usarlas, caray.

En el cajón sobre salían bastantes tangas y cacheteros de encaje que, sin ser experto, sabía que eran de marcas finas y, por lo canto, caras, que en otra época no se habría podido comprar, lo que me parecía absurdo, porque, a menos que tuviera por pareja a un hombre que se preocupara por las marcas finas de ropa interior, yo no le veía el caso. A mí me daba igual si era ropa fina o de tianguis. En fin.

 “Las tangas son para que no se noten las costuras de las bragas en los vestidos o faldas más ajustadas al cuerpo” me había dicho juna vez que le pregunté sobre… sus nuevas adquisiciones, pues para mí las tangas sólo las utilizaban las actrices porno y las prostitutas. Y las de Livia eran así: tanguitas minúsculas, algunas de seda, otras de algodón. Suaves, sexys, minúsculas, preciosas.

¿Cuándo iba a imaginarme que un día Livia sería capaz de comprarse esta clase de lencería, cuando la última vez que se lo había sugerido, meses atrás, por poco me había tildado de “degenerado”?

Y ahí estaba yo, caliente, maravillado, imaginando cómo le quedaría aquella tanga roja que sostenía entre mis dedos, cuyo delgadísimo hilo quedaría enterrado entre sus dos potentes nalgotas, mojándose con su rajita.   

Cuando menos acordé, ya tenía mi rabo de fuera, de cuya punta colgaba un espeso hilo de líquido preseminal; miré hacia mi costado y cogí unas braguitas negras del cesto de ropa sucia, mi fetiche oculto (uno que era incapaz de revelar a Livia por lo vergonzoso que me parecía) y me las llevé a la nariz como un enfermo. Olían a hembra, a una Livia cachonda, ávida, insaciable: a su rajita mojadita, esa que tantas noches me había comido antes de dormir. Tan sólo oliéndolas se me puso más dura y me la comencé a masajear.

Hacía mucho tiempo que no me masturbaba, por órdenes de mi chica, y aunque ya no necesitaba sentir esa sensación de alivio sexual (pues el sexo con Livia era uffff), de vez en cuando me apetecía masajearla. Masturbarse es algo tan íntimo como personal. No obstante, yo evitaba hacerlo para no contrariarla ya que, por alguna razón, ella intuía que cuando me masturbaba, mi desempeño sexual era inferior al habitual. Y yo le creía.

Pero esa noche Livia no estaba, y en ausencia de su culo, de su coñito húmedo, de sus tetazas, me dije que tenía que contentarme con sus tangas usadas. ¿En serio se las había puesto para ir a trabajar, con lo minúsculas y… sexys que eran? Vaya incomodidad padecería todo el día.

Y me masturbé, con una tanga negra de encajes enrollada en mi pene, olorosamente sexy, por cuya minúscula abertura en forma de triángulo invertido debían de verse sus tenues vellos púbicos cuando se la ponía.

Mientras me pajeaba, recordé sus senos carnosos rebotando en cada embestida, sus enormes aureolas sonrosadas, y los duros pezones que los coronaban: recordé la forma en se me había puesto en cuatro, enseñándome su coñito empapado, y su ano virgen, lubricado con su propia saliva cuando, una noche, sin mediar y con la sorpresa plasmada en mi cara, se metió dos dedos a su boca, empapándolos con abundante saliva, y luego los llevó al cóncavo que había entre sus dos nalgas, y en cuyo centro relucía su florecido ano, al que humedeció ¡Dios santo!

Recordé la magistral chupada con chocolate, y ese “quiero mamarte la verga, papi” que me enloqueció. Éste último recuerdo fue el que me hizo correrme hasta jadear de placer. Limpié mi desastre con la prenda de Livia y la volví a echar al cesto, ya habría tiempo de lavarla mañana.

La cama se veía tan grande y tan vacía sin ella a mi lado… que me remoliné. Esa noche no pude dormir. Volvía a estar preocupado… por ella, por Valentino, por Aníbal. Por lo que había estado pasando últimamente. ¿Cómo habían llegado esos putos documentos a la oficina de Olga Erdinia?

Jorge Soto

Viernes 24 de diciembre

11:11 hrs.

Livia me habló temprano desde casa de Leila. Me informó que a la mitad de la madrugada la habían dado de alta y que se habían ido a dormir a su casa. Me encantó poder escucharla, pero al mismo tiempo padecí un poco de dolor al saber la pobre no había dormido casi nada; se le oía bastante cansada e ida. Eso de cuidar enfermos no debe de ser fácil.

Al parecer llegó a casa a las nueve de la mañana, cuando yo ya estaba en La Sede, en donde laboraría al menos mediodía. Por suerte, el cabrón de Valentino le había dado el día libre a mi novia, así que podría descansar durante un buen rato para que estuviese en espléndidas condiciones durante la cena de Navidad con mi cuñado y hermana. Y claro, como el muy hijo de puta del Bisonte era un inútil sirve para nada, al saber que la chica que resolvía todos sus problemas no iría a trabajar, él también decidió ausentarse ese día.

Aníbal tampoco llegó: de hecho tampoco Lola, ni mucha gente de La Sede. Al parecer sólo estábamos en el edificio los más imbéciles. La fiesta navideña que organizaban a los trabajadores del partido se había suspendido ese año por motivos de la austeridad de frente a la campaña.

Para colmo, ni siquiera Fede ni Pato estaban. Como no había nadie a quien rendirle cuentas, me la pasé divagando por la mañana en la cafetería de La Sede, pero antes del mediodía volví a mi escritorio, cuando Aníbal me instruyó por teléfono para que estuviera al pendiente de los ingenieros que había contratado Valentino, pues intervendrían las computadoras de mi área para un nuevo código de conexión que había creado Fede durante los últimos días.

Fui en calidad de supervisor, y por primera vez me sentí alguien importante en la efímero encomienda de manda más que me había puesto mi cuñado.

Me senté el sofá donde esperaban las citas de Aníbal y me puse a mirar mi celular. Los amigos de Valentino estaban carcajeándose, cuchicheando. Luego se percataron de mi presencia y se callaron. Levanté la vista y asentí con la cabeza, diciéndoles con que no pasaba nada, que mientras movieran las manitas y no dejaran de trabajar, podían seguir conversando.

Hablaban de un exclusivo bar situado en las inmediaciones colindantes que dividían a Monterrey de la millonaria ciudad de San Pedro Garza García, al que habían ido la noche anterior invitados por Valentino.

Se regodeaban de las mujeres que habían cazado, las dos buenorras, una rubia y la otra pelirroja; al parecer eran maduras, elegantes y de cuerpos extravagantes. Al poco rato me vieron sonreír y me incorporaron a su conversación. Me recomendaron el sitio; discreto, finísimo, y con “hembras de calidad”. Me interesé por saber más sobre el círculo social en el que andaba Valentino. Esos tipos eran iguales a él. Idiotas, presumidos y siempre pensando con la polla. Les reía sus gracias más de fuerzas que de ganas, y de vez en cuando les decía una que otra palabra divertida para intentar entonar en su grupito.  

—Pero el que se llevó el premio gordo de la noche, sin duda fue Valentino —continuó Roberto, refiriéndose al Bisonte—, porque ese mujerón estaba que se caía de buena, la cabrona. Pero ya dicen que esas son las peores…

—¿Cuáles? —me interesé en saber en qué tipo de mujer había llevado el presumido del jefe de mi novia a ese dichoso bar.

—Las que tienen cara de niñas pero cuerpo de zorrones —intervino Adán.

El pecho me cimbró cuando le oí decir aquello. Por una extraña razón, esas descripciones me hicieron recordar a Livia, y no por lo de zorrón, sino por lo de niña buena.

—Por eso digo que Valentino se llevó el premio gordo  —insistió Roberto.

—¿Por qué Valentino? —quise saber, emitiendo una sonrisa que me costó un huevo y la mitad del otro. Suspiré hondo, guardé mi celular e hice como que estaba tranquilo.

—No mames, pelirrojo, que la hembra que llevaba era un bombonazo que te mueres. Cabellos a la altura de las nalgas, achocolatados, y con señoras tetotas: era un zorrón con un culo que si se sienta sobre tu cabeza te ahogas. La neta que hasta daría gusto morir asfixiado por ese pedorrón. Hermosa, no cabe duda que esa mujer era hermosa.

Aquella era la descripción de mi novia. O casi parecida.

¡No podía ser posible!

¿Livia? ¿En verdad se refería a Livia? ¿A caso Livia no había estado esa noche en el hospital cuidando a Leila… después del accidente?

Me temblaron los labios y un poco el ojo derecho.

—Sería su amiga —dije nervioso, intentando ahondar en más detalles.

—O su puta de turno —convino Adán—, sobre todo por el cómo le restregaba el paquete en el culo mientras bailaban y cómo ella le devoraba la boca a la menor oportunidad, como si se lo quisiera tragar.

—¿El Biso… Valentino… le restregaba… el…?

—Paquete, el bulto. Ya habrás oído que ese cabrón está mejor dotado que un burro —se echó a reír Roberto, que manipulaba mi computadora sin dejar de hablar, entretenido.

Adán, aunque más discreto, también sonreía, desde la computadora de Pato.

—Pero el que se llevó el premio gordo, sin duda, fue Valentino —dijo el madrileño.

El pecho me cimbró cuando le oí decir aquello.

—¿Por qué Valentino? —quise saber, emitiendo una sonrisa que me costó un huevo y la mitad del otro.

—No mames, pelirrojo, que la hembra que llevaba era un bombonazo que te mueres. Un zorrón con un culo que si se sienta sobre tu cabeza te ahogas. La neta que hasta daría gusto morir asfixiado por ese pedorrón.

¿Livia? ¿Se refería a Livia?

—Sería su amiga —dije nervioso.

—O su puta —convino Julio—, sobre todo por el cómo le restregaba la polla en el culo mientras bailaban.  

—Sin duda, esa mamacita era un tremendo zorrón  —convino Roberto, de nuevo.

¿Roberto sabría que “el zorrón” que estaba con Valentino era Livia, mi Livia? ¿Sabrían que ella era mi novia? ¿Se estaría cagando de la risa por dentro, burlándose de mí, sabiendo que mi chica había pasado la noche con Valentino? ¿Cómo sacarles información sin humillarme?

Evidentemente… no podía ser así, ¡Livia no era de esas! Livia era Livia, mi Livia. Tenía claro que todo se trataba de coincidencias: a lo mejor Valentino verdaderamente se sentía brutalmente atraído por mi prometida y, al saber que Livia era una mujer de altos códigos morales, fiel y de sentimientos nobles, no le había quedado más remedio que buscarse amiguitas con las características de mi chica. Menudo cabrón.

—Sería alguna de sus amigas frecuentes —ataqué de nuevo, con la garganta rasposa, seca, amarga.

—Qué va —comentó Roberto—, si a Valentino le van las rubias. Por eso me sorprendió que anoche el zorrón que lo acompañaba tuviera el pelo castaño.

—¿Es necesario decirle zorrón, a la chica?

No fui capaz de contenerme.

—No veo otro adjetivo para describirla y entiendas lo provocativa que iba —mencionó.

—¿Muy provocativa? —quise saber, recordando cómo había hallado de removido el interior de sus cajones, lencería y… vestidos de noche…

A medida que más avanzaba la conversación, más caliente sentía la cabeza.

—Estaba sentada muy pegadita de Valentino, por lo que vi, y llevaba un vestidito que te mueres.  

—¿Y de qué color era el vestido? —pregunté, como si el color fuese importante para descubrir algo que se me pasaba de la vista.

—La neta no me acuerdo —dijo Roberto—, pero creo que era negro, brillante, ajustado, y tenía una abertura en forma de rombo del cuello a más arriba del obligo que Ufff, pelirrojo, ¡ufff! Brutal. ¡Se le venían la mitad de las pinches tetas!

Eso me sobresaltó y tranquilizó a la vez. Livia no tenía ningún vestido con esas características; de hecho, por más que fuera más asidua a usar ropa provocativa, ese vestido que describía Roberto quedaba fuera de su rango, nivel y estilo. Eso sólo lo usaría una vil puta.

—Dices que no te acuerdas del color del vestido, pero ahora hasta describiste su forma —intenté actuar como si no pasara nada, mis piernas estremeciéndose.

—Me acuerdo más de sus piernas y de su culo que de otra cosa —aseveró el tal Roberto—. Cuando llegué al bar, ellos estaban de espaldas, en la barra, de pie. Valentino tenía su mano en el culazo del zorrón y ella estaba recargada en su hombro, como una enamorada.

El pecho me palpitó. Aunque supiera que aquella no fuera Livia, de todos modos esos detalles me dolían, y mucho.  

—¿Así? —pregunté nervioso—, ¿y estás seguro que no conocías al “zorrón” de antes…?

—Qué va —respondió Roberto—, si Adán, nuestras potras y yo estábamos sentados en una mesa de atrás, pues ellos querían su privacidad. Lo que sí es que era preciosa, y traía el pelo suelto, le llegaba al culo.

—¿Y todo acabó allí? —quise saber.

Adán y Roberto se miraron con complicidad, y empezaron a reír.

—El comienzo acabó en el baño —dijo Roberto, haciendo un gesto de admiración hacia su amigo—, los cabrones estaban tan calientes que se fueron a follar al baño, o al menos eso fue lo que nos dijo el Lobo. Y después, cuando se fueron, ¿tú qué crees?, el semental ese debió de haberse ido por ahí a destrozar a esa zorra por todos sus agujeros.

Zapatillas negras… zapatillas negras…

Ya luego hablaron de otra cosa, para mi disgusto. Quería indagar, pero ya no podría. A lo lejos les escuchaba murmullos sobre una carrera de autos, en nochevieja. Algo sobre orgías, desmadres, sexo, alcohol. Pero no puse demasiada atención. Yo me sentía nervioso, asustado, con el pecho oprimido.

—Pues ya quedó, amigo —me dijo Roberto al pasar un buen rato, metiendo sus herramientas en una valija negra—, por cierto, pelirrojo, puse tu caja de regalo abajo del escritorio, para no arruinarlo.

—¿Caja de regalo? —dije frunciendo el ceño.

—Bueno, sí, la caja que estaba encima de tu escritorio.

—Que yo recuerde, no había ninguna caja de regalo en mi escritorio —me encogí de hombros.

—Ah, pues entonces quién sabe, lo mismo te la trajo una admiradora secreta o no sé. Igual te la puse ahí —señaló la parte inferior de mi escritorio mientras se marchaba con Adán—, nos vemos luego, pelirrojo.

Me despedí con desgano de los dos mini Valentinos. Pobres imbéciles. En efecto, al acercarme a mi escritorio me encontré en el suelo una pequeña caja blanca con un listón rojo, en cuya superficie destacaba una tarjeta blanca cuya dedicatoria hecha a computadora decía:

Para Jorge

Feliz navidad

Nada más abrirla, la caja terminó estampada contra el suelo, mientras mis cienes comenzaban a palpitar, siendo víctima de una horrible taquicardia que por poco me lleva al suelo también.

—¡Mierda! —exclamé horrorizado.

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