ARCADIO M.

Iba al gimnasio. Se le notaba en los bíceps marcados y en el ancho de la espalda. Además, aquel pectoral guardaba muchas horas de trabajo y esfuerzo. Al salir siempre paraba a tomar una cerveza bien fresca, y no perdonaba el delicioso pincho de tortilla que ponía Mercedes todos los jueves.

Luego, regresaba a casa, tres calles más arriba, en su majestuosa moto de 600 cc que se había comprado con el dinero de la herencia, que su abuelo le había dejado para la entrada de un piso. En casa su madre le dejaba la cena en el horno, porque cuando llegaba, ya se había ido a dormir.

En el centro comercial esperaba siempre el ascensor, luciendo su trabajado cuerpo y, a veces, siendo irrespetuoso con los preferentes para el elevador. Y menos mal que las escaleras eran mecánicas.

En el trabajo se quejaba del peso de los paquetes y de que el sueldo no llegaba a fin de mes. Pero cuando se iba, en el parking, siempre le gustaba dar unos acelerones a su Golf GTI para hacer sonar aquel potente motor. Y en las noches de fiesta no le importaba quemar goma para quedarse con la peña.

Pero los martes y los jueves iba al gimnasio. Los lunes y miércoles a la piscina. Los viernes de cañas y los sábados de cenas y fiestas. Para los domingos había comprado una bicicleta de 3000 €, pero a penas la había estrenado, pues se quejaba de que no tenía con quién ir y, solo, era un riesgo por si lo atropellan y eso.

A veces me quedaba absorto, pensando y viéndolo. Luego me decía a mi mismo que no dejaba de ser un gran ejemplo de nuestro subrealismo cotidiano.

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