ALIENHADO

A medida que mi mente se despejaba y era consciente de lo que había hecho notaba una creciente presión en el pecho y un nudo en la garganta. Me senté en la cama y la vi de pie cerca de la ventana, en toda su espectacular desnudez, brillante por el sudor y con sus bonitos ojos verdes enrojecidos por el llanto. La forma en que me miró me partió el corazón. Una mirada de reproche y rabia, con un matiz de compasión que me desarmó. A pesar de todo, era incapaz de odiarme. Me levanté y caminé hacia ella. Extendí una mano para coger la suya e intenté parecer lo más arrepentido posible.

—Abuela… Lo siento mucho… yo…

  Lo que ocurrió a continuación no me lo esperaba. En sus ojos apareció un destello que nunca antes había visto y me dio una bofetada tan fuerte que trastabillé hacia atrás y caí de culo, quedando sentado al borde de la cama. Sin añadir nada más, salió del dormitorio con pasos firmes y rápidos, recorrió el pasillo, entró en el cuarto de baño y cerró dando un portazo. Yo me quedé donde estaba, aturdido, con la mejilla ardiendo y la sensación de que la había cagado más que en toda mi vida. La colcha blanca, antes inmaculada, estaba arrugada y húmeda.

  Cuando conseguí reaccionar seguí las huellas que las rosadas y húmedas plantas de sus pies habían dejado en el suelo. Me planté junto a la puerta del baño y acerqué la oreja a la madera pintada de blanco. Durante unos largos segundos solo escuché los sonidos propios de un llanto suave y discreto, débiles gemidos y una nariz sorbiendo. Después todo quedó silenciado por el potente chorro de la ducha que limpiaba su cuerpo mancillado por mi absurda violencia.

  Como ya sabéis en aquella casa ninguna puerta tenía pestillo, así que moví la mano hacia el picaporte y lo agarré. No sabía qué decirle o qué hacer para que me perdonase, y puede que me llevase otra hostia fina, pero tenía que intentarlo. Al menos tenía que verla, comprobar que estaba bien. Pero mi mano se apartó sin girar el pomo. Pasado el febril arrebato de arrolladora masculinidad, la cobardía se apoderó de mí y me llevó hasta la cocina, donde recuperé mis gayumbos y me los puse, dejando el resto de mi ropa colgando en el respaldo de la silla.

  Frasquito retozaba sobre los restos deshilachados del vestido de mi abuela, rebozándose en el agradable aroma de su dueña. Al notar mi presencia el animal se quedó quieto y clavó en mí sus ojos negros, diminutos y brillantes, en los que mi alterada percepción creyó vislumbrar un matiz de reproche, como si supiese que le había hecho daño a su querida “madre”. Por un segundo acudió a mi mente la mirada demoníaca de Pancho, el enorme verraco con el que practicaba el bestialismo la no menos enorme esposa del porquero. ¿Sería el adorable lechón parte de la progenie de semejante bestia?

  De pronto me asaltó la idea de que en la finca de los Montillo había algo más que sordidez, mezquindad y depravación. Quizá en la mirada del porcino semental se manifestaba una fuerza oscura, maligna y primitiva, una presencia innombrable que acechaba en los montes y frondosos bosques que rodeaban el pueblo. Quizá el tónico no era un simple afrodisíaco y había atraído la atención, puede que incluso invocado, entidades que estaban más allá de la comprensión humana. Al fin y al cabo el brebaje era obra de gitanos, un pueblo famoso, entre otras cosas, por su brujería.

  Sacudí la cabeza y fui hasta el fregadero para beberme de un trago un vaso de agua. ¿Qué estupideces estaba pensando? Frasquito no era nada más que un cerdito normal, y enseguida dejó de mirarme para seguir revolcándose en los jirones de tela azul. Lo último que necesitaba era obsesionarme con fantasías sobre demonios y pociones mágicas. Me refresqué la cara bajo el grifo e intenté poner orden en mis caóticos pensamientos. El reloj de la cocina me indicó cual debía ser mi siguiente paso. Tenía que vestirme y salir lo antes posible o llegaría tarde para recoger a mi puntual jefa.

  ¿Iba a marcharme así, sin más? Regresé al dormitorio y me enfundé a toda prisa en el uniforme de chófer. En el pasillo, acerqué la cara a la puerta del baño y supe que había terminado de ducharse, más bien de purificarse después de mi rastrera profanación. La casa entera estaba en silencio. ¿Qué estaría haciendo ahí dentro? Me la imaginé sentada sobre la tapa del inodoro o en el borde de la bañera, con su hermoso cuerpo envuelto en una toalla, puede que aún derramando lágrimas y escondiéndose de mí, o simplemente reuniendo fuerzas para superar el mal trago. Lo peor de todo, lo que me hacía sentir una alimaña y me atenazaba la garganta, era la certeza de que, siendo como era, ella se sentiría más culpable por haberme abofeteado de lo que me sentía yo por haber forzado su puerta trasera. De nuevo, no fui capaz de abrir la puerta.

—Abuela… eh… Me voy a trabajar —dije, dominando el temblor de mi voz.

—Muy bien. Hasta luego —respondió la suya al otro lado de la madera.

  Nunca me había hablado en un tono tan frío y seco. Sus saludos y despedidas, dulces y musicales, siempre iban acompañados de un apelativo cariñoso. Cielo, tesoro, hijo, cariño… etc. Aquel simple y solitario “hasta luego” se me clavó en el pecho como una lanza. Incapaz de decir nada más, salí de la casa a toda prisa y me subí al Land-Rover.

  Me pasé el trayecto hasta la mansión farfullando, fumando sin parar y golpeando el volante con rabia de vez en cuando. Intenté calmarme cuando me puse al volante del inmaculado Klaus, pero de camino al club de campo mi agitación se resistía a abandonarme. El caótico sendero que recorría el tren de mis pensamientos, a punto de descarrilar, encontró una culpable: mi madre. No se trataba del tónico ni de sus efectos, ni de los indeseables personajes a los que había conocido desde mi llegada al pueblo, ni del extraño y secreto remedo de matrimonio con mi abuela paterna. El problema era Rocío, la mujer del taxista, mi progenitora y la mujer de la que me había enamorado contra todo pronóstico y atisbo de sentido común. La que insistía en que me lo tomase con calma pero llevaba condones en el bolso para que me la follase cuando surgiese la ocasión.

  Por su culpa le había hecho daño a la persona más buena y generosa que conocía. Por su culpa me costaba conciliar el sueño y concentrarme hasta en la tarea más cotidiana. Por su culpa crecía en mi interior una malsana hostilidad hacia mi padre, a quien siempre había querido y respetado a pesar de nuestras diferencias. Quizá exageraba cargándola con toda la responsabilidad, pues era yo quien había dado el primer paso para convertir una corriente relación maternofilial en una obsesiva espiral de deseo, encuentros furtivos y ensoñaciones románticas. Ni podía ni quería ponerle fin, pero tenía que hacer algo antes de perder la cabeza del todo.

  Aparqué dentro del club, en el lugar habitual, e intenté relajarme fumando bajo un frondoso y augusto roble. Esos putos millonarios hasta tenían mejores árboles que los pobres. A la tercera calada pensé que necesitaba algo más que tabaco. Llevaba varios días sin fumarme un buen porro y sin duda eso también había influido en mis nervios. Ya era hora de olvidar los brebajes mágicos y volver a la relajante y confiable mezcla de cerveza y opiáceos.

  Puntual como un reloj suizo y apetecible como un queso del mismo país, un queso caro y curado de sabor intenso, mi jefa apareció a los pocos minutos. Tiré el cigarro y me apresuré a abrirle el maletero. Iba sin maquillar y algo arrebolada, lo cual significaba que había estado en la sauna y quizá practicando la natación, otro de los deportes que mantenían su maduro cuerpo esbelto y fibrado, cuerpo que quizá repasé con más descaro del habitual antes de subir al coche.

  Durante los primeros diez minutos del trayecto notaba sus ojos acerados estudiando de cuando en cuando mi rostro a través del espejo retrovisor, una mirada implacable acompañada por la leve curva sardónica en la comisura de sus labios. Curiosamente, cuando llevaba la cara limpia parecía más joven y sus duros rasgos recordaban aún más a los de una escultura clásica. Yo intentaba ocultar mi nerviosismo, un esfuerzo vano frente a la perspicaz alcaldesa.

—¿Todo bien, Carlos? Tu silencio es inusual —dijo, hablando con esa pedantería que en otras ocasiones me resultaba graciosa.

—Eh… Si, todo bien, Doña Paz —dije, sobresaltado. También era inusual que fuese ella quien rompiese el silencio.

  Por supuesto no me creyó. Inclinó un poco la cabeza para fingir que miraba el paisaje y su media sonrisa altiva me ofendió un poco. Que una mujer más inteligente que yo no se molestase en disimular que lo era no me agradaba demasiado. Sabía que su joven chófer andaba atribulado, pero no insistió en conocer los motivos. Supuse que había preguntado por mera cortesía y que los problemas de un simple criado no le interesaban en absoluto. Entonces recordé la cita del día siguiente y mi nerviosismo aumentó. ¿Qué iba a pasar con la cena? Después de lo ocurrido con mi abuela, puede que quisiera cancelarla, inventándose alguna excusa.

  Al carajo. Tenía cosas más importantes de qué preocuparme. Cuando la dejé en la puerta de la mansión guardé a Klaus en el garaje y deambulé un rato entre los coches. Mis compañeros sirvientes ya debían estar llenándose el estómago en el comedor de personal, pero yo no estaba de humor para socializar, como se dice ahora. Mis erráticos pasos me llevaron hasta un almacén al fondo del enorme garaje. Allí había estanterías metálicas repletas de repuestos y herramientas, neumáticos, latas de aceite, etc. El ambiente era sombrío y fresco, con la agradable mezcla de aromas propios de un taller mecánico. Caminé entre los estantes mientras encendía un cigarro y me sobresalté al escuchar un ruido a mi derecha.

  Al fondo del almacén había un viejo escritorio repleto de papeles desordenados y piezas de motor. Detrás se sentaba Matías, inclinado hacia atrás en una silla de oficina con ruedas y con los pies apoyados en la mesa. Tenía una lata de cerveza a mano y ojeaba un Interviú. Era un ejemplar antiguo, de finales de los ochenta, ya que en la portada aparecía nada menos que Sabrina Salerno, la neumática cantante italiana que se había hecho muy popular en España en la Nochevieja de 1987, cuando durante una actuación televisiva uno de sus formidables pechos escapó de su escote y fue contemplado con regocijo por millones de mis compatriotas. El mecánico dejó la revista y me saludó levantando una ceja.

—¿Qué pasa, chaval? ¿Algún problema con el Mercedes? —preguntó, con una mezcla de cordialidad y suspicacia.

—Ninguno. Va como la seda —dije, acercándome.

  La sonrisa se ensanchó bajo el espeso bigote de Matías, se inclinó para alcanzar una pequeña nevera oculta bajo el escritorio y me lanzó una lata de birra que atrapé al vuelo, abrí y casi vacié de un trago antes de sentarme en una silla plegable que encontré cerca. Eructé y le di las gracias con un movimiento de cabeza.

—Se te ve cansado. ¿Te ha dado mucha guerra hoy la jefa?

—Qué va —respondí. Ansioso por cambiar de tema, señalé con la barbilla a la revista que había dejado sobre el escritorio—. Qué buena está la hijaputa de la italiana.

—Uff, ya te digo. Llegas a entrar un poco más tarde y me pillas cascándome un pajote.

—¡Ja ja! Que bien te lo montas, joder. Me dan ganas de estudiar para mecánico.

—Hombre, tu verás. Mientras no me quites el puesto ¡Jaja! —bromeó el cuarentón, antes de apurar su cerveza y sacar otras dos latas de la nevera.

  Pasamos allí un rato bebiendo y bromeando, sobre el trabajo y sobre famosas buenorras. Descubrí que Matías estaba casado, pero estaba tan salido como yo, puede que más. La conversación derivó hacia nuestras compañeras de trabajo, valorando cual estaba más follable y cual tenía más pinta de viciosa. Incluso dedicamos algún comentario lascivo a Doña Paz, bajando la voz y mirando alrededor por si acaso.

—La Paqui, esa si que tiene un buen meneo —dijo el mecánico, guiñándome un ojo.

—¿El ama de llaves? Creí que no te caía bien.

—Y no me cae bien. Es una hija de puta, pero tiene un polvazo, te lo digo yo.

—Si tu lo dices… A mi me parece una gallina gigante.

  Matías se quedó callado, mirándome sorprendido, antes de estallar en carcajadas. Yo también reí. La charla con mi nuevo amigo me estaba ayudando a relajarme y alejar de mi mente mis enrevesados problemas familiares. De pronto caí en la cuenta de que el mecánico podía ayudarme con uno de los asuntos que me rondaban la cabeza. No era el más grave, pero me vendría bien solucionarlo.

—Oye, ¿qué opinas de Victoria? —pregunté, de forma casual.

—¿Victoria? Ah, sí, la doncella. Es muy guapa de cara pero está plana como una tabla de planchar. Yo las prefiero tetonas —respondió, haciendo un leve gesto hacia la revista. Si le gustaban Sabrina y el ama de llaves, era obvio que sentía predilección por las tetas grandes.

—A mi me gusta, y creo que yo a ella también, pero siempre que le pido salir me da largas.

—Será que le gusta hacerse la estrecha. Tu insiste que ya caerá.

—¿Qué sabes de ella? ¿Lleva trabajando aquí mucho tiempo?

—¡Qué va! Su hermano y ella llegaron hace unos días —dijo Matías—. Ahora que lo pienso… Llegaron el mismo día que tú. Es todo lo que sé. Es muy reservada y el hermano debe serlo todavía más, porque ni siquiera come con el resto del personal.

  Asentí en silencio y le di un trago a mi birra. Era curioso que Victoria y yo hubiésemos comenzado a trabajar en la mansión el mismo día, y más curioso aún que no lo hubiese mencionado en ninguna de nuestras breves conversaciones. No le di demasiada importancia al asunto. Allí trabajaba mucha gente y debía ser normal que a menudo llegasen nuevos empleados, y también que se fuesen. Para las jovencitas no debía ser fácil aguantar el carácter de La Paqui, por no hablar del rijoso alcalde, quien sin duda siempre andaría al acecho de tiernas presas en los pasillos. Matías interrumpió mis pensamientos cuando se levantó, se desperezó ruidosamente y tiró su lata vacía a una papelera.

—Bueno, chaval, yo me voy a comer que tengo gusa. ¿Te vienes? —dijo el mecánico.

—Eh… No. No tengo hambre. ¿Te importa si me quedo aquí un rato?

—Claro que no, hombre. Quédate el tiempo que quieras. —Hizo una pausa y me miró con una sonrisa maliciosa bajo su espeso bigote—. A lo mejor veo a tu amiga Victoria… ¿Quieres que le diga que le quieres meter todo el rabo?

—No jodas…

—¡Ja ja! Era broma, chaval. Hasta luego.

—Hasta luego.

  Una vez solo en el silencioso almacén, solté un largo suspiro, encendí un cigarro y medité con calma sobre mi situación actual. Respecto a mi abuela no podía hacer nada hasta que volviese a casa, así que intenté no pensar en eso por el momento. En cuanto a mi madre, tenía que hacer algo lo antes posible o no dejaría de darle vueltas a la cabeza. Sobre el desordenado escritorio de Matías había un teléfono, blanco y con manchas de grasa. Aparté el Interviú para no distraerme y me armé de valor mientras marcaba el número que tan bien conocía. El tono de llamada sonó dos veces, tres, cinco, siete… Estaba a punto de colgar cuando escuché el característico chasquido y una voz familiar que me hizo removerme en la silla.

—¿Dígame?

—Hola, mamá… ¿Qué tal?

—Carlos, hijo, qué oportuno. Estaba en la ducha —dijo mi madre. Su tono era de fastidio pero no estaba enfadada de verdad.

—¿Estás sola?

—Sí. Tu padre ha ido a lavar el coche.

  No pude evitar que mi imaginación volase durante unos segundos. Estaba sola en casa y acababa de salir de la ducha. ¿Se habría tapado con una toalla o estaría desnuda? Visualicé cada centímetro del cuerpo menudo y moreno que tan bien conocía, brillante y húmedo. Si la había interrumpido puede que estuviese mojada, de pie junto a la mesita del teléfono para no manchar el sofá. Mi padre había ido a lavar el taxi, una labor que realizaba con minuciosidad y le llevaba varias horas. Si yo estuviese en casa, podríamos…

—¿Carlos? ¿Sigues ahí?

—Sí… sigo aquí.

—¿Y tú? ¿Estás solo? —preguntó, bajando un poco la voz a pesar de que nadie podía oírla.

—Sí, tranquila. Estoy en el trabajo.

—¿En el trabajo? —dijo, recelosa.

—No pasa nada. Estoy solo en un almacén, descansando un rato antes de ir a comer. ¿Y tú qué haces?

—Ya te lo he dicho, me estaba duchando. Te noto raro… ¿No estarás fumando porros en el trabajo, eh?

—No, claro que no. Te llamaba por lo de mañana. Eso que te dije de ir al pinar… ¿te acuerdas?

—Claro que me acuerdo, cariño, si apenas hace unas horas que hablamos. ¿Seguro que no vas fumado? —preguntó. En su tono se mezclaban su habitual ironía con un matiz de genuina preocupación materna.

—Que no, joder. —Hice una pausa y respiré hondo, reuniendo fuerzas para hacer algo que no deseaba hacer en absoluto—. Verás… Mi jefa me ha dicho que mañana tengo que llevarla al centro a hacer unos recados, así que no tendré la mañana libre como de costumbre. Tendremos que dejarlo para otro día.

—Bueno… No pasa nada. El trabajo es lo primero.

  Aunque intentó disimularlo, pude notar la desilusión en su voz. Estaba claro que le agradaba la idea de salir de la rutina y pasar la mañana conmigo en el campo, y no solo por la posibilidad de follar como conejos a la sombra de los pinos. Estuve a punto de arrepentirme y decirle que era broma, que pasaría a recogerla por la mañana y que gastaríamos esa caja de condones que tenía escondida en casa, pero no lo hice.

—Lo siento. Iré a verte pronto, te lo prometo.

—No pasa nada, cielo. Ya nos veremos cuando puedas —dijo. No había reproche en su voz, solo una nota de tristeza que casi me provoca un nudo en la garganta—. Por cierto, el domingo seguramente iremos a comer a la parcela. Y tus tíos también. Hace tiempo que no nos juntamos todos.

—Vale. Pero nos veremos antes del domingo, te lo prometo.

—Y dale con el “te lo prometo”. ¿Seguro que estás bien, Carlos?

—Estoy bien. Solo algo cansado. Ha sido una mañana muy… rara.

—Joder, ya te digo que ha sido una mañanita rara —exclamó mi madre, sarcástica. Cuando habló de nuevo su tono se dulcificó—. Pero lo he pasado muy bien.

—Yo también. Eh… Tengo que colgar. Creo que viene alguien —mentí.

—Está bien. Pórtate bien, idiota. Te quiero.

—Y yo a ti, mami.

  Colgué el teléfono y vacié de un trago la lata de cerveza, con el corazón latiendo a toda velocidad. Me moría por saborear de nuevo su boca, por tocarla y sentir su piel caliente contra la mía, pero tenía que dejar de verla unos días. Hasta que reuniese el valor suficiente para contarle lo que realmente sentía por ella y saber cuales eran sus intenciones. Lo que le había hecho a mi pobre abuela era una señal de advertencia. Si no ordenaba mis pensamientos y tomaba las riendas de mi extravagante vida terminaría haciendo algo peor.

  Me quedé un rato allí sentado, diezmando el alijo de cervezas de Matías y fumando. Cogí la revista y le eché un buen vistazo a la foto de la portada. Sabrina Salerno. Tremenda morenaza con una chupa de cuero y nada debajo, mostrando sin recato uno de sus apetitosos pezones. No estaba de humor para hacerme una paja, así que arrojé la revista de vuelta al escritorio.

—Buen intento, zorra, pero me gusta más Samantha Fox.

  Llegué a casa a eso de las seis de la tarde, mucho más tranquilo que cuando me había marchado. Aparqué el Land-Rover frente al garaje y respiré hondo antes de entrar, preguntándome si mi ofendida anfitriona estaría de mejor humor. Desde luego tenía derecho a estar enfadada. Metérsela a traición por el culo, después de un agresivo juego sexual durante el cual le destrocé un vestido, no era una travesura infantil que se arreglase castigándome sin postre.

  La encontré planchando en la sala de estar, con el televisor y el ventilador encendidos. Había colocado la tabla detrás del sofá, en el reposabrazos una pila de ropa limpia esperaba su turno y en los asientos las prendas recién planchadas descansaban ordenadamente. Movía la plancha con ademanes expertos, fruto de décadas de experiencia, soltando un chorro de vapor de vez en cuando. Una escena cotidiana donde no destacaba nada fuera de lo común. Una estampa familiar y apacible que había contemplado cientos de veces desde mi infancia.

—Eh… Hola, abuela —saludé, intentando que la palabra “abuela” sonase lo más inocente posible, sin las connotaciones sexuales que había adquirido para mí desde que llegué a aquella casa.

—Hola, hijo. Si te vas a sentar ten cuidado de no arrugar la ropa.

  Me habló como me hablaba antes de que comenzase nuestra tórrida aventura, con dulzura y sin ningún matiz libidinoso. Pero no todo era exactamente como antes. Llevaba puesta su habitual bata floreada, una prenda ligera incapaz de disimular sus generosas curvas, y a mis ojos expertos era evidente que no llevaba nada debajo, algo impensable para ella antes de que el tónico y su propia insatisfacción sexual la convirtiesen en mi amante. Aunque el enfado la hubiese llevado a tomar la decisión de poner fin a el fornicio incestuoso, estaba claro que no todo volvería a ser como antes.

  Estudié su rostro unos segundos antes de dar el siguiente paso. Estaba más seria de lo habitual, desde luego. En las redondeadas y pecosas mejillas faltaba el rubor que acompañaba a su buen humor y cuando sus ojos verdes me miraron vi en ellos cariño pero también tristeza y un leve brillo de desconfianza. No podía consentir que aquella excepcional pelirroja, la mejor persona que conocía, llegase a tenerme miedo. Todavía llevaba puesto el uniforme de chófer, así que me quité la gorra con un exagerado ademán en su dirección. Sonrió un poco, pero su mirada me indicó que no estaba de humor para payasadas. Lo mejor era coger el toro por los cuernos. Me acerqué a ella y le puse una mano en el hombro, acariciándoselo con suavidad. Continuó planchando, mirando a la tele, y una bocanada de vapor se elevó entre ambos.

—Oye… Lo siento mucho, de verdad. No tendría que haberte hecho eso.

—No, hijo. No tendrías que haberme hecho eso, desde luego —dijo, aún sin mirarme.

—¿Te… te duele?

Soltó un largo suspiro, dejó la plancha en la tabla y me miró a los ojos. Me alivió comprobar que en ellos no había odio ni desprecio, y el recelo desaparecía poco a poco.

—No, Carlitos, no me duele. Pero eso es lo de menos. Lo que me duele es que te hayas comportado de esa forma conmigo. —Me acarició el rostro con ternura y sentí en la mejilla su mano, suave en unas zonas, en otras curtida por el trabajo campestre y las tareas domésticas—. Tu no eres así, tesoro… ¿Qué es lo que te pasa?

  No supe qué decir. No podía hablarle de mis problemas, de mi madre, del tónico… ¿O si podía? Si conocía a alguien lo bastante comprensiva y benévola esa era mi abuela. Pero de nuevo triunfó mi proverbial cobardía y no dije nada. En lugar de ello simplemente la abracé. Gracias a la diferencia de estatura mi rostro quedó apretado contra el prodigioso almohadón que eran sus enormes, mullidos y cálidos pechos. Murmuré algunas palabras de disculpa y sus dedos acariciaron mi cabeza por debajo de las despeinadas greñas, comunicándome sin palabras que me perdonaba.

—Ains, tunante… No vuelvas a hacerlo, ¿eh?

—Descuida. Nunca más te haré daño… Te lo juro.

  Intercambiamos algunos tiernos besos en las mejillas, pero cuando mi lengua buscó la suya y mis manos intentaron deslizarse bajo su bata me sujetó por los hombros y me apartó de ella, haciendo uso de su superioridad física. Me miró con el ceño fruncido y una leve sonrisa en sus labios rosados.

—Ah, ah, de eso nada, truhán. Tengo que castigarte por lo que has hecho —dijo, en el tono más autoritario que era capaz de adoptar su dulce voz.

—¿Castigarme? ¿Cómo me vas a castigar? —pregunté, esperanzado por que aquello fuese el inicio de un juego sexual. Me equivocaba.

—Nada de chuscar como conejitos durante una semana, ¿estamos? —declaró, cruzando los brazos sobre su abultado pecho.

  Sonreí un poco al escucharla usar de nuevo esa expresión tan rural que en su boca sonaba encantadora, y dejé de sonreír al detectar en su mirada que hablaba en serio.

—¿Una semana? ¿Estás de broma?

—No, hijo. Lo que has hecho hoy ha estado muy mal y tengo que ponerme seria. Como haría tu madre.

—Si a mi madre le hago eso no me castiga una semana, me mata de una paliza —dije medio en broma.

—Pues entonces te puedes dar con un canto en los dientes, cielo, y dar gracias de que yo no tenga tan mal genio. Pues eso, hasta dentro de una semanita nada de nada. Ni siquiera dormir en mi cama, que te conozco.

  Dicho esto empuñó de nuevo su querida plancha y continuó con la vaporosa labor, mirándome de reojo, orgullosa por la firmeza mostrada hacia su díscolo nieto, como si me estuviese castigando por romperle una maceta jugando al balón en lugar de por sodomizarla a traición.

—Está bien… Aunque si lo piensas, también te estás castigando a ti misma —aventuré, sin mucha esperanza en hacerla cambiar de opinión.

—He estado dos años sin catar varón, cariño. Puedo aguantar una semana. —Un chorro de vapor y una sonrisita traviesa pusieron fin a la discusión—. Anda, ve a cambiarte y merienda algo, que seguro que no has comido nada en el trabajo.

—¿Como lo sabes?

—Lo se y ya está —afirmó, mirándome por encima de las gafas.

—Será un superpoder de abuela.

  No se si entendió del todo la broma pero soltó una risita antes de devolver su atención a la plancha y al televisor, donde daban una de esas películas rancias de los años cincuenta protagonizada por una folclórica.

  Fui a mi habitación dándole vueltas al asunto del castigo. Iba a ser duro pasar siete días bajo el mismo techo que mi apetitosa anfitriona sin poder hincarle el diente (ni la polla). Por otra parte, gracias al tónico y a mis esfuerzos su adormecida libido había despertado con una fuerza sorprendente, y tal vez se rindiese a su propia calentura y a los redescubiertos placeres que le ofrecía su lujurioso nieto, eso si no recurría a los productos de la huerta para calmar el apetito de sus voraces orificios.

  Me puse unos pantalones cortos y una camiseta antes de buscar la china de hachís que aún guardaba en mi maleta. Necesitaba relajarme más que nunca después de un día tan frenético y plagado de acontecimientos a cual más estresante, al margen de la divertida y placentera mañana en el centro comercial. Me lié un porraco y me fumé la mitad en la cocina mientras me hacía un bocata de fiambres varios, pepinillos y mayonesa. Lo devoré con avidez y salí a sentarme en la hierba junto a la piscina, bajo la sombrilla, donde no se estaba mal a pesar del calor vespertino.

  Derrengado por los acontecimientos del intenso día me acabé tranquilamente el canuto despatarrado en la tumbona, escuchando el canto de las chicharras y de algún pájaro. Mi agotamiento, sumado a el hecho de que había cargado el porro más de lo habitual, me dejaron fuera de combate en pocos minutos.

  De repente ya no estaba junto a la piscina de la parcela, ni en la parcela, ni siquiera en el pueblo. Estaba recostado sobre una toalla enorme extendida sobre la mullida arena de una playa. El sol, redondo y naranja, flotaba en un cielo amarillento sin nubes, desprendiendo una sensual calidez en nada parecida a el fuego del astro rey en el mundo real. Porque obviamente estaba soñando.

  Junto a mí estaba mi madre, acostada bocarriba con una pierna flexionada y una mano detrás de la cabeza, como si posara solo para mi. Su cuerpo bronceado, menudo y firme como el de una gimnasta retirada (si, ya he usado esa comparación muchas veces pero no se me ocurre forma mejor de describirlo) brillaba debido a una fina película de humedad que despedía un agradable aroma a bronceador, agua salada y sudor playero. Las olas, de un profundo azul turquesa, rompían con abandono en la orilla dejando ribetes de espuma blanca a poca distancia de nuestros pies, sin llegar a tocar la toalla, gruesa como una alfombra y de un tamaño tan absurdo que hubiese cabido sobre ella toda la sala de estar de mi abuela. A mucha distancia veía siluetas de sombrillas y de personas anónimas, y detrás nuestra una abigarrada mezcla de edificios, palmeras tropicales y árboles más propios del monte que de la costa. Sobre un alto malecón de ladrillos rojos paseaban más siluetas y circulaban coches de distintas épocas, todo envuelto en esa atmósfera de continuo déjà vu propia de los sueños.

  Miré a mi acompañante de arriba a abajo, sin pudor ni disimulo, recreándome en ese cuerpo tan familiar, nunca mejor dicho, que mi subconsciente había podido reproducirlo al milímetro usando mis recuerdos. Iba en topless, cosa que me habría sorprendido en la vida real, luciendo sin complejos el pecho casi plano donde los pezones pequeños y oscuros me tentaban como dos caramelos de café. El terso vientre relucía al igual que la piel morena de sus cortas pero bien formadas piernas. Vestía solo la parte inferior del bikini, una prenda elástica de talle bajo que se ceñía a las caderas cuyo estilo evocaba los años setenta, estampado con finas líneas amarillas y verdes que provocaban un hipnótico efecto muaré. Además, llevaba las uñas de los pies pintadas de verde lima y una pulsera de diminutas conchas en el tobillo izquierdo, cosa que me excitó de inmediato. Creo que no lo he mencionado hasta ahora pero me pone muy cachondo cuando una mujer lleva una pulsera en el tobillo.

  La mujer en cuestión se incorporó un poco y se apoyó en un codo para mirarme por encima de las grandes gafas de sol que hasta entonces habían ocultado sus brillantes ojos color miel. A esas alturas sobra decir que estaba empalmado, y no hacía esfuerzos por ocultarlo ni me avergonzaba en absoluto. La sonrisa asimétrica de mi madre se transformó en una mueca entre lasciva y burlona cuando detectó el bulto en mi bañador.

—¿Estaba buena el agua, cielo?

  Reparé en que estaba empapado, como si hubiese salido del mar segundos antes. La tela azul de mi bañador se pegaba a las inconfundibles formas de mi rabo erecto, marcando a la perfección el grueso glande e incluso algunas venas.

—Tu si que estás buena —respondí, haciendo gala de mi ingenio incluso dormido.

  Sin preocuparme de quién pudiese vernos se acercó más y me acarició la polla por encima de la tela mojada, lo cual hizo que un agradable hormigueo recorriese todo mi cuerpo. Apretó su pecho contra el mío y me besó de forma casi obscena, metiendo su lengua en mi boca antes de que nuestros labios llegaran a tocarse. Sentí los pezones duros en mi torso, el calor febril de su piel resbaladiza y el sabor salado de su saliva. Sin más preámbulos, me bajó el bañador hasta las rodillas de un fuerte tirón y mi cipote se balanceó adelante y atrás antes de quedarse apuntando al onírico cielo ambarino.

—¿Vamos… a hacerlo aquí? —pregunté, mirando a mi alrededor.

  Ni las siluetas bajo las sombrillas ni las que paseaban sobre el malecón nos prestaban atención alguna. Ella soltó una musical carcajada y me agarró el tronco con su pequeña y húmeda mano.

—Estamos de luna de miel, idiota. Tenemos que hacerlo en la playa —afirmó.

  Claro, estábamos de luna de miel. Quienquiera que fuese el guionista de aquel sueño no me proporcionó más información, ni yo la necesitaba. Estaba recién casado con la mujer que amaba en una playa paradisíaca a punto de consumar el matrimonio, ¿que más podía pedir? Y al parecer ella lo deseaba tanto como yo. Tras otro largo beso con profusión de lengua e intercambio salival su inquieta boca bajó por mi torso prodigando sonoros besos maternales, me hizo una simpática pedorreta cerca del ombligo y acto seguido abrió la boca para engullir con asombrosa fluidez toda la longitud de mi verga. Suspiré de placer al notar mi glande desafiando la estrechez de su garganta durante unos breves segundos. Cuando levantó la cabeza, el susodicho miembro viril estaba enfundado en un condón. El látex semitransparente era verde turquesa, igual que el mar. Al parecer, ni en sueños quería arriesgarse a quedare embarazada.

—Whoa… ¿Cómo has hecho eso? —exclamé, impresionado por lo que me pareció cosa de magia, aunque sabía que algunas mujeres, sobre todo las prostitutas, son capaces de poner un condón con la boca.

—Es un truco que me enseñó…

  Dijo un nombre que no entendí, cosa que ocurre a menudo en los sueños, sobre todo cuando intentas recordarlos al despertar. Una vez enfundado mi soldadito en su chubasquero se colocó a horcajadas sobre mis muslos. El bikini había desaparecido y estaba totalmente desnuda, salvo por la pulsera del tobillo y las gafas de sol, sobre cuyo cristal derecho caían las hebras doradas de su flequillo despeinado. Apoyando las manos y los pies con firmeza en la toalla, echó el cuerpo hacia atrás y levantó las caderas, rozándome la polla con su sexo, coronado por el triángulo de vello oscuro recortado al milímetro. Me torturó con hábiles movimientos de pelvis, pues cada vez que estaba a punto de penetrarla mi ansioso arpón resbalaba hacia un lado u otro, sin llegar a clavarse en la estrecha abertura rosada que goteaba fluidos sobre mis huevos y muslos.

  Tuve un breve momento de lucidez en que fui consciente de que estaba soñando y podía hacer lo que quisiera, así que me lancé hacia adelante, desmontando su jueguecito con un gruñido animal, al cual ella respondió con un grito de placer y sorpresa cuando la penetré de una sola estocada, aplastándola contra el blando suelo. La conocida sensación de estar dentro de ella, la dicha de la unión absoluta y perfecta que se producía cuando hacíamos el amor, me embriagó por completo mientras la embestía una y otra vez, entre besos, caricias, resoplidos y gemidos.

  No sabría decir cuanto tiempo pasamos gozando como marido y mujer en la postura del misionero, con sus piernas alrededor de mi cintura y sus uñas clavándose en mi espalda (era mi madre, no Freddy Krueger, así que en un sueño no podía dejarme marcas). Por el rabillo del ojo vi que la toalla, cada vez más grande, se había transformado en una alfombra idéntica a la de la sala de estar de mi abuela, con algunos rasgones por los que se colaba la arena formando pequeñas dunas. También descubrí que algunas de las siluetas, antes lejanas e indiferentes a nuestra pasión, se acercaban poco a poco por la playa. De pronto había al menos una docena de hombres desconocidos a nuestro alrededor, de distintas edades y rasgos indefinidos en cuyos rostros solo destacaban los ojos brillantes de lujuria.

—Mamá… Nos están mirando —dije, molesto pero sin parar de bombear.

—No pasa nada, cariño. Es nuestra luna de miel —sentenció ella, como si eso explicase cualquier cosa que pudiese ocurrir en aquella realidad.

  Intenté seguir dándole al tema, ajeno a los cada vez más numerosos espectadores. Formaron un corro tan compacto y cercano que dejé de sentir los rayos del sol en mi sudorosa espalda, y solo escuchaba un coro de resoplidos, respiraciones y susurros obscenos que tapaban incluso los entusiastas gemidos de mi madre, quien ignoraba por completo a los mirones.

  Pero lo peor estaba por llegar. De repente dos pares de fuertes manos me agarraron y me apartaron de mi flamante esposa, que permaneció jadeante y abierta de piernas sobre la alfombra mientras me arrastraban a varios metros de ella, pataleando y con la verga balanceándose hacia los lados. Pronto descubrí que quienes me sujetaban sentado sobre la arena no eran los mirones. De hecho las rijosas siluetas se habían apartado de mi madre y miraban hacia el mar.

—Tranquilo, chaval —dijo junto a mi oreja derecha la voz de Jose Luis Garrido, el alcalde.

—Quédate quieto y mira —dijo junto a mi oreja izquierda la voz de Ramón Montillo, el porquero.

  No podía verles las caras pero sabía que eran ellos quienes me sujetaban, impidiendo que ayudase a mi madre, que estaba de rodillas, desnuda y desconcertada, mirándome con una mezcla de reproche y miedo. Por más que forcejeaba no conseguía aflojar en absoluto la férrea presa de mis captores. Como pasa a veces en los sueños, me atenazaba esa frustrante sensación de debilidad contra la que no podía luchar.

—¡Carlos! ¿Qué haces? Es nuestra luna de miel —dijo mamá. Ya no llevaba las gafas de sol y el flequillo le caía sobre el ojo.

  Yo solo podía forcejear sin éxito y soltar una serie de ridículos gritos agudos con mucho esfuerzo. Entonces varias de las siluetas que aún contemplaban la escena señalaron hacia el mar. Justo donde rompían las olas estaba la esposa de Montillo, más obesa que nunca y apenas vestida con una bata parecida a las que usaba mi abuela, pero muy sucia y hecha jirones, mostrando los grotescos volúmenes y mórbidos rollos de manteca que conformaban su anatomía. Caminaba pesadamente hacia la alfombra y llevaba agarrado el extremo de una cuerda en la mano. El otro extremo se perdía bajo las olas del mar, pero no por mucho tiempo.

  A medida que la porquera avanzaba hacia nosotros emergía lo que estaba amarrado a la soga: la cabeza enorme, parda y demoníaca de Pancho, el verraco. Cuando sus ojillos negros, de una malicia imposible en un animal normal, me miraron dejé de forcejear, paralizado por el miedo, aunque el alcalde y su amigo no aflojaron su presa. Mi madre, sin embargo, no daba signos de tener miedo. Miraba a la aterradora criatura sorprendida pero tranquila, con las redondeadas y firmes nalgas apoyadas en los talones y las manos en las caderas.

  La cabeza iba unida a un cuerpo humano. El cuerpo robusto de un gigante que superaba de largo los dos metros, de brazos gruesos y velludos, piernas como troncos y un miembro del que no pude apartar la mirada. No era una polla de cerdo pero tampoco totalmente humana. Debía medir casi medio metro, el diámetro superaba al de una lata de cerveza, el glande tenía una extraña y amenazante forma puntiaguda y estaba cubierta por numerosas y gruesas venas violáceas. Bajo el imponente ariete, erecto por completo, se balanceaban los cojones más grandes que podáis imaginar. Colgaban hasta las rodillas, cubiertos de vello duro y marrón. En mi interior supe que el cuerpo de aquel aberrante híbrido pertenecía a Monchito, el hijo del porquero.

—Chaval, ahora vas a ver lo que es un semental —dijo el alcalde, tan cerca de mi oído que sentí su espeso aliento.

—Se ha bebido una botella entera, el tonto de los huevos —susurró el porquero, humedeciendo mi otra oreja.

  La inmensa criatura avanzó hasta donde se encontraba mi indefensa madre, el cipote monstruoso apuntando hacia adelante y goteando espeso presemen. Ella gritó e intentó escapar gateando sobre la alfombra, en la que ahora además de arena había montoncitos de estiércol. Fue en vano. Una de las manazas de Monchito-Pancho la agarró por la nuca y le pegó la cara al suelo, dejándola con las nalgas levantadas y expuestas a la amenaza de su carnosa lanza. La mujer de Montillo se había apartado, sin soltar la cuerda, y se relamía contemplando la escena. Ya no llevaba la bata sino un delantal de carnicero manchado de sangre seca.

  El monstruo dobló las rodillas y su verga se hundió en la vagina humana de su víctima. Del morro porcino brotaban sin cesar desagradables gruñidos. Ella chilló, prácticamente empalada e incapaz de hacer nada más.

—¡Carlos! ¿Es que no vas a ayudarme? ¡Es nuestra luna de miel!

  Desde luego quería ayudarla, pero era incapaz de mover un músculo e incluso de gritar. Abría la boca pero de mi garganta solo salía un lastimero gañido. Detrás de mí, mis captores me sujetaban con una mano y se masturbaban con la otra, haciendo comentarios obscenos. Me sorprendió comprobar que a pesar de todo yo continuaba totalmente empalmado, y no podía apartar los ojos del grueso cilindro de carne que entraba y salía del menudo cuerpo de mi madre, desafiando las leyes de la física.

  Se produjo un lapso de tiempo en el que no se muy bien lo que pasó y después ya no estábamos en la playa sino en una especie de aparcamiento que no reconocí, de paredes húmedas y tubos halógenos que aportaban a la escena una nitidez insoportable. Yo continuaba inmovilizado y el hombre-cerdo continuaba follándose a mi madre más fuerte que antes, agarrándola por la cintura y taladrándola sin piedad. Los grandes cojones casi rozaban el suelo, balanceándose con cada empujón, y la boca se abría, babeando y mostrando dos hileras de dientes verdosos y torcidos. Lo más sorprendente es que ella ya no se quejaba ni me suplicaba ayuda. Ahora sus gritos eran de placer salvaje, como si el engendro le estuviese provocando un largo e intenso orgasmo que no terminaba nunca. La mujer del porquero reía. Ya no sostenía la cuerda sino que afilaba un largo cuchillo con una chaira.

  El espectáculo llevó al clímax a los dos hombres que me sujetaban. Se corrieron entre maldiciones y resoplidos, salpicando mi espalda y mis nalgas desnudas de caliente semen. Poco después, la bestia agarró a mi madre del flequillo y la obligó a arrodillarse para que se la chupase, algo imposible debido al tamaño de la verga cubierta por fluidos que goteaban sobre el cemento. Ella lamió con ansía el glande purpúreo hasta que los chillidos del cerdo retumbaron en el siniestro lugar al mismo tiempo que eyaculaba una cantidad formidable de tapioca (así se llama al semen de los cerdos). La sustancia viscosa cubrió por completo el rostro de mi madre, que no daba abasto al intentar tragarla. Se derramó sobre su pecho y sus muslos en tal cantidad que cuando terminó la eterna corrida parecía que le habían tirado por encima un barril de nata amarillenta y grumosa.

  El mutante o lo que coño fuese se apartó, agotado, y la mujer de Montillo se acercó a mi enlechada madre afilando el cuchillo y sonriendo con una incongruente ternura.

—Es hora de cenar —dijo la obesa carnicera—. A ver, bonita, levanta un poco la cabeza…

  El cuchillo se elevó en el aire, dispuesto a descender hacia el cuello indefenso de la víctima. Entonces reuní toda la voluntad que pude encontrar para salir de mi parálisis. Concentré todas mis fuerzas en gritar, y esta vez lo conseguí. Todo desapareció de golpe.

  Cuando abrí los ojos, desorientado y boqueando cual pez fuera del agua, lo primero que sentí fue una mano en mi hombro, pero ya no era una de las zarpas del alcalde o su amigo sino la cariñosa mano de mi abuela, que estaba inclinada sobre mí y me miraba con preocupación.

—Carlitos, hijo, ¿estás bien?

  Solté un largo suspiro y dejé caer de nuevo la cabeza en la tumbona. Estaba junto a la piscina, bajo la sombrilla, y el sol estaba a punto de ponerse, por lo que debía llevar varias horas allí dormido.

—Joder… Vaya pesadilla he tenido —dije, mientras me sentaba y me frotaba la cara sudorosa.

—Ya pasó, cielo. Venga, vamos dentro y te preparo algo fresquito —dijo la pelirroja, acariciándome el pelo.

  Obedecí sin pensarlo dos veces y caminamos despacio hacia la entrada de la casa. Las desagradables imágenes de la pesadilla estaban frescas en mi cabeza y me costaría librarme de ellas. Intenté centrarme en el agradable comienzo del sueño. “Estamos de luna de miel, idiota”.

—A quien se le ocurre dormirse aquí fuera con el calor que hace… y después de haber fumado eso que fumas, que no te creas que no lo he olido en la cocina, tunante.

—Perdona, abuela. Ya se que no te gusta que fume porros dentro de la casa.

—Bueno… No pasa nada. ¿Estás bien?

—Si… Ahora si —dije.

  Le pasé un brazo por la cintura mientras caminábamos, aprovechando que ella tenía el suyo sobre mis hombros, en actitud protectora. Apreté el rostro contra unos de sus grandes pechos, de cuya sedosa piel solo me separaba la tela de su bata floreada. Entonces recordé mi castigo y decidí ser prudente.

—Eh… ¿Puedo abrazarte, abuela?

  Me miró y apretó mi cuerpo contra el suyo, en un gesto maternal lleno de amor pero exento (casi) por completo de lujuria.

—Eso siempre, cariño —dijo, con una dulce sonrisa en sus labios rosados—. Eso siempre.

CONTINUARÁ…

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