ALIENHADO

Mi mano no se movió y mi corazón amenazaba con salirse por mi boca. Si sacaba del bolsillo la prenda equivocada estaba bien jodido. Mi madre conocía la lencería de mi abuela, ya que muchas veces la ayudaba a hacer la colada durante sus visitas a la parcela. Podría fingir que era una broma, pero teniendo en cuenta que ya mantenía una relación incestuosa con ella si sacaba del bolsillo las bragas de mi atractiva abuela sin duda llegaría a la conclusión de que también me la empotraba, y de que el picante juego de esa mañana no tenía dos participantes sino tres.

—Carlos, joder… Deja de hacer el tonto. Dámelas de una vez.

  Pensando a toda velocidad, intentando recordar, solo pude esbozar una sonrisa estúpida ante la mirada impaciente de mi madre, que ya había empezado a dar golpecitos con el pie en el suelo. Si me la jugaba y elegía el bolsillo incorrecto, la situación daría un giro que no podría manejar de ninguna forma.

  Una gota de sudor resbaló despacio por mi frente. Mamá entornó sus bonitos ojos y pude intuir que comenzaba a sospechar que ocurría algo. Si fallaba en mi elección no volvería a probar esos labios, ni a sentir sus maravillosas y suaves piernas alrededor de mi cintura, ni a acariciar aquellas nalgas de gimnasta, tan firmes y redonditas, y tan diferentes a las de su suegra, mullidas y excesivas… ¡Eso era! Ya tenía la clave para salir del atolladero en el que me había metido mi recalentado cerebro. Las braguitas de mi madre eran mucho más pequeñas que las de la abuela.

—¿Se puede saber qué te pasa? Deja de mirarme como un idiota y dame las putas bragas. Vas a hacer que me enfade de verdad, ¿eh?

  Llevé ambas manos a mis propias posaderas y con disimulo palpé el contenido de mis bolsillos traseros, notando el volumen de las prendas bajo la tela tejana. El derecho abultaba menos, así que introduje los dedos, agarré un trozo de fina tela y tiré. Casi me desmayo de puro alivio cuando levanté el brazo y las delicadas bragas moradas de mi madre se balancearon entre su rostro y el mío.

—¿Qué haces? Trae acá —dijo, antes de arrebatármelas a toda prisa y meterse en la parte trasera del Land-Rover.

  Tras comprobar que no había nadie en los alrededores se las puso con un único y diestro movimiento que levantó durante un instante su falda hasta las caderas, regalándome una sensual estampa por última vez en ese día. Volvió a bajar, más relajada, y nos sentamos a esperar. Le cogí una mano, hizo un gesto más bien cómico de fingido enojo, pero no rechazó mi contacto. Al fin y al cabo, no tenía nada de malo que una madre y su hijo se cogiesen de la mano. Por lo demás, después del frenético polvo y devuelta a su lugar la prenda íntima, nuestro aspecto y actitud no revelaban nada inapropiado.

—¿Quieres que te lleve a casa? Podrías venirte a pasar el día en la parcela y por la noche te traigo de vuelta —propuse, pues no me agradaba la idea de separarme de ella.

—No. Tengo muchas cosas que hacer —respondió. Por su tono y el matiz nostálgico de su mirada sospeché que en el fondo tampoco quería alejarse de mí—. Además, no quiero dejar a tu padre solo sin avisarle.

—Seguro que ni se daría cuenta de que no estás.

—Carlos, no empieces…

  Me miró a la cara mientras me acariciaba la palma de la mano con el pulgar, un gesto de cariño materno en apariencia inocente que sin embargo puso al rojo vivo tanto el deseo como el amor prohibido que sentía por ella. El contraste entre la tristeza en los ojos color miel y la picardía de su sonrisa asimétrica me impedía adivinar qué le pasaba por la cabeza en ese momento. Cuanto más creía conocerla más imprevisible y misteriosa se volvía. Casi podía ver flotando a nuestro alrededor todas las palabras que no nos atrevíamos a decir, por miedo a que alguna pusiera fin a nuestra inesperada aventura maternofilial.

—¿Quieres que nos veamos mañana? —pregunté, conteniendo las ganas de inclinarme y besarla de nuevo.

—Mañana tienes que acompañar a la abuela a la cena. Ya está bastante nerviosa la pobre como para que encima la dejes sola.

—Me refiero a mañana por la mañana, cuando deje a la alcaldesa en el club, como hoy. Pero tu y yo solos.

—Tu padre estará en casa durmiendo. Hoy también hace turno de noche —dijo, como si que el viejo estuviese roncando en la cama pudiese hacerme cambiar de idea.

—Si se despierta y no te ve pensará que has ido a hacer la compra. Iremos a un sitio tranquilo que conozco. Un pinar que hay no muy lejos del pueblo —contraataqué.   Obviamente me refería al mismo pinar donde la alcaldesa me había hecho testigo de su bizarro polvo mecánico con Klaus.

—¿Un pinar? Vaya, menudo cambio. Y yo que ya me había acostumbrado a los aparcamientos… —bromeó. Respondí a su sarcasmo dándole un suave codazo en el costado.

—Bueno, ¿qué me dices? —insistí.

—No se… Ya veremos. No seas pesado, ¿eh?

—Echa unos cuantos condones al bolso por si acaso.

—¡Sssh! No hables tan alto, idiota —me regañó, aunque contuvo una carcajada.

  En pocos segundos mi mente construyó una idílica escena. Me llevaría una de las mantas grandes que había en la casa del pueblo, y también algo de comer y beber. Sería un agradable picnic matinal donde mamá y yo podríamos estar solos varias horas, disfrutar de la mutua compañía y dar rienda suelta a nuestra lujuria a la sombra de los pinos, como decía la canción de aquella famosa folclórica lesbiana. De nuevo quedó patente cuánto nos parecíamos y la nueva complicidad que estaba creciendo entre nosotros, pues como si me leyera el pensamiento ambos comenzamos a tararear al mismo tiempo la susodicha tonadilla.

…Cántame, me dijiste, cántame

Cántame por el camino

Y agarrá a tu cintura te canté

A la sombra de los pinos…

  Entre risas y notas desafinadas, no pude resistir el encanto del momento y estiré el cuello para besarla en los labios. Cuando mi rostro de prominente nariz estaba a medio camino, retiró bruscamente su mano de la mía e irguió la espalda, indicándome con una fuerte palmada en el muslo que me comportase. Miré al frente y vi el motivo de su cambio de actitud. Mi abuela acababa de aparecer en las puertas automáticas que daban acceso al centro comercial, empujando el repleto carrito.

  A pesar de haber interrumpido el “momento” que estaba teniendo con su nuera, me alegré de verla. Era imposible no quedar hipnotizado por los movimientos de la corpulenta pelirroja, incluso cuando hacía algo tan cotidiano. Desde que había redescubierto conmigo su aletargada sexualidad, solo yo conocía el motivo de que el contoneo de sus anchas caderas fuese más pronunciado de lo habitual, un cambio acentuado esa mañana por la ausencia de bragas. De forma inconsciente, caminaba separando los muslos lo menos posible, en un intento de parecer más recatada que, sin embargo, añadía a sus andares un punto de timidez que resultaba aún más excitante.

  Como era de esperar, lo primero que hizo cuando llegó junto a nosotros fue interesarse por el estado de mi madre, quien esbozó una tímida sonrisa (algo poco habitual en ella) mientras su suegra le colocaba el flequillo en su lugar con un gesto tierno y maternal (algo muy habitual en ella).

—¿Estás mejor, cariño?

—Mucho mejor… Solo ha sido una bajada de tensión. Me he comido un corisán en la cafetería y como nueva. —Sí, mi madre no sabe decir croissant. Nunca he dicho que sea perfecta, ¿verdad?

—Ains… Esa manía de no desayunar como Dios manda…

—Ya…

—La verdad es que ahora tienes muy buena cara. Pareces otra, hija —dijo la abuela, sin asomo de sospecha en su voz, pues obviamente el aspecto radiante de su nuera se debía al reciente polvo conmigo.

—Eh… Sí, me ha sentado muy bien. —Me miró de reojo durante un segundo y se acercó al carrito para poner fin a la conversación—. Bueno… Vamos a cargar todo esto, ¿no?

  Obedecimos a la jefa sin rechistar y entre los tres estibamos en pocos minutos el abundante cargamento en la parte trasera del Land-Rover, tan amplia que aún sobró espacio para que ambas mujeres volviesen a ocupar sus asientos sin problemas. La abuela colocó con cuidado en el vacío asiento del copiloto la bolsa de Torera que contenía su vestido nuevo y yo ocupé mi puesto de chófer con los sobrios ademanes que estaba adquiriendo en mi trabajo.

—¿Y bien? ¿Dónde quieren ir las señoras? —pregunté mientras arrancaba.

—Pues… Donde usted diga, señor chófer —dijo mi abuela, intentando seguirme la broma con menos ingenio del habitual, quizá debido a la ausencia de bragas.

—Ay, Feli… No vales para millonaria, ¿eh? —se burló mi madre, lo cual hizo reír a su suegra y también a mí.

—Ains… Y que lo digas, hija.

—A mí llévame a casa. Y a la señora Felisa dónde ella te diga —ordenó mamá, adoptando sin esfuerzo el tono autoritario de una aristócrata.

—Pues a casa también, tesoro. Que se va a hacer tarde y tienes que volver al trabajo.

—¿Tesoro? No le hables así al chófer o se va a tomar demasiadas confianzas.

—Ja, ja, ja.

  Noté una pequeña nota de nerviosismo en la risa cantarina de mi abuela cuando escuchó la broma de su nuera, y juraría que apretó los muslos bajo la recatada falda azul oscuro. “Ah, señora Rocío, si usted supiese las confianzas que me tomo con Doña Felisa”, pensé. Sin decir nada, con una sonrisa lujuriosa que ellas no podían ver, conduje fuera del aparcamiento. Las damas no tardaron en iniciar una animada conversación sobre las virtudes y defectos de las clases altas, inoportunas bajadas de tensión sufridas en el pasado y, por supuesto, ropa y complementos. De nuevo me excluyeron pero esta vez no me importó. Aún sentía en la boca el sabor de la saliva de mi madre y el calor de su coño en mi verga.

  De camino al barrio repasé mentalmente lo ocurrido en los probadores y en el aparcamiento. Lo del condón había sido toda una sorpresa. Por una parte me había molestado un poco que no confiase en mí, y por otra parte entendía que no quisiera correr más riesgos de los que ya corríamos por el simple hecho de haber traspasado tantas barreras en nuestra relación. También me resultaba divertido y excitante el hecho de que antes de salir lo hubiese echado al bolso, por si acaso. Un síntoma de que, a pesar de sus continuas quejas por mi impaciencia, estaba abierta a fornicar conmigo cuando surgiese la más mínima ocasión.

  Me pregunté en qué lugar de la vivienda familiar (un piso de dos dormitorios no muy grande, como ya sabéis) habría escondido la caja de preservativos. Debía de haber escogido un sitio en el que mi padre nunca miraría: quizá el armarito de los productos de limpieza, la caja de costura o incluso algún rincón de mi habitación. Eso sería lo más inteligente, ya que mi padre apenas entraba en mi leonera, y si los encontraba allí pensaría que eran míos y no le daría importancia. Sin embargo, mi madre había manifestado su temor a que el cabeza de familia encontrase los delatores profilácticos. Si los había escondido fuera de mi habitación, ¿por qué lo había hecho? No era propio de ella cometer un error así. ¿Acaso en el fondo quería que mi padre los encontrase? ¿Sería por la excitación del riesgo o para provocar la pelea que pusiera fin a su infeliz matrimonio? Como ya he dicho, mi cerebro era incapaz de descifrar a aquella mujer tan complicada.

  A pesar de que conduje despacio para disfrutar el mayor tiempo posible de su compañía, antes de que me diese cuenta estaba aparcando frente al portal. Abrí las puertas traseras de aquel vehículo que tantos secretos guardaba y mi madre bajó de un gracioso saltito. Ahora que había recuperado las bragas se movía con más soltura.

—Hasta luego, Feli. Que lo pases bien mañana —se despidió, girándose hacia su suegra.

—Cuidate, hija.

  La acompañé hasta el interior del portal, más fresco que la calle castigada por el sol veraniego. Me disponía a subir con ella, pero se detuvo frente a los buzones y me miró con una sonrisa entre tierna y melancólica. Miró alrededor para asegurarse de que no había vecinas cotillas, me acarició el brazo y me dio un inesperado y breve beso en los labios. Me sorprendió tanto que corriese ese riesgo que incluso se me aceleró el pulso.

—Anda, vete. No hagas esperar a la abuela.

—No le importará esperar un poco —dije. Me incliné para besarla de nuevo pero ella me detuvo poniendo una mano en mi pecho.

—Carlos… Ya hemos tenido bastante diversión por hoy, ¿no crees? —me regañó, en voz muy baja y con un tono no demasiado severo. Me conmovió comprobar cómo mejoraba su humor y suavizaba su carácter algo tan sencillo como un polvo rápido en un aparcamiento—. Venga, vete. Hay congelados en el coche y con este calor…

—¿Y lo de mañana? —pregunté, reacio a separarme de ella.

—¿El qué?

—Lo de ir al pinar.

—Ains… Qué pesadito eres, hijo —dijo, mirando de nuevo alrededor mientras se apartaba el flequillo de la frente con los dedos y resoplaba.

—Vale, vale… Ya hablaremos.

—Sí, ya hablaremos. —Se despidió con un último beso, esta vez en la mejilla, y se giró hacia las escaleras— Pórtate bien.

—Lo mismo digo. Y cuidado con las bajadas de tensión.

—Jaja. Idiota.

  Me quedé allí plantado observando como subía el primer tramo de escaleras, embelesado por el movimiento de sus preciosas piernas y las nalgas respingonas que contoneó más de lo necesario. Alcanzó el descansillo y me dedicó una mueca burlona, sacando la lengua, antes de desaparecer de mi vista. Solté un melodramático suspiro, y me disponía a salir del portal cuando me sobresaltó un chasquido. La puerta del bajo-B se abrió y apareció la encogida figura de Doña Herminia, una anciana que era anciana antes de que yo naciera. Entornó los ojos tras los gruesos cristales de sus gafas y su boca de tortuga se curvó en una sonrisa no exenta de malicia. La diminuta vieja era una cotilla y no le caía bien a casi ningún vecino.

—¡Hombre, Carlitos! Cuanto tiempo sin verte —saludó con su voz gangosa.

—Buenas, Doña Herminia.

—¿Dónde andas, eh? ¿Has estado de viaje?

—Eh… No. Estoy en el pueblo, ayudando a mi abuela.

—Ah, eso está bien… Muy bien. Saluda a Felisa de mi parte , ¿eh?

  Me importaba un carajo ofender a esa chismosa, así que aunque se disponía a alargar la conversación yo le puse fin abriendo la puerta y saliendo al exterior. Sin darle la espalda, eso sí, tampoco soy tan maleducado.

—Tengo que irme. Cuídese.

—Sí, hijo… Igualmente.

  De camino al coche me pregunté si Herminia habría captado algo sospechoso. Era poco probable que hubiese escuchado nuestra conversación, pues estaba medio sorda, y de hacerlo no la hubiese entendido. Si había visto el beso en los labios (sin lengua) a través de la mirilla, no era algo habitual pero tampoco nada que no hicieran muchas madres y sus hijos, una muestra de afecto que no siempre implicaba una relación incestuosa. Y de todas formas , ¿qué podría contar? ¿que Rocío, la mujer del taxista, estaba liada con su propio hijo? Nadie creería a esa momia metomentodo.

  Me olvidé por completo de la anciana cuando llegué al Land-Rover y encontré a mi abuela acomodada en el asiento del copiloto, sonriéndome tras el parabrisas. Ahora que estábamos solos de nuevo, su actitud era más relajada. Obsesionado con meterme entre las piernas de mamá, la había ignorado bastante durante toda la mañana, algo por lo que tenía que compensarla. El juego no había terminado. A pesar de haber descargado minutos antes, estaba de nuevo listo para la acción, gracias a mi hiperactiva libido y a la energía de mis diecinueve años. Además, tenía la impresión de que los efectos de la última dosis de tónico que había tomado no habían desaparecido del todo aún.

  Tomé asiento y le eché un buen vistazo, desde las robustas pantorrillas que dejaba a la vista su vestido azul oscuro hasta la mullida mata de rizos pelirrojos que enmarcaba su encantador rostro, rubicundo, pecoso y un poco brillante debido al calor. Mantenía las rodillas juntas pero había desaparecido la tensión del viaje de ida.

—Aún es temprano. ¿Quieres que vayamos a dar una vuelta por la ciudad? —le dije, mientras arrancaba.

—Tenemos que ir a casa, cielo. Hace mucho calor y los congelados…

—Ah, sí. Los congelados.

  No podía competir con el riesgo de que se derritiese el helado así que puse rumbo de nuevo a las afueras, cogiendo atajos y saltándome algún semáforo para tardar lo menos posible. Cuando llegamos a las poco concurridas carreteras secundarias que llevaban al pueblo, no pude aguantar más y llevé una mano hasta su rodilla, deslizándola por la suave piel hasta el comienzo del muslo. Ella la agarró pero no la apartó, sujetándola sobre su regazo y mirándome con picardía por encima de las gafas.

—Para quieto, tunante, que ya mismo llegamos a casa. Y mira a la carretera no vayamos a tener un disgusto —dijo, antes de soltarme la mano.

—Joder… Llevo caliente toda la mañana, solo de pensar que no llevas bragas —dije. No era cierto, pero me gustó ver cómo aumentaba el rubor de sus mejillas—. De no ser por mi madre te habría follado en el probador de la tienda.

—¡Carlitos! ¡Ja ja! No te habría dejado, y lo sabes. —Hizo una pausa y me miró hinchando un poco el pecho, de forma que sus tetazas se marcaron aún más en el recatado vestido—. La verdad es que te has portado muy bien. No has hecho ninguna tontería.

  “Bueno, estaba ocupado intentando metérsela a la mujer de tu hijo”, pensé. Habíamos llegado a los caminos de tierra que rodeaban las parcelas y de nuevo me pareció ver por el retrovisor una moto de motocross pilotada por alguien delgado con casco rojo. De nuevo no le di importancia. Debía ser alguno de los chavales que vivían por la zona. Lo que dijo mi exuberante copiloto a continuación me hizo ponerme en alerta.

—Por cierto… ¿Me lo ha parecido a mí o tu madre estaba un poco rara hoy?

—¿Rara? ¿Qué quieres decir?

—No se… La he notado un poco nerviosa. ¿Tu no? —preguntó. Por suerte miraba hacia el paisaje y no advirtió la tensión en mi postura. Obviamente, había subestimado la capacidad de observación de la pelirroja.

—Yo la he visto normal. Como siempre —dije, encogiéndome de hombros.

—Bueno… Igual me lo ha parecido a mí. —Giró la cabeza en mi dirección y cambió de tema, aunque no tanto como me hubiese gustado—. Lo que si es verdad es que está muy guapa últimamente, ¿a que sí?

  De nuevo me encogí de hombros. No había rastro de malicia o sospecha en la voz de mi abuela. Seguro que ni siquiera era capaz de imaginar que el brillo en los ojos de mi madre y su cutis radiante eran consecuencia de tórridos encuentros conmigo. Y eso que ella misma gozaba del mismo brillo, gracias a sus tórridos encuentros conmigo.

—Yo que sé. Es mi madre. No me fijo en si está guapa o no —dije, en un tono quizá demasiado cortante.

—Ains… Hay que ver como eres, Carlitos —me regañó, sin demasiada severidad—. Deberías ser más atento con ella, que madre no hay más que una.

—Bueno, la he invitado hoy a venir con nosotros, ¿no? —me defendí, ansioso por terminar la conversación—. Podríamos haber ido solos… Y te habría follado en el probador.

—¡Ja ja! Ya te he dicho que no te habría dejado, sinvergüenza.

  Al fin llegamos a la parcela y aparqué cerca de la casa para descargar las provisiones (comenzando por los congelados, claro). Frasquito, el lechón, nos recibió trotando a nuestro alrededor con sus agudos oin oin. Ver al puerco me hizo recordar las amenazas del repugnante Montillo. Si su mujer desaparecía, no podría contarle nada a la policía, ya que supondría revelar la existencia del tónico, y si salía a la luz los chicos de Ágata me colgarían en el pinar, o algo peor. Solo podía confiar en que el porquero no estuviese tan loco como para matar a su oronda esposa y echársela a los cerdos.

  Me obligué a dejar de pensar en cuestiones tan truculentas y me centré en el agradable presente. Colocamos las provisiones en su lugar en menos de cinco minutos, cruzándonos varias veces en el camino desde el coche hasta la cocina, dedicándonos miradas hambrientas y alguna frase obscena (sobre todo por mi parte). Era obvio que ambos teníamos prisa por terminar y que mi jueguecito había calentado a la alegre viuda mucho más de lo que esperaba. Quizá la clave había sido no hacerle caso durante toda la mañana, dejar que el morbo de la situación cociese a fuego lento su deseo. Estaba tan entregada que incluso me permitió sobarle el culo y los pechos durante unos segundos en el exterior, donde cualquiera podría habernos visto desde el camino.

  Cuando terminamos entré en la casa y cerré la puerta con llave, una costumbre que mi anfitriona me había obligado a adoptar para “evitar sorpresas”, algo un tanto absurdo ya que tanto mis tíos como mis padres tenían llaves de la vivienda. Entré en la cocina resoplando, y no solo por el calor y el esfuerzo. Lejos de relajarme, el polvo en el aparcamiento me había provocado un estado de excitación animal enturbiado por todos los asuntos que tenía en la cabeza: Montillo, el alcalde, la frustrante relación con mi madre y el asunto de los condones, la actitud ambigua de Victoria, el hecho de haber estado tan cerca de la muerte el día anterior gracias a Ágata y sus primos…

  Me sentía como un depredador dispuesto a saciar su hambre a toda costa, y para colmo estaba a solas con una mujer a la que no me resultaba difícil someter a mi voluntad. Una mujer devota que había dejado a un lado su religión y hasta cometido sacrilegio bajo mi influencia. La misma que se había dejado sodomizar en la bañera, que se tragaba mi semen y engullía mi polla hasta atragantarse. Una hembra dócil que me permitiría ser dominante, agresivo y un poco cruel siempre que no fuese demasiado lejos.

  En ese momento dicha mujer estaba junto al refrigerador, bebiendo agua. Soltó el vaso en el fregadero, suspiró y se secó los labios rosados con el dorso de la mano. Tenía las redondas mejillas encendidas y su pecho subía y bajaba más deprisa de lo normal cuando se apoyó en la encimera, un poco ladeada y cruzando los tobillos, con esa mezcla de sensualidad e ingenuidad que me volvía loco. Se quitó las gafas y me miró con sus ojos verdes, coqueta y expectante, sin advertir en mi sonrisa maliciosa y el brillo de mis pupilas nada más que mi habitual deseo inagotable por las amplias curvas de su cuerpo maduro.

—¿No tienes nada que devolverme? —dijo, entornando un poco los ojos y dándose una palmadita en la cadera para que entendiese que se refería a las bragas.

  Me acerqué a ella caminando despacio, como el asesino de un slasher, un género cinematográfico por el que desarrollaría gran afición años más tarde. Saqué de mi bolsillo la prenda blanca y la sujeté por la franja de encaje de la cintura, agitándola entre ambos a modo de burla. Extendió el brazo para recuperarlas pero en el último momento las aparté y volví a meterlas en mi bolsillo, sonriendo con malicia.

—De eso nada. Todavía no te las has ganado.

—¿Ah no? ¿Y qué tengo que hacer? —preguntó, como una niña ilusionada ante la perspectiva de un nuevo juego.

—¿Por qué no te has quitado aún ese puto vestido? —dije, ignorando su pregunta y mirando con desagrado la recatada prenda.

  Sin rechistar, llevó las manos hacia los botones del cuello, pero la detuve sujetándole una muñeca.

—Quieta. Yo me encargo.

Abrí uno de los cajones cercanos. No encontré lo que buscaba y repetí la operación hasta encontrar las tijeras que ella solía usar para limpiar pescado, grandes y relucientes, con una de las hojas dentada. Las hice chasquear en el aire y se sobresaltó, cosa que me hizo sonreír.

—Separa las piernas —ordené.

—Carlitos… Estás muy raro, hijo. ¿Qué vas a hacer?

—Tranquila. No te voy a hacer daño. Ya lo sabes.

  Me agaché y comencé a cortar la tela azul con florecillas blancas por la parte baja de la falda, que llegaba hasta la mitad de las pantorrillas. Las tijeras seccionaban el tejido sin problemas, dejando caer diminutas briznas azules al suelo. Subí despacio, con cuidado de no rozar la suave piel de mi abuela con el metal, abriendo una irregular raja que pronto dejó a la vista sus gruesos muslos.

—¿Pero… qué haces? ¡Lo estás destrozando! —exclamó. Su voz tembló un poco y sonaba más aguda de lo habitual. Que tuviese miedo me excitó más de lo que me gustaría reconocer.

  Se mantenía erguida, con las nalgas apoyadas aún en la encimera, sin atreverse a realizar ningún movimiento mientras las tijeras ascendían implacables. El tupido aunque bien recortado arbusto de vello pelirrojo quedó a la vista cuando llegué hasta el pubis, extremando la precaución. Los rayos de sol que entraban por ventana de la cocina bastaban para vislumbrar sin problema la humedad en las rizadas hebras de cobre y plata que enmarcaban la carnosa raja. El aroma de su sexo, a un palmo de mi cara, y los leves temblores en sus piernas aumentaron la dureza de la erección que ya se marcaba desde hacía un buen rato en mis pantalones.

  En la cintura el vestido se volvía más ceñido y no quería tentar a la suerte, así que solté las tijeras en la encimera y me puse en pie. Levanté la cabeza para mirarla a la cara, pues como ya sabéis era bastante más alta que yo, cosa que no impedía que en ese momento estuviese a mi merced. Clavando mis ojos febriles en los suyos, agarré los bordes deshilachados de la falda y tiré con fuerza hacia los lados. Ella dio un respingo y soltó un breve grito de sorpresa cuando el vestido se rasgó como una hoja de papel, revelando el resto de su cuerpo. Las enormes tetas salpicadas de pecas temblaban dentro del sostén blanco.

—Carlitos, por el amor de Dios… Pero qué bruto eres.

  Bastaron un par de tirones para despojarla por completo de la destrozada prenda, que lancé al suelo de la cocina, sonde quedó echa un guiñapo. Su propietaria la miró y suspiró mientras le quitaba el sujetador.

—Pues nada. Un vestido menos —dijo, resignada.

  Ahora solo llevaba los zapatos, blancos y con tacón bajo. Tampoco me gustaban demasiado, así que le indiqué que se los quitase y por supuesto obedeció. Los pies rosados se curvaron cuando se puso de puntillas, con las manos aferradas al borde de la encimera, reaccionando al rápido ataque de mis dedos entre los pliegues húmedos de su coño y de mi boca en su pezón derecho, que succioné y mordí con suavidad, esta vez usando los dientes en lugar de los labios.

—¡Ay! Cuidado… —se quejó. Repetí el mordisco, midiendo la presión justa para causarle un poco de dolor sin herirla— ¡Carlitos! Haz… el favor, cielo… No tan fuerte…

  A pesar de las quejas separó los muslos, con la espalda arqueada, manteniendo el equilibrio sobre las puntas de los pies y con las grandes nalgas en gran parte sobre la encimera. Mi mano trabajó frenética, frotando y hundiendo los dedos hasta los nudillos a toda velocidad, hasta que una inusitada cantidad de fluidos comenzó a salpicar sobre el impoluto suelo de la cocina. Suspiraba y jadeaba como si le faltase el aire, al borde del orgasmo. Paré de repente y le di una palmada entre las piernas. El impacto de mi mano contra el jugoso mollete sonó como un latigazo húmedo que la hizo cambiar bruscamente de postura, juntando las rodillas e inclinándose hacia adelante con un fuerte gemido. Me miró asombrada, temblorosa y con los labios entreabiertos debido a su agitada respiración. Estuvo a punto de decir algo, pero cerró la boca y tragó saliva, apoyándose de nuevo en la encimera. Había entendido que esa mañana el capricho de su querido nieto era ser más agresivo de lo habitual y, por el momento, estaba dispuesta a concederlo.

  El cosquilleo de una gota de sudor resbalando por mi cara me hizo darme cuenta de que estaba empapado. Me desnudé sin prisa pero sin pausa, lanzando mi ropa sobre una silla. Mi cuerpo delgado, moreno y fibroso estaba tan tenso y listo para la acción como mi cipote, que apuntaba al frente y cabeceaba en el aire. Mi abuela se relamió al ver mi bien afinada flauta, mirándola sin disimulo y relamiéndose. No fue un gesto premeditado para excitarme, sino un acto reflejo al ver tan cerca el manjar que tanto le gustaba meterse en la boca. Tragó saliva y cuando la agarré del pelo, cerca de la nuca, dobló las rodillas para hincarlas en el suelo y saciar su hambre, cosa que impedí tirando hacia arriba de la espesa mata de rizos.

—¡Ay! ¿Qué.. pasa? ¿No quieres que…?

—Vamos —interrumpí.

  La conduje a través de la cocina, obligándola a caminar encorvada para compensar la diferencia de estatura, postura que hacía bambolearse sus ubres y acentuaba el volumen de las nalgas. Frasquito correteaba por allí y se acercó a ella, a punto de hacerla tropezar. Aparté al animal con el pie, ignorando sus molestos gruñidos. Contuve las ganas de darle una buena patada al puto lechón, en gran parte porque, por muy sumisa que se mostrase, mi abuela pondría fin a la función si le hacía daño a su mascota, y también porque por mucho que odiase a su anterior propietario no sería capaz de hacerle daño al encantador cochinillo, que se quedó correteando por la cocina, olisqueando el vestido roto, cuando salimos al pasillo.

—¿Dónde me llevas, cielo? —preguntó la actual propietaria del cerdo. Su voz pretendía ser despreocupada pero le temblaba un poco.

  Sin responder, la llevé hacia mi habitación, el dormitorio con dos camas individuales que años atrás habían compartido mi padre y su hermano. Junto con el cuarto de invitados, era la única estancia de la casa dónde aún no me había follado a mi anfitriona, sin contar el garaje. La persiana estaba a a medio bajar y la atmósfera era cálida, una penumbra ambarina y agradable. Las cortinas no dejaban ver el exterior, donde solo se escuchaba el canto de las chicharras y de algún pájaro. La hice detenerse entre los dos lechos, ambos cubiertos por sus impolutas colchas blancas. Intentó enderezarse y la castigué con un tirón de pelo que la obligó a levantar el rostro, con los labios apretados para contener un quejido.

  A nuestra izquierda estaba la cama de mi padre, la que yo usaba cuando no dormía con ella en el dormitorio principal. A la izquierda estaba la de mi tío David, la misma donde mi madre y yo habíamos traspasado por primera vez las barreras que la sociedad impone entre una madre y su hijo. El recuerdo de esa noche, mezclado con los posteriores encuentros entre ambos, me excitó tanto que sin darme cuenta apreté demasiado los rizos de mi abuela. Se revolvió y me dio un manotazo en el codo, liberándose de mi presa.

—¡Carlitos! Te estás pasando, ¿eh?

—Tranquila.

  Volví a sujetarla, esta vez por la nuca y la cintura, con firmeza pero sin brusquedad, y la coloqué en sentido transversal (o sea, a lo ancho) sobre la cama elegida por mi maliciosa mente: la de mi tío. Quedó a cuatro patas, las manos casi en uno de los bordes del colchón y gran parte de las pantorrillas asomando por el otro, con los pies en el aire, ya que era una cama individual y ella era mucho más alta que su nuera. Observé unos segundos la exagerada sensualidad de su cuerpo en esa postura, en la que las tetas colgaban hasta rozar la colcha y su culazo adoptaba la forma de un gigantesco y pálido melocotón. La expresión de su cara variaba entre la expectación y la desconfianza. Aún estaba cachonda pero mi dureza la desconcertaba, así como el lugar elegido para colocar su cuerpo desnudo.

—¿Seguro que quieres… hacerlo aquí? —preguntó, con un hilo de voz, girando la cabeza para mirarme con sus inocentes ojos verdes.

—¿Qué pasa? ¿No quieres follar en la cama de tu hijo? —dije.

  Acompañé la maliciosa pregunta con una caricia que recorrió su espalda hasta terminar estrujando la carnosa zona de la nalga cercana a la cadera, dejando huellas en la delicada piel de una zona que nunca recibía la luz del sol.

—No… no es eso, tesoro. Es que es muy pequeña, ¿no? Estaríamos más cómodos en la de matrimonio.

  Me hizo gracia que le pusiera reparos al tamaño del lecho o a su comodidad, teniendo en cuenta que habíamos fornicado cual mandriles en el sofá o en la bañera, y hasta la había hecho correrse como una posesa en el suelo de la cocina. Rodeé la cama y me coloqué detrás de sus cuartos traseros, que nada tenían que envidiar a los de una robusta yegua.

—Para lo que vamos a hacer hay sitio de sobra —afirmé, socarrón.

  Me escupí en la mano y embadurné en saliva mi estaca, tan tensa que comenzaba a doler, aunque su raja ya estaba tan húmeda que no necesitaba lubricación extra. Entonces reparé en que ni poniéndome de puntillas conseguiría metérsela, pero ella, tan atenta como siempre, se percató del problema y separó las rodillas sobre la cama, de forma que sus imponentes posaderas bajaron, separándose lo suficiente para dejar a la vista el vello rojizo que rodeaba la suculenta raja. La vacilante sonrisa con que me miraba por encima de su hombro pecoso desapareció por completo cuando la penetré de golpe, con un gruñido y una fuerte embestida que hizo temblar tanto la cama como su cuerpo. Bajó la cabeza y contuvo un gemido, sometiéndose a lo que debía considerar mi capricho de ese día.

  La agarré con fuerza de las caderas y repetí el brusco empujón varias veces, cada vez más rápido, hasta que sus brazos se doblaron y se apoyó en los codos. Sus tetas quedaron apretadas contra el colchón, tan grandes que podía ver parte de ellas desde mi posición, asomando cerca de axila. Me incliné cuanto pude sobre ella, poniéndome de puntillas, apoyando una mano en su hombro y otra de nuevo bajo los rizos de su nuca. Levantó un poco la cabeza, gimiendo sin separar los labios con cada una de mis estocadas, tan profundas como me permitía la postura. Sus mejillas pecosas ya estaban rojas como fresas maduras y podía notar sus abundantes fluidos salpicando nuestros muslos. La obligué a levantar la cabeza aún más, tirándole de nuevo del pelo, hasta que pude acercar la boca a su oreja.

—Seguro que mi tío se hizo muchas pajas… pesando en ti… en esta cama —dije, con una voz ronca y malévola que no parecía pertenecerme.

—Ay… No digas tonterías… Carlitos… —gimió ella.

—Vamos… Tu misma me contaste que te espiaba en el baño… que se tocaba pensando en ti… ¿no te acuerdas? —Aumenté un poco la fuerza con que agarraba su pelo.

—No sé… para qué te cuento nada… Ains…

—Seguro que todavía se pajea pensando en ti… y seguro que piensa en ti cuando se tira a la zorra de su mujer…

—Carlitos… No… digas esas cosas…

—Si fueses mi madre… te habría follado hace mucho.

—Qué… qué ocurrencias tienes, hijo…

—Muy bien… llámame hijo…

  Mientras hablábamos el ritmo de mi intenso bombeo no solo no disminuía sino que aumentaba, llenando el silencioso ambiente con húmedas palmadas. A pesar de estar fornicando con aquella belleza madura, dispuesta además a dejarse llevar por mis juegos perversos, el caótico estado de ebullición en que se encontraba mi mente me llevó a imaginarme a otra mujer. La imagen de mi madre en esa misma cama, frotándose contra mi verga sin dejarme penetrarla, se apoderó de mi imaginación en rápidos flashes que se alternaban con la no menos excitante realidad.

—¿Te gusta… mamá? ¿Te gusta mi polla?

—Si.. me gusta… Me gusta mucho… hijo —dijo mi abuela, un poco confusa pero entrando tan bien como podía en el improvisado roleplay.

  Me pregunté si al llamarme “hijo” pensaba en mi tío David, si simplemente me seguía el rollo o si había conseguido pervertir su mente hasta el punto de que fantasease con su hijo mientras se la follaba su nieto. Era poco probable, tan poco probable como que llegase a sospechar quien era la “madre” a quien yo le susurraba obscenidades. Mi sudor goteaba sobre ella y el suyo resbalaba por los pronunciados volúmenes de su cuerpo hasta la ahora arrugada colcha. Los jadeos ansiosos que salían de mi boca, torcida en una mueca de diabólica lascivia, se mezclaban con sus gimoteos y rápidos suspiros.

—¿Quieres… que me corra dentro de ti, mami?

—Si… lo que tu quieras… hijo mío.

—Es mucho mejor sin condón… ¿verdad?

—Eh… Si, cariño… mucho mejor —admitió, aunque desconocía el origen de mi resentido comentario.

  Mi mente volvió a aquella noche, apenas dos semanas atrás, ten cercana y a la vez tan lejana en el tiempo, y cambió los hechos transformándolos en una fantasía febril. Era mi madre quien estaba a cuatro patas en aquella pequeña cama que temblaba y chirriaba, empapada también en sudor, brillante a la luz de la luna que se colaba por la ventana. Yo la sujetaba por la cintura y empujaba con todas mis fuerzas, sin importarme que alguien pudiese escuchar sus gritos de placer. Gritos entrecortados y agudos que no parecían suyos… porque no lo eran. Regresé a la realidad y encontré a mi abuela arrebatada por uno de sus intensos orgasmos. Temblaba de pies a cabeza, tenía la mirada perdida y los labios entreabiertos mientras varias oleadas de fluidos calientes mojaban sus muslazos, mis piernas y el colchón.

  Yo también estaba a punto de culminar. Mi bombeo frenético no cesaba, desafiando mi resistencia física. Tendría que haber terminado en ese momento, haber llenado el siempre hambriento coño de mi anfitriona como no se me permitía hacer con el de su nuera. Pero la irracional agresividad que se había apoderado de mi esa mañana me hizo desear más, una última y cruel transgresión con la que castigar a la sustituta de la mujer a la que amaba.

  A juzgar por mis gruñidos y la intensidad de mis embestidas, sin duda la extasiada pelirroja esperaba que me corriese de un momento a otro. Por eso se sorprendió, soltando una ahogada exclamación, cuando mi mano agarró con saña los rizos húmedos en la parte posterior de su cabeza y la empujé hasta que su encendida mejilla quedó apretada contra la cama. El cambio de postura hizo que levantase más las nalgas, y aunque no podía verlo intuía la posición de mi objetivo: su prieto y rosado ojete. Saqué la verga de la chorreante vagina, sujeté el tronco con la mano que tenía libre y mi glande no tardó en encontrar el palpitante esfínter, que se encogió ante la amenaza como un ojo deslumbrado por el sol.

—Carlitos… ¿Qué… qué haces? Ni se te ocurra… ¿eh?

  Ignoré la voz trémula e inicié el asalto sin compasión alguna, de forma muy distinta a como lo había hecho en la bañera, la primera vez que le di por detrás. Cuando entró la cabeza, no sin esfuerzo, retiré la mano y con un golpe de cadera acompañado por un rugido triunfal embutí toda mi estaca en el estrecho túnel. Su chillido de dolor me excitó todavía más. Aunque era más grande y fuerte que yo la postura me daba ventaja, así que no pudo librarse de mí cuando intentó revolverse.

—¡Carlos! ¡Por Dios… Carlos! ¡Me haces daño!

  En un vano intento por escapar de mi traicionero empalamiento, bajó las caderas y estiró las piernas, quedando tumbada bocabajo a lo ancho de la cama. Se escurrió hacia adelante y apoyó las manos en el suelo, de forma que sus tetazas quedaron colgando por el borde del colchón. Intentó estirar un brazo hacia atrás para empujarme, pataleó y movió las nalgas a un lado y a otro, todo en vano. Pasé un brazo alrededor de su cuello mientras aún le sujetaba el pelo con la otra mano, sin dejar de asaltar su puerta trasera, sacando mi polla hasta la mitad y volviendo a hundirla a toda velocidad, como un martillo neumático. Lejos de relajarse, el indefenso ano se contraía y apretaba, provocándome aún más placer y desafiándome a doblegarlo.

  En pocos minutos dejó de forcejear. Decidió que lo mejor era dejarme acabar cuanto antes y se quedó quieta, sollozando y murmurando lastimeras súplicas que no tuvieron ningún efecto en mí, al igual que las abundantes lágrimas que resbalaban por su rostro hasta mojarme el brazo. Lejos de conmoverme, su sufrimiento añadió más combustible a la pervertida enajenación que me poseía. Visto desde fuera, debía parecer un demonio moreno y enjuto martirizando a una santa cuyo único pecado era tener un cuerpo que despertaba la lujuria de los hombres. No estoy seguro, pero creo que la escuché rezar en voz muy baja poco antes de explotar dentro de ella. Las acometidas lentas y profundas con las que culminé la profanación inyectaron en sus entrañas varias oleadas de semen.

  Jadeando y algo mareado por el sobreesfuerzo, liberé su cuello y su pelo de mi presa, saqué la verga del maltratado orificio, que palpitó al rezumar parte del blanco y espeso fluido. Rodé hacia un lado y quedé tumbado bocarriba en la cama, que debido al meneo se había movido un poco de su posición original, recuperando el aliento. Mi abuela tardó un rato en reaccionar. Se secó las lágrimas del rostro con la colcha, suspiró profundamente y se incorporó poco a poco, aún temblorosa, sin decir nada.

A medida que mente se despejaba y era consciente de lo que había hecho notaba una creciente presión en el pecho y un nudo en la garganta. Me senté en la cama y la vi de pie cerca de la ventana, en toda su espectacular desnudez, brillante por el sudor y con sus bonitos ojos verdes enrojecidos por el llanto. La forma en que me miró me partió el corazón. Una mirada de reproche y rabia, con un matiz de compasión que me desarmó. A pesar de todo, era incapaz de odiarme. Me levanté y caminé hacia ella. Extendí una mano para coger la suya e intenté parecer lo más arrepentido posible.

—Abuela… Lo siento mucho… yo…

  Lo que ocurrió a continuación no me lo esperaba. En sus ojos apareció un destello que nunca antes había visto y me dio una bofetada tan fuerte que trastabillé hacia atrás y caí de culo, quedando sentado al borde de la cama. Sin añadir nada más, salió del dormitorio con pasos firmes y rápidos, recorrió el pasillo, entró en el cuarto de baño y cerró dando un portazo. Yo me quedé donde estaba, aturdido, con la mejilla ardiendo y la sensación de que la había cagado más que en toda mi vida. La colcha blanca, antes inmaculada, estaba arrugada y húmeda.

CONTINUARÁ…

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