TANATOS 12

CAPÍTULO 7

El ascensor llegó, se abrió y alcé la mirada, y me vi a mí mismo, allí reflejado, con mi mochila a la espalda y agarrado al asa de la trolley de María. Estaba en algún limbo, flotante, y me sentía como un accesorio, una sobra de la que echar mano en determinados momentos. Sentí que el juego eran ahora Edu y María, y yo el complemento.

La puerta del ascensor se cerraba y, tan pronto eso se produjo, volví a pulsar el botón, y la puerta se volvió a abrir y me volví a ver reflejado allí, y me hablé a mí mismo, como un loco… diciéndome que recuperaría mi sitio, de inmediato, esa misma noche.

Entré en el ascensor y bajé hasta el garaje.

Me daba igual qué encontrarme, si Edu con María, si Rubén, o si nada de nada. Y en seguida me di cuenta de que ni siquiera sabía a qué hotel iban a ir.

Tenía que saberlo. Tenía que averiguarlo. Y no iría, por el paseo marítimo, de hotel en hotel, preguntando por ellos. Así que opté por llamarla a ella tan pronto entré en el coche. Otra vez, como días atrás, los innumerables tonos sin respuesta taladraban mi oído, desesperándome.

Pero, tras colgar, mi teléfono se iluminó, y era Edu que me escribía de forma privada. Supuse que pretendía disuadirme de contactar con ella, que estaban juntos y consensuadamente habían decidido prescindir de mí, pero leí:

—Sí estaría bien que vinieras mañana temprano a traerle ropa a María.

—Vale. ¿A qué hotel? —respondí, tenso, nervioso, pero a la vez con aquel enfado que me hacía crecerme.

Edu me dijo el nombre del hotel, no así de la habitación, pero me di por satisfecho.

Conduje, más rápido de lo que debería; primero pensé otra vez en qué hacía en el armario de María aquella ropa de la hija de Carlos, y después volví a ser consciente de las repercusiones de lo imaginado, de lo vivido unos minutos atrás, por todo mi cuerpo. Mi calentón, mi delirio en el cuarto de baño, aún se mantenía muy presente. Aún podía sentir el tacto de la seda de las bragas de María en mi cara, el olor de su coño en mi nariz, y las imágenes de ella follada por Edu por todo mi cuerpo.

Mi calzoncillo se humedecía, mi miembro palpitaba, y fue entonces cuando me imaginé que aquel camarero besaba a María en aquel paseo, e imaginaba que Edu les acompañaba al hotel, haciéndose con mi puesto, de un golpe, sin mis miedos ni todas las vueltas que yo le había dado. Que él lo organizaba eficientemente, sin inconvenientes y sin mayor solemnidad. Que él la proponía, la entregaba y que Rubén, quizás en un principio algo desconfiado y escéptico, terminaba por aceptar sin demasiadas contemplaciones.

Pensaba que quizás no fuera todo tan difícil.

Llegué a mi destino. Aparqué el coche. Bajé mi mochila y la maleta de María. El hotel estaba casi encima del paseo, apenas había que caminar unos metros por una pasarela de cemento, custodiada por césped bien cuidado, y olía a cloro, lo que me llevaba a pensar que cerca rondaría una piscina.

Era consciente de mi tensión, de mi aceleramiento, pero intenté sosegarme y hablarle a la chica de recepción con normalidad:

—Buenas noches. Una pareja supongo que acabará de subir. Traigo las maletas.

—Eran tres —dijo la chica y mi corazón dio un vuelco.

—¿Tres? —repliqué exaltado.

—Sí. Para una doble y una individual. 401 y 402.

—Sí. Gracias —resoplé, nerviosísimo, y me encaminé al ascensor en seguida, temeroso de que me hiciera más preguntas y de que por algún motivo me pusiese pegas para subir.

El ascensor tardaba una eternidad. Tanto que hasta dudaba en subir por las escaleras, aun con las maletas. Sentía las manos congeladas y mi camisa azul empapada, a la altura de las axilas y por la espalda.

Entré. Marqué el cuatro. Las puertas se cerraron. El habitáculo ascendía. Yo no me miraba esta vez al espejo. Y lo curioso era que no sabía qué quería que pasara. Nunca lo sabía. Siempre quería que pasara todo y que no pasara nada.

Las puertas se abrieron. Salí. Y me di de bruces con ambas puertas. Me pareció escuchar algo que salía de la 402. Resoplé. Suspiré. Y llamé a la puerta. El golpe me salió tímido, quizás inaudible desde dentro. Y volví a golpear con los nudillos, dos veces.

La puerta se abrió. Pero quién la hubiera abierto se había retirado inmediatamente. Empujé la puerta. No escuché nada. Sentía que antes hablaban pero ahora se habían callado. Vi un cuarto de baño a la derecha y seguí arrastrando mis pies y las maletas por el suelo de parquet. Olía a limpio. Ventilado. Y llegué entonces al dormitorio: vi a María, que se quitaba los pendientes y los posaba en una mesilla, y a Edu que me miraba de reojo; no se le veía sorprendido de verme. Y no había nadie más.

Nadie me recibió. Nadie me dijo nada. Y yo resoplé y no sabía si sentía alivio o decepción.

La habitación no tenía nada de especial, pero era más amplia de lo esperado, todo el hotel me parecía mejor de lo esperado.

—Pon mi maleta ahí —dijo entonces María, sin apenas mirarme. Refiriéndose a un soporte de maletas plegable que había a mi lado.

Mientras la subía allí, ella fue hacia su bolso que estaba junto al televisor, en la mesa frente a la cama, y rebuscó en él hasta que encontró su teléfono:

—Ah, me has llamado.

No dije nada.

—¿Y tú? ¿Qué bobadas de fotos envías al grupo? —volvió a hablar ella, refiriéndose ahora a Edu.

—Quería inmortalizar el momento —respondió Edu a mi espalda.

Yo me quitaba la mochila y la posaba junto a la maleta de María e instintivamente me alejé de Edu, yendo hacia la ventana, cruzándome con una María que iba hacia su equipaje, y algo subió por mi cuerpo, y la quise detener, pues no quería que descubriera, al menos no en aquel momento, en presencia de Edu, bastantes cosas de las que había metido dentro.

—¿Me has traído el neceser de viaje o el grande, el de casa?

—Mmm… el grande —respondí mientras veía como ella comenzaba a descorrer las cremalleras.

María abrió por completo su maleta… y su toalla azulada de playa cubría casi todo… y ella metió una mano por debajo, y encontró su neceser… y estaba levantando la toalla y Edu se acercó a ella, y dije:

—María, te están llamando.

Ella se giró entonces, y vio su teléfono iluminado, y yo vi que ella se alejaba de su maleta pero que, al coger el neceser, había hecho que parte de unas medias negras asomasen por un lado.

Efectivamente la estaban llamando, me acerqué disimuladamente a su teléfono y vi que era Rubén. Ella también lo vio, y Edu lo adivinaba.

—Rubén, ¿a qué sí?

—Pues sí —dijo María mientras soltaba el neceser y se hacía con el móvil—. Está loco, a qué viene llamarme ahora…

—Respóndele —dijo Edu.

—¿Para qué? —protestó ella.

—Para ver qué quiere… Igual le pasó algo —decía Edu, haciéndose el serio, de forma irónica.

—Pues que llame a cualquier… amiguita.

—Es lo que está haciendo; llamar a una nueva amiguita que se dejó el sujetador en casa, no dijo que tenía novio cuando él preguntó, y que después le pidió el número de teléfono —espetó Edu, sin inmutarse.

—Dos gracias tuyas.

—¿Qué dos gracias?

—Lo del número y lo del sujetador.

—Bueno… dejémoslo en peticiones. Descuelga ya, que no queremos que desista —le dijo, haciéndole un gesto para que se apresurara

María resopló, apoyó su culo contra la mesa, descolgó el teléfono y se lo llevó a la oreja.

Edu a un lado de la cama, yo al otro, María en medio, éramos testigos de como le respondía desganada, con aquel gesto de hastío que la hacía aún más guapa, con la melena cayéndole por delante de la cara, con sus pechos fluyendo contundentes y llenando el vestido con elegancia pero a la vez con insolencia. Allí, subida a aquellas sandalias de tacón que yo sí conocía, le respondía, desinteresada, con monosílabos.

Y, mientras yo intentaba averiguar las preguntas a aquellas respuestas, Edu se encaminó hacia la maleta de María… y una tensión inenarrable me embriagó. Él lo había visto. Así es que tocó, casi acarició, aquellas medias que colgaban… y apartó la toalla de playa, posándola sobre la mesa en la que se apoyaba María, y, al hacer eso no descubrió solo las medias, sino todo.

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